Capítulo I: Las socialdemocracias italiana y alemana hasta la Primera Guerra Mundial


Índice

PRIMERA PARTE: HISTORIA DEL SOCIALISMO ITALIANO DE LA PREGUERRA (1882-1914)

SEGUNDA PARTE: LA SOCIALDEMOCRACIA ALEMANA HASTA LA PRIMERA GUERRA MUNDIAL


PRIMERA PARTE

Historia del Socialismo Italiano de la preguerra (1882-1914)1

Los primeros pasos del Socialismo en Italia

1.- Durante el período sucesivo a la conquista de la unidad nacional italiana en 1861, el nivel de su desarrollo capitalista era muy incipiente. En 1880, 65% de la población activa estaba empleada en la agricultura (porcentaje que sólo bajará al 62% en 1900). Los bienes manufacturados estaban mayoritariamente producidos por artesanos en pequeños talleres. En 1881, en las manufacturas y en las fábricas trabajaban 600.000 empleados, sobre todo en la industria textil. La industria mecánica empleaba 29.854 trabajadores y la construcción naval 11.364. En 1876, el Mezzogiorno sólo contaba con 36.400 obreros industriales, de los cuales 28.900 en la región de Nápoles.2

El proteccionismo aduanero de los años 1878-1887 produjo en la Italia del Norte la eclosión de las industrias minera, mecánica y siderúrgica, beneficiadas con el desarrollo de los ferrocarriles y del transporte urbano. La aparición del proletariado moderno fue la consecuencia directa de ese desarrollo industrial. Sin embargo, todavía en 1894, Engels podía afirmar:

“La burguesía, al llegar al poder, durante y después de la emancipación nacional, no ha podido ni ha querido completar su victoria: no ha destruido los restos de feudalismo en el proceso de reorganización de la producción nacional con arreglo al modelo capitalista moderno. Incapaz de hacer que el país se valga de las ventajas relativas y temporales del sistema burgués, le ha impuesto todas sus cargas y todos sus inconvenientes. Sin contentarse con ello, perdió para siempre, en innobles especulaciones y estafas financieras, lo que le restaba de respetabilidad y de crédito.

“El pueblo trabajador —campesinos, artesanos, obreros— se halla atenazado, de un lado, por los antiguos abusos, no sólo heredados de las épocas feudales, sino aún de la antigüedad (mediería, latifundios en el Sur abandonados para la cría del ganado) y, de otro, por el sistema de impuestos más voraz que el régimen burgués haya inventado. Es el caso de decir con Marx: «En todas las demás esferas nos atormenta, al igual que en los restantes países occidentales del continente europeo, no sólo el desarrollo de la producción capitalista, sino la falta de ese desarrollo. Además de las miserias modernas, nos agobia toda una serie de miserias heredadas, resultantes de que siguen vegetando modos de producción vetustos, meras supervivencias, con su cohorte de relaciones sociales y políticas anacrónicas. No sólo padecemos a causa de los vivos, sino también de los muertos»”.3

El incipiente y difícil desarrollo del capitalismo moderno estuvo acompañado por la impetuosa aparición de múltiples sociedades obreras de defensa [de socorro mutuo, asociaciones de oficios (albañiles, tipógrafos, ferroviarios, …), cooperativas de trabajo, cooperativas de consumo]4. Estas sociedades dieron un sustento a los movimientos políticos obreros que surgieron en la década de los años 80.

La burguesía reprimió constantemente, con disoluciones, cárcel y represión violenta, los esfuerzos de las organizaciones, de los militantes y dirigentes obreros que, gracias a ingentes esfuerzos y sacrificios, trataron de dar al proletariado una representación política independiente de las corrientes burguesas y pequeño-burguesas (radicales y republicanos que preconizaban la armonía entre el Capital y el Trabajo). Entre 1881 y 1892, tres partidos obreros hicieron su aparición en Italia: el Partido Socialista Revolucionario, el Partido Obrero y, finalmente, el Partido Socialista italiano.

El Partido Socialista Revolucionario (1881-1893)

2.- Tras la escisión internacional entre el socialismo marxista y el anarquismo5, los internacionalistas italianos se alinearon masivamente con el movimiento libertario, centrando su actividad en la propaganda ideológica y en el desencadenamiento esporádico de movimientos insurreccionales locales duramente reprimidos. Aunque incompleto, un primer gran paso político hacia el socialismo moderno fue dado por un desprendimiento del movimiento anarquista. En julio de 1881 se reunió en Rímini el I Congreso del Partido Socialista Revolucionario de Romaña (PSRR). Este partido expresaba y organizaba una real voluntad revolucionaria de las masas proletarias de la región, y tuvo en el admirable revolucionario de origen anarquista Andrea Costa a su inspirador, dirigente y propagandista más destacado. El PSRR tuvo una importante implantación en las regiones de Ímola, Ravenna, Boloña, Rímini y Forlí (que en aquellos años fueron el teatro de un pujante desarrollo del capitalismo agrario), cumpliendo un papel de primer orden en las luchas políticas, sociales y económicas del proletariado regional. En los años sucesivos la influencia política del PSRR se extendió por otras regiones de Italia6.

Si bien el PSRR, por sus orientaciones y en su práctica política y social, rompió con importantes principios cardinales del anarquismo, este partido no pudo terminar de desprenderse, en los terrenos ideológico y organizativo, de características propias de sus orígenes libertarios. El PSRR no poseía una visión materialista e histórica de la sociedad burguesa ni de la sucesión de los modos de producción que debieran desembocar en el socialismo, y que sólo el marxismo podía ofrecer.7

El PSRR reivindicó la vía insurreccional, con la participación de las masas trabajadoras, para la conquista del poder (y no la de las solas minorías esclarecidas), así como la dictadura revolucionaria “de las masas trabajadoras” (es decir, la constitución de un nuevo Estado revolucionario) como requisito de las transformaciones sociales. En el terreno político-programático, ello implicaba una ruptura drástica del PSRR para con sus orígenes anarquistas.

Su Programa planteó claramente la necesidad de participar en la organización y las luchas económicas y políticas de las masas en beneficio de los explotados y de la lucha revolucionaria, y sostuvo la necesidad de combatir por reformas de la sociedad burguesa8, sin caer en un banal reformismo o un “evolucionismo” que implicasen la renuncia a la revolución violenta.

Rompiendo con el apoliticismo anarquista, el PSRR hizo suya la táctica de la participación en las elecciones parlamentarias y comunales, pasando en ocasiones acuerdos políticos y electorales con corrientes republicanas y democráticas con influencia sobre las masas trabajadoras. Andrea Costa será el primer diputado socialista italiano, y tendrá ocasión de hacer lo que la Internacional Comunista llamará más tarde “parlamentarismo revolucionario”.

La tradición anarquista no dejó de hacer sentir su peso en el terreno político-organizativo. Sus estatutos reconocían una total autonomía de acción a las secciones locales, a las federaciones y a las organizaciones obreras adherentes. Lo que las vinculaba entre sí era únicamente la adhesión al Programa común. La Comisión Federal (a quien incumbía la representación del Partido) sólo cumplía un rol de centralización de la correspondencia y de convocación a los Congresos partidarios. Aunque el PSRR abogaba por la unificación de las fuerzas proletarias revolucionarias italianas, le era ajena la visión de una organización política centralizada que dirigiera y concentrara a escala nacional las energías de la clase obrera con el propósito de luchar contra el poder centralizado de la burguesía.

El federalismo y el autonomismo organizativos tenían sus reflejos en el trabajo de organización obrera que era dejado a la iniciativa individual. Ello sólo podía dar lugar a éxitos y desarrollos locales.

No podía dejar de minar la cohesión interna del PSRR el hecho de no poseer una táctica común que superase el localismo, ni objetivos compartidos que no fuesen los revolucionarios “finales”. La ausencia de una teoría materialista común del proceso revolucionario y de la conquista del poder, así como del lugar de la lucha por reformas en él, acentuó sus conflictos internos y su proceso de desagregación.

En agosto de 1886 la Comisión Federal del Partido dio fe de su incapacidad para cumplir su función. Ello no significó la desaparición de sus implantaciones locales, pero sí la del intento de federarlas en una organización de alcance regional o nacional. Un sector de sus militantes y organizaciones locales convergerán ulteriormente en el futuro Partido de los Trabajadores Italianos (primera denominación del Partido Socialista) fundado en el Congreso de Génova de 1892.

El Partido Obrero Italiano (1882-1892)

3.- En abril y mayo de 1885 se reunió en Milán el I Congreso del Partido Obrero Italiano (POI) (fundado en mayo de 1882). Implantado de manera predominante en Lombardía9, la región más dinámica de la incipiente industria italiana, el POI reivindicó la organización de todos los obreros manuales, y únicamente de ellos; el no tener ideología (como manera de no provocar divisiones en el seno de las masas obreras); y afirmó su rechazo de la lucha política y la primacía de las luchas económicas. Era, en suma, obrerista y economicista. Le era ajena la noción misma de conquista revolucionaria del poder, e incluso de conquista del poder a secas. El socialismo no era mencionado en sus documentos oficiales y estaba ausente de su Programa. Aparte de una vaga referencia a una “emancipación de los obreros de la opresión del capital y la federación universal entre todos los trabajadores del mundo”, sus objetivos estaban acotados en los límites estrechos de la problemática del asociacionismo obrero espontáneo.

Los Estatutos del POI afirmaron el carácter central de las luchas de resistencia, la naturaleza económica de la acción y de los objetivos del partido, y ser ajeno a todo partido político. El POI adoptó el federalismo como principio organizativo y atribuyó plena autonomía a sus secciones locales. Sus bases organizativas eran profesionales más que territoriales, y su cohesión estaba favorecida más por intereses inmediatos comunes que por objetivos políticos y programáticos generales10.

Frente a la estrategia represiva del Estado contra el movimiento obrero tradeunionista, la que estaba inspirada por el sector dominante de la política italiana, el intento federalista y economicista para dar al asociacionismo de masas un respiro y un alcance general demostró concretamente todos sus límites. Ello era tanto más evidente cuanto que, por medio de la acción política altamente reivindicada, la socialdemocracia alemana obtenía éxitos clamorosos (incluso para las organizaciones obreras de carácter económico) contra la política represiva del Estado11.

El contexto general de la época – signado por la fundación de la Internacional Socialista, los éxitos de la socialdemocracia alemana, la desagregación del Partido Socialista Revolucionario de Romaña, los límites evidentes del POI y el ocaso acelerado del anarquismo italiano – había creado condiciones favorables para la fundación de un partido que aspirase a ponerse en diapasón con la socialdemocracia internacional. En ese intento, Filippo Turati y sus allegados12 tuvieron un papel prominente, logrando que una parte decisiva del POI, y sectores del disperso socialismo de la Romaña, convergiesen en un nuevo partido político que reivindicó abiertamente su naturaleza socialdemócrata.

Fundación del Partido Socialista Italiano (Génova 1892)

4.- El 14 de agosto de 1892 se reunió en Génova el Congreso de fundación del Partido socialista con la adhesión de aproximadamente 324 círculos socialistas y asociaciones obreras, y un número aún mayor de delegados. Desde su inicio, la actitud belicosa y de oposición sistemática de la minoría de delegados anarquistas y de una parte de los obreristas (la situación rayó la batalla campal) hizo evidente la no viabilidad de la participación de aquéllos en un Congreso que pretendía fundar un partido socialdemócrata. Para continuar los trabajos tendientes a la constitución del nuevo Partido, los delegados de 150 asociaciones simpatizantes de la tendencia de Turati decidieron al final de la jornada reunirse a la mañana siguiente sin los delegados de las otras corrientes.

El Programa adoptado por este nuevo Congreso fue explícitamente socialista al afirmar que “que los trabajadores no pueden conseguir su emancipación si no es por medio de la socialización de los medios de trabajo (tierra, minería, fábricas, medios de transporte, etc.) y la gestión social de la producción”, y rompió abiertamente con el anarquismo y el tradeunionismo al reivindicar la organización del proletariado en partido político y la lucha por el poder estatal, afirmando textualmente que el logro de los objetivos programáticos del socialismo exigía “la acción del proletariado organizado en partido de clase” y “una lucha más amplia [que la de carácter económico, ndr.] que apunte a conquistar los poderes públicos”. Esa voluntad política se traducirá – a través de la lucha por reformas – en su continuo esfuerzo por influenciar la política del Estado hacia la clase obrera, cosa que se concretará en el Congreso de Roma de 1900 con el establecimiento de un Programa Mínimo.

Para el logro de los objetivos socialistas, el Programa revindicó, como inherente a la acción política del Partido, “la lucha de oficios por las mejoras inmediatas de la vida obrera (horarios, salarios, reglamentos de fábrica, etc.), lucha que incumbe a las Camere del Lavoro13 y a las otras asociaciones de las artes y oficios”.

Pero dicho Programa no era políticamente revolucionario (y menos aún marxista) al afirmar que el propósito del Partido era “conquistar los poderes públicos (Estado, Comunas, Administraciones públicas, etc.) para transformarlos [pero sólo se transforma lo que ya existe, es decir, a los poderes políticos existentes, ndr.], de instrumentos que hoy son de opresión y de explotación, en un instrumento de la expropiación económica y política de la clase dominante14. Contrariamente a este “evolucionismo” estatal, el marxismo sostenía ya entonces que la conquista del poder requería la constitución de un nuevo Estado revolucionario sobre las ruinas del Estado burgués, según las palabras mismas de Marx que Lenin volvió a sacar a la luz en “El Estado y la Revolución”.

En aquel momento, y por razones de política interna, para un marxista hubiese sido concebible y justificable emplear una expresión menos “tajante” con el propósito de evitar una ofensiva inmediata de la represión estatal en el preciso momento que el Partido iniciaba su existencia15. Pero el enunciado del Programa de Génova no era solamente “vago e impreciso”, sino que estaba condicionado y dirigido contra toda forma de revolución violenta e insurreccional, incluso de masas, que la corriente de Turati siempre calificará como ajenas al socialismo16.

La historia ulterior demostrará con creces que la reivindicación del socialismo científico de Marx y el acercamiento a la socialdemocracia alemana por parte de la tendencia que tuvo el papel preponderante y decisivo en la constitución del PSI (y que por comodidad la identificamos con Turati, Prampolini y la Critica Sociale) estaba basada en un malentendido. Esta corriente buscó en el socialismo internacional aquellos elementos programáticos y políticos que debían permitirle fundar un Partido obrero evolucionista.

Su Estatuto implicó un cambio organizativo mayor respecto al pasado en el sentido de su centralización, ya que, si bien reconoció la autonomía administrativa de las organizaciones y federaciones locales, no les atribuyó autonomía política. Las posiciones políticas de la organización en su conjunto debían estar regidas por las resoluciones de los congresos generales. Al Comité Central le fue atribuida la representación de “la función ejecutiva de las resoluciones de los congresos generales” y “el control (o la supervisión) y dirección de la propaganda según el Programa del Partido”.

En Génova nació un partido político obrero de lucha de clase que incluía fuerzas visceralmente antiburguesas y, por ende, con potencial revolucionario. Las lagunas, errores y desviaciones del Partido hubieran debido ser superados gracias a la influencia ejercida por el socialismo internacional y a la experiencia que el proletariado italiano mismo habría de adquirir en el curso de su lucha. Pero los términos de la cuestión cambiarán radicalmente con la entrada del capitalismo en su fase imperialista, con el cambio de estrategia de la burguesía en defensa del Orden burgués, con la formación y la corrupción de una aristocracia obrera en expansión interesada en la conservación del sistema capitalista, y con la aparición de corrientes políticas y sindicales socialdemócratas que expresaban intereses de conservación política y social.

El Partido Socialista Italiano hasta la Primera Guerra Mundial

5.- Las luchas de tendencias de la preguerra en el PSI fueron inseparables del curso ascendente del movimiento obrero, de las estrategias políticas sucesivas de la clase dominante, y de la evolución de la II Internacional. El trasfondo de esta historia fueron las luchas sociales de una clase obrera en ascenso y extremadamente combativa, que desde la Sicilia hasta el Norte de Italia debió enfrentarse con un poder estatal que representaba la alianza del conjunto de las clases dominantes, las del capitalismo en auge en el Norte del país, y las del Mezzogiorno, sede de un capitalismo raquítico y atrasado que coexistía con la opresión de las grandes masas campesinas en condiciones arcaicas de producción17. Ambos sectores dominantes estaban íntimamente entrelazados por mil vínculos sociales, económicos y de interés de conservación social.

Hasta fines del Siglo XIX, en la continuidad de su lucha contra el anarquismo, la represión fue la única política estatal hacia un movimiento obrero que estaba en pleno desarrollo (política que, por comodidad, se identifica con la persona de Francesco Crispi). Las leyes de excepción y de estado de sitio, las leyes prohibiendo las organizaciones sindicales y políticas del proletariado, la detención y condena de sus dirigentes y militantes, alimentaron la crónica del período hasta fines del Siglo XIX. No es que, con el cambio de siglo, el Estado italiano se haya privado de ejercer una represión violenta, sino todo lo contrario. Pero, a partir de ese momento, la burguesía italiana, sobre todo en el Norte más desarrollado, abrió cauces para que los conflictos laborales entre empresarios y asalariados no terminasen forzosamente con la intervención violenta del Estado, y para que el movimiento obrero organizado pudiese participar en la vida política y social del país18.

Muy tardíamente, y cuando la represión estatal ya se abatía sobre las masas populares y los fasci sicilini, y el estado de sitio se extendía incluso al Norte de Italia, en enero de 1894 Engels fue consultado por Anna Kuliscioff y Turati a propósito de cuál hubiera debido ser la actitud de los socialistas italianos ante la situación de aquel momento. En su respuesta, Engels afirmó:

“La victoria de la burguesía en desintegración y de los campesinos llevará posiblemente a un ministerio de republicanos (…). Eso nos dará el sufragio universal y una libertad de movimiento (libertad de prensa, de reunión, de asociación, abolición dell’ammonizione, etc.) mucho más considerable, es decir, nuevas armas que no se deben despreciar. O bien la república burguesa, con los mismos hombres y algunos mazzinistas. Eso ampliaría todavía mucho más nuestro campo de acción y la libertad de nuestro movimiento, al menos en el presente. (…) Sin hablar ya de la repercusión que tendría en Europa. Así, la victoria del actual movimiento revolucionario no puede menos que hacernos más fuertes y crearnos un ambiente más favorable. Por lo tanto, cometeríamos uno de los más graves errores si quisiéramos abstenernos, si en nuestra actitud hacia los partidos más o menos afines nos propusiéramos limitarnos a la crítica puramente negativa. Podrá sobrevenir el momento en que debamos cooperar con ellos de una manera positiva.”

Engels añadió que en el caso de tratarse de un movimiento revolucionario real y en gran escala, los socialistas debían apoyarlo y participar activamente en él:

“Si (…) el movimiento es verdaderamente nacional, nuestros hombres ocuparán su lugar antes que se les pueda lanzar una consigna, y nuestra participación en tal movimiento será una cosa indiscutible. Ahora bien, en ese caso debe estar claro, y nosotros debemos proclamarlo abiertamente, que tomamos parte como partido independiente, aliado por el momento a los radicales o los republicanos, pero completamente distinto de ellos; que no nos hacemos ilusiones acerca del resultado de la lucha en caso de victoria; que ese resultado, lejos de satisfacernos, no será para nosotros más que una etapa lograda, una nueva base de operaciones para nuevas conquistas; que, el día mismo de la victoria, nuestros caminos se separarán y que, a partir de ese día, formaremos frente al nuevo gobierno la nueva oposición, no la oposición reaccionaria, sino la progresista, la oposición de la extrema izquierda, la oposición que impulsará hacia el logro de nuevas conquistas rebasando el terreno ya ganado”.19

Esa situación, ya prevista en 1894, se presentará de manera irrefutable a partir de mayo de 1897, y alcanzará su clímax en el primer semestre de 1898, con el añadido fundamental de la aparición en liza de un nuevo proletariado moderno y concentrado en el Norte de Italia (cuyo peso, en 1894, Engels no podía aún evaluar de manera precisa), y que se pondrá a la cabeza del movimiento popular.

Este movimiento fue iniciado en el mes de mayo de 1897 en los arrozales del Valle del Pó por los trabajadores de la región de Ferrara, Boloña y Cremona, contra la patronal, la represión, el terror policial y el estado de sitio. En septiembre, importantes sectores obreros del Norte de Italia iniciaron huelgas que durarán 7 meses por la jornada de 10 horas. A su vez, las masas campesinas del Lazio se movilizaron durante meses por la repartición de tierras. Contra el aumento del precio del pan (provocado por la política proteccionista del Gobierno, la mala cosecha del ’97 y la guerra hispano-americana), de septiembre a diciembre se desencadenaron movilizaciones en decenas de localidades (Ancona, Forlí, Boloña, Palermo, Milán, Rieti, Terni, Macerata, …), con manifestantes muertos y heridos, que se extenderán en el semestre siguiente. Paralelamente, y una vez más, decenas de localidades de Sicilia fueron el teatro de movilizaciones por la repartición de las tierras fiscales, contra el impuesto municipal y los impuestos al consumo. En Roma, decenas de miles de manifestantes asaltaron la sede del Ministerio del Interior. El movimiento se generalizó y aceleró en los meses siguientes, y ninguna ciudad, grande o pequeña que pueda haber sido, ninguna región, ninguna categoría trabajadora quedó al margen de una marea que bien puede ser calificada de pre-revolucionaria. En el mes de mayo de 1898, su clímax fue alcanzado en Milán, corazón del capitalismo moderno y del proletariado industrial (que incluía a mujeres y niños que trabajaban 14-15 horas por día)20.

La marea insurgente de 1897-1898, compuesta de innumerables revueltas, completamente desperdigadas, fue exclusivamente espontánea; las masas trabajadoras y amplias masas campesinas se lanzaron instintivamente a la lucha, completamente desarmadas, contra todo el Orden establecido (patronales industriales y agrícolas, terratenientes, Estado, Monarquía, Ejército, Carabineros, Policía, legislación laboral y aduanera, impuestos fiscales, “por el pan y por trabajo”, y con vagos objetivos socialistas y republicanos), sin la mínima dirección política, sin la mínima coordinación, sin la mínima preparación organizativa, sin la presencia de una vanguardia dispuesta a canalizar ese admirable y generoso crescendo de luchas hacia objetivos claros y precisos. No sólo los radicales y republicanos burgueses no tuvieron participación orgánica en aquellos acontecimientos, sino que tampoco el socialismo italiano se propuso intervenir en ellos para fijarles objetivos unitarios, para unificarlos, para coordinarlos, para canalizarlos y traducir en actos las claras indicaciones emitidas cuatro años antes por Engels21.

La actitud de la dirigencia socialista italiana fue la de quienes, ante un auge insurgente a escala de toda la península que maduró a lo largo de doce meses, sólo buscaron apaciguar los ánimos de las masas trabajadoras, por la simple razón de que no poseían ni la voluntad revolucionaria, ni una perspectiva revolucionaria, ni objetivos revolucionarios, sino sólo metas parlamentarias, conquistables pacífica y electoralmente, rechazando por principio toda violencia, asimilada a puro “anarquismo”. Su “revolucionarismo” se resumía a enarbolar la mítica reivindicación de la “socialización de los medios de producción”, sólo apta como tema de propaganda dominical, de la misma manera que los curas hablaban del “paraíso”22. El Partido socialista no se lo había planteado nunca, ni se lo planteará jamás en términos precisos, el problema de prepararse para ser la vanguardia de una revolución. Recién 20 años más tarde, una minoría socialista, reclamándose de la Revolución bolchevique y de la futura Internacional Comunista, hará de esa preparación su razón de ser, y para ello tendrá que escindirse de la mayoría del PSI.

La relativa facilidad con la que el Estado italiano y sus fuerzas armadas pudieron derrotar, una a una, las innumerables insurgencias de 1898, fue la consecuencia directa de esa falta de dirección política y de decisión para hacer de esas decenas y decenas de movilizaciones y de motines un torrente único canalizado hacia la conquista del poder. Esa falta de voluntad y de estrategia revolucionarias aparece nítidamente en la ausencia de un trabajo previo en el seno del Ejército (en su gran mayoría compuesto por campesinos) y de la incapacidad crónica del socialismo italiano para adoptar un programa agrario radical dirigido a un campesinado compuesto de jornaleros y agricultores que representaban más del 60% de la población activa y que sufrían del terrible peso de la patronal, del latifundio, de los propietarios de tierras dadas en arrendamiento y en aparcería23.

Consideradas en perspectiva, los acontecimientos del 1897-1898 fueron la repetición general del Septiembre de 1904, de la Semana Roja de 1914 y del Bienio Rojo de 1919-1920, durante los cuales las clases trabajadoras se lanzarán una y otra vez contra todo el Orden burgués, casi a ciegas, sin encontrar en el PSI una dirección consciente y decididamente revolucionaria.

Objetivamente, el PSI rehusó la convergencia del proletariado moderno del Norte con las masas trabajadoras del resto del país en pos de la caída de la Monarquía, de la obtención de la República y de esa democracia en la que Marx y Engels veían el terreno privilegiado de la lucha del proletariado contra todas las clases explotadoras24; es decir, de esa revolución permanente auspiciada ya por Marx y Engels en 1850 en el “Mensaje del Comité Central a la Liga de los Comunistas”. Y hay que señalar que esa perspectiva de revolución permanente era tanto más realista en Italia cuanto que fue el proletariado quien cumplió aquí el papel de vanguardia, de motor, de catalizador y de aglutinador de las masas trabajadoras en el conjunto de las movilizaciones populares que tuvieron lugar durante un período de 12 meses. Por el contrario, la Realpolitik del sector mayoritario de la socialdemocracia italiana la llevará a aliarse con el ala modernista de la burguesía conservadora, lo que logrará reforzar al Estado de la Monarquía constitucional y el statu quo burgués, ampliando sus bases sociales e integrando en su juego institucional a sectores representantes de la aristocracia obrera en formación.

Siguiendo el ejemplo de la burguesía europea más avanzada, y ya convencida de que la sola represión era incapaz de impedir el auge del movimiento obrero, la burguesía italiana inició su política liberal democrática y legalizó a las organizaciones sindicales. Esta política reformista culminó en 1912-1913 con la adopción del sufragio universal para la población masculina mayor de 30 años. Ello hizo que incluso los analfabetos pudiesen votar25. Este cambio de estrategia tendrá su rápido reflejo en las alineaciones políticas en el seno del movimiento socialista.

La desviación reformista en el movimiento obrero europeo

6.- Paralelamente a la publicación de los escritos de Eduard Bernstein26, la desviación reformista se extendió en todos los partidos de la II Internacional. Contra las posiciones de Marx y Engels, el reformismo teorizó un desarrollo capitalista sin crisis ni catástrofes, y – gracias a la democracia burguesa, tanto parlamentaria como a nivel local – la posibilidad de la transformación socialista sin revoluciones, sin insurrección violenta ni dictadura del proletariado. El reformismo hacía de las conquistas sindicales y de categoría, del avance del movimiento cooperativo, de la conquista electoral de las municipalidades y de escaños en el parlamento, y de las reformas obtenidas por vía parlamentaria, los senderos y los instrumentos de las transformaciones socialistas. Por ello podía concluir que “el movimiento es todo, el objetivo final nada”, o bien, “la reforma es el medio, el socialismo es el fin”. La ausencia en los programas de los partidos socialistas de la necesidad de la dictadura del proletariado27 permitía la coexistencia de la corriente reformista, de las tendencias revolucionarias, y de todos aquellos que navegaban entre estos dos extremos haciéndose los apóstoles de “la unidad socialista”. La corriente reformista tuvo un vigoroso desarrollo en la Internacional Socialista, lo que dio lugar a grandes batallas entre marxistas y revisionistas28.

El reformismo y revisionismo socialistas, resultado de un proceso degenerativo del movimiento obrero, se apoyaba en fenómenos objetivos. En primer lugar, en el pasaje continuo de amplios sectores de la pequeña burguesía a las filas del asalariado, quienes vehiculan la ideología democrática entre las masas trabajadoras29. Luego, en el cambio de estrategia política de dominación por parte de la burguesía, al legalizar a las organizaciones sindicales y a los partidos socialistas, generando así la ilusión de poder hacer de las estructuras institucionales y políticas de la democracia burguesa los instrumentos de la emancipación proletaria. Y, last but not least, como lo demostrará Lenin30, en la extensión del colonialismo y la eclosión del imperialismo, con el correlato de la formación de una amplia aristocracia obrera que adquiere pequeñas reservas materiales y posee un modo de vida pequeño-burgués, la que encuentra en el reformismo su ideología y su representante sólidamente atrincherado en la actividad parlamentaria y electoralista de los partidos socialistas, en las burocracias sindicales, en otras organizaciones obreras y en múltiples estructuras institucionales burguesas.

El parlamentarismo a nivel nacional (y el electoralismo municipal) daba una base política al reformismo en todas sus variantes, es decir, a la perspectiva de obtener de manera creciente y continua, desde el interior de las estructuras estatales, concesiones y reivindicaciones favorables a la clase obrera en general y a sectores asalariados en particular, hasta llegar al extremo de teorizar que la emancipación del proletariado podía ser lograda por la vía de reformas a través de la democracia burguesa. Para favorecer esta estrategia, los reformistas de la II Internacional no serán entonces indiferentes a las alianzas con sectores burgueses en el parlamento y en las municipalidades. Los enormes beneficios que el imperialismo y el colonialismo extraen de la explotación tanto de la clase obrera de las metrópolis como de los pueblos oprimidos bajo su dominación, permitieron, dentro de ciertos límites, la satisfacción de algunas reivindicaciones inmediatas de las masas trabajadoras (o de sectores particulares de las mismas).

Esta evolución general de la democracia moderna hizo que sectores enteros de los partidos socialistas teorizasen “vías pacíficas al socialismo”, y que se generasen tendencias firmemente opuestas a la política revolucionaria, como en el caso del Partido socialista italiano, con Filippo Turati como su representante más acabado.

Reforma y revolución en la perspectiva marxista

7.- El problema de asumir la lucha por reformas de la sociedad burguesa no es en absoluto ajeno al comunismo revolucionario. Esto fue cierto no sólo en el curso de revoluciones burguesas “por abajo” (caso de la Rusia zarista), sino también en las revoluciones burguesas “por arriba” (como en la Alemania imperial de Bismarck), así como en las sociedades burguesas ya consolidadas (Francia, 1880) o en la Italia de 1894.

Todos los socialistas que se reivindicaban del marxismo, ya fuesen revolucionarios o reformistas, sabían que para poder efectuar las transformaciones económicas y sociales que hubieran debido desembocar en el socialismo se requería la conquista del poder político. En sus inicios, unos y otros consideraban que los “programas mínimos” contenían reivindicaciones que hubieran debido crear condiciones favorables a la lucha de clase, y otras económicas y sociales que mejorarían la situación de las masas trabajadoras y su capacidad de lucha. La cuestión central que oponía revolucionarios y reformistas era la impostación de la lucha por reformas en el marco de la acción política del proletariado, y lo que se entendía por “lucha para la conquista del poder”.

Para Engels, las reformas de la sociedad actual que interesan al Partido revolucionario son aquellas que representan “un paso adelante en la lucha por medidas que son directamente ventajosas para el proletariado, o que representan un paso adelante hacia el progreso económico o la libertad política31. Para ilustrar sus afirmaciones, Engels citó las medidas contra los restos feudales en Alemania32, y apoyaba la lucha por reformas sólo en el caso de que “nosotros nos beneficiemos directamente de ellas33, o si el desarrollo histórico del país en la vía de la revolución económica y política sea indiscutible y valga la pena que nos ocupemos; y todo ello a condición de que el carácter de clase proletario del partido no corra peligro”. Todo ello estaba precedido de la afirmación de “que el proletariado no puede asegurar su predominio político – la única puerta que se abre a la nueva sociedad – sin una revolución violenta34.

Por su parte, en una carta de diciembre de 1916, Lenin criticó el punto de vista de Zinóviev acerca del programa mínimo de la socialdemocracia:

«[Su] idea, según la cual “si se hace la suma total de las reivindicaciones (del programa mínimo) … se pasa a un régimen fundamentalmente diferente, es totalmente equivocada. (…) Ninguna de las reivindicaciones del programa mínimo, como tampoco la suma total de estas reivindicaciones, desemboca “en el pasaje a un régimen social fundamentalmente diferente”. Pretender lo contrario equivale, de hecho, a adoptar la posición del reformismo, a abandonar el punto de vista de la revolución socialista. El programa mínimo es perfectamente compatible con el capitalismo, no se sale del marco capitalista. (…) Lo único que se puede afirmar es que es muy probable que cada vez que haya una lucha seria a favor de las grandes reivindicaciones del programa mínimo, ello provocará un auge de la lucha por el socialismo, y que en todo caso es a ello que nosotros tendemos».35

En resumidas cuentas, el marxismo siempre admitió la lucha por aquellas reformas sociales y jurídicas de la sociedad burguesa que benefician directamente a la clase obrera y favorecen las condiciones del más libre de desarrollo de la lucha de clases (como los llamados derechos democráticos), en la perspectiva de la conquista insurreccional del poder y de la dictadura proletaria36.

Para los reformistas, por el contrario, no sólo el proceso de la conquista del poder, sino también su ejercicio, hubiera debido desenvolverse en el respeto del marco de la democracia parlamentaria actual (eventualmente “perfeccionada”). De más está decir que dicho proceso debía ser pacífico y respetuoso de los cánones de la “democracia pura”. De allí que, para toda corriente reformista, la democracia era considerada un principio supremo y un valor intangible. Para ellas, la violencia proletaria sólo se volvería necesaria en el caso de que la burguesía llegase a recurrir a la violencia para cercenar esa misma democracia con el propósito de impedir la victoria del socialismo. Todo ello significaba una deformación descarada del marxismo.

Las luchas de tendencia en la socialdemocracia italiana

8.- A partir de 1895, las luchas de tendencia en el PSI se centraron en torno de su táctica electoral y parlamentaria.

En sus inicios, y hasta fines del siglo, la táctica electoral del PSI fue exclusivamente “intransigente”, preconizando la presentación de candidatos propios “como partido separado y distinto”, rehusando toda alianza electoral con partidos burgueses (sin negarse – en los casos que se considerase oportuno, y en la imposibilidad de presentar candidatos propios, o en el ballotage – a favorecer la elección de candidatos de otros partidos en función de la necesidad de la lucha por “libertades elementales y otras ventajas esenciales”37).

Por otra parte, los diputados socialistas eran considerados simples “delegados del Partido” en el Parlamento, sin autonomía política, dependientes de su Comité Central, con el compromiso de “sostener las propuestas exclusivamente socialistas votadas por el Partido”. Y excluía tajantemente la posibilidad de que la fracción parlamentaria socialista diese su voto de confianza al gobierno38. Pero la situación cambiará radicalmente, a partir de inicios del Siglo XX, con la formación de la corriente burguesa representada por Giovanni Giolitti.

El giro táctico del socialismo italiano maduró, durante el lustro precedente, en las movilizaciones a favor de las libertades democráticas y parlamentarias contra la política conservadora, reaccionaria y violentamente represiva de los gobiernos de Crispi, Di Rudinì et Pellloux (1894-1900)39. Ya en 1895, en el Congreso de Parma, había surgido la oposición entre los “intransigentes” (como Lazzari) y los partidarios de Turati y de la política de alianza electoral con partidos burgueses. Pero la oposición entre Lazzari y Turati no estaba basada en una visión estratégica diferente del camino al socialismo, sino en desacuerdos de táctica.

Lo que estaba en discusión en las polémicas de entonces no era el combate del Partido socialista por defender e imponer su propia existencia y obtener derechos políticos y reformas favorables a la lucha de clase, oponiéndose con todas sus fuerzas a los intentos totalitarios del sector político dominante hasta fines de siglo. Todo ello estaba fuera de cuestionamiento. Lo que sí estaba en juego era el intento de poner al Partido y al movimiento proletario a la rastra de alianzas políticas con ciertos sectores de la burguesía y supeditarlo a las exigencias del desarrollo capitalista en aras de la instauración de una democracia burguesa “más perfecta” 40.

La victoria de la derecha socialista (Turati, Bissolati, Prampolini, Treves y Modigliani), tuvo lugar en el VI Congreso del PSI (Roma, 1900), donde fue aprobada la ponencia que declaró “la plena autonomía de las organizaciones colegiales para establecer alianzas con partidos de la extrema izquierda” [los demócratas y republicanos, ndr.]. Todo estaba ya en su lugar para facilitar una política de colaboración entre el movimiento socialista y la burguesía “de izquierda” en el poder.

9.- Tras un decenio signado por grandes movimientos espontáneos de las masas obreras (e incluso populares, como en Sicilia), el bienio 1901-1902 fue el teatro de un impetuoso desarrollo del asociacionismo proletario41. Fue en ese contexto, caracterizado también por el fracaso precedente de la política gubernamental de represión como único medio de detener el auge social y el afianzamiento del socialismo42, que se constituyó el Gabinete Zanardelli (febrero 1901-noviembre 1903) con Giolitti como ministro de interior, quien se declaró favorable a la participación del socialismo en la vida política del país43. Para asegurar su investidura parlamentaria, el Partido socialista pasó el Rubicón, cuando en junio de 1901 su grupo de diputados, junto a los diputados demócratas y republicanos, votó por él, repitiendo este apoyo en otras ocasiones.

En su VII Congreso (Imola, 1902), la corriente autodenominada reformista44 hizo aprobar a posteriori el comportamiento del grupo de diputados socialistas, “a pesar de lo deplorable que haya sido la acción oscilante y a menudo antiliberal del Gobierno actual”45, justificándolo por la necesidad de evitar “un posible retorno de la reacción”. El Congreso invitó al grupo de diputados “a conservar la más absoluta libertad de acción en las cuestiones parlamentarias frente al gobierno y a los otros partidos”, zambulléndose de lleno en el cretinismo parlamentario.

A la vez que le atribuyó al grupo de diputados una total independencia en relación al Partido, el Congreso otorgó la total autonomía táctica a las secciones en relación a las alianzas (electorales u otras) con los partidos populares. Reconociendo así la autonomía política y táctica de todas las organizaciones partidarias, el reformismo hacía de la aceptación “ideal” del Programa Máximo el único vínculo de los socialistas italianos entre sí. Cada sector de intervención, en el parlamento, en las elecciones, en las comunas, en la actividad sindical, en las cooperativas, sería entonces un fin en sí mismo.

En el Congreso de Boloña de 1904 Turati defendió un desarrollo acabado, preciso y detallado de los principios no revolucionarios del reformismo, de su perspectiva histórica gradualista, pacifista, electoralista y armoniosa de la marcha ascendente del socialismo en el marco de la democracia burguesa y de un capitalismo idealizado46. Turati describió entonces la marcha al socialismo como un camino enteramente basado un proceso de reformas de la sociedad actual, afirmando que para su realización sería necesario que el partido se transformase en “árbitro del gobierno y del poder ejecutivo para poder presionarlo y obligarlo a concretar en la ley lo que el proletariado haya pedido y en parte conseguido gracias al juego de las fuerzas legales”. Para el éxito de este proyecto, el Partido socialista debía poder participar en los gobiernos burgueses y, en ocasiones, poner sordina a la lucha de las masas trabajadoras. Más aún, las reivindicaciones obreras no tendrían que poner en peligro el desarrollo normal del capitalismo ni la democracia parlamentaria. Ello justificaba el hecho de que el socialismo italiano no debía reclamar la República, a menos que el régimen monárquico se volviese un obstáculo al normal desenvolvimiento del movimiento proletario.

Denostando toda violencia de “anarquismo” y de ser nefasta para la marcha del socialismo, Turati justificó el pacifismo por ser un supuesto “resultado natural” de la evolución de la sociedad moderna. El socialismo sería, pues, el resultado “natural” del desarrollo capitalista, de la educación de las masas y del juego normal de la democracia parlamentaria.

Pero la experiencia de apoyo político a un gobierno burgués “progresista” mostró rápidamente sus límites. En primer lugar, porque el desarrollo del capitalismo moderno, iniciado en 1896 y en el cual estaban puestas las esperanzas del reformismo, estaba casi exclusivamente concentrado en el Norte de Italia y era poco tangible en el Mezzogiorno (lo que hacía que en esta región la táctica de apoyo a la burguesía democrático-constitucionalista perdiese todo atractivo). En segundo lugar, porque a partir de 1902 la crisis mundial también golpeó a Italia, provocando el endurecimiento de las patronales ante las reivindicaciones obreras, la desocupación y la disminución de salarios, mostrando concretamente al proletariado del Norte los límites de la bonanza capitalista, mientras que el del Sur sufría los efectos tanto del desarrollo capitalista de Italia como de su falta de desarrollo47; y, finalmente, porque la represión violenta de las movilizaciones obreras y campesinas – sobre todo, pero no exclusivamente, en el Mezzogiorno – durante los años 1901-1904 (represión que continuó en los años sucesivos) ilustró de manera evidente que la democracia burguesa, si bien permitía la existencia legal del movimiento socialista y de las organizaciones obreras, no dejaba de ser una férrea dictadura antiproletaria no menos violenta que la “reaccionaria” de Crispi-Di Rudinì-Pellloux. Todo ello creó en el Partido socialista las condiciones de una oposición coyunturalmente mayoritaria contra el reformismo colaboracionista.

La victoria transitoria de las corrientes anticolaboracionistas (1904-1906)

10.- En el Congreso del Boloña de 1904 se enfrentaron violentamente dos corrientes extremas: el reformismo turatiano y el sindicalismo revolucionario (SR). El Congreso fue precedido por el auge y la extensión de la tendencia sindicalista revolucionaria, no sólo en Nápoles y el Mezzogiorno (de donde provenían sus principales dirigentes), sino también en el resto de Italia (Milán, Turín, Mántova, Ferrara, Roma). Las tensiones internas en el Partido alcanzaron niveles próximos de la ruptura.

Si bien el sindicalismo revolucionario denunció sin concesiones la política reformista, y su intento de transformar al Partido socialista en un partido de colaboración de clases, pacifista y legalista48, su combate se llevó a cabo en base a una concepción del proceso revolucionario y a un programa ajenos al marxismo. Los SR hacían del sindicato de oficio el órgano de dirección de la lucha revolucionaria y de las transformaciones socialistas. Para los SR, la acción política del Partido debía estar subordinada a la acción sindical. Le era ajena la visión de la necesidad de un Estado de clase, de la dictadura política del proletariado dirigida por su Partido, para centralizar y dirigir las energías de la clase revolucionaria y presidir las transformaciones que deberán desembocar en el socialismo49. Su oposición a la política del reformismo en todas sus variantes resultaba de su oposición al estatismo en función de su visión sindicalista del proceso revolucionario y de las transformaciones socialistas. De allí su rechazo de la visión del socialismo como resultado de “un devenir de reformas” obtenidas a partir de “la conquista de los poderes públicos”50.

En aquella ocasión, la unidad del Partido fue salvaguardada por la adopción final de la Moción “intransigente” de Ferri que sostuvo que “el método de la lucha de clase no admite apoyo alguno a ninguna orientación gubernamental, ni la participación de los socialistas al poder político”. Además del trabajo de propaganda socialista en las “múltiples formas de la acción cotidiana”, el trabajo del Partido hubiera debido estar orientado “a la conquista proletaria de reformas económicas, políticas y administrativas”, reclamando la disciplina y la unidad de todos los socialistas51. Se trató de una simple declaración de orden general contra el colaboracionismo a nivel gubernamental. En su intervención52, Ferri no dejó de precisar su visión legalista y estrictamente democrática del socialismo afirmando que “la lucha de clase consiste en la conquista de los poderes electivos de la vida local y central” (en las comunas y en el Parlamento). La perspectiva de Ferri no era pues menos reformista que la de Turati.

La Dirección del Partido estará compuesta durante dos años por intransigentes y SR. No se trató de la victoria de una corriente revolucionaria, sino la de una mezcolanza coyuntural de principios y programas opuestos, aunados con el único objetivo de contrarrestar al colaboracionismo reformista con Giolitti.

La huelga general de septiembre 1904 – la supremacía del reformismo (1906-1912) y la escisión de los sindicalistas revolucionarios (1907)

11.- Entre los Congresos de Boloña de abril 1904 y el de Roma de octubre 1906, el movimiento huelguístico de septiembre 1904 exacerbó el enfrentamiento entre los SR y las otras corrientes socialistas, y la circunstancial alianza contra natura de los socialistas intransigentes y de los sindicalistas revolucionarios se rompió inexorablemente.

El sobresalto proletario de septiembre 1904 estuvo motivado por una serie de represiones sangrientas. La reacción obrera se extendió espontáneamente como un reguero de pólvora por toda Italia, involucrando a numerosas Camere del Lavoro dirigidas por los SR en la decisión de declarar huelgas generales. La dirigencia socialista (tanto política como sindical) fue arrastrada – muy a pesar suyo – en un impetuoso movimiento de masas del cual no tuvo en ningún momento la iniciativa. Ya para el 17-9 las principales localidades de la Italia Septentrional y Central estaban en huelga general, y el 18-9 todo el país estaba prácticamente paralizado53 (con focos semi insurreccionales en Turín y Génova). El epicentro de esta gigantesca movilización proletaria estuvo en Milán, donde dos veces por día grandes mítines obreros tenían lugar en el anfiteatro Arena de la ciudad.

La situación así creada fue la ocasión de la puesta en práctica de la estrategia burguesa de Giolitti y secundada por el reformismo socialdemócrata. Ante la propagación imparable de la movilización obrera, y en tanto ésta no superó los límites impuestos por el reformismo ni puso en tela de juicio el funcionamiento de la red ferroviaria y de telecomunicaciones indispensables para el funcionamiento normal de los órganos administrativos y represivos del Estado, el gobierno de Giolitti consignó la fuerza pública en las casernas a la espera del reflujo “espontáneo” del movimiento.

El enfrentamiento entre reformistas y SR se dio en torno de su duración y objetivos. Mientras que los primeros (Cabrini, Rigola, Turati) llamaban a la calma y sólo decían apoyar una movilización de protesta estrictamente limitada a tres días, la Dirección socialista (Lazzari, Labriola) llamó a continuar la huelga general hasta la caída del Gobierno de Giolitti (lo que era inadmisible para los primeros, tanto más cuanto que no existía otra alternativa burguesa parlamentaria “más progresista”). En ausencia de una situación revolucionaria clara, y sin objetivos precisos, la movilización quedó entrampada en el marco político limitado y sin salida del parlamentarismo. Y a pesar de la gran combatividad obrera en todo el país, sus límites materiales quedaron evidenciados en su imposibilidad y/o falta de voluntad de sus dirigentes para arrastrar a una huelga general a la gran mayoría de los trabajadores ferroviarios y de telecomunicaciones (los que estaban preocupados esencialmente por reivindicaciones corporativas, características de la aristocracia obrera, salvo en algunos sectores de Lombardía, del Piamonte y la Liguria, donde trataron de adherir localmente a la movilización nacional). La falta de decisión de la dirigencia socialista para tratar de influir la decisión de los trabajadores ferroviarios fue la otra faz de su impotencia para enfrentar una situación para la que no estaba preparada y que le escapaba totalmente.

Conscientes del impasse político en que se encontraba el movimiento, el 18-9 el Gobierno comenzó a hacer circular destacamentos de la fuerza pública en las calles de Milán, y simultáneamente el Secretario de la Resistencia (sindical)54 – Angiolo Cabrini – proclamó de motu propio el fin del movimiento, en tanto que el representante de la Camera del Lavoro de Milán (Carradi) y Turati defendieron la postura de darlo por terminado, contra la posición de Labriola quien sostuvo la prolongación de la huelga general por dos días más (lo que implícitamente implicaba aceptar su finalización). La huelga general continuará en Milán hasta el 20-9, y en el resto de Italia hasta el 21-9.

Meses más tarde, la huelga de los ferroviarios de abril 1905 por la defensa del derecho de huelga, con fuerte participación SR, fue nuevamente boicoteada por todo el reformismo. Inmediatamente después, en el mes de junio, la Dirección del Avanti! despidió a sus redactores de tendencia sindicalista. Desdiciéndose de su compromiso con la “intransigencia”, en febrero 1906 su director (Enrico Ferri) dio su aprobación a la acción de los diputados socialistas en apoyo del nombramiento del Gobierno Sonnino.

La incapacidad e imposibilidad de los SR para dar a las huelgas generales objetivos políticos acordes a sus planteos generales provocaron su pérdida de influencia en el movimiento socialista.

Los enfrentamientos en el Congreso de Roma se dieron en idénticos términos a los de Boloña, con el añadido de la discusión sobre la Huelga General, tema que se había vuelto candente por las huelgas generales de los años 1904-1906.

La moción de la corriente mayoritaria integralista55 (cuyo portavoz en el Congreso fue Oddino Morgari) criticó implícitamente las formas que asumieron las grandes las luchas del proletariado en los años 1904-1906, condenó “el uso frecuente o excesivo [?] de la huelga general”, el “reclamo insistente a la violencia que perturba o detiene el trabajo práctico de las organizaciones proletarias”, así como la “exaltación de la acción directa presentada en oposición, y no en integración, con la acción representativa”. Lo único que diferenciaba el “integralismo” del reformismo de derecha era un cierto pudor en defender abiertamente el legalismo y el statu quo institucional, en subordinar constantemente toda acción del proletariado a la acción parlamentaria de los diputados socialistas, en apoyar sistemáticamente al poder “progresista” de la burguesía del Norte (personificada en el “giolittismo”), y en pactar alianzas electorales permanentes con los demócratas y republicanos. Con toda la razón, Treves y Turati afirmaron que el “integralismo” no era más que la hoja de parra del reformismo.

El Congreso de Roma signó la victoria de la corriente reformista contra la intransigente y la SR. Derrotados en el PSI, la gran mayoría de los SR abandonarán el Partido socialista en julio de 1907.

La aplastante victoria reformista en este Congreso fue el resultado, no sólo de la supremacía de esta corriente en los sindicatos y en las cooperativas obreras, sino también de la estrechez de la base social susceptible de apoyar a la corriente SR (los trabajadores revolucionarios sindicalizables), de su dificultad para proponer objetivos políticos precisos y previsibles, y de los fracasos de las huelgas generales de los años precedentes.

12.- La supremacía reformista en el PSI se tradujo en los años sucesivos en una línea de colaboración de clases y de apoyo parlamentario a la política reformadora del tercer gobierno de Giolitti (mayo 1906 – diciembre 1909), e incluso en el voto de investidura y apoyo al Gobierno de centro-derecha de Luigi Luzzatti (marzo 1910 – marzo 1911)56. Esta política se expresó en particular en la oposición y el sabotaje por parte del reformismo político y sindical de los movimientos huelguísticos de los trabajadores agrícolas de 1907-1908 en las regiones de Ferrara y Parma, en el rechazo de la propuesta de movilización del Sindicato Ferroviario contra los despidos de trabajadores en octubre de 1907, y en su oposición a los grandes movimientos de lucha en el Norte de Italia en el bienio 1907-1908.

La política general del reformismo en el período que va de inicios del Siglo XX a 1912 hizo de él el representante de la aristocracia obrera septentrional concentrada en la gran industria, en detrimento de las grandes masas proletarias del país57.

En el Congreso de Florencia de septiembre de 1908 el reformismo de derecha fue el gran vencedor como resultado de la escisión previa de los sindicalistas revolucionarios, del gran impulso asociativo que culminó en septiembre de 1906 en la fundación de la Confederación General del Trabajo (CGdL), cuya dirección era completamente reformista, de su influencia ampliamente mayoritaria en el Grupo de diputados, y de la política de Giolitti que parecía ofrecer un espacio ilimitado a las perspectivas gradualistas de esta corriente.

13.- La relación PSI-CGdL. Desde su creación, la Dirección de la CGdL estuvo en manos del reformismo de derecha, quien nunca perderá la hegemonía confederal hasta su disolución luego de la victoria del fascismo. El análisis de sus directivas acerca del método de la huelga (tanto política como económica, tanto general como parcial y de empresa) permite constatar que no tenía nada que envidiar a las orientaciones de colaboración de clases de las actuales direcciones de las confederaciones sindicales europeas.

El reformismo autorizaba al proletariado a luchar en masa por la defensa de la democracia, pero no a emplear uno de sus más importantes instrumentos de lucha contra el Estado (como eran las huelgas de solidaridad contra la represión, muy presentes en aquellos años). La acción política de la clase obrera hubiera debido limitarse a elegir representantes en los Parlamentos y las comunas, quienes serían entonces sus portavoces políticos autorizados, siendo la obtención parlamentaria de reformas (y, en primer lugar, la legislación social) la única manera de defenderse contra la dictadura de la burguesía58.

La relación entre el Partido socialista y la CGdL fue pactada en 1907. Este acuerdo tendrá validez hasta 1918 y estipulaba que, a cambio de un apoyo “al logro de objetivos comunes” (que concretamente significaba su apoyo electoral a los candidatos del PSI, como contrapartida de la acción parlamentaria a favor de la legislación social preconizada por ambas organizaciones), el Partido daba su apoyo exclusivo a la CGdL, y se abstenía de todo intento de intervenir políticamente en ella y hacer de los sindicatos sus correas de transmisión en luchas revolucionarias y extraparlamentarias (a menos de acuerdos previos con la Dirección Confederal, quien se arrogaba para sí un derecho a veto sobre la acción política del Partido)59. Este acuerdo, absurdo de un punto de vista revolucionario, era lógico y “natural” mientras las direcciones de ambas organizaciones fuesen reformistas, como lo eran en ese período.

14.- Tras 4 años de total supremacía reformista, el Congreso de Milán (octubre de 1910) se abrió en medio de una crisis latente del Partido60. En su Relación al Congreso sobre los criterios generales de la acción política, Turati habló de un partido “débil”, de organismos de base “muertos que sólo se galvanizaban en los momentos electorales”, de masas “desertoras” y de “organizaciones obreras impermeables a cualquier esfuerzo nuestro”.

La oposición intransigente (autodenominada revolucionaria), estuvo representada principalmente por las intervenciones de Lazzari, Benito Mussolini61 y la socialista ítalo-ucraniana Angélica Balabanoff62, quienes hicieron el proceso del reformismo italiano desde inicios del Siglo. Pero la coherencia interna de esta oposición era inexistente.

Aunque no revolucionario y evolucionista a su manera, el reformismo de Lazzari era socialista por sus objetivos finales y clasista por obrar por la organización independiente – política y económica – de las grandes masas proletarias. Para él la lucha de clase “intransigente” (parlamentaria y electoral) era la condición sine qua non del avance del movimiento obrero; se reivindicó del Programa de Génova de 1892 y de las posiciones políticas originales del Partido italiano; denunció la oposición defendida por Turati entre la Revolución y la conquista de reformas, y la política del reformismo turatiano como “una forma de acción que sirve a la conservación social”, declarando que “todas aquellas variadas reducciones en píldoras que se ha hecho continuamente de la famosa legislación social no representan más que una especie de lenta retirada, una especie de sometimiento frente al gran aparato del Estado de la clase dominante”; y que, de esa manera, “las condiciones de la revolución no madurarán jamás”. Se reclamó del antimilitarismo, del internacionalismo socialista y de la afirmación de que “los intereses de la defensa de la Patria no conciernen al Partido socialista”. Lazzari reclamó una línea política “intransigente” permanente, añadiendo “que cuando se quiere desviar de la línea trazada siempre se invocan motivos excepcionalísimos”, y concluyó afirmando que todos los partidos afines, “en los momentos substanciales de la vida económica, nos abandonan y se manifiestan por lo que realmente son: los representantes del barracón capitalista”.

Esta será la última ocasión en que las corrientes autodenominadas reformistas obtendrán una mayoría aplastante en detrimento de la corriente autodenominada revolucionaria. La situación comenzará a cambiar en el Congreso de Módena de 1911.

El sufragio universal, la Guerra de Libia y el socialismo italiano

15.- La decepción socialista en torno a la política del Gobierno Luzzatti provocó el paso a la oposición del grupo parlamentario socialista (gps) y del PSI, lo que dio lugar en enero de 1911 a una anémica campaña PSI-CGdL de una jornada en mítines dominicales por el sufragio universal y contra la carestía de la vida. La iniciativa política la tomó nuevamente Giolitti provocando la caída del Gobierno y la formación de otro dirigido por él con el apoyo de los demócratas radicales y del gps63.

La gran medida reformista decidida por Giolitti fue la instauración del voto masculino (casi) universal. Ello no fue el resultado de la lucha del socialismo italiano, sino una resolución en frío “desde arriba” para conseguir el apoyo del movimiento socialista y de la democracia pequeño-burguesa a la política de expansión colonial decidida por la burguesía italiana. El nombramiento del IV Gobierno Giolitti fue precedido de la oferta de integrar el Gabinete hecha al diputado socialista Bissolati. Antes de declinar la oferta “por la inmadurez de la situación en las bases del Partido”, Bissolati no dejó de acudir a una entrevista política previa con el rey Vittorio Emanuele III. La Dirección del Partido compartió la opinión de no aceptar aún puestos ministeriales y felicitó a Bissolati por su actuación considerada como esencial para el nombramiento de Giolitti y la adopción del sufragio universal. Todo ello provocó una revuelta imparable en las bases del PSI. A partir de allí las oposiciones al reformismo se organizaron en la Fracción Intransigente Revolucionaria que contaba “con sus dos diputados, 200 secciones, 8 semanarios, y se dio una organización ágil, dentro y en las márgenes del partido, extendida por toda Italia, con personas de confianza en las regiones, con un riguroso y denso calendario de mítines y manifestaciones políticas, y con una activa presencia en la CGdL64. Pero la Fracción Intransigente Revolucionaria estaba sólo cohesionada por la oposición común a la política colaboracionista del reformismo, pero ella misma no poseía ninguna coherencia interna de carácter ideológico, programático o político.

16.- La guerra entre el Estado italiano y el Imperio Otomano por la posesión colonial de 3 regiones del Norte de África (Tripolitana, Cyrenaica y Fezzan) se extendió de septiembre 1911 a octubre 1912. La decisión de la burguesía italiana de volver a intentar la experiencia colonial (ya iniciada en los años ‘80) respondía tanto a intereses geo-políticos generales como a las dificultades propias del desarrollo capitalista endógeno (estrechez del mercado interno, atraso del Mezzogiorno, economía moderna desarrollada bajo protección aduanera).

La guerra agudizó aún más la crisis del socialismo italiano y terminó provocando el trastrocamiento de las relaciones de fuerza en su seno a favor de la corriente intransigente. El socialismo y el proletariado tenían para entonces una firme tradición de lucha anticolonial y antimilitarista. Durante la invasión italiana de Abisinia (1887-1896), Andrea Costa intervino en el Parlamento proclamando “ni un hombre, ni un peso” para aventuras coloniales65. La misma posición la tuvo el grupo de diputados socialistas durante la campaña colonial en Etiopía (1895-1896) al reclamar “la inmediata repatriación de las tropas italianas de África y el abandono total de la colonia de Eritrea66.

El anuncio de la guerra en Libia y la movilización y partida de soldados hacia África67 suscitaron fuertes reacciones de oposición popular, espontáneas pero desperdigadas, con movilizaciones en las calles y en los lugares de trabajo, aún antes de que las instancias nacionales del socialismo italiano se reuniesen para deliberar sobre la actitud a adoptar. La primera deliberación de la CGdL resolvió convocar 24 mítines en grandes centros para pronunciarse contra todo intento de acción militar en Trípoli, y luego convocó a una huelga general de 24 horas, la que hubiera debido ser de “brazos cruzados”, “digna y alejada de cualquier acto de violencia; alta, solemne, y una advertencia al Gobierno y a las clases dirigentes de que el pueblo está alerta en defensa de las conquistas conseguidas y de sus derechos”. No es difícil imaginar cuán grande fue el temor que semejante advertencia pudo generar a nivel gubernamental…

La reacción conjunta de la Dirección del Partido y del GPS fue la de denuncia de la guerra colonial “en nombre de los intereses más profundos y más genuinos de la patria” (sin olvidar de añadir, en segundo lugar, y “de las clases trabajadoras”), por el hecho de que esa política era “grávida de trastornos económicos y financieros”, y porque provocaría “la detención de toda política de democracia y de reformas sociales”. Su oposición a la guerra estaba motivada pues por los intereses “genuinos” del capitalismo italiano, de la democracia burguesa y de la política reformista.

En cuanto a la reacción a adoptar, ambas instancias llamaron, antes que nada, “a la inmediata convocación del Parlamento nacional”, y luego hicieron suya la convocatoria a la huelga general de una jornada de la CGdL, invitando “a los trabajadores organizados a permanecer en los confines de la más severa disciplina y en los breves límites de tiempo deliberados por la Confederación”, poniéndolos en guardia contra el hecho de que, “de prolongarse o ir más allá, a pesar de las intenciones de sus promotores, la huelga general no podría en este momento tener otro resultado que el reforzamiento de las corrientes militaristas y de la reacción68. Oponerse sobre todo a una reacción proletaria y popular enérgica era para estos reformistas la manera de evitar el reforzamiento del militarismo y la reacción. Clásica posición pacifista y antirrevolucionaria que consiste en afirmar que la mejor manera de evitar la represión es quedarse quietos o hacer lo mínimo posible. Con semejantes opositores, la burguesía italiana podía continuar su política colonial sin temores por el lado del frente interno.

Las posiciones de las distintas corrientes en torno de la guerra fueron expuestas y discutidas inmediatamente después en el Congreso de Módena69. Ya en el intervalo, el reformismo se había quebrado en dos.

La posición oficial del PSI de oposición a la guerra, motivada por Turati con su claridad y franqueza habituales, estuvo justificada por el hecho de que la aventura africana no respondía a la visión reformista y a los cánones de un colonialismo civilizador que respondiese a las necesidades del capitalismo moderno y diese soluciones a la miseria de las grandes masas italianas deseosas de un futuro mejor en el extranjero, y de la conquista de reformas (invocadas como condiciones previas e indispensables del socialismo)70.

A partir de exactamente las mismas premisas social-imperialistas de Turati, otros dirigentes reformistas extrajeron conclusiones diferentes. En el Congreso de Módena, Cabrini proclamó interpretar “el estado de ánimo de gran número de socialistas italianos declarando que (…) si la guerra se prolongase y se debiese pasar por cruentas batallas, debemos también augurar que la victoria sonría a las banderas de nuestra gente”. Mientras Bonomi hacía suya la defensa de las premisas, de las conclusiones y de la política colonialista de la burguesía italiana, auguró la victoria militar de Italia y justificó la pasada oposición socialista a las aventuras coloniales de los años ’80 por no haber sido realizadas por una democracia consolidada como la de 1911. Todos los socialistas que apoyaron la invasión a Libia sostuvieron la necesidad de seguir apoyando al Gobierno de Giolitti.

La posición de la Fracción Intransigente Revolucionaria (FIR) fue de total oposición a la Guerra de Libia y al Gobierno Giolitti. Declarándose opuesta a cualquier conquista colonial, la Fracción se desmarcaba claramente de los intereses imperialistas de la burguesía italiana y de todas las corrientes reformistas. También era clasista su oposición a todo militarismo burgués y al derrame de sangre proletaria para defender los intereses del capitalismo. Lo que en su declaración del 1-10-1911 brillaba empero por su ausencia era la denuncia de la opresión de los pueblos coloniales como resultado de las conquistas imperialistas, y la afirmación de que, para el proletariado, el mejor desenlace posible de la aventura colonial sería la derrota del Ejército italiano71.

17.- Con la FIR a la ofensiva, en el Congreso de Módena72 se dio un fuerte enfrentamiento con el reformismo fracturado. El documento intransigente del 1-10 había denunciado al conjunto de las corrientes reformistas de ser “uno de los mayores responsables (…) de la actual expedición militarista” por haber “portado a la fuente bautismal y fortalecido, con sucesivos e incansables [apoyos] parlamentarios, a los ministerios burgueses de todo tipo, y a este mismo que hoy arteramente manda Italia a Trípoli”.

Haciendo el proceso de casi 10 años de supremacía reformista, el intransigente Alceste Della Seta resaltó la unidad orgánica de todas las formas de reformismo, haciendo de Bissolati y Bonomi sus hijos legítimos; acusó al “practicismo” reformista de haber llevado el socialismo italiano a desembocar en el apoyo a los gobiernos burgueses, a discutir la participación en estos gobiernos y, para algunos de ellos, a apoyar la invasión de Libia. El intransigente Ciccotti denunció la oposición a la Guerra por parte de la Dirección del PSI como una negación del internacionalismo por ser “puramente contingente, no de principio”; señaló la bancarrota “a pura pérdida” de toda la política colaboracionista efectuada en nombre de la conquista de reformas sociales73 (y que llegó al punto de no oponerse a los presupuestos militares), y concluyó denunciando el hecho de que el Partido socialista, “desde hace muchos años, (…) se ha vuelto la expresión política de un décimo del proletariado, y que los otros nueve décimos han sido dejados de lado74.

Bonomi y Bissolati defendieron la participación del Partido en el Gobierno burgués como consecuencia lógica del apoyo a los gobiernos anteriores. El reformismo de Turati fue quien estuvo en la posición más inconfortable como consecuencia del colapso de la perspectiva que había sido el eje central de toda la política del PSI. Fue patética y desesperada su defensa de casi 10 años de trayectoria reformista y sus intentos de justificación de los magros resultados tangibles obtenidos, cuyo “concretismo” era toda su razón de ser75.

En la votación final, el reformismo se presentó fracturado en 4 mociones que sólo diferían en la actitud coyuntural ante el Gobierno de Giolitti. La moción de la Fracción intransigente revolucionaria obtuvo una mayoría relativa con 8.594 votos, contra las de Treves-Turati (7.818), Modigliani (1.746), Pescetti (1.073) y Basile (1.986). La Fracción desistió ir al ballotage a la espera de obtener la mayoría absoluta en el Congreso de Reggio Emilia previsto para 1912.

La crisis del reformismo y el Congreso de Reggio Emilia (julio de 1912)

18.- A pesar de los denodados esfuerzos de la Dirección reformista para mantener su unidad y la del GPS, el encadenamiento inexorable de los acontecimientos provocó rápidamente su escisión definitiva, la del grupo parlamentario, su propia parálisis y la expulsión ulterior del Partido de los Bonomi, Bissolati y Cía. decidida en el en el Congreso de Reggio Emilia del mes de julio de 1912.

La crisis sin retorno del reformismo fue la consecuencia inmediata de la firma del Decreto de Anexión de Libia (5 de diciembre), el que tuvo la aprobación parlamentaria de 13 de los 22 diputados socialistas presentes en el momento del voto76.

El reformismo turatiano había perdido pie, y hasta el ultra reformista Rigola, a la cabeza de la CGdL, se desolidarizó de sus congéneres Bonomi, Bissolati y Crapini, que eran como él favorables a la transformación del PSI en un Partido del Trabajo. Esto era un indicio claro de que el viento había cambiado de dirección en los rangos del proletariado y en las bases socialistas a favor de una política de oposición firme a la política gubernamental, mientras que el reformismo de Turati, a pesar de su propósito declarado “de pasar a la oposición más decidida y enérgica contra el Gobierno”, estaba por su ADN, sus principios, su doctrina y toda su trayectoria, en la incapacidad de poder personalizarla.

El Congreso de Reggio Emilia estuvo signado por el procesamiento en regla de toda la trayectoria del reformismo por parte de una intransigencia de lo más heteróclita que venía con el viento en popa.

Benito Mussolini77, quien se volverá el dirigente indiscutido de la izquierda de la corriente intransigente y la referencia política de una nueva generación de militantes, pronunció un discurso martillando un tema que, por primera vez, rompía con los esquemas teóricos del conjunto de las tendencias socialistas, desde la intransigencia de siempre al reformismo, a saber, la oposición entre democracia burguesa y socialismo78. Para Mussolini, la emancipación del proletariado no pasaba por la profundización de la democracia burguesa.

Haciendo el proceso de lo actuado por los diputados socialistas, especialmente en torno de la Guerra de Libia, Mussolini reclamó la supresión de la autonomía política del GPS y la expulsión del Partido de los diputados Cabrini, Bonomi y Bissolati (lista a la cual, a pedido público del joven Amadeo Bordiga, añadió a Podrecca por sus posturas nacionalistas y militaristas). Denunció también la actitud de los socialistas que, tras el fallido atentado, rindieron un homenaje público a Vittorio Emanuele III, uniéndose así al frente clerical-nacionalista-monárquico, cuando se debía “considerar el atentado como un infortunio del oficio de rey”, el de “un ciudadano inútil por definición”, mientras que “hay pueblos que han mandado de paseo a sus reyes, cuando no han querido premunirse mejor enviándolos a la guillotina”, por lo cual “los socialistas no pueden asociarse al luto o a la desaprobación monárquica”, reconociendo en esas actitudes una especie de reconciliación entre el reformismo y la Monarquía.

Mussolini terminó su discurso afirmando la “necesidad de un Partido socialista fuerte y homogéneo (…) [que] tiene una tarea precisa que cumplir: participar, descomponer la caótica e incoherente democracia italiana, golpeándola y asaltándola por todas partes.”

Desde el punto de vista del marxismo de la socialdemocracia alemana, Angélica Balabanoff hizo la crítica del reformismo a propósito del lugar de la lucha por reformas en el marco general de la preparación revolucionaria del proletariado79; y, con una óptica auténticamente internacionalista y anticolonialista, la de las ideologías social-imperialistas de todas las corrientes reformistas.

Bonomi y Bissolati defendieron todo lo actuado por el GPS y por ellos mismos ante la Guerra de Libia, las tratativas con Giolitti y luego del atentado al Rey. Por otra parte, Modigliani, en nombre de los reformistas “de izquierda”, “intransigentes coyunturales” y colaboracionistas desilusionados por la democracia giolittiana (entre los cuales, en ese momento, también estaba Turati), recurriendo a los mismos presupuestos de principios, ideológicos y programáticos que los colaboracionistas, extrajo conclusiones opuestas, haciendo suya la propuesta de expulsión de los antiguos camaradas de tendencia.

La victoria de la Moción Mussolini dio lugar a una nueva Dirección enteramente intransigente (con la participación de Balabanoff y Mussolini, entre otros), siendo Lazzari nombrado secretario del Partido y, poco tiempo después, Mussolini asumió como Director del Avanti!

La heterogeneidad ideológica de los componentes de la FIR era pavorosa. Nada en común había entre un Lazzari (reformista intransigente aferrado a las posiciones originales del Congreso de Génova) y un Mussolini que descartaba al parlamentarismo como vía de la emancipación proletaria, pasando por una Balabanoff impregnada de ortodoxia socialdemócrata alemana. Ninguno de ellos ofrecía una visión ni una perspectiva coherente, estructurada y convincente de las vías y de los objetivos de la lucha revolucionaria.

Benito Mussolini y la formación de la izquierda intransigente revolucionaria

19.- En el trienio que precede al desencadenamiento de la I Guerra Mundial, desde 1912 hasta su expulsión del PSI tras su adhesión en 1914 a la participación de Italia en la guerra, la influencia de Mussolini en el Partido en general, y sobre la juventud socialista en particular, tendrá una importancia decisiva en el proceso de formación de la Izquierda Intransigente Revolucionaria y en la joven generación que convergerá más tarde en la formación del Partido Comunista de Italia (y, en particular, en el joven Amadeo Bordiga).

En aquel trienio, la trayectoria de Mussolini en el Partido socialista fue la de un meteorito que conmovió hasta sus cimientos al socialismo italiano, provocando una modificación de las relaciones de fuerzas en el Partido en detrimento del reformismo. El impacto y la influencia política de Mussolini en el seno del movimiento socialista fue el resultado de una coyuntura histórica caracterizada, tras 12 años de colaboracionismo con la izquierda burguesa gubernamental, por la bancarrota del reformismo y la incapacidad de la intransigencia histórica para oponerle bases ideológicas y orientaciones políticas generales coherentes y sustancialmente opuestas.

Si bien la notoriedad de Mussolini a nivel nacional recién se expandió rápidamente a partir del Congreso de Reggio Emilia, su militancia socialista había comenzado siendo muy joven80 en Suiza, en los años 1902-1904. Mussolini tuvo allí contactos con Serrati y Angélica Balabanoff, con el movimiento anarquista y, por sobre todo, con el sindicalismo revolucionario, con quien en aquel momento se alineó políticamente81. Más allá de su ulterior ruptura con este movimiento, la ideología de este último le dio a su radicalismo y antirreformismo viscerales algunas de las bases de sustentación de su trayectoria socialista: la acción directa, la huelga general, el antiparlamentarismo, la crítica de la democracia burguesa y la necesidad de la ruptura con las tendencias socialistas no revolucionarias. Habiendo retornado en Italia a fines de 1904, Mussolini no siguió los pasos de los sindicalistas revolucionarios cuando éstos se escindieron del PSI en 1907, pero no dejó de colaborar en algunas de sus publicaciones.

De regreso a Italia fue nombrado secretario de la Federación Socialista de Forlí y director del periódico local “La Lotta di Classe”, iniciando su publicación en enero de 1910.

Las concepciones políticas de Mussolini, alimentadas por un extremismo instintivo que encontró un fuerte eco en los sectores más radicales del proletariado y del Partido, no se estructuraban en torno del marxismo, sino que fueron evolucionando según las situaciones, recurriendo eclécticamente a principios y teorías de diversos orígenes82.

Del marxismo, Mussolini reivindicó la doctrina del determinismo económico de El Capital, el concepto de catástrofe a la que lleva el desarrollo del modo de producción capitalista (con la concentración de la riqueza en manos de la burguesía y la proletarización de las grandes masas), y la lucha de clases83/84.

Inseparables de su oposición irreductible al reformismo, los temas centrales de su propaganda fueron la primacía del ideal socialista por sobre la obtención de reformas como fundamento de la actividad del Partido; la visión del Partido de clase como el de una élite minoritaria; la incompatibilidad entre la militancia socialista y la pertenencia a la masonería; el rechazo, salvo excepción, de los acuerdos con otras fuerzas políticas.

Citando a G. Mengaro85, De Felice da una síntesis de las posiciones de Mussolini en ese período86:

“Mussolini – escribe Mengaro – estaba firmemente convencido de la eficacia de las minorías si éstas son conscientes de las metas revolucionarias, capaces de heroísmo y de sacrificio, listas para ser la vanguardia de un movimiento de masas y para usar cualquier medio, extremo y violento, para alcanzar su objetivo. El Partido socialista, pues, debería estar formado por una élite revolucionaria87. (…) Lo que tenía en mente era la organización de un partido proletario consciente, aunque fuese exiguo, que apuntase resueltamente a la expropiación de la burguesía, a nutrir una agitación revolucionaria continua y permanente, necesaria para mantener viva las condiciones de preparación y de exaltación aptas para captar el momento histórico preciso”.

“El partido auspiciado por Mussolini – continúa De Felice – debía tener una individualidad bien precisa y debía tender a alcanzar sus objetivos sin establecer acuerdos con nadie y sin desnaturalizar su fisionomía. La consecuencia de esta exigencia era la oposición más decidida a la práctica de los bloques y de los frentes (excepto casos particularísimos de carácter “defensivo”, para defender contra la reacción un mínimo de libertad política y civil) que deshabituaba a los militantes a contar sólo con sus propias fuerzas y que, conciliando intereses diversos, anulaba justamente los fines propios del socialismo.

“Para nosotros, socialistas – escribía Mussolini el 4 de junio 1910 en “La Lotta di Classe” – el bloque es un absurdo, cuando no una capitulación. Nosotros admitimos el bloque en la lucha económica. La organización obrera debe ser y es de hecho un bloque de todos los explotados sin distinción de patria, de religión, de sexo y de creencias políticas. Pero si en la lucha económica es natural el bloque porque sólo requiere un requisito, el de ser un explotado, en la lucha política – que es en el fondo la expresión de convencimientos doctrinales – ello no es posible (…) sin una reducción de ideas contrarias al mismo denominador común, aunque sea mínimo. Por el contrario, en la lucha política deben emerger y ser enfatizadas las diferentes ideas y las diferentes tácticas. La diferenciación cada vez más tajante, cada vez más deseada debe ser la característica de la lucha política. De esta manera la lucha política que se desarrolla de manera indolente y somnolienta en la preparación y a la espera del bloque, se volverá vivaz, sincera, activa, educadora”.88

Su visión de la lucha y de las organizaciones de carácter sindicales estaba impregnada de un extremismo sectario: “[Soy] partidario y defensor de las organizaciones económicas cuando éstas son declaradamente socialistas, es decir, cuando adoptan el método de la lucha de clase para alcanzar como meta la expropiación de la burguesía”89.

Del Congreso de Reggio Emilia Mussolini extrajo una evaluación en línea con sus posiciones de tipo idealístico-voluntaristas:

“El congreso socialista de Reggio Emilia debe (…) ser interpretado como un intento de renacimiento idealístico. El alma religiosa del Partido (ecclesia) se ha enfrentado una vez más con el pragmatismo realista de los representantes de las organizaciones económicas que no es una comunidad de ideas, sino una comunidad de intereses. Estos son los términos del eterno conflicto entre el idealismo y el utilitarismo, entre la fe y la necesidad. ¿Qué le importa al proletariado entender al socialismo como se entiende un teorema? ¿Y acaso el socialismo es reducible a un teorema? Nosotros queremos creerlo, nosotros debemos creerlo, la humanidad tiene necesidad de un credo. Es la fe la que mueve las montañas porque da la ilusión de que las montañas se mueven. La ilusión es, quizás, la única realidad de la vida”.90

Todo sectarismo con aspiraciones revolucionarias tiene necesidad de recetas para tratar de conquistar a las masas, de crear artificialmente un nexo entre la “palabra esclarecedora” de la “élite” y las masas que viven en la oscuridad. Mussolini no escapaba a esa regla. Luego de los acontecimientos de Roccagorga91, a inicios de 1913, él creyó que ese nexo podría resultar de un “enfrentamiento heroico” entre el proletariado y la burguesía. Mussolini trataba de paliar así, con frases y perspectivas que encubrían una forma de fatalismo92, su carencia de visión marxista del rol del Partido en la preparación revolucionaria y en la Revolución misma (carencia que era común a muchas de las corrientes no reformistas de la socialdemocracia europea). Para él, hubiese bastado con empujar a las masas a enfrentamientos grandiosos para iluminarlas, para capacitarlas, para educarlas revolucionariamente93. Esto era la expresión de la influencia ejercida sobre Mussolini por Sorel (con su teoría del papel de la huelga general y de la violencia en la formación de la conciencia revolucionaria).

Su intervención en el Congreso de Reggio Emilia y su actividad como director del Avanti! dieron a Mussolini una gran proyección nacional y tuvo un fuerte impacto entre los simpatizantes y militantes socialistas94. Pero no por ello la situación del socialismo italiano cambió de manera substancial, a pesar de las intenciones de Mussolini y de la tendencia más radical de la intransigencia. En primer lugar, porque el reformismo estaba sólidamente a la cabeza del grupo de diputados socialistas, de la CGdL, de las Camere del Lavoro y de las cooperativas, amén de tener un amplio séquito entre los representantes en los consejos municipales; y, en segundo lugar, porque la mayor parte de la intransigencia y de la Dirección del Partido, con Lazzari a la cabeza, se acomodaban perfectamente a esa situación, la que aseguraba al Partido la posibilidad de “rastrillar” en un amplio radio político y social, extendiendo al máximo sus bases electorales sin comprometer en apariencia su fisionomía de clase. De allí que la corriente reformista mantuviese una total libertad de acción, de publicación y de discusión pública con la Dirección, tanto en los órganos de tendencia que le eran propios como en el Avanti! El PSI seguía siendo un partido amorfo, falto de homogeneidad y coherencia internas, y no con sólo dos “almas” (la reformista y la “revolucionaria”) como lo había proclamado Turati a inicios del siglo, sino ahora con tres. Pero lo que Mussolini sí logró fue ganar a la juventud socialista y a amplias bases del Partido para la corriente más radical de la intransigencia, echando incluso puentes, a nivel editorial y sindical, con los sindicalistas revolucionarios.

Mussolini rompió con las bases ideológicas fundamentales del reformismo: la democracia burguesa y el sufragio universal como marco sine qua non del socialismo, la conquista de reformas parciales como eje central y norte de la actividad del partido, la vía pacífica al socialismo y el colaboracionismo a nivel electoral y gubernamental.

Ello no podía dejar de provocar enfrentamientos de una gran violencia entre Mussolini y los dirigentes reformistas, e incluso con un sector de la tendencia intransigente que, como Serrati, basaban fundamentalmente su oposición al reformismo en divergencias de política parlamentaria. Otro sector de la corriente intransigente – como fue el caso de Lazzari – apoyaron a Mussolini de manera puramente oportunista para contrarrestar las ofensivas del reformismo contra la Dirección del Partido.

En el terreno electoral, Mussolini participó con el Avanti! en las elecciones de octubre 1913 con una impostación no reformista de la cuestión parlamentaria. Estas dieron un resultado favorable a los socialistas, con la elección de 53 diputados y con casi 1 millón de votos, reforzando al mismo tiempo las posiciones de la intransigencia en general, y de Mussolini en particular.

La trayectoria política inicial de Amadeo Bordiga (1912-1914)

20.- La victoria de la Tendencia Intransigente Revolucionaria en el Congreso de Reggio Emilia fue inmediatamente posterior a la fundación del “Círculo Socialista Revolucionario Carlo Marx” de Nápoles, en ruptura con la sección socialista local que estaba gangrenada por la práctica electoralista de alianzas con corrientes burguesas y masónicas. Del Círculo Carlo Marx formaban parte, entre otros, Amadeo Bordiga y Ruggiero Grieco. Bordiga tendrá un papel de primer plano en el proceso histórico que desembocará en la fundación del Partido Comunista de Italia (PCdI) en enero de 1921, y a continuación tendrá un rol decisivo en la Dirección y orientación general del PCdI en sus dos primeros años de existencia. A través de los escritos de Bordiga podremos seguir el proceso de maduración de la corriente que dará lugar a la Izquierda Comunista italiana95.

Desde su inicio como militante socialista, Bordiga se alineó con la extrema izquierda intransigente inspirada por – y partidaria de – Benito Mussolini. A partir de 1912, con 23 años, Bordiga condujo un combate vigoroso contra el conjunto de los pilares ideológicos y políticos del reformismo; a saber, contra la visión gradualista de la emancipación obrera96, contra la democracia burguesa, contra el colaboracionismo parlamentario y gubernamental, contra los bloques (hoy se diría “frentes”) electorales con corrientes burguesas “de izquierda” (republicanas y laicas en particular), supuestamente más afines o favorables a la clase obrera, en base a consideraciones generales, locales, anticlericales, coyunturales o “morales”97.

21.- Desde el comienzo de su actividad política, la crítica programática de la democracia parlamentaria realizada por Bordiga fue radical.

Bordiga afirmó que la eliminación de la explotación del proletariado por el capitalismo sólo puede ser lograda con el abatimiento “del actual régimen económico, y (sus) correspondientes instituciones políticas, sustituyéndolos por un nuevo régimen”. Desmintiendo tanto las afirmaciones de la democracia burguesa como las del reformismo, Bordiga añadió: “La evolución histórica del régimen democrático no es el del ascenso continuo hacia la igualdad y la justicia, sino que es una parábola que alcanza su vértice y luego desciende hacia una crisis final, hacia el enfrentamiento de las nuevas fuerzas sociales contra la clase actualmente dominante”. Refiriéndose siempre a la democracia burguesa, afirmó que “el socialismo es la negación completa de la teoría y de la acción democrática”, añadiendo que “a la armonía entre las clases deseada por la democracia nosotros oponemos la lucha de clase sobre el terreno económico y político; a su teoría de la evolución y del progreso oponemos la realidad histórica de la preparación revolucionaria; a su educacionismo oponemos la necesidad de la emancipación económica de las clases trabajadoras, la que sólo podrá terminar con su inferioridad intelectual. (…) La democracia ve en el sistema representativo el método para resolver todo problema de interés colectivo (mientras que) nosotros vemos en él la máscara de una oligarquía social, que hace valer el engaño de la igualdad política para mantener la opresión de los trabajadores (…) La democracia ve el dogma bajo la sotana del cura, (mientras que) nosotros lo vemos también bajo el uniforme del militar, bajo la insignias dinásticas y nacionales, bajo todas las actuales instituciones, y sobre todo en el principio de la propiedad privada”.98

Si bien su crítica programática y de los principios de la democracia burguesa parlamentaria fue marxísticamente pertinente, en otros aspectos sus posiciones lo situaron en ruptura con las asumidas por Marx, Engels y Lenin, tal como fue el caso de la fundamentación de la táctica de la “intransigencia” (que Bordiga basaba exclusivamente en consideraciones de programa y de principios), así como su rechazo de las reformas democráticas del Estado burgués (fue el caso de las reivindicaciones de la igualdad de derechos políticos para la mujer en la sociedad actual y, por ende, del sufragio universal, reivindicados por la Internacional Socialista), o su rechazo del derecho a la autodeterminación de las naciones.

En noviembre de 1912 Bordiga escribió:

“El socialismo quiere la abolición de la propiedad privada de los medios de producción. Quiere arribar a este fin último revolucionario con la lucha de clases, es decir, apelando a las solas energías de los trabajadores. Quien no está con nosotros en el querer la transformación revolucionaria de la sociedad actual, está contra nosotros. Es por eso que no distinguimos entre los diversos partidos que representan el pensamiento político de la burguesía capitalista”.99

[El] concepto de intransigencia es programático, no táctico, y es por definición, como dirían los escolásticos, absoluto y no relativo. Una excepción sería suficiente para destruirla”.100

Según este planteo, la táctica del partido de clase debería ser una consecuencia directa del principios programa socialista. “Quien no está [programáticamente] con nosotros, está contra nosotros”. Es el fin último quien debería determinar, como resultado de un apriorismo teórico, cualquiera sea la situación, sin excepciones, la acción de hoy. La “intransigencia” sería el alfa y el omega de la acción del partido. El partido revolucionario no podría entonces hacer distinciones entre los partidos que no comparten sus objetivos programáticos. Esta posición es necesariamente independiente de la evaluación de la situación histórica precisa (o “concreta”, como diría Lenin), independiente de la caracterización de la dinámica de las fuerzas sociales y políticas en presencia, y de la intervención del partido de clase para reforzar las posiciones del proletariado e influir en la evolución de las situaciones.

Con el planteamiento principista y apriorístico de Bordiga de aquel entonces en torno a las cuestiones de táctica – deformación que era lo propio de las corrientes anarquistas y sindicalistas revolucionarias – sería imposible comprender cómo Engels, fundador con Marx del comunismo científico y revolucionario marxista por antonomasia, en su carta a Turati del 26-1-1894, no excluía (sin por ello darlo por cierto), en aquel año en Italia, la posibilidad de una lucha de masas de los socialistas junto a otras fuerzas burguesas radicales a favor de la república parlamentaria.

No sorprende entonces que, en un artículo de octubre de 1916, Bordiga cuestionase ciertos planteos tácticos de Marx y Engels en el curso del Siglo XIX101. En esa misma ocasión, Bordiga precisó el motivo de su desacuerdo: “A pesar de haber sido los demoledores de toda la ideología democrática burguesa, es innegable que Marx y Engels atribuyeron demasiada importancia a la democracia y creían que el sufragio universal conllevaba beneficios que aún no se habían disipado”.102

Al constatar la fundamentación apriorística de la táctica de la “intransigencia” por parte de Bordiga, no es nuestra intención negar la pertinencia de esa táctica en el terreno electoral en la Italia de inicios de siglo103, ni el hecho de que la Izquierda Intransigente haya abonado esta posición con el análisis detallado de la función conservadora de los partidos del arco político burgués en la Italia de la época104. Pero los análisis de Bordiga no tenían otro objetivo que confirmar la validad apriorística de la “intransigencia”.

Nuestra intención al relevar este punto es poner en evidencia una diferencia significativa en la manera de plantear las cuestiones de táctica entre Marx y Engels (y más tarde Lenin), por una parte, y la Izquierda Intransigente, por otra. Estas cuestiones se volverán candentes en las discusiones que tendrán lugar en la Internacional Comunista.

22.- En aquellos años, el desacuerdo de Bordiga con las posiciones de Marx, Engels y más tarde Lenin, no se expresó solamente en el planteamiento de las cuestiones de táctica, sino también a propósito de ciertas reivindicaciones democráticas (es decir, de cuestiones relativas a la sistematización, la organización y la gestión del Estado), como sucedió frente a las guerras balcánicas, al derecho de voto femenino y, más tarde, ante el llamado derecho a la autodeterminación de las naciones. Ello fue el resultado de la deducción meramente lógica, directa y mecánica de la táctica a partir de consideraciones programáticas, lo que no puede dejar de dar lugar a actitudes de indiferentismo político, es decir, de apoliticismo (tal como fue el caso del anarquismo y del sindicalismo revolucionario). Bordiga no escapó a esta ley inexorable105.

Está fuera de toda duda que el combate de la Izquierda Intransigente contra el nacionalismo italiano, contra el irredentismo, contra el militarismo, contra la Guerra colonial de Libia, ha sido políticamente ejemplar, preparándola para defender la política revolucionaria contra la guerra de 1914-1918.

Ello no obsta que en la visión de Bordiga la cuestión nacional y la colonial no cumplía ningún papel revolucionario a escala internacional. Habrá que esperar al II Congreso de la Internacional Comunista (julio 1920) para que la Izquierda Intransigente se plantee un primer interrogante ante estos temas que ocuparán un espacio mundialmente creciente desde el inicio de la Revolución China de 1911.

En un artículo que trató de la Primera Guerra Balcánica de 1912, guerra que opuso serbios, griegos y búlgaros al Imperio Otomano con el propósito de dar lugar a la sistematización nacional de la región, se puede leer106:

“El socialismo debe oponerse a todas las guerras, sin acomodarse con distinciones engañosas entre guerras de conquista y guerras de independencia”.

La posibilidad de hacer converger contra los bastiones del imperialismo la lucha revolucionaria de los pueblos oprimidos por opresiones nacionales y por el colonialismo con la lucha revolucionaria del proletariado de las metrópolis, esa posibilidad estaba ausente de la visión de la Izquierda Intransigente, como lo reconocerá Bordiga mismo en 1920107.

En este punto la Izquierda Intransigente compartía con una buena parte del “marxismo occidental” una incomprensión del – e indiferencia frente al – problema de las luchas nacionales y anticoloniales por la liberación de la opresión imperialista. Recordemos que Lenin debió entablar polémicas intensas con revolucionarios de la talla de Rosa Luxemburgo, e incluso en Rusia con Bujarin, Radek y Piatakov, a favor del “derecho a la autodeterminación”, combatiendo la tesis que sostenía que, en la época del imperialismo, la cuestión nacional no tenía solución en el marco del capitalismo108.


Además de su indiferentismo ante la cuestión nacional y colonial, no podemos dejar de señalar su posición de indiferencia ante la cuestión feminista. Se trató de la única cuestión abordada en sus escritos, hasta la primera guerra mundial, relativa a una reforma de la sociedad burguesa (el derecho al sufragio universal).

Aunque Bordiga sostuvo correctamente que “la causa de la inferioridad femenina debe ser buscada en la constitución económica de la sociedad”, y que “la igualdad entre los sexos es una parte esencial del programa socialista”109, en su escrito descartó las reivindicaciones de igualdad jurídica y política de la mujer en la sociedad burguesa actual al afirmar que “Es necesario propagandizar en el ambiente femenino la tesis de que las reivindicaciones de los derechos de la mujer no pueden ser satisfechas en una sociedad como la actual, basada en la propiedad privada”.110

Dicha posición de indiferencia ante las reivindicaciones del movimiento feminista (derecho al voto, derecho al divorcio, total igualdad política y jurídica entre hombres y mujeres, inexistentes en el Derecho italiano de la época) era y es incompatible con el marxismo. La reivindicación de la igualdad de derechos políticos, jurídicos, y contra toda discriminación de sexo, ya era entonces una bandera de batalla del movimiento de las mujeres socialdemócratas en Alemania, dirigido por Clara Zetkin, quien hizo adoptar en 1907 en la Internacional Socialista la resolución siguiente: “Los partidos socialistas de todos los países tienen el deber de luchar enérgicamente por la instauración del sufragio universal de las mujeres”. Rosa Luxemburgo escribirá más tarde un notable artículo sobre la cuestión111. La Federación juvenil misma había declarado su simpatía por el movimiento feminista movilizado por el derecho al sufragio de la mujer112, y el PSI incluía en su programa este derecho (aunque sin mover un dedo en ese sentido)113.

23.- En ese entonces, hasta el desencadenamiento de la Primera Guerra Mundial y, sobre todo, hasta la irrupción de la Revolución de Octubre 1917, para toda la “intransigencia” (Izquierda incluida) la idea misma de la acción revolucionaria permanecía en el limbo programático de la “socialización de los medios de producción”, sin abordar el problema resuelto por los bolcheviques a inicios del Siglo XX en el plano teórico, y en Octubre 1917 también prácticamente, de la insurrección violenta y de la dictadura del proletariado114. Es notable que, en las discusiones políticas de la época en el seno del Partido socialista, las enseñanzas de la Revolución Rusa de 1905 a propósito de la lucha de masas, partido, sindicatos y soviets brillasen por su ausencia.

Es sin embargo notable que en julio de 1913, siguiendo los pasos de Mussolini (quien ya se había declarado partidario de un partido “elitista”), Bordiga considere teóricamente la posibilidad de un Partido socialista revolucionario que proclame “netamente la preparación al método insurreccional”, lo que lo “liberaría automáticamente del lastre reformista y de los humanitarios llorones que constituyen la masa gris platónica del Partido socialista. Al afrontar resueltamente la lucha, el partido se volvería el objeto de las persecuciones burguesas, y así se liberaría del lastre podrido de los policastros y arribistas de profesión. La eficacia de su acción se vería así centuplicada115. Seis años más tarde, el auge revolucionario en Europa y la fundación de la III Internacional dará a esta cuestión esencial el carácter de ardiente actualidad.

24.- En los años de la preguerra, las posiciones de la Izquierda Intransigente en la cuestión parlamentaria (es decir, el objetivo mismo de la participación electoral y de la acción en el Parlamento), al mismo tiempo que se enfrentaban a las claudicaciones del reformismo y pretendían diferenciarse del extremismo apolítico del sindicalismo revolucionario, prefiguraban bajo ciertos aspectos las Tesis sobre el Partido Comunista y el Parlamentarismo adoptadas en 1920 en el II Congreso de la III Internacional, el llamado parlamentarismo revolucionario, táctica que atribuía fundamentalmente a la participación electoral un objetivo de propaganda revolucionaria.

Antes de la I Guerra Mundial, la participación socialista en las elecciones parlamentarias y a nivel comunal era una necesidad:

  • del combate contra el anarquismo y el anarco-sindicalismo, ya que favorecía la divisoria de aguas entre quienes preconizaban la acción política del proletariado (y de su partido) como factor esencial de la lucha de clase y de su emancipación, y quienes negaban tanto la acción política como la necesidad del partido de clase116;
  • de la lucha por la independencia del proletariado frente a todos los partidos del abanico burgués;
  • de su acción para la conquista de reformas que podían interesar a las masas proletarias y favorecer el más libre desarrollo de la lucha de clases.

Algunos de los argumentos de Bordiga a favor de la participación electoral del Partido socialista fueron similares a las que los bolcheviques defenderán en la III Internacional contra el abstencionismo electoral de los anarquistas, de los sindicalistas revolucionarios y de la Izquierda Italiana misma (que en 1920 se declarará abstencionista): la posibilidad para un partido liberado de las influencias reformistas – y a pesar de los peligros de corrupción que conlleva toda actividad parlamentaria y electoralista – de desarrollar a través de las elecciones y en el parlamento una propaganda revolucionaria “profundamente diversa de la de la politiquería burguesa”, siendo la actividad electoral “uno de los tantos aspectos de la actividad política socialista”, ya que “el abstencionismo no es un remedio, sino la renuncia al único método [subrayado nuestro, ndr.] que puede dar al proletariado una conciencia capaz de defenderlo de la politiquería oportunista de los partidos no socialistas”117.

Sin embargo, y en base a la larga experiencia sobre los efectos nefastos del parlamentarismo y electoralismo dentro de las filas del PSI y de la II Internacional, la Izquierda Intransigente dejó históricamente abierto el problema táctico de la participación electoral. En un artículo ya citado de julio de 1913118, si bien Bordiga no cree todavía que el abstencionismo sea un requisito para la forja de un partido realmente revolucionario, ya afirma que este grave problema debe ser aún “estudiado profundamente y cotejado con los hechos” para llegar a una conclusión de acuerdo con las necesidades de la revolución.

25.- Hemos visto más arriba que a inicios de Siglo XX el llamado “sindicalismo revolucionario” se extendió por Europa, y muy particularmente en Italia [§I-10]. Bordiga combatió esta corriente que no era menos negadora que los reformistas del rol político del partido de clase119, reivindicando paralelamente el trabajo del Partido dentro de los sindicatos obreros, la conquista de los sindicatos a la política revolucionaria haciendo de los mismos “medios de propaganda y de la futura realización del socialismo”, llevándolos a superar el estrecho horizonte corporativista del sindicalismo y la influencia del reformismo120.


En el trienio 1912-1914, los escritos de Bordiga contra el militarismo, el nacionalismo, el irredentismo, el patriotismo y el colonialismo estuvieron en fase con la activa agitación y propaganda en estos temas por parte de la Federación juvenil y de Mussolini. La de Bordiga no fue una propaganda pacifista, sino de guerra de clase contra la burguesía italiana, y en particular contra la política colonialista durante la Guerra de Libia121.

Este intenso y continuo combate contra todos aquellos pilares ideológicos y políticos de la burguesía italiana y contra la democracia burguesa suministró a la Izquierda Intransigente sólidos fundamentos teóricos y prácticos para enfrentar la terrible crisis del movimiento socialista internacional de agosto de 1914 provocada por la capitulación de casi todos los partidos socialistas durante la Primera Guerra Mundial.

26.- En los años 1912-913, Bordiga entabló una intensa batalla contra el “culturalismo” propio de toda corriente reformista. El reformismo, impregnado de gradualismo, hacía depender el avance del movimiento obrero y la extensión de la influencia socialista en el seno de las masas de la elevación de su nivel cultural. La consecuencia directa de esta elevación hubiera debido ser el auge de las organizaciones socialistas y el acrecentamiento de su influencia electoral y parlamentaria. La ignorancia y el oscurantismo de las masas eran señaladas por los reformistas como las causas principales del fracaso del socialismo en su intento por extender su influencia. De allí que el movimiento socialista, siguiendo así la tradición democrático-popular, haya impulsado por doquier la lucha contra el analfabetismo, la fundación de bibliotecas populares y la inclusión de temas culturales en sus periódicos.

El reformismo italiano, duramente combatido por la juventud socialista, no dejó de atacar a esta última haciendo hincapié en su “falta de preparación política e intelectual” y en la necesidad de “elevar su nivel cultural”. El representante de esta corriente ideológica entre los jóvenes socialistas fue Ángelo Tasca122, quien en el Congreso de Boloña de la Federación juvenil (1912) presentó la moción culturalista explicitando su propuesta sobre la función de esta organización, a saber, “una obra de educación y de cultura”, con el triple propósito de (a) dar a la juventud proletaria “una instrucción genérica, literaria y científica”; (b) “proveer al Partido con militantes conscientes y seguros”; y (c) formar “organizadores competentes y buenos productores por medio de un trabajo de elevación y perfeccionamiento técnico-profesional, sin la cual la revolución socialista no sería realizable”. Para ello, la Federación juvenil hubiera debido (i) facilitar “la inscripción de los jóvenes socialistas en las asociaciones culturales”; (ii) “instituir periódicamente … cursos cuyo objeto [sería], además de la cultura estrictamente socialista, la difusión de nociones históricas, económicas y sociológicas, y el tratamiento de problemas inherentes a la organización obrera”; (iii) “instituir y desarrollar bibliotecas sociales”; y (iv) “adoptar … el sistema de las conversaciones y lecturas”.

En su respuesta a la ofensiva del reformismo contra la Federación, Bordiga rechazó de cuajo ese planteamiento de la cuestión de la toma de conciencia revolucionaria de la vanguardia obrera y de las masas. Retomando la clásica posición marxista que afirma que “la ideología dominante es la ideología de la clase dominante”, que las mistificaciones ideológicas, el oscurantismo y el embrutecimiento de las clases explotadas y dominadas, resultantes de la opresión económica, política y social que las clases dominantes ejercen sobre aquéllas, no pueden desaparecer más que como resultado del derrocamiento de esa dominación y de esa opresión, Bordiga sostuvo que

  • todas las estructuras educativas y culturales de la sociedad actual, incluso cuando responden a criterios laicos y democráticos, son poderosos instrumentos de la conservación social, de la misma manera que las organizaciones y supersticiones religiosas lo eran en el Medioevo, con su divulgación generalizada de ideologías que son obstáculos mayores a la propaganda revolucionaria123;
  • el objetivo del movimiento de la juventud socialista debía ser la de formar jóvenes revolucionarios liberados de estas ideologías reaccionarias, decididos a trabajar por el socialismo y dispuestos a sacrificar todo interés individual en aras de la acción revolucionaria;
  • la necesaria educación revolucionaria de la juventud sólo puede lograrse a través de su participación activa en la lucha de clases (en particular en las organizaciones sindicales) orientada a la preparación de las máximas conquistas del proletariado, fuera de todo escolasticismo y de intereses estrechamente corporativos;
  • en el obrero, sus convicciones socialistas, y su impulso a integrarse en la acción revolucionaria, resultan del instinto de solidaridad entre los explotados, y no del convencimiento producto de un mero trabajo de tipo escolástico124.

Bordiga propició dejar la formación cultural de los jóvenes socialistas a la sola iniciativa individual de cada uno de ellos125 (contrariamente a lo que hará la III Internacional, quien se ocupará muy seriamente de la formación de cuadros de los partidos comunistas y de la Internacional misma).

27.- Fue durante esta polémica de los años 1912-1913 que, siguiendo los pasos de Mussolini, Bordiga habla del partido revolucionario como de una “minoría heroica” (Mussolini hablaba de una “élite”), vanguardia precursora de una nueva humanidad que encarnaría la conciencia y la voluntad histórica del proletariado126.

Dejando de lado la noción “romántica” de minoría heroica (que poco tiene que ver con la concepción del partido comunista en la tradición marxista127), está claro que el partido de clase preconizado por la Izquierda Intransigente en 1913, compuesto por una minoría de revolucionarios decididos, estaba en ruptura con la concepción dominante de los partidos socialistas de la II Internacional, empantanados en la rutina electoralista y parlamentaria. Será la III Internacional quien en su II Congreso delineará nítidamente la naturaleza y la función del partido revolucionario de clase, un partido que, por su programa, su táctica y su organización, no podía más que ser un partido forjado para la guerra de clase. Pero por el hecho de identificar en el partido a la vanguardia del proletariado revolucionario, contra la democracia burguesa y el reformismo socialdemócrata, la nueva Internacional encontrará en la Izquierda una corriente que obrará decididamente para la fundación del Partido Comunista de Italia.

28.- El Congreso de Ancona (26-29 de abril de 1914) confirmó la victoria de la tendencia intransigente en el precedente Congreso de Reggio Emilia. El reformismo estaba de capa caída porque la política gubernamental no dejaba espacios para la política de colaboración de clases basada en la obtención de reformas inscriptas en el “programa mínimo” del Partido, a tal punto que los Informes de la Dirección intransigente fueron aprobadas por unanimidad128. La nueva Dirección incluyó nuevamente a Lazzari como secretario del Partido y a Mussolini como director del Avanti!, a Arturo Vella (ex-dirigente de la Federación juvenil e intransigente de derecha), a Angélica Balabanoff, a Giacinto Serrati, a Oddino Morgari y a Anselmo Marabini, entre otros.

Pero si ello significó la victoria numérica de la intransigencia (la que expresaba sí el entusiasmo de militantes y simpatizantes por una voluntad de lucha de clase abiertamente antiburguesa), esa misma situación no implicó para nada el desarme del reformismo: éste, a la vez que volvía a confirmar su preponderancia en la CGdL, quedó a la espera de un cambio de situación política a nivel nacional129.

Las intervenciones de los representantes de las distintas tendencias no hicieron más que reafirmar las ya conocidas posiciones de unos y otros, a la vez que confirmaron la ausencia de perspectivas precisas de las corrientes heteróclitas de la intransigencia, incluso en sus versiones más extremas.

El discurso de Mussolini130 (acogido con un verdadero standing ovation por gran parte de los congresistas) fue la defensa de las posiciones asumidas por el Avanti! en relación con los movimientos huelguísticos dirigidos por los sindicalistas revolucionarios y saboteados por el reformismo, con la intransigencia electoral durante los comicios de 1913, contra el irredentismo de Trieste (en nombre de la “solidaridad universal de la clase obrera”, sin plantearse mínimamente la cuestión del derecho a la autodeterminación).

El Congreso mostró todo el impasse en que se encontraba el Partido socialista. El reformismo estaba sin perspectivas ni propuestas creíbles, en tanto que las corrientes intransigentes eran incapaces de esbozar una estrategia y una táctica a la altura de sus declaraciones revolucionarias. Frente a la política violentamente represiva del Estado, a las necesidades sociales y económicas acuciantes de las masas trabajadoras y campesinas, a la división del movimiento obrero entre socialismo y sindicalismo revolucionario, y a las aventuras coloniales de la burguesía italiana, ninguna corriente de la intransigencia abordó mínimamente la cuestión de fijar orientaciones que fuesen más allá de la problemática electoral. Una de las razones no menor de esa situación residía en el hecho que las corrientes intransigentes no controlaban a las organizaciones obreras de masas que, en su gran mayoría, estaban en manos del reformismo, al mismo tiempo que respetaban el “pacto de no agresión” entre el PSI y la CGdL de 1907, pacto que ataba las manos de la Dirección socialista (pero no las de la Dirección sindical), y que nunca fue cuestionado por la Dirección intransigente del PSI, lo que le impedía impulsar (suponiendo, en el mejor de los casos, que hubiera deseado hacerlo) un trabajo en el seno de las organizaciones sindicales por encima y contra sus direcciones antirrevolucionarias.

Si bien el Partido socialista era un partido de clase en la medida en que defendía la independencia política del proletariado frente a todos los partidos burgueses, su Dirección intransigente no había hecho de él un Partido mínimamente capaz de afrontar los problemas arriba mencionados. Fue altamente significativo que el reformista de izquierda Modigliani y el intransigente de izquierda Mussolini, en un esfuerzo por “concretar” la actividad política del Partido, hiciesen un eje central de la actividad del Partido de las elecciones y de la actividad reformista a nivel municipal131.

La intervención de Bordiga sobre la táctica también fue planteada en los límites estrechos de esta misma problemática. Tras reclamarse del “punto de vista esencialmente revolucionario [defendido por Mussolini] con la cual nuestra fracción puede dar una evaluación moderna [?] de la conquista de las comunas por parte de las organizaciones políticas proletarias132, Bordiga desarrolló la argumentación de la izquierda intransigente y recusó, incluso para el Mezzogiorno, toda alianza electoral o administrativa a nivel comunal. El orador se oponía así a las prácticas de la derecha socialista de aliarse con los partidos de la izquierda burguesa en nombre de la lucha contra la corrupción, el clientelismo y el clericalismo omnipresentes en toda la región.

Sin dejar de reconocer la incierta diferenciación de las clases sociales del Mezzogiorno, la ausencia en él de un proletariado moderno en el sentido marxista de la palabra, y el hecho de que allí la burguesía estaba en una fase de desarrollo históricamente atrasado, Bordiga basó su argumentación en la necesidad de una única orientación revolucionaria para el conjunto del proletariado y del socialismo italianos. A pesar del atraso del desarrollo burgués en la región, Bordiga recalcó la unidad a escala nacional de la forma política de dominación de las clases burguesas del Norte y del Sur de Italia, afirmando también que era la ignorancia política de las masas electorales del Mezzogiorno lo que aseguraba la preeminencia parlamentaria de la burguesía italiana y de la Monarquía de los Saboya; que el Partido socialista no podía detenerse en su prédica clasista y en su lucha contra la clase capitalista ante el cadáver de una burguesía impotente; que la corrupción y los chanchullos en la administración pública eran una característica común a todos sectores políticos de la burguesía meridional (tanto de la derecha clerical como de la izquierda democrática); y que era precisamente allí, donde el proletariado estaba más atrasado, que se requería diferenciarse más claramente de las corrientes políticas burguesas.

Todo lo afirmado por Bordiga era perfectamente justo, en particular la necesidad de una orientación revolucionaria común al proletariado de toda Italia (que hubiera debido incluir, entre otros puntos, la fundamental cuestión agraria del Mezzogiorno, totalmente ausente como tema del Congreso). Ahora bien, el problema que quedaba enteramente sin resolver era la carencia total de una estrategia y de táctica revolucionarias, situación que no podía dejar de paralizar al Partido Socialista italiano. Los dramáticos acontecimientos de la “Semana Roja” de junio de 1914 darán la prueba más fehaciente de esa falencia crónica, tanto del Partido como de toda la intransigencia.

El Congreso aprobó por gran mayoría la intransigencia electoral absoluta y la expulsión de los masones del Partido (poniendo así un término a una querella interna crónica). También adoptó resoluciones contra el proteccionismo aduanero, por el derecho electoral de la mujer, y por una política contra el militarismo burgués por medio de la propaganda por la solidaridad proletaria internacionalista en el seno de las masas y de la juventud, por la oposición parlamentaria a los créditos militares, por la coordinación internacional socialista y la propaganda en el seno de las organizaciones sindicales internacionales con la intención de volver imposible las guerras (sin prever, empero, ninguna medida concreta en el caso de peligro inminente o de declaración de guerra entre los países imperialistas)133.

La “semana roja” de junio 1914134

29.- La guerra de Libia acrecentó el peso del militarismo vía la movilización y el despotismo de la disciplina militar, particularmente exacerbada en tiempos de guerra. En ocasión de la nacional “Fiesta del Estatuto”, de neto corte monárquico y militarista, las corrientes antimonárquicas de Ancona y de otras localidades de las Marche decidieron realizar el 7 de junio manifestaciones contra la guerra en curso y en apoyo a Augusto Masetti (un soldado encerrado en un manicomio por haberle disparado a un coronel antes de su partida a Libia) y al sindicalista revolucionario Antonio Moroni (incorporado en una Compañía de Disciplinamiento [sic] por sus ideas políticas). El Gobierno de Salandra prohibió estas manifestaciones organizadas por anarquistas, republicanos y socialistas. En Ancona los organizadores realizaron un mitin en un ámbito cerrado, en el que intervinieron el secretario de la Cámara del Trabajo, dirigentes del Sindicato Ferroviario, un socialista, un republicano y el anarquista Errico Malatesta, con la presencia de unos 600 participantes. En el momento de la dispersión, éstos fueron bloqueados, agredidos a golpes y finalmente baleados por las fuerzas represivas, con un saldo de tres muertos y cinco heridos.

Como reacción, se desencadenaron de manera espontánea e inmediata huelgas generales de protesta en Ancona, Rímini, Boloña, Ravenna y Ferrara, con la participación del Sindicato de Ferroviarios a nivel local y de las organizaciones de izquierda. La reacción de indignación se extendió rápidamente por otras regiones del norte y del centro de la península, dando lugar a verdaderas insurrecciones populares, al sabotaje de vías férreas, a cortes de rutas, a incendios de iglesias y edificios públicos, a la proclamación de Repúblicas autónomas (como en Ancona), a la construcción de barricadas (como en Roma, Florencia y Parma). Hubo manifestaciones de masas en Umbría, Nápoles, Bari, la Puglia, Palermo y Sardeña. En Milán, la Camera del Lavoro proclamó la huelga general por iniciativa propia, y la manifestación callejera del día 9 fue encabezada por Mussolini junto a los sindicalistas revolucionarios Alceste de Ambris y Filippo Corridoni. El gobierno de Salandra movilizó 100.000 hombres de tropa contra las masas en movimiento, dando lugar a enfrentamientos que provocaron muertos y heridos en los dos bandos.

La Dirección del PSI recién pudo reunirse en Roma el día 8 y proclamó la huelga general nacional de protesta para el 9 (siguiendo así una decisión acordada previamente de convocarla en caso de nuevas masacres de trabajadores), sin fijarle límite de duración. El Comité Ejecutivo de la CGdL se asoció a esa decisión, reservándose el derecho de comunicar la orden del cese de la huelga, lo que dada la naturaleza claramente política del movimiento excedía lo acordado en el pacto PSI-CGdL de 1907 [§I-13].135

La Dirección del PSI estaba completamente desprovista de toda preparación previa para hacer frente a una semejante situación de crisis política y social. Jamás había deliberado, decidido ni preparado nada para una eventualidad de esta naturaleza136, y por consiguiente sólo podía tergiversar y estar a la rastra de la evolución espontánea de la situación. Fue Mussolini quien defendió inicialmente la posición más extremista del socialismo en el Avanti! y a través de su participación personal en las movilizaciones de Milán (donde el día 9 fue aporreado por las fuerzas represivas).

En línea con su idea anunciada luego de los acontecimientos de Roccagorga de la necesidad de que el proletariado llegase a “vivir una jornada heroica e histórica” de enfrentamiento contra el bloque burgués, Mussolini escribió en el Avanti! del día 10 (expresando implícitamente toda la impotencia del PSI y la incapacidad de su corriente intransigente para plantearse ser la vanguardia – y no la retaguardia – de un movimiento revolucionario):

“¡Proletarios de Italia! Recoged nuestro grito: ¡Viva la huelga general! En las ciudades y en las campañas surgirá espontánea la respuesta a la provocación. Nosotros no nos anticipamos a los acontecimientos, ni nos sentimos autorizados a trazar su curso, pero cualesquiera puedan llegar a ser, nosotros tendremos el deber de secundarlos y apoyarlos [subrayado nuestro, ndr.]. Esperemos que con su acción los trabajadores italianos sepan decir que es verdaderamente la hora de terminarla”.

Ese mismo día tuvo lugar un mitin en la Arena de Milán en presencia de 60.000 manifestantes, con buena parte de Italia paralizada por la acción de las masas. Mientras el reformismo trató de acotar al movimiento en los límites de una protesta contra la represión estatal, poniendo en guardia contra “aventuras irresponsables e inútiles”, el discurso de Mussolini (resumido en el Avanti! del día 11) echó leña al fuego, sin precisar objetivos para el movimiento:

“En Florencia, en Turín, en Fabriano ha habido otros muertos y heridos; hay que trabajar en el ejército para que no se dispare contra trabajadores (…). La consigna es ésta: la huelga debe continuar y se debe retomar la propaganda antimilitarista de modo que las bayonetas se alcen cuando lo querramos nosotros”.

Ultrapasando sus prerrogativas contenidas en el acuerdo PSI-CGdL, y cuando la lucha de masas estaba lejos de iniciar un reflujo, la CGdL por propia iniciativa proclamó el fin de la huelga general a partir de la medianoche del día 11. La central reformista reiteró así su sabotaje de las grandes luchas obreras del decenio precedente, en particular durante los dramáticos acontecimientos de septiembre de 1904137.

Si desde el primer momento la CGdL estaba bien decidida a no dejarse arrastrar por el movimiento de masas más allá de una protesta circunscripta en los límites de la legalidad burguesa, el paralelogramo de fuerzas conformado por la Dirección del PSI sólo dio como resultante un patético e indeterminado intento por capitalizarlo a nivel parlamentario, lo que era la prueba fehaciente de que, salvo excepción, la dirigencia intransigente no poseía correas políticas de transmisión significativas en el seno de las masas, y que en la práctica estaba a merced del reformismo sindical y parlamentario138. Por último, la Dirección socialista, ante la decisión de la Confederación, trató de salir del atolladero con una declaración que expresaba toda su impotencia, afirmando que “no (podía) más que tomar acto (de ella) e (invitaba) a las secciones del Partido y al Grupo parlamentario a renovar la protesta en el país y en el Parlamento contra la política liberticida del actual ministerio (para) acelerar su caída139.

Ante el sabotaje de la CGdL y la parálisis de la Dirección socialista, el sentido de realidad de Mussolini lo hizo retroceder el día 11 y obró elípticamente para el cese de la huelga general140, no sin dejar de acusar a la primera de felonía y traición al movimiento revolucionario, y no sin disentir públicamente de la decisión de la segunda de aceptar la decisión de aquélla.

Sin participación socialista, y ya en reflujo, a pesar del apoyo de los anarquistas141, sindicalistas revolucionarios y republicanos, el movimiento se fue progresivamente agotando en los días sucesivos, dando aún pruebas de la combatividad y del heroísmo de las masas que continuaban resistiendo a la represión estatal (bloqueando las vías férreas, cortando cables telefónicos y telegráficos, y abatiendo postes para impedir el transporte de tropas y sus comunicaciones).


La derrota de la Semana Roja dio lugar a un fuerte enfrentamiento entre Mussolini y el reformismo. Las lecciones que el primero sacó de los acontecimientos fueron expuestas en el artículo titulado “Tregua d’armi” publicado por el Avanti! del 12 de junio. Tras haber señalado que el movimiento, imponente por su extensión e intensidad, había involucrado a mucho más de un millón de proletarios de toda Italia, de las grandes ciudades y de las pequeñas aldeas, de los centros industriales y de las zonas agrícolas, implicando a campesinos y jornaleros, y a todas las categorías de operarios, incluidos de los servicios públicos, el artículo prosigue así:

“No ha sido una huelga defensiva, sino ofensiva. La huelga ha tenido un carácter agresivo. Las multitudes que en otros tiempos no osaban ni siquiera enfrentarse a la fuerza pública, en esta ocasión han sabido resistir y luchar con un ímpetu inesperado. Aquí y allí la multitud de huelguistas se ha agrupado en torno de aquellas barricadas que los rumiadores de une frase de Engels142 habían relegado entre las reliquias románticas de 1848 con una prisa que expresaba preocupaciones oblicuas, si no de pavor. Aquí y allí, para indicar la tendencia del movimiento, las armerías fueron asaltadas; aquí y allí han provocado incendios y no ya protestas contra las tasas impositivas como en las primeras revueltas del Mezzogiorno; aquí y allí las iglesias fueron invadidas, y – por sobre todo – un grito fue lanzado seguido de un intento, el grito de: ¡Al Quirinal143!

Luego de denunciar nuevamente la “felonía” del comportamiento de la CGdL por haber unilateral y abruptamente dado por terminada su participación en el movimiento, y la del Sindicato Ferroviario (nacional) por no haber adherido a la huelga general, Mussolini reivindicó la autoría moral de la Semana Roja y auguró que el fin de este movimiento diese inicio a la preparación de un futuro intento revolucionario:

“Desde ayer por la noche comenzó otro período de tregua social. No sabemos si será breve o largo. Aprovecharemos de él para continuar nuestra multiforme actividad socialista, para consolidar nuestros organismos políticos, para reclutar nuevos obreros en las organizaciones económicas, para ocupar otras posiciones en las Comunas y en las provincias, para preparar, en suma, un número cada vez mayor de las condiciones morales y materiales favorables a nuestro movimiento; para que, cuando suene nuevamente la diana roja, el proletariado se encuentre listo, preparado y decidido al sacrificio más grande y a la batalla más grande y decisiva.”

Este artículo era una prueba patente de la inmadurez histórica y política de la intransigencia de izquierda, pues estaba aún muy lejos de plantear que la condición imprescindible para poder llevar adelante todo intento de armarse política y organizativamente para encarar concretamente sus tareas históricas – tarea que la Internacional Comunista llevará adelante en los años 1920-1921 -, a saber, que un Partido revolucionario de clase debía expurgarse previamente de toda corriente reformista, las que habían dado ya, y de manera irrefutable, innumerables pruebas de su naturaleza antirrevolucionaria, e incluso de aquellas que, como era el caso de buena parte de la intransigencia histórica, pretendían mantener la tan mentada “unidad socialista”.

Por haber llegado muy tardíamente a esta conclusión, conclusión que fue la consecuencia de la influencia ejercida por la Revolución de Octubre 1917 y por la futura Internacional Comunista, recién en enero de 1921 sectores de la intransigencia de izquierda lograrán formar en Italia un verdadero Partido revolucionario marxista. Pero ya para entonces la marea revolucionaria de la posguerra habrá emprendido su reflujo tras el “Bienio Rojo”, en el curso del cual la “unidad socialista” esterilizará una vez más los sobresaltos y las luchas eruptivas del proletariado italiano. La Semana Roja de junio 1914 fue la repetición general de lo que ocurrirá entre 1919 y 1920.


La Semana Roja puso simultáneamente al desnudo la naturaleza intrínsecamente antirrevolucionaria del reformismo144; la nulidad de la intransigencia histórica (los Lazzari, Serrati y otros Vella); el impasse en el que estaba embretada la intransigencia de izquierda en general, y Mussolini en particular; la inanidad del anarquismo con su insurreccionalismo comunalista, así como la del sindicalismo revolucionario con su paradigma basado en el binomio Sindicato-Huelga General.

El fracaso del movimiento de masas de la Semana Santa produjo el fin de las ilusiones revolucionarias de muchos de sus actores. Mussolini y numerosos dirigentes del sindicalismo revolucionario145, en nombre de una pretendida y disparatada transformación de la guerra imperialista en guerra revolucionaria, se proclamarán meses más tarde intervencionistas en la I Guerra Mundial, y muchos de ellos emprenderán así el camino que los llevará en la posguerra a volverse la vanguardia del fascismo.

SEGUNDA PARTE

La socialdemocracia alemana hasta la Primera Guerra Mundial

La Alemania de 1914

30.- En pocos decenios, de 1871 a 1914 (con una población de casi 68 millones de habitantes), Alemania se había elevado a la altura de la segunda potencia industrial del mundo y a la primera de Europa, realizando un salto cualitativo y cuantitativo sólo comparable con el que los EE.UU. había realizado en la segunda mitad del Siglo XIX. Segundo productor mundial de carbón y primer productor europeo de hierro, de productos químicos y eléctricos, su comercio exterior era en ese momento el doble del de Francia y el 85% del de Gran Bretaña146. A pesar de haber entrado tardíamente en la carrera por conquistas coloniales, ya se había vuelto para entonces un competidor temible entre las potencias imperialistas.

Esta transformación histórica fue el resultado de revoluciones burguesas realizadas “desde arriba”, que en poco más de un siglo transformaron a una miríada de territorios inconexos147, sumergidos en el feudalismo, en una sociedad burguesa a la cabeza del capitalismo mundial.

Un primer gran paso fue el resultado de la invasión napoleónica que redujo notablemente el número de las piezas de ese puzle territorial. Tras la derrota de Napoleón, el territorio alemán quedó desmembrado en 39 Estados soberanos con gran disparidad de regímenes políticos148.

Durante la marea revolucionaria europea de 1848-1849, aterrorizada por el espectro de la lucha de clases que vio con claridad en Francia, la burguesía alemana renunció a la vía de las transformaciones revolucionarias “desde abajo” (la que requería la participación y el apoyo de las masas populares y campesinas) y a su programa de unificación nacional contra las estructuras monárquicas y feudales.

Desde entonces, la unificación nacional (de la que quedará excluida Austria149) correrá por cuenta de la Monarquía prusiana (quien ya había heredado la Renania como “regalo” del Congreso de Viena de 1815).

El desarrollo de los ferrocarriles y una primera Unión Aduanera impulsados por Prusia habían sido los vectores de un primer desarrollo industrial y comercial. El segundo vector de esa unificación fueron las guerras. La primera de 1864 contra Dinamarca por la incorporación de los territorios de Schleswig y Holstein. La segunda de 1866 contra Austria por su expulsión definitiva del conglomerado alemán, la que dio como resultado la constitución de la Confederación de la Alemania del Norte (primer Estado Federal alemán con un total de 30 millones de habitantes, de los que 24 millones eran prusianos). La tercera fue la guerra de 1870 contra Francia.

Una de las consecuencias concretas de la victoria militar de la coalición alemana fue la creación en 1871 de un Estado federal bajo dominación prusiana, conformado por un total de 25 unidades estatales con sus propias constituciones, regímenes institucionales y políticos, y sus sistemas electorales propios. Pero todo el andamiaje institucional aseguraba al Emperador y a los intereses prusianos que ninguna decisión pudiese ser aprobada contra su voluntad.

El Estado federal alemán era una Monarquía constitucional sui generis con un Parlamento (Reichstag) elegido con el sistema del sufragio universal (para la población masculina mayor de 25 años). Sus prerrogativas legislativas exclusivas eran aceptar o no el presupuesto del Gobierno federal, y sus decisiones aduaneras, comerciales y sobre transporte. La declaración de guerra era de la sola incumbencia del Emperador (el Reichstag debía ratificarla). El Gobierno era nombrado por (y era sólo responsable ante) el Emperador, quien era el único que podía destituirlo. El Reichstag podía adoptar proposiciones de ley, pero éstas no podían ser adoptadas sin el acuerdo previo de la Cámara Alta (Bundesrat) formada por los representantes de los Estados federales.

Las atribuciones del Gobierno imperial eran las relaciones internacionales, el Ejército y la Marina, el correo y el telégrafo, el comercio, las aduanas y las comunicaciones. La columna vertebral de la burocracia estatal central y del Ejército estaba formada por la aristocracia terrateniente prusiana (los junkers), la que explotaba a “su” campesinado en condiciones semifeudales. Contra su propia voluntad, pero como resultado de su traición a la revolución democrático-burguesa, la burguesía alemana se encontró en la situación prevista por Engels en su carta a Marx del 13-4-1866:

“Yo percibo cada vez más que la burguesía no tiene el temple para gobernar directamente, y por consiguiente, allí donde no hay una oligarquía, como aquí en Inglaterra, que pueda contra una buena retribución asumir la dirección del Estado y de la sociedad en beneficio de la burguesía, una semi-dictadura bonapartista es la forma normal [del ejercicio del poder, ndr.]. Ésta defiende a los grandes intereses materiales de la burguesía, incluso contra su voluntad, pero no le deja ni la más mínima parte del poder. Esta dictadura, a su vez, es llevada contra su propia voluntad a representar los intereses materiales de la burguesía.”

Fue esa dictadura bonapartista, personificada en el Canciller Bismarck, el artífice de la unificación alemana, quien de 1871 a 1890 presidió el pujante desarrollo del capitalismo industrial y bancario nacional, con la formación de verdaderos imperios empresariales, un acelerado proceso de urbanización y la constitución de un numeroso proletariado moderno.

“Mientras que en 1871 1/3 de los alemanes vivían en las ciudades, en 1910 lo hacían ya los 2/3 de la población, una población obrera en su aplastante mayoría, concentrada en grandes ciudades. En 1910 hay 23 ciudades que tienen más de 200 mil habitantes. El gran Berlín tiene 4,2 millones, Hamburgo 930 mil, Munich y Leipzig 600 mil, Colonia 500 mil, Essen y Düsseldorf entre 300 y 350 mil, Bremen y Chemnitz entre 250 y 300 mil.

“Existen en la Alemania central y del sur numerosas explotaciones agrícolas medianas y pequeñas, pero hay en todo el territorio 3.300.000 obreros agrícolas y las grandes explotaciones – se cuentan 369 con más de mil ha. – cubren 1/4 de la superficie.

“(…) La concentración de la economía en manos de algunos magnates de la industria parece haber creado, por el desposeimiento de la burguesía mediana y la monopolización de los instrumentos de producción en pocas manos, las condiciones de su socialización. La industria minera está dominada por Kirdorf, presidente de la Gelsenkirchen, impulsor del sindicato del carbón de Renania-Westphalia, quien en 1913 controla 87% de la producción hullera. El Konzern de Fritz Thyssen es un modelo de concentración vertical: posee a la vez minas de carbón y de hierro, altos hornos, laminadores y fábricas metalúrgicas. Krupp emplea más de 70 mil obreros, de los cuales más de 41 mil están en sus establecimientos de Essen, una verdadera ciudad cerrada, con sus calles, sus servicios de policía, de bomberos, sus 150 km de vías férreas interiores. En la industria química la Badische Anilin emplea más de 10 mil obreros en Ludwigshaten; el resto de la producción está controlado por dos sociedades, cuya fusión, en 1916, dará como resultado el nacimiento de la I.G. Farben. Los instrumentos eléctricos están dominados por la firma Siemens por un lado, y la A.E.G. de Rathenau, por otro, que emplea en la región berlinesa 71 mil obreros en diez fábricas. Dos compañías marítimas, la Hamburg Amerika Linie y la Norddeutcher Lloyd, se aseguran el 40% del tráfico. Salvo en los U.S.A., en ninguna otra parte la fusión del capital bancario y el capital industrial ha sido tan profunda: las bancas dominan la actividad económica y el 74% de la actividad bancaria está concentrada en cinco grandes establecimientos berlineses.

“(…) En 1907 Sombart cuenta 8.640.000 obreros industriales, 1.700.000 empleados del comercio y transporte, 2.300.000 pequeños empleados de la industria y el comercio, en total 12,5 millones. Concluye que el proletariado, en sentido amplio, mujeres y niños incluidos, representa alrededor del 67 a 68% de la población total. Vermeil constata, como conclusión de su estudio sobre la sociedad alemana, que la Alemania de Guillermo II era, en la víspera de 1914, un país proletarizado en sus 3/4 partes”.150

El Partido Socialdemócrata de Alemania a la vigilia de la I Guerra Mundial

31.- Escapa a los objetivos del presente trabajo retrazar – incluso de manera sucinta – la historia de este Partido (SPD) a partir de su fundación en el Congreso de Gotha de 1875 [como resultado de la fusión de la Asociación General de los Trabajadores Alemanes (fundada por Ferdinand Lassalle en 1863) y del Partido Obrero Socialdemócrata (de inspiración marxista, fundado en 1869 y dirigido por August Bebel y Wilhelm Liebknecht)]151. Para nuestro objetivo nos bastará con esbozar en los párrafos siguientes los rasgos sobresalientes de su evolución a partir de la eclosión a finales del Siglo XIX del revisionismo antimarxista teorizado por Bernstein.

Este Partido era numéricamente el más importante y el “faro” político e ideológico de la Internacional Socialista. Sus dirigentes históricos, Wilhelm Liebknecht, Augusto Bebel y Karl Kautsky, consagrados como herederos de la tradición de Marx y Engels, eran las referencias obligadas del socialismo internacional. Para darse una real independencia de clase, el proletariado alemán había hecho esfuerzos gigantescos erigiendo una organización enorme, admirada por todo el movimiento socialista.

En 1914, el Partido contaba con 1,1 millón de adherentes. En 1912 había obtenido 4,25 millones de votos (el 34,8% del electorado). El Grupo parlamentario en el Reichstag contaba con 110 diputados. Los sindicatos dirigidos por los socialistas organizaban a 2,5 millones de afiliados. Poseía 90 publicaciones cotidianas (además de sus revistas periódicas), empleaba a 267 periodistas permanentes, a 3.000 obreros y empleados, a gerentes y directores comerciales. Creó y controlaba instituciones que organizaban e influenciaban al conjunto de la clase obrera: sindicatos, asociación de mujeres, movimientos de jóvenes, universidades populares, bibliotecas, organizaciones de esparcimiento y deportivas. De manera pertinente, Pierre Broué puso de relieve que esta organización colosal se identificaba con la clase misma, y citó en ese sentido a Ruth Fisher (futura dirigente del comunismo de izquierda) y a Rosa Luxemburgo (quien polemizaba en 1904 con Lenin a propósito de la relación entre el Partido y las masas):

“Los socialdemócratas alemanes fueron capaces de realizar un tipo de organización que era infinitamente más que una asociación más o menos bien cohesionada de individuos que se reúnen temporariamente por objetivos contingentes, infinitamente más que un partido de defensa de los intereses obreros. El partido socialdemócrata alemán se volvió una forma de vivir. Fue mucho más que una máquina política: le dio al obrero alemán dignidad y status en su propio mundo. El obrero en cuanto individuo vivía en su partido y el partido penetraba los hábitos cotidianos del obrero. Sus ideas, sus reacciones, sus actitudes, resultaban de la integración de su persona en esta colectividad”.152

“El partido socialdemócrata no está ligado a la organización de la clase obrera, él es el movimiento mismo de la clase obrera”.153

El Partido remuneraba a la mayoría de sus dirigentes y a quienes trabajaban en las organizaciones de la Dirección, y a la totalidad de los responsables en los diferentes Lands. La mayoría de los secretarios de las organizaciones locales eran funcionarios permanentes, así como la mayoría de sus 110 diputados en el Reichstag, los 220 diputados en los diferentes Lands y sus 2.886 consejeros municipales. Los dirigentes de las organizaciones sindicales estaban casi todos afiliados al SPD y estaban remunerados por los sindicatos154.

A pesar de las resoluciones aprobadas por la II Internacional contra la guerra imperialista, la adhesión del SPD a la guerra, en agosto de 1914, no dio lugar en un primer momento a reacciones significativas en el seno del Partido ni en el movimiento obrero. En realidad, paralelamente a las declaraciones públicas de su Dirección nacional de adhesión al marxismo y al internacionalismo proletario, desde hacía años el SPD había sido gangrenado por el reformismo y el oportunismo.

32.- A partir de 1890, con la derogación de las leyes antisocialistas, la Realpolitik reformista, hermana gemela de la italiana, encontró su expresión teórica en el revisionismo antimarxista de Bernstein [§I-6]. La corriente marxista, cuyas figuras más destacadas eran Kautsky y Rosa Luxemburgo, apoyada en ese momento por el Presidente del Partido, August Bebel, pudo vencerla en el Congreso de Dresde de 1903 con la adopción de la resolución que denunciaba “los esfuerzos revisionistas (…) por suplantar la política de la conquista del poder (por medio de) la victoria sobre nuestros enemigos con la política de adaptación al orden existente”, a la vez que reafirmaba la agudización de los antagonismos sociales y el rechazo por principio de la participación de la socialdemocracia en los gobiernos burgueses155.

Ello no impidió que el reformismo y la corriente antirrevolucionaria se consolidase en el Partido156 y en las organizaciones sindicales. La Revolución rusa de 1905 hizo que las discusiones entre sus distintas corrientes debieran abordar problemas bien concretos de la lucha de clase, y en primer lugar el de la Huelga General como método de lucha157.

33.- La discusión sobre la Huelga General se había iniciado con la de 1902 en Bélgica a favor del sufragio universal, y en 1903 en Holanda contra la legislación anti-huelga. La Revolución rusa de 1905 planteó la cuestión con toda crudeza. Este método de acción no podía más que ser rechazado por los sindicalistas alemanes y por la corriente reformista. Los primeros sólo concebían y defendían una lucha sindical dirigida y financiada por los sindicatos, cuyos recursos eran forzosamente limitados. El reformismo, en sus múltiples versiones, sólo concebía la lucha política a través de la acción parlamentaria. Para todos ellos, la huelga general, ampliamente utilizada por las masas trabajadoras en la Revolución de 1905, sólo podía explicarse por la imposibilidad bajo el régimen zarista de desarrollar una actividad sindical y política “normal”.

Basándose en la experiencia de la Revolución rusa, Rosa Luxemburgo condujo una batalla fundadora de lo que será más tarde la corriente de la extrema izquierda alemana (Espartaco)158. Ella cuestionó radicalmente la visión burocrática – “de aparato” – de la lucha de clases que negaba la espontaneidad de las masas obreras, y que únicamente hubiera debido ser llevada a cabo por los obreros organizados en los sindicatos y en el Partido, y dirigida por éstos como en las paradas militares. Ella veía en los movimientos huelguísticos de masas un factor esencial del despertar de nuevas falanges proletarias combatientes, tanto a la conciencia de clase como a su organización.

El tema fue objeto de discusión en el Congreso de Iena de septiembre de 1905, donde Bebel cumplió el papel que los intransigentes de derecha jugaban en el Partido italiano, al presentar la Revolución como algo legítimo en el caso de que la burguesía impidiese el triunfo del socialismo, triunfo visto en el marco estricto de su actividad parlamentaria y sindical. Fue en ese marco conceptual que la Resolución del Congreso declaró como un deber del proletariado el empleo de todo medio apropiado (incluso la Huelga General, calificada de “la más efectiva”) en defensa de todo ataque contra el sufragio universal o el derecho de asociación, añadiendo también: “para la conquista de algún importante derecho básico para su liberación”. Bebel no dejó de señalar que el empleo de este método de lucha no tenía nada que ver con la conquista de un Estado socialista, y sólo podía tener un carácter defensivo159. La Resolución fue lo suficientemente “consensual” como para conformar a la corriente marxista por no desautorizar el principio del empleo de la Huelga General, como a la corriente antirrevolucionaria por descartar su empleo “salvo en caso de extrema gravedad” institucional160. Un año más tarde el reformismo sindical obtendrá una victoria completa.

El Congreso de Mannheim de septiembre 1907 deliberó sobre las pautas que debían regir las relaciones entre los sindicatos socialistas y el Partido. La Resolución presentada por Bebel en nombre de la Dirección proponía ponerlos en perfecta paridad, al establecer que en todos los asuntos “que afecten por igual a los intereses161 de los sindicatos y del Partido, las direcciones centrales de ambas organizaciones deben buscar un entendimiento mutuo para alcanzar una acción unitaria162. Semejante directiva supeditaba toda acción de masas del Partido a la discreción de las direcciones sindicales. Esta fue la versión alemana del acuerdo PSI-CGdL de 1907 [§I-13].

Contra la posición de los radicales de izquierda y de Kautsky mismo, según la cual los sindicatos debían estar subordinados al Partido, la Resolución final retomó tal cual la propuesta inicial de la Dirección, añadiendo platónicamente que era “absolutamente necesario que los sindicatos estén dirigidos con el espíritu de la socialdemocracia”. De una situación de independencia real respecto del Partido, los sindicatos alemanes pasaron a tener el control efectivo sobre él.163/164

Este bandazo del Partido hacia la derecha provocó el inicio de la ruptura de los radicales de izquierda con la Dirección, la que se ampliará cada vez más en los años sucesivos con la consolidación de la alianza de la Dirección con la corriente revisionista. Esa ruptura estaba ya en ciernes ante la actitud de Bebel en las cuestiones del antimilitarismo y la lucha contra el peligro de guerra.

34.- El auge del capitalismo alemán planteó el problema de las aspiraciones imperialistas de Alemania, de la carrera armamentista, del colonialismo y del peligro de una guerra generalizada en Europa.

A partir de 1904, el más activo dirigente antimilitarista de la socialdemocracia alemana fue Karl Liebknecht, quien desde entonces militó para hacer del antimilitarismo un eje central y específico de la acción del Partido. En el Congreso de Bremen de ese año, Liebknecht propuso implementar una propaganda antimilitarista entre los futuros reclutas. La Dirección y el Congreso del SPD se opusieron por considerarla impracticable e innecesaria. Impracticable porque el Estado no permitiría semejante agitación (lo que para la Dirección era un límite a no traspasar), mientras que la propagación del socialismo la haría innecesaria (la que supuestamente hubiera debido ser la manera de “resolver” el problema de la movilización del Ejército contra la clase obrera…).

En el Congreso de Iena Liebknecht volvió a la carga y presentó una propuesta que preveía como primera etapa el desarrollo de una articulada “agitación antimilitarista regular, bien planeada y bien ejecutada” que tuviese en cuenta la situación precisa de los soldados conscriptos. El Congreso sólo aceptó la realización con cierta antelación de mítines previos a la incorporación de los futuros soldados.

En el Congreso de Mannheim, Liebknecht fue aún más allá y propuso la creación de una organización de la Juventud Socialista en torno de la acción antimilitarista, reclamándose de una Resolución del Congreso de 1900 de la Internacional Socialista. Además avanzó la idea de la formación en el Partido de una Comité Central para la agitación antimilitarista. El rechazo de la Dirección fue violentísimo y tajante.

En ese mismo Congreso, y refiriéndose al peligro de la intervención de Alemania contra una Rusia revolucionaria, Bebel rechazó como irrealista la posibilidad de la organización de una huelga general en oposición a ella, renunciando desde el vamos a una acción revolucionaria contra un peligro de guerra. Rosa Luxemburgo no dejó de señalar que la Dirección podía concebir una huelga general en defensa de la democracia institucional, pero no contra la guerra.165

También en 1907, en sus intervenciones en el Reichstag a propósito del presupuesto militar, Bebel y Noske afirmaron que:

  • la socialdemocracia rechazaba el presupuesto militar porque éste recaía sobre las espaldas de los trabajadores (por el hecho de estar basado en los impuestos indirectos), mientras que si recayese sobre los impuestos directos lo hubiesen votado;
  • del Ejército sólo criticaban los malos tratos, la severidad de su justicia y la duración del servicio militar, los que además afectarían su capacidad militar;
  • ellos abogaban por el pre-entrenamiento militar obligatorio de la juventud;
  • justificaban las reformas reclamadas por la socialdemocracia en base a la eficiencia militar, al interés nacional y a la reconquista de una posición prominente entre los Ejércitos europeos;
  • deseaban que Alemania estuviese “lo mejor armada posible”;
  • “todo el pueblo (tenía) interés en la institución militar que es necesaria para la defensa de nuestra patria”.

En la discusión parlamentaria, el Ministro de la Guerra saludó los discursos de Bebel y Noske, y les opuso el contenido del opúsculo de Karl Liebknecht titulado “Militarismo y antimilitarismo”, a lo cual Bebel respondió que la opinión del autor no era para nada representativa del Partido166/167.

Ese mismo año, el Congreso de Stuttgart de la Internacional Socialista deliberó sobre los problemas del militarismo y del colonialismo. La delegación alemana estuvo compuesta mayoritariamente por revisionistas168. En sus intervenciones, Bebel y Vollmar (reformista de siempre) sostuvieron que no existía ningún peligro de guerra en Europa; confirmaron las intenciones pacíficas del Gobierno alemán, así como la imposibilidad de una agitación antimilitarista en la Alemania Imperial; y rechazaron cualquier método de lucha que pudiese herir al Partido, o ser fatal para su existencia, y en particular una Huelga General contra la guerra169.

En la discusión sobre el colonialismo, la Resolución propuesta por la Comisión ad hoc sostuvo que la política colonial no debía ser rechazada por principio y para siempre porque podría ser un factor civilizador bajo un régimen socialista. La moción de la Comisión fue rechazada (127 votos en contra y 108 a favor, lo que era un índice de la fuerte presencia de corrientes pro-imperialistas en la II Internacional), pero mientras que las delegaciones francesa, inglesa e italiana se dividieron en el momento de votar, la delegación alemana impuso la disciplina del voto mayoritario y apoyó la Resolución propuesta por la Comisión170.

La trayectoria política de Kautsky en el primer decenio del siglo XX

35.- En 1905, Kautsky vio en la primera Revolución rusa el prolegómeno de una marea revolucionaria mundial171.

En el Congreso de Mannheim, Congreso que selló la alianza de las dirección política y de la sindical y sancionó la victoria efectiva del reformismo con el reconocimiento de la “paridad” entre los sindicatos y el Partido, Kautsky estuvo alineado con toda la izquierda alemana para tratar de impedirlo. A partir de allí, su posicionamiento fue asumir la “justa posición mediana” entre el revisionismo que buscaba y practicaba localmente alianzas políticas con sectores liberales, y la izquierda radical que quería hacer palanca en los antagonismos políticos y sociales para terminar con la rutina legalitaria, electoralista y parlamentaria.

A cambio de poner ciertos límites al colaboracionismo reformista, la acción de Kautsky sólo apuntó a salvaguardar la unidad del Partido y a dar letras de nobleza supuestamente marxistas a la acción reformista y antirrevolucionaria del binomio Dirección-sindicatos.

A partir de 1906 lo que caracterizó esencialmente a la corriente dominante de la socialdemocracia alemana fue una estrategia política que redujo toda acción de Partido y de los sindicatos a la mera administración – y, en la medida de lo posible, la capitalización – del fondo de influencia y de organización que ya se tenía entre las masas obreras, y cuyas expresiones concretas eran el número de adherentes, el desarrollo organizativo y los resultados electorales. Esta corriente veía en toda acción de masas que no estuviese previamente concebida, organizada, decidida y dirigida por los aparatos del Partido y de los sindicatos un “terrible peligro” o una ventana abierta a las “aventuras” y a “derrotas seguras”.

Esta tendencia planteó toda su actividad sobre bases puramente defensivas, de “administración de bienes”, lo que terminó generando la alianza férrea entre las burocracias de ambas organizaciones que no tenían mayor aspiración que hacer lo necesario para que nada cambiase radicalmente, llevándolas a constituirse en un elemento de la conservación social. Esta tendencia y su práctica reformista ya estaban consolidadas en los años que precedieron el inicio de la I Guerra Mundial, en particular gracias a las direcciones sindicales que se opusieron sistemáticamente al desencadenamiento de grandes huelgas en defensa de las condiciones de vida y de trabajo, provocando una fuerte resistencia interna, e incluso la eclosión de organizaciones sindicales autónomas172.

Kautsky terminó siendo el teórico de esa alianza antirrevolucionaria. Pero esa trayectoria explícita recién se inició a partir de 1910, luego de que en enero de 1909 la Dirección del SPD se opusiese frontalmente a la publicación de su libro “El camino del poder” y a partir de su ruptura con la izquierda radical en 1910. Para comprender la reacción de la Dirección del Partido y ese nuevo alineamiento de Kautsky hay que tener presente el contenido de su libro.

El camino del poder” da un brillante análisis materialista de las grandes tendencias mundiales del capitalismo imperialista de inicios del Siglo XX, del cual el autor extrajo la conclusión que la Revolución Rusa había abierto un nuevo siglo de revoluciones. En la visión de Kautsky, el nuevo siglo debía dar lugar a la exacerbación de los antagonismos internacionales. Por un lado, con el despertar de las revueltas nacionales de los pueblos de Oriente contra la dominación colonial; y, por otro, con las rivalidades crecientes entre las grandes potencias imperialistas. El curso del imperialismo debía exacerbar asimismo los antagonismos de clase dentro de las sociedades occidentales, desmintiendo al pasar toda ideología revisionista a la manera de Bernstein acerca de un curso pacífico y armonioso del capitalismo imperialista. A partir de estas grandes tendencias, nos interesa detallar las conclusiones políticas que Kautsky extrajo para fijar las líneas directrices de la preparación de la socialdemocracia a la conquista revolucionaria del poder en Alemania. Al respecto, es el caso decir aquí: “La montaña ha parido un ratón”.

Kautsky afirma que la revolución proletaria podría resultar de tres grandes situaciones: de la agravación creciente de los antagonismos de clase (en tiempo de paz); de un levantamiento generalizado contra la continuación de una guerra (como ocurrió en 1905 y como ocurrirá en 1917 en Rusia); de un levantamiento por los términos de una “paz infamante” (cuyo ejemplo fue la Comuna de París).

Kautsky no dejó de exponer su visión fatalista de la Revolución que debía desembocar en el socialismo173. En su visión, la Revolución sería un fenómeno “natural”, sobre el cual el Partido de clase no tendría un papel motor, y que la burguesía no podría impedir.

“El partido socialista es un partido revolucionario; no es un partido que hace revoluciones. Sabemos que nuestra meta no puede ser alcanzada más que por una revolución, pero también sabemos que no depende de nosotros hacer esta revolución, ni de nuestros adversarios impedirla. Nosotros no consideramos para nada la posibilidad de provocar o preparar una revolución. Y como nosotros no podemos hacer la revolución a voluntad174, tampoco podemos decir cuándo, en qué circunstancias y bajo qué formas se realizará. (…) Nosotros sabemos (…) que el número y la fuerza del proletariado crecerán cada vez más (…) y que, por consiguiente, su victoria y la derrota del capitalismo son ineluctables”.

Para no intranquilizar al filisteo pequeño burgués, y sin cerrar totalmente las puertas al papel de la violencia en la Revolución proletaria, Kautsky considera que hay grandes chances para que ello no ocurra, gracias a “presiones económicas, legislativas y morales” ejercidas por la clase obrera.

“Como nosotros no sabemos nada de preciso acerca de las batallas decisivas de esta guerra social, es lógico que no podamos decir tampoco si serán sangrientas, si la fuerza física jugará en ella un papel importante o si se librarán exclusivamente con ayuda de la presión económica, legislativa y moral. Sin embargo, se puede considerar como muy probable que, en las luchas revolucionarias del proletariado, estos últimos procedimientos prevalecerán más a menudo sobre el empleo de la fuerza física, es decir, militar, que en las luchas revolucionarias de la burguesía”.

A partir de esta mirada de astrónomo sobre los procesos revolucionarios, Kautsky afirma que los derechos democráticos de asociación, de prensa, de sufragio universal, como también el servicio militar obligatorio, le dan a la clase obrera la posibilidad de evaluar en todo momento si la situación es o no revolucionaria. Complementando el proceso “natural” de la marcha ascendente de la clase obrera con el “termómetro” del sufragio universal, lo que al proletariado y a su Partido de clase les quedaría por hacer sería evitar que ese cuadro idílico fuese perturbado tanto por provocaciones de las clases dominantes como por los anarquistas (quienes pretendían desencadenar revoluciones cuando las condiciones no estaban aún maduras). Para “consolar” a revolucionarios impacientes que pudiesen imaginar o explorar otras vías más “sangrientas”, Kautsky les dice que esta táctica es “la que exige muchos menos sacrificios”.

Kautsky no dejó de precisar cuáles serían para él las condiciones que permitirían identificar claramente una situación revolucionaria.

“[En las sociedades modernas], sólo si las condiciones siguientes están presentes se puede esperar un gran desplazamiento de las relaciones de fuerzas en el terreno político que vuelva imposible la consolidación de un régimen antidemocrático: 1.- Las grandes masas populares deben oponerse decididamente al régimen. 2.- Debe existir un gran partido que represente una oposición irreconciliable y que organice a las masas. 3.- Este partido debe representar a los intereses de la gran mayoría de la población y debe contar con su confianza. 4.- La confianza en el régimen dominante, en su fuerza y en su estabilidad, debe estar minada incluso en quienes son los instrumentos mismos del régimen, la burocracia y el ejército.”

Hasta aquí, Kautsky no había dicho absolutamente nada acerca de los requisitos políticos para poder expropiar a la burguesía y hacer que los medios de producción y de circulación pasen a manos de la sociedad. Recién en el anteúltimo capítulo de su libro Kautsky precisa las transformaciones políticas requeridas para ello, todas ellas en términos electorales y parlamentarios a partir del Régimen institucional actual, debidamente reformado.

“Reformar el sistema electoral de Reichstag, conquistar el sufragio universal y el voto secreto para las elecciones a los Parlamentos, en especial en Sajonia y Prusia, dar al Reichstag el control de los gobiernos y de los Parlamentos de los diferentes Lands, tales son las cuestiones que incumben especialmente al proletariado alemán. Una constitución verdaderamente democrática y la unidad del Imperio deben ser aún conquistadas.”

“[El proletariado] no puede avanzar un paso a menos de transformar las instituciones fundamentales del Estado que son el terreno de sus luchas. Continuar enérgicamente la democratización del Imperio, como también la de los diferentes Lands, principalmente el de Prusia y el de Sajonia, tal es su tarea más urgente en Alemania.”

De lo que se trataba, pues, era llegar a obtener, probablemente por métodos pacíficos – y como objetivo máximo – la República democrática (bien que en ningún momento hace mención explícita a esta reivindicación). Era en ese marco que el proletariado hubiera debido ejercer su dictadura de clase. Claro está que la violencia sería concebible si la burguesía quisiese impedir el libre juego de esa “democracia pura” que permitiría al proletariado conquistar el Estado existente debidamente depurado. Para Kautsky, contrariamente a Marx, no se trataba de destruir al Estado de las clases explotadoras, sino desembarazarlo de toda escoria antidemocrática. Poco tiempo después Kautsky reconocerá explícitamente175 que la meta de la socialdemocracia debía permanecer “la misma que la de siempre: la conquista del Estado gracias a la obtención de la mayoría en el Parlamento y hacer que el Parlamento controle al gobierno176.

Ese programa político será realizado en Alemania en 1918-1919, cuando el proletariado se lanzará a la lucha revolucionaria, formará consejos obreros y provocará la caída de la Monarquía. En ese momento, a la cabeza de la flamante República democrático-burguesa, la socialdemocracia movilizará todos sus resortes para aplastar en un baño de sangre a la vanguardia revolucionaria – dirigida por Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht – que combatirá para instaurar el poder de la clase obrera. El programa de Kautsky no fue otra cosa que la reivindicación de la futura República de Weimar.

Por el solo hecho de anunciar una nueva era de revoluciones, la Dirección del SPD se opuso a la publicación del libro de Kautsky con la justificación de evitar la posibilidad de represión estatal. Sólo después de introducir las modificaciones requeridas por la Dirección, y luego de redactar un prefacio afirmando que las opiniones emitidas en su libro eran estrictamente personales y no “de Partido”, aquélla lo autorizó a imprimirlo. La censura ejercida por la Dirección centrista-revisionista sobre el teórico más prominente de la socialdemocracia alemana e internacional fue una señal suficientemente fuerte como para que a partir de ese momento Kautsky doblase el espinazo y se despegue totalmente de la izquierda radical.

La fractura de la corriente antirrevisionista

36.- La ruptura sin retorno de la corriente antIrrevisionista, con la ruptura entre Kautsky y Rosa Luxemburgo, tuvo lugar en 1910 en ocasión de un proyecto de modificación del sistema electoral de Prusia177. La reivindicación de siempre de la socialdemocracia había sido el sufragio universal. El Congreso del Partido del Land de Prusia, convocado en enero de ese año, decidió recurrir a una táctica basada en la lucha extra-parlamentaria de masas (aborrecida por los revisionistas por poner en peligro una eventual alianza política con los liberales)178. La decisión final del gobierno del Land de mantener prácticamente sin cambios el sistema electoral vigente desencadenó durante los meses de febrero a abril una importante serie de mítines y de manifestaciones callejeras, no sólo en Prusia, sino en toda Alemania, con choques violentos con las fuerzas represivas.

Diversas organizaciones locales del Partido reclamaron recurrir a la huelga general. Con una verdadera óptica de militante revolucionaria que busca modificar las relaciones de fuerza entre las clases en beneficio del proletariado, Rosa Luxemburgo tomó en el mes de marzo la cabeza de ese reclamo escribiendo al Vorwärts y al Neue Zeit dirigido por Kautsky179 un artículo titulado “¿Y qué de aquí en más?180. En este artículo Rosa Luxemburgo afirmó que, dado el contexto político, la reforma electoral no podía ser obtenida recurriendo a métodos parlamentarios; que el importante movimiento del proletariado estaba en ascenso después que los mítines cerrados se habían transformado en manifestaciones callejeras; que el bloque dominante conformado por los junkers, la alta burguesía y los monárquicos no estaba dispuesto a ceder ante un movimiento que tuviese la intención de mantenerse en ese nivel de conflictividad; que si la lucha de masas se mantuviese encapsulada en una única metodología, sin provocar un cambio en las relaciones de fuerzas, ello no podía más que generar desilusión y el colapso del movimiento, por lo que la acción de masas debía ir más allá de las manifestaciones callejeras; que esa era una responsabilidad que el Partido debía plantearse ya; que el salto a un nivel de lucha superior no podía ser más que la huelga general; que eso no podía más que provocar la extensión de la influencia de los sindicatos, la del Partido mismo, y la de toda la Internacional; que una huelga general no podía ser decidida a solas por las planas mayor del Partido y de los sindicatos181, sino decidida colectivamente a partir de la consultación y participación activa de las bases militantes de ambas organizaciones. Y no dejó de añadir:

“Se debe decidir si la socialdemocracia alemana, que está apoyada por las organizaciones sindicales más fuertes y el mayor ejército de votantes del mundo, puede llevar a cabo una acción de masas (que ha sido realizada en varias ocasiones con gran éxito en la pequeña Bélgica, en Italia, en Austria-Hungría, en Suecia, para no mencionar a Rusia), o si en la organización sindical alemana, fuerte de 2 millones de miembros y un poderoso y disciplinado partido, es incapaz de provocar una acción de masas efectiva en un momento crucial (…). Hasta aquí, la socialdemocracia alemana ha sido para la Internacional el mayor modelo en el terreno de la lucha parlamentaria, de la organización y de la disciplina de partido. Quizá (también) podrá suministrar un luminoso ejemplo de cómo todas esas ventajas pueden ser combinadas con una resuelta e intrépida acción de masas”.

En su versión original, el artículo – publicado finalmente en el Arbeiter-Zeitung de Dortmund – planteaba la necesidad de levantar la reivindicación de la República democrática.

La dirección del Vorwärts se rehusó a publicarlo diciendo tener prohibido por la Dirección hacer propaganda por la huelga general. Idéntica fue la actitud de Kautsky con el argumento de que en ese momento la movilización no daría como para una extensión del movimiento, y que si la propuesta de Rosa Luxemburgo fuese aceptada provocaría futuras derrotas182. Esto era como decir que el Partido sólo podía emprender acciones con la seguridad previa de obtener victorias certificadas ante escribano público.

Kautsky completó su rechazo con la publicación ulterior de un artículo suyo titulado “¿Y ahora qué?”, donde criticó la propuesta de la extensión del movimiento a todo el Reich, preconizando por el contrario el retorno a la táctica parlamentaria. La argumentación de Kautsky planteaba sólo dos alternativas: apuntar a la obtención del sufragio universal gracias a un in crescendo de movilizaciones de masas, o la estrategia del desgaste del enemigo. Su opinión era que la primera opción debía ser descartada mientras la reacción estuviese firmemente asentada y el proletariado no estuviese “totalmente organizado”, y negó tajantemente que las experiencias del movimiento huelguístico del proletariado ruso pudiesen ser de mínimo interés para el proletariado alemán, oponiendo la situación rusa, económica y políticamente atrasada, a la alemana, mucho más adelantada en estos dos aspectos.

Esta posición era de esperar por parte del teórico de ese fatalismo histórico que anhelaba que la revolución proletaria venciese como resultado “natural” del curso de la Historia y de la “descomposición espontánea” del poder actual (ya que, en esa situación, lo único que al Partido le quedaría por hacer era ocupar el lugar de un poder vacante183). Kautsky concluyó aconsejando centrar la actividad del Partido en las próximas elecciones parlamentarias nacionales, esperando de esta táctica permanente e inmutable la obtención de la mayoría parlamentaria y la conquista de la mayoría de la población.

Para los padres fundadores del socialismo moderno, como para Lenin, el marxismo es una guía para la acción. Para Kautsky era un instrumento a manipular a piacere para justificar la inacción de la socialdemocracia.

Con su argumentación Kautsky “pateaba la pelota fuera de la cancha” (desplazando el problema de las movilizaciones de masas en curso por el sufragio universal en Prusia hacia la lucha electoral en el antiguo marco institucional).

Para completar su ofensiva contra la izquierda radical, Kautsky no dejó de acusar a Rosa Luxemburgo de plantear una reivindicación (la República democrática) que no estaba en el Programa de Erfurt ni en el precedente de Gotha.

La vigorosa respuesta de Rosa Luxemburgo (que terminó por certificar la ruptura política entre ellos) estuvo desarrollada en una serie de artículos titulados “Teoría y práctica184. En este escrito, Rosa Luxemburgo defendió la consigna de la República, demostrando que en ese momento ella daría lugar a la oposición del proletariado en cuanto clase al conjunto de los sectores de la burguesía prosternadas ante la Monarquía185; que en Alemania la consigna de la República era «infinitamente más que la expresión de un hermoso sueño acerca de un democrático “gobierno del pueblo” o la de un doctrinarismo político flotando en las nubes», sino “un grito de guerra contra el militarismo, el colonialismo, la geopolítica (del Estado alemán), la dominación de los junkers prusianos y la dominación de Prusia sobre el conjunto del Estado alemán”. Retomando el escrito de Engels sobre el Programa de Erfurt (el viejo Programa redactado por Kautsky), Rosa Luxemburgo denunció la “ilusión colosal” de conquistar el poder en el marco institucional del Imperio alemán, e incluso la de obtener en ese marco reformas presentes en el Programa del Partido, como la legislación popular directa.

En cuanto a la ausencia de la consigna de la República en el Programa de Erfurt, y citando a Marx y a Engels, Rosa Luxemburgo demostró que todo el contenido de las críticas de aquéllos a los Programas de Gotha y de Erfurt suponían la reivindicación de la República democrática como una exigencia de la lucha por la conquista del poder y por la dictadura del proletariado, añadiendo (en perfecto acuerdo con las posiciones de Marx y Engels186) que “es precisamente en esta última forma (estatal) de la sociedad burguesa que la lucha de clase será librada hasta sus últimas consecuencias”. Y que si bien en su momento, por razones estrictamente coyunturales, Marx y Engels habían aceptado no incluir explícitamente la consigna de la República democrática en los programas de la socialdemocracia alemana, 25 años más tarde esa reivindicación debía tener su lugar en su propaganda y agitación.

Refutando a Kautsky, quien había afirmado que en Alemania los movimientos huelguísticos sólo tendrían razón de ser si se estuviese seguro de obtener “éxitos definitivos”, y que había calificado al movimiento huelguístico ruso de 1905, en cuanto a su forma y a sus reivindicaciones, de “caótico, amorfo, primitivo, sin plan ni objetivos”, oponiéndolo al movimiento sindical alemán que sería su exacto contrario, Rosa Luxemburgo demostró que esa argumentación era completamente falsa, y que en un breve lapso de tiempo el proletariado ruso había logrado, tanto a nivel organizativo como reivindicativo, “relativamente mayores éxitos económicos y político-sociales que el movimiento sindical alemán en sus cuatro décadas de existencia”; desmintió la falsa afirmación de que las formas de lucha del proletariado ruso eran el resultado del atraso del capitalismo en Rusia señalando que esas luchas fueron la consecuencia del desarrollo de un proletariado moderno en el Imperio zarista, lo que volvió posible que él se pusiese a la cabeza de la lucha política contra el Régimen político imperante, y se movilice con éxito por sus propias reivindicaciones sociales; no sin dejar de señalar que Kautsky renegaba así de sus propios análisis anteriores sobre la Revolución de 1905.

El giro político de Kautsky no expresaba otra cosa que su ruptura explícita y definitiva con la corriente revolucionaria de la socialdemocracia alemana, y la cristalización de esa tendencia centrista que reivindicándose del marxismo pretenderá situarse entre aquélla y el revisionismo, pero que en definitiva será la la hoja de parra “ortodoxa” de la acción reformista y antirrevolucionaria de la corriente mayoritaria del SPD.

Su visión de la actividad del Partido, como la de todo el centrismo alemán, estaba invariablemente planteada en términos “de defensa”, jamás de ataque, y era fundamentalmente pacifista, electoralista y legalista. Tal como lo afirmó Rosa Luxemburgo, Kautsky no hacía otra cosa que tratar de justificar teóricamente la colusión entre la burocracia sindical y la del Partido contra los movimientos de masas y contra la perspectiva misma de una revolución. Ya en ese momento estaba trazada la trayectoria que lo llevará cuatro años más tarde a las cloacas de la Historia.

Rosa Luxemburgo terminó su artículo denunciando el papel desmovilizador y derrotista de las direcciones políticas y sindicales de la socialdemocracia alemana, y emitió una dramática profecía:

“Es evidente que (el) papel de obstrucción de la Dirección del partido (aparece) claramente en Alemania, dado el desarrollo extraordinario de su centralismo organizativo y de su disciplina. (…) En un Partido como el alemán, donde el principio de la organización y de la disciplina partidaria es tan valorado, y donde por consiguiente la iniciativa de las masas populares desorganizadas (…) es casi ignorada, es el ineludible deber del Partido demostrar la utilidad de su tan desarrollada organización y disciplina para grandes acciones, y su valor incluso para otras formas de lucha que las elecciones parlamentarias.

“La suerte del movimiento por los derechos electorales en Prusia parece haber demostrado que nuestro aparato organizativo y nuestra disciplina partidaria se muestran mejor (…) frenando en lugar de dirigir a las grandes acciones de masas. (…) Naturalmente, el efecto de obstrucción de semejante Dirección es más decisivo cuando la acción está aún en sus etapas iniciales (…). Cuando el período revolucionario esté plenamente desarrollado (…) ningún freno por parte de los jefes del Partido será capaz de conseguirlo, pues las masas desplazarán a aquellos que se opondrán al impetuoso movimiento. Esto podría ocurrir un día en Alemania”.

Rosa Luxemburgo no podía aún imaginar que el papel histórico de las fuerzas antirrevolucionarias que ella denunciaba con tanta lucidez sería no sólo el de frenar y oponerse a las movilizaciones y a las luchas de las masas, sino también el asumir en persona la dirección de la contrarrevolución.

Ella pensaba que la “espontaneidad” de las masas sería suficiente para desplazar a esas direcciones antirrevolucionarias. La Historia se encargará de demostrar que la sola espontaneidad de las masas no bastará para conseguirlo, y que para impedir que esas fuerzas pudiesen cumplir su papel de defensa del statu quo es necesaria la formación previa de Partidos revolucionarios libres de toda contaminación reformista, revisionista o centrista.

37.- Como reflejo de las nuevas relaciones de fuerzas, alineamientos internos y la pérdida de posiciones e influencia de la izquierda radical, el Congreso de Iena de septiembre 1911 amplió la Dirección del Partido con la integración de nuevos miembros: Otto Braun (simple burócrata del aparato con un muy lejano y olvidado pasado extremista); Philipp Scheidemann (un apparatchik carrerista que como diputado votaba en función de las posiciones asumidas por Bebel, tratando siempre de mantenerse por encima o fuera de las divisiones internas, no interviniendo jamás en los Congresos del Partido); Hugo Hasse (elegido co-presidente del SPD en reemplazo del radical Paul Singer) era un perfecto centrista impregnado de ideología pequeño burguesa humanitaria (o como dirían Marx y Engels, un perfecto filisteo alemán) y un defensor encarnecido de la “unidad” del Partido. De la Dirección también formaba parte Friedrich Ebert, quien desde 1906 era una pieza central del Ejecutivo, y aunque tuvo que esperar el fallecimiento de Bebel en 1913 para ser nombrado copresidente del Partido, ya en ese momento tenía en sus manos los resortes fundamentales de su aparato.

Desde 1903 a 1914 fue constante el proceso de pérdida de posiciones de la izquierda radical y el reforzamiento de las del reformismo en el amplio sentido del término. En 1903, el revisionismo ocupaba solamente posiciones locales y marginales, y estaba obligado a tratar de pasar desapercibido, a soportar los asaltos de la corriente ortodoxa, los reclamos centrales a “la disciplina” en relación a las Resoluciones de los Congresos. En 1911, tras la ruptura de la corriente radical entre centristas y extrema izquierda, era esta última la que estaba a la defensiva, habiendo perdido posiciones centrales en la organización, ocupando sólo posiciones locales, y siendo objeto del continuo reclamo a la “disciplina partidaria”.

Los signos anunciadores de la capitulación de 1914

38.- Con la ventaja que da la mirada histórica hacia el pasado, la capitulación ante el imperialismo de la socialdemocracia alemana en agosto de 1914 ya estaba en ciernes en su comportamiento ante dos hechos altamente significativos: la crisis internacional de Marruecos de 1911 y el voto de los créditos militares en 1913.

Para contrarrestar las maniobras de Francia tendientes a integrar directamente a Marruecos en su Imperio colonial, el Gobierno alemán quiso marcar su presencia y sus pretensiones coloniales en la región enviando una cañonera en la Bahía de Agadir en julio de 1911. Eso se terminará con un acuerdo diplomático y geopolítico que atribuirá Marruecos a Francia a cambio de la extensión territorial del Camerún bajo dominación alemana.

La tensión internacional provocada por la operación militar de Alemania en Marruecos dio lugar a una intervención del secretariado de la II Internacional planteando a las Direcciones de los partidos alemán, francés, español e inglés la conveniencia de una Conferencia socialista internacional para tratar de la cuestión y del peligro de guerra. El Partido francés respondió que ante la amenaza de guerra el Secretariado Internacional debía convocarla directamente para tratar el asunto. El Partido inglés se declaró favorable a la Conferencia, mientras que el español propuso previamente una reunión restringida con la delegación francesa.

En ausencia momentánea de Bebel, la respuesta de la Dirección del SPD estuvo a cargo de Molkenbuhr. Luego de efectuar un análisis que descartaba la posibilidad de una guerra entre Alemania y Francia motivada por Marruecos, análisis que fue justificado por los supuestos intereses del capitalismo alemán, Molkenbuhr no atribuyó el envío de la cañonera a la política del imperialismo germano, sino a intenciones del Gobierno de desviar la atención de la población de las cuestiones de política interior (política impositiva, privilegios de los junkers, etc.), todo ello con la mirada puesta en las futuras elecciones al Reichstag previstas para seis meses después. Molkenbuhr rechazó la propuesta de Conferencia internacional en razón de las consecuencias catastróficas que ésta podría tener sobre los resultados electorales del SPD187/188. Y aunque ulteriormente la Dirección del Partido negará que las afirmaciones de Molkenbuhr representasen su propia posición, tampoco hizo nada para favorecer la realización de la Conferencia. Bebel escribió ulteriormente al Secretariado de la Internacional Socialista afirmando que no creía en la posibilidad de guerra, pero que esperaba la convocación de una Conferencia “en caso de necesidad”… Ni una palabra fue dicha para denunciar la política y las aspiraciones imperialistas de Alemania.

En Berlín y otras ciudades de Prusia, la izquierda radical se movilizó inmediatamente para denunciar la aventura del imperialismo alemán. Rosa Luxemburgo denunció públicamente el contenido de la carta de Molkenbuhr en el momento mismo que la crisis alcanzaba su punto culminante. Muy tardíamente, un mes después, la Dirección emitió un comunicado anunciando su intención de iniciar una agitación sobre el tema (lo que no ocurrió por la disminución de la tensión diplomática).

39.- En 1912 el Gobierno alemán llevó a cabo una decidida política armamentista y de preparación bélica. Adoptando la visión del imperialismo de Kautsky, quien sostenía que la carrera armamentista, el militarismo y la guerra misma no le eran fenómenos inherentes, el Congreso de Chemnitz rechazó la posición de la izquierda radical que sostenía que la lucha contra la guerra debía realizarse con métodos revolucionarios, fuera de toda alianza con fuerzas burguesas. El Congreso se dividió en cuatro tendencias. De las otras tres, la primera, social-imperialista y explícitamente nacionalista, adhería a los objetivos del imperialismo germano. La segunda, ideológicamente pacifista, a la que pertenecía Bernstein, ponía todas sus expectativas en la acción de Tribunales internacionales de arbitraje. La tercera estaba representada por Kautsky, Hugo Hasse y Ledebour. Para combatir el peligro de guerra, la Resolución presentada por esta corriente, la que finalmente fue aprobada, fijaba al Partido el objetivo de obrar por la “concordia internacional gracias a la limitación de los armamentos y el levantamiento de las barreras aduaneras”, lo que implicaba poner en manos del imperialismo la llave de la paz o, si se quiere, confiar a un lobo la defensa del régimen vegetariano189.

La capitulación de facto de la socialdemocracia ante el militarismo y las aspiraciones imperialistas de su burguesía ya estaba implícita en 1913 en el rechazo (por 336 votos contra 140) de la Moción de Rosa Luxemburgo y de Ledebur que rehusaba todo impuesto con miras a financiar gastos militares. Lo mismo ocurrió con el comportamiento del Grupo de diputados socialistas frente al pedido del Gobierno de aumentar los impuestos con el propósito de financiar un incremento de sus gastos militares. El voto positivo del Grupo socialista era indispensable para la aprobación del reclamo gubernamental. En la reunión interna del Grupo, 52 fueron los votos favorables al pedido del Gobierno, 37 desfavorables y 7 abstenciones. Tal como ocurrirá el 4 de agosto de 1914, la disciplina del voto se impuso y el conjunto de los diputados socialistas votaron a favor. Esta fue la repetición general de la capitulación que sancionará la bancarrota definitiva de la socialdemocracia alemana. Esto fue previsto y denunciado con una gran lucidez por Rosa Luxemburgo190.

En ese mismo período, la izquierda radical denunció la política de colaboracionismo con los partidos burgueses “de izquierda”, defendida incluso por Kautsky, como una renuncia a los principios de la lucha anticapitalista y al desplazamiento del eje central del combate contra el militarismo y el imperialismo hacia meros reclamos de orden parlamentario191/192.


Notas

1 Esta primera parte es una versión reducida de nuestra “Historia del socialismo italiano de la preguerra (1884-1914)”.

2 Renato Zangheri, “Storia del socialismo italiano”, vol.2, Dalle prime lote nella Valle Padana ai fasci siciliani”, 1997, p.3, y vol.1, Dalla rivoluzione francese a Andrea Costa”, 1993, p.100, Giulio Einaudi editore.

3 Carta de Engels a Anna Kuliscioff y a Turati del 26-1-1894.

4 En 1885 existían 4896 asociaciones obreras recensadas y 4.817 de ellas tenían 740.280 socios. [Zangheri, op.cit., vol.2, p.42].

5 Sin entrar en detalles respecto a los fundamentos teóricos y a la visión de la transición del capitalismo a la sociedad post-capitalista, así como de la sociedad sin clases de ambas corrientes, es bien sabido que la corriente marxista siempre reivindicó la formación de un partido revolucionario centralizado, la acción política del proletariado con miras a la conquista del poder, como así también la lucha sindical, mientras que los anarquistas – opuestos a toda forma de Estado, incluso de un Estado de transición surgido de la victoria revolucionaria del proletariado – rechazaban la concepción marxista de la función política del partido, así como las luchas políticas y sindicales, haciendo de la acción insurreccional el alfa y el omega de la acción revolucionaria. El marxismo preconizaba también la participación en las elecciones, la actividad parlamentaria y la lucha por reformas polticas, económicas y sociales de la sociedad burguesa que favorecían la situación y la lucha del proletariado, mientras que el anarquismo la rechazaba en nombre del apoliticismo. Las corrientes anarquistas echaron raíces en los países latinos (Francia, Italia, España), allí donde las pequeñas industrias artesanales tenían aún un gran peso social.

6 En su primer Congreso el PSRR congregó a 38 delegados en representación de unas 50 localidades de la Romaña, y en su III Congreso de julio de 1884 participaron 61 delegados de 71 localidades (entre las cuales estaban Parma, Reggio Emilia, Roma, Prato, Pádova, Biella, Livorno). En el verano de 1885 el Partido contaba con federaciones en Piamonte (Torino, Asti, Alessandria), Liguria (Génova y San Remo), Véneto, y en Toscana en varias localidades. En su IV Congreso celebrado en abril de 1886 participaron varios representantes del Sur de Italia (Brindisi, Nápoles, Palermo).

7 Para una historia del PSRR, cf. Valerio Evangelisti – Emanuela Zucchini, “Storia del Partito Socialista Rivoluzionario (1881-1893”), ed. Odoya, 2013; Zangheri, op.cit., vol.1, capítulo 12 (“Un nuovo cammino”); Zangheri, op.cit., vol.2, capítulo 3 (“Socialismo giovane”).

8 Entre las cuales estaban el sufragio universal, la libertad de asociación, de coalición, de prensa y de huelga, la abolición de las leyes excepcionales de Seguridad Pública, la abolición del Ejército permanente (substituido por la Nación en armas), la abolición de todo impuesto indirecto, un impuesto único y progresivo sobre las rentas y la herencia, la instrucción profesional para todos, amén de reformas sociales como la prohibición del trabajo infantil, la reducción de la jornada de trabajo, etc. En particular, la obtención del sufragio universal era fundamental para permitir la participación de las masas obreras en la vida política del país.

9 En julio de 1886 el POI contaba con 106 secciones, mayoritariamente en Italia septentrional (de las cuales 10 estaban en Milán).

10 El apoliticismo del POI no implicó su total abstencionismo electoral. En las elecciones de 1886, postuló candidatos a diputados en Milán, Cremona, Casale Monferrato, Alessandria, Arezzo, Vercelli, Pavía, Busto, San Remo, Como, Turín, Sarti y Nápoles. El Programa electoral presentado en Milán preconizaba un conjunto de reformas de la sociedad burguesa: la exclusión absoluta de la injerencia del Estado en las relaciones entre capitalistas y trabajadores, la libertad de huelga, la reducción de la jornada de trabajo a 8 horas, la organización de los trabajadores agrícolas y de las empresas en cooperativas; la libertad de divorcio, la autonomía de las comunas y la libertad de federarse entre ellas, la igualdad civil sin distinciones de condición o de sexo, el sufragio universal en todos los órdenes de la vida pública; la abolición de los fondos secretos, de la policía política, de la financiación de los cultos, de la ley sobre la prostitución y del Ejército permanente. Su revindicado apoliticismo tampoco le impidió movilizarse en 1887 por el retiro de los soldados italianos de África.

11 En 1878, antes de la entrada en vigencia de les leyes antisocialistas de Bismarck, el Partido Socialdemócrata alemán había obtenido 437.000 votos en las elecciones, y contaba en ese momento con 42 periódicos, mientras que las organizaciones sindicales tenían 50.000 afiliados y 14 órganos de prensa. Doce años más tarde, cuando las leyes anti socialistas fueron derogadas, el partido obtuvo 1.427.000 votos, contaba con 60 periódicos, y las organizaciones sindicales 200.000 miembros y 41 órganos de prensa. [Franz Mehring, “Histoire de la social-démocratie allemande (1863-1891)”, Ed. Les bons caractères, 2013, p.694]

12 Entre los cuales estaban Anna Kuliscioff, Camillo Prampolini y Costantino Lazzari (este último, dirigente proveniente del POI, jugará ulteriormentre, al igual que Turati, un papel de primer orden en el futuro Partido socialista). Los partidarios de la formación de un partido socialdemócrata estaban nucleados en torno del semanario “Lotta di clase” y de la revista “Critica sociale” fundada por Turati.

13 “En las ciudades más importantes (de Italia), todos los sindicatos de la ciudad y del campo, las asociaciones de empleados privados, de la enseñanza elemental de empleados estatales de los niveles inferiores, y las sociedades coperativas socialistas, formaban una confederación local con sede propia y empleados estables. ésta era la Camera del Lavoro, una institución desconocida en los países anglosajones, pero que en Italia tenía una gran importancia. La Camera del Lavoro era el centro de una intensa actividad económica, política y social; los secretarios de los sindicatos y de las asociaciones se reunían en asamblea general y abordaban y resolvían las cuestiones locales que eran de común interés para toda la clase trabajadora. La Camera del Lavoro era el nuevo organismo municipal de la clase trabajadora, mientras que el viejo municipio debía representar a todas las clases. Los sindicatos y las sociedades cooperativas de las localidades menores recurrían a la Camera del Lavoro de la capital provincial en busca de consejo y ayuda. A su vez, las Camere del Lavoro formaban parte de la Confederación General del Trabajo”. [Gaetano Salvemini, “Le origini del fascismo in Italia”, ed. Feltrinelli, 2015, p.163]

14 El II Congreso del Partido (Reggio Emilia, 1893) adoptó una Resolución donde afirmaba que “el Partido (…) [reconoce] la necesidad de la conquista de dichos poderes [políticos] por parte del proletariado mediante la participación a las luchas electorales (…)”. [C. Cartiglia, Il Partito Socialista italiano (1892-1962)”, ed. Loescher, p.58]

15 El Programa de Erfurt del Partido Socialdemócrata alemán (1891) no hablaba de “transformación del Estado”, sino que afirmaba que “la clase obrera no puede realizar el pasaje de los medios de producción en manos de la colectividad sin haber tomado posesión del poder político”. La vaguedad del enunciado no implicaba de por sí la renuncia a la conquista revolucionaria del poder y a la destrucción del Estado burgués. En aquella época, la prudencia de los enunciados del Partido alemán estaba justificada por la necesidad de no provocar la represión estatal que ya se había abatido sobre el Partido de 1878 a 1890. Pero ello no quita que esa “vaguedad” tendrá consecuencias dramáticas sobre la historia de este Partido. Como lo recordó Lenin en una de sus intervenciones en el II Congreso de la Internacional Comunista (1920), en aquella ocasión Plejánov, en una Carta abierta a Kautsky, “subrayó muy especialmente el hecho de que si el Programa de Erfurt no mencionaba la dictadura del proletariado, era erróneo en el plano teórico, y en la práctica era una cobarde concesión a los oportunistas”. Lenin añadió que “la historia ha demostrado que eso no se debió a una casualidad”. [www.marxists.org/espanol/lenin/obras/oc/akal/lenin-oc-tomo-33.pdf, p.370]

16 “La Revolución – escribía Turati en 1893 – no es tal por la violencia, sino a pesar de la violencia (…) Una revolución completamente fisiológica, llegada en su hora con una preparación adecuada, no tendría necesidad de la violencia, porque a la fuerza, cuando es firme y segura, le basta con mostrarse para vencer.” [Alceo Riosa, “Il PSI tra democracia e socialismo”, in Storia del Partito Socialista, Marsilio Editori, 1979, p.17]. La visión de la revolución socialista en Turati y el reformismo (y su interpretación del determinismo marxista) era puramente mecánica y fatalista.

17 Particular importancia tuvo el en los años 1889-1894 el movimiento de los “fasci siciliani” que abarcó a toda la Sicilia y al conjunto de sus masas trabajadoras. Se trató de un movimiento revolucionario popular, democrático y socializante, con decenas y decenas de miles de adherentes y decenas de organizaciones participantes (ciertas estimaciones mencionan las cifras de 300.000 adherentes y 170 organizaciones locales en el año 1893). En los fasci siciliani tuvieron participación socialistas, anarquistas y la democracia pequeño-burguesa radical. Este gran movimiento de masas organizó y arrastró a obreros agrícolas, aparceros y agricultores arrendatarios, artesanos, obreros mineros, mecánicos, textiles, tipógrafos, pasteleros, del calzado, sastres, cerrajeros, pequeña burguesía urbana e intelectuales, y en él las mujeres tuvieron una participación masiva. Los fasci siciliani se alzaron en contra de todo tipo de explotación, por la reducción de la jornada laboral y por las condiciones de trabajo; por la mejora de los contratos de arrendamiento y contra el latifundio; por la reducción de impuestos; por el desarrollo de las cooperativas de trabajo y de consumo; por la educación; en suma, contra todo el ordenamiento político, económico y social imperante en la isla. A fines de 1893 media Sicilia se estaba insurgiendo, y a inicios de enero de 1894 el gobierno nacional (con Crispi y Giolitti a la maniobra), envió a la isla 40.000 hombres armados, desencadenando una represión generalizada y sangrienta que terminó por aplastarlo. La derrota y la miseria empujó a grandes masas sicilianas a la emigración, en particular hacia los EE.UU. y la América Latina. Tres años después, las masas trabajadoras sicilianas entrarán nuevamente en lucha, pero ya no tan generalizada como en el ’93-’94, empalmando con la agitación social generalizada en el resto de Italia en los años 1897-1898. Para una descripción detallada de la situación y de lucha de clases hacia fines del Siglo XIX en Sicilia, cf. Renato Zangheri, op.cit.,vol.2, capítulo 8; y Renzo del Carria, “Proletari sanza rivoluzione”, vol.2 (1892-1914), ed. Savelli, pp.41-84.

18 Para Giovanni Giolitti, con quien esta política estuvo identificada, la imparcialidad del Estado frente a los conflictos entre el Capital y el Trabajo debía cesar cuando estaban en juego la “libertad de trabajar” y el Orden público.

19 Carta de Engels del 26-1-1894, publicada en los Annali del Instituto Feltrinelli, 1958, pp.253-252.

20 Renzo del Carria da una descripción amplia y bastante detallada de ese imponente movimiento social que se expandió por toda la península. [Del Carria, op.cit., pp.85-141]

21 A continuación, damos un pequeño florilegio de la actuación de la dirigencia socialista. • El 9 de mayo, con Nápoles insurgente, los socialistas lanzaron un manifiesto para suspender al movimiento “a la espera de tiempos más propicios”. • El 10 de mayo, los socialistas de Turín llamaron a abstenerse de toda manifestación pública. • Al corriente de los acontecimientos de Milán, del 8 al 11 de mayo, varios miles de socialistas y trabajadores exiliados en Suiza trataron de atravesar la frontera para dirigirse hacia la ciudad insurrecta. Numerosos dirigentes socialistas se dirigieron entonces a Lugano para desanimarlos y tratar de que la columna no traspasara la frontera. • El 6 de mayo, en Milán, Turati se dirigió a la multitud para calmarla, afirmando falsamente que las fuerzas represivas ya habían liberado a los militantes socialistas detenidos ese mediodía. [Ibidem, pp. 110, 112-114, 118-119]

22 Para “concretar” su acción política, dos años más tarde el PSI enumerará una serie interminable de reformas teóricamente conquistables pacíficamente en el terreno parlamentario.

23 Esta incapacidad del socialismo italiano se expresó en el Congreso de Boloña de 1897 con la adopción de una Resolución sobre la cuestión agraria [Luigi Cortesi, “Il socialismo italiano tra riforme e rivoluzione, 1892-1921”, Ed. Laterza, 1969, pp.85-86]. En un país con una inmensa población agraria que aspiraba a la propiedad o se movilizaba por el libre acceso a la tierra, lo notable de esta Resolución que marcará la política del PSI durante toda su existencia fue el no cuestionar para nada la propiedad de los grandes terratenientes. Esta Resolución clasificaba a los trabajadores agrícolas en braseros (asalariados), colonos y pastores, y aparceros. Para los primeros proponía una defensa de tipo sindical (como era el caso de todos los obreros industriales, sin tener mínimamente en cuenta que, en amplias regiones del país, sobre todo en el Mezzogiorno y en Sicilia, estos trabajadores aspiraban a la posesión de la tierra porque poseían la doble figura del campesino y del asalariado y/o trabajaban en condiciones de producción arcaicas, lejos de las modernas formas capitalistas). Para los colonos y aparceros sólo preconizaba contratos de alquiler y de aparcería rural que les asegurasen “el mínimo necesario para el mantenimiento de la familia” (subrayado en el original). Ante los campesinos proprietarios de pequeñas explotaciones, tras constatar que el desarrollo económico capitalista y la política impositiva del Estado burgués la destinaban a la desaparición, la acción del PSI debía limitarse a un trabajo “de explicación” del proceso de concentración capitalista y de su inevitable proletarización. Esta orientación típicamente socialdemócrata, fatalista y no revolucionaria, impedirá la confluencia de las luchas obreras con las del campesinado que aspiraba a que el usufructo de la tierra le sea atribuido a quienes la trabajaban [y los revolucionarios marxistas hubieran debido añadir: “colectivamente en las empresas agrarias técnicamente avanzadas que recurren al trabajo asociado; familiarmente en aquellas situaciones en que el terrateniente arrienda tierra al campesino o tenía con él relaciones de aparcería, o emplea a trabajadores agrícolas recurriendo a métodos productivos basados en trabajo de tipo artesanal, técnicamente atrasado”]. Habrá que esperar el II Congreso de la Internacional Comunista (julio-agosto de 1920) para que los socialistas italianos se enteren de que las luchas de clases en el campo en régimen capitalista, y el camino que llevará a la socialización de los medios de producción en la agricultura, no se encaran ni se resuelven como por arte de magia agitando la fómula esquemática y simplista de la “socialización de los medios de producción”.

24 Carta de Engels a Bebel del 11-12-1884.

25 En 1911, el porcentaje de analfabetos era del 44%. En el Mezzogiorno, este porcentaje era aproximativamente del 70%.

26 Eduard Bernstein, “Socialismo teórico y socialdemocracia práctica”, 1898.

27La gran excepción fue el Partido Socialdemócrata ruso.

28 Cf., por ejempo, el escrito de Rosa Luxemburgo “Reforma o revolución” (1899).

29 “En Alemania, nosotros tenemos demasiados [pequeño-burgueses que aportan consigo sus estrechos prejuicios de clase], y son ellos quienes constituyen ese peso muerto que obstaculiza la marcha del partido. (…) Incluso si aceptan nuestro punto de vista, ellos dirán: el comunismo es naturalmente la solución final, pero ella es lejana, se necesitarán quizá cien años antes de que pueda realizarse; en otras palabras: no tenemos la intención de trabajar para su realización ni durante nuestra vida, ni durante la de nuestros hijos.” [Carta de Engels a Lafargue, 2-10-1886]. En el caso del Partido socialista italiano, de sus 33 diputados electos en los años 1900-1904, casi el 85% eran docentes de origen burgués, 9% pequeño-burgueses y sólo 2 diputados de origen obrero. En los Congresos del PSI de los años 1902, 1904 y 1906, como máximo sólo un tercio de sus delegados eran proletarios. [Alceo Riosa, op. cit., p.86]

30 Cf., en particular, “El oportunismo y la bancarrota de la II Internacional”, 1915; y “El Imperialismo, fase superior del capitalismo”, 1916.

31 Carta de Engels a G. Trier, 18-12-1889.

32 “La supresión de los mayorazgos y otras supervivencias del feudalismo, el combate contra la burocracia [del Estado imperial], las leyes aduaneras de protección [en beneficio que junkers prusianos], las leyes contra los socialistas”. [Ibidem]

33 La libertad de asociación y de prensa, con la consiguiente abrogación de las leyes contra los socialistas.

34 Lo mismo había reafirmado Marx en sus “Glosas marginales al Programa de Gotha” (1875): “Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista media el período de transición revolucionaria de la primera en la segunda. A este período corresponde también un período político de transición, cuyo Estado no puede ser otro que la dictadura revolucionaria del proletariado”.

35 “Remarques à propos d’un article sur le maximalisme”. Œuvres Complètes, vol.41, pp.395-396.

36 En una situación histórica dominada por el ascenso del capitalismo en el mundo occidental, Engels se refirió también a aquellas reformas “que representan un paso adelante hacia el progreso económico”. Esto es particularmente válido hoy en todas las áreas del capitalismo en desarrollo. En el área de capitalismo ultra-desarrollado (Europa, USA, Japón, …), lo que está hoy a la orden del día es la lucha por contrarrestar los efectos catastróficos del capitalismo sobre las sociedades humanas y sobre la naturaleza (objetivo que también concierne a los países de capitalismo en desarrollo).

37 Resolución del Congreso de Parma de enero de 1895. [C. Cartiglia, op. cit., p.57]

38 Resolución del Congreso de Reggio Emilia de 1893. [Ibidem, pp.58-59]

39 A partir de la represión violentísima de los movimientos sicilianos de 1893-1894 y la puesta fuera de la ley del Partido socialista en 1894, y tras los gravísimos acontecimientos de 1898 que desencadenaron una fuerte ofensiva contra el movimiento obrero y la prisión decretada contra dirigentes y militantes socialistas, el punto culminante de la política más reaccionaria de los sectores dominantes fue alcanzada por el Gobierno del General Pelloux (junio de 1898-junio de 1900). Este último intentó un golpe institucional con la suspensión de las garantías constitucionales. Fue en la movilización contra la posibilidad de una dictadura cívico-militar que se forjó el cambio mayoritario de orientación táctica del PSI, pasando de la “intransigencia” a la colaboración abierta con fuerzas de la democracia burguesa.

40 La posición de los reformistas nada tenía que ver con la expuesta por Engels en su Carta a Turati de 1894. En ella, Engels habló de la posibilidad de participar, como partido de clase totalmente independiente, en un movimiento popular insurreccional de alcance nacional contra el Orden establecido; y, en ese caso, luchar codo a codo con los radicales y los republicanos (a quienes, dada la debilidad del movimiento socialista, se debía dejar la iniciativa) contra la Monarquía conservadora y todo el establishment político. Ahora bien, y tal como lo afirmó Enrico Ferri en el Congreso de Boloña de 1904, en la Italia de entonces ya no existía ninguna burguesía política y socialmente revolucionaria, y era aún más absurdo querer hacer del proletariado socialista el artífice de su creación.

41 Camere del Lavoro, Federaciones sindicales, Ligas de jornaleros agrícolas, Cooperativas de trabajo.

42 De 1896 a 1897, el número de afiliados del PSI pasó de 19.121 (organizados en 442 secciones territoriales) a 27.281 (con 623 secciones). En 1901 tenía 47.098 adherentes (con 1.186 secciones). [Cartiglia, op.cit. p.159]

43 Llegando a proponer a Turati, en 1903, su participación en el gobierno. [Cortesi, op.cit. p.167]

44 Opuesta a la llamada corriente “intransigente”. Esta última (representada en ese momento por Enrico Ferri, Costantino Lazzari y Arturo Labriola, entre otros) no tenía ninguna homogeneidad interna, y a pesar de expresar una reacción contra el accionar del reformismo, nadaba en en un total confusionismo y eclecticismo ideológico y político. Lo que la cohesionaba externamente era su oposición al colaboracionismo con partidos y gobiernos de la izquierda burguesa.

45 Este “bemol” se refería a la represión sangrienta de los movimientos de masas por parte del Gobierno Zanardelli-Giolitti.

46 Cortesi, op.cit., pp.197-206.

47 Entre 1901 y 1914, la miseria empujó a 8.623.730 italianos a expatriarse.

48 Cortesi, op.cit., pp.179-186 y 212-221.

49 En su intervención en el Congreso de Roma de 1906, Arturo Labriola afirmó: “[El] Partido puede ser un órgano subordinado, un órgano a veces superfluo o inútil, pero debe estar solamente al lado del sindicato de oficio, en quien recae la gran misión liberadora de las clases trabajadoras. El Partido no debe superponerse al sindicato. Sólo el sindicato es la expresión de la colectividad de los trabajadores. El Partido debe asistirlo, pero no dominarlo (…)”. Y el SR Enrico Leone sostuvo en este mismo Congreso: “[El] poder político no tiene capacidad transformadora, porque no tiene órganos para preparar las necesarias mutaciones del organismo de la producción.” [Ibidem, pp.261, 274-275]

50 Es de señalar que aquí estamos en presencia de una característica que es común a todas “izquierdas infantiles”: deducir la táctica de sus principios programáticos. Esto fue cierto para el anarquismo, quien era apolítico por estar por principio en contra de toda forma de Estado, y también lo será para los consejistas alemanes y los tribunistas holandeses. Bajo una forma original, esa característica también estará presente en la Izquierda Comunista italiana.

51 Esta era la expresión de una corriente permanente del socialismo internacional, la del “centrismo” socialdemócrata, en general y la del “maximalismo” italiano en particular, cuyos máximos representantes serán Costantino Lazzari y Giacinto Serratti. Ambos defenderán a capa y espada la “unidad socialista” con los reformistas que no iban hasta participar en gobiernos burgueses, nunca romperán con los principios fundamentales del reformismo y rehusarán las alianzas con partidos burgueses.

52 Cortesi, op.cit., pp.206-212.

53 Turín, Canelli, Valenza, Alessandria, Génova y toda la costa genovesa (de Sestri Ponente a Rivarolo), Savona, Abbiategrasso, Monza, Varese, Como, Milán, Lodi, Parma, Boloña, Faenza, Forlí, Casena, Ancona, Fabriano, Piombino, Terni, Roma, Venecia, Pádova, Brescia, Ferrara, Livorno, Vigevano, Vicenza, toda la Romaña. “Todas las localidades grandes y pequeñas de la ciudad y del campo de Lombardía, Emilia, Toscana, las Marche y Umbría (estaban) en paro”. Nápoles estará en paro total los días 19 y 20-9. Lo mismo ocurrirá en la Puglia, Calabria, Catania, en Palermo y otras ciudades de Sicilia (en particular Cosenza, Brindisi, Taranto, Ascoli Piceno, Fano). [Ibidem, pp.179-184]

54 Ancestro de la futura Confederazione Nazionale del Lavoro.

55 Cortesi, op.cit., pp.288-290.

56 En los años 1906-1907 se firmaron los primeros convenios colectivos de trabajo, lo que implicaba el reconocimiento de los sindicatos por la parte patronal y el Estado, y una mayor homogeneidad de las condiciones laborales en las empresas involucradas.

57 La colusión entre el reformismo socialista y el reformismo burgués de Giolitti se expresó también en la sordina puesta a la reivindicación del sufragio universal, que si bien hubiese permitido al proletariado socialista del Mezzogiorno tener expresión política propia, su vigencia, al integrar en las lides electorales a las grandes masas analfabetas de la región que estaban en gran parte bajo influencia conservadora y clerical, hubiese podido disminuir el peso parlamentario de la burguesía reformista y del socialismo septentrional, lo que hubiera podido tener como resultado la desaceleración o detención de la política de reformas.

58Considerando que la huelga general, por cuanto detiene el funcionamiento económico-social, es un acto insurreccional [lo que no es necesariamente cierto, salvo casos excepcionales, ndr.] en conflicto con el movimiento de conquista, de progreso y de elevación del proletariado con miras a penetrar al conjunto de la sociedad para substituir las nuevas formas orgánicas de la sociedad futura a las burguesas actuales [dicho de otra manera, en contradicción con la actividad electoral del movimiento socialista, ndr.], afirma que la huelga general es un arma que sólo debe ser aceptada como método extremo en los casos en que sean violados los derechos fundamentales de las libertades conquistadas; e invita a los organizadores del movimiento obrero económico y a la prensa socialista a hacer propaganda activa para que estos conceptos puedan penetrar en la conciencia de las clases trabajadoras” [Adolfo Pepe, “Movimento operario e lottte sindicali (1880-1922)”, Loescher Editore Torino, 1976, p.137]. En su intervención en el Congreso de Florencia (1908), el Secretario General de la CGdL (que lo será de 1908 a 1918), Rinaldo Rigola, afirmó que “por lo menos durante diez años en Italia no se necesita recurir más” a una huelga general. Esta declaración coincidía con la moción reformista mayoritaria en este mismo Congreso: “[En] el actual período histórico, la huelga general es un arma peligrosa por sus dañosos efectos inmediatos, y porque desvía al proletariado de la obra paciente de organización, de elevación, de conquistas graduales” [Cortesi, op.cit., p.307 y 327].

59 Pepe, op.cit., pp.133-134.

60 Mientras que el PSI podía festejar sus triunfos electorales (el número de diputados socialistas había pasado de 26 a 42 en las elecciones de marzo de 1909), su número de inscriptos había bajado de 43.788 (y 1.222 seciones) en 1908 a 28.835 (y 989 secciones) en 1909, y a 32.108 (y 1.125 secciones) en 1910. [Cartiglia, op.cit., p.159, y Cortesi, op.cit., p.340]

61 No disponemos de las actas de la intervención de Mussolini en este Congreso.

62 En su intervención, Balabanoff se reclamó del marxismo y “cercana” a las posiciones de los intransigentes, no ocultando que no tenía para con ellos una total “cohesión teórica”. Su intervención más importante la hará en el Congreso de Reggio Emilia de 1912.

63 Con la excepción del voto en contra de dos diputados intransigentes (Musatti y Agnini), quienes en esta ocasión rompieron la disciplina del grupo parlamentario.

64 Cortesi, op.cit., pp.405-406.

65 Cartiglia, op.cit., p.71.

66 Ibidem, p.73.

67 Las tropas enviadas durante el conflicto se elevaron a 100.000.

68 Cartiglia, op.cit., pp.136-137.

69 Del 15 al 18 de octubre 1911.

70 Cortesi, op.cit., p.460. Esta misma posición fue defendida 9 meses más tarde por el reformista “de izquierda” Modigliani en el Congreso de Reggio Emilia [Ibidem, p.521]. Para estos reformistas, Italia no estaba aún a la altura de Inglaterra ni de Francia, quienes ya entonces “aportaban” a los pueblos colonizados de Asia y África la “civilización” y la “riqueza” de las metrópolis, y “posibilidades laborales” a los trabajadores de los países imperialistas, y de los cuales se podían extraer las ganancias que un país devastado como Libia no podría ofrecer. El cinismo reformista, pro imperialista y pro capitalista, daba sentido al concepto de infinito.

71 Tanto la Comuna de París como la Revolución de 1905 en Rusia habían dado ya antes la prueba de que las derrotas militares podían abrir el camino de la Revolución.

72 Convocado de manera extraordinaria como consecuencia de la crisis del socialismo provocada por la Guerra de Libia y las negociaciones entre Bissolati, Giolitti y la Monarquía.

73 Tales como el intento fracasado de monopolio estatal de las pensiones de vejez y enfermedad.

74 Cortesi, op.cit., pp.449-452.

75 Turati atribuyó la escasez de las reformas obtenidas al pequeño número de diputados socialistas, lo que no era culpa del reformismo, sino de la clase obrera que no había votado suficientemente por los candidatos socialistas. En cuanto a los Gobiernos pasados de Giolitti, “[de] 1901 a 1904 lo tuvimos con nosotros, fue sincera y eficazmente democrático, y hubiera sido un delito si lo hubiésemos abandonado a las insidias y a las furias de los reaccionarios”. Pero, “en 1904, la huelga general [culpa del proletariado, pues, ndr.] lo empujó en los brazos de los conservadores”, y eso hubiera sido peor si en el poder no hubiera estado Giolitti, pues “otro hombre de Estado habría ido probablemente mucho más lejos”. Las masas trabajadoras reprimidas violentamente en aquellos años, con sus muertos y heridos, debieron apreciar ….

76 Las congratulaciones personales presentadas personalmente en el Quirinal al rey Vittorio Emanuele III por Bonomi, Bissolati y Cabrini por haber resultado indemne del fracasado atentado cometido por el anarquista Antonio d’Alba, no contribuyeron a aplanar sus diferencias internas.

77 Dirigente socialista “ultra intransigente” notorio y secretario de la Federación de Forlí, director de “La Lotta di Classe” de esta ciudad, venía de tener una participación activa en la huelga general local exitosa del 27 de septiembre contra la declaración de guerra y de ser condenado por ello a cinco meses de cárcel. Luego de haber salido del Partido, arrastrando consigo a las 50 secciones socialistas de la Federación de Forlí en abril de 1911 como protesta contra la entrevista de Bissolti con el Rey, lo había reintegrado colectivamente en abril de 1912.

78 Cortesi, op.cit., pp.494-503. El orador calificó a Italia de “la Nación en la cual el cretinismo parlamentario (…) ha alcanzado las formas más graves y mortificantes”; dictaminó que “el parlamentarismo italiano ya está agotado” y que “el sufragio casi universal otorgado por Giolitti es una hábil tentativa hecha con el propósito de dar todavía un contenido cualquiera, otro período de «funcionalidad» al parlamentarismo”; que “el parlamentarismo no es en absoluto necesario al socialismo (…) pero por el contrario es necesario a la burguesía para justificar y perpetuar su dominación política”, siendo “la bolsa de oxígeno que prolonga la vida del agonizante”, por lo cual afirmó tener “un concepto absolutamente negativo del valor del sufragio universal”; y sostuvo que “el uso del sufragio universal debe demostrar al proletariado que ni siquiera es el arma que le basta para conquistar su emancipación integral”, por lo cual “la utilidad del sufragio universal es, pues, negativa del punto de vista socialista : por una parte acelera la evolución democrática de los regímenes políticos burgueses, y por otra demuestra al proletariado la necesidad de no renunciar a otros métodos más eficaces de lucha”.

79 En particular del de Rosa Luxemburgo de “Reforma o Revolución”.

80 Mussolini nació muy cerca de Forlí en julio de 1883.

81 Mussolini colaboró en los años 1903-1904 con la publiación sindicalista revolucionaria “Avanguardia socialista”, dirigida por Arturo Labriola. Ya con el fascismo en el poder, Mussolini reconoció abiertamente la influencia de Sorel y del sindicalismo revolucionario en su trayectoria política. [Renzo de Felice, «Mussolini e il fascismo – Primera parte (“Mussolini il rivoluzionario”)», ed. Einaudi, 2006, pp.39-41].

82 Como la del rol de la violencia y de la huelga general según la ideología de Sorel y la del sindicalismo revolucionario, con muchos de cuyos representantes convergió ulteriormente en la adhesión a la guerra imperialista y en el fascismo. Por otra parte, Mussolini reivindicó en 1913 el calificativo de discípulo de Alfredo Oriani; y, ya fascista, haciendo referencia a la época de su militancia socialista, a la ideología de Bergson.

83 Mussolini, “Ciò che v’ha di vivo e di morto nel marxismo”, Il Cuneo, 6-5-1911.

84 Pero el concepto de lucha de clases no es para nada exclusivo del marxismo. Marx jamás reivindicó su descubrimiento. En su carta a Weydemeyer del 5-3-1852, Marx escribió: “Por lo que a mí se refiere, no me cabe el mérito de haber descubierto la existencia de las clases en la sociedad moderna, ni la lucha entre ellas. Mucho antes que yo, algunos historiadores burgueses ya habían expuesto el desarrollo histórico de esta lucha de clases, y algunos economistas burgueses la anatomía económica de éstas”.

85 Gaudens Megaro, “Mussolini dal mito alla realtà”, Milano, 1947, pp.206 y siguientes.

86 De Felice, op.cit., pp.88-89.

87 Mussolini volvió en 1914 sobre este mismo tema, oponiendo de manera antimarxista la “masa estática” a la “élite dinámica”. [Ibidem, p.186]. Un marxista como Lenin no dudó en 1903 en considerar que el partido revolucionario debía estar compuesto por militantes que, exentos de todo amateurismo o diletantismo, se dedicasen con seriedad profesional a la lucha revolucionaria; que compartiesen principios comunes, objetivos finales claramente establecidos, métodos de acción y una visión común de la acción colectiva. Pero, en cuanto materialista, un marxista jamás puede caracterizar a los militantes revolucionarios como pertenecientes a una “élite” de la clase, aunque esa minoría de la clase constituya – según las palabras del Manifiesto Comunista – su fracción más consciente y decidida. Establecer una división entre la vanguardia de la clase y la clase misma basada en el “idealismo” o en caracteres personales es caer en una forma de espiritualismo extranjero al materialismo marxista (el que comprende cuál es el nexo real entre la generación de esas minorías de vanguardia y la actividad de la clase en su conjunto).

88 Esta argumentación contra la política de los «bloques» políticos (en la década de 1920 se la llamará de «frente único») será retomada tal cual por la Izquierda Comunista italiana.

89 De Felice, op.cit., p.120.

90 Avanti!, 18-7-1912.

91 La masacre de Roccagorga en manos de la soldadesca provocó 7 muertos y por lo menos 23 heridos de bala. Fue la consecuencia de la represión de la manifestación de 400 campesinos que vivían en condiciones extremas de pobreza y de explotación por parte de los propietarios de tierras, y que protestaban contra la política impositiva y la falta de servicios sanitarios básicos de la comuna. Inmediatamente después, el Gobierno de Giolitti aplicó medidas represivas rigurosas y “ejemplares” para evitar el contagio de la agitación social en el Mezzogiorno.

92 Como también será más tarde el caso de las izquierdas infantiles en la Internacional Comunista.

93 Habrá que esperar hasta el III Congreso de la Internacional Comunista (1921) y la preparación ulterior de la insurrección comunista en Octubre de 1923 en Alemania para que los bolcheviques, paciente pero firmemente, expliquen a los comunistas occidentes en qué consiste la preparación revolucionaria de la clase, en qué consiste la estrategia y la táctica revolucionaria, en qué consiste la preparación de la insurrección, y en qué reside la diferencia entre éstas y la “fraseología revolucionaria” (la que expresa sí una voluntad de lucha, pero también un vacío de ideas). Pero hay que reconocer que, salvo en Rusia (donde el proletariado había hecho la experiencia de la Revolución de 1905), en toda la Europa occidental lo que los revolucionarios tenían en mente eran las revoluciones populares espontáneas de 1879, de 1830, de 1848-1850 y la proletaria de la Comuna de París. Engels mismo había afirmado que las experiencias barricaderas de aquellos años habían perdido gran parte de actualidad frente a la evolución y el reforzamiento de los órganos represivos del Estado moderno. Los revolucionarios de inicios del Siglo XX, si carecían de una sólida base marxista, estaban reducidos a imaginar nuevas vías, en vez de buscar en las experiencias reales las nuevas formas de lucha de las masas y la manera de intervenir en ellas.

94 La coyuntura política general en el país, la crisis económico-social de los años 1913-1914, la orientación dada por Mussolini al Avanti! y la política de intransigencia parlamentaria y electoral de la dirección del Partido hicieron que el número de afiliados pasase de 28.689 (y 1003 secciones) a 45.102 (y 1565 secciones). Antes del Congreso de 1912, el número de copias del Avanti! nunca había superado los 34 mil ejemplares diarios; en 1913 subió a unos 50 mil (oscilando entre 30 y 74 mil), y a fines de 1914 rondaban los 60 mil (yendo en ocasiones hasta las 100 mil). [De Felice, op.cit., pp.188-189]

95 Nos detendremos de manera relativamente extensa en las posiciones defendidas por Bordiga para seguir su evolución desde sus inicios, a causa del papel que él jugará más tarde en el movimiento comunista italiano. Pero muchas de sus posiciones, de una u otra manera, fueron también enunciadas y compartidas por otros militantes de la juventud socialista, y muchas de ellas previamente avanzadas por Mussolini (sin necesariamente hacer suyas todas las teorizaciones y argumentaciones de este último). Lo que Bordiga tuvo de particular fue una fuerte coherencia interna en sus teorizaciones y una gran continuidad a lo largo de los años, aunque con no pocas evoluciones como resultado de la influencia ejercida ulteriormente por la Revolución rusa y los bolcheviques. El análisis de las posiciones de Bordiga en este período nos permitirá tener un cuadro más completo del abanico de posiciones presentes en la extrema izquierda socialista, con las cuales esta tendencia debió enfrentar la gran crisis del movimiento obrero en la I Guerra Mundial.

96 “La gioventu’ socialista e le organizzazioni economiche”, L’Avanguardia, 5-9-1912; “Dal principio al metodo”, Avanti!, 3-2-1913. El lector podrá encontrar los artículos de Bordiga en: “A. Bordiga, Scritti 1911-1926, vol. I al VII; ed.Fondazione Amadeo Bordiga; y algunos de ellos en: http://www.quinterna.org/archivio/1911_1920/1911_20.htm]. Algunas traducciones francesas de sus escritos de los años 1912-1920 están en: Amadeo Bordiga, “Histoire de la Gauche Communiste (1912-1920)”, vol.I y vol.I bis. Esta traducción se puede descargar de la web: http://classiques.uqac.ca/classiques/bordiga_amedeo/histoire_gauche_com_I/HGC_t_I.html http://classiques.uqac.ca/classiques/bordiga_amedeo/histoire_gauche_com_Ibis/HGC_t_Ibis_Ibis.html

97 “l socialismo meridionale e le «questioni morali»”, Avanti!, 1-11-1912; “Il partito socialista e le elezioni”, La Voce, 10.11.1912; “Perchè siamo intransigenti”, La Voce, 6-7-1913; “Motivi di blocco”, L’Avanguardia, 5-10-1913; “In tema di elezioni”, L’Avanguardia, 26-10-1913; “Contro la transigenza intransigente e … viceversa”, Avanti!, 4-11-1913; “Dopo la battaglia elettorale”, L’Avanguardia, 16-11-1913; “Democrazia e socialismo”, Il Socialista, 12 y 16-7-1914.

98 “Democrazia e socialismo”, art.cit.

99 Bordiga, “Il Partito Socialista e le elezioni”, art.cit.

100 “Contro la transigenza intransigente e … viceversa”, art.cit. Cuatro años más tarde Bordiga proclamará que su “intransigencia” estaba basada en “razones de principio” y en un “apriorismo teórico” [“Le insidie degli « indipendenti »”, Avanti!, 10-4-1916]

101 “Por marxismo nos referimos al método enunciado por Marx y por muchos otros, que en la interpretación de la historia humana y las relaciones sociales se basa en el estudio de los fenómenos económicos y de las fuerzas productivas; llega al concepto genérico de que la historia de la sociedad humana es la historia de la lucha entre clases de hombres que se diferencian  por las características de sus condiciones económicas; y culmina en el diagnóstico de la lucha de la clase contemporánea entre burguesía y proletariado, construyendo una teoría y un programa que concluyen prediciendo el triunfo del proletariado, después de lo cual la sociedad ya no estará más dividida en clases, porque el hombre habrá aprendido a controlar las fuerzas productivas en lugar de ser su instrumento y su víctima. La adhesión a estos conceptos generales, magníficamente elucidados en algunos escritos clásicos del socialismo, no implica una aceptación ciega porque lleve la firma de Marx u otro de nuestros maestros, ni tampoco nos obliga a aceptar – en especial – cada uno de sus posicionamientos tácticos, frente a problemas especiales, bajo la influencia de determinados momentos y circunstancias”. [“La dottrina socialista e la guerra”, L’Avanguardia, 22-10-1916]

102 Bordiga confirmará en febrero de 1918 su apreciación crítica de las posiciones de Marx y Engels respecto a la lucha por la democracia en el Siglo XIX: “Pero el sistema del comunismo crítico debe naturalmente integrar la experiencia histórica posterior al Manifiesto y a Marx, y quizás en un sentido opuesto a algunas actitudes de Marx y Engels que resultaron erróneas.” [“Gli insegnamenti della nuova storia”, Avanti! 16-2-1918]. Tres meses después, Bordiga volvió sobre este tema: “Con ello no nos hemos comprometido a jurar por cada frase o cada línea separada del Maestro [Marx – ndr.]; y menos aún por todas las leyes que le parecían que podían ser enunciadas en base al material de investigación del que disponía, [o] por todos los métodos de acción que, en cuanto dirigente del movimiento internacionalista, creyó oportuno propugnar”. [“Le direttive marxiste della nuova Internazionale”, L’Avanguardia, 26-5-1918]

103 En el contexto de la carrera militarista generalizada y de antagonismos imperialistas crecientes entre países europeos a inicios del Siglo XX, prolegómeno de lo que será dos años más tarde el inicio de la Primera Guerra Mundial, la pertinencia de la oposición de la Izquierda Intransigente a toda alianza electoral con los partidos burgueses de izquierda, alianzas promovidas por los reformistas en nombre de la democracia, de las reformas y de la lucha contra el oscurantismo clerical, fue ampliamente confirmada por la parábola política de esos presuntos “aliados”, por sus apoyos a las aventuras coloniales del Estado italiano, y por la ulterior adhesión de todos ellos, en mayo de 1915, a la entrada de Italia en la guerra junto a la Triple Alianza.

104 “L’Equivoco regionale”, Avanti!, 6-3-1914; Discorso de Bordiga al Congresso socialista di Ancona, 1914; “Il socialismo a Napoli e nel Mezzogiorno”, Utopia, 15 y 28-2-2014; “Il movimiento socialista nel Mezzogiorno d’Italia, abril de 1914.

105 Una visión global, profundizada, original y sintética de las posiciones de Bordiga de los años 1910-1926 (y ulteriormente en la segunda posguerra), y de las influencias no marxistas – e incluso anarquizantes – que pesaron sobre él, en el marco complejo del socialismo y del comunismo italiano e internacional, se encuentra en los trabajos aún inéditos de Alessandro Mantovani sobre esta corriente (y que él tuvo la amabilidad de poner en mi conocimiento).

106 “La guerra balcanica”, L’Avanguardia, 1-12-1912.

107 “Intorno al Congresso Internazionale Comunista”, Il Soviet, 3-10-1920

108 Lenin, “El derecho de las naciones a la autodeterminación”, abril-junio de 1914; “La revolución socialista y el derecho de las naciones a la autodeterminación”, abril de 1916; “Balance de una discusión sobre el derecho de las naciones a la autodeterminación”, julio de 1916.

109 “Socialismo y feminismo”, L’Avanguardia, 27-10-2012.

110 Aunque el artículo señala que “algunas naciones ya han otorgado a la mujer el derecho de votar”, y que la democracia sólo “ha llevado a conceder el divorcio o poco más que eso”, se desentiende de dichas reivindicaciones al afirmar: “Como a los proletarios que esperan su salvación de las reformitas democráticas, nosotros decimos a nuestras compañeras: (…) la luz de la redención está allí, en la gran conquista revolucionaria, y en ningún otro lugar. Cuidémonos de la democracia femenina, que no será menos dañosa que el clericalismo femenino”.

111 “Sufragio femenino y lucha de clases”, 12-5-1912.

112 Gaetano Arfè, “Il movimento giovanile socialista. Appunti sul primo periodo (1903-1912)”, Ed. del Gallo, 1973, p.78.

113 La posición del movimiento internacional de mujeres socialistas y de la II Internacional – y a pesar de las reticencias masculinas en su seno – de apoyo a la lucha por la igualdad política y jurídica de la mujer, era (y continúa siendo hoy día) una exigencia del movimiento obrero, para llegar a aunar a los asalariados de ambos sexos en un común combate anticapitalista, al hacer de los obreros (y del movimiento de clase en general) luchadores contra todas las discriminaciones y opresiones que pesaban (y siguen pesando) sobre la mujer. Dicha actitud de clase, además, era una condición necesaria para llegar a separar aguas entre el movimiento feminista burgués (cuyo horizonte era la democracia burguesa) y el de las mujeres socialistas (integrada en la lucha por el socialismo).

114 Decenios más tarde, Bordiga mismo reconocerá esa falencia: «En general los revolucionarios intransigentes de aquella época, perspicaces para detectar y combatir el divorcio entre acción económica y acción política, entre reivindicaciones mínimas y programa máximo, caen luego en insuficiencia teórica al definir la naturaleza de este último como “el ideal, el pensamiento, el alma socialista”, a la cual es necesario “educar” a la masa protegiéndola contra el peligro cooperativista». [Amadeo Bordiga, “Storia della Sinistra Comunista (1912-1920)”, vol.I ]. Para ver la manera de cómo la izquierda intransigente planteaba el problema de la preparación revolucionaria, cf. Bordiga, “L’idealismo socialista”, L’Avanguardia,11-8-1912.

115 “Per la cultura socialista”, L’Avanguardia, 13-7-1913. La visión de un partido revolucionario que se proponga a término asegurar la victoria de la insurrección es una condición necesaria, pero no aún suficiente, para calificarla de marxista y para diferenciarla del blanquismo, del anarquismo o del guerrillerismo militarista. Más adeltante tendremos la ocasión de tratar en detalle esta cuestión capital a lo largo de las discusiones que tuvieron lugar en la Internacional Comunista acerca de la función del Partido en la preparación revolucionaria y en la revolución misma.

116 En Italia, esta divisoria de aguas era menos evidente, pues algunos dirigentes sindicalistas revolucionanrios (como Alceste De Ambris y Arturo Labriola) y anarquistas (como Amilcare Cipriani) se presentaron como candidatos a la diputación.

117 “Contro l’abstensionismo”, art.cit. Hablar de la actividad parlamentaria y electoral como del “unico método capaz de daral proletriado “una conciencia capaz de defenderlo de la politiquería oportunista de los partidos no socialistas” era una exageración evidente de Bordiga (quien, al mismo tiempo, hablaba de la actividad electoral como de uno (y por consiguiente no el único) de los terrenos de la actividad política del Partido socialista.

118 “Per la cultura socialista”, L’Avanguardia, 13-7-1913.

119 “Organizzazione e partito”, L’Avanguardia, 20-7-1913. Muchos años más tarde, Bordiga desarrolló una crítica profundizada de la corriente del sindicalismo revolucionario en “Los Fundamentos del Comunismo Revolucionario” (1957). [http://www.sinistra.net/lib/bas/progra/vali/valiidodis.html]

120 “Las organizaciones profesionales – escribió Bordiga – representan el primer peldaño en el desarrollo de la conciencia de clase que prepara al proletariado para el socialismo. Ellas reclutan a todos los trabajadores que, sin ser todavía socialistas, aspiran a mejorar sus propias condiciones. El deber del Partido socialista es apoyar con todas sus fuerzas la organización económica de las masas. Paralelamente a la organización de los trabajadores en los sindicatos de oficio, es un deber igualmente elemental y urgente llevar adelante una intensa propaganda socialista a favor de la solidaridad de todos los explotados, para que la aspiración a la emancipación total de todas las cadenas se haga sentir cada vez más imperiosamente entre las masas, y para que lo que hoy es el sueño ardiente de unos pocos precursores se convierta mañana en deseo consciente de las multitudes”. [“Partito socialista e organizzazione operaie”, Avanti!, 30/01/1913; cf. también “La gioventù socialista e le organizzazioni economiche”, L’Avanguardia, 15-9-1912 y “L’unità proletaria”, Avanti!, 1-8-1913. La oposición de Bordiga a la estrechez corporativa era ampliamente compartida en el seno de la Federación juvenil y en la Izquierda Intransigente del PSI [Arfè, op.cit., pp.81, 118-119].

121 “Il soldo al soldato”, Opúsculo de la FJSI, 1913; “L’inquisizione militare”, L’Avanguardia, 2-3-1913; “Contro la guerra mentre la guerra dura”, L’Avanguardia, 25-8-1912; “L’irredentismo”, L’ Avanguardia, 11-1-1914.

122 Delegado de la Federación del Piamonte y futuro representante de la corriente de derecha del comunismo italiano.

123 Al hacer hincapié en el papel ideológicamente conservador de las estructuras e instituciones educacionales de la sociedad burguesa (lo que para un marxista es una verdad incuestionable, incluso cuando son laicas y están organizadas por un régimen democrático), Bordiga no hizo entonces referencia a las funciones no ideológicas e indispensables que dicho sistema cumple en dirección de las masas trabajadoras: a saber, la necesaria instrucción técnica (en el sentido más amplio de la palabra) que va de la alfabetización a la capacitación requerida para la participación de las masas proletarias en las áreas más amplias de la actividad productiva de la sociedad actual. Para un marxista, si en las esferas técnicas la capacitación de las masas obreras debe ser asumida por las instituciones públicas, su formación ideológica debe ser un eje permanente del movimiento revolucionario. Para una presentación de las posiciones de Marx y Engels acerca de la educación, cf. “Critique de l’éducation et de l’enseignement – Une anthologie de Marx-Engels sur l’éducation, l’enseignement et la formation professionnelle”, publicado por Roger Dangeville [http://classiques.uqac.ca/classiques/Engels_Marx/critique_education_enseignement/critique_enseignement.pdf]

124 “Preparazione culturale o preparazione rivoluzionaria”, L’Avanguardia, 20-10-1912; Moción anticulturalista en el Congreso de Boloña; “Per l’educazione rivoluzionaria della gioventù operaia”, L’Avanguardia, 30-6-1912; “Il «punto di vista»”, Ibidem, 15-12-1912;  “La notra missisone”; Ibidem, 3-2-1913; “Il problema della cultura”, Avanti!, 5-4-1913.

125 Bordiga, “Lettera del rappresentante della corrente di sinistra al director de L’Unità”, 14-10-1912.

126 “Por lo tanto, tenemos derecho de decir que, si no todos, una parte del proletariado puede ser hoy consciente de la transformación [socialista, ndr.]. Esta minoría, el proletariado socialista del mundo, tiene su ‘idealismo’ bien claro frente a todos los engaños de la cultura burguesa. Su ‘idealismo’ surge de la lógica simple y terrible de los hechos que, poco a poco, educa y lleva a esa minoría a volverse una vanguardia precursora de la nueva humanidad. (…) Esa minoría heroica es lo que nosotros tenemos como concepto ideal del Partido socialista.” [“La nostra missione”, art.cit.]. Bordiga precisará esta idea en 1920 al sostener que “el partito está en primera línea de la revolución en cuanto potencialmente está constituido por hombres que piensan y actúan como miembros de la futura humanidad trabajadora, en la que todos serán productores armónicamente insertos en un maravilloso engranaje de funciones y de representaciones” [“Per la costituzione dei consigli operai in Italia”, Il Soviet, 4-1-1920]. Ahora bien, si bien es cierto que el programa socialista tiene como objetivo final la instauración de la sociedad sin clases, el último enunciado de Bordiga es de neto corte idealista, ya que la vocación del partido no es la de reagrupar a personas que “piensan y actúan como miembros de la futura humanidad trabajadora”, sino la de volverse el Estado Mayor de la lucha de clase del proletariado, a la espera de que la dictadura proletaria abra la vía a las transformaciones sociales que, ellas sí, darán lugar a una nueva sociedad y a una nueva Humanidad.

127 “Los comunistas – dice el “Manifiesto del Partido Comunista” de Marx y Engels (1948) – sólo se distinguen de los demás partidos proletarios en que, por una parte, en las diferentes luchas nacionales de los proletarios, destacan y hacen valer los intereses comunes a todo el proletariado, independientemente de la nacionalidad; y, por otra parte, en que, en las diferentes fases de desarrollo por las que pasa la lucha entre el proletariado y la burguesía, representan siempre los intereses del movimiento en su conjunto. Prácticamente, los comunistas son, pues, el sector más resuelto de los partidos obreros de todos los países, el sector que siempre impulsa hacia adelante a los demás; teóricamente tienen sobre el resto del proletariado la ventaja de su clara visión de las condiciones, de la marcha y de los resultados generales del movimiento proletario.”

128 Cortesi, op.cit., p.560.

129 El IV Congreso de la CGdL de mayo de 1914 reconfirmó su tendencia tradeunionista preconizada por ciertos reformistas del PSI y por el PSRI de Bissolati y Bonomi.

130 Cortesi, op.cit., pp.566-572.

131 En el Congreso de la sección socialista de Milán que tuvo lugar en marzo de 1914, donde fue elegido commo delegado al Congreso de Ancona, Mussolini se declaró un “municipalista convencido” [De Felice, op.cit., p.184]. El reformista Modigliani, durante su intervención sobre la táctica en este Congreso, no afirmó nada diferente a ese banal reformismo municipal desligado de perspectivas políticas a nivel nacional [Cortesi, op.cit., pp.597-602].Señalemos que para poder hablar de política revoluciónaria a nivel municipal (tal como lo hará más tarde la Internacional Comunista) hay que poseer previamente una política revolucionaria a nivel nacional. En caso contrario, se trata de simple reformismo.

132 Amadeo Bordiga, Scritti 1911-1926, vol.1, pp.411-418. Las propuestas de Mussolini y Modiglini no eran diferentes a la política auspiciada y realizada a nivel comunal por el PSRR en los años 1880, política que lo había llevado a un callejón sin salida [§I-2].

133 Cortesi, op.cit., pp.609-610.

134 Un informe detallado de estos acontecimientos se encuentra en: Luigi Lotti, “La Setimana Rossa”, ed. Felice Le Monnier, 1965.

135 De Felice, op.cit., pp.200-204; Pierre Milza, “Mussolini”, Librairie Arthèle Fayard, 1999, pp.159-162.

136 Esta impreparación constituirá una característica permanente de este Partido hasta su disolución bajo el régimen fascista.

137 Estos acontecimientos volverán a reiterarse, exactamente de la misma manera, durante la posguerra, en particular en ocasión del enfrentamiento decisivo de agosto de 1922 entre el movimiento obrero y el fascismo.

138 La comunicación telefónica del 10 de junio a las 16h30 entre el secretario general del Partido, Lazzari, y el secretario de la CGdL, Rigola (interceptada por las fuerzas de inteligencia gubernamentales) es la prueba tangible de la impotencia de la intransigencia socialista. Durante el intercambio verbal, Lazzari se opuso a la interrupción de la huelga general por motivos estrictamente parlamentarios, porque “hoy es una jornada parlamentaria de extraordinaria importancia, y esta noche debemos reunirnos después de la (sesión parlamentaria) y, por consiguiente, es a nosotros a quienes corresponde decidir”. Ante el rechazo de Rigola de suspender la orden del cese de la huelga, Lazzari se exclamó: “Esta es la manera de dar al Ministerio todas las cartas en la mano. ¡Ah, Ustedes hubieran debido avisarnos antes! (…) ¿Ahora cómo hacemos desde un punto de vista político? (…) ¿[Y] cómo harán hoy los diputados para defenderse?”. Ante la oposición irreductible de Rigola, Lazzari exclamó: “¡Basta! Si tienen el modo de suspender la orden, bien; de otro modo no sé qué podrá suceder. De otro modo vosotros cargaréis con la responsabilidad”. En ese preciso momento el operador telefónico interrumpió la conversación porque se había agotado el tiempo reglamentario correspondiente al pago de dos unidades … [De Felice, op.cit., pp.677-678].

139 Por su parte, el intransigente Serrati reivindicó haber sido uno de los primeros en reclamar el cese del movimiento. [De Felice, op.cit., p.210]

140 “La continuación de la huelga sería un gesto magnífico que por cierto aquí en Milán tendría un éxito completo, pero yo me pregunto si no sería un gesto inútil, dado que en las otras ciudades de Italia la huelga está acabada y, donde no está acabada, agoniza”. [Discurso público pronunciado en Milán y publicado en el Avanti! del 12-6-1914]

141 El día 12 Malatesta llamó a continuar la lucha para transformarla en Revolución.

142 En su Introducción de marzo de 1895 a “Las luchas de clases en Francia de 1848 a 1850” de Marx, Engels afirmó que “[la] rebelión al viejo estilo, la lucha en las calles con barricadas, que hasta 1848 había sido la decisiva en todas partes, estaba considerablemente anticuada.”

143 Sede del Gobierno italiano.

144 Los reformistas, en la Critica Sociale y por boca del grupo parlamentario socialista descargaron sus baterías contra las posiciones asumidas por el Avanti! y Mussolini, reafirmando sus posiciones legalistas, evolucionistas y antirrevolucionarias de siempre. El día 20 de junio el GPS publicó una declaración de repudio al movimiento de la Semana Roja, acusando a la política gubernamental de bloquear las “urgentes reformas económicas y sociales” por los “despilfarros militaristas y pseudocolonialistas”, lo que “(frustraba) la obra educadora y disciplinadora del Partido socialista” con miras a “la transformación gradual del ordenamiento político y social”, “rehabilitando (así) en la masa el culto de la violencia (en contraste con) el concepto fundamental del socialismo internacional moderno, según el cual las grandes transformaciones civiles y sociales, y en particular la emancipación del proletariado de la servidumbre capitalista, no se consiguen gracias a explosiones de la muchedumbre desorganizada (sic), cuyo fracaso resucita y reaviva las más malvadas y estúpidas corrientes reaccionarias del interior. Es necesario, pues, permanecer más que nunca en el terreno parlamentario y en la propaganda entre las masas (…) intensificando al mismo tiempo la obra asidua y paciente, la única verdaderamente revolucionaria, de organización, de educación, de intelectualización (sic) del movimiento proletario”.

145 Alceste y Amilcare De Ambris, Corridoni, Michele Bianchi, Cesare Rossi, Arturo Labriola.

146 Pierre Broué, Révolution en Allemagne (1917-1923), Les Editions de Minuit, 1971  [http://marxists.anu.edu.au/francais/broue/works/1971/00/broue_all.htm]. Existe una traducción en castellano de sus 12 primeros capítulos: [http://www.marxistarkiv.se/espanol/clasicos/broue/revolucion_en_alemania.pdf; §I, pp.6-7]

A lo largo de este trabajo recurriremos a menudo a la información histórica suministrada por Broué en su libro sobre los acontecimientos en Alemania y en la Internacional Comunista entre 1917 y 1923. Quisiéramos aquí rendir homenaje a su inmenso, notable y meritorio trabajo de historiador, sin por ello hacer nuestros los particulares análisis y conclusiones políticas que él hizo y extrajo de aquellos acontecimientos.

147 En 1789, el territorio alemán era un mosaico de 370 territorios soberanos (reinos, principados, ducados, diócesis y ciudades libres). [Anne Deffarges, Introduction à la “Histoire de la social-démocratie allemande (1863-1891)” de F.Mehring, op.cit., p.6]

148 Junto a Austria y Prusia, había una serie de Estados relativamente importantes, como la Baviera, la Sajonia y Hanovre, las ciudades libres de Hamburgo, Bremen y Lübeck, y 30 Estados minúsculos, todos ellos con sus propias legislaciones económicas, jurídicas, impositivas y aduaneras, unidades monetarias y de medidas, amén de las arbitrariedades burocráticas: todo ello constituía una traba estructural a la constitución de un mercado interno a escala nacional.

149 Austria quedará excluida del conjunto alemán tras la victoria de la Monarquía austríaca contra los movimientos revolucionarios en Viena, Praga, Budapest e Italia, y la voluntad de aquélla de mantener la unidad de ese conglomerado heterogéneo de pueblos no germánicos.

150 Broué, op.cit., §I, pp.8-10.

151 Digamos solamente que su historia tuvo inicialmente como telón de fondo a la ley contra los socialistas (vigente de 1878 a 1890). Esta ley puso fuera de la legalidad al Partido y a los sindicatos influenciados por él, obligándolos a desarrollar de manera clandestina el trabajo político, editorial, organizativo y sindical. Desde sus inicios, estuvo atravesado por luchas internas de tendencias que serán constantes en el movimiento obrero del siguiente medio siglo en Europa, entre los partidarios de la Realpolitik, quienes buscaban aceptar un modus vivendi con el Orden establecido (en el caso alemán se trataba del Régimen imperial), los socialistas marxistas y los extremistas de izquierda que rehusaban todo trabajo legal en el estrecho marco impuesto por el Régimen. [F. Mehring, op.cit.]

152 Ruth Fisher, “Stalin and German Communism”.

153 Rosa Luxemburgo, “Cuestiones de organización de la socialdemocracia rusa”. Este fenómeno histórico excepcional explica en parte la reticencia que tendrán ulteriormente los revolucionarios alemanes (los Espartaquistas) en provocar la escisión del SPD gangrenado por el reformismo, sumergido en la colaboración de clases y habiendo ya adherido a la guerra imperialista; así como la extrema dificultad que tendrá aún más tarde el movimiento comunista para arrancar a las grandes masas del proletariado alemán de la influencia directa de la socialdemocracia contrarrevolucionaria.

154 Broué, op.cit., §II, pp.13-14.

155 Carl E. Schorske, “German Social Democracy, 1905-1917”, Harvard University Press, 1993, p.24.

156 La estructura federal del Imperio alemán, con sus múltiples Estados regionales (Lands) e instituciones representativas correspondientes, dio al reformismo importantes bases locales y una gran libertad de acción, sobre todo en el sur del país donde el desarrollo industrial moderno era muy limitado (Baviera, Wurtemberg, Bade, Hesse). La debilidad del proletariado en estas regiones hizo que la burguesía estuviese más dispuesta a otorgar el derecho al sufragio universal en las elecciones en algunos de los Landtag regionales. [Ibidem, pp.24-27]

157 La cuestión de la huelga general había sido tema de discusión y de una Resolución del Congreso de Ámsterdam de la Internacional Socialista (1904). La Resolución decía muy genéricamente que este método de lucha podía ser adecuado para “lograr importantes cambios sociales o para oponerse a proyectos reaccionarios que incumban a los derechos de los trabajadores”. [Ibidem, p.35]

158 R. Luxemburgo, “Huelga de masas, partido y sindicatos”, 1906. [www.marxists.org/espanol/luxem/06Huelgademasaspartidoysindicatos_0.pdf]

159 Schorske, op.cit., pp.43-44.

160 En 1905, en el Congreso de Colonia de los sindicatos socialdemócratas, su secretario general, Legien, sostuvo que “para seguir construyendo a nuestras organizaciones, nosotros tenemos necesidad de calma en el seno del movimiento obrero”, calificando a la huelga de masas de despilfarro inútil de fuerzas. [Joseph Rovan, “Histoire de la social-démocratie allemande”, Ed. du Seuil, 1978, op.cit, p.132]

161 Esta era una expresión suficientemente vaga como para englobar toda cuestión política, económica o social.

162 Schorske, op.cit., p.49.

163 Rosa Luxemburgo comparó esa relación con la de una pareja en la que el marido le dice a su esposa: “Cuando estemos de acuerdo, tú decidirás; cuando no lo estemos, yo decidiré”.

164 Si bien en el Partido las tendencias anti revisionistas eran en ese momento mayoritarias, todo lo contrario ocurría en las organizaciones sindicales, donde el reformismo tenía una posición dominante. En 1906, la relación entre los afiliados a los sindicatos y al Partido era de 4 a 1. En un Partido cada vez más absorbido y dominado por las preocupaciones electorales y parlamentarias, el peso político de los sindicatos sobre él terminará siendo decisivo. Al extremo de que el acuerdo entre el SPD y las Centrales sindicales será completado en 1908 decretando la expulsión del Partido de todo afiliado que adhiriese a una organización sindical autónoma respecto a las Centrales. [Schorske, op.cit., p.261]

165 Ibidem, p. 73.

166 Este opúsculo provocará en octubre de 1907 la condena de Liebknecht a 18 meses de prisión.

167 Toda la argumentación de Bebel y Noske a favor de sus propuestas de reforma del Ejército sólo podía explicarse a partir de una visión reformista, gradualista, pacifista y parlamentaria de la conquista del poder. Con esta perspectiva, las reformas preconizadas permitirían, por un lado, la defensa de esa Alemania cuyo desarrollo económico era la premisa del socialismo; y, por otra, que el futuro poder socialista pudiese heredar un Ejército ya listo para la defensa de la Patria socialista contra los enemigos externos. No se trataba de destruir al Estado burgués, sino de reformarlo y consolidarlo.

168 Por mitad por sindicalistas y en la otra mitad había una buena cantidad de reformistas delegados de las organizaciones de los Lander con fuerte dominante revisionista. [Schorske, op.cit., p.80]

169 Los reformistas de todo pelaje se oponían a recurrir a la Huelga General contra la guerra por el hecho de oponerse sistemáticamente al empleo de este método de lucha. Los revolucionarios marxistas (Lenin incluido), se oponían a hacer de la Huelga General el método obligado de lucha contra la declaración de guerra (a la manera del “revolucionarismo” inconsistente de Gustav Hervé), sin tener en cuenta el contexto real y la relación de fuerzas en presencia, pero lo consideraban siempre como uno de los más importantes métodos de combate disponibles en el arsenal proletario, afirmando al mismo tiempo que se debía aprovechar la situación provocada por la guerra para impulsar la lucha revolucionaria y el derrocamiento del Orden burgués.

170 Y ello a pesar de que el SPD hubiera debido votar en contra por estar en principio comprometido por la Resolución anticolonialista aprobada en su Congreso de Mainz de 1900. En las discusiones internas de la delegación, la oposición al voto favorable fue defendida por Georg Ledebur. Este hecho prefiguró el dramático acontecimiento de agosto 1914, en que la totalidad de los diputados socialistas votarán los créditos de guerra a pesar de las decisiones internacionales y de la oposición interna de 14 diputados en el mismo Grupo parlamentario (oposición que incluyó, en ese momento, a Ledebour).

171 “En este momento sólo es posible intuir las formas que asumirá este gigantesco e increíble desmoronamiento del (régimen zarista), qué fuerzas va a desencadenar, qué acontecimientos va a provocar. Pero una cosa ya es segura: No se limitará a Rusia, sino que provocará una conmoción en Europa. La ruina económica del Estado ruso asestará un golpe terrible al capitalismo europeo, principalmente en Francia y Alemania (…) y se extenderá a las nacionalidades fragmentadas que también forman parte del Imperio ruso, provocará una profunda excitación en el proletariado del mundo entero y llamará al asalto contra todos los obstáculos que se oponen a su avance”. [“1789 – 1889 – 1905”, 3-5-1905; https://www.marxists.org/francais/kautsky/works/1905/05/kautsky_19050503.htm]

“[Lo que la Revolución rusa] promete inaugurar es (…) una era de revoluciones europeas que se concluirán en la dictadura del proletariado, en la puesta en marcha de la sociedad socialista”. [“Ancienne et nouvelle Révolution”, 9-12-1905; https://www.marxists.org/francais/kautsky/works/1905/12/kautsky_19051209.htm]

172 Como perfectos burócratas, los altos dirigentes sindicalistas llegaron a afirmar que era más importante la disciplina interna en los sindicatos que el entusiasmo de los afiliados [Schorske, op.cit., pp.260-262]. Numerosos futuros jerarcas de la socialdemocracia contrarrevolucionaria (los Bauer, los Ebert y congéneres) habían hecho previamente sus experiencias político-organizativas en los sindicatos socialdemócratas.

173 Kautsky comienza citando un artículo suyo, “Catecismo socialista”, escrito en 1893.

174 Aquí Kautsky confunde adrede dos cosas bien diferentes: (a) provocar una revolución gracias a la sola voluntad de una vanguardia revolucionaria (a lo que ningún marxista podría suscribir), y (b) trabajar para preparar las mejores condiciones políticas, organizativas y subjetivas para que el proletariado pueda salir victorioso de una futura situación revolucionaria.

175 En su polémica de 1912 contra Anton Pannekoek a la que se refiere Lenin en “El Estado y la Revolución”.

176 Schorske, op.cit., p.247.

177 En Prusia (el Land más importante del Reich alemán), el sistema para la elección de diputados en el Landtag consistía en la partición del electorado (constituido por los hombres mayores de 24 años) en tres clases, de manera que cada una de ellas contribuyese por el mismo monto total de impuestos directos. La primer clase correspondía al tercio superior, la segunda al tercio intermedio, y la tercera al tercio inferior, y cada clase elegía el mismo número de diputados. En 1849, año de inauguración del sistema, la primer clase abarcó al 4,7% del electorado, la segunda al 12,7% y la tercera al 82,6%. Las clases sociales trabajadoras tenían un peso electoral muy reducido en comparación con la burguesía y los terratenientes, e incluso en relación a la clase media. Además, el voto era “cantado”. Cuando la socialdemocracia ya tenía un caudal de 35% de votos en el Reichstag alemán, nunca tuvo en el Lantag de Prusia más de 10 representantes sobre un total de 443 diputados. [Rovan, op.cit., p.117]

178 Schorske, op.cit., pp.172-175.

179 El Vorwärts era el órgano central del SPD y del Partido en Prusia, mientras que el Neue Zeit era la revista teórica más importante del Partido.

180 La versión inglesa se encuentra en: https://www.marxists.org/archive/luxemburg/1910/03/15.htm

181 Lo que es cierto en general y evidente en Alemania a causa de la tendencia a la inacción dominante en las direcciones de estas organizaciones.

182 Al rechazar la publicación del artículo de Rosa Luxemburgo, las direcciones de ambos periódicos decidieron censurar la propaganda interna de la más destacada dirigente de la izquierda radical.

183 Como ya dijimos anteriormente, esto ocurrirá en noviembre de 1918 (como consecuencia de la guerra, de la Revolución de Octubre, de la acción revolucionaria del Espartaquismo y del movimiento insurreccional del proletariado alemán) cuando el poder “caerá” en manos de la corriente mayoritaria de la socialdemocracia alemana, que en esa situación hará todo lo posible por defender el statu quo anterior y se movilizará contrarrevolucionariamente para evitar que el proletariado destruya los pilares fundamentales del poder burgués.

184 La versión inglesa se encuentra en: https://www.marxists.org/archive/luxemburg/1910/theory-practice/

185 Rosa Luxemburgo afirmó además que los 40 años de educación política del proletariado por parte de la socialdemocracia había anclado en él la convicción de que la mejor de las Repúblicas burguesas, no menos que la Monarquía, era un Estado de clase y un baluarte de la explotación capitalista, y que sólo la abolición del sistema del asalariado podía modificar la condición del proletariado. Según ella, esto excluía la posibilidad que la reivindicación de la República pudiese generar en la clase obrera ilusiones pequeño-burguesas acerca de la “soberanía popular”.

186 Cartas de Engels a Bernstein, 18-4-1883 y 24-3-1884, y a Bebel, 11-12-1884.

187 Schroske, op.cit., pp.198-199.

188 El telón de fondo de esta afirmación fue la pérdida de caudal electoral del SPD en las elecciones de 1907, en medio de una furiosa campaña nacionalista y pro-imperialista. [Ibidem, pp.59-63]

189 Ibidem, p.263.

190 “Si vosotros aceptáis la posición de nuestros diputados, entonces estaréis en la situación de que si la guerra se desatase y esta situación no pudiese ser impedida, y si la cuestión se llegase a plantear que los costos (de guerra) debieran ser cubiertos por impuestos indirectos o directos, entonces vosotros apoyaréis lógicamente los créditos de guerra”. [Ibidem, pp.266-267]

191 Ibidem, pp.242-243. Esa política de bloques políticos con partidos burgueses “de izquierda” ya había sido practicada por la corriente revisionista en los Land regionales.

192 Fue la alianza con el Partido liberal (alianza que comprometía al SPD a apoyar a los candidatos liberales allí donde el candidato socialista fuese previamente eliminado, y recíprocamente), lo que otorgó al SPD la posibilidad de obtener 110 diputados en el Reichstag en las elecciones de 1912. Es de señalar que la única condición para pasar esos acuerdos fue la común oposición al aumento de impuestos indirectos sobre productos de consumo, sin la mínima referencia a una oposición a las leyes excepcionales existentes contra el movimiento obrero ni a un rechazo del incremento del arsenal militar.


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