Capítulo X: Alemania 1923


Índice


1923 fue el año en que la crisis de la sociedad alemana alcanzó niveles que ninguna otra sociedad burguesa moderna había conocido hasta entonces, generando las llamadas condiciones objetivas de una situación revolucionaria1.

Este cataclismo resultó de las consecuencias centrípetas de diferentes causas: la invasión de la Cuenca del Ruhr por las tropas franco-belgas; la inflación desbocada de precios (hiperinflación); la pauperización masiva de los más amplios sectores sociales (proletarios, artesanos, pequeños comerciantes, funcionarios estatales, intelectuales, profesionales independientes, rentistas); la combatividad espontánea y generalizada de grandes masas obreras, concomitante con la conquista de una influencia creciente sobre ellas por parte del KPD; el auge de los movimientos políticos de cuño fascistas y ultranacionalistas; las tensiones dentro del aparato estatal mismo entre los Land regionales (gobiernos provinciales) y el gobierno central; la incapacidad de la democracia parlamentaria, de los gobiernos sucesivos y de la socialdemocracia para dar respuesta a las expectativas acuciantes de la mayoría de la población.

La invasión del Ruhr

1.- En noviembre de 1922 el gobierno de Wirth fue reemplazado por el de Cuno (del Partido del Pueblo Alemán, financiado por Stinnes y representante directo de la gran industria y de la alta finanza).

En enero de 1923, la invasión por tropas francesas y belgas de dos tercios de la Cuenca del Ruhr, sede de explotaciones mineras y de la industria pesada (Düsseldorf, Dortmund, Bochum y Essen incluidas) agudizó hasta el paroxismo la ya para entonces gravísima situación social, económica y política del país2. La invasión tuvo lugar tras el rechazo del pedido de una segunda moratoria de tres a cuatro años para el pago de las reparaciones de guerra exigidas por Francia.

La región ocupada por las tropas franco-belgas (con un total inicial de 175 mil militares que ascenderá a 237 mil en el verano de 1923) concernía: una población de 4 millones de habitantes (de los cuales más de 800.000 eran obreros mineros y metalúrgicos), 225 pozos de minería, 66 altos hornos. La región abastecía 71% del carbón alemán, 85% de coque, 57% de hierro, 64% de acero, 57% de productos laminados, 61% de asfalto, 60% de benceno. En su red ferroviaria de 1600 km (la más densa del mundo) circulaba 34% del total de las mercancías del país. El puerto de Duisburg-Ruhrort era el más grande del planeta. En 1920 la región del Ruhr y de Renania producía 41% de la producción carbonífera del continente europeo y 56% de la de hierro3.

Para la gran burguesía alemana la ocupación del Ruhr era preferible al pago integral de las reparaciones en las condiciones impuestas por los vencedores, y la preconizada política de resistencia pasiva apuntaba a ejercer una presión sobre el ocupante para que acepte un compromiso más favorable para la burguesía alemana4. La invasión respondía además a los resquemores del gobierno francés ante la firma del Tratado de Rapallo entre Alemania y la Unión Soviética [§IX-6], amén de prospectar la posibilidad de un Estado Renano independiente que hubiera reforzado la posición geopolítica de Francia en Europa5.

Como ocurrió en agosto de 1914, la invasión del Ruhr provocó en Alemania una fuerte marejada de Unión Sagrada. El Parlamento dio casi unánime su apoyo a la política decidida por el Gobierno por 284 votos contra 12 (de los cuales 10 provenían de los diputados comunistas), y 16 abstenciones socialistas. La invasión del Ruhr tuvo como resultado inmediato el voto de poderes excepcionales en manos del Gobierno Cuno quien, en nombre de la resistencia pasiva al ocupante, podía gobernar por decretos en las áreas judicial, económica, financiera y social.

La política de resistencia pasiva consistía en que las empresas del Ruhr no debían trabajar para el ocupante o para las reparaciones de guerra6 (e implicaba también la suspensión por parte del Gobierno del pago de las reparaciones previstas para Francia y Bélgica). Los funcionarios y la policía debían rehusarle toda colaboración. Varios empresarios (Thyssen en particular) fueron procesados por negarse inicialmente a trabajar para el ocupante. Los obreros de muchas minas y los ferroviarios se negaron a trabajar bajo la amenaza de las bayonetas7. Lo mismo ocurrió en los centros postales y de telégrafos. En represalia, las autoridades de ocupación dejaron cesantes a 150.000 empleados gubernamentales y ferroviarios en la primera mitad de 1923 (de los cuales 110.000 fueron expulsados de los territorios ocupados). Todos los trabajadores ferroviarios fueron dados de baja y reemplazados por soldados y voluntarios franceses y belgas. Los aduaneros y policías fueron reemplazados por gendarmes franceses.

La resistencia inicial contra el ocupante endureció la represión francesa según las políticas clásicas en este tipo de situaciones: toque de queda, restricción de condiciones de circulación, autorización de abrir fuego contra la población, prohibición de concentraciones en la vía pública, restricción de entradas y salidas del territorio, cierre de fronteras, pena de muerte por sabotaje, traslado de prisioneros a cárceles francesas y belgas, censura de la prensa, represalias colectivas, represalias contra las familias de imputados (ancianos y niños incluidos), expulsión arbitraria del territorio, rehenes como “garantía” contra los atentados8. Amén de la expropiación de reservas monetarias depositadas en los bancos, las administraciones y las municipalidades (un total de 23 millones de marcos-oro fueron así secuestrados hasta el mes de septiembre de 1923)9.

El Gobierno Cuno debió comprometerse a pagar los salarios de los 110.000 funcionarios despedidos, como también los de los trabajadores licenciados por haber resistido directamente las órdenes de las fuerzas de ocupación, y ⅔ de los ingresos de quienes habían perdido sus trabajos por otros motivos. Además de las sumas colosales puestas a disposición de las empresas industriales y mineras que habrían sido penalizadas por la política de resistencia pasiva10 (y que ellas utilizaban para especular contra el marco). Todo ello financiado con la “plancha de billetes”, exacerbando hasta el paroxismo una hiperinflación totalmente desbocada. A esos gastos del Estado se añadía el costo de la importación en divisas de carbón del extranjero (mucho más caro que el nacional) y el financiamiento interno de la diferencia de precio entre el carbón importado y el nacional (incluidos los gastos de transportes suplementarios en el país). Por otra parte, la ocupación del Ruhr suscitó graves inconvenientes para el funcionamiento de la industria alemana y agravó la desocupación obrera.

La política de resistencia pasiva tuvo progresivamente un alcance muy limitado por la actitud de las patronales de la minería y de la industria que casi no suspendieron sus actividades comerciales con Francia y con las fuerzas de ocupación11. Entre el 11 de enero y el 2 de mayo de 1923, las fuerzas de ocupación sólo consiguieron 14% de las reparaciones exigidas (560 mil toneladas de carbón), pero ya el 15 de julio el total entregado o confiscado fue de 1,5 millones de toneladas, y se elevará a 2 millones al mes siguiente. En tanto, las minas del Ruhr continuaron trabajando a pleno. Y mientras que los trabajadores alemanes no disponían del carbón que se acumulaba en los depósitos de las minas del Ruhr, las fuerzas de ocupación no tenían dificultad en hacerse con ellos. Paralelamente, la industria química alemana acordaba con el gobierno francés la venta de secretos industriales y la construcción de una fábrica de explosivos en Francia. Las pequeñas empresas industriales, comerciales o artesanales (quienes no recibían tan generosamente los subsidios gubernamentales como en el caso de las grandes empresas) se apresuraron a romper las consignas de resistencia pasiva12.

El fracaso de la resistencia pasiva abrió la vía a acciones terroristas de los grupos paramilitares nacionalistas: atentados contra militares (sobre todo soldados), sabotajes contra puentes, canales, esclusas, túneles, trenes, líneas telegráficas, eléctricas y telefónicas. La represión hará un mártir del movimiento nacionalista de extrema derecha, Leo-Albert Schlageter, y pronunciará otras condenas a muerte (conmutadas por trabajos forzados a perpetuidad).

En los años 1919 y 1920 la Cuenca del Ruhr había sido el teatro de enfrentamientos sangrientos entre el proletariado y las fuerzas represivas del Estado alemán. Ahora la clase obrera del Ruhr también debía enfrentarse con las de ocupación.

“La tragedia tiene lugar en los barrios obreros, donde el alza de los precios, el aumento del desempleo y la miseria provocan explosiones de odio, manifestaciones callejeras reprimidas por los ocupantes: en Buer-Recklinghausen lanzan los tanques contra los trabajadores que desfilan. En Essen, el 31 de marzo, los 53.000 trabajadores de Krupp paran el trabajo cuando se enteran de la llegada de una comisión aliada y, al saber que el ejército francés requisaba los camiones utilizados para transportar sus suministros, manifestaron directamente contra el ocupante: trece muertos y cuarenta y dos heridos. Pocos días después, no reaccionaron cuando el propio Gustav Krupp fue arrestado. De hecho, están atrapados entre dos fuegos, y sus reacciones espontáneas, con frecuencia alimentadas por provocaciones, a menudo los llevan a ser golpeados de ambos lados. El 13 de abril, en Mülheim, una multitud obrera irrumpió en el Ayuntamiento y, bajo el impulso de militantes comunistas y anarco-sindicalistas, nombró un consejo obrero para decidir sobre la distribución de alimentos y la formación de una milicia obrera. Las autoridades de ocupación se abstuvieron de intervenir ya que la acción no estaba dirigida contra ellos, pero autorizaron a la policía alemana a entrar en su zona para restablecer el orden: la policía retomó posesión del Ayuntamiento de Mülheim el 21 de abril, luego de combates que dejaron un saldo de diez muertos y setenta heridos”13.

El SPD, sin representación en el gobierno del Reich, adhirió de lleno a la política de Unión Sagrada (aunque con matices que, por su cariz pacifista, la distinguía de la derecha histéricamente nacionalista).

“La colaboración entre el gobierno del Reich y la socialdemocracia fue posible por el hecho de que también el gabinete Cuno se atuvo a la consigna de la resistencia pasiva y rechazó acciones violentas contra las tropas extranjeras. Los sindicatos libres [socialdemócratas, ndr.], que tuvieron un papel clave en la actuación de la resistencia pasiva, a partir de enero de 1923 se acercaron a tal punto al Gobierno del Reich que, al menos en el territorio ocupado, se los podía considerar casi como órganos del Estado. El ministro del Interior de Prusia, Severing [socialdemócrata, ndr.], colaboró secretamente en la institución del “Reichswehr negro”, la formación de voluntarios temporarios, destinados a reforzar la seguridad gravemente amenazada de Alemania”14.

La ocupación del Ruhr y la agravación consecutiva de la situación general en el país provocó el impetuoso auge de los grupos nacionalistas y de los Freikorps apoyados por el Reichswehr (aunque el Partido Nacional-Socialista de Hitler sostuvo que, antes de enfrentar a las fuerzas de ocupación, se debía derrocar a la democracia parlamentaria)15.

El KPD y la invasión del Ruhr

2.- La posición adoptada inicialmente por el Partido comunista ante la invasión franco-belga fue tajantemente internacionalista, libre de toda contaminación nacionalista y de colaboración de clases. El 13 de enero, el diputado comunista Paul Frölich justificó en el Parlamento su voto contrario a la política de resistencia pasiva:

“Estamos en guerra, y Karl Liebknecht nos ha enseñado cómo la clase obrera debe llevar a cabo una política de guerra. ¡Él llamó a la lucha de clase contra la guerra! Esta será nuestra consigna. ¡No a la paz civil, sino la guerra civil!”16.

La consigna lanzada por el KPD al proletariado alemán fue: “¡Golpear a Poincaré y a Cuno en el Ruhr y en el Spree [río que pasa por Berlín,ndr.]!”.

En el Congreso del Partido comunista de Leipzig, al presentar el Informe del Comité Central sobre la situación política mundial, Clara Zetkin lo dijo nítidamente:

“El líder político del capitalismo francés, Poincaré, ocupó militarmente el Ruhr. (…) El líder político del capitalismo alemán, el Sr. Cuno, llama a la resistencia pasiva y al sabotaje. Las mismas camarillas capitalistas, el mismo poder estatal, que hasta ahora sólo tenían ametralladoras y cárceles para los huelguistas, ahora recomiendan que las masas trabajadoras se declaren en huelga. Esto por sí solo debería bastar para despertar las sospechas del proletariado y mostrarles que no son sus intereses los que están representados aquí. (…) La guerra mundial se libró por el carbón y el hierro, que son la base del poder económico y político. Hoy en día, los papeles simplemente se invirtieron. Así como los Stinnes y Thyssen habían lanzado el poder militar alemán sobre las cuencas de Brey y Longwy, Poincaré, dirigido por los barones del acero en Francia, lanzó a sus soldados al Ruhr. (…) No hay diferencia entre el capitalismo francés y el alemán. Ambos son enemigos natos del proletariado. Dada esta situación, sería un crimen pedir a los trabajadores alemanes que confraternizaran con la burguesía alemana. (…) Es divertido ver a la burguesía alemana indignada por la ocupación del Ruhr. ¿No enviaron Ebert y Noske a sus bandas armadas a la cuenca del Ruhr en 1919 para sofocar en la sangre de los trabajadores los comienzos de la socialización y el control de la producción? Y, durante el Putsch de Kapp, ¿no vimos a los guardias blancos del General Watter invadir la cuenca del Ruhr y ametrallar a los trabajadores que acababan de salvar la República? Lo que está ocurriendo ahora es asunto del proletariado internacional, pero sobre todo del proletariado de Francia y Alemania”.17

El 13 de enero, el Ejecutivo de la Internacional lanzó un Manifiesto al proletariado de Francia y Alemania contra la ocupación del Ruhr y contra toda solidaridad nacional, llamando al primero a promover con toda su energía disponible huelgas y manifestaciones contra la ocupación, y al segundo a luchar contra su burguesía y por la formación de un “gobierno obrero” (sin mayores precisiones) dispuesto a combatir tanto a la burguesía como a la ocupación del Ruhr:

“¡Trabajadores alemanes! ¿Qué os espera? Un mar de sufrimiento, una doble opresión, hambre y desintegración. La burguesía ni siquiera puede aseguraros vuestro trozo de pan cotidiano. A vuestra costa, a expensas de la clase trabajadora, ha pactado negocios en común con sus colegas franceses. Incluso en el futuro no se desviará de este camino. ¡Uníos pues en un solo frente proletario poderoso que luche por la conquista de un gobierno obrero! ¡Organizad a través de este gobierno obrero las luchas de resistencia contra los saqueadores extranjeros! ¡Extended la mano a vuestros hermanos franceses que están dispuestos a luchar a vuestro lado contra la criminal burguesía francesa! Llevad a las masas la consigna de la unión con la Rusia soviética. Sólo entonces se podrá doblegar al enemigo”.18

La reacción internacionalista inmediata del KPD y de la Internacional había sido precedida por la propaganda conjunta de los partidos comunistas de Alemania y de Francia contra el Tratado de Versalles y la política agresiva del gobierno francés. En agosto de 1922, el KPD y el PCF se habían reunido en la Conferencia de Colonia para tratar acerca de la crisis de las reparaciones y la amenaza francesa. El Manifiesto de la Conferencia denunciaba la ruina de la economía alemana, la miseria del pueblo alemán, las consecuencias de esta situación sobre la clase obrera francesa, las ambiciones francesas sobre el Ruhr, el peligro que los conflictos entre las grandes potencias en Europa representaba para la paz, y lanzaba las consignas: “¡Abajo el Tratado de Versalles; no a la ocupación del Ruhr; no a la ocupación de territorio alemán!”. La necesidad de cooperación entre el proletariado alemán y el francés fue puesta de relieve en el programa del Partido francés, y el PCF y la CGTU (dirigida por los comunistas) publicaron un Manifiesto común contra la amenaza de ocupación del Ruhr.

Aunque con escasos resultados prácticos, la invasión dio lugar a una fuerte propaganda y agitación en su contra de los comunistas franceses, y en particular de la Juventud comunista, tanto en Francia como en el Ruhr, dirigida al proletriado francés y a la tropa. En Francia, ello desencadenó la represión y procesamiento de dirigentes y militantes del Partido comunista, amén del procesamiento por alta traición en junio de 1924 y la condena de 57 soldados del ejército de ocupación a 130 años de prisión19.

3.- Un primer “bemol” en la campaña internacionalista de la Comintern y del Partido alemán estuvo representado por dos artículos de Thalheimer que reconocían a la burguesía alemana un papel “objetivamente revolucionario” contra el statu quo imperialista.

La burguesía alemana, si bien es contrarrevolucionaria en el ámbito interno [de Alemania, ndr.], se ha encontrado, gracias a la cobardía de la democracia pequeño-burguesa (es decir, de la socialdemocracia en primer lugar), en condiciones de presentarse objetivamente como revolucionaria en el exterior. Por lo menos temporariamente, ella es revolucionaria a pesar suyo en relación con el exterior (así como lo ha sido Bismarck desde 1864 a 1870 y por análogos motivos históricos). […] Pero ya ahora está completamente claro cómo la burguesía alemana, que ha estado obligada a hacerse cargo objetivamente hacia el exterior de la defensa nacional, no tiene la intención, desde un punto de vista subjetivo, de cumplir este papel y, por el contrario, y para decirlo abiertamente, prepara la traición”.20

Thalheimer atribuía una carga revolucionaria a la defensa de los intereses nacionales alemanes contra las consecuencias del Tratado de Versalles; y, por consiguiente, a toda política que se hiciera portavoz de dichos intereses. Según él,

“Si la derrota del imperialismo francés en la Guerra Mundial no ha sido y no podía haber sido un objetivo comunista, la situación ya no es la misma y su derrota en la Guerra del Ruhr constituye un objetivo comunista. Por lo tanto, por el momento el objetivo de los comunistas coincide, aunque de manera limitada, con el de la burguesía alemana, y sus caminos sólo se separarán a partir de la inevitable capitulación de la burguesía alemana frente a la burguesía francesa, y el proletariado alemán tendrá entonces que derrocar a su propia burguesía, antes de concluir victoriosamente su lucha contra el imperialismo extranjero”.21

Thalheimer pretendía hacer del proletariado alemán el heredero de los intereses nacionales de Alemania, y su victoria se inscribiría en la profundización de la lucha por la defensa de esos intereses. El confusionismo de principios y el error de apreciación históricadetrás de esta posicióniban a contramano de todo lo que representaba la Internacional Comunista.

En 1914-1918 el proletariado europeo había sido desmembrado por los partidos socialistas en aras de la defensa de los intereses nacionales de los países respectivos, estos partidos habiendo apoyando en su gran mayoría a sus propias burguesías en la guerra imperialista.

La consigna bolchevique del derrotismo revolucionario que forjó el surco de la Revolución de Octubre fue: “¡El enemigo del proletariado está en nuestro propio país!”. Los bolcheviques veían en la derrota (y no en la victoria) de su propia burguesía una condición favorable de la victoria revolucionaria. La reconstitución de la fuerza revolucionaria de la clase obrera, encarnada por la Comintern, había pasado por la unidad de todos aquellos que, en las metrópolis imperialistas, rechazaban toda solidaridad nacional y toda defensa de intereses nacionales. Fue así como venció la Revolución de Octubre, y fue por ello que los bolcheviques pudieron firmar más tarde el acuerdo de Paz de Brest-Litovsk en desmedro de los intereses meramente nacionales de Rusia.

Atribuirle a la burguesía alemana sometida al Tratado de Versalles un potencial revolucionario contra el Orden imperialista carecía de toda validez histórica. Todo lo que la burguesía alemana podía pretender era una modificación de ese Orden (pero no su derrocamiento).

Ya en 1871, en “La Guerra Civil en Francia”, refiriéndose al aplastamiento de la Comuna de París en manos de la burguesía francesa inmediatamente después de su propia derrota en la Guerra franco-prusiana de 1870 (aplastamiento que estuvo abiertamente favorecido por el Ejército prusiano que ocupaba buena parte de Francia), Marx pudo escribir que las burguesías europeas gobernantes habían agotado todo papel revolucionario y que, a partir de allí, “todos los gobiernos nacionales son uno solo contra el proletariado22.

La misma ocupación de la Cuenca del Ruhr dio una clara ilustración de ello. Cuando a fines de mayo de 1923 la conflictividad social alcanzó niveles tales que las autoridades alemanas del Ruhr se asustaron, la Presidencia del Consejo de Estado de Düsseldorf envió una misiva al jefe de las fuerzas militares francesas, general Denvignes, solicitando su ayuda con la intención de reprimir al movimiento obrero, recordándole que “en la época de la Comuna de París el Alto Comando alemán había aportado una ayuda decisiva para aplastar la insurrección”.

El artículo de Thalheimer suscitó la reacción de dos comunistas checoeslovacos de origen alemán, Sommer y Neurath, quienes atacaron en la prensa internacional sus tesis, denunciándolas como desviaciones nacionalistas. Neurath volverá sobre esta cuestión en el III Ejecutivo Ampliado de la Comintern.

La respuesta de Thalheimer a sus críticos fue incluso más allá de la tesis de su primer artículo, haciendo del proletariado alemán el heredero y el adalid de la lucha por la unidad nacional alemana inacabada, a la que la burguesía alemana habría renunciado definitivamente, y que permitiría neutralizar o ganar para la Revolución a sectores de la pequeña burguesía y del semiproletariado23.

La historia ulterior demostrará con creces que en el área europea los intereses de los grandes Estados nacionales son indisociables de los intereses imperialistas, que la burguesía alemana no había renunciado para nada a la defensa de sus intereses nacionales, y que su más acérrimo defensor será el nazismo (quien en 1938 logró la unidad nacional de los alemanes con la anexión de Austria y de los Sudetes).

La aceptación de la tesis de Thalheimer hubiera abierto una brecha profunda en el seno del proletariado europeo, cuya unidad era la única garantía contra las fuerzas nacionales e internacionales de la contrarrevolución. Refiriéndose a las repercusiones en el proletariado francés de esta toma de posición filo-nacionalista en el KPD, ese peligro será puesto de relieve por Humbert-Droz en septiembre de 192324.

No era con la burguesía ni con el nacionalismo alemán con quien la clase obrera debía caminar un trecho más o menos largo contra el imperialismo francés. Era con el proletariado europeo, francés y ruso en particular, que la clase obrera alemana debía unirse para llegar a vencer a la burguesía alemana, al imperialismo y a todas las corrientes nacionalistas.

En aquel momento estaba claro que el Tratado de Versalles y la política de la burguesía alemana (que generaba en particular la hiperinflación y hacía recaer en las espaldas de las masas trabajadoras y de la pequeña burguesía los costos de la derrota militar) agudizaban el resentimiento social de las clases medias y suscitaba el auge de los movimientos nacionalistas contrarrevolucionarios que veían su salvación en la restauración de la “grandeza” de la Nación y del imperialismo alemán. El Partido comunista se debía de tener una política y un discurso claro en dirección de las capas sociales pauperizadas, y la Internacional lo había hecho hasta ese momento demostrando la necesidad de una alianza revolucionaria entre la Rusia soviética y la Alemania ganada por la Revolución comunista. Pero la posición defendida por Thalheimer implicaba renegar posiciones basilares del comunismo y del internacionalismo.

En el Manifiesto Comunista de 1848, Marx y Engels afirmaron que la pequeña burguesía sólo asume una actitud revolucionaria cuando abandona su propia perspectiva de clase para abrazar el punto de vista del proletariado25.

En sus observaciones críticas de 1902 al Proyecto de Programa del Partido Socialdemócrata ruso de Plejánov, Lenin volvió sobre el tema y propuso añadir que “el pequeño productor que sucumbe bajo el yugo del capitalismo sólo se vuelve efectivamente revolucionario si toma conciencia que su situación es sin salida y adopta el punto de vista del proletariado”. En su crítica al segundo proyecto de Plejánov Lenin añadió una crítica feroz de toda concesión de principio en esta cuestión fundamental:

« Contra los párrafos XI y XII yo tengo una objeción de principio muy grave: ellos presentan de manera completamente unilateral e inexacta la actitud del proletariado hacia los pequeños productores (pues la “masa laboriosa y explotada” se compone justamente del proletariado y de los pequeños productores). Ellos contradicen directamente los principios fundamentales del Manifiesto Comunista y de los Estatutos de la Internacional (…) y abren de par en par la puerta a malentendidos populistas, “críticos” y pequeños burgueses de todo tipo.

« “La masa trabajadora y explotada esta cada vez más descontenta” [dice el Proyecto de Plejánov, ndr.], lo que es exacto, sólo que es falso identificar y fundir, como en el texto, el descontento del proletariado y el descontento de los pequeños productores. El descontento del pequeño productor engendra muy a menudo (y debe engendrar inevitablemente, al menos para muchos de ellos), el deseo de defender su existencia de pequeño propietario, es decir, defender las bases del orden existente e incluso volver hacia atrás.

« “ Se agudiza su lucha, y ante todo la lucha de su representante más avanzado, el proletariado…” [dice el Proyecto, ndr.]. No cabe duda de que también entre los pequeños productores se agudiza la lucha. Pero su “lucha” se dirige con suma frecuencia contra el proletariado, ya que la propia situación del pequeño productor hace que, en muchos aspectos, sus intereses se contrapongan agudamente a los del proletariado. Hablando en términos generales, el proletariado no es en modo alguno el “representante más avanzado” de la pequeña burguesía. Esto ocurre solo cuando los pequeños productores toman conciencia de que su ruina es inevitable, cuando “abandonan su propio punto de vista y adoptan el del proletariado”. Los representantes más avanzados de los pequeños productores actuales que aún no han abandonado “su propio punto de vista” suelen ser el antisemita y el gran terrateniente, el nacionalista y el populista, el social reformista y el “critico del marxismo”.

« “(…) La socialdemocracia internacional encabeza el movimiento de emancipación de la masa trabajadora y explotada…” [dice el Proyecto, ndr.]. Esto no es cierto. La socialdemocracia marcha a la cabeza de la clase obrera solamente, solo del movimiento obrero, y si otros elementos se unen a esta clase, son sólo elementos, no clases. Y sólo se adhieren a la clase obrera de manera íntegra y total cuando “abandonan su propio punto de vista” ».

Esta tirada crítica de Lenin venía como anillo al dedo contra todo intento de echar un puente entre el movimiento comunista y la pequeña burguesía alemana sacudida por los espasmos del nacionalismo.

En una actitud totalmente diferente, Thalheimer pretendía ganar o neutralizar a sectores de las clases medias haciendo que el proletariado revolucionario adoptase uno de los principios reaccionarios de la pequeña burguesía alemana, su defensa de los intereses nacionales de Alemania (intereses que la burguesía alemana supuestamente no podía dejar de traicionar). Este tema resurgirá como resultado del giro de 180° dado por el III Ejecutivo Ampliado en junio de 1923.

4.- En sus artículos, Thalheimer esgrimió dos escritos de Lenin que, supuestamente, hubieran debido justificar la reevaluación del factor nacional alemán como elemento revolucionario antiimperialista.

En el primero de ellos, de 1916, en plena guerra mundial, Lenin criticó y refutó la negación del alcance revolucionario de posibles revueltas nacionales en Europa contra el imperialismo, el zarismo y el Imperio austro-húngaro, y una visión “purista” de la revolución proletaria en Europa que excluyese la participación de otros sectores sociales oprimidos y explotados.

« Se sabe, sin embargo -escribió Lenin-, que los ingleses aplastaron ferozmente el motín de su ejército hindú en Singapur; que hubo intentos de insurrección en el Anam francés (…) y en el Camerún alemán (…); que en Europa, por una parte, se insurreccionó Irlanda, a la que pacificaron mediante condenas a muerte (…); y, por la otra, el gobierno austríaco condenó a muerte a diputados de la Dieta Checa por “traición” y por el mismo “crimen” fusiló a regimientos enteros de checos. Por supuesto, esta enumeración dista de ser completa. No obstante, demuestra que pequeñas llamas de sublevación nacional, relacionadas con la crisis del imperialismo, brotaron tanto en las colonias como en Europa; que las simpatías y antipatías nacionales se manifestaron a pesar de las amenazas y medidas draconianas de represión”.

« El movimiento nacional irlandés, que tiene siglos de existencia, (…) se tradujo, entre otras cosas, en un Congreso nacional irlandés de masas, efectuado en Norteamérica (…), que se pronunció por la independencia de Irlanda; se expresó en combates callejeros, en los que intervino una parte de la pequeña burguesía urbana y una parte de los obreros, luego de prolongada agitación en las masas, demostraciones, prohibición de periódicos, etc. El que llama putsch a semejante sublevación es un reaccionario acérrimo o un doctrinario desesperadamente incapaz de imaginar la revolución social como un fenómeno viviente. Pues creer que la revolución social es concebible sin sublevaciones de las pequeñas naciones [subrayado nuestro, ndr.] en las colonias y en Europa, sin estallidos revolucionarios de una parte de la pequeña burguesía, con todos sus prejuicios, sin el movimiento de las masas políticamente no conscientes, proletarias y semiproletarias, contra la opresión terrateniente, clerical, monárquica, contra la opresión nacional, etc., creer todo esto equivale a renegar de la revolución social. Seguramente se alineará en un sitio un ejército y dirá: “estamos por el socialismo”, y en otro sitio otro ejército, que dirá: “estamos por el imperialismo”, ¡y eso será una revolución social! Sólo desde semejante punto de vista, pedante y ridículo, es concebible tachar de “putsch” la sublevación irlandesa. Quien espera una revolución social “pura”, no llegará a verla jamás. Es un revolucionario de palabra y no comprende lo que es una verdadera revolución ».

« La revolución socialista en Europa no puede ser otra cosa que un estallido de lucha de masas por parte de todos los oprimidos y descontentos. Sectores de la pequeña burguesía y obreros atrasados participarán inevitablemente en esta lucha —sin tal participación no es posible una lucha de masas, no es posible ninguna revolución—, e igualmente inevitable es que lleven al movimiento sus prejuicios, sus fantasías reaccionarias, sus debilidades y errores. Pero, objetivamente, atacarán al capital, y la vanguardia con conciencia de clase de la revolución, el proletariado avanzado, que expresará esa verdad objetiva de la lucha de masas, multiforme, discordante, heterogénea y exteriormente dispersa, podrá aglutinarla y orientarla, conquistar el poder, apoderarse de los bancos, expropiar los trust, odiados por todos ( ¡aunque por diferentes causas!), y realizar otras medidas dictatoriales que componen en suma el derrocamiento de la burguesía y la victoria del socialismo, que no se “purificará” en el primer momento, ni mucho menos, de la escoria pequeño-burguesa.

« (…) ¿No resulta evidente que es inadmisible contraponer Europa a las colonias en este sentido? La lucha de las naciones oprimidas en Europa, capaz de transformarse en sublevaciones y combates callejeros, de llegar hasta romper la férrea disciplina del ejército y del Estado de sitio, “agudizará la crisis revolucionaria en Europa” con fuerza inmensamente mayor que una sublevación mucho más desarrollada en una lejana colonia. Si los golpes son iguales en fuerza, el asestado al poder de la burguesía imperialista inglesa por la sublevación en Irlanda tiene una significación política cien veces mayor que el que se asestara en Asia o en África ».26

En estos párrafos, Lenin se refiere claramente a los pueblos europeos con aspiraciones nacionales, y oprimidos por no poder formar Estados independientes: el irlandés dominado por el Reino Unido, las nacionalidades sometidas al Imperio ruso (Ucrania, Polonia, Países Bálticos, etc.), y las dominadas por el Imperio Austro-Húngaro (checos, eslovacos, húngaros, yugoeslavos), todos ellos con una larga historia de revueltas nacionales (desde 1848, como mínimo).

Era un despropósito pretender (tal como lo hizo Thalheimer en su artículo) equiparar a la Alemania de 1923 (con un Estado nacional propio, históricamente consolidado, y uno de los países capitalistas más desarrollados del planeta) a la Irlanda de 1916 sometida a Inglaterra y a los junkers británicos desde la época de Cromwell.

La necesaria lucha de los comunistas contra el Tratado de Versalles y la invasión del Ruhr debía sí ser hecha en nombre del combate contra la rapiña imperialista y la defensa de los intereses de las masas explotadas, pero esto mismo exigía un combate sin cuartel, político e ideológico, contra la burguesía alemana que, por sus intereses de clase, hacía recaer todo el peso del Tratado de Versalles sobre los hombros del proletariado y de la pequeña burguesía pauperizada.

Una lucha intransigente contra el Tratado de Versalles por parte de la clase obrera internacional podía neutralizar o arrastrar consigo a sectores de la pequeña burguesía alemana (a pesar de todos sus prejuicios de clase), y – tal como lo dice Lenin –, contribuir a la lucha de masas exigida por la victoria de la Revolución, a condición de que la clase revolucionaria no adoptase los prejuicios reaccionarios de la pequeña burguesía, y, en el caso alemán, su ideología nacionalista (que había sido en 1918-1919, y sería ya en 1922-1923 y en los años sucesivos, el emblema de la contrarrevolución y del imperialismo alemán).

El segundo artículo de Lenin citado por Thalheimer en apoyo de su tesis a favor de la lucha contra la invasión francesa del Ruhr en nombre de la Nación alemana es un escrito de 1916 en el que critica la posición de Rosa Luxemburgo que negaba la posibilidad de guerras nacionales “en la época del imperialismo”.

“Que todas las líneas divisorias, tanto en la naturaleza como en la sociedad, son convencionales y dinámicas, que todo fenómeno, en ciertas circunstancias, puede transformarse en su contrario, es, desde luego, una de las leyes básicas de la dialéctica marxista. Una guerra nacional podría transformarse en una guerra imperialista y viceversa. (…) Es altamente improbable que la guerra imperialista actual de 1914-1916 se transforme en una guerra nacional, puesto que la clase progresiva es el proletariado, que lucha objetivamente por transformarla en una guerra civil contra la burguesía [subrayado nuestro, ndr.]. (…) Pero no hay que proclamar la imposibilidad de que ocurra semejante transformación: si el proletariado europeo permanece impotente, digamos, durante veinte años; si esta guerra termina en victorias a lo Napoleón y en el sometimiento de varios estados nacionales viables; si la transición al socialismo del imperialismo no europeo (principalmente el norteamericano y el japonés) también se ve detenida durante veinte años por una guerra entre esos dos países, por ejemplo, entonces podría darse una gran guerra nacional europea. Esto provocaría un retroceso de décadas en Europa.

“(…) [En] la misma Europa, en la época imperialista, no puede considerarse que las guerras nacionales sean imposibles. La “época del imperialismo” convirtió a [la guerra actual] en una guerra imperialista que engendra inevitablemente nuevas guerras imperialistas (hasta que triunfe el socialismo). Esta “época” ha convertido la política de las grandes potencias en imperialista de cabo a rabo, pero de ninguna manera excluye las guerras nacionales de parte, digamos, de países (anexados u oprimidos nacionalmente) pequeños contra las potencias imperialistas, así como no excluye los movimientos nacionales en gran escala en Europa del este [subrayado nuestro, ndr.]. Junius asume una posición muy sobria, por ejemplo, respecto de Austria, estudiando concienzudamente no sólo los factores “económicos” sino también los políticos particulares. Observa la “falta intrínseca de cohesión en Austria” y reconoce que la “monarquía Habsburgo no es la organización política del Estado burgués, sino una laxa corporación de distintas camarillas de parásitos sociales”, y que “la liquidación de Austria-Hungría es, desde un punto de vista histórico, sólo la continuación de la desintegración de Turquía y, a la vez, una necesidad del proceso histórico”. Lo mismo puede decirse en gran medida de los Balcanes y de Rusia. Y si las “grandes” potencias quedan totalmente exhaustas después de esta guerra, o si triunfa la revolución rusa, es muy posible que haya guerras nacionales, inclusive triunfantes. La intervención de las potencias imperialistas no es siempre factible. Esa es una cuestión. La otra es que a la observación superficial de que es imposible que un pequeño estado en guerra contra un gigante triunfe hay que responder con la observación de que una guerra sin esperanzas es una guerra al fin”.27

Tampoco en este pasaje Lenin excluye en lo absoluto guerras nacionales en la Europa de entonces contra las potencias imperialistas, pero en él se refiere clara y fundamentalmente al caso de pequeñas naciones oprimidas por las grandes potencias.

En cuanto a la hipótesis meramente teórica y altamente improbable del desemboque de la guerra imperialista de 14-18 en una guerra nacional en caso de que terminase en el sometimiento de varios Estados nacionales viables [como fue lo que ocurrió luego de la II Guerra Mundial en todo el Este europeo], Lenin supone que su posibilidad estaría correlacionada con la desaparición del proletariado como protagonista histórico central que lucha objetivamente para transformar la guerra imperialista en una guerra civil. Ahora bien, en 1923, el proletariado seguía siendo el protagonista central de ese drama histórico.

Era cierto que la burguesía alemana derrotada se hallaba en situación de inferioridad respecto a las burguesías imperialistas vencedoras, pero la invasión del Ruhr fue la consecuencia directa del rechazo de la burguesía alemana de cargar con los costos de las reparaciones (que incluso una revolución proletaria victoriosa hubiera podido estar obligada a pagar haciéndolas recaer sobre la burguesía). Hacer del choque de intereses entre las burguesías alemana y francesa una lucha “objetivamente” revolucionaria (bien que tildada de “inconsecuente”) por parte de la alemana era una deformación grosera del marxismo y una capitulación política ante el nacionalismo.

La Baviera y el auge de los movimientos nacionalistas radicales

5.- Resultante de la hiperinflación, de la pauperización acelerada de la pequeña burguesía y de los sectores medios (artesanos, comerciantes autónomos, empleados, funcionarios, estudiantes), de desclasados de todo origen social (como militares desmovilizados dejados en la vera del camino y lúmpenes de todo tipo), e incluso de trabajadores de pequeñas y medianas empresas jamás organizados por partidos y sindicatos obreros; de la incapacidad de la democracia alemana para dar soluciones mínimamente viables a las necesidades básicas de las más amplias masas de la población; de la humillación nacional como consecuencia de la invasión de la Cuenca del Ruhr, todo ello generó un odio profundo y una amplia movilización contra la República burguesa y sus pilares parlamentarios, capitalizados por la extrema derecha nacionalista. Las masas ultranacionalistas y fascistas veían en los trastrocamientos político-institucionales generados por las revueltas sociales de 1918-1919 la causa no sólo de la derrota alemana, sino también la de su situación en ese momento de crisis aguda. La socialdemocracia no representaba para ellas una alternativa creíble, siendo uno de los pilares fundamentales de esa democracia aborrecida.

Según un testigo comunista de la situación alemana de 1923, en medio de una situación en que todo el tejido social se desgarraba a velocidad inaudita:

“Nadie, en esta Alemania desangrada, creía verdaderamente en el futuro; pocos pensaban en el bien público. Los capitalistas vivían aterrorizados por la perspectiva de la Revolución. La burguesía media empobrecida veía desvanecerse las viejas costumbres. Sólo los socialdemócratas creían en el futuro del capitalismo, en la estabilización de la democracia alemana y ¡hasta en la inteligencia y en la buena voluntad de los vencedores de Versalles! (…) La juventud se alejaba de ella. Era nacionalista y estaba atraída por el comunismo. (…) La energía descabellada se refugiaba en las ligas militares; cuanto tenía un tinte doctrinal se polarizaba en torno del Partido comunista”.28

Para enfrentar al imperialismo extranjero vencedor que imponía condiciones leoninas a una Alemania humillada en su orgullo de antigua potencia imperialista y colonial, sectores de los más variados estratos sociales fueron atraídos por las múltiples organizaciones y grupos nacionalistas radicales que se extendieron como manchas de aceite por todo el país, constituyendo una galaxia variopinta de tendencias cuyos comunes activos eran el odio del bolchevismo, del socialismo, de la democracia republicana, del extrajero y el antisemitismo. Estas corrientes reclamaban una dictadura sin tapujos y la destrucción del movimiento obrero, acusado – junto al parlamentarismo – de ser la fuente de “todos los males” de la Alemania vencida, destrucción vista como la condición de la restauración de la grandeza nacional y de la lucha contra el imperialismo extranjero. Y para ello crearon organizaciones de choque contra todas las expresiones del movimiento obrero.

Los partidos nacionalistas radicales (y en particular el partido nacional-socialista de Hitler29), establecieron en el Land de Baviera su centro geográfico y político.

Estas organizaciones estuvieron apoyadas abiertamente por el Gobierno regional y por el Alto Comando local de las Fuerzas Armadas30.

“Baviera era un centro de intriga e influencia de la derecha desde el aplastamiento de la República de los Consejos. Este fue el lugar donde el Putsch de Kapp recibió el apoyo más durable, llevando al poder al muy conservador Partido Popular Bávaro [que se apoyaba sobre todo en los campesinos católicos, ndr.], con un ministro del Interior de extrema derecha, Escherich, quien transformó a la Baviera en una fortaleza para todos los grupos de extrema derecha en Alemania, creó un ejército nacional, el Orgesch (por “Organización Escherich”), basado en los guardias locales bávaros de 45.000 hombres, y reunió en el país los diversos restos de los Freikorps, incluida la Brigada Ehrhardt, que había dirigido el Putsch de Kapp, y otros grupos armados que habían combatido a los polacos en Alta Silesia. El accionar del Ministro del Interior bávaro se benefició con la cooperación de los mandos del Ejército en Baviera. Gracias a la mediación de cierto capitán Röhm, comenzó a cooperar con el Partido Nacional Socialista de los Trabajadores Alemanes (el Partido nazi), que se había desarrollado en torno al demagogo antisemita Adolf Hitler.”31

A pesar de que, con el correr de 1923, los conflictos político-institucionales entre las autoridades del Land y las del Estado central fueron in crescendo, éstos no llegaron nunca a un enfrentamiento militar. La Baviera ultra-nacionalista se transformó, en pleno marasmo del país, en una de las reservas más decididas de la contrarrevolución.

El Congreso de Leipzig del Partido comunista alemán
(28-1 al 1-2-1923)

6.- El Congreso de Leipzig estuvo dominando por las discusiones sobre las tácticas del Frente Único y del Gobierno Obrero, fijando lo que iba a ser la estrategia del Partido durante el año de la crisis general de la sociedad alemana. De manera inaudita, la Dirección del Partido hizo adoptar una moción rechazando la propuesta de la tendencia de izquierda para poner en su orden del día la acción del Partido ante la invasión del Ruhr.

Las Tesis sobre la táctica del IV Congreso habían representado la victoria internacional de las posiciones defendidas por Radek y el ala mayoritaria del KPD (Brandler, Zetkin, Thalheimer). El Congreso de Leipzig debía consagrar su aceptación por parte del KPD y precisar su aplicación en Alemania. Esta fue la ocasión de un fuerte enfrentamiento entre la Zentrale y la Izquierda del partido.

Las Tesis sobre el Gobierno Obrero del IV Congreso planteaban un abanico de situaciones en las cuales un Partido comunista podría no solamente apoyar a un gobierno socialdemócrata, sino también participar en él. Las Tesis sostenían que un “gobierno obrero” podía apoyarse en un fuerte movimiento revolucionario de masas, pero también afirmaban que podía ser el resultado de una combinación parlamentaria como factor de revitalización del movimiento proletario [§IX-10].

La primera alternativa fue inicialmente promovida por el ala izquierda del KPD (Ruth Fischer y allegados), con la salvedad de que la formación de ese “gobierno obrero” hubiera debido presuponer el armamento previo del proletariado. Se trataba pues de una versión “de “izquierda” de la táctica preconizada por la Internacional.

A pesar de ostentar una vaga retórica “revolucionaria”, la segunda versión fue privilegiada por la Zentrale (y denunciada como oportunista por la Izquierda alemana).

La posición de la Zentrale se expresó claramente en el discurso de Clara Zetkin:

“Las formas que asumirá el gobierno obrero dependerán de las circunstancias. La instauración de un gobierno obrero podrá resultar de la formación de una mayoría obrera en los Parlamentos. Pero eso sólo es posible si esta mayoría refleja, en el seno de los Parlamentos, la lucha del proletariado”32.

Es inútil señalar que esta corriente no daba mayores precisiones acerca de lo de que significaban “la lucha del proletariado”, las “circunstancias” y el “reflejo en el Parlamento” de la lucha proletaria. Y más tarde afirmó:

“La Izquierda sólo quiere oír hablar de Gobierno Obrero después de que el proletariado se haya armado. Las resoluciones votadas en el IV Congreso, por otro lado, indican claramente que el deber más importante del Gobierno Obrero será armar al proletariado. Por lo tanto, el IV Congreso no considera el armamento del proletariado como una condición, sino como un deber [??!!, ndr.]”33.

Y a un participante que preguntó: “¿Cuánto tiempo debería el proletariado permanecer sin armas?”, Clara Zetkin le respondió con una pirueta: “Eso dependerá por una parte de la fuerza de los obreros, y por otra de la fuerza de la burguesía”.

Las Tesis presentadas por la Zentrale y adoptas por el Congreso expresaban todo la indeterminación (la “esfumación artística”, dirían los franceses) en torno de esta desviación de corte centrista. Para esta corriente, el frente único a nivel gubernamental con la socialdemocracia sería posible como resultado del empuje de las masas obreras socialdemócratas que obligaría a sus dirigentes a embocar la vía revolucionaria.

“El gobierno obrero sólo puede aparecer durante la lucha de amplias masas contra la burguesía, como una concesión de los líderes reformistas a la voluntad de lucha de los trabajadores. (…) El gobierno obrero no es ni la dictadura del proletariado ni la subida pacífica y parlamentaria hacia él. Constituye una tentativa de la clase obrera, en el marco y en primer lugar con los medios de la democracia burguesa, de hacer una política obrera basada en órganos proletarios y en los movimientos proletarios de masas”.

“El Partido comunista afirma que el gobierno obrero es el único [!!!] gobierno que puede apoyar en el actual período de lucha proletaria por su existencia, el único [!!!] gobierno que puede representar los intereses del proletariado sin capitular ante la burguesía, contra los gobiernos de coalición y socialdemócratas.”

“Superar las oscilaciones, deficiencias y faltas del gobierno obrero a través de una lucha cada vez más encarnizada del frente único revolucionario y de sus órganos políticos, separar a los trabajadores de sus líderes oportunistas, liberarlos de sus ilusiones democráticas y pacifistas, éstas son las tareas del Partido comunista en el período anterior y durante el gobierno obrero.”

La participación en el gobierno obrero no significa para el Partido comunista ninguna concesión sobre el objetivo revolucionario del proletariado, ningún truco ni maniobra táctica, sino el hecho de que está perfectamente preparado para luchar en un combate común con los partidos obreros reformistas, cuando muestran claramente su voluntad de romper con la burguesía y emprender con los comunistas la lucha por las reivindicaciones del momento.”

“Los gobiernos obreros [de los Lander] sólo pueden aparecer en situaciones de crisis política aguda, donde las masas están presionando tanto que una parte de los dirigentes socialdemócratas deciden colocarse en el terreno de la política de clase proletaria. El gobierno obrero de un Lander es un gobierno de socialdemócratas y comunistas basado en órganos de clase proletarios. La base política de este gobierno obrero no es el parlamento burgués, sino los órganos de clase extraparlamentarios. El KPD participa en estos gobiernos estatales para construir puntos de apoyo para la lucha en el Reich. (…) Los gobiernos obreros de los Lander deben establecer estrechas relaciones entre sí y formar un bloque rojo contra el gobierno capitalista (puramente burgués o burgués-socialdemócrata)”.34

Por si aún hubiera sido necesario, el delegado del KPD ante el CEIC, Edwin Hœrnle, se encargó en varios órganos internacionales de precisar con toda crudeza el punto de vista mayoritario.

“La separación de las masas de su dirección pequeño-burguesa está sólo en sus comienzos. Es importante que las masas experimenten a su costa que, aunque sean capaces de forzar a sus líderes reformistas a luchar, serán traicionados por ellos en medio de la batalla. La oposición [la Izquierda del KPD, ndr.] parte de la etapa superior del frente único proletario, de la movilización de las masas bajo la dirección comunista antes de haber cumplido la primera tarea de quebrantar la confianza de las masas en la dirección reformista. Y esta confianza no puede ser quebrantada solamente por la propaganda y la agitación, ni por las meras negociaciones con las Direcciones que se llevan a cabo únicamente con el objetivo de “desenmascararlas”, negociaciones que luego son rotas inmediatamente bajo toda clase de protestas chillonas. Es deber del Partido comunista fijar bien las circunstancias, de manera franca y honesta, la voluntad de entablar la lucha no sólo con los obreros socialdemócratas, sino también con sus líderes, aunque sabe, o más bien precisamente porque sabe, que esos mismos líderes fallarán durante la batalla y cometerán mil traiciones”.35

Curioso razonamiento, similar al de Terracini quien, luego del desastre de agosto 1922, defendió el haber contribuido a alinear las masas detrás de la Dirección de la Alianza del Trabajo con la convicción de que la traición de ésta era una condición sine qua non para liberarlas de su influencia paralizante [§VIII-28, nota 85].

El autor del artículo extrajo una conclusión inevitable de la prolongada propaganda del KPD a favor del “gobierno obrero”, a saber, su participación en él, a sabiendas del papel contrarrevolucionario de los lacayos reformistas de la burguesía. En lugar de estar un paso por delante de las masas, el Partido comunista alemán debía posicionarse dos pasos detrás de sus ilusiones socialdemócratas.

“[El] “gobierno obrero” ha dejado de ser un mero postulado de propaganda, es más bien una consigna de la mayor actualidad. El PC debe ahora considerar muy seriamente la posibilidad de que llegue el momento en que las más amplias masas obreras estén listas para derrocar al gobierno burgués, a impedir la coalición de socialdemócratas con la burguesía y para crear un gobierno abierto, pero sin estar ya dispuestas a expulsar a sus lacayos reformistas con los ministros burgueses. Las masas trabajadoras no entenderían que los comunistas, cuya propaganda les había inculcado tan rigurosamente la idea del gobierno obrero, se negaran en el momento decisivo a participar en el nuevo gobierno. Por ello, el PC debe ahora declararse abiertamente dispuesto a formar un gobierno de coalición con los socialdemócratas. La cuestión del gobierno obrero es la última, la más difícil y la más grávida de consecuencias de la táctica del frente único. Cualquiera que quiera ésta (táctica) debe necesariamente querer la otra, y cualquiera que propague el postulado del gobierno obrero debe al mismo tiempo estar seriamente preparado para realizarlo”.

“A esto responde la oposición (de Izquierda del KPD): Los líderes reformistas nunca se prestarán a la lucha; al formar un gobierno común con ellos, sólo crearemos ilusiones muy dañinas entre las masas. Al argumentar de esta manera, la oposición comete el error de ver al Partido Socialdemócrata como un cuerpo rígido y absolutamente invariable en lugar de verlo simplemente [¡sic!] como un organismo social cuya dirección permanece subordinada a la presión de las masas de sus miembros [¡como si toda la política contrarrevolucionaria de la socialdemocracia alemana hubiera resultado de la presión de ejercida por sus afiliados sobre sus jefes!, ndr.]. Bajo esta presión, es muy posible que al menos la fracción más prudente de los líderes socialdemócratas renuncie a la coalición con la burguesía y adhiera en cuanto ala derecha al movimiento revolucionario, pero con la disimulada intención de traicionar a la revolución tan pronto como sea posible y recuperar el contacto con la burguesía lo antes posible. Pero esta intención permanece disimulada de modo que las masas aún no puedan reconocerla. Para que las masas mismas estén en condiciones de desenmascararlos y sacar a luz del día esas intenciones disimuladas, el PC debe tratar en primer lugar a los socialdemócratas como todavía aparecen (a los ojos) de las masas, es decir, como gente honesta.”

El PC debe considerar fríamente la posibilidad de que la entrada en un gobierno obrero no sólo dependa de su propia voluntad y apreciación de la situación, sino que más bien [¡sic!] esté determinada por la voluntad de las masas que exigirán imperiosamente la colaboración de los comunistas”.

Serían pues las masas socialdemócratas atrasadas quienes hubieran debido dictar la conducta del Partido comunista: de vanguardia de la lucha de clases, el Partido hubiera debido volverse su retaguardia.

El efecto deletéreo de semejante táctica en el seno de las masas obreras, y en el Partido mismo, fue descrito un año más tarde por Brandler mismo:

«[La consigna del gobierno obrero] creó ilusiones peligrosas en la clase obrera, incluso en los círculos de nuestro Partido (…). La gente se decía: “Primero una coalición burguesa, después un gobierno socialdemócrata apoyado por los comunistas, luego un gobierno SPD-KPD, luego un gobierno comunista, sin que tenga lugar ninguna batalla seria, sangrienta”».36

Tras el Congreso de Leipzig, la dirección del KPD tenía los papeles en regla para poner en práctica la táctica del Frente Único y del Gobierno Obrero decidida internacionalmente y refrendada nacionalmente. Aunque el CEIC no dejará de criticar como “desviaciones de derecha” ciertas formulaciones “excesivas” de las Tesis aprobadas en el Congreso, todas las condiciones de contorno políticas de la tragedia de Octubre 1923 ya estaban presentes a inicios de ese año.

7.- La Izquierda alemana denunció la tendencia oportunista de la corriente formalmente mayoritaria del KPD37. Tras el Congreso, Ruth Fischer escribió:

« ¿Cómo acelerar [la] conquista de las masas? La mayoría del Congreso de Leipzig nos responde: “En la democracia sin demócratas, en la República sin republicanos, debemos ser lo que los demócratas no son” (Brandler). Esta concepción se refleja aún mejor en un artículo del mismo camarada Brandler (L’internationale, n°1, 1923). Sólo podemos ganar a las masas, dice allí, si “sabremos acercarnos a la concepción de los trabajadores de condición alta [la aristocracia obrera, ndr.], (según la cual) es posible poner el Estado y el poder político adquirido por la vía parlamentaria al servicio de las clases proletarias [subrayado nuestro, ndr.]”.

« De esta concepción de la táctica del frente único resulta consecuentemente la concepción del gobierno obrero que permanece en el marco del Estado burgués. (…) [La] minoría (del KPD) niega categóricamente que podamos ganar a las masas vinculándonos a las ilusiones democráticas. Poniéndose la máscara democrática todo lo que se obtiene es confusión en la propia casa. Las masas no nos siguen no por el hecho de que crean en la democracia, sino porque temen una confrontación con la burguesía. (…) Si el nacional-socialismo – fascista – gana terreno, el KPD es culpable por su falta de combatividad política. La agitación antiparlamentaria del nacional-socialismo revela el estado de ánimo de las masas decepcionadas por la “democracia” ».38

La Izquierda alemana reafirmó su convicción de la naturaleza intrínsecamente contrarrevolucionaria de la socialdemocracia, pero terminó no rechazando la posibilidad de hacer campaña por un “gobierno obrero” situado en el marco de la democracia burguesa antes de la destrucción del Estado burgués. A diferencia de la corriente mayoritaria, la Izquierda hacía hincapié en el armamento del proletariado en cuanto elemento esencial de la acción de un gobierno obrero, pero no precisaba si el Partido comunista debía participar – o no – en dicho gobierno.

Esta versión “mejorada” y “extremista”, pero también confusa y gradualista, de la consigna del Gobierno Obrero, fue afirmada por Ruth Fischer:

“La minoría del Partido pide que en la propaganda del gobierno obrero éste sea presentado como una etapa [subrayado nuestro, ndr.] de la lucha por el poder. El gobierno obrero debe abandonar deliberadamente el marco de la democracia y apoyarse en los órganos proletarios porque sólo puede llegar a vivir si las masas proletarias toman las armas como lo hicieron en noviembre de 1918 y durante el Putsch de Kapp. Un gobierno obrero revolucionario es posible si las masas obreras quieren tomar el poder. Y es el comienzo de la lucha por la dictadura, el comienzo de la guerra civil”.39

Esta evolución en las posiciones de la Izquierda alemana resultó de su intento de compatibilizar su “teoría de la ofensiva” (que proponía ligar mecánicamente las luchas inmediatas a la batalla final por la conquista del poder) con la táctica por el Frente Único y del Gobierno Obrero decidida por el IV Congreso.40

8.- La invasión del Ruhr agudizó todos los antagonismos de la sociedad alemana y la terrible situación material de las grandes masas proletarias. En el Ruhr, la deterioración de la situación obrera era ya palpable en marzo de 1923:

“En primer lugar, el costo de la vida aumenta como resultado de la ocupación (francesa). Luego, la perturbación de toda la vida económica en el Ruhr, en Renania y, en menor medida, en el resto de Alemania, se volvió en contra del trabajador. Los franceses ocuparon las estaciones de ferrocarriles; los trabajadores ferroviarios se negaron a trabajar bajo la amenaza de las bayonetas, y los trabajadores del Ruhr, que a menudo viven en ciudades distintas de aquellas en las que trabajan, tienen que perder dos, tres, cuatro, cinco horas para llegar a su trabajo en tranvía en lugar del ferrocarril, lo que les obliga a trabajar 12 y 14 horas al día. El bloqueo del Ruhr ha provocado una reducción de trenes en toda Alemania. También hay escasez de carbón en las fábricas, lo que provoca desempleo. En Düsseldorf y en otros lugares ya hay miles de desempleados y decenas de miles de obreros que trabajan a tiempo parcial. El desempleo afecta a todo el resto de la población minera”.41

Rompiendo la Unión Sagrada, la explosión obrera del Ruhr contra las patronales tuvo lugar en el mes de mayo, y dio la señal de largada a todo el proletariado alemán. Citamos aquí el libro de Harman42.

«Con el colapso del marco a partir de abril, la “paz” en las fábricas se deterioró rápidamente. En marzo estalló en Alta Silesia una huelga de mineros en la que participaron 40.000 trabajadores, al mismo tiempo que se produjeron paros en Alemania Central.

«El movimiento comenzó el 16 de mayo, cuando los mineros de un pozo cerca de Dortmund, en el Ruhr, se declararon en huelga por los salarios, rechazando por inadecuado un acuerdo entre las empresas del carbón y el Gobierno. Los mineros ocuparon el ayuntamiento de Dortmund y enviaron piquetes móviles a pozos y fábricas cercanas acompañados por Centurias [milicias] proletarias locales. A continuación se produjeron enfrentamientos con la policía, en los que un minero resultó muerto a tiros. Pero esto no impidió que la huelga se extendiera a toda la zona de Dortmund (…).

«Una conferencia local de Consejos de fábrica celebrada el 20 de mayo reunió a 200 delegados de 60 lugares de trabajo, y la semana siguiente la huelga cerró todas las minas y la mayoría de las grandes fábricas del corazón del Ruhr, entre Dortmund y Essen (…). En ese momento de la acción, había 310.000 huelguistas, cerca de la mitad de los mineros y trabajadores metalúrgicos de Ruhr.

«Los huelguistas chocaron repetidamente con la policía. El 22 de mayo, una manifestación de 50.000 personas se enfrentó con la policía y tres trabajadores fueron abatidos. Al día siguiente, 50.000 manifestantes protestaron contra el tiroteo. Se produjeron nuevos enfrentamientos cuando la policía intentó desalojar a los trabajadores que habían ocupado los edificios de una mina. Los mineros se organizaron instintivamente como lo habían hecho en las primeras luchas de la posguerra.

«Las marchas de las Centurias proletarias recordaban a los observadores los Ejércitos Rojos de 1920. Ellas ocuparon los mercados y las tiendas para el Comité de control local, bajando los precios por la fuerza.

«Finalmente [las autoridades francesas y alemanas] llegaron a un semi acuerdo para que los franceses permitieran a las autoridades locales de Mülheim y Essen formar “fuerzas policiales auxiliares” con voluntarios. Según Die Rote Fahne, entonces hubo “detenciones masivas de huelguistas y de delegados sindicales comunistas”.

«Los huelguistas comenzaron a volver a trabajar el 28 de mayo: el Partido comunista, temiendo que una huelga aislada del resto de Alemania fuera aplastada, recomendó la aceptación de un aumento salarial sustancial [del 52%, ndr.]”.

«El 7 de junio, 30.000 mineros y metalúrgicos se declararon en huelga en Alta Silesia. En dos días su número se había duplicado, y dos días después se les unieron decenas de miles de trabajadores agrícolas. Las huelgas parecen haber sido duras: el Partido comunista declaró que fueron físicamente quebradas por la intervención de la policía de seguridad. Pero esto no impidió que la agitación entre los trabajadores agrícolas se extendiera a Brandemburgo, donde 10.000 trabajadores dejaron de trabajar, y al corazón de la reacción, en Prusia Oriental, donde fueron señaladas “reuniones espontáneas” de trabajadores agrícolas.

«Por doquier había signos de agitación. El día de la huelga de los mineros de Alta Silesia, Die Rote Fahne tituló “Siete muertos en Leipzig” después que la policía disparara contra una manifestación del SPD y de los sindicatos. Y tres días después, en la costa Noroeste, los marineros entraron en huelga bajo dirección comunista.

«Al mismo tiempo que estos grandes movimientos, hubo una proliferación de huelgas locales y parciales, especialmente cuando la tasa de inflación comenzó a acelerarse. (…) Trabajadores antes pacíficos decidieron que sólo la acción directa podía protegerlos, ya sea tomando el control de los mercados para detener la especulación sobre las patatas o, como los trabajadores de cuello blanco en las fábricas de Berlín, haciendo huelga el 21 de junio por los salarios de los “tiempos de paz” (en otras palabras, antes de la guerra).

«La ola de huelgas alcanzó su punto álgido cuando los metalúrgicos de Berlín votaron diez a uno a favor de la huelga. El 10 de julio, 150.000 de ellos se declararon en paro y de nuevo las manifestaciones de los huelguistas se enfrentaron con la policía. Las luchas no fueron sólo económicas. Como un historiador no revolucionario señaló recientemente, en julio “la ola de las reivindicaciones obreras estaba surgiendo inseparablemente de un malestar verdaderamente revolucionario“.

« (…) [Un] portavoz del Consejo Económico provisorio escribió a principios de junio:

Una mezcla de ira y desesperación reina en las grandes masas y entre todos aquellos que se ven obligados a prescindir de la comida. Esto es tan cierto para los funcionarios como para los solicitantes de asistencia social y los obreros. Y debo decir que la atmósfera es tal que en las últimas semanas me ha asustado y me ha llenado de oscuros temores para el futuro. Digo muy claramente que está surgiendo un espíritu revolucionario militante entre las masas más tranquilas y estables. (…) Lo único que falta es una pequeña chispa para hacer estallar todo”».

La pérdida de influencia de la socialdemocracia y la conquista de LAS masas por el partido comunista.

9.- La socialdemocracia era uno de los pilares fundamentales de la democracia alemana. Fue ella quien portó la República a su fuente bautismal. Fue ella quien le suministró su primer presidente (Ebert entre 1919 y 1925). Fue ella quien, desde el primer gobierno de la República, con su Canciller Scheidemann, apoyó la represión del movimiento revolucionario de 1919 en manos de los Freikorps dirigidos por el socialdemócrata Noske. Fue la socialdemocracia quien dirigió todos los gobiernos del Reich desde noviembre 1918 hasta junio 1920, y participó en todos los gobiernos del Reich de 1918 a noviembre 1922, y de agosto a noviembre de 1923 en los dos Gabinetes del Canciller Stresemann, amén de su participación en el gobierno de Prusia de 1919 a 1932.

Fue la socialdemocracia, desde 1918 a 1922, gracias a su peso parlamentario43 y a su control de las centrales sindicales, quien mantuvo a las grandes masas obreras en la esperanza de una mejora de su situación económica y social en el marco del capitalismo y de la legalidad burguesa. Fue su permanente campaña contra la Rusia soviética y “el bolchevismo”, y por sobre todo su propaganda ininterrumpida contra la Revolución basada en el espectro del hambre y la miseria en las que estuvieron sumidas grandes masas del pueblo ruso como resultado directo de la guerra, de la intervención militar extranjera y de la guerra civil financiada por las potencias imperialistas, lo que hizo que la mayoría del proletariado alemán no siguiera a su vanguardia revolucionaria en los años 1919-1922, y haya puesto sus expectativas en sus promesas de reformas sociales. La hiperinflación de 1923 echará por tierra las ilusiones en una reforma del capitalismo y en esa legalidad, y minado – aunque no destruido totalmente – las bases políticas y sociales de la socialdemocracia alemana.

Tras cuatro años de democracia parlamentaria, las condiciones de vida de las clases trabajadoras habían alcanzado niveles de hambre, de miseria y de insalubridad desconocidas en uno de los países capitalistas más desarrollados. El odio y la revuelta de las masas no podía dejar de reflejarse en la pérdida de influencia política de la socialdemocracia. Máxime cuando los sindicatos perdían velozmente espacio en el seno de las masas trabajadoras.

El desmoronamiento de la perspectiva socialdemócrata de un futuro capitalista radioso creó un terreno fértil para la propaganda comunista. En una situación desesperada y de impasse político total del reformismo, la vía revolucionaria, el camino seguido por los bolcheviques, apareció entonces como una alternativa creíble y necesaria.

En su trabajo sobre la revolución alemana, Pierre Broué describe bien la evolución de la situación en 1923:

“La inflación, que nivela por abajo las condiciones de vida de los trabajadores, destruye la aristocracia obrera, reduce a los especialistas mejor pagados al nivel de los trabajadores manuales. Ya no existen diferencias salariales entre las profesiones o, dentro de las profesiones, entre las cualificaciones, sino sólo una masa uniformemente miserable. Los sindicatos están en proceso de total descomposición (…). Desaparecen los boletines, los periódicos, las revistas, como Die Neue Zeit que encarna todo un período de la historia del socialismo. La práctica sindical tradicional de la socialdemocracia pierde todo contenido. El sindicalismo es impotente, los convenios colectivos irrisorios. Los trabajadores abandonan los sindicatos y a menudo vuelven su ira contra ellos, los culpan por pasividad, a veces por complicidad44. El colapso del aparato sindical y socialdemócrata es paralelo al del Estado: ¿qué pasa con las nociones de propiedad, orden y legalidad? ¿Cómo, en un abismo como éste, se puede justificar un apego a las instituciones parlamentarias, al derecho electoral, al sufragio universal? Ni la policía ni el ejército están exentos de este mal. Un mundo se está muriendo. Todos los elementos que, todavía un año atrás, servían de base a un análisis de la sociedad alemana están hoy destruidos.”

“Significativamente, dada la magnitud del desastre económico y social, ni los partidos burgueses ni los socialdemócratas, que hacen de la papeleta de voto la base del sistema político, están pensando en regresar ante el electorado.

“(…) Las cifras que tenemos de los miembros del Partido comunista y de las organizaciones que controla son significativas. La Juventud Comunista, que en el otoño anterior contaba con 30.000 miembros, cuenta con más de 70.000 adherentes en quinientas organizaciones y reúne a varios cientos de miles de jóvenes en sus mítines y marchas. El distrito Erzgebirge-Vogtland alrededor de Chemnitz, que en septiembre de 1922 tenía (…) 15.394 militantes, contaba con 25.117 en septiembre de 1923, un aumento que fue acompañado por la creación de 92 nuevos grupos locales. El distrito de Berlín reclutó 8.000 militantes, Halle 5.000, el Ruhr 3.000 y Turingia 2.000. El número de miembros del Partido en Bremen se duplicó y el distrito de Renania central ganó 1.200 militantes en nueve meses.

“(…) Dada la situación económica, el progreso de la prensa comunista es considerable. En julio, Die Rote Fahne imprimió 60.000 ejemplares, superando con creces al Vorwärts. La Hamburger Volkszeitung supera los 35.000 ejemplares en junio.

“Pero el progreso de los comunistas se mide mejor a través de los vínculos que mantiene el aparato del Partido con las organizaciones de masas. Entre julio y octubre, el número de las «fracciones comunistas» dentro de los sindicatos reformistas aumentó de 4.000 a 6.000. (…) [A] partir de julio, el Partido crea los «carteles rojos» que reúnen localmente a los dirigentes de las facciones comunistas de los sindicatos reformistas y a los militantes comunistas responsables de todos los sindicatos. Hay 1.100 de estos carteles en julio y 2.100 en octubre, fecha en la que el departamento sindical mantiene relaciones con fracciones en 3.460 localidades. En la reunión del Ejecutivo Ampliado del CEIC del mes de junio, Jacob Walcher estimó en 2.433.000 trabajadores el número de obreros en los sindicatos influenciados y directamente bajo la autoridad de los militantes comunistas. Por su parte, Fritz Heckert estimará la proporción de trabajadores organizados e influenciados por el Partido en esa fecha en un 30 o 35%, lo que corresponde a la cifra de 2.500.000. El sindicato de la construcción tiene 551.000 miembros en 749 centros que pagan cotizaciones: los comunistas tienen 525 fracciones, y la mayoría en 65 grupos locales que organizan a 67.200 trabajadores. Están aproximadamente a la par de los reformistas en 230 grupos locales con 331.000 trabajadores. En total, Walcher estima que 260.000 trabajadores de la industria de la construcción siguen a los comunistas. El sindicato metalúrgico (D.M.V.) es un verdadero bastión de la oposición comunista en los sindicatos. En junio, Walcher informó que, en este sindicato de 1.600.000 miembros, con 750 centros de pago de cotizaciones, hay 500 facciones comunistas. El KPD ha conquistado la mayoría en varias localidades tan importantes como Stuttgart, Halle, Merseburg, Jena, Suhl, Solingen, Remscheid, etc., con 260.000 miembros sindicalizados. En 26 centros con 500.000 trabajadores se consideran en pie de igualdad con los reformistas y, en conjunto, estiman que 720.000 metalúrgicos los siguen en los sindicatos. La progresión comunista aparecerá con gran fuerza en las elecciones para el Congreso nacional de la D.M.V. previstas para julio, donde las listas apoyadas por el KPD ganan las elecciones por tendencias en los principales centros industriales, obteniendo el tercio de los mandatos y la mayoría absoluta de los votos. En Berlín, recibieron 54.000 votos contra 22.000 de las listas de candidatos socialdemócratas, en Halle 2.000 contra 500; y, en junio, Jakob Walcher, que no subestima la fuerza de la influencia sindical reformista, afirmó sin embargo: «Estamos en buen camino para tomar el control de los sindicatos en el terreno de la organización».

“El movimiento de los Consejos de fábrica (Betriebsräte) se desarrolla a un ritmo extremadamente rápido durante 1923, favorecido tanto por la acción militante de los comunistas como por la descomposición y la actitud de espera de los sindicatos reformistas. Organizaciones muy flexibles, dirigidas por obreros de la base, sin personal «permanente», más cercanas a la antigua tradición socialdemócrata de los «hombres de confianza en las empresas» que de los funcionarios del sistema sindical, atraen la atención de una importante fracción de la clase obrera y combinan funciones tradicionalmente conferidas a los sindicatos con otras, más estrictamente políticas. A partir de noviembre de 1922, es en parte a través de los Consejos de fábrica y de sus congresos a varios niveles que se desarrollan las campañas del Partido comunista. Este último se jacta de contar con una mayoría en 2.000 consejos de fábrica, algunos de los cuales son muy importantes, como el Leuna-Werke, donde el comunista Bernhard Koenen obtuvo el 60% de los votos de los 12.000 trabajadores. El Congreso de los consejos de fábrica que inició en agosto la huelga contra Cuno dijo que era representativo, directa o indirectamente, de unos 20.000 Consejos. El presidente del Comité de los quince, el Comité de acción de los Consejos de fábrica del Reich, es un cerrajero de treinta y cinco años, Hermann Grothe, antiguo miembro del círculo de delegados revolucionarios, espartaquista en 1917, que durante varios años animó Comités de desempleados. Es miembro del KPD y de la Izquierda berlinesa. El movimiento de los Consejos de fábrica «revolucionarios», es decir, dirigidos por militantes comunistas, tiende a adoptar el mismo modelo organizativo: en la base, en cada empresa, se compone de dos consejos, el de los obreros (Arbeiterrat) y el de los empleados (Angestelltenrat), el primero con voto preponderante. Están organizados por industria y por ciudad, pero durante el año crean su organización por distritos y regiones. Zinóviev escribirá en octubre, basándose en información de Alemania:

«Los comités de fábrica ya están involucrados en Alemania en la resolución de cuestiones tan cruciales como el suministro, los salarios, el combustible y el armamento de los trabajadores. Se convierten en la principal palanca de la revolución que está madurando ante nuestros ojos».

“Es también bajo la égida y por iniciativa de los consejos de fábrica animados por los comunistas que se multiplican los Comités de control (Kontrolausschüsse), que se imponen la tarea de controlar los precios de los alimentos, los alquileres, la lucha contra la especulación, el tráfico y la escasez de alimentos. Formadas por obreros, incluidas las obreras y amas de casa, a veces involucran en sus actividades a pequeños comerciantes o artesanos. Su red se esfuerza por movilizar a las clases trabajadoras, y en particular a las mujeres, en una acción permanente a través de una propaganda y una agitación incesantes.

“Sin embargo, la más notable de las creaciones de los comunistas de la época fue la organización de las «Centurias proletarias» (Proletarische Hundertschaften). Desde 1918, la necesidad de «armar al proletariado» siempre ha estado presente en la mente de los dirigentes del Partido. Reactivada durante la campaña consecutiva al asesinato de Rathenau, la consigna de la organización de autodefensa obrera comenzó a tomar forma a partir de la ocupación del Ruhr: en el Ruhr mismo, donde la expulsión de las fuerzas policiales alemanas y la infiltración continua de miembros de los Freikorps lo convirtió en una necesidad evidente para todos los trabajadores, y luego en el resto del país. En Alemania Central, Klassenkampf, de Halle, lanzó la primera convocatoria para la formación de grupos obreros de autodefensa, que se harán realidad el 11 de marzo con la convocatoria del Congreso regional de los Consejos de fábrica. Pero en esta fecha ya había Centurias proletarias en otras localidades: en Chemnitz, donde diez de ellas entraron en acción el 9 de marzo para prohibir una reunión nacionalista; en Gera, donde cuatro de estas unidades marcharon el 4 de marzo, imitadas en Zella-Mehlis el 11 de marzo por 4.000 hombres de las Centurias proletarias del sur de Turingia. En pocas semanas, el movimiento se extendió por toda Alemania, y el 1 de mayo, en Berlín, el tradicional desfile fue inaugurado por las Centurias proletarias, 25.000 hombres con brazaletes rojos, verdaderas milicias obreras.

“El KPD presta atención extrema a las Centurias proletarias, cuya creación y organización práctica está controlada por una comisión especial de tres miembros que pronto se convertirá en el Consejo militar del Partido, bajo la dirección de Ernst Schneller. Este último debe tomar ciertas precauciones: los ministros del Interior de varios Lander siguieron el ejemplo de su colega prusiano Severing que el 13 de mayo prohibió las Centurias al mismo tiempo que una organización paramilitar de extrema derecha. Al final, sólo se desarrollarán en gran escala en Turingia y Sajonia (…)”.45

El comunista de izquierda Arthur Rosemberg sostuvo que, « En el verano de 1923, el KPD sin duda contaba con el apoyo de la mayoría del proletariado alemán. (…) Incluso el presidente del Partido, Brandler, que no era muy propenso al exceso de optimismo, pudo decir seis meses más tarde que en los corazones industriales del país los comunistas tenían la ventaja sobre los socialdemócratas:

“[En el mes de junio], en tres lugares: en el Ruhr, Alta Silesia y Sajonia, y más tarde en Alemania Central, teníamos la dirección de la clase obrera bastante firmemente en nuestras manos” ».46

Todo este ingente trabajo de propaganda, de agitación y de organización del KPD estuvo realizado bajo las consignas del “frente único”, del “gobierno obrero” y de la lucha contra el fascismo. En ningún momento, durante los 10 primeros meses de 1923, lo estuvo con la perspectiva directa y la consigna de la conquista revolucionaria del poder y de la dictadura del proletariado.

El 18 de mayo 1923, Radek escribió:

“Nosotros no estamos en condiciones de instaurar la dictadura del proletariado porque las condiciones previas, la voluntad revolucionaria en la mayoría del proletariado no existen aún”.47

Radek seguía repitiendo lo que ya había afirmado en su Informe sobre la ofensiva capitalista en el IV Congreso de la Comintern:

“Lo que caracteriza al mundo en que vivimos actualmente es que, aunque el mundo capitalista no ha superado sus crisis, y la cuestión del poder es aún objetivamente el meollo de todas las cuestiones, las amplias masas del proletariado han perdido la convicción de que ellos pueden conquistar el poder en un futuro previsible [subrayado en el original, ndr.]”.48

Por su parte, en el III Ejecutivo Ampliado de la IC, Zinóviev sostuvo que

“Alemania está a la vigilia de la revolución. Esto no significa que la revolución vendrá el próximo mes o el próximo año. Quizá requiera más tiempo”.

Con esas condiciones subjetivas, la consigna y la lucha por “gobiernos obreros” socialdemócratas o de coalición con los comunistas aparecía al CEIC y a la Zentrale del KPD como “realista”.

10.- En ese contexto de radicalización creciente de sectores importantes de la clase obrera, en marzo de 1923 la izquierda socialdemócrata de Sajonia, en el Congreso Extraordinario del SPD del Land, (con una población de 8 millones de habitantes) hizo adoptar, contra la alternativa de la coalición con el partido demócrata preconizado por la dirección nacional del SPD, la política de alianza con el KPD, lo que permitiría la formación de un gobierno puramente socialdemócrata (puesto que el conjunto de los parlamentarios socialistas y comunistas poseían la mayoría en el parlamento regional).

Desde la caída del precedente gobierno socialdemócrata de este Land de Alemania Central, a inicios de enero de 1923, el KPD había desarrollado una intensa campaña a favor de un “gobierno obrero”. Como base de esta alianza y de su apoyo parlamentario, el KPD propuso al SPD de Sajonia un programa de tinte revolucionario que incluía el armamento de los obreros, el control obrero por parte de los comités de fábrica, la disolución del parlamento de Sajonia y la convocación de un Congreso de los comités de fábrica. Ante el rechazo de los socialistas, el KPD rebajó radicalmente su nivel de exigencias y aceptó apoyar a un gobierno socialdemócrata regional, sin ministros de partidos burgueses, que se comprometiese a autorizar la creación de organismos obreros de autodefensa, a organizar Cámaras de Trabajo consultativas (con representación de los comités de fábrica), y la amnistía de los prisioneros políticos.

El 21 de marzo se formó el gobierno socialista del Land dirigido por Erich Zeigner (representante de la izquierda socialdemócrata) con el aporte de los votos de los diputados comunistas. Tomando sus deseos por la realidad, el KPD saludó esta elección como un paso hacia la formación de un gobierno obrero y el armamento del proletariado, en tanto que la Izquierda comunista criticó como oportunista la política seguida por el Partido en Sajonia49.

Ya previsto en las Tesis del IV Congreso, este apoyo del KPD a un gobierno socialdemócrata estaba en línea con los dos ejes centrales de la acción del Partido durante los 10 primeros meses de 1923: la propaganda y el proselitismo para la formación de “gobiernos obreros” (con o sin participación comunista), y la lucha contra el peligro fascista. El primero era visto como una etapa de transición para una futura lucha revolucionaria, el segundo como una acción de defensa contra la ofensiva burguesa. En ninguno de los dos casos se trataba de preparar al Partido y a las masas a la lucha directa para la conquista del poder.

La crisis en el KPD a partir de la acción de la izquierda comunista en el Ruhr

11.- Tras el Congreso de Leipzig, la Izquierda comunista desarrolló una actividad fraccional en la Cuenca del Ruhr (donde su corriente poseía fuertes baluartes organizativos). Esta situación generó el riesgo de implosión del KPD. Pierre Broué detalla estos acontecimientos dramáticos.

“El conflicto entre las dos tendencias del Partido comunista pronto se trasladará al terreno más ardiente de Alemania, el Ruhr. Ruth Fischer fue allí después del Congreso de Leipzig, y se esfuerza por organizar la corriente de izquierda, que se está fortaleciendo e incluso se expresa públicamente, en ruptura con la disciplina partidaria. Para ella, ante el golpe de fuerza imperialista y el fraude de la resistencia pasiva, se trata de empujar a los trabajadores a ampararse de las fábricas y las minas, y a hacerse con el poder político. Apoyándose en las fuertes tradiciones «sindicalistas» del medio obrero y en las corrientes izquierdistas dentro y fuera del Partido intenta revivir la idea de la «República Obrera del Ruhr» que ya había inspirado las luchas obreras tres años antes tras el Putsch de Kapp. Según Ruth Fischer, esta república podría ser la base «partir de la cual un ejército obrero podría marchar hacia el centro de Alemania, tomar el poder en Berlín y aplastar de una vez por todas la contrarrevolución nacionalista». Una perspectiva atractiva para los izquierdistas en los sindicatos obreros, de la que – según Ruth Fischer – se hacen eco los mineros y los ambientes dirigentes del Partido, donde su principal defensor es Joseph Epstein, uno de los fundadores del Partido en el Ruhr y secretario del distrito de Renania central. Pero los partidarios de la Zentrale, en particular Stolzenburg, líder del distrito de Renania del Norte-Westfalia, y Walter Stoecker, que se hizo con el control de Oberbezirk en la zona ocupada, y que está apoyado por los metalúrgicos de Essen, se opusieron firmemente a ella50.

“El choque entre las dos tendencias es particularmente violento en toda la región, ya que las mayorías son débiles y la situación difícil. El primer enfrentamiento público tuvo lugar en el Congreso del distrito de Renania del Norte-Westfalia en Essen. Aunque ajenos al distrito, y a pesar de la oposición de Stolzenburg, Ruth Fischer y Ernst Thaelmann lograron ser nombrados delegados por organizaciones locales que apoyan a la Izquierda. El Congreso anuló sus mandatos, pero les autoriza a participar en sus trabajos e intervenir en nombre de sus respectivos distritos de Berlín-Brandemburgo y Hamburgo-Wasserkante. Ruth Fischer aprovechó la oportunidad para llevar a cabo un ataque violento inaudito contra la trayectoria «oportunista» de la Zentrale. Ella la acusa de no buscar más que el acercamiento a la socialdemocracia, y ve una prueba de ello en la política de «lucha por un gobierno obrero» en Sajonia. Para el Ruhr, propone un programa de acción inmediata, que incluye la confiscación de las fábricas, el establecimiento del control obrero sobre la producción y la formación de milicias obreras en toda la zona ocupada. Para ella, todas estas reivindicaciones son sólo medidas preparatorias para la lucha directa por el poder, una lucha que pasa desde el momento presente por el llamado a derrocar al Gobierno Cuno. Denunciando a los partidarios de Brandler como «amigos de la democracia» – en el KPD de la época la acusación es extremadamente grave -, se deja llevar por un lenguaje violento que parece indicar una voluntad secesionista, llegando incluso a proclamar: «Llegará un día en que todos los camaradas estarán detrás de nosotros y expulsarán a los que apoyan la democracia y relojean la Constitución de Weimar».

“Frente a ella, su antigua adversaria, Clara Zetkin, vino a apoyar a Stoecker y Stolzenburg y replica que el análisis de la Izquierda no corresponde en absoluto a la realidad alemana del momento, y que la aplicación de su línea significaría una recaída en aventuras putschistas, que conduciría, a través de una ofensiva prematura, al aislamiento y a la derrota del proletariado del Ruhr. (…) Finalmente, la Resolución de los partidarios de la Zentrale ganó por un estrecho margen, por 68 votos a favor y 55 en contra.

“El peligro de la escisión está resurgiendo. La fuerza de la oposición en una región que se ha convertido en capital, su determinación, el comportamiento de sus militantes en el Ruhr, la agresividad mostrada por la propia Ruth Fischer, demuestran que la crisis es grave, cercana al punto de ruptura. (…) En nombre del CEIC, Zinóviev invita a representantes de la Zentrale y de la Oposición de izquierda a una Conferencia que deberá tener lugar el 22 de abril en Moscú con la participación de los dirigentes bolcheviques”.51

Si bien la política de la Central del KPD merecía una dura crítica por sus tendencias oportunistas, bien identificadas por la Izquierda alemana, la política de esta última no dejaba de ser descabellada. No sólo por el hecho de llevar a cabo una política fraccional contra el centralismo y la disciplina propias de todo Partido comunista, sino – y por sobre todo – por preconizar una estrategia de ofensiva a toda costa, irresponsable en el contexto de marzo de 1923, lo que hubiese provocado una grave derrota del proletariado. Esta última será criticada por el CEIC en la Conferencia ad hoc convocada por Zinóviev.

La Conferencia de Moscú sobre el partido alemán de abril 1923

12.- El 22 abril tuvo lugar en la Conferencia prevista con representantes de la dirección del KPD (Brandler y Böttcher), de la corriente de izquierda (Ruth Fischer, Maslow, Thaelmann y Gerhard Eisler), y con delegados del partido bolchevique (Trotsky, Bujarin, Zinóviev y Radek). El extenso documento conclusivo52 era la expresión de los esfuerzos de los bolcheviques para lograr la unidad de acción de un Partido desgarrado por los enfrentamientos entre sus dos grandes tendencias.

El documento pretendía combatir desviaciones “ya sean de derecha o de izquierda”. Queriendo disminuir la responsabilidad política de la Dirección del KPD en la crisis de entonces, las desviaciones de derecha fueron atribuidas, no a ella y a sus intentos permanentes para lograr una alianza política y gubernamental con la socialdemocracia, sino, y en primer lugar, a “los funcionarios sindicales y de los consejos de fábrica que, bajo el empuje de las masas, adhieren a nuestro Partido sin haber aceptado y entendido plenamente el programa y la táctica comunistas”, y que, “por miedo a las continuas y ásperas batallas con la burocracia de Ámsterdam, renuncian a la clara elaboración y a la defensa de la política comunista”; y, en segundo lugar, a “una parte de nuestros representantes en las comunas y en los parlamentos” que “no encuentran la energía necesaria para erigirse de manera franca y decidida contra la socialdemocracia”, y que no aplican la táctica del frente único “como medio para arrancar la masa trabajadora de la política reformista, sino como una vía de la alineación del Partido comunista sobre las posiciones de los jefes reformistas”.

Cuanto mucho, según esta Resolución, se podía reprochar a la Dirección del Partido, cuya política era calificada de “sustancialmente correcta”, el haber hecho algunas concesiones a las tendencias de derecha en ciertas formulaciones incorrectas contenidas en las Resoluciones del Congreso de Leipzig (como si el problema hubiera sido meramente semántico …), aclarando a continuación que las tendencias de derecha no estaban claramente definidas ni delimitadas formalmente (cuando en realidad abarcaba a toda la corriente mayoritaria):

« En algunas expresiones empleadas por la Zentrale del KPD (…), ésta ha incluso apoyado a la tendencia de derecha, como por ejemplo cuando en su Resolución sobre la situación política y las tareas inmediatas del proletariado presentada en el Congreso de Leipzig habla de la necesidad “de trabajar a partir de las ilusiones y prejuicios y de las exigencias de las vastas masas de los trabajadores socialdemócratas”; o cuando, en esa misma Resolución, afirma que el gobierno obrero debería “continuar la lucha, apoyándose en los instrumentos de poder disponibles en el Estado burgués” ».

Estas afirmaciones, claramente oportunistas (e incluso en ruptura con el programa comunista), no podían dejar de ser rechazadas por Zinóviev, Bujarin o Trotsky, quienes daban a las consignas del frente único (FU) y del Gobierno Obrero un valor “meramente” táctico, mientras que la corriente mayoritaria del KPD, y Radek con ella, le atribuían un valor estratégico (al punto que Radek había querido integrar el FU en el programa de la Internacional).

La Resolución de la Conferencia reprochó a la Zentralehaber alimentado [con tales afirmaciones] la desconfianza en los círculos del Partido tendentes a desviaciones izquierdistas” representados por las direcciones regionales de Berlín [Ruth Fischer y Maslow] y de Hamburgo [Thaelmann], quienes estaban a la cabeza de sólidos elementos proletarios combativos, pero sin gran experiencia revolucionaria.

El CEIC dio un certificado de aprobación a la lucha de la Zentrale contra la corriente de la Izquierda en las cuestiones del Ruhr y de Sajonia (aunque con algunos bemoles en este segundo caso)53.

En relación al Ruhr, el documento daba las siguientes precisiones con la intención de evitar una situación desfavorable como la que signó el destino de la Comuna de París, a saber, su aislamiento dentro del país y un acuerdo entre las fuerzas armadas extranjeras y las nacionales para aplastar la revuelta social.

« El proletariado alemán del Ruhr está entre el yunque y el martillo, es decir, entre la burguesía alemana y la francesa. Hasta que no ocurra un movimiento revolucionario en el territorio no ocupado y entre la masa obrera francesa, hasta que no existan síntomas de desagregación de la tropa de ocupación francesa, el intento de ocupar las fábricas haría sí que el proletariado, a pedido de la autoridad de ocupación francesa, debería suministrarle el carbón, de modo que el imperialismo francés, con esta carta en la mano, podría más fácilmente concluir un acuerdo con el imperialismo alemán. La burguesía alemana desencadenaría entonces sobre los trabajadores comunistas todos los escorpiones del nacionalismo más descontrolado. En la situación actual, la ocupación de las fábricas provocaría la derrota del Partido. El KPD sólo podrá hacer propaganda en este sentido cuando se tengan síntomas claros de que la situación está en una fase revolucionaria aguda. Hasta entonces el KPD debe prepararse a enfrentar las consecuencias de un previsible acuerdo entre la burguesía alemana y la francesa ».

Respecto a la cuestión sajona, la Resolución trató de precisar (por enésima vez) el “verdadero” significado y el alcance de la consigna del “gobierno obrero”, afirmando que el KPD habría pecado por no haber sabido (¿o podido?) extender la lucha por el “gobierno obrero” a todo el Reich, y por no haber logrado generar en Sajonia las condiciones de un gobierno de coalición SPD-KPD que hubiera merecido el nombre de gobierno obrero revolucionario. De allí que la política calificada de correcta de apoyo parlamentario al gobierno socialista del Land de Sajonia no debía convertirse en un cheque en blanco a este último54.

En otras palabras,

“El gobierno socialdemócrata está ante una encrucijada: o girará a la derecha, o estará obligado a armar a las masas en la lucha contra la burguesía. Los mayores riesgos para el KPD son hacerse responsable de una política anti-obrera de la socialdemocracia, o ser incapaz de movilizar a las fuerzas necesarias en apoyo al proletariado sajón.”

Esta Resolución estaba en línea con las Tesis del IV Congreso que atribuían a la socialdemocracia, “forzada por el empuje de las masas”, la capacidad de transitar un tramo del camino revolucionario.

A continuación, el documento indicaba al Partido alemán cuál debían ser los dos ejes fundamentales de su propaganda y agitación: la articulación de la generalización de la lucha por un “gobierno obrero” a todo el Reich con la defensa del gobierno socialista de Sajonia contra el gobierno central y contra el fascismo55.

En el momento mismo que los materiales explosivos de la crisis alemana se acumulaban de manera irrefrenable, el CEIC insistía en generalizar y “radicalizar”, a nivel de todo el país, el planteamiento político de la Zentrale centrado en la canalización de la energía del proletariado en el logro de un “gobierno obrero” socialdemócrata o de coalición SPD-KPD como etapa previa a la “verdadera” dictadura del proletariado.

13.- En su parte política final, la Resolución de la Conferencia expresó la necesidad de conquistar el apoyo del campesinado y de las clases medias en vía de proletarización.

“El KPD sólo podrá cumplir estas tareas [revolucionarias] si sabrá conquistar el apoyo de los campesinos y de la pequeña burguesía proletarizada. El desarrollo posbélico de Alemania ha creado las condiciones favorables para la conquista de amplias franjas de trabajadores intelectuales y de empleados técnicos a las ideas comunistas.”

Que todo Partido comunista deba conquistar une influencia directa en el seno de ciertos sectores del campesinado y neutralizar otros sectores del mismo, las Tesis del II Congreso de la IC ya lo habían puesto de relieve [§V-10]. También era lícito afirmar que la pauperización vertiginosa de las clases medias hacía posible ganar un apoyo (activo o pasivo) a la Revolución proletaria de algunos sectores intermedios (intelectuales y empleados, técnicos en particular). Toda la cuestión era plantear correctamente las bases de la propaganda y la agitación en medio de estos sectores sociales. La Resolución estuvo muy lejos de hacerlo sobre bases claramente marxistas, adentrándose en un terreno fangoso más que resbaladizo: el de la defensa de los intereses nacionales de Alemania. Aún bastante tímida, esta primera incursión en este terreno no tardará en ser intensamente reivindicada y “profundizada” en el III Ejecutivo Ampliado y transformada rápidamente en uno de los ejes centrales de la propaganda del KPD.

En primer lugar, y traído de los pelos, el documento retoma una de las ideas contenidas en los artículos mencionados más arriba de Thalheimer [§X-4], según la cual la burguesía alemana cumpliría un papel revolucionario antiimperialista en relación al Tratado de Versalles, y contrarrevolucionario respecto a su propia clase obrera, lo cual la volvía “inconsecuente” respecto a la primera, y la hacía desertar el combate por la defensa de la Nación alemana56.

La única razón que podía motivar lejanamente semejante afirmación estaba relacionada con los acuerdos públicos y secretos del Tratado de Rapallo firmado en abril 1922 entre la Unión Soviética y Alemania (que el Gobierno alemán rubricó para romper el cerco diplomático establecido por la Entente, y que el Estado soviético firmó para romper el boicot impuesto por las potencias occidentales). Este tratado incluía no sólo cláusulas económicas, sino también cláusulas secretas de colaboración de índole militar (como la construcción en Rusia de fábricas de armas de guerra, lo que permitía a Alemania eludir ciertos diktats del Tratado de Versalles y daba al poder soviético acceso a tecnología de avanzada en este terreno). Para el poder soviético se trataba de utilizar en beneficio propio las contradicciones inter-imperialistas. Pero calificar de “revolucionarias” a las maniobras diplomáticas de la burguesía alemana respecto a la Entente era una deformación sin asidero en la realidad. Cuanto mucho podía ser calificada como uno de los protagonistas de las contradicciones inter-imperialistas que tendía a minar el statu quo de la posguerra.

El verdadero motivo de dichas afirmaciones era querer oponer los intereses de la burguesía alemana, en cuanto “revolucionaria inconsecuente” contra el Tratado de Versalles, y el de las “masas populares” (proletariado, pequeña burguesía trabajadora y desclasados de todo tipo), sensibles a las sirenas nacionalistas, quienes podrían llegar a ver en la clase obrera revolucionaria una vanguardia alternativa posible no sólo contra el Tratado de Versalles, sino también de “la defensa de la Nación alemana”:

“Incapaz de apoyarse en las masas populares en la lucha contra la Entente, la burguesía alemana está de hecho condenada por la historia a rechazar a estas masas. La burguesía alemana no puede ser (ya) más la portaestandarte de la lucha nacional de liberación de Alemania [subrayado nuestro, ndr.], no es capaz de combatir verdadera y victoriosamente contra la Entente, ni está dispuesta seriamente a hacerlo. Por ello, incluso los sentimientos nacionales y nacionalistas que ella ha desencadenado deben finalmente volverse contra ella. Es tarea del Partido comunista alemán abrir los ojos de las masas nacionalistas pequeño-burguesas e intelectuales sobre el hecho de que sólo la clase trabajadora, una vez que haya logrado la victoria, será capaz de defender el suelo alemán, los tesoros de la cultura alemana y el futuro de la nación alemana [subrayado original, ndr.]. Sólo la clase trabajadora alemana, habiendo alcanzado el poder, será capaz de conquistar la simpatía de las masas populares de otros países volviendo así difícil para las potencias imperialistas proseguir su política de destrucción contra la nación alemana. Sólo la clase trabajadoras alemana, en caso de estar obligada temporariamente a pagar los tributos residuales a la Entente victoriosa, encontrará la energía necesaria para la reconstrucción de Alemania. Sólo la clase trabajadoras con su victoria podrá lograr la fusión con la Rusia soviética, preparando así el terreno para un auge del pueblo alemán”.

Este pasaje final de la parte política de la Resolución del Ejecutivo afirma explícita e implícitamente algunas posiciones correctas: que la Revolución proletaria en Alemania podría llegar a contar con el apoyo del proletariado de la Entente (y en primer lugar del francés) contra el accionar del imperialismo, y que podría fusionar con la Rusia soviética (logrando la complementación del potencial agrícola de Rusia con el industrial de Alemania), sin excluir la necesidad eventual de cumplir con ciertas exigencias del Tratado de Versalles a la espera de poderlo hacer saltar por los aires (como fue el caso del Tratado de Brest-Litovsk para la Revolución rusa).

Lo único cuestionable de los párrafos precedentes es el haber querido “acariciar a la pequeña burguesía nacionalista en el sentido del pelaje” al sugerir implícitamente (pues no lo dice aún con todas las letras) que el proletariado alemán sería el “verdadero” portaestandarte de una supuesta “lucha nacional de liberación”.

Hasta ese momento, el KPD había planteado en términos globalmente correctos la actitud comunista ante la pequeña burguesía proletarizada. Así, el 17 de mayo, su Comité Central publicó un comunicado afirmando:

“Debemos ir hacia las masas sufrientes, desorientadas y furiosas de la pequeña burguesía proletarizada, y decirles toda la verdad; decirles que no pueden defenderse, ella y el futuro de Alemania, si no se alían con el proletariado contra la burguesía. El camino de la victoria sobre Poincaré y sobre Loucher pasa primero por la victoria sobre Stinnes y sobre Krupp”.57

Pero ya a fines de ese mes, comentando el pedido de ayuda de las autoridades alemanas de Renania a las autoridades de ocupación francesas para reprimir al movimiento obrero, el KPD se dirigió demagógicamente a las masas pequeño-burguesas nacionalistas (las mismas que cumplieron un papel abiertamente contrarrevolucionario en los años 1919-1923):

“¿Qué tienen la intención de hacer contra un gobierno que osa, con el cinismo de un cortesano, reclamar abiertamente a los generales franceses el permiso de masacrar a sus hermanos alemanes? Nosotros estamos convencidos que las masas nacionalistas del pueblo están compuestas en gran medida de personas con convicciones honestas y sinceras, pero desorientadas, y que no saben que la Entente no es su único enemigo”.58

Con semejantes afirmaciones, la Dirección del Partido alemán dejaba de lado una lección fundamental del marxismo: si el Terror Rojo es una necesidad de la Revolución proletaria, además de su función de cortar de raíz todo intento de restauración burguesa, es también para neutralizar (y, si ello no alcanza, para reprimir abiertamente) a la pequeña burguesía, cualquiera sean sus motivaciones psicológicas o sus convicciones personales (y con mayor razón si “honesta y sinceramente” se alía con el nacionalismo y la contrarrevolución), ya que lo propio de las capas sociales de la pequeña burguesía es oscilar ineluctablemente entre la burguesía y el proletariado.

En el caso de la pequeña burguesía (o más bien, en sectores de la misma), el convencimiento de los beneficios obtenidos con la Revolución proletaria y su adhesión – voluntaria o forzada – a la decisiones políticas, sociales y económicas de la dictadura del proletariado, serán la consecuencia de esa relación basada en la fuerza y en la experiencia práctica (y no de una mera acción previa de propaganda y proselitismo, salvo en casos individuales y grupos restringidos). En una situación revolucionaria, la pequeña burguesía apoyará pasivamente (o con cierta simpatía) al proletariado firmemente decidido a hacerse con el poder sólo en el caso de estar convencida de que su situación actual bajo el poder burgués no le deja otra alternativa, si llega pues a la conclusión que la dictadura del proletariado le abre mejores perspectivas personales que la permanencia de la dictadura burguesa.

La Dirección del KPD “olvidaba” otra de las posiciones basilares del marxismo, según la cual el proletariado revolucionario no defiende a la pequeña burguesía en cuanto tal, sino en cuanto personas oprimidas y avasalladas por el capitalismo; no defienden su pasado o presente de pequeños burgueses, sino su futuro de partícipes (en base al voluntariado o por la fuerza) de las transformaciones sociales que desembocarán en el socialismo.

Quince días después, a partir del III Ejecutivo Ampliado de la Comintern, la incipiente demagogia populista y filo-nacionalista del KPD, con el impulso entusiasta de Radek y el acuerdo del CEIC, se volverá durante un cierto período uno de los ejes de su actividad de propaganda y proselitismo.

En su parte político-institucional, la Resolución de la Conferencia prohibió a la izquierda alemana efectuar un trabajo fraccional de propaganda, de agitación y de organización. A cambio de ello, decidió abrir un suplemento de discusión interna en Die Rote Fahne, y la integración de una representación de la corriente de izquierda en la dirección del Partido (lo que se concretó con la nominación de Ruth Fischer, Thaelmann, König y Geschke en el Comité Central).

El III Ejecutivo Ampliado de la Internacional Comunista (junio 1923)

14.- La situación en Alemania se encrespó inmediatamente después de la Conferencia de Moscú. El 13 de mayo el KPD congregó 100.000 manifestantes en Berlín para protestar contra el asesinato en manos de un ruso blanco del diplomático soviético Vorovski y en defensa de la Revolución rusa contra las provocaciones del imperialismo occidental. El 16 de mayo más de 150.000 manifestantes acompañaron su féretro a punto de ser expedido a Rusia. Ese mismo día se desencadenaron las huelgas en el Ruhr y el pedido de las autoridades alemanas de ayuda a las fuerzas francesas de ocupación para reprimir las movilizaciones obreras. En medio del colapso económico-financiero, de la hiperinflación exponencial, de la crisis social aguda y de la lucha de clases en ascenso, del 12 al 23 de junio se reunió en Moscú el III Ejecutivo Ampliado de la Comintern.

Su desfase respecto a la situación alemana no pudo ser más sideral y sorprendente, ya que la cuestión de la lucha por la conquista del poder en este país no fue un tema central de esta reunión plenaria de la Internacional.

Lo único destacable de este Ejecutivo Ampliado estuvo constituido por la emisión generalizada, sin mayores oposiciones, de enunciados que eran desviaciones teóricas manifiestas tanto en la llamada “cuestión nacional” alemana como en el tema del fascismo. En él, la ausencia de Lenin, gravemente enfermo, se hizo sentir con toda su fuerza, y acentuó la trayectoria declinante de la Internacional Comunista.

Refiriéndose a Alemania, el Informe de Zinóviev59 flirteó con posiciones filo-nacionalistas y populistas, abriendo la puerta a las derivas homónimas del KPD en los meses siguientes:

“La cuestión nacional es también la cuestión vital de la política alemana. Nuestro Partido puede afirmar con todo derecho que, aunque nosotros no reconocemos patrias burguesas [¡menos mal!, ndr.], somos nosotros quienes defendemos en Alemania el futuro del país y de la nación. (…) Nuestros partidos no se han hecho aún a la idea de que deben tener a la mayoría del país detrás suyo. Y, sin embargo, nosotros no somos solamente un partido obrero en la sociedad burguesa, sino un partido obrero que es también el partido del pueblo trabajador en su totalidad”.60

En búsqueda de éxitos que se hacían esperar, Zinóviev lanzó sin ningún trabajo previo de fundamentación mínimamente rigurosa la consigna del “Gobierno Obrero y Campesino”, incluso en países plenamente capitalistas como lo eran los EE.UU. de América.

“Nuestra consigna del Gobierno Obrero debe ser ampliada en el sentido del Gobierno Obrero y Campesino, tal como el Partido (comunista) americano ya lo ha entendido. (…) Si queremos llegar verdaderamente a la dictadura del proletariado, debemos saber conquistar a los campesinos. Numerosos obreros, que han dejado de creer que nosotros podamos vencer con nuestras propias fuerzas, retomarán coraje si ellos nos ven con estos nuevos aliados. Nuestra consigna puede pues ser útil en todos los países.”

Comentando el Informe de Zinóviev, Radek atribuyó un carácter revolucionario a la llamada “cuestión nacional” en Alemania (tildada de “colonia de explotación de Francia”), y reivindicó un nacional-bolchevismo actualizado61:

“El nacional-bolchevismo significaba en 1920 un intento a favor de ciertos generales; hoy traduce el sentimiento unánime de que la salvación está entre las manos del Partido comunista. Sólo nosotros somos los únicos capaces de encontrar una salida a la situación actual de Alemania. Como en las colonias, poner a la Nación en primer plano en Alemania es un acto revolucionario”.

Fue un comunista checoslovaco, Alois Neurath, quien defendió la clásica posición internacionalista de Lenin y de los bolcheviques durante la Primera Guerra Mundial, oponiéndose a todo intento de atribuir un valor revolucionario a la mentada “cuestión nacional” en Alemania:

“La cuestión del Ruhr no tiene solamente una importancia local. La posición asumida por los periódicos o los dirigentes del KPD no puede ser indiferente al CEIC. Se trataba de ganar o neutralizar a los elementos proletarios y pequeños burgueses, y conducir una política que permitiese al proletariado francés luchar con todas sus fuerzas contra el imperialismo francés. ¿Cómo vencer las disposiciones contrarias de esta parte de los trabajadores? ¿Adaptándose a los prejuicios nacionalistas o combatiéndolos? (…) La burguesía alemana, lejos de jugar en el Ruhr un papel objetivamente revolucionario, sirve a la contrarrevolución. (…) El proletariado alemán sólo podrá vencer al imperialismo francés comenzando por su propia burguesía. Es el único medio de permitir que el proletariado francés abata a la suya. [En sus artículos62] Thalheimer invoca la posición de Marx y Engels en la guerra franco-alemana [de 1870, ndr.]. Si un paralelo se impone, es más bien éste: al igual que Thiers se puso de acuerdo con Bismarck para aplastar al proletariado revolucionario francés, Lutterbeck se pone de acuerdo con un general francés, en nombre de la burguesía alemana, para aplastar al proletariado revolucionario alemán. (…) Para mi la lucha del proletariado contra el imperialismo en general constituye siempre un objetivo revolucionario. De lo que se trata es de saber cómo la clase obrera debe llevarla a cabo. La clase obrera alemana luchará eficazmente contra el imperialismo francés si es evidente para todos que ella debe en primer lugar derrocar a la burguesía alemana (…).

“(…) Desde los primeros días de la guerra, la lucha contra el imperialismo francés, como contra todo imperialismo, era naturalmente un objetivo comunista y revolucionario. El proletariado de cada país tenía el deber de luchar contra su propia burguesía y crear así las condiciones de la derrota de la reacción internacional. Tal era pues la situación de 1914 a 1918. Thalheimer hace observar que después de 1914 la situación se modificó. ¿Pero en qué se modificó? Thalheimer dice: “Qué es el imperialismo alemán? ¿Dónde está su fuerza?”. Pero su crítica deja de lado un detalle: durante y después de la guerra, las fuerzas de la burguesía alemana se agotaron, ya no posee ejército, como es bien sabido, y que, por consiguiente, no tiene la misma fuerza que en 1914. Hoy en día ella es la más débil. Hay que derrocar a la burguesía alemana, establecer un gobierno obrero y campesino, hacer una alianza con la Rusia de los Soviets, y después de la victoria de la clase obrera – si no puede hacer de otra manera – recomenzar un Brest-Litovsk, un compromiso cualquiera con el imperialismo francés. Es de esta manera que es posible, no solamente luchar con éxito, sino también conducir a los elementos pequeño-burgueses hacia el comunismo. Ellos no tomarán este camino si nosotros le hacemos la competencia a los nacionalistas. En esta situación crítica, tenemos que mostrarles sin cesar un internacionalismo intransigente”.63

Dos representantes de la corriente mayoritaria del KPD, Boettcher y Hœrnle, atacaron la posición de Neurath. El primero presentó al proletariado como el adalid de la independencia de la Nación alemana (oponiéndolo a la burguesía que la habría traicionado), y afirmó que las posiciones de Neurath hubiesen dado lugar a un auge del fascismo (otro de los grandes campeones del nacionalismo alemán). Según él, la política de Neurath hubiese achicado las bases sociales del Partido comunista (alejando de él a las masas atraídas por la ideología nacionalista), y añadió textualmente: “Debemos evitar ser un partido corporativo de un internacionalismo intransigente. La Zentrale del KPD comparte completamente la concepción de Thalheimer”.

Por su parte, Hœrnle sostuvo que, “Para derrocar al Gobierno de Cuno, el Partido comunista tiene necesidad de las masas y tener en cuenta su ideología”. Si la táctica del Gobierno Obrero era para este orador la manera de “tener en cuenta la ideología” de las masas socialdemócratas [§X-6], la reivindicación de la Nación era para él la manera de ganar (¿y ponerse a la cabeza?) de las masas nacionalistas. La corriente mayoritaria del KPD ostentaba una demagogia populista sin principios.

Fue Radek, en la 8ª Sesión plenaria, quien trató de rebatir la posición de Neurath avanzando un planteamiento que inspirará la acción del Partido alemán en relación al nacionalismo de masas (fascismo). Radek quiso justificar desde un punto de vista geopolítico el intento de ganarse a la pequeña burguesía reaccionaria esgrimiendo el postulado de un “nacionalismo alemán revolucionario”:

“[Neurath establece] una analogía demasiado sistemática entre 1914 y 1923. (…) Neurath no entiende la esencia del movimiento nacional en Alemania, y es por ello que no entiende tampoco la táctica que se necesita emplear en la lucha contra ese nacionalismo. Lo que caracteriza la situación (alemana) es la derrota de una gran nación industrial rebajada al rango de una colonia. La derrota de la burguesía alemana tiene consecuencias de una gran importancia revolucionaria.

“(…) Para sostener la lucha del Ruhr, la burguesía alemana ha debido desatar a todos los perros del nacionalismo y se vuelve prisionera de su propia agitación. Lo mismo ocurre con el gobierno francés. Naturalmente nosotros protestamos contra todo nacionalismo. Pero debemos preguntarnos si la victoria de Poincaré sería un progreso. La victoria de Poincaré consolidaría a la contrarrevolución en todo el continente; por el contrario, su derrota destruiría el sistema de Versalles: sería entonces una victoria revolucionaria. Por esta razón, el Partido alemán debe decir: Sí, la clase obrera de Alemania y del mundo entero, incluso la clase obrera francesa, tiene interés en la caída de Poincaré. ¿Puede llamarse a eso social-patriotismo? Es cierto que la socialdemocracia alemana en 1914 decía también que la caída del zarismo sería una victoria revolucionaria. ¿Pero qué consecuencias ella extraía de ello? Ella extraía la conclusión de que había que apoyar al gobierno alemán. (…) El Partido comunista, por el contrario, declara que lucha al mismo tiempo contra Poincaré y contra Cuno y que él se prepara a todas las posibilidades revolucionarias.”

“(…) Las masas pequeño-burguesas y los intelectuales técnicos que jugarán un gran rol en la revolución son, en relación al capitalismo que los desclasa, en una posición de oposición nacional. Si nosotros queremos ser un partido obrero capaz de emprender la lucha por el poder, debemos encontrar el camino que nos acercará a estas masas, y no la encontraremos teniendo miedo a las responsabilidades, sino diciendo que sólo la clase obrera puede salvar a la nación. Si en el momento de la entrada de los franceses en el Ruhr hubiésemos dicho que queríamos primero abatir a Cuno, y luego expulsar a los franceses, nosotros hubiésemos sido, lo quisiésemos o no, los aliados de Poincaré.

“(…) [El CEIC] lamenta solamente que la burguesía alemana, a causa de su egoísmo, haya sido derrotada. Nosotros estimamos que es el deber de la clase obrera alemana tomar en sus manos la conducción de esta lucha”.64

Radek consideraba pues: • que Alemania se había vuelto una colonia francesa; • que la caídadel andamiento geopolítico resultante de la Primera Guerra Mundial (con la supremacía del imperialismo francés en la Europa continental) sería de por sí un resultado revolucionario y hubiera debido ser el objetivo de todo el proletariado europeo; • que habría que hacer palanca en el nacionalismo exacerbado por la propia burguesía alemana para ganarse a las clases medias nacionalistas sin las cuales la revolución sería imposible.

Ahora bien:

  • Era absolutamente cierto que el Tratado de Versalles había impuesto condiciones leoninas a Alemania, cuyas consecuencias la gran burguesía trataba de descargar sobre las masas trabajadoras en general, y sobre el proletariado en particular, provocando la hiperinflación y sus terribles consecuencias que se abatían sobre ellas (mientras que la burguesía misma se enriquecía de manera exponencial).
  • La conclusión inmediata de dicha constatación hubiera debido ser (tal como lo dijo Neurath): “Hay que aprovechar el descontento de las grandes masas y el debilitamiento de la burguesía alemana para abatir su poder estatal y hacerle pagar los costos de su aventura imperialista, a la espera de que la Revolución proletaria en Alemania provoque una nueva marea revolucionaria en todo el continente (lo que conllevaría la destrucción del Tratado de Versalles)65. Sólo así la destrucción del Tratado de Versalles hubiese tenido un contenido revolucionario (el nazismo volverá caduco ese mismo Tratado, y ello tuvo un contenido contrarrevolucionario evidente).
  • Por otra parte, era una exageración afirmar que Alemania era una colonia francesa y equiparar su situación a la de los países coloniales. Alemania seguía siendo una de las más importantes naciones capitalistas del mundo con un Estado nacional y burgués plenamente estructurado. Lo que el Tratado de Versalles había logrado era quitarle fundamentalmente los instrumentos de potencia política a nivel internacional. El verdadero contenido del nacionalismo alemán era la restauración de esta potencia, lo cual no era para nada un objetivo revolucionario.
  • Querer hacer de las tendencias y sobresaltos nacionalistas de la pequeña burguesía una palanca de la Revolución proletaria, y del proletariado el heredero de las tareas nacionales que la burguesía habría desertado, era una capitulación ideológica ante la pequeña burguesía reaccionaria y una negación del internacionalismo proletario (único garante de la victoria de la Revolución proletaria en Europa).
  • Las consecuencias de semejante planteamiento oportunista hubieran podido ser devastadoras para el movimiento comunista europeo si esta versión sui géneris del nacional-bolchevismo66 hubiese sido llevada hasta sus últimas consecuencias (es decir, a preconizar una alianza política con sectores nacionalistas). Este intento del CEIC y del KPD por hacer del comunismo alemán el defensor de la Nación terminará en aguas de borrajas (no sin haberlo intentado denodadamente [§X-15]).
  • La invasión del Ruhr por las tropas francesas era por cierto una expresión de la rapiña del imperialismo francés y una carta en su estrategia de dominación en Europa continental. La consigna del KPD (“¡Golpear a Poincaré y a Cuno en el Ruhr y en la Spree!”) estaba en línea con el planteamiento internacionalista de Lenin durante la Primera Guerra Mundial. La lucha contra Poincaré debía ser hecha en diapasón con el proletariado francés contra esa misma invasión. Dada la historia de la crisis del movimiento obrero durante la guerra, sumergido en una marea nacionalista multiforme, esta era la única manera de mantener viva y dar todas sus chances a la solidaridad activa entre los proletariados de ambos países.
  • Era de buena guerra demostrar, como lo hacían el CEIC y el KPD, la contradicción en que se hallaba la burguesía y el Gobierno alemán, quienes se presentaban como los defensores de la Nación y de los intereses nacionales promoviendo la resistencia pasiva, mientras que lo que hacían realmente, gracias a la hiperinflación y al saqueo del Estado, era desollar a las grandes masas y confiscar en su propio provecho la riqueza nacional. Pero la consecuencia revolucionaria de semejante constatación no era hacer del proletariado el “mejor y verdadero campeón de la Nación y de los intereses nacionales de Alemania”, sino y por el contrario, afirmar que la ideología nacionalista bajo todas sus formas, como fue el caso durante la Primera Guerra Mundial, siguía siendo un instrumento político que sólo sirvía a la burguesía para engañar a las grandes masas y subordinarlas a su estrategia política de dominación y a sus intereses de clase.
  • La clase obrera y la pequeña burguesía paupérrima podían encontrar en la Revolución proletaria una vía para superar los estragos provocados por el capitalismo. El nacionalismo no podía conducir más que a nuevos enfrentamientos inter-imperialistas67, mientras que el internacionalismo proletario (la alianza con la Rusia soviética y el proletariado europeo, y en primer lugar el francés) era la única vía para el derrocamiento del capitalismo y de todo el andamiaje imperialista internacional, Tratado de Versalles incluido.

La resolución sobre el fascismo y la línea Schlageter del III Ejecutivo Ampliado

15.- Los mismos deslices populistas constatados en la cuestión alemana volvieron a presentarse en el tratamiento del fascismo. Aquí dejamos de lado el Informe presentado por Clara Zetkin y nos referiremos exclusivamente a algunos aspectos de la “Resolución sobre el Fascismo” y a la notoria intervención de Radek que iba a signar en los meses sucesivos un capítulo de la acción del KPD en torno de esta cuestión.

La Resolución afirma correctamente: • que, en una situación de grave crisis política y económica resultante de la guerra, el fascismo era un instrumento de la burguesía para atacar violentamente, derrotar y esclavizar a la clase obrera cuando el viejo aparato “apolítico” del Estado burgués no le aseguraba una seguridad suficiente; • que sus bases sociales esban constituidas por la pequeña y mediana burguesía, por pequeños campesinos e intelectuales, ciertos elementos proletarios descontentos con todos los partidos políticos, por desilusionados y desarraigados de todo tipo (como antiguos oficiales del Ejército); • que el terreno ideológico favorable que dio al fascismo su base social resultó de la desilusión de ciertos sectores sociales en la capacidad de la socialdemocracia para lograr una transformación profunda de la sociedad.

A partir de la constatación de que el fascismo tenía una base social popular y desarrollaba una propaganda “revolucionaria” demagógica, la Resolución extrajo la conclusión absurda de que el fascismo “abarca también tendencias revolucionarias que podrían volverse contra el capitalismo y su Estado”.

Tras identificar las contradicciones sociales existentes en ese movimiento político que pretendía representar a los intereses de diferentes clases y sectores sociales, la Resolución sostuvo que “[la] vanguardia revolucionaria del proletariado no debe asistir pasivamente al proceso de descomposición del fascismo: su tarea histórica es acelerarlo consciente y activamente. Los elementos revolucionarios inconscientes contenidos en el fascismo deben ser llevados a la lucha proletaria contra la dominación de clase y la explotación de la burguesía. La derrota ideológica y política del fascismo debe preparar su derrota militar.”

No cabía la mínima duda de que los partidos comunistas debían llevar a cabo una lucha político-ideológica contra el fascismo, paralelamente a la organización en el seno del proletariado de la lucha armada de autodefensa y de ataque contra sus organizaciones paramilitares (tal como la Resolución misma lo dijo más adelante), y minar el poder de atracción del fascismo sobre sectores proletarios confundidos. Pero era un sin sentido político e histórico reconocerle “tendencias revolucionarias” inconscientes en su interior.

En base a este reconocimiento disparatado, el KPD se zambullirá en una frenética propaganda para recuperar algunas de sus bases militantes. Esta será la otra cara del intento de recuperación de las bases sociales de las tendencias nacionalistas con la intención de hacer del Partido comunista alemán el partido que mejor representaba los intereses de las clases medias y de la Nación burguesa.

En cuanto a la lucha contra el fascismo, la Resolución preconizó hacer de ella el eje de un frente único encargado de dirigir ese combate ideológico, político, organizativo, de agitación y de propaganda, que hubiera debido englobar a “todos los partidos obreros, a los sindicatos, y en general a todas las organizaciones proletarias”, así como a “todos los obreros sin distinción de tendencias”, a escala nacional e internacional.

Un punto particular de gran importancia fue la propuesta de “organizar la defensa de la clase obrera formando centurias y armándolas”, y “organizar los comités de control obreros para impedir el transporte de las bandas fascistas y sus municiones, reprimiendo sin piedad todos los intentos fascistas para aterrorizar a los trabajadores o impedir las manifestaciones de su vida de clase”.


La intervención de Radek en la discusión del Informe de Clara Zetkin sobre el fascismo provocó un tembladeral en el movimiento obrero internacional (sin que haya dado lugar a discusión alguna durante el III Ejecutivo Alargado). En tono melodramático, Radek hizo la apología del militante fascista Alberto Leo Schlageter, fusilado por decisión de las autoridades francesas de ocupación.

La vida de Schlageter fue la de un activista decidido y constante de los Cuerpos Francos contrarrevolucionarios alemanes. En marzo de 1919, Schlageter adhirió al Freikorps del capitán Walter Medem y participó en 1919 en los combates del Báltico y en la conquista de Riga contra las tropas soviéticas. En junio de 1919 adhirió al Freikorps de Petersdorff y con él retornó a Alemania en el mes de diciembre de ese año, participando en el Putsch de Kapp y en la represión sangrienta de los levantamientos proletarios del Ruhr. A inicios de 1921 adhirió a la Organización Heinz (policía secreta ilegal apoyada por las autoridades alemanas en la Alta Silesia) y participó en los combates contra los levantamientos polacos. A partir de 1923, como miembro de la Organización Heinz, participó en acciones de sabotaje contra las fuerzas francesas de ocupación. El 7 de abril fue detenido en Essen, el 9 de mayo fue condenado por un tribunal militar francés a la pena de muerte por sabotaje y espionaje, y el 26 de mayo fue ejecutado.

Para quien como Radek consideraba que el nacionalismo alemán poseía un potencial revolucionario, fascistas como Schlageter y sus congéneres podían llegar a volverse “camaradas de ruta” que podrían encontrar en el movimiento comunista un vector de la lucha contra el imperialismo francés en defensa de la Nación alemana. Desde esta perspectiva, su participación activa en los Freikorps contrarrevolucionarios (los mismos que aplastaron en sangre las revueltas obreras de 1919 y asesinaron a Rosa Luxemburgo, a Karl Liebknecht y a tantos otros militantes comunistas), podía aparecer como una simple peripecia lamentable, y no como el resultado materialmente ineluctable de la alineación de fuerzas de clase en contra de la Revolución proletaria y a favor de la conservación burguesa. Schlageter no era un “peregrino de la nada”, como lo calificó Radek, sino un representante típico de la tendencia más radical y decidida de la lucha contra el proletariado y el comunismo (y ello en nombre del nacionalismo alemán).

A partir de una apreciación histórica falsa como era la atribución de un potencial revolucionario al nacionalismo alemán de tinte popular, Radek se libró a un descabellado “homenaje sincero” hacia un “valiente soldado de la contrarrevolución”, a una apología de un mártir del nacionalismo y del fascismo alemanes, y fijó al KPD la tarea de conquistar a las “masas patriotas” y a las bases sociales “sinceras y desinteresadas” del fascismo germano, todo ello en nombre de la “defensa del pueblo alemán”. Para Radek, la ruptura con la burguesía alemana podía ser realizada en nombre del patriotismo. Su discurso fue la expresión de una deriva populista y de un nacional-bolchevismo aggiornato.68

Para seducir a las bases populares del nacionalismo, Radek no dudó en hacer del proletariado el representante de “todo el pueblo sufriente”, sin distinciones de clases, sin distinciones de intereses de clase.

De todo el discurso de Radek, sólo dos elementos eran rescatables. En primer lugar, el haber prometido explícitamente la violencia revolucionaria del movimiento comunista contra todas las fuerzas que se alineasen con la burguesía (y en primer lugar el fascismo). Y, en segundo lugar, el no haber empujado su “nacionalismo revolucionario” hasta proponer un frente único a las corrientes nacionalistas.

Lo inadmisible del discurso de Radek era haber abierto la vía a una grave desviación ideológica y política del movimiento comunista con el propósito de seducir y conquistar a sectores sociales atraídos por el nacionalismo contrarrevolucionario, y haber provocado así, no sólo el reforzamiento de la ideología nacionalista en las masas alemanas y francesas, sino también – y con mayor razón aúnla confusión en el movimiento comunista mismo, y la desconfianza entre proletarios de los distintos países europeos69.

La resolución sobre el gobierno obrero y campesino

16.- No nos extenderemos aquí demasiado acerca de la Resolución sobre la consigna de “Gobierno Obrero y Campesino” adoptada en el III Ejecutivo Ampliado y a la que se le dio “un alcance universal70.

Señalemos que, aunque no tuvo en ese momento ninguna consecuencia práctica sobre los dramáticos acontecimientos en la Alemania de 1923, este evento fue una nueva muestra de las improvisaciones tácticas de la Internacional iniciadas con la adopción de la consigna del “gobierno obrero”. El CEIC buscaba de esta manera recetas meramente empíricas y eclécticas, tanteos sucesivos para hallar el modo de radicalizar, sin mayores fundamentos marxistas ni históricos, una situación considerada como potencialmente revolucionaria, pero que no parecía generar los desarrollos esperados.

Señalemos también que el marxismo ha considerado sí la posibilidad de una dictadura revolucionaria de la clase obrera y del campesinado (la llamada dictadura democrática del proletariado y del campesinado de Lenin), pero únicamente allí donde, como fue el caso en Rusia, se planteaba la tarea de destruir estructuras agrarias arcaicas de tipo feudal o pre-burgués. En esta situación, el campesinado en su conjunto (obreros y semiproletarios agrícolas; pequeños agricultores propietarios, arrendatarios y medianeros; campesinos medios y ricos) tenían interés directo en la destrucción general de las relaciones de producción basadas en la explotación esclavista o servil, en la destrucción del binomio latifundio-minifundio de tipo semifeudal, y en ciertos casos en la nacionalización de la tierra. En 1923, esta situación concernía directamente grandes áreas geográficas de Asia, América Latina y África (como en China, India, Irán, Egipto, Brasil, Colombia, Perú, Chile, etc.).

En países de capitalismo con relaciones burguesas de producción dominantes en la agricultura (como los USA, Francia e Inglaterra), no estaba para nada excluido que, allí donde existían grandes tradiciones de organización y de lucha del proletariado agrícola (como era el caso en Italia), este último sector de la población agraria participase activamente en la lucha por la conquista del poder y en el ejercicio de la dictadura proletaria desde su inicio. Respecto a los semiproletarios y campesinos parcelarios, los pequeños campesinos que no contrataban mano de obra asalariada, las Tesis del II Congreso de la IC habían afirmado que estos sectores agrarios son capaces “de apoyar enérgicamente al proletariado revolucionario únicamente después que éste conquiste el poder político, sólo después que ajuste terminantemente las cuentas a los grandes terratenientes y a los capitalistas, sólo después que estos hombres oprimidos vean en la práctica que tienen un líder y un defensor organizado, lo bastante poderoso y decidido para ayudar y dirigir, para señalar el camino acertado[§V-10], es decir, únicamente cuando el proletariado ya en el poder habrá tomado las medidas que le permitirán mejorar de manera evidente y tangible su situación material, económica y social (lo que no excluye por cierto el trabajo previo de propaganda, de agitación y de organización en medio de este sector social)71.

Refiriéndose al campesinado medio, las Tesis de 1920 afirmaron:

«[El] proletariado revolucionario no puede acometer (por lo menos, en un porvenir inmediato y en los primeros tiempos del período de la dictadura del proletariado) la empresa de atraerse a esta capa. Tiene que limitarse a la tarea de neutralizarla, es decir, de hacer que sea neutral en la lucha entre el proletariado y la burguesía. Las vacilaciones de este sector entre las dos fuerzas son inevitables, y al comienzo de la nueva época su tendencia predominante, en los países capitalistas desarrollados, será favorable a la burguesía. Porque aquí prevalecen la mentalidad y el espíritu de propietarios; el interés por la especulación, por la “libertad” de comercio y de propiedad es inmediato; el antagonismo con los obreros asalariados es directo».

Tres años más tarde, el CEIC planteaba sin ningún reparo, en todos los países capitalistas (y por ende en los USA, Francia, Alemania, Polonia, Checoslovaquia, Italia, Finlandia, etc.), que la consigna del Gobierno Obrero y Campesino, que conllevaba implícitamente la promesa de que el proletariado compartiría el poder con “el campesinado”, permitiría por sí misma a los partidos comunistas “agrupar bajo su bandera al proletariado y al semiproletariado agrario, y ganar a la clase campesina para la alianza con el proletariado revolucionario”, y “comenzar a neutralizar a las capas medias del campesinado, y ganar a su causa a los pequeños campesinos”, todo ello antes de la conquista del poder.

Esta consigna táctica era uno de los resultados del flamante propósitodel Ejecutivo de “asignar hoy mismo [a los partidos comunistas] objetivos comunesa todo el pueblo”. Todo ello, bajo la reivindicación explícita de las “ventajas de la táctica maniobrera”, era la expresión de un voluntarismo inconsistente (pues no estaba basado en una teoría rigurosa ni en una experiencia con asidero en la historia de la lucha de clases y en la dinámica de sus protagonistas.

La Resolución adoptada por el Ejecutivo Ampliado afirmó que la consigna del Gobierno Obrero y Campesino era una consigna de propaganda que “no reemplaza de ninguna manera la agitación a favor de la dictadura del proletariado”, sino que, “por el contrario, al ampliar la base (…) del frente único, [esta consigna] representa la verdadera vía [¿“verdadera vía”, qué era eso?, ndr.] que lleva a la dictadura del proletariado”.

Desde el “frente único” y el “gobierno obrero” de coalición con la socialdemocracia al “gobierno obrero y campesino” que hubiera debido ampliar las bases del frente único (¿entre qué protagonistas ahora?, ¿con qué partidos u organizaciones campesinas?), las orientaciones tácticas del CEIC se entrechocaban de manera cada vez más confusa y ecléctica. Si la consigna del “gobierno obrero” seguía exigiendo interminables precisiones que desgarraban a los partidos comunistas, la consigna del “gobierno obrero y campesino” no podía dejar de agravar la confusión en la misma Internacional72.

La aplicación de la “línea Schlageter” en Alemania

17.- La “línea Schlageter” en Alemania se concretizó en polémicas entre representantes del KPD y de ciertas corrientes nacionalistas. Estas confrontaciones tuvieron lugar en mítines públicos, sobre todo ante un público de estudiantes, con la participación de dirigentes comunistas y figuras del nacionalismo y del Partido nazi73; como también entre publicistas en los órganos de ambas corrientes. De estas lides participaron activamente representantes de todas las tendencias del KPD.

La conquista de una influencia comunista sobre la pequeña burguesía, duramente golpeada por la crisis, aparecía al CEIC y a la dirigencia del Partido alemán como una condición absolutamente necesaria para la victoria de la Revolución en Alemania y para vencer al fascismo. Si bien en ningún momento el KPD propuso una alianza política a las corrientes nacionalistas (contrariamente a su actitud permanente en relación a la socialdemocracia), y con el propósito de acercarse a los públicos nacionalistas de extrema derecha, las derivas ideológicas de los representantes comunistas no fueron escasas (yendo en algunos casos hasta adaptarse al antisemitismo histérico en el que bañaban los movimientos nacionalistas74).

La Rote Fahne abrió sus páginas a una polémica entre Karl Radek, Paul Frölich y dos representantes del nacionalismo de extrema derecha (Arthur Moeller van den Bruck y Ernest Reventlow). Los textos de Radek y Frölich añadieron nuevos argumentos a los ya presentes en el discurso del primero en el III Ejecutivo Ampliado, aportando también precisiones y esclarecimientos sobre este nacional-bolchevismo new age.

Ante todo, Radek y Paul Frölich se libraron a una orgía retórica en torno de la defensa de la mítica Nación alemana (emblema y deidad de las corrientes nacionalistas) pisoteada por el imperialismo extranjero. La clase capitalista habría traicionado definitivamente a la Nación; la prueba de ello sería la miseria en la que la burguesía había sumido a las grandes masas alemanas en general y a la pequeña burguesía en particular. La alianza de las masas pequeño-burguesas con el proletariado revolucionario y con la Rusia soviética sería entonces la única posibilidad para ellas y para la Nación de escapar a un destino de decadencia, y para defender sus propios intereses de clase (¡esto sí que era otra innovación de talla: la revolución proletaria tendría entre sus objetivos la defensa de los intereses de clase de la pequeña burguesía!). Y en el momento mismo en que las condiciones objetivas de la Revolución maduraban vertiginosamente, Radek puso como condición sine qua non de la victoria (no la de la dictadura del proletariado, sino la del “gobierno obrero” que era entonces la consigna omnipresente del KPD) la alianza del proletariado con la pequeña burguesía que seguía al fascismo y a las corrientes nacionalistas75:

“Sólo se podrá combatir al fascismo indicando a [las] masas pequeño-burguesas la justa vía de la lucha por sus propios intereses [subrayado nuestro, ndr.]. (…) Ellas combaten contra la miseria insostenible a la que están reducidas, y combaten contra la esclavización de Alemania a causa del Tratado de Versalles. ¿La clase trabajadora debe sostenerla en esta lucha? Ella tiene el deber de apoyarla contra su caída en la miseria. (…) El Partido comunista debe ser capaz de despertar en la masa pequeño-burguesa la fe sacrosanta en la posibilidad de superar la miseria, la convicción de que ella, junto a la clase trabajadora, tienen la capacidad de derrotar la pobreza y poner las bases de una nueva vida en Alemania. La clase trabajadora alemana, si no será capaz de inculcar este tipo de fe en las masas pequeño-burguesas, será derrotada o, por lo menos, deberá postergar por largo tiempo su propia victoria (subrayado nuestro, ndr.).”76

“El elemento decisivo de la situación actual es que la cuestión nacional se ha vuelto la cuestión de la Revolución [subrayado en el original, ndr.]. La abolición de la dominación capitalista es la premisa de la salvación de Alemania. (…) Para nosotros la experiencia histórica ha demostrado que el capitalismo es incapaz de salvar a la Nación de la esclavitud. (…) El enemigo interno debe ser abatido, y por consiguiente: Revolución. (…) Portadora de esta lucha es la clase trabajadora, el proletariado. Naturalmente el proletariado incluye no solo a los trabajadoras manuales, sino también a los empleados, a los funcionarios pequeños y medianos, a la mayor parte de los intelectuales (…) Cada vez más vastos estratos de pequeños artesanos, pequeños comerciantes, rentistas, etc. Este proceso ocurre a un ritmo intenso, con terrible crueldad. Todos estos estratos sociales son víctimas del gran capital. Ya hoy son proletarios aunque lo nieguen, y son los aliados naturales del proletariado. (…) Para quien, como nosotros, parte de los intereses de la clase de los trabajadores, de ello resulta la tarea de salvar a la Nación. Quien toma en cuenta los intereses nacionales debe aliarse con el proletariado en lucha, debe querer la Revolución [subrayado en el original, ndr.]”.77

“Alemania ingresa en la más profunda impotencia y humillación. El elemento destacado de su situación no está en que gran parte del suelo alemán esté separada del resto a causa de una violencia extranjera, sino en que las clases hasta ahora dominantes en Alemania no son y no pueden ser capaces de unir al país contra la perspectiva de permanecer como una colonia del capital extranjero, no son y no pueden estar en la capacidad de proteger al pueblo alemán del destino de volverse estiércol cultural para la burguesía de naciones extranjeras. (…) El pueblo alemán podrá iniciar su defensa el día en que el proletariado alemán, las amplias masas de la pequeña burguesía ciudadana y rural sufrirán y derramarán su sangre conscientemente por sus propios intereses. (…) Para luchar contra el desmembramiento provocado por el enemigo externo, Alemania tiene necesidad de superar su propia división interna [¡este discurso era idéntico al de los fascistas!, ndr.]. (…) La mayoría del pueblo alemán puede unirse únicamente en el terreno de la lucha contra la miseria y todavía más contra la descarada desigualdad social, contra los parásitos que prosperan sobre el cuerpo de Alemania. Sólo la fe en que la lucha se desarrolle por una organización de la vida sobre bases nuevas y mejores dará al pueblo alemán la fuerza de soportar las pruebas indecibles que le esperan en todos los casos, ya sea que venza la Revolución o la contrarrevolución.”78

Paul Frölich no dudó en ir todavía más lejos en la definición del “pueblo sufriente” con potencial revolucionario (en el cual incluía hasta a sectores de la lumpen burguesía):

“[Quien] quiere combatir sinceramente a fondo al capitalismo internacional [enemigo jurado del nacionalismo alemán, ndr.] no debería concentrar inútilmente su propia atención en los fenómenos aislados, sino que debería eliminar radicalmente el saqueo capitalista.

“Esto corresponde incluso a las exigencias de aquel vasto estrato de burgueses medios y de pequeños capitalistas, precipitados ya en una miseria espantosa. Si alguna vez ellos vivieron de los intereses de las hipotecas, de los títulos de Estado y cosas así, hoy sus ingresos no existen más. ¡Irrevocablemente! (…) Este estrato social es precipitado en el proletariado. Comparte con él el destino y debería compartir su lucha para poder beneficiarse con sus resultados. (…) La premisa para la liberación de Alemania del yugo extranjero es la derrota del enemigo interno. Y el enemigo interno es el capitalismo.”79

La Jornada Antifascista del 29 de julio 1923 fue la ocasión para el KPD de una propaganda filo-nacionalista intensa, con la afirmación de que: “Nosotros seremos capaces de crear la fuerza que, si todos los otros métodos pacíficos fracasaran, oponga una resistencia victoriosa a la opresión extranjera y a la explotación por parte del capital de la Entente, incluso por medio de una guerra revolucionaria”, y el Comité Central del KPD confirmó el 5 y 6 de agosto la consigna de la guerra antiimperialista en un llamamiento que invitaba a aunar la liberación nacional y la lucha de clase revolucionaria bajo la guía del proletariado.80

Durante el verano de 1923, para el KPD la revolución proletaria se identificaba con la lucha de todo “el pueblo sufriente” y con el combate en defensa de la Nación, y el “gobierno obrero” hubiera debido ser su campeón a la cabeza del Estado.

El intento del KPD por acercarse a las masas “pequeño-burguesas sufrientes” conquistadas por el nacionalismo y el fascismo abortó sin ningún resultado significativo, y esto fue así por la simple razón de que los principios del internacionalismo proletario (reivindicado por todo el comunismo alemán, sin excepciones), y los del nacionalismo alemán en todas sus variantes eran intrínsecamente incompatibles.81

Este intento del CEIC, de Radek y del KPD para atraer a la pequeña burguesía enarbolando principios ajenos al marxismo revolucionarioestaba inexorablemente destinado al fracaso. Sectores de la pequeña burguesía sólo hubieran podido plegarse voluntariamente o por la fuerza a la dirección del proletariado a condición de abandonar sus ilusiones de clase y sus puntos de vista reaccionarios (y en primer lugar sus banderas nacionalistas y el querer devolver a Alemania su lustre imperialista de antaño). Para ello, la clase obrera alemana hubiera debido demostrar prácticamente su firme intención de conquistar el poder, la voluntad de ejercer su propia dictadura, y hacerlo efectivamente.

En vísperas del fiasco de Octubre 1923, en un clima de crisis política y social general en que las masas esperaban ansiosamente un cambio político radical, y no teniendo ya más cosas que perder, sectores de la pequeña burguesía volvieron sus ojos hacia el comunismo, esperando que éste las sacase de una situación desesperada. En el pasado ellas habían temido que el comunismo las despojase de sus reservas y de sus privilegios económicos y sociales, y ya era evidente para todos que había sido el capitalismo quien lo había hecho, haciéndolas caer en la miseria más absoluta. Pero como finalmente el KPD retrocederá sin combate, demostrando en los hechos no haber sido capaz de trastocar revolucionariamente la situación, en los años sucesivos la “pequeña burguesía sufriente” se volverá masivamente hacia la extrema derecha nacionalista y encontrará en el partido nacional-socialista al más decidido defensor de la Nación alemana con aspiraciones imperialistas, y en su engañosa demagogia populista y fascista contra el establishment, la plutocracia, el capitalismo internacional, y en el antisemitismo, la expresión condensada de sus propias aspiraciones y prejuicios reaccionarias.

El cuanto al intento del KPD de ganar a la política comunista a sectores pequeño-burgueses ultra-nacionalistas militantes (como lo había sido Schlageter), ello naturalmente terminó en un fiasco. Era ilusorio querer ganar a esos sectores que, en cuanto fascistas militantes, eran visceralmente anti-obreros y anti-comunistas. Ellos eran y seguirían siendo una reserva activa de la contrarrevolución.

Junio-julio 1923 y el auge generalizado de las luchas obreras

18.- Junio y julio de 1923 fueron meses en que la clase obrera se volcó impetuosamente a la lucha, en las que los militantes comunistas ocuparon los puestos de vanguardia.

«Manifestaciones obreras en Bautzen el 2 de junio, en Dresde y Leipzig el 7 de junio. En esa fecha, más de 100.000 mineros y metalúrgicos estaban en huelga en Alta Silesia, bajo la dirección de un Comité central de huelga elegido, que incluía a seis comunistas de un total de veintiséis miembros. El 11 de junio estalló una huelga sin precedentes de 100.000 trabajadores agrícolas en Silesia, a la que seguirían 10.000 jornaleros en Brandemburgo. El 11 de junio comenzó también la huelga de marinos mercantes en Emden, Bremen, Hamburgo, Lübeck, bajo el impulso de la Federación de Gente de Mar, miembro de la ISR y dirigida por comunistas. En Berlín, son los metalúrgicos los que entran en acción. En la capital y sus suburbios, esta corporación tiene 153.000 miembros sindicales de un total de 250.000 trabajadores, muchas pequeñas empresas ni siquiera tienen el 50% de sus miembros sindicalizados. La presión obrera obtuvo la organización de un referéndum sobre la huelga dentro del sindicato: la respuesta fue masivamente positiva. El sindicato celebró entonces un segundo referéndum, abierto a los no sindicalizados: la mayoría a favor de la huelga fue aún más abrumadora. Finalmente, la consigna de la huelga fue emitida para sesenta empresas, las más importantes, con un total de 90.000 trabajadores. Los empleadores iniciaron inmediatamente las negociaciones. El 10 de julio había 150.000 huelguistas, y la dirección sindical se había visto desbordada en muchas fábricas. (…) Pronto fue el turno de los obreros de la construcción, luego los de la industria maderera de la capital. En todas partes los comunistas desempeñan el papel principal en el desencadenamiento de las huelgas, o incluso en la reanudación del trabajo, no sólo en las reuniones sindicales, en las que a menudo son mayoría, sino también en las “asambleas obreras”, abiertas a todos, que obligan a los dirigentes sindicales a convocar».82

Los Consejos de fábrica cumplieron un papel de primer orden en estas movilizaciones, y ya entonces se postularon como dirección de recambio del movimiento obrero, como alternativa a la direcciones sindicales reformistas, preconizando lo que podía considerarse como embriones de los Consejos obreros, a saber, la constitución de organizaciones locales y regionales del proletariado para generar los objetivos y la dirección de sus luchas83.

En cuanto a las Centurias proletarias [§X-8], en nombre del “frente único” el KPD quiso restringirlas en los límites de la autodefensa, negándoles toda función ofensiva.84

La jornada antifascista de julio 1923

19.- En ese contexto de alza de la movilización de masas, y por iniciativa de Brandler, el KPD lanzó el 12 de julio un llamamiento a una jornada de lucha antifascista en toda Alemania fijada para el 29 de ese mes (objetivo que era uno de los ejes estratégicos establecidos por el CEIC para el Partido alemán, el otro siendo la generalización de la consigna de “gobierno obrero” en todo el Reich).

El llamamiento era una convocatoria abierta a la lucha en defensa de los gobiernos “de izquierda” de Sajonia y Turingia contra una inminente ofensiva antiproletaria de la reacción y contra una no lejana guerra civil. Desde inicios del año, el KPD había buscado evitar la radicalización de las luchas obreras (tratando de eludir un enfrentamiento prematuro que hubiese permitido a la burguesía derrotar una a una los avanzadas proletarias). El llamado del KPD rompía radicalmente con su actitud de espera precedente.

“Sacudido por el progreso de los nacionalistas de extrema derecha, perturbado por el informe de una reunión en la que el ex izquierdista Wolffheim, que se había pasado al otro lado, habló de «fusilar a los comunistas», Brandler intentó galvanizar al Partido y hacerlo consciente de la gravedad de la situación. La situación, según el llamamiento, no cesa de empeorar. El Gobierno Cuno está al borde de la bancarrota y se acerca el momento de la crisis total. Los franceses y los belgas patrocinan el movimiento separatista en Renania, Baviera está al borde de la secesión bajo un gobierno de extrema derecha, las tropas del Reichswehr – al menos en Baviera -, las secciones de asalto nazis, el «Reichswehr Negro», se preparan para iniciar después de la cosecha la guerra civil contra la Sajonia y la Turingia obreras, donde los gobiernos de los socialdemócratas de izquierda favorecen el desarrollo del movimiento de los Consejos de fábrica y toleran el de las Centurias proletarias. Los planes de los fascistas son conocidos por los dirigentes del Ejército, que los fomentan, por los líderes de los partidos burgueses, que los alientan, y por los líderes socialdemócratas, cómplices de su silencio:

« ¡Vamos a enfrentarnos con duras batallas! [proclama el Manifiesto, ndr.] ¡Debemos estar completamente listos para actuar! Debemos prepararnos a nosotros mismos y a las masas sin nerviosismo, con serenidad y con las ideas claras. (…) Los comunistas no podemos ganar esta batalla contra la contrarrevolución a menos que logremos llevar con nosotros a la batalla a los trabajadores socialdemócratas y sin partido. (…) Nuestro Partido debe llevar la combatividad de sus organizaciones hasta tal punto que no se sorprendan en ninguna parte por el estallido de la guerra civil. (…) Los fascistas esperan ganar la guerra civil con una brutalidad fulminante y la violencia más decidida. (…) Su intento violento sólo puede ser reprimido por el terror rojo contrapuesto al terror blanco. Si los fascistas, armados hasta los dientes, fusilan a nuestros combatientes proletarios, nos encontrarán decididos a destruirlos. Si pegan contra el muro a un huelguista de cada diez, ¡los obreros revolucionarios fusilarán a un fascista de cada cinco! (…) El Partido está dispuesto a luchar codo con codo con cualquiera que acepte sinceramente luchar bajo la dirección del proletariado. ¡Adelante, cerremos las filas de la vanguardia proletaria! En el espíritu de Karl Liebknecht y Rosa-Luxemburgo, ¡a combatir! ».85

Brandler había sentido claramente el clima general de conflicto en que bañaban las masas trabajadoras y la necesidad de darle un desemboque político. Pero lo notable de este llamado a manifestar en toda Alemania residía en que la convocatoria era hecha en nombre de una inminente guerra civil, sin evaluar mínimamente la capacidad del Partido alemán para franquear con sus fuerzas una muy previsible oposición decidida por parte del Estado y de las fuerzas armadas legales e ilegales. La iniciativa de Brandler y de la Zentrale tenía un tufo de “teoría de la ofensiva”, promoviendo una iniciativa sin sopesar sus consecuencias eventuales o probables, y sin que el Partido se haya preparado previa y seriamente para ello.

La reacción del Gobierno central y la de los Lander (con la excepción de Sajonia, Turingia y Bade) fue inmediata, con la prohibición de manifestaciones callejeras en la fecha fijada. En esta situación, la oposición entre la Izquierda y la Dirección del Partido rebrotó violentamente. Brandler propuso mantener las manifestaciones en los tres Lander mencionados más arriba, como así también en aquellas regiones donde el poder estatal no tenía la capacidad de impedirlas (como en el Ruhr y en Alta Silesia). Ruth Fischer exigió mantenerla en Berlín (lo que hubiera dado lugar a violentos enfrentamientos con las fuerzas represivas prusianas dirigidas por el ministro del interior socialdemócrata Severing). En realidad, la iniciativa intempestiva del KPD y la reacción gubernamental provocaron en la Zentrale un fuerte estado de incertidumbre y confusión, y Brander solicitó telegráficamente la opinión del CEIC.

En ese preciso momento, tras el XII Congreso del Partido bolchevique86, de los dirigentes del CEIC sólo Radek y Kuusinen87 estaban en Moscú: Zinóviev, Bujarin y Trotsky estaban de vacaciones (lo que es un índice de cuán lejos estaba el CEIC de evaluar certeramente la maduración de las condiciones revolucionarias en Alemania). La posición de Radek fue evitar a toda costa una situación como la de Julio de 1917 en Rusia (con levantamientos localizados y prematuros) que llevaría a una derrota segura.

Consultados por Radek, Trotsky declinó emitir cualquier opinión por falta de información completa sobre la situación alemana; Zinóviev y Bujarin fueron de la opinión de que había que mantener las acciones previstas en el llamamiento. En una carta a Radek afirmaron, sin analizar la situación concreta y sus probables consecuencias:

“Sólo siguiendo el camino trazado en el llamamiento del 12 de julio el Partido comunista alemán podrá ser reconocido como el inspirador y el centro de la lucha del proletariado contra el fascismo. (…) Ya hay demasiados indecisos en el Partido comunista alemán”.88

En medio de un clima conflictivo en gran auge, Radek, Zinóviev y Bujarin no emitieron opinión alguna sobre la oportunidad de lanzar – teniendo como horizonte una futura guerra civil – una vaga y meramente declamatoria consigna de “lucha antifascista” que no se traducía en nada concreto, pero que, dado el carácter explosivo de la situación general y la falta evidente de preparación del KPD, era susceptible de provocar una fuerte reacción del Estado.

Stalin, que no tenía ningún cargo en la Internacional, pero había sido nombrado Secretario general del Partido bolchevique en abril 1922, sostuvo en una carta dirigida a Zinóviev y Bujarin que el Partido alemán debía retroceder ante el diktat gubernamental, dando una serie de argumentos que iban de una evaluación coyuntural de la situación (la relación de fuerzas en presencia que en ese preciso momento no permitían un enfrentamiento final victorioso en caso de una respuesta masiva del Estado, lo que no era falso) a una perspectiva negativa a largo plazo (negación de la posibilidad de una revolución victoriosa en Alemania, lo que sí era totalmente falso), pasando por la afirmación oportunista de una necesaria coalición con la socialdemocracia para conquistar el poder89.

Ante la divergencia de opiniones entre los dirigentes bolcheviques, Radek telegrafió a Brandler aconsejando el abandono de las manifestaciones del 29 de julio. La Zentrale del KPD aceptó parcialmente el consejo y mantuvo las manifestaciones únicamente en Sajonia, Turingia y Wurtemberg. En otros lugares, las manifestaciones fueron reemplazadas por mítines en ambientes cerrados.

A pesar de la reculada del KPD y de la prueba concreta de que la Dirección había sido deficiente en la concepción y programación de esa movilización, la multitudinaria participación en las acciones propuestas90 fue un claro índice de la influencia creciente del KPD y de la voluntad de las masas para hacer que sus luchas desembocasen en el terreno político.

A posteriori, Die Rote Fahne explicó la reculada afirmando que “los obreros no estaban bien preparados” y que “nosotros no sólo no estamos en condiciones de lanzarnos a una batalla general, sino que debemos evitar todo lo que pudiera dar al enemigo la oportunidad de destruirnos91, reconociendo implícitamente así el carácter improvisado del llamamiento inicial y la falta de solidez y claridad táctica de la Dirección.

Hacia la caída del Gobierno Cuno

20.- En el verano de 1923, la crisis de la sociedad alemana, la eclosión extrema de los antagonismos sociales, el fracaso de la política de resistencia pasiva y la hiperinflación obligaron a la burguesía a buscar una alternativa política al Gobierno Cuno. Todas sus opciones giraban en torno de formas dictatoriales más o menos encubiertas, más o menos generalizadas, que dependían del grado de integración de la socialdemocracia en la solución avanzada.

La forma más extrema de la dictadura capitalista estaba conformada en ese momento por el poder en el Land de Baviera, donde existía una alianza entre la derecha conservadora en el gobierno presidido por Gustav von Kahr92, el Ejército, las milicias contrarrevolucionarias y el nazismo, y se expresaba en la represión de toda forma de movimiento obrero organizado.

La alternativa preferida por la gran burguesía representada por Stinnes y sus congéneres era entonces la coalición de partidos burgueses con la participación o el apoyo externo y parlamentario de la socialdemocracia, sin por ello dejar de apoyar abierta o subrepticiamente al poder instalado en Baviera.

El fracaso del Gobierno Cuno para introducir una cuña entre Inglaterra y Francia en el tema de las reparaciones; el rechazo por parte de Poincaré del pedido de una prórroga de 4 años para el pago de éstas; los resultados insignificantes de la resistencia pasiva como instrumento de presión sobre el ocupante; el rechazo del Gobierno francés de toda tratativa previa a la capitulación sin condiciones del Gobierno alemán; el pozo sin fondo financiero que significó la política de indemnización a la industria del Ruhr93 y del personal licenciado por el ocupante, y el descontrol generalizado de la hiperinflación obligaron al Gobierno Cuno en el mes de mayo a dirigirse a la gran burguesía para solicitarle una participación en el pago de las reparaciones (y recordemos que esta última prácticamente no pagaba impuestos, ya que su contribución en el presupuesto nacional no superaba el 3% [§IX-1]). Esa solicitud fue la prueba de su impotencia.

La respuesta de la Asociación Nacional de la Industria Alemana (RDI) condicionó su aceptación del pago de impuestos sobre los “bienes reales” a la exigencia previa de la eliminación de todo control estatal sobre la producción y la distribución de bienes, la abolición de todas las reglamentaciones estatales sobre la economía implementadas durante la guerra, la total libertad de despido y la eliminación de la limitación a 8 horas de la jornada laboral. Tales exigencias eran inadmisibles para los sindicatos (socialdemócratas, cristianos o liberales): en caso de aceptación, las últimas conquistas sociales de las luchas obreras de la posguerra (que eran la razón de ser del reformismo socialdemócrata) se hubiesen esfumado inexorablemente. Además, políticamente ningún partido, el SPD incluido, podía aceptar sin comprometerse definitivamente asumir solo la liquidación (incluso puramente formal) de la resistencia pasiva antes del inicio de nuevas tratativas con el Gobierno francés.

Las mismas causas provocando los mismos efectos, la situación de caos de la economía y de la finanza del país no hicieron más que agravarse.

“A mediados de julio 1923, un reporte, que con toda seguridad era del Ministerio del Tesoro del Reich, arribaba a la conclusión de que el marco había perdido su rol de unidad de medida del valor y de medio de pago: «En todos los ambientes que no pueden mantenerse con sus reservas domina una sensación de desesperación (…) Con un gran esfuerzo policial se logra impedir por un tiempo la explosión de mayores revueltas. Pero a la larga esto no es posible si se bloquea el intercambio entre la ciudad y el campo, y en las ciudades llegan a faltar los necesarios géneros alimenticios. (…) El Estado que no está más en condiciones de impedir el derrumbe total de la moneda, y por ello declara la bancarrota, el Estado que ya no es capaz de dar a la moneda que emite ningún valor adquisitivo, pierde toda autoridad, y en último análisis la justificación de existir»”.94

En julio-agosto 1923 ya no eran solamente las grandes masas quienes no podían continuar viviendo como en el pasado, sino tampoco las fuerzas políticas dominantes podían seguir gobernando como lo habían hecho desde noviembre de 1918. La política de Cuno había llevado a la burguesía a un callejón sin salida. Las condiciones de una crisis política general ya estaban reunidas. Y la prensa burguesa se alarmó abiertamente. El 29 de julio, el católico conservador Kreuz-Zeitung escribió que, “sin duda, nosotros estamos hoy a la vigilia de una nueva revolución95. Y el Comisario del Reich a la vigilancia del Orden Público escribió el 23 de julio que “si no se logra con la ayuda del extranjero poner rápidamente un término al descalabro económico del Reich, Alemania difícilmente podrá evitar una nueva revolución, que en su forma será parecida a la Revolución rusa o alemana de 1918 y que (…) arrastrará a los otros pueblos de Europa en el caos96.

Incluso la socialdemocracia estaba en plena crisis interna: en oposición a su política constante de alianza con partidos burgueses, un sector de ella se pronunció por el derrocamiento del Gobierno Cuno, a favor de un “gobierno obrero” y en contra de una “gran coalición junto a partidos abiertamente burgueses97.

Radek mismo, tan reticente en el período precedente acerca de la posibilidad de una revolución a corto plazo en Alemania, escribió el 2 de agosto en Die Rote Fahne que la Revolución proletaria estaría a la orden del día en un futuro próximo (tal como lo indicaba la capitulación de la burguesía alemana en la cuestión del Ruhr, la conquista ya en curso de la mayoría del proletariado activo por parte del Partido comunista en detrimento de una socialdemocracia en plena delicuescencia, y la descomposición del movimiento fascista como consecuencia del auge del movimiento comunista98). Pero el momento decisivo de la conquista del poder – siempre según Radek – no habría llegado aún. Para ello el Partido comunista hubiera debido contar con por lo menos un millón (!!!) de afiliados (recordemos que en ese momento el KPD tenía algo más de 300.000 adherentes). Mientras tanto, el Partido hubiera debido promocionar las realizaciones concretas del “frente único” junto a los socialdemócratas de izquierda a fin de desarrollar los Consejos de fábrica, los Comités de control, las Centurias proletarias, el control de la producción, la constitución de un “gobierno obrero y campesino”, sin olvidar la conquista de amplios sectores de la pequeña burguesía99.

Simultáneamente, por iniciativa de Brandler y sin el respaldo de la oposición de izquierda, el Comité Central del KPD aprobó el 6 de agosto una Resolución sobre la situación política que afirmaba que el Partido debía prepararse a una “lucha revolucionaria defensiva” (¡sic!) y obrar para formar con los sindicatos y el Partido socialdemócrata un frente único para la constitución de un “gobierno obrero y campesino”.

Toda la energía proletaria liberada por una situación pre-revolucionaria estaba así orientada y canalizada en la perspectiva de un gobierno de transición en coalición con la socialdemocracia. De esta manera, el KPD ponía en manos de la socialdemocracia la posibilidad de generar un desenlace revolucionario de la situación.

Días más tarde, la crisis política y una marea huelguística generalizada abrirán paso a una situación objetivamente revolucionaria.

Las huelgas contra el Gobierno Cuno

21.- El libro de Chris Harman ofrece un vívido cuadro de esta marea social con inmensas consecuencias políticas100.

“En el verano de 1923, la inflación adquirió proporciones absolutamente insensatas. Hasta entonces, la moneda se había depreciado a un ritmo semanal o mensual, pero todavía era posible adaptarse. Ahora estaba perdiendo valor cada hora. (…) La masa de la población se encontraba verdaderamente desesperada.

«En los mercados de Berlín, los precios de las patatas, los huevos y la mantequilla cambiaban seis veces al día. (…) El trueque sustituyó en gran medida a las transacciones monetarias. La gente ofrecía sus últimas joyas y sus últimos muebles para tener su pan de cada día. (…) Las masas enojadas y desesperadas comenzaron a rebelarse, y hubo motines en toda Alemania».101

“Un cambio significativo comenzó a ocurrir entre los trabajadores. Fuera de las zonas ocupadas del Ruhr, hasta mediados del verano había habido un pleno empleo relativo, a pesar de que el pequeño número de personas desempleadas se encontraban en la miseria más extrema. Pero a partir de finales de julio (…) muchas empresas quebraron: mientras llevaban su dinero al banco, la moneda valía muy poco para renovar sus stocks. El desempleo, prácticamente nulo a principios de año, alcanzó un 6% en agosto y un 23% en noviembre. Un gran número de trabajadores se encontraron en desempleo técnico parcial.

“(…) A finales de julio comenzó otra oleada de huelgas, similar a la de mayo y junio, pero a una escala mucho mayor, y con consecuencias políticas mucho mayores.

“En Sajonia, una huelga de 20.000 mineros estalló el 25 de julio. Tres mil mineros irrumpieron en las instalaciones de la federación patronal y las saquearon. El mismo día, los directivos de once fábricas de la ciudad sajona de Aue se vieron obligados a aceptar aumentos salariales tras amenazas de manifestaciones armadas. En Schneeberg, una semana después, las Centurias proletarias se apoderaron de una gran cantidad de productos alimenticios. El 1 de agosto los trabajadores de las fábricas de ocho ciudades vecinas asediaron las negociaciones salariales en curso en Aue. El 6 de agosto le tocó el turno de salir a la calle a 4.000 obreros metalúrgicos de Pobeln. Las Centurias arrastraron físicamente a los empleadores a la mesa de negociaciones y los obligaron a hacer concesiones.

“Los informes al Ministro del Interior del Reich se quejaban: «Se utilizó la fuerza para obligar a los empleadores a negociar, sin que los líderes sindicales o la policía pudieran intervenir»102. En Chemnitz, 150.000 trabajadores marcharon por las calles exigiendo el derrocamiento del gobierno.

“En la primera semana de agosto, el movimiento se extendió a otras partes de Alemania. Hubo grandes manifestaciones en Stuttgart. En Stettin, los estibadores se declararon en huelga. En Brandemburgo, trabajadores agrícolas en huelga comenzaron los saqueos. En Magdeburgo los obreros rurales dejaron de trabajar el 9 de agosto.

“Mientras tanto, en la región Ruhr-Renania, 200.000 mineros estaban iniciando una huelga de celo, a pesar de un aumento salarial del 87% a finales de junio. Este ya había sido absorbido por el vals de las etiquetas. «Se multiplicaron las manifestaciones y mítines contra los aumentos de precios. (…) Se produjeron enfrentamientos con la policía después de un Congreso de desempleados y beneficiarios de trabajos de emergencia en los talleres gubernamentales celebrado los días 28 y 29 de julio»103. Hubo tres muertos en Oberhausen.

“La inflación comenzó a causar escasez de alimentos, lo que a su vez agravó la inflación: los agricultores ya no cambiaban sus productos por papel moneda; las tiendas cerraron sus puertas porque los comerciantes ya no podían reponer sus mercancías. El 2 de agosto, cuando una junta de arbitraje otorgó a los mineros del Ruhr aumentos salariales del 90 al 110%, su valor ya se había reducido a cero.

«En las minas y en la industria pesada los espíritus no se calmaban. Se exigieron asignaciones salariales especiales. Fue en vano que las Centrales obreras obtuvieron un aumento del 245% el 9 de agosto. (…) Los disturbios se extendieron»104.

“Lo que no era sorprendente. El precio del carbón se cuadruplicó en la jornada del 9 de agosto. El costo de algunas necesidades básicas se había multiplicado por veinte en el mismo mes. En Berlín ya había huelgas esporádicas en las fábricas de mecánica a principios de agosto y paros parciales en la red ferroviaria municipal. Die rote Fahne se hizo eco de una huelga de trabajadores de cuello blanco en la industria mecánica. La planta de Borsig se detuvo el 9 de agosto, seguida por los talleres de Metro. Pero fue la huelga de las imprentas de ese mismo día la que llevó el movimiento a su punto máximo.

“La huelga de los trabajadores gráficos fue oficial, pero los dirigentes sindicales no quisieron involucrar a los 8.000 trabajadores de las imprentas del Gobierno. Los comunistas lograron que dejaran de trabajar, golpeando al Gobierno donde realmente hacía mal. Porque las prensas que vertían cantidades cada vez mayores de billetes dejaron de funcionar. De repente, el enorme flujo de papel moneda necesario para mantenerse al día con los aumentos de precios se estaba secando. Toda la economía estaba amenazada de asfixia.

“Los dirigentes comunistas finalmente entendieron la dimensión de los acontecimientos: inmediatamente comenzaron la agitación a favor de una huelga general para derrocar a Cuno y poner un «gobierno obrero» en su lugar. Los enormes talleres de Siemens en Berlín dejaron de funcionar después de Borsig, y fueron copiados por otras once grandes fábricas. A partir de entonces, las reivindicaciones ya no fueron sólo económicas, sino que exigieron el derrocamiento del Gobierno. El transporte público de la ciudad se detuvo por completo, luego fue el turno de los trabajadores del agua, el gas y la electricidad.

“Fuera de Berlín, se produjo un paro total en las zonas mineras de Sajonia, donde las organizaciones de trabajadores armados mostraron su fuerza como nunca antes: «Los Comités de Control parecían dominar los mercados»105. En el oeste del país, como dijo un informe al Ministro del Interior:

«La huelga general, a pesar de los sindicatos, paralizan a Solingen, se lucha en Krefeld, Homberg, Aquisgrán, Cleves, Opladen, Stoppenberg, etc. Los desempleados y huelguistas hambrientos saquean el campo en busca de comida. (…). Las quejas y apelaciones de los empleadores caen por docenas en el escritorio del Ministro del Interior. (…) En la orilla izquierda del Rhin, los mineros ocupan parcialmente las instalaciones y expulsan la dirección. (…) En algunas minas se construyen horcas con letreros que dicen: “Esto es para ustedes si no satisfacen nuestras demandas en 24 horas”»106.

“El 11 de agosto, una Conferencia de los consejos de fábrica y de los pozos del Ruhr se reunió en Essen y formuló las reivindicaciones para una huelga en la región. Al mismo tiempo que el derrocamiento del Gobierno Cuno y la formación de un gobierno obrero, la Conferencia reclamó el retorno a los salarios reales de la preguerra, la jornada laboral de seis horas en los pozos y la requisa de productos de primera necesidad por parte de los Comités de Control. En Hamburgo, los astilleros quedaron paralizados y hubo disparos en las calles de Hannover, Lübeck y Neurode.

“En Berlín, los sindicatos no podían ignorar la presión de sus miembros. Se vieron obligados al menos a dar la impresión de que dirigían el movimiento. El 10 de agosto convocaron una reunión especial de representantes del SPD, del USPD y de los comunistas. Los comunistas reiteraron su llamado a una huelga general. No sin dudarlo, por un momento algunos dirigentes sindicales profundamente reformistas parecieron comprometerse en esta dirección. Tenían miedo de perder todo el respeto por su base si se oponían al llamado; pero también tenían miedo, si aprobaban la consigna, de la propagación de un movimiento que no podrían controlar. Uno de los delegados del SPD era el viejo enemigo de la Revolución de 1919, Otto Wels, quien exclamó que la huelga era la anarquía, el aventurismo, el caos – y esto en el preciso momento en que, según él, el Gobierno estaba implementando un conjunto de medidas económicas de emergencia que comenzarían a arreglar las cosas. Su intervención inclinó la balanza dentro del sindicato y la huelga general fue rechazada.

“Pero los comunistas sabían que la base sindical no estaba de humor para escuchar las advertencias de sus dirigentes. Se envió una circular a todos los distritos del partido:

«La información que recibimos indica que en todo el país existe una situación similar a la de Berlín. En todas partes hay huelgas de celo y paros laborales. Es necesario unificar estos movimientos y darles una orientación. Debemos intentar que los comités locales de la ADGB [la principal federación sindical] se pongan a la cabeza del movimiento espontáneo. Cuando esto no sea posible, los Consejos de fábrica deben dirigir y organizar el movimiento».

“Precisamente con vistas a esta ocasión, los comunistas habían estado trabajando durante el año pasado para crear organizaciones locales y nacionales de Consejos de fábrica que escaparan al control de los burócratas sindicales. El Comité de los Quince, elegido en la Conferencia del Consejo Nacional del año anterior, tomó la iniciativa de convocar una reunión de delegados de los Consejos de fábrica de Berlín para el día siguiente (11 de agosto).

«La sala grande estaba repleta, recuerda uno de los participantes: Las calles (…) estaban repletas de coches y furgonetas que los Consejos de fábrica habían requisado en las fábricas para tener un medio de transporte rápido para los trabajadores. En las calles circundantes había coches de policía, pero no se atrevieron a intervenir».107

“Hay varias estimaciones del número de personas presentes. El historiador francés Broué da la cifra de 2.000, el historiador suizo Favez, sobre la base de documentos oficiales, dice que «estaban representados 10.000 Comités de empresa»108 y el alemán oriental Ersil escribe que «cerca de 20.000 comités de empresa, incluidos miles de socialdemócratas, se reunieron allí»109. Sin detenerse en los números, una cosa es segura. El movimiento de los Consejos de fábrica, que parecía tan débil nueve meses antes, había generado una fuerza capaz de unir a la clase obrera independientemente de los burócratas sindicales.

“La reunión convocó a una huelga general inmediata con las siguientes demandas: demisión del Gobierno Cuno; formación de un gobierno obrero; requisición de los productos de primera necesidad bajo el control de las organizaciones obreras; salario mínimo inmediato de 60 pfennigs-oro; derogación de la prohibición de las Centurias proletarias.110

“El Comité de los Quince dio las orientaciones de la huelga general: elección de comités de huelga, organización de comités de control y de Centurias proletarias, desarme por las Centurias de los grupos fascistas, propaganda y confraternización con los soldados y la policía.

“La policía incautó una edición especial de Die rote Fahne destinada a difundir la convocatoria de los Consejos de fábrica. Pero fue inútil ese intento de impedir el desarrollo del movimiento. Berlín quedó completamente paralizada por la huelga. «[Era] una capital privada de agua, de gas, de electricidad, de periódicos – tanto inerme como tensa – donde se multiplican los mítines y los desfiles (…)»111.

“La convocatoria de Berlín dio un nuevo impulso a los movimientos fuera de la capital. En Halle, 1.500 trabajadores participaron en un Congreso local de los Consejos de fábrica – 339 de ellos eran delegados de los pozos, quienes votaron 320 a 19 a favor de la huelga general -. La mayoría a favor de la huelga incluyó 70 delegados del SPD112. La huelga fue efectiva tanto en el área de Halle-Merseburg como en el área tradicionalmente más socialdemócrata de Magdeburgo. Los trabajadores iban extendiendo la acción de pozo en pozo y de fábrica en fábrica.

“La huelga general fue un poco más lenta para llegar a Sajonia y Turingia, donde no se inició realmente hasta el 13 y 14 de agosto. Pero todavía era posible, el día 14, que un tal Dr. Weigel se quejara ante el Landtag del «terror» ejercido durante las negociaciones salariales que se celebraban «regularmente frente a las manifestaciones locales» y que «amenazaban a los dirigentes de los empresarios», por ejemplo en Aue, Schneeberg y Annsberg113.

“Al mismo tiempo que la huelga se extendía por todo el país, dio lugar a una ola de manifestaciones y batallas callejeras:

«Estallan enfrentamientos en todas las grandes ciudades obreras donde la huelga se extiende. (…) El 12 de agosto hubo una colisión entre manifestantes y policías en Hannover, Rotthausen, Gelsenkirchen, con un saldo de treinta muertos. El día 13, nuevas manifestaciones, nuevos tiroteos, más graves aún, en casi todas partes: seis muertos en Wilhelmshaven, veinte en Hannover, quince en Greisz, diez en Aix-la-Chapelle, veinte en Zeitz, treinta en Jena, uno en Breslau, cuatro en Crefeld, cuatro en Ratibor»114.

“(…) Es evidente que en estos días ha habido preocupación en los sectores más conscientes del capitalismo alemán. Stresemann, el líder del Partido Nacional del Pueblo Alemán, confió al embajador británico:

«[Stresemann] piensa que los comunistas no podían dejar pasar la oportunidad actual. (…) Todas las circunstancias están a su favor. Nunca más volverá a surgir una oportunidad así. Stresemann dijo: “Por lo tanto, tengo miedo de dos cosas, un éxito comunista inmediato y una reacción nacionalista violenta que él desencadenaría“»115.

“La huelga general tuvo lugar cuando el Gobierno estaba de todos modos al borde del colapso. Su intento de resolver la crisis del Ruhr implicando a los británicos acababa de fracasar. Tuvo que hacer frente a la inflación. Y ahora toda la clase obrera parecía haber caído bajo la influencia de los comunistas. Cuno, el «hombre fuerte» ocho meses antes, que soñaba con una dictadura personal, dijo que estaba «demasiado cansado» para continuar”.

El 10 de agosto, en pleno auge del movimiento de masas, los diputados socialdemócratas se abstuvieron durante el voto de desconfianza propuesto por los diputados comunistas contra el Gobierno Cuno. En esta ocasión, los diputados comunistas lanzaron un llamamiento incoherente para que, “por sobre [?] el Parlamento, el movimiento de masas del proletariado forme un gobierno obrero revolucionario”116.

El 11 de agosto el SPD dio marcha atrás, afirmó que el Gobierno Cuno no tenía más su confianza y declaró estar dispuesto a participar en un gobierno de Gran Coalición con los partidos burgueses decididos a “hacer pagar a los ricos” y “aliviar la miseria de los trabajadores”117. Esto provocó la dimisión de Cuno118. El presidente Ebert encargó entonces a Gustav Stresemann (del mismo Partido Popular Alemán que el dimisionario Cuno y cercano a Stinnes) la formación de un nuevo gobierno. Uno de los objetivos centrales de este gobierno debía ser la liquidación de la resistencia pasiva en el Ruhr, ya inútil, inviable y una de las grandes causas de la hiperinflación. Esta Gran Coalición incluyó además al Partido del Centro, al Partido Demócrata y al SPD119.

Cuatro socialdemócratas fueron nombrados ministros: Robert Schmidt como Vicepresidente, Rudolf Hilferding (una de las máximas referencias de la II Internacional) como Ministro de Finanzas, Wilhelm Sollmann en el puesto clave de Ministro del Interior y Gustav Radbruch como Ministro de Justicia. El SPD aceptó aportar su concurso directo en defensa del Orden establecido contra el compromiso de Stresemann de negociar con Francia una salida en las cuestiones del Ruhr y las reparaciones de guerra, estabilizar el marco, reformar el sistema fiscal, fijar los salarios a valores constantes, otorgar subsidios para los desocupados y obtener la ruptura de las relaciones entre el Reichswehr con las organizaciones ilegales120. En una situación grávida de Revolución, la entrada en el Gobierno Stresemann de ministros socialistas cumplía el mismo papel contrarrevolucionario que su incorporación en el Gobierno monárquico del Príncipe Max en el otoño de 1918.

La nominación del Gabinete Stresemann y la participación del SPD en él echaba por tierra toda esperanza de que la marea huelguística de julio-agosto y la dimisión de Cuno desembocasen en la formación de un “gobierno obrero” sin ministros burgueses.

Ya sin perspectiva política, las huelgas se extinguieron gradualmente y de manera desperdigada, a pesar de un intento inicial del KPD de prolongarla121. Die Rote Fahne, que en la mañana del 14 de agosto tenía como título “Millones en la calle. El combate continúa”, en la edición de la tarde ya llamaba al cese coordinado de las huelgas explicando que, ante la oposición del SPD y de los dirigentes sindicalistas, la continuación del movimiento hubiera provocado una lucha fratricida. Su editorial del 15 de agosto fue: “¡La lucha ha sido quebrada! ¡Preparemos la próxima!”, y en subtítulo: “Interrupción, no conclusión122. La inmensa energía desplegada por el proletariado alemán en julio-agosto 1923 se disipó en la nada.

Las represalias de la burguesía tras esta derrota política de la clase obrera fueron inmediatas: más de 100.000 huelguistas fueron despedidos y el Ministro del Interior socialdemócrata del Gobierno de Prusia, Severing, en nombre de la Ley de Defensa de la República, puso fuera de la ley a las diversas Direcciones de los Consejos de fábrica del Reich. Los golpes del Estado alemán y de las fuerzas de ocupación francesas se abatieron sobre el KPD (interdicción el 22 de agosto de su Congreso regional del Wurtemberg, interdicción de 5 cotidianos de la región del Ruhr, secuestro reiterado de Die Rote Fahne, arresto de redactores y colaboradores de periódicos comunistas, orden de detención de militantes comunistas (en particular de Ruth Fischer, quien logró evitarla).

22.- El Gobierno Cuno estaba agonizando cuando las luchas de julio-agosto provocaron su entierro. Su renuncia y la formación del de Stresemann fue el único resultado tangible del gigantesco movimiento de masas de julio-agosto 1923.

La mayor responsabilidad política de ese magro resultado recayó en el Partido comunista alemán. Y no porque en ese preciso momento hubiera sido posible otro desenlace parlamentario de la crisis gubernamental, sino porque el KPD no hizo palanca en esa voluntad y decisión de lucha de las masas para impulsar a escala nacional la formación de Consejos obreros (lo que hubiese sido altamente factible a partir de la tendencia ya iniciada en junio 1923 a organizar local y regionalmente a las organizaciones de Consejos de fábrica [§X-18]). Un llamamiento de esa naturaleza hubiese generado a corto plazo las condiciones político-organizativas de una alternativa revolucionaria, los vectores de masas de una insurrección proletaria, como así también la expresión clara y decidida de la intención del KPD de apuntar sin tergiversaciones a la conquista revolucionaria el poder.

En vez de ello, el KPD, aferrado a su objetivo de la formación de un “gobierno obrero” que contaría con el apoyo o la participación del Partido comunista, llevó el movimiento a un callejón sin salida. Continuando en ese momento crucial a promocionar esa consigna gubernamental, el KPD cometía tres errores fatales.

En primer lugar, consolidar en las masas la idea de que el Partido comunista, por sí solo, estaba en la incapacidad de conducir a buen puerto luchas gigantescas del proletariado, y de que era impotente para resolver revolucionariamente la situación más crítica atravesada por las clases trabajadoras desde la posguerra; y que, para poder llegar a hacerlo, el KPD requería una alianza con la socialdemocracia contrarrevolucionaria (la que era uno de los pilares fundamentales y claramente evidentes del statu quo burgués).

La desilusión inevitable de las masas conquistadas por el Partido comunista en el curso de los meses precedentes (y que habían roto en la práctica con esa socialdemocracia a la que habían seguido y apoyado en el pasado) no podía dejar de provocar desmoralización y tener consecuencias profundas en la psicología de amplios sectores de la clase obrera como en el conjunto de las clases trabajadoras, e incluso de la pequeña burguesía pauperizada. Los efectos negativos de semejante planteamiento por parte del KPD pesarán gravemente sobre los acontecimientos ulteriores.

En segundo lugar, al centrar el objetivo del movimiento revolucionario en gestación en la formación parlamentaria de un “gobierno obrero” (que claramente no era la dictadura del proletariado), el KPD ponía al desnudo, ante los ojos de todos, la inanidad de sus objetivos políticos basados en la búsqueda de una coalición rechazada a escala nacional por el supuesto futuro partner. La estrategia del KPD era desmentida en los hechos de manera contundente, y la misma lucha de masas no cambiaba nada a este respecto (contrariamente a la hipótesis de los comunistas que promocionaban la consigna del “gobierno obrero”, y que afirmaban que esa lucha de masas era una condición indispensable para que la socialdemocracia efectuase un “giro a la izquierda”).

En tercer lugar, e independientemente del hecho que toda la táctica del “gobierno obrero” del KPD estaba basada en ilusiones nefastas e irrealistas123, la perspectiva de la formación de “gobiernos obreros” con la socialdemocracia “de izquierda” implicaba en los hechos restringir el horizonte revolucionario a los Lander de Sajonia y Turingia.

La capacidad y eficiencia militar de un Estado Mayor se demuestra solamente en el curso de la guerra. La intensidad y la continuidad de la participación de las masas en la guerra de clase depende en gran medida de la confianza – adquirida a través de la experiencia práctica – en la clarividencia y sagacidad de su dirigencia. El resultado (o más bien, la falta de resultado tangible) del movimiento de luchas de julio-agosto 1923, inmediatamente posterior a la reculada de la Zentrale en el caso de la Jornada Antifascista, no podía dejar de generar en las masas desconfianza y dudas acerca de la capacidad del Partido comunista para cumplir el papel de Estado Mayor de una verdadera Revolución.

Para poder aprovechar revolucionariamente el tsunami social de julio-agosto 1923, el Partido comunista hubiera debido realizar previamente un rearme político aún mayor que el que en Abril de 1917 fue impulsado y dirigido por Lenin en el Partido bolchevique.

En efecto, la desviación política de la Dirección bolchevique del interior de Rusia entre febrero y abril 1917 (la que había promocionado el “apoyo leal” a la democracia parlamentaria surgida de la caída del zar) no estaba en línea con la trayectoria del bolchevismo desde 1902-1903 (la que tenía como consigna la “dictadura democrática del proletariado y del campesinado”, así como la del “derrotismo revolucionario” enarbolada desde 1914). Por el contrario, la consigna del “gobierno obrero” defendida por el KPD durante las grandes huelgas de julio-agosto 1923 estaba en fase con toda su acción política precedente.

Tras su rearme político con la aceptación de las Tesis de Abril de 1917, los bolcheviques tuvieron 7 meses para generar en el proletariado y en el Partido mismo las condiciones subjetivas de la victoria de Octubre. El Partido alemán, y la misma Internacional, no dispusieron de ningún Lenin capaz de impulsar y llevar a cabo, y a tiempo, su necesario rearme. Para ello hubieran debido cambiar radicalmente el eje de su propaganda y agitación de masas, abandonando la consigna de “gobierno obrero” por la de la dictadura del proletariado. Sólo así el Partido comunista hubiese dado a las clases trabajadoras una orientación clara, obrado para impulsar la constitución de los órganos de masas de la Revolución, y dado muestras claras de su voluntad de luchar ya para destruir de cuajo el Orden establecido.

Contra las consideraciones precedentes alguien podría objetar que el KPD había privilegiado de manera oportunista la “versión de derecha” de la táctica del “gobierno obrero”, pues durante meses y meses, y en el curso de la marejada social de julio-agosto 1923, el Partido comunista no había promocionado la consigna del armamento del proletariado. En otras palabras, que la Zentrale habría sido incapaz de evaluar correctamente la situación y su potencialidad revolucionaria, habiendo descartado o pospuesto la consigna inmediata del armamento de las Centurias proletarias y la formación generalizada de las milicias obreras. Esto último es naturalmente cierto, pero no basta con constatarlo, sino que lo que se necesita es explicarlo (sobre todo porque pocos días antes Brandler prometíaya mismouna guerra a ultranza, la violencia generalizada y el terror rojo contra el peligro fascista considerado como inminente [§X-19]).

Sería muy superficial atribuir toda la orientación táctica de la Zentrale en general, y de Brandler en particular, al temor epidérmico de generar, con un llamamiento a la formación de los Consejos obreros y al armamento del proletariado, una situación parecida a la de Marzo de 1921 y recaer en una “aventura” del tipo “teoría de la ofensiva”. Aunque ello no está excluido, dada la desconfianza que esa Dirección no podía dejar de sentir hacia sí misma124, esta “explicación” no da cuenta de la diferencia de actitud de la Zentrale ante el peligro fascista y en el curso del movimiento social de agosto 1923.

El trasfondo de ese “enigma Brandler” y de la Dirección del KPD residía en la voluntad indefectible de la Dirección del Partido comunista para llegar a concretar una alianza con la socialdemocracia (alianza considerada como una condición sine qua non de la conquista de las masas socialdemócratas, sin la cual la Revolución hubiese sido imposible).

Un sector sindical importante de la socialdemocracia se había movilizado decididamente en defensa de la República burguesa contra el Putsch de Kapp [§IV-27], y no estaba a priori excluido (a pesar de la experiencia italiana en sentido contrario) que sectores de la socialdemocracia alemana repitiesen esa misma voluntad de lucha contra el fascismo (considerado como un enemigo acérrimo de la República de Weimar con la que toda la socialdemocracia estaba firmemente comprometida)125.

Por el contrario, en agosto de 1923, el armamento de las Centurias proletarias hubiese significado claramente un peligro directo para esa misma República burguesa y un obstáculo de peso a la deseada alianza con sectores de la socialdemocracia126. En junio de 1923 el KPD continuaba negándose a hacer de las Centurias proletarias milicias armadas. Con la brújula apuntando a una coalición con la socialdemocracia, la Dirección del Partido comunista alemán dejaba pasar, sin reconocerla ni aprovecharla, una ocasión histórica con un inmenso potencial revolucionario.

Contrariamente a la Zentrale, y con la experiencia adquirida durante la participación en dos grandes procesos revolucionarios (1905 y Febrero-Octubre 1917), los bolcheviques no dejaron de ver en el contexto político y social de julio-agosto 1923 las condiciones objetivas de una revolución inminente.

La toma de conciencia de los bolcheviques de la situación revolucionaria en alemania y la preparación de la insurrección

23.- Las Huelgas de agosto contra el Gobierno Cuno constituyeron en 1923 el punto culminante de las luchas del proletariado alemán. La experiencia histórica y política de los bolcheviques les permitió constatar, con un retraso de por lo menos dos meses, la presencia previa en Alemania de condiciones favorables para impulsar, potenciar y unificar, teniendo en mira la conquista del poder a corto plazo, los innumerables combates de sus masas trabajadoras.

El 15 de agosto, Zinóviev (aún de vacaciones) redactó un documento relativo a la situación alemana y a la tarea de los comunistas: “Los acontecimientos decisivos son inminentes. (…) El Partido comunista alemán debe orientarse rápida y decididamente hacia la crisis revolucionaria que se aproxima. (…) Se acerca el momento en que será necesaria audacia, más audacia, siempre audacia”. Y añadió que el KPD no había sabido apreciar el estado de ánimo de las masas, que habría que dar a tiempo un giro, cesar de retener a las masas por miedo a entablar combates prematuros, y dejar de frenar a los movimientos parciales127.

El 23 de agosto se reunió la Dirección del Partido bolchevique para tratar la cuestión alemana, habiendo cooptado para la ocasión a Radek (por razones evidentes), a Kuusinen (con responsabilidades en el CEIC), a Piatakov y Tsiouroupa (como expertos en cuestiones alemanas), y a Hœrnle y Walcher (por ser los representantes permanentes del KPD en Moscú). Broué da un resumen del desarrollo de la reunión128:

“El informe principal habría sido presentado por Radek, quien habría partido de la magnitud de la huelga contra Cuno para mostrar la transición de la Revolución alemana a una fase superior. No hay indicios de que insistiera en la necesaria cautela que había sido el tema central de sus intervenciones en las semanas precedentes: sin duda estaba en todo caso impresionado por el acuerdo que se había alcanzado entre Trotsky y Zinóviev sobre esta cuestión crucial. Después del informe de Radek, Trotsky intervino vigorosamente: para él, no había duda que en Alemania se acercaba el momento de la lucha decisiva y directa por el poder, por el Octubre alemán. Sólo se dispone de unas pocas semanas para su preparación, y todo debe estar subordinado a esta tarea prioritaria. Zinóviev, aunque más matizado, argumenta en el mismo sentido: prefiere contar en meses en lugar de semanas, y piensa, con Bujarin y Trotsky, que ahora se trata de preparar la insurrección. Stalin es más reticente y escéptico; no cree que la victoria de la Revolución alemana pudiera esperarse antes de la primavera de 1924, pero no insistió.

“A pesar de estos matices, el Buró Político considera en definitiva que efectivamente se acerca el momento decisivo en Alemania, e invita al CEIC a tomar todas las medidas necesarias para ello. Por su parte, nombró inmediatamente una comisión de cuatro miembros para supervisar los preparativos, compuesta por Radek, Piatakov, Jozef Unschlicht, uno de los jefes de los servicios secretos, y el sindicalista Vassili Shmidt. El CEIC convocó inmediatamente una conferencia secreta extraordinaria en Moscú a la que invitó, además de los representantes del KPD ante el CEIC, a Clara Zetkin y Edwin Hœrnle, el presidente del partido, Brandler, y a representantes de la Izquierda, incluyendo a Ruth Fischer, Maslow y Thaelmann. Cuando lleguen los delegados de Alemania – probablemente en los primeros días de septiembre – descubrirán una nueva atmósfera en la capital soviética transformada por el entusiasmo revolucionario generado por la llegada del Octubre alemán”.129

El Partido bolchevique (a pesar de todos los conflictos internos que lo sacudían en ese momento y que tendían a desgarrarlo [§XI-2]) y el proletariado ruso (pese a todas las dificultades con las que debía lidiar cotidianamente) se movilizaron en un gigantesco sobresalto internacionalista (que será desgraciadamente el último) en aras de la Revolución Mundial.

«La ciudad está cubierta de carteles que invitan a la juventud rusa a aprender alemán para servir a la revolución que llega. En las fábricas, las escuelas y las universidades se celebran diariamente apasionados mítines sobre el tema de la ayuda necesaria para los trabajadores alemanes. Bujarin fue aclamado por los estudiantes al pedirles que tiraran sus libros para empuñar fusiles. Las resoluciones aprobadas durante las asambleas generales en las fábricas afirman que los trabajadores rusos están dispuestos a renunciar a los aumentos e incluso a aceptar recortes salariales para ayudar a la Revolución alemana. Las unidades del Ejército Rojo se declaran dispuestas a acudir en ayuda de la Alemania revolucionaria y a cumplir con su deber de “vanguardia de la revolución mundial”, y dirigen resoluciones en ese sentido a los revolucionarios alemanes. Se han creado dos fondos especiales: la reserva de oro y la reserva de cereales.

«Para la primera, las mujeres son llamadas a dar incluso sus anillos. Para la segunda, el Ministerio de Comercio tiene previsto construir una “reserva alemana” de sesenta millones de pouds que se almacenará cerca de la frontera occidental. Siguiendo instrucciones del buró político, todas las organizaciones del Partido listan a los militantes que saben alemán para planificar el establecimiento de una reserva militar, algo así como el envío de futuras “brigadas internacionales” a Alemania. La Juventud Comunista se prepara con entusiasmo para esta lucha revolucionaria que será la de su generación. La prensa forja y recalca las consignas: la alianza del “martillo pilón alemán” y del “pan soviético” va a “conquistar el mundo” y constituiría una potencia de “doscientos millones de hombres contra los que no sería posible ninguna guerra”. Las divergencias que habían envenenado el ambiente del Partido ruso desde hacía meses, la indiferencia que se difundía, parecían disiparse con el soplo exaltante de las perspectivas renovadas de la Revolución mundial, y el propio Radek se dejó llevar por los arrebatos de entusiasmo y lirismo».130

Sin esperar la realización de la Conferencia prevista con los representantes alemanes, el 28 de agosto la Dirección bolchevique comenzó los preparativos de la insurrección nombrando un “Consejo militar”.

Fue el CEIC, en un Manifiesto conjunto con la Internacional Sindical Roja del 27 de agosto, quien dio la señal de partida de la preparación activa de la Revolución alemana:

“La situación se tensa cada vez más en Alemania. (…) Alemania está en vías de encaminarse hacia la Revolución. El proletariado alemán no tendrá sólo que enfrentarse con la fuerza armada de su burguesía: en el momento en que ésta lo ataque correrá el riesgo de ser sorprendido por atrás por la burguesía de las potencias de la Entente y de sus Estados vasallos”.

Esto exigirá, según el Manifiesto, que el proletariado internacional le aporte una solidaridad efectiva por medio de mítines, manifestaciones, huelgas y la propaganda entre los soldados de sus propios países131.

Poniéndose en diapasón con el CEIC, el 31 de agosto la Zentrale lanzó una proclama afirmando que el momento decisivo “se aproxima”, y la consigna: “¡Alzaos al combate, la victoria es segura!”.132

Las reuniones de la Conferencia del CEIC con dirigentes bolcheviques y del KPD comenzaron el 21 de setiembre y concluyeron el 4 de octubre. De ellas participaron Zinóviev, Trotsky, Kuusinen, Radek, Brandler, Eberlein, Ruth Fischer, Maslov, Thaelman, Max Hesse y Grylewicz (los 5 últimos eran representantes de la Iquierda comunista alemana).

Si la posición de los representantes de Izquierda del KPD no dejaba lugar a dudas en cuanto a su optimismo crónico sobre la situación alemana, la actitud de la corriente mayoritaria era mucho más ambigua. En coherencia con toda la perspectiva defendida por la Zentrale y el CEIC durante los dos años precedentes (e incluso por Radek en su artículo del 2 de agosto [§X-19]), el 31 de agosto Thalheimer había publicado un artículo explicando por qué, según él, la situación no había madurando lo suficiente como para poder encarar a corto plazo una insurrección victoriosa:

“La hora del Gobierno Obrero y Campesino, primer paso hacia la dictadura del proletariado, vendrá cuando la aplastante mayoría de la clase obrera querrá no solamente romper con la coalición burguesa, sino también luchar por todos los medios para dar vida al Gobierno Obrero y Campesino. Se necesitará también que importantes fracciones de la pequeña burguesía hagan prueba de una neutralidad amistosa y que la burguesía misma esté dividida. Por otra parte, será necesario que las organizaciones de clase del proletariado, los Consejos de fábrica, las Centurias proletarias, hayan adquirido un amplio desarrollo y una autoridad preponderante en el seno de las masas. (…) Por consiguiente, habrá que transitar, tanto en el terreno político como en el de la organización, un largo camino antes de encontrar las condiciones que asegurarán la victoria de la clase obrera. La historia decidirá acerca de la duración del período necesario para ello”.133

La posición de Thalheimer justificaba la frase del poeta: «En el mundo traidor, nada hay verdad ni mentira, todo es según el color del cristal con que se mira»134. Habiendo escrito el libreto estratégico de la Revolución alemana según los criterios de derecha que le eran propios, la corriente mayoritaria del KPD rehusaba ver la situación revolucionaria en curso por el simple hecho de que no cumplía con el libreto que ella misma había redactado.135

24.- En la Conferencia secreta de Moscú tres cuestiones dieron lugar a fuertes discusiones entre los participantes: el llamado a la formación de Consejos obreros (Soviets), la fijación de la fecha de la insurrección, y la participación de los dirigentes de izquierda Ruth Fischer y Arkadi Maslow en sus preparativos in situ. En estos intercambios, Trotsky dio toda la medida de su inmenso talento de estratega revolucionario (ya puesto en evidencia a la cabeza de la insurrección de Octubre 1917 y en cuanto organizador del Ejército Rojo).

Ateniéndose estrictamente a la letra de las Tesis del II Congreso de la Internacional sobre los Soviets [§IV-22, nota 285], Zinóviev era partidario de lanzar un llamamiento a formarlos antes del comienzo de la lucha insurreccional para la conquista del poder. Recordemos que en la Revolución rusa los soviets fueron quienes organizaron a las masas trabajadoras; que ellos fueron los órganos del doble poder a partir de la Revolución de Febrero 1917, y quienes convalidaron a posteriori la decisión bolchevique de la conquista del poder.

Trotsky y Brandler se opusieron a la posición de Zinóviev afirmando que la organización de los Consejos de fábrica podía y debía tener en Alemania la función que los Soviets habían cumplido en Rusia antes e inmediatamente después de la conquista del poder. En sus “Lecciones de Octubre”, Trotsky desarrolló su argumentario: • en Alemania, “las masas proletarias y semiproletarias (revolucionarias) comenzaron a agruparse alrededor de los Comités de fábrica, que en el fondo ejecutaban las mismas funciones que las que entre nosotros incumbían a los Soviets en el período anterior a la lucha directa por el Poder”; • un llamado a la formación de Soviets hubiera “creado una forma sin contenido” y desviado “el pensamiento de las tareas materiales de la insurrección”; • ese llamado hubiera significado “una especie de proclamación de guerra no seguida de efecto”; • mientras que “El gobierno, que estaba obligado a tolerar los Comités de fábricas porque reunían en torno suyo masas considerables, se ensañaría contra los primeros Soviets como órgano oficial que intentara apoderarse del Poder (…) (y) entonces no tendría la lucha decisiva por móvil la conquista o la defensa de posiciones materiales, ni se desenvolvería en el momento escogido por nosotros, (…) y estallaría, a causa de (…) de los Soviets, en el momento escogido por el enemigo”, en tanto que la organización de la insurrección apoyándose en los Consejos de fábrica “dejaba al partido en libertad para fijar la fecha de la insurrección”; • en cuanto necesarios órganos del poder proletario, los Soviets hubieran debido surgir en todos los puntos del país “después de la victoria en las principales ciudades”.

En la cuestión de la fecha de la insurrección, Trotsky, Zinóviev y los representantes de la Izquierda alemana eran favorables a fijarla ya (Trotsky propuso la fecha simbólica del 7 de noviembre). Brandler y Radek, por el contrario, eran partidarios de que la decidiera la Dirección de la insurrección in situ.

La extensa argumentación de Trotsky fue expuesta en un brillante artículo de estrategia político-militar publicado en la Pravda del 23 se septiembre136 (desarrollando la argumentación de Lenin de septiembre 1917 exigiendo la preparación inmediata de la insurrección bolchevique137).

Refiriéndose implícitamente al caso de alemán, Trotsky afirma que

« Si el país atraviesa una profunda crisis social, cuando las contradicciones están agravadas hasta el extremo, cuando las masas trabajadoras están en fermentación constante, cuando el Partido está apoyado, con toda evidencia, por una indiscutible mayoría de trabajadores y, en consecuencia, por todos los elementos más activos, más conscientes, de su clase, los más prestos al sacrificio, entonces la tarea que confronta el Partido (la única posible bajo esas circunstancias) es fijar un momento preciso en el futuro inmediato, un momento en el que la situación revolucionaria favorable no pueda girarse contra nosotros brutalmente, y concentrar, pues, todos nuestros esfuerzos en la preparación del golpe, subordinar toda la política y la organización al objetivo militar en vistas, de forma que ese golpe se realice con la potencia máxima. (…) La Revolución tiene un inmenso poder de improvisación pero no improvisa jamás nada de bueno para los fatalistas, los espectadores y los imbéciles. La victoria viene de una evaluación política justa, de una organización correcta y de la voluntad para descargar el golpe decisivo ».

La Conferencia decidió finalmente dejar a la Dirección de la insurrección in situ la tarea de fijar la fecha precisa. El intento de Trotsky y de Zinóviev de fijarla ya en ese momento era también una manera de comprometer a la Zentrale en la carrera contra el tiempo para preparar y ultimar los detalles de la insurrección. Una vez que esta última se comprometió a ello, y máxime cuando ella estaba condicionada y encorsetada por todas las medidas decididas en la Conferencia, la fijación de la fecha precisa podía en principio ser dejada a criterio de los responsables locales.

A esta altura de la Conferencia, Brandler propuso que, dada su experiencia en cuanto organizador de la insurrección de Octubre 1917, fuese Trotsky quien dirigiese personalmente in situ la organización de la insurrección (reconociendo así que nadie en el Partido alemán estaba a la altura de esa tarea). Según un testimonio tardío de Brandler, Zinóviev se opuso reclamando para él esa responsabilidad en cuanto Presidente de la Internacional138. Ambas sugerencias fueron rechazadas porque la nominación de Trotsky a la cabeza de una insurrección victoriosa hubiese alterado a su favor la relación de fuerzas en el conflicto en curso en el Comité Central del Partido Bolchevique entre Trotsky y la troika conformada por Zinóviev, Kámenev y Stalin; mientras que la eventualidad de que Zinóviev estuviese a la cabeza de una insurrección derrotada debilitaría la posición de ese “triunvirato”139.

Otra tema conflictivo giró en torno de la propuesta de Brandler de que Ruth Fischer y Arkadi Maslow fuesen retenidos en Moscú durante toda la fase de preparación de la insurrección para evitar las acciones incontroladas y fraccionistas de la corriente de izquierda (como fue el caso en el Ruhr en marzo 1923. Aunque en este tema fue apoyado por Trotsky140, Bujarin y Radek se opusieron vigorosamente a ello141. Finalmente el compromiso hallado fue retener en Moscú a Arkadi Maslow y permitir el regreso a Alemania de Ruth Fischer, debidamente flanqueada de un responsable político de la comisión alemana del Ejecutivo (Vassili Shmidt) para controlar el respeto de la disciplina partidaria por parte del distrito de Berlín-Brandeburgo (donde Ruth Fischer tenía su bastión).

25.- En esta misma ocasión, y con ayuda y participación activa de especialistas militares rusos, se comenzaron a delinear los planes de los preparativos técnico-organizativos de la proyectada insurrección. La visión estratégica de la preparación política y técnica del proceso insurreccional que presidió dicho trabajo fue explicitada por Trotsky el 29-7-1924 en una Conferencia sobre « Los problemas de la guerra civil » dada en la Sociedad de Ciencias Militares de Moscú142.

En esta oportunidad, Trotsky puso de relieve que • “La insurrección va siempre precedida de un período de organización y preparación sobre la base de una determinada campaña política [subrayado nuestro, ndr.]; • los “destacamentos de partisanos o semipartisanos (insurreccionales están) cohesionados mucho más por la disciplina política y por una clara conciencia de la unidad de la meta a alcanzar que por cualquier disciplina jerárquica“; • “Las formaciones de combate [insurreccionales] no están separadas de las masas trabajadoras, y sólo pueden aumentar la violencia del choque que deben provocar si están en relación con el movimiento ofensivo de las masas[subrayado nuestro, ndr.]; • “Las nueve décimas partes de la labor militar del Partido en ese momento consisten en desintegrar el ejército enemigo, en dislocarlo desde adentro, y por sólo una décima parte en agrupar y preparar a las fuerzas revolucionarias”. En otras palabras, la insurrección debe inscribirse en la trayectoria política precedente tanto del Partido como de la preparación de las masas apuntando a la conquista insurreccional del poder.

26.- Los preparativos técnicos y organizativos de la insurrección fueron iniciados rápidamente. A su cabeza fue designado un Comandante Supremo (Gorev, de origen letón) asistido por un Consejo Militar (presidido por Ernest Schneller, comandante de las Centurias proletarias de Sajonia) y en el que participaron varios miembros de la Zentrale. El territorio alemán fue dividido en seis regiones político-militares correspondientes a las regiones militares del Reichswehr. Los Comandantes regionales (asesorados por consejeros técnicos designados por el CEIC) estaban a la cabeza de los Comandantes de distrito y de subdistrito que, a su vez, tenían bajo sus órdenes a los Destacamentos de Combate con la responsabilidad de dirigir y entrenar a las Centurias proletarias.

Toda la organización militar estaba bajo la autoridad de un organismo político, el Comité Revolucionario143. Los cuadros técnicos eran en su gran mayoría alemanes con experiencia militar de la Primera Guerra y de los combates de 1919-1921. Esta organización fue reforzada en sus niveles superiores con la llegada de instructores y especialistas del Ejército Rojo con experiencia de la guerra civil en Rusia144.

La organización de base de las Centurias era la de fábrica (e incluso sectores de la misma) o la localidad. Cada Centuria estaba constituida por tres columnas (cada una de ellas conformada por tres grupos de 12 miembros), un grupo de vigías y otro de socorro médico. Las columnas, como las Centurias, elegían democráticamente a sus jefes (un responsable político y otro técnico-militar).

Las Centurias habían surgido como organizaciones de autodefensa obrera y del frente único, y la propaganda comunista la había centrado en la lucha contra el peligro fascista. Broué señala que “[la] preocupación unitaria hace que a menudo los milicianos elijan a responsables que pertenecen a los dos grandes partidos obreros. En Sajonia, en regla general, el jefe de la centuria es comunista, y su adjunto técnico socialdemócrata. Una excepción habría sido el distrito de Zwickau-Plauen donde el Estado Mayor está formado por siete responsables, cuatro de los cuales son socialdemócratas y tres comunistas145.

En cuanto al número e importancia real de las Centurias, los historiadores y protagonistas están lejos de tener opiniones concordantes. Brandler estimó entre 50 y 60 mil los milicianos en Sajonia146. Ruth Fischer sostuvo que sólo en el Ruhr las Centurias tenían una presencia significativa. Broué señala que la dificultad en estimar realmente las fuerzas encuadradas por las Centurias resulta de su prohibición en numerosos Lander y en su camuflaje bajo otras denominaciones (servicio de orden, asociaciones de jóvenes, etc.). Se estimó en 300 el número de Centurias en el mes de mayo y en 800 en octubre de 1923 (lo que representa aproximadamente un total de 100.000 milicianos, de los cuales un tercio estaban en Sajonia y la mitad entre Sajonia y Turingia). En Berlín, el 1° de Mayo desfilaron 20.000 milicianos. El 9 de setiembre 9.000 milicianos lo hicieron en Dresde y el 16 de ese mes 5.000 en Leipzig. El 4/5 de las Centurias resultaron de la táctica del frente único e incluían a comunistas, sindicalistas y miembros del SPD (sobre todo en Sajonia y Turingia), mientras que el 1/5 restante eran exclusivamente comunistas. En Leipzig (Sajonia) 40% de los milicianos eran militantes o simpatizantes comunistas, 20% socialdemócratas y 40% activistas sindicales147.

El armamento de las Centurias ha sido un tema muy controvertido. Lo más probable es que hayan estado pertrechadas con pistolas, una cantidad escasa de fusiles (en relación al número de milicianos148), y con explosivos conseguidos en los lugares de trabajo. Su armamento hubiera debido ser mayoritariamente aprovisionado en ocasión de la insurrección a través de asaltos a comisarías, armerías y complicidades en los cuarteles149.

Quedaba la incógnita de si se podía aún recuperar el dramático retraso en abordar la cuestión de la lucha inminente por el poder. En particular, resolver los problemas técnicos y organizativos inherentes a la preparación de la insurrección sin comprometer el contacto con el movimiento ofensivo de las masas del que habla Trotsky, además de consagrarse intensamente al trabajo de zapa en el seno de las fuerzas armadas y policiales.

27.- El giro de 180° decidido en Moscú provocó inmediatamente una intensa movilización del Partido alemán. Sus militantes prodigaron enormes esfuerzos y sacrificios para crear, prácticamente a partir de la nada, las condiciones materiales, técnicas y organizativas de la insurrección.

Desde el mes de septiembre, asesorados por consejeros soviéticos, decenas de miles de militantes comunistas y miembros de las Centurias pasaron a la clandestinidad, dejaron sus trabajos, cambiaron de domicilio, programaron las futuras acciones militares, llevaron a cabo tareas de inteligencia y adiestramiento en un clima afiebrado de tensión y entusiasmo revolucionarios150. En principio, se podía suponer que el Estado y el Ejército alemanes tenían una consistencia interna acorde con la de uno de los países capitalistas más desarrollados. La sistematización y el rigor en la preparación de la insurrección debía estar a la altura de la capacidad de resistencia y de ataque del enemigo. El proletariado alemán (y el KPD estaba compuesto en su aplastante mayoría por obreros) tenía a priori la aptitud para prepararse para ello con todo el rigor necesario.

Desde el punto estrictamente numérico, esos esfuerzos y sus resultados en hombres, armamento y experiencia bélica no eran comparables con los recursos con que contaban las fuerzas disponibles para la defensa del Orden y la contrarrevolución. Frente a los 100.00 milicianos del proletariado (su número exacto era desconocido, y Trotsky mismo dijo ignorarlo), la burguesía podía teóricamente alinear: un ejército de 100.000 hombres fuertemente armados, entrenados y con una sólida experiencia militar151; el “Reischwehr negra” no oficial compuesta de reservistas y aventureros con entrenamiento; los Freikorps y las milicias paramilitares de ultraderecha; y las fuerzas policiales.

Haciendo un análisis no estático de la situación, en tres conferencias dadas los días 19, 20 y 21 de Octubre152, a poco de la prevista insurrección del 23 de octubre, Trotsky estimaba que:

  • Un Ejército de 100.000 hombres en un país de 60 millones, con 15 millones de proletarios y 3 millones de obreros agrícolas, era una cantidad no muy significativa, y que divididos en compañías y batallones, esparcidos y aislados unos de otros por todo el país, difícilmente podían permanecer cohesionados y resistir a un poderoso y decidido movimiento revolucionario de masas, lo que haría tambalear la espina dorsal y la centralización del Reichswehr, todo ello favorecido además por el trabajo de zapa político.
  • Las fuerzas policiales (cuyo efectivo total era aproximativamente de 150.000 hombres, sobre todo adultos con responsabilidades familiares) estaban conformadas en su gran mayoría por simpatizantes socialdemócratas afiliados a sindicatos (en Berlín eran todos socialistas), de quienes no se podía pensar que todos ellos estarían muy dispuestos a combatir por Stinnes & Cía. Trotsky emitió la hipótesis de que un tercio de la policía alemana (sobre todo en Baviera y en las zonas rurales) combatiría el intento insurreccional, un tercio permanecería neutral y el tercio restante ayudaría o lucharía junto con los revolucionarios153.
  • Los batallones paramilitares fascistas y el “Reichswehr negro” (con un total de miembros estimado groseramente en 200.000 a 400.000) estaban encuadrados por ex-oficiales desmovilizados decididamente contrarrevolucionarios. Estos batallones estaban conformados por voluntarios (hijos de burgueses, de estudiantes, de pequeños burgueses arruinados y de lumpenproletarios nacionalistas). Su cohesión y centralización interna dependía de la centralización y cohesión del Reichswehr (para sus comunicaciones y sus líneas de mando, comunes a ambas organizaciones). En caso de dislocación de la centralización del Ejército, los grupos paramilitares se transformarían en grupos guerrilleros inconexos, peligrosos sí, pero con poca probabilidad de éxito. Y tampoco era seguro que todos ellos estuviesen dispuestos a jugarse el pellejo en la línea de combate ante un potente movimiento revolucionario.
  • El control de la red de comunicaciones ferroviarias del país (de más de 60.000 km) era una carta maestra en la guerra civil. Los obreros ferroviarios y su participación en la lucha, por medio de huelgas y sabotaje de las instalaciones, constituían un factor esencial para trabar la acción del Reichswehr y obstaculizar la movilización de las organizaciones paramilitares fascistas.

Trotsky concluyó sus tres Conferencias relevando tres incógnitas de la situación, a saber: la capacidad del KPD para efectuar el giro del trabajo de propaganda y agitación al político-insurreccional; el estado subjetivo de las masas proletarias; la relación real de fuerzas entre la movilización revolucionaria del proletariado dirigido por el Partido comunista y la resistencia que podría oponer la contrarrevolución. Incógnitas que sólo el intento mismo podía dilucidar154.

El contexto geopolítico de la Revolución Alemana

28.- Este contexto fue analizado por Trotsky en las Conferencias mencionadas y en una serie de artículos de Zinóviev de octubre 1923155. Ambos consideraban que sólo Gran Bretaña, Francia, Bélgica, Polonia y Checoslovaquia podían intervenir contra la Revolución alemana (mientras que Holanda, los países escandinavos, Suecia y Austria no tenían militarmente mayor importancia).

Gran Bretaña, potencia naval de primer orden, tenía la capacidad de establecer el bloqueo de los puertos del Báltico y del transporte marítimo, pero era incapaz de intervenir militarmente por tierra.

El mayor peligro para la Alemania revolucionaria estaba constituido por una intervención de Francia y de sus países vasallos (Bélgica, Polonia y Checoslovaquia). Pero la ocupación militar de Alemania exigiría no menos de 1,7 millones de soldados, cifra no alcanzada en tiempo de paz por el conjunto de los Ejércitos de esos 4 países. Teniendo en cuenta las necesidades en hombres bajo bandera del Estado francés para satisfacer sus necesidades internas y en sus posesiones coloniales (por lo menos 500 mil soldados), la ocupación de Alemania exigiría al Estado francés la movilización de cómo mínimo 5 o 6 clases de edad, lo que para un país de 39 millones de habitantes que emergía de una guerra mundial con pérdidas humanas y en mano de obra colosales, y con una deuda nacional mayúscula que pesaba sobre las espaldas de esos mismos soldados y campesinos desmovilizados, sería una fuente de tensiones sociales y dificultades internas considerables. El contacto de esas tropas de ocupación con la Revolución alemana sería una fuente de desmoralización generalizada en el seno de la tropa. El Estado francés no podría decidirse a eso sin grandes hesitaciones (en particular por la acción derrotista revolucionaria del movimiento comunista en Francia), lo que daría a la Revolución un tiempo de respiro.

Polonia no podría intervenir sino como integrante de una coalición internacional capitaneada por Francia (teniendo como mira la anexión territorial de Dánzig y de la Prusia Oriental). La intervención polaca sería un obstáculo insuperable para el abastecimiento de Alemania en granos provenientes de Rusia y de productos industriales para Rusia provenientes de Alemania (y de los cuales la población rusa en su conjunto, y el campesinado ruso en particular, tenían una necesidad evidente e imperiosa). Toda traba en ese sentido constituiría un casus belli entre Rusia y Polonia, y una fuente de internacionalización del conflicto entre Francia y Alemania a toda Europa.

Checoslovaquia representaba un peligro real por su cercanía geográfica con Sajonia (uno de los mayores centros revolucionarios del proletariado alemán). Pero la multiplicidad de sus nacionalidades podía ser un obstáculo a la movilización contra la Revolución alemana, más aún considerando la importancia numérica del proletariado checoslovaco y la existencia de un gran Partido comunista en ese país.

En ese contexto general, la acción del proletariado francés, polaco y checo, y de sus partidos comunistas, sería un factor fundamental para la defensa de la Revolución alemana contra la invasión de una coalición internacional (y para su derrota en caso de ser iniciada).

La situación en Alemania bajo los Gabinetes Stresemann (agosto-noviembre 1923)

29.- El miedo pánico de la patronal ante el movimiento de masas de julio-agosto la había llevado el 1° de septiembre a firmar un acuerdo con los sindicatos para atar los salarios al costo de vida. Pero lejos de resolver la cuestión salarial, la escala móvil de salarios impulsó aún más la hiperinflación. Durante los dos Gabinetes Stresemann (del 13 de agosto al 23 de noviembre 1923) la dramática situación de las masas no dejó de deteriorarse.

Según un cronista de la época, “Del 13 al 19 de septiembre, el aumento normal del costo de vida fue de 165%. El mínimo necesario semanal para una familia obrera con dos hijos es de (…) casi mil millones y medio de marcos. Salario real del hombre (de jornada completa): la mitad de esa suma. En agosto, 43% de las empresas industriales estaban en una situación precaria o mala. (…) De julio a agosto, el número de desocupados aumentó más del doble, el número de obreros que trabajan a tiempo parcial casi ha triplicado”156. “En Hamburgo, el cierre de numerosas empresas va a provocar la desocupación de más de 100.000 asalariados”157.

El número de desocupados en toda Alemania ascendía a 2 millones158, en tanto que el número de trabajadores en paro parcial estaba estimado en 5 a 6 millones159. Sin embargo, en este período el número de huelguistas y la cantidad de huelgas disminuyeron, aunque no desaparecieron completamente (en particular, hubo una gran huelga de los trabajadores textiles en Sajonia y 150.000 huelguistas en el Ruhr). Según J.C. Faver,

“Por lo tanto, no es para nada sorprendente que los meses de agosto y septiembre sigan siendo meses de dificultades sociales de todo tipo en todas las regiones del Reich. En Sajonia y Turingia, en particular, la situación sigue siendo tensa, especialmente en las minas, donde los ruidos de huelga aumentan a finales del mes debido a las dificultades encontradas en las negociaciones salariales. A mediados de septiembre los trabajadores textiles hacen paros. La estimación de la tensión sigue siendo objeto de profundas diferencias de opinión entre la patronal y la derecha, que siempre exigen la intervención del Reich, y las autoridades sajonas, que siguen afirmando tener la situación bajo control. Los días 27 y 28 de agosto, desempleados desesperados tomaron por asalto el Ayuntamiento de Plauen. En septiembre, Dresde y Leipzig fueron escenarios de graves disturbios que provocaron muertos y heridos. La sangre sigue fluyendo en Zittau, Sarauy, etc….

“En el país de Baden, las multitudes saquean aquí y allá mercados y tiendas. Los obreros de Lörrach, en huelga por razones salariales, irrumpieron en la prisión municipal y liberaron a los prisioneros. En la noche del 14 de septiembre la ciudad estaba en manos de la extrema izquierda. En los días siguientes las huelgas y la violencia se extendieron a las ciudades vecinas, Mülheim, Säckingen, Heidelberg, Karlsruhe e incluso Friburgo en Brisgovia. Los trabajadores de Baden se pusieron en marcha, con banderas soviéticas a la cabeza, en dirección a Lörrach, donde intervino la policía estatal. El tráfico postal y ferroviario está interrumpido. (…) El Estado de sitio ha sido declarado en 20 distritos de Baden. (…) Al mismo tiempo, cerca de 150.000 mineros y obreros están de nuevo en huelga en los territorios ocupados, donde los aumentos salariales pierden todo significado ante la imposibilidad de crear un número suficiente de billetes”.160

30.- A pesar de las vacilaciones de los partidos de la coalición en torno de la cuestión del Ruhr161, la hiperinflación y el rechazo de Gran Bretaña de mediar entre Alemania y Francia hicieron que el 26 de setiembre, en una declaración conjunta del Presidente Ebert y del Gobierno del Reich, se dio oficialmente por terminada la política de resistencia pasiva, que por otra parte ya era una pura ficción162. Esta declaración fue consecutiva a la reunión convocada por Ebert con la participación de 150 representantes de los 5 partidos nacionales y de los territorios ocupados, y en la cual la mayoría de ellos aceptó la propuesta de dar por terminada la resistencia pasiva163.

El abandono oficial de la resistencia pasiva terminó por soliviantar a las autoridades del Land de Baviera y a los movimientos ultranacionalistas contra el Gobierno oficial de la República de Weimar. La nominación del Gabinete Stresemann ya había provocado la oposición resuelta del Gobierno del Land y de la extrema derecha (histéricamente antisocialista, anticomunista y antisemita) por la participación en él del SPD164. Inmediatamente después del anuncio del fin de la resistencia pasiva, mediante un verdadero golpe institucional, el 26 de setiembre el gobierno de Baviera (que gozaba del total apoyo de las autoridades militares de la región, de los grupos de choque nacionalistas y de la burguesía industrial) proclamó el Estado de emergencia y confirió el Poder Ejecutivo del Land al Prefecto de la Alta Baviera, Gustav Ritter von Kahr165. La atribución de poderes dictatoriales a von Kahr estuvo “justificada” por el “clima de excitación” presente en el Land con el propósito de evitar “locuras de cualquier origen político”. El general von Lossow, comandante del Reichswehr de Baviera, se puso bajo las órdenes de von Kahr.

El Gobierno del Reich doblará la apuesta y declaró en la noche del 26 al 27 de setiembre el Estado de emergencia en todo el Reich, dando el primer paso decidido hacia una dictadura cívico-militar.

El decreto adoptado confía el poder ejecutivo al ministro del Reichswehr, y suspende las garantías constitucionales relativas a la libertad de la prensa, de reunión y de circulación. Los plenos poderes son remitidos a los comandantes de las siete regiones militares (…) Tribunales especiales podrán ser creados por el ministro de la Justicia del Reich, y penas severas, que pueden ir hasta la pena de muerte, son previstas contra todos aquellos que alteraran el orden o infringieran las medidas adoptadas por la autoridad militar166.

Los ministros socialistas apoyaron el decreto que atribuía poderes dictatoriales al Ministerio de Defensa y al Reichswehr, suponiendo angélicamente que eso provocaría la revocación del decreto del Gobierno de Baviera que otorgaba poderes dictatoriales a von Kahr. Finalmente, los ministros socialistas se contentaron con dar su acuerdo al envío de una carta al Gobierno de Baviera en la que se solicitaba simplemente algunas precisiones jurídicas sobre la decisión del Gobierno del Land y la toma en consideración de su revocación. Como era previsible, y como en 1922 había sucedido con el gabinete de Wirth, el Gabinete Stresemann evitó inmiscuirse en los asuntos internos de la Baviera, dejando a las autoridades del Land toda libertad para asegurar a su manera el mantenimiento del Orden.

Por otra parte, las autoridades militares del Reich nunca hubieran intervenido contra las fuerzas militares del Land que apoyaban abiertamente al Gobierno de Baviera que era un pilar de la defensa del Orden contra la “subversión” comunista. Como dice el refrán: “Entre bueyes no hay cornadas”. Tanto más cuanto que el Jefe del Comando General del Ejército, Hans von Seeckt, aspiraba a cumplir a escala del Reich el mismo papel que al adjudicado a von Kahr en Baviera.

El conflicto institucional entre el Gobierno de Strasemann y el de Baviera era una prueba significativa más de las fracturas que minaban la unidad estatal alemana (ya socavada por la ocupación del Ruhr por las tropas franco-belgas) y por la instauración en Sajonia y Turingia de gobiernos “obreros” en conflicto con el poder central. La atribución de poderes dictatoriales ejecutivos al Reichswehr era también la prueba de que el Ejército era la verdadera columna vertebral del Estado, el garante de la unidad nacional alemana, mientras que el poder democrático parlamentario se había vuelto poco más que una ficción.

En esas condiciones, durante los tres meses del Gobierno de Stresemann, la perspectiva de una dictadura sin tapujos en toda Alemania era vista favorablemente por todas las fuerzas empresarias y gubernamentales.167

En realidad, todas las leyes y decretos “en defensa de la República” y todas las medidas represivas gubernamentales apuntaban fundamentalmente a blindarse contra el “peligro” revolucionario. Y para ello la socialdemocracia era capaz de ir hasta el extremo de aceptar una dictadura cívico-militar a costa de negar los principios de esa República burguesa que pretendía salvar.

Accesoriamente, los poderes dictatoriales otorgados al Reichswehr eran considerados por la democracia parlamentaria como una garantía contra otras tendencias centrífugas que atravesaban al Reich (el separatismo regional de la Baviera, las políticas de los Lander de Sajonia y de Turingia, y eventuales asonadas de los grupos ultranacionalistas contra el gobierno del Reich acusado de capitular ante el ocupante).

31.- Terminar con la política de resistencia pasiva era uno de los objetivos de la burguesía y del Gobierno Stresemann; otro era liquidar las conquistas sociales de 1919 (en particular la jornada de 8 horas), lo que, ya habiendo declarado acabada la resistencia contra el ocupante, volvía problemática la continuidad de la Gran Coalición (a pesar de toda la buena voluntad de los ministros socialistas en todo lo relativo a la extensión general del tiempo de trabajo como en el intento de cortocircuitar al Parlamento y otorgar plenos poderes dictatoriales al Gobierno en el terreno político y financiero168).

La Dirección del SPD estaba totalmente dispuesta a votar los plenos poderes al Gobierno de Stresemann y apoyar a una dictadura cívico-militar, salvo en lo relativo a legislación social (la que hubiera debido continuar siendo de la incumbencia del Parlamento)169. El Partido socialista no estaba de acuerdo con la intención de aumentar el tiempo de trabajo por encima de las ocho horas (lo que hubiera significado la pérdida de la última de las conquistas sociales arrancada por la clase trabajadora a la República de Weimar y un golpe decisivo a la influencia de la socialdemocracia sobre el proletariado). Ante el peligro revolucionario, la burguesía decidió postergar para más adelante la decisión sobre este tema.

A la ley de plenos poderes los negociadores socialdemócratas habían adherido explícitamente. Semejante ley era ciertamente parte de una dictadura, como lo admitió Hermann Müller [Presidente del SPD, ndr.] delante de la fracción [parlamentaria socialista], pero si esta dictadura legal no fuese aceptada hubiese llegado la dictadura violenta [¡como si la dictadura cívico-militar ya no lo fuera!, ndr.]. (…) Una semana después de la formación del [nuevo Gabinete Stresemann170], el 13 de octubre el Reichstag aprobó por 316 votos contra 24 y 6 abstenciones – y por consiguiente con la mayoría requerida para modificar la Constitución – una ley que acordaba al gobierno de la Gran Coalición (y sólo a él) plenos poderes extraordinarios en el ámbito financiero, económico y social. De los plenos poderes estaban explícitamente excluidos la regulación del horario de trabajo así como la reducción de las pensiones y la indemnización para determinados grupos de beneficiarios”.171

Los 43 diputados socialistas disidentes se ausentaron del recinto en vez de votar en contra de la instauración de esta dictadura decidida democráticamente. Con este acto de supuesta rebeldía, sus conciencias estaban a salvo.

32.- En los meses de septiembre y octubre de 1923 la crisis económica y social se había transformado en crisis política a todos los niveles del Estado. La dictadura cívico-militar que no lograba imponer sus decisiones de manera contundente; la sucesión rápida de los gobiernos del Reich (tres Gabinetes en un período de dos meses); la abierta rebeldía del Land de Baviera apoyada por un sector del Reichswehr y por las organizaciones fascistas que cuestionaban abiertamente la República parlamentaria; las tendencias secesionistas de la Renania; las fracturas que atravesaban a la socialdemocracia alemana (entre su participación en la Gran Coalición y sus tendencias “de izquierda” representadas por los gobiernos de Sajonia y Turingia, junto a una creciente oposición interna a la participación en el gobierno de coalición), todo ello era la prueba evidente de que el equilibrio entre las clases y las fuerzas políticas estaba representado por una bola sobre la punta de un cono.

El clima de guerra civil inminente era palpable en todo el país desde la instauración del Estado de sitio, cuyo ejercicio fue delegado por el Ministro de la Guerra Otto Tesler en el jefe del Ejército von Becket. Las fuerzas militares y paramilitares de Baviera se aprestaron para movilizarse en todo momento contra Berlín y la Sajonia limítrofe en caso de huelga general o de levantamiento proletario, y el general von Lossow movilizó a las organizaciones paramilitares poniéndolas bajo el mando de Hermann Ehrhardt (jefe de Freikorps y del Putsch de Kapp)172.

En Sajonia, a fines de septiembre, el General Müller (nombrado con plenos poderes por von Seeckt) declaró asumir todos los poderes y anunció que sus tropas tenían la misión de asegurar el Orden público; decretó que las reuniones y publicaciones estaban en adelante sujetas a aprobación militar previa, prohibió las manifestaciones callejeras y las huelgas en las empresas de utilidad pública (agua, gas, electricidad, minas de carbón y de potasio, transportes, alimentación), proclamó el Estado de sitio y disolvió formalmente a las Centurias proletarias (todas estas decisiones fueron desconocidas por las organizaciones obreras locales) y el 5 de octubre prohibió todas las publicaciones comunistas (que continuaron editándose de manera semiclandestina). A su vez, y con idénticos propósitos, Turingia quedó bajo la jurisdicción del General Reinhardt (comandante del 7° Distrito militar). Según Víctor Serge, en ese mismo momento, “[el] Reichswehr se concentra en los alrededores de Berlín. Nos aseguran que 2.000 ametralladoras llegaron a Spandau – a 30 minutos de la capital – y que la contrarrevolución cuenta con más de 50.000 hombres armados en Berlín y sus alrededores”173.

El Partido comunista radicalizó sus manifestaciones, y su prensa (que sufría de manera recurrente la prohibición de sus publicaciones por las autoridades de los diferentes distritos militares y de los poderes civiles, y en primer lugar del Ministro del Interior de Prusia, el socialdemócrata Severing174) hizo alarde de un discurso belicoso cada vez más ofensivo con referencias cada vez más explícitas a una guerra civil próxima175. Las condiciones estaban dadas para el enfrentamiento final entre la Revolución y la contrarrevolución.

Trotsky señaló en las trers conferencias mencionadas más arriba que toda insurrección se articula en torno de una campaña política bien precisa. Es por ello que, más allá de las importantes cuestiones abordadas principalmente en la Conferencia preparatoria de septiembre-octubre en Moscú (como la fijación de la fecha y la formación o no de los Soviets antes del intento insurreccional), la ecuación crucial que debían resolver el CEIC y la Zentrale era compatibilizar la impostación política de la lucha que debía desembocar en la insurrección con toda la trayectoria precedente centrada en la preparación de las masas y del Partido teniendo como norte la formación de un “gobierno obrero” en coalición con la socialdemocracia.

El planteamiento político de la insurrección

33.- La lucha armada es siempre la continuidad de la política por otros medios. La política del KPD había sido durante dos años la búsqueda constante de una alianza con la socialdemocracia en defensa de las condiciones de vida y de lucha del proletariado contra los gobiernos burgueses y el fascismo. Ese frente único debía culminar en un “gobierno obrero” de coalición con ese aliado potencial. La insurrección sólo podía entonces ser planteada como el desemboque de la lucha común del Partido comunista y de la socialdemocracia (o de un sector de ella) por esos mismos objetivos.

El 27-9 la Zentrale lanzó un Manifiesto a la clase obrera176 afirmando que:

  • el fin de la resistencia pasiva daba la señal de la ofensiva burguesa contra los salarios, las pensiones, los subsidios de desempleo y la jornada de trabajo de 8 horas;
  • el El Estado de sitio decidido por von Seeckt apuntaba a la liquidación de los Consejos de fábrica y a abatir los “gobiernos obreros” de Sajonia y Turingia;
  • el fascismo de la Baviera se preparaba para el asalto a Sajonia y Turingia, y las bandas fascistas se aglomeraban en torno de Berlín;
  • el Ministro de la Defensa Gessler y von Seeckt equipaban a las fuerzas paramilitares y movilizaban a la “Reichsweher negra”;
  • la dirigencia del PSD era cómplice de toda la estrategia política del Gobierno y de la reacción;
  • el SPD y las direcciones de las diferentes confederaciones sindicales habían rechazado el llamamiento del 24-9 del Comité Central del KPD para formar un frente único contra la ofensiva de la reacción;
  • los líderes de la Izquierda socialdemócrata carecían de voluntad de acción;
  • las masas obreras socialdemócratas deseaban actuar de concierto con toda la clase obrera revolucionaria;
  • la formación de un frente proletario se imponía con toda urgencia.

En la vigilia de una guerra civil, el Manifiesto llamaba una vez más, no solamente a la unión de los trabajadores para resistir en todas partes, sin distinciones de tendencia política, a la acción de los Comités de fábrica, a la creación de comisiones para organizar la huelga general en toda Alemania como respuesta a todo ataque contra el proletariado (lo que hubiera sido la expresión de un frente único “por abajo”), sino también al frente único de los sindicatos (dirigidos por la derecha socialdemócrata) y de “partidos obreros” (previamente denunciados por ser cómplices de la reacción, como el SPD, o por su falta de voluntad de lucha, como el USPD de Ledebour).

Y concluía: “¡Contra los fascistas! ¡Contra la Gran Coalición! ¡Contra el Estado de sitio! ¡Por el armamento del proletariado! ¡Por el Gobierno Obrero y Campesino! ¡Por que los ricos paguen las reparaciones de guerra! ¡Por la huelga general de masas!”.

Inmediatamente después, el 29-9, la Zentrale emitió una directiva secreta a todos los secretarios de distrito con la indicación precisa de activar el frente único político con representantes oficiales de la socialdemocracia a la espera de las luchas inminentes:

“En las empresas y las localidades, habrá que construir inmediatamente los Comités de acción formados por representantes del SPD, del USPD, del KPD, de clubes deportivos, de Consejos de fábrica y de otras organizaciones obreras. La tarea de los Comités de acción es emprender la lucha contra el Estado de sitio y contra la dictadura de Gessler-von Kahr apoyada por el Gobierno. El medio esencial es la preparación de la huelga general en todas las empresas y localidades. (…) Simultáneamente a la preparación de la huelga general, los Comités de acción deben elaborar un plan de movilización de las masas obreras para los combates futuros”177.

Esta perspectiva tenía una apariencia de viabilidad como resultado de la alianza política en curso del KPD con los socialdemócratas de izquierda a la cabeza de los Gobiernos de Sajonia y Turingia, y también por el auge de una cierta oposición de izquierda en el SPD que capitalizaba la voluntad de un sector obrero de este Partido que se oponía a la política oficial de la Gran Coalición.

En el movimiento comunista volvía a resurgir por enésima vez la ilusión de la existencia de una corriente “revolucionaria” de la socialdemocracia misma, que en Alemania había estado representada en el pasado por los Ledebour, Crispien, Dittman y consortes, y que ahora se llamaban Zeigner, Paul Leví, Kurt Rosenfeld, August Fröhlich (al lado de los cuales se delineaba una nueva corriente obrera combativa muy minoritaria, sin figuras conocidas y presente en algunos distritos industriales como en Plauen y Zwickau en el Land de Sajonia).

Repitiendo el desdoblamiento de la socialdemocracia en el momento de la radicalización del proletariado alemán durante la guerra, y para no perder todo contacto con las masas insurgentes a lo largo de 1923, los jefes de la izquierda del SPD volvieron a jugar a un “revolucionarismo” inconsistente178 que no era más que un reflejo deformante y estéril de la radicalización de la situación. Pero sus representantes sólo aspiraban a la defensa y reforzamiento de una democracia burguesa libre de los peligros antirrepublicanos representados por el Reichswehr oficial, el “Reichswehr negro”, los Freikorps y las organizaciones de carácter abiertamente fascistas179.

La expresión de esta corriente era el Gobierno de Sajonia (apoyado en el Parlamento por el KPD), con Zeigner a la cabeza, que con el propósito de alejar la posibilidad de una intervención militar contra el gobierno del Land, el 8 de agosto no había dudado en asegurar al Gabinete Cuno que su Gobierno reprimiría con toda determinación a un movimiento revolucionario enviando la policía en las zonas convulsionadas.

Sajonia seguía siendo el teatro de grandes luchas obreras y las patronales no dejaban de reclamar del Reich la intervención del Ejército. En el mes de septiembre, la policía sajona (bajo la dirección del socialdemócrata Liebman) se enfrentó en varias ocasiones con las Centurias proletarias provocando decenas de muertos en Leipzig y Dresde180.

Desde su punto de vista, la alianza política con el KPD debía ser la palanca que hiciese de las organizaciones de masas proletarias los puntales y defensores de la democracia a secas (aunque con un tinte “socializante”181). La socialdemocracia de izquierda consideraba al KPD como un aliado contra el Reichswehr (al que denunciaba por sus conexiones “ilegales” con el “Reichswehr negro”182) y el fascismo. Esta actitud pudo estar favorecida por la movilización del KPD en defensa de la República alemana y de un “gobierno obrero” como consecuencia del asesinato de Rathenau [§IX-6].

Por su parte, el KPD consideraba que esta alianza contra esos dos enemigos comunes conduciría “automáticamente” a la radicalización de la lucha de masas y hacer que ésta embocase “necesariamente” el camino de la Revolución (cosa que estaba en las antípodas de las intenciones y del programa de la socialdemocracia de izquierda). En este acuerdo basado en un malentendido entre la socialdemocracia y el comunismo quedaba por ver quién terminaría jodido. La Zentrale y el CEIC pensaban que estaban colocando un nudo corredizo en torno del cogote de la socialdemocracia de izquierda, sin percatarse de que eran los mismos comunistas alemanes quienes creaban así las condiciones de su propia impotencia y del fiasco de la Revolución alemana.

En el mes de octubre, las condiciones objetivas de una guerra civil estaban claramente dadas. Los plenos poderes en manos del Reichswehr permitían teóricamente su intervención contra todo foco de inestabilidad política y social (y en primer lugar en Berlín, Sajonia y Turingia). Por otra parte, la militarización de los grupos paramilitares en Baviera era una segunda señal inequívoca de la movilización en acto contra todo intento insurreccional. Quedaba por verse cuál de los dos bandos en presencia tomaría la iniciativa del enfrentamiento.

34.- La cuestión táctica que se planteaba al Partido comunista era lograr influenciar y/o arrastrar a las masas socialdemócratas en ruptura con sus direcciones nacionales (pero bajo la influencia de la alternativa “socialdemócrata de izquierda”) sin comprometer las condiciones indispensables de una insurrección victoriosa. Y el CEIC trató de resolverlo, y no podía ser de otra manera, en la continuidad de la acción pasada del movimiento comunista alemán.

Radek explicitará más tarde la visión estratégica que presidió la preparación de la Revolución alemana (y que fue discutida en Moscú durante el mes de septiembre con la participación de Brandler):

“El proletariado abre la marcha en Sajonia, partiendo de que defiende al Gobierno de trabajadores en el cual entramos; procurará valerse en Sajonia del poder del Estado para armarse y formar, en esta provincia proletaria de Alemania central, un muro entre la contrarrevolución meridional de Baviera y el fascismo del norte. Al mismo tiempo, el Partido intervendrá en toda Alemania para movilizar a las masas”183.

Tras la formación el 10 de octubre del Gobierno de coalición en Sajonia, la declaración de la Zentrale decía textualmente:

“La constitución en Sajonia de un gobierno de defensa proletaria es una señal para toda la clase obrera alemana (…) Este primer ensayo para formar en esta hora más grave, con los socialdemócratas de izquierda, un gobierno común de defensa proletaria, será coronado de éxito si el Partido moviliza con el mismo objetivo [subrayado nuestro, ndr.] a toda la clase obrera del Reich184.

El proletariado alemán en su conjunto hubiera debido desencadenar su propia Revolución a partir de la defensa de la Sajonia haciendo palanca en el Gobierno del Land, transformado en “revolucionario” por obra y gracia de la entrada de tres ministros comunistas en él, y en un baluarte contra el fascismo, con el objetivo de formar un Gobierno de coalición con socialdemócratas de izquierda a escala de todo el Reich185.

El CEIC fue quien empujó decididamente al Partido alemán a transformar sin dilación alguna su apoyo parlamentario a los gobiernos de Sajonia y Turingia en coalición gubernamental186. Esta iniciativa estaba en línea con la táctica defendida con dientes y uñas por el CEIC y la mayoría del Partido alemán antes, durante y después del IV Congreso de la Internacional y del Congreso de Leipzig [§IX-9, §IX-10 y §X-6].

El 1° de octubre Zinóviev telegrafió a la Zentrale un documento señalando la necesidad de efectuar tratativas para entrar en los gobiernos de Sajonia y Turingia (a condición de que ambos estuviesen decididos a enfrentar al fascismo):

“Puesto que, según apreciamos, el momento decisivo llegará en cuatro, cinco o seis semanas, estimamos necesario ocupar de momento cualquier posición que pueda sernos útil. La situación nos obliga a plantear de manera práctica el asunto de nuestra entrada en el gobierno de Sajonia. Si la gente de Zeigner [es decir, los socialdemócratas, ndr.] está dispuesta a defender a Sajonia contra la Baviera y los fascistas, entraremos. Procedan a armar inmediatamente a 50.000 o 60.000 hombres y no hagan caso del general Müller. Lo mismo en Turingia”.187

Las tratativas culminaron el 10 de octubre con la entrada de tres ministros comunistas en el Gobierno de Sajonia: Paul Böttcher (Ministro de Finanzas), Fritz Heckert (Ministro de Economía), y Brandler (Jefe de la Cancillería de Estado, siéndole negado el Ministerio del Interior que tenía autoridad directa sobre la policía del Land).

El acuerdo entre los comunistas y los socialdemócratas sajones se realizó sobre un programa en 20 puntos que incluía el armamento del proletariado, el desarme de las formaciones burguesas, medidas de urgencia para el abastecimiento, el llamamiento a la constitución de un Gobierno Obrero para el Reich.

El 13 de octubre, tres diputados comunistas entraron en el Gobierno de Turingia presidido por el socialdemócrata August Fröhlich188: Theodor Neubauer (como Ministro sin cartera), Albin Tenner (de Educación) y Karl Korsch (de Cultura).

Simultáneamente a la formación de estos dos gobiernos de coalición, el KPD dio explícitamente la señal de preparación inmediata de la guerra civil. Mientras que el 12 de octubre Zeigner declaraba que el nuevo gobierno era leal al Reich y de “defensa republicana y proletaria” (lo que era típico de la ideología socialdemócrata de querer hacer del proletariado un baluarte de la República parlamentaria), el presidente del grupo parlamentario comunista del Landtag declaraba: “¡Preparaos por doquier a la huelga general! ¡Haced los preparativos para detener los movimientos del Reichswehr y de las bandas armadas contra los trabajadores!189.

La victoria revolucionaria contra todo el andamiaje estatal, contra todos los poderes fácticos de la clase dominante, contra toda la sociedad burguesa, debía ser hecha en defensa de la legalidad republicana, en defensa de un gobierno socialdemócrata “legalmente” constituido reforzado con ministros comunistas. La dictadura del proletariado sería entonces un “efecto secundario” de esa movilización. Ese planteo meramente defensivo, surgido de elucubraciones sin ninguna experiencia histórica que lo avalase mínimamente, respondía a la preocupación de no herir los sentimientos de los trabajadores socialdemócratas apegados a sus direcciones políticas.

35.- Este plan estratégico de la Revolución tenía pies de barro. En primer lugar, él daba por sentada la movilización insurreccional del proletariado alemán con el propósito de instaurar en el Reich un gobierno de coalición entre “partidos obreros”. En segundo lugar, suponía que la socialdemocracia de izquierda podía acompañar – aunque más no fuere al inicio – la iniciativa del combate en el terreno de la movilización de masas y de la lucha armada en defensa del “gobierno obrero” de Sajonia contra el Reichswehr y el fascismo. Y, en tercer lugar, que el proletariado podría ser armado gracias a la participación de tres ministros comunistas en los engranajes gubernamentales del Estado burgués (lo que será inmediatamente desmentido en los hechos tras la alineación de la policía sajona detrás del Reichswehr).

Ahora bien, durante sus movilizaciones de junio-agosto 1923 el proletariado alemán en su conjunto había constatado la inanidad a escala del Reich de la consigna de un gobierno de coalición entre “partidos obreros”. Por no haber enarbolado durante meses la consigna de la conquista del poder para instaurar la dictadura el proletariado, apoyándose para ello en la organización nacional de los Consejos de fábrica, el KPD insistía en levantar una consigna que ya había demostrado en los hechos constituir un callejón sin salida. La propuesta del KPD era la de un proceso revolucionario que no terminaba de reivindicar claramente sus objetivos a la luz del día. La entrada del KPD en los gobiernos de coalición de Sajonia y Turingia, a los que había apoyado en el Parlamento de los Lander, pero criticado políticamente de manera ininterrumpida, no era ni podía ser el factor catalizador de la movilización de las masas que esperaban ansiosamente la resolución revolucionaria de la crisis alemana.

Por otra parte, semejante planteamiento daba por sentado que, en Sajonia misma, los “colegas” socialistas del “gobierno obrero” estaban dispuestos a apoyar o participar, junto al SPD de los respectivos Land, en una lucha revolucionaria e insurreccional para defenderse (preventivamente, o a posteriori) contra la previsible intervención del Reichswehr. Y que, en caso de negarse a ello, el Partido comunista podría superar esa deserción arrastrando tras de sí a las organizaciones de masas (Consejos de fábrica y Centurias proletarias) constituidas sobre la base del frente único político cuyo norte era precisamente ese “gobierno obrero”.

La cuestión de la entrada de ministros comunistas en los Gobiernos de Sajonia y Turingia había sido discutida en las reuniones de Moscú del mes de septiembre. No sólo los representantes de la Izquierda alemana se declararon contrarios a dar ese paso (lo que era de esperar), sino también Brandler se opuso infructuosamente a ello (rompiendo así con su propia trayectoria de apoyo a la táctica del “gobierno obrero” de coalición [§X-7]). Los comunistas sajones mismos estuvieron en contra de la decisión del CEIC190. Años más tarde, en una carta a Isaac Deutscher con fecha del 12-1-1959, Brandler sostuvo que la presencia de ministros comunistas “no hubiera dado una nueva vida a las acciones de masas, sino más bien las hubiera debilitado, ya que entonces las masas esperarían que el Gobierno hiciese lo que ellas sólo hubieran podido hacer por sí mismas191.

Incluso desde un punto de vista práctico e inmediato, la indicación taxativa de Zinóviev de armar a 50 o 60 mil trabajadores gracias a la entrada de los comunistas en el Gobierno de Sajonia no tenía, según Brandler, base de sustentación alguna:

“Me opuse con fuerza al intento de acelerar la crisis revolucionaria por medio de la entrada de comunistas en los gobiernos de Sajonia y Turingia – que según lo que todo lo acordado tenía el propósito de procurarse armamento. Yo sabía, y lo dije en Moscú, que en Sajonia y en Turingia la policía no tenía ningún depósito de armas. Incluso una simple ametralladora debía ser requerida al arsenal del Reichswehr en Berlín. Los trabajadores ya se habían apoderado dos veces de los arsenales locales, la primera durante el Putsch de Kapp, y la segunda, en parte, en 1921”192.

El inexorable encadenamiento del fiasco de octubre 1923

36.- Nunca la inminencia de una Revolución proletaria fue tan proclamada como lo fue la alemana en Octubre 1923. Toda la propaganda de la Comintern la anunciaba como tal. Su presidente le dedicaba una serie de artículos de amplia difusión detallando sus características, sus recursos y sus dificultades. Los más altos dirigentes bolcheviques daban conferencias sobre ella. Los llamados a manifestaciones de solidaridad y apoyo se multiplicaban en Rusia y en el movimiento comunista internacional. Los diputados comunistas en el Parlamento del Reich pronunciaban discursos incendiarios. Quedaba por fijar su timing. Pero su timing terminó siendo la consecuencia mecánica de la ofensiva político-militar contra el Gobierno de Sajonia.

Inicialmente, y apuntando a la preparación política de la insurrección, el 14-10 la Zentrale había adoptado un Proyecto de programa de acción que debía ser propuesto en la Conferencia de las organizaciones obreras de Sajonia, prevista para el 21-10, como etapa preparatoria del Congreso alemán de los Consejos de fábrica, y que el Comité de los 15 (la dirección del movimiento) había convocado para el 9 de noviembre (la probable fecha de la insurrección)193. Los acontecimientos ulteriores echarán por tierra el timing previsto.

La entrada el 12-10 de los ministros comunistas en el Gobierno de Sajonia, y el anuncio de la intención de reforzar las Centurias proletarias, dio lugar a la reacción del general Müller, quien decretó el 13-10 la disolución de estas últimas y la entrega de sus armas al Reichswehr. El Presidente Zeigner protestó contra esta decisión reivindicando el papel de defensores del Orden republicano de las milicias obreras. Mientras que el KPD no había fijado aún la fecha de la insurrección, la contrarrevolución había fijado la suya para el inicio de las hostilidades.

Desafiando abiertamente la disposición militar, el Congreso de las Centurias de Sajonia se reunió los días 13 y 14 de octubre en los alrededores de Chemnitz con la participación de los delegados de 155 unidades. En esta ocasión se eligió un nuevo Comité Central del movimiento constituido por 4 delegados socialdemócratas de izquierda y 4 comunistas (la paridad exigida por el frente único fue respetada escrupulosamente)194.

En los días siguientes se sucedieron los mítines y llamados a resistir a los intentos de intimidación del poder militar y a continuar la organización de las Centurias. En tanto, el Gobierno Zeigner no tomó medida alguna para concretar el armamento de éstas últimas (¿existía además la posibilidad de hacerlo “por las buenas”?). En el curso de uno de esos mítines, el 13-10 Paul Böttcher incitó a los obreros a exigir del Gobierno en el que él mismo participaba el armamento inmediato y completo de las Centurias195.

El siguiente paso del general Müller del 16-10 consistió en decretar que el Reichswehr pasase a asumir el mando directo de toda la policía sajona), decreto que la policía se apresuró a obedecer196. Y a continuación lanzó un ultimátum al Presidente Zeigner (con el acuerdo previo del Presidente del Reich Ebert y del Jefe del Gabinete Stresemann197) para que aquél se desolidarice de su ministro Böttcher y se ponga a sus órdenes. Cosa que Zeigner no dignó contestar198.

En cuanto sincero demócrata burgués dispuesto a combatir políticamente todo aquel que se opusiese a la legalidad republicana (ya sea de derecha o de izquierda), Zeigner pronunció un fuerte discurso recapitulando la trayectoria antirrepublicana del Reichswehr, acusando al Gobierno Stresemann de proteger la acción de éste último y el entrenamiento de tropas ilegales que constituían un enorme peligro para el funcionamiento de la administración pública y de la justicia, y cuyo único propósito era la represión del movimiento obrero199. A esta altura, el enfrentamiento abierto entre el Gobierno de Sajonia y el del Reich era inevitable.

Señalemos que todos estos acontecimientos ocurrieron simultáneamente con el voto de los plenos poderes del Reichstag al Gobierno de Stresemann [§X-26]. No cabe duda de que las maniobras político-militares contra el Gobierno de Sajonia apuntaban a ganarle la delantera a la previsible insurrección obrera promovida por el Partido comunista.

37.- El 18-10 el Lantag de Sajonia rechazó el ultimátum del general Müller, reclamó la dimisión del Ministro de la Guerra Tesler, y envió a Berlín una delegación de diputados socialdemócratas sajones para entrevistarse con el presidente Ebert (lo que era una prueba suplementaria de que las ilusiones legalistas de los socialdemócratas de izquierda no tenían límites).

El 19-10 el Canciller Stresemann informó a su gabinete que la Reischwehr había recibido orden de trasladar tropas a Sajonia y Turingia con el propósito de « intimidar a los elementos extremistas y restaurar el orden público y la seguridad ». Al día siguiente, para echar una cortina de humo a los ojos de los socialdemócratas de izquierda, el Gobierno del Reich aseguró al Gobierno de Zeigner que el envío de tropas a Sajonia tenía como objetivo exclusivo defender el Land contra eventuales ataques … de los extremistas de Baviera. Pero, por su parte, el general Müller anunció clara y públicamente a la población del Land que los movimientos de tropas tenían el propósito de “restablecer el Orden constitucional en Sajonia”. Las tropas anunciadas por Stresemann ingresaron en el Land en la mañana del 21-10.

La fecha que Brandler se había resistido a fijar en Moscú para la insurrección terminó fijándosela el Gobierno y el Reichswehr. Al Partido comunista no le quedaba otra alternativa que la lucha abierta e insurreccional ya, o mostrar a la luz del día la extensión de su impotencia y el fracaso de toda su táctica basada en el frente único y el “gobierno obrero”.

Mientras tanto, los comunistas ya estaban llamando por anticipación a la movilización de todo el proletariado alemán en defensa de Sajonia. El 17-10 el diputado comunista Arthur Lieberasch declaró en el Landtag:

“Contra la prohibición de las Centurias, (…) de los Comités de acción, la retirada del apoyo policial al Gobierno sajón, la clase obrera sajona ya no debe poner sus esperanzas en ninguna medida de su Gobierno (…), sino que debe decir ahora, no sólo en Sajonia, sino en toda Alemania: ¡Todos en estas formaciones de defensa! ¡Las armas en manos de la clase obrera! ¡Construcción de Comités de acción en todas partes! Y luego, en toda Alemania, convocar a la huelga general y mantenerla hasta que las organizaciones fascistas hayan sido llevadas al infierno sin tregua ni descanso. Quince a veinte millones de trabajadores alemanes pueden mucho más que los 500.000 hombres del Reichswehr y los fascistas. Las armas también pueden ponerse a funcionar desde atrás si los soldados del Reichswehr, que están insuficientemente pagos, toman conciencia de que también pertenecen a la clase obrera”.200

Con información anticipada sobre los movimientos de tropas en dirección de la Sajonia, durante la noche del 19 al 20 de octubre el KPD envió instrucciones a todos sus adherentes para hacerse con todas las armas disponibles. El día 20 Die Rote Fahne publicó un artículo de Brandler (“Todo está en juego”) donde afirmaba su convicción de que los trabajadores alemanes no permitirían que el proletariado sajón fuera abatido.

La ofensiva militar en Sajonia volvía caduca la intención de postergar hasta por lo menos el 9 de noviembre la fecha de la insurrección. El 20-10 el Comité Central del KPD decidió de manera unánime convocar a la huelga general y proclamar la lucha armada201. Ese mismo día, el Comité Revolucionario decidió que ella tendría lugar el 23 de Octubre. El proletariado sajón debía llamar previamente en su ayuda a todo el proletariado alemán. La insurrección hubiera debido ser desencadenada al mismo tiempo que la huelga general nacional que debería ser decidida – a propuesta de los comunistas – por la Conferencia de organizaciones obreras ya convocada para el 21-10 en Chemnitz. Broué relata aquellos trágicos acontecimientos:

“Al día siguiente, a primera hora de la mañana, los secretarios de distrito de todo el país se reunieron en torno a Brandler, Böttcher y Heckert. Los representantes de Revkom (Comité Revolucionario) exponen el plan. Más tarde, a propuesta de Brandler, la Conferencia de Consejos de fábrica va a proceder al lanzamiento de un llamado a la huelga general en defensa de la Sajonia proletaria y de su gobierno obrero contra el Reichswehr. El lunes habrá una huelga general en todas partes. El martes, los destacamentos especiales, las tropas de choque y las Centurias proletarias ejecutarán los movimientos programados, atacarán los cuarteles y las comisarías, ocuparán los centros de comunicación, las estaciones, los puestos y los edificios administrativos. Todos los responsables comunistas creen que están a pocas horas de la insurrección. La comisión nombrada por el CEIC, con Radek y Piatakov, se dirige a Dresde.

“Las Centurias proletarias hicieron guardia toda la noche a las puertas de Chemnitz para prevenir un ataque sorpresa del Reichswehr. (…) Los delegados presentes son 498 en total, 140 enviados por los Consejos de fábrica, 102 delegados de varios sindicatos, 20 enviados por la dirección sajona de la ADGB, 79 nombrados por Comités de control, 26 representantes de cooperativas obreras, 15 de Comités de acción, 16 de Comités de parados, de organizaciones del Partido comunista, 7 de organizaciones socialdemócratas y un independiente202. La Conferencia comenzó con los informes presentados por tres ministros, Graupe, el ministro socialdemócrata de Trabajo, y los comunistas Böttcher y Heckert. Los tres hicieron hincapié en los problemas muy preocupantes de suministros, la gravedad de la crisis financiera y el desempleo que estaba alcanzando proporciones catastróficas. En el debate, casi todos los oradores no se ciñeron al marco establecido por el orden del día. Muchos delegados hablaron de la situación política en Sajonia, se pronunciaron a favor de la organización inmediata de la lucha contra la dictadura militar, y varios reclamaron una posición inmediata del Gobierno, la decisión de lanzar la consigna de una huelga general contra el Estado de sitio y los preparativos militares.

“Brandler, entonces, toma la palabra. (…) Dijo brevemente que la Sajonia obrera amenazada debe pedir la ayuda a todos los proletarios alemanes. Dirigiéndose a los socialdemócratas de izquierda, les exhorta a que renunciaran a la esperanza, ahora ya vana, de un acuerdo con el Gobierno del Reich (acuerdo que supuestamente hubiera debido proteger la Sajonia). Para romper el hierro que amenaza a los proletarios sajones, hay que lanzar inmediatamente un llamamiento a la huelga general que será la consigna de lucha de toda la clase obrera, y subraya la necesidad de un acuerdo unánime [!!!] e insiste en que la Conferencia pase a la votación sin más demora”.203

El discurso de Brandler ilustra dramáticamente la total falta de sustento del planteo político del KPD. La huelga general en todo el Reich era claramente la señal de partida de la insurrección y de la guerra civil. El discurso de Brandler hacía que la insurrección y la guerra civil contra todo el Orden burgués, es decir, contra la República parlamentaria (de la cual el SPD era uno de sus pilares fundamentales), contra las fuerzas armadas, contra todos los partidos burgueses, y contra las organizaciones fascistas, estaba supeditada a su aceptación previa por parte de la socialdemocracia de izquierda cuyo norte era el respeto del Orden constitucional republicano. Era un sin sentido pedirle a la socialdemocracia (aunque haya sido “de izquierda”) apoyar el desencadenamiento de una guerra civil, desconociendo además las normas de la legalidad institucional que esta misma socialdemocracia pretendía defender. El inexorable determinismo de las fuerzas políticas y sociales echará por tierra un “libreto” del proceso revolucionario que estaba construido sobre arenas movedizas.

El cretinismo legalista y parlamentario de la socialdemocracia de izquierda se explayará en el discurso del representante de esta corriente (Graupe), quien se opuso a la huelga general y puso ante el KPD el desafío de asumir solo la responsabilidad de desencadenarla.

“Es el Ministro de Trabajo, Georg Graupe, otro veterano del movimiento sindical, quien responde en su nombre a Brandler. Según él, el problema de la defensa de la Sajonia obrera, al igual que las repetidas violaciones de la Constitución por parte del Gobierno y de los dirigentes del Reichswehr, se plantea, en efecto, pero él considera que no corresponde a una Conferencia de las organizaciones obreras de Sajonia, por muy representativa que sea, decidir por sí sola la respuesta. Sajonia tiene su Gobierno de «defensa republicana y proletaria», que en este caso es precisamente lo que hay que defender; este Gobierno es responsable ante un Landtag elegido, en el que están representados los dos principales partidos obreros, y el propio Brandler es miembro de él. Por lo tanto, según Graupe, corresponde al Gobierno, y sólo a él, considerar por el momento los medios de acción que deben definirse, sobre la base de la información que sólo él dispone. Sería desacreditarlo si se pasara por encima de su cabeza. Por lo tanto, Graupe es tan firme como categórico: si los comunistas mantienen la propuesta de Brandler, él dejará la conferencia con sus camaradas de Partido y dejará que los comunistas asuman esa responsabilidad por sí solos. Sin embargo, como es consciente de la gravedad de la situación, propone elegir inmediatamente un Comité conjunto de activistas de ambas partes para estudiar la cuestión de la huelga general e informar a la Conferencia antes de su clausura”.204

Toda la táctica del frente único “por arriba” con la socialdemocracia, así como la del “gobierno obrero”, estaba basada en el presupuesto de que, si la socialdemocracia abandonara o traicionara en algún momento la lucha por las necesidades inmediatas y políticas del proletariado, ello permitiría al Partido comunista asumir ya solo esa responsabilidad, arrastrando tras de sí a las masas influenciadas hasta ese momento por esa misma socialdemocracia. Ese momento había llegado. El Partido comunista estaba frente a sus responsabilidades y a su destino. Y fue precisamente en ese momento que el “libreto” previsto de la Revolución se desmoronó como un castillo de naipes. Brandler aceptó la propuesta de Graupe, lo que equivalía al entierro de la insurrección, o a una insurrección sin movilización de masas en su apoyo.

“Brandler aceptó entonces retirar su moción y unirse a la moción de Graupe, la que fue aprobada por unanimidad. La Comisión designada comienza a trabajar inmediatamente. De hecho, todo el plan comunista está bloqueado: la elección de una Comisión excluye el llamamiento inmediato de la Conferencia a una huelga general, y es probable que de Chemnitz no saldrá ninguna decisión de acción inmediata. (…) Como no existe ningún plan alternativo, a los representantes del Partido Comunista no les queda otra que seguir la corriente. La Comisión ad hoc presentó, con su acuerdo, propuestas que, como dirá más tarde Thalheimer, constituían un «funeral de tercera clase». Deseando ver proclamar la convocatoria a una huelga general que considera necesaria, la Comisión propuso la elección de una Comisión de acción paritaria – cinco comunistas, cinco socialdemócratas – encargada de establecer inmediatamente contacto con los dirigentes de los partidos y sindicatos, y con el Gobierno, con el fin de estudiar y ultimar con ellos las modalidades de la convocatoria a una huelga general. En el caso de que el Gobierno y los sindicatos se negasen a tomar la iniciativa, pero sólo en este caso, el Comité de acción estaría facultado para hacerlo. Por lo tanto, la Conferencia de Chemnitz termina sin una decisión de acción. Incluso antes de que entrara en vigor, el plan comunista se encuentra atascado y, sobre todo, las condiciones en las que se atascó pusieron en tela de juicio todo el análisis que lo justificaba”.205


Para explicar esta reculada, en los meses y años subsiguientes, en el KPD y en la Internacional, Brandler será acusado personalmente de oportunismo, de desviacionismo de derecha, de estar influenciado por tendencias socialdemocráticas. Trotsky mismo lo presentará como ejemplo típico de los comunistas que retroceden frente a un intento insurreccional, rehusando la ruptura decisiva y el cambio de época que implica el salto revolucionario y la guerra civil (del mismo modo que, en Rusia, Zinóviev y Kámenev se opusieron a la preparación bolchevique de la insurrección de Octubre 1917). En ambos casos, la “explicación” esgrimida es meramente psicológica, lo que finalmente no explica nada.

Dejamos para más adelante un análisis profundizado de las razones de este fiasco. Pero en este párrafo señalamos que lo actuado por Brandler fue el resultado inexorable de la contradicción entre, por una parte, toda la larga trayectoria pasada de propaganda y proselitismo del KPD en general, y de Brandler en particular, a favor del frente único y del “gobierno obrero” en el que los comunistas acababan de entrar; y, por otra, de la decisión de declarar solos, en ese preciso momento, la huelga general y el inicio de la insurrección prevista.

En primer lugar, hay que tener en cuenta que toda la preparación política desarrollada por el KPD tenía como vector central la búsqueda del frente único político con el objetivo de la formación de un “gobierno obrero” de coalición. La supremacía conquistada en los sectores decisivos del proletariado (la Organización Nacional de los Consejos de fábrica y las Centurias proletarias) fue lograda gracias a la propaganda y al proselitismo centrados en esos objetivos. El Partido Comunista aparecía ante los ojos de las masas como el mejor paladín de esa alianza con ese objetivo gubernamental supuestamente revolucionario. Esa perspectiva era una “bicicleta” que necesitaba sus dos ruedas para avanzar (la comunista y la socialdemócrata). La pérdida de una de ellas la volvía inoperante. El mejor ejemplo de ello eran las Centurias proletarias, en las cuales las responsabilidades político-organizativas eran compartidas en condiciones de igualdad por los comunistas y los socialdemócratas. Su cohesión interna dependía de la vigencia de ese frente único. Su ruptura hubiese significado probablemente la parálisis de gran parte de las milicias obreras formadas a lo largo de 1923206. En ello radicó el “misterio” de solicitar a la socialdemocracia de izquierda su acuerdo para declarar la huelga general, y el hecho de que su rechazo por boca de un personaje de segunda como Graupe echase por tierra todo el proyecto insurreccional.

La declaración de una huelga general por el Partido Comunista solo, con la oposición abierta de toda la socialdemocracia (de derecha como de izquierda), hubiera aparecido a los ojos de las masas influenciadas por esta última como una ruptura desleal del contrato, como una prueba más de putschismo (acusación que recaía sobre el KPD desde marzo de 1921), y ante los ojos de los trabajadores bajo influencia directa del KPD como un giro político radical en ruptura con toda la acción pasada del Partido.

Entrampado por todas estas “condiciones de contorno”, Brandler no hizo más que sacar las consecuencias prácticas de una situación que expresaba de manera ultra concentrada la bancarrota política del KPD, del CEIC y de la orientación táctica promovida por la Internacional desde diciembre 1921.

Queda la cuestión de saber si, en esa grave situación histórica, el KPD hubiera debido llamar por iniciativa propia, y en soledad, a la huelga general y desencadenar la insurrección prevista. Sólo el intento mismo hubiera podido dar la respuesta a ese interrogante. En una situación crítica como la alemana de entonces, las masas trabajadoras potencialmente insurgentes hubieran descendido en combate a la sola condición de que la vanguardia comunista tomara la iniciativa. Cuán importantes eran esas masas luego de la derrota de julio-agosto, sólo el intento mismo podía desvelar la incógnita. Pero por las razones evocadas más arriba no se puede descartar la posibilidad nada desdeñable de que, en esas condiciones, se hubiera reiterado una situación como la de Marzo 1921. La propuesta de Radek (rechazada por la Zentrale) de llamar, en un primer momento, a una huelga general sin insurrección aparecía como una alternativa posible, con la intención de evaluar concretamente las relaciones de fuerza en el seno de la clase obrera y su capacidad de resistencia frente a la ofensiva militar. Pero en ese caso la insurrección desaparecía como catalizador para la entrada en lucha de las masas potencialmente insurgentes. Lo que sí es seguro es que la retirada sin combate fue la peor de todas las decisiones posibles.

38.- Los acontecimientos ulteriores se dividieron entre tragedia y farsa. Habiéndose derrumbado el plan político previsto, ese mismo día se reunió el Comité Central del KPD con la participación de los responsables militares, y allí se decidió, por unanimidad, cancelar la insurrección.

Al día siguiente (22-10), las tropas del Reichswehr, que confluyeron de diferentes lugares del Reich, entraron en Dresde, Leipzig, Meissen, Pirna, Chemnitz, ocupando toda la Sajonia207. Fue entonces que la Zentrale se reunió con Radek y Piatakov recién llegados de Moscú. Radek dio su acuerdo a la decisión de anular la insurrección208, pero también exigió una demostración defensiva con un llamado a una huelga general sin insurrección. Esta propuesta fue rechazada unánimemente por la Zentrale. En la siguiente reunión del 23-10, Ruth Fischer propuso sin mayor éxito que fuera Berlín quien tomase la iniciativa de la huelga general con la perspectiva de transformarla en dos o tres días en una insurrección, apoyándose para ello en otras ciudades alemanas209. En realidad, y por increíble que parezca, el KPD estuvo totalmente paralizado frente a la ofensiva militar contra el proletariado sajón. El único hecho de armas no previsto fue la insurrección de los comunistas de Hamburgo.

Por razones no totalmente esclarecidas210, y a pesar de la contraorden emitida por la Zentrale el 21-10, en la madrugada del 23-10 los destacamentos comunistas de Hamburgo sabotearon las comunicaciones, se apoderaron de 17 de las 26 comisarías atacadas en procura de armas y se enfrentaron con policías, marinos y grupos de choque del SPD211. En una declaración dirigida a los habitantes del distrito de Schiffbeck, el Comité Ejecutivo Provisorio de la insurrección afirmó: “En toda Alemania la clase obrera está luchando por el poder. En una gran parte de Alemania el poder está en manos de los trabajadores212.

El intento insurreccional de los comunistas de Hamburgo fue consecutivo al reclamo de los estibadores del puerto con fecha del 21-10 de iniciar una huelga general en la ciudad en caso de ataque del Reichswehr contra Sajonia. Sin embargo, la huelga de los estibadores no movilizó al resto de la clase obrera de la ciudad ni se transformó en una movilización en apoyo del alzamiento213. Ante la evidencia de su aislamiento respecto al resto de Alemania, la dirección local del movimiento decidió la retirada (que fue realizada en buen orden). Los combates se extinguieron totalmente el 25-10. El saldo de muertos fue de 24 comunistas y 17 policías214.

En Sajonia, la entrada de los regimientos del Reichswehr dio lugar a escaramuzas en Chemnitz, en el Erzgebirge y en el Vogland. En Friburgo, el 27-10 la tropa abrió fuego contra manifestantes provocando 23 muertes y 31 heridos215.

El 27-10 el Gobierno del Reich envió un ultimátum a Zeigner exigiendo la dimisión de su Gobierno y el nombramiento inmediato de uno nuevo sin ministros comunistas. En caso de rechazo, la autoridad militar nombraría un Comisario con responsabilidades gubernamentales hasta la formación de un nuevo gobierno constitucional. La negativa de Zeigner provocó el 29-10 la deposición manu militari del Gobierno del Land y de todos sus ministros. El llamado a la huelga general por parte del KPD, por la corriente de izquierda del SPD sajón y por algunos sindicatos216, iniciada el 30-10, encontró poco eco (aunque hubo algunos enfrentamientos entre la tropa y las Centurias proletarias y manifestantes). Ese mismo día Zeigner – y con él todo su Gabinete – renunció oficialmente a su cargo. Con la presencia del Presidente del SPD (Otto Wels) y de un miembro de su Dirección (Wilhelm Dittman), la fracción socialdemócrata del Landtag nombró a Alfred Fellisch (que había sido hasta ese momento Ministro de Economía) Jefe de un gobierno compuesto exclusivamente por socialdemócratas. Sin el apoyo de los comunistas, pero sí con el del partido demócrata alemán, el nuevo Gobierno del Land entró en funciones el 31-10217.

El “aliado” a quien el KPD había pedido su acuerdo para desencadenar la huelga general contra las maniobras cívico-militares de las autoridades del Reich, 9 días más tarde ratificaba implícitamente la ofensiva contrarrevolucionaria (y abiertamente anticonstitucional, lo que era el colmo para esos beatos de la legalidad republicana) contra el Partido comunista y el movimiento obrero.

En el resto de Alemania la movilización obrera en apoyo a Sajonia fue casi inexistente, salvo en Frankfort del Meno, donde una huelga general se mantuvo durante tres días. Los vanos intentos de Radek de movilizar al Partido en Berlín en acciones de protesta protegidas por las Centurias proletarias se vieron contrarrestadas por toda la Zentrale (Ruth Fisher incluida, para quien el proletariado estaba demasiado descorazonado como para movilizarse). Así acabó la proyectada Revolución de Octubre 1923, que ni siquiera pudo comenzar. El fracaso del Partido alemán, y el de la táctica preconizada por la Internacional, fue total y completo. En el momento en que masas inmensas del proletariado, e incluso de otros sectores sociales, esperaban del KPD una dirección decidida a resolver revolucionariamente la crisis general de la sociedad burguesa, el KPD retrocedió sin librar batalla.218

Este hecho tendrá consecuencias históricas de tan gran alcance que influenciará de manera decisiva el curso de la Internacional Comunista, de la Rusia soviética y probablemente de la Historia Mundial del Siglo XX.

Con el cierre de esta etapa de la Revolución europea se abrieron capítulos dramáticos de la historia de la III Internacional. En primer lugar, la eclosión pública de la crisis interna del Partido bolchevique que conducirá en pocos años, a través de un camino tortuoso, a la victoria de la contrarrevolución estalinista en Rusia, y a la renuncia de sus principios fundacionales por parte de la Internacional. En segundo lugar, y en un primer tiempo, el de la búsqueda de chivos expiatorios para hacerlos cargar con la responsabilidad del fracaso alemán; y, más tarde, a la llamada “bolchevización” de los partidos comunistas.

Hacia la estabilización de la situación en Alemania

39.- El fiasco de Octubre 1923 dio amplia libertad a la burguesía para estabilizar internamente la situación política, económica y financiera.

La deserción del campo de batalla por parte del KPD y el fin de la perspectiva de “gobierno obrero” dejó a las grandes masas trabajadoras sin alternativa política, generando una desmoralización y desmovilización agudizadas por la ofensiva burguesa que ya casi no encontró oposición alguna. Esto sucedía mientras que en noviembre de 1923 los salarios semanales reales apenas alcanzaban la mitad del nivel de 1913, que la desocupación de los trabajadores sindicalizados saltó de un 3,5% en julio al 23,4% en noviembre, y que la caída vertiginosa del número de inscriptos en los sindicatos hizo que de 7,4 millones en septiembre 1923 pasara a 4,8 en abril de 1924219.

Habiendo descartado un peligro revolucionario inminente en Berlín, Sajonia y Turingia, el Gobierno del Reich se ocupó en acotar las veleidades autonomistas y “revolucionarias” del bloque dominante cívico-militar-fascista en el Land de Baviera. Para ello, el 8-11 el Gobierno Stresemann, con el acuerdo de Ebert, otorgó plenos poderes dictatoriales al General von Becket. El putsch de Hitler y del Partido nacional-socialista de ese mismo día terminó grotescamente porque no tenía ninguna chance de vencer sin contar a escala nacional con el apoyo del Reichswehr, ya que para los mandos militares era inconcebible un enfrentamiento entre las tropas de la Baviera y las del resto del Reich220. Por otra parte, la salida del SPD del Gobierno del Reich, ocurrida el 2-11, eliminaba uno de los motivos del enfrentamiento entre el Gobierno de Stresemann y el poder político en Baviera. Señalemos que más allá de los pormenores que llevaron a la renuncia de los ministros socialistas del Gobierno Stresemann, ésta respondía a la voluntad de la burguesía de llevar a cabo un “ajuste” de las condiciones de vida y de trabajo de las masas de asalariados en un momento en que ya no necesitaba de la socialdemocracia para contrarrestar el alza revolucionaria.

El 23-11 von Seeckt puso fuera de la ley al KPD y al partido nacional-socialista (esta decisión durará lo que duraron los estados de excepción).

El pánico de la burguesía ante un peligro revolucionario la decidió a acabar con la hiperinflación que le había permitido llevar a cabo una concentración prodigiosa de riqueza. A la espera de introducir el Reichmark con cobertura áurea (lo que ocurrirá el 30-8-1924), el 15-11-1923 se dio curso a una nueva moneda (la Rentenmark, basada en la riqueza nacional), al mismo tiempo que el Banco Central del Reich suspendió el descuento de los bonos del tesoro. El valor nominal fijado del Rentenmark fue el marco-oro de la preguerra. Se limitó por decreto el número máximo de billetes en circulación y el monto de crédito atribuido al Estado. En otras palabras, se detuvo adrede el funcionamiento de la plancha de billetes y la posibilidad de que el Estado financie con ella sus gastos generales. Paralelamente, se redujo drásticamente el personal estatal con el despido de 400.000 funcionarios, empleados y obreros. Los salarios estatales fueron reducidos al 60% de los de la preguerra221. El Gobierno decretó ulteriormente que el Retenmark no fuese introducido en los territorios ocupados o para los pagos en aquellos territorios222. Todas estas medidas permitieron yugular la hiperinflación y lograr la estabilización de precios.

La liquidación de la jornada de 8 horas (bestia negra de las patronales alemanas) y el retorno a la jornada de la preguerra fue decretada por el Gobierno del Canciller Wilhelm Marx. Entrado en funciones el 30-11-1923, éste dispuso a partir del 8-12 de plenos poderes votados con el consentimiento del SPD223.

Las empresas mineras del Ruhr habían impuesto ya el 29-11 la jornada de 9 horas. El 14-12 los sindicatos aceptaron la misma normativa en todo el Reich. Ese mismo día se impuso en la industria del hierro y del acero un horario efectivo de 10 horas diarias y de 9 horas el día sábado, lo que llevaba el total semanal a 70 horas (considerando también los tiempos de pausa y de “disponibilidad”). Lo mismo ocurrió para otros grandes sectores de la economía. Para los empleados del Reich el tiempo de trabajo pasó de 48 a 54 horas semanales224.

El desastre de Octubre 1923 provocó hasta la pérdida de las conquistas sociales que la clase obrera había logrado arrancar a la burguesía en la inmediata posguerra, y que la socialdemocracia había agitado para justificar su intento de sellar el destino de aquélla al de la sociedad burguesa.

En el terreno diplomático, la cuestión de las reparaciones tuvo una apertura vuelta posible por iniciativa de los EE.UU. El cambio de actitud del Gobierno francés resultó de la propuesta americana de vincular la discusión de las reparaciones con el problema de la deuda entre los países aliados (lo que implicaba que una actitud más flexible por parte de Francia daría lugar a mejores condiciones para el reembolso de la deuda francesa con los EE.UU.). Por otra parte, los industriales de la minería del Ruhr llegaron a acuerdos directos con Francia haciendo que sus entregas de carbón fuesen contabilizadas como reparaciones de guerra financieramente a cargo del Gobierno del Reich225.


Notas

1 Lenin describió de la siguiente manera la presencia de condiciones revolucionarias: «La ley fundamental de la revolución, confirmada por todas ellas, y en particular por las tres revoluciones rusas del siglo XX, consiste en lo siguiente: para la revolución no basta con que las masas explotadas y oprimidas tengan conciencia de la imposibilidad de vivir como antes y reclamen cambios, para la revolución es necesario que los explotadores no puedan vivir ni gobernar como antes. Sólo cuando las “capas bajas” no quieren lo viejo y las “capas altas” no pueden sostenerlo al modo antiguo, sólo entonces puede triunfar la revolución. En otros términos, esta verdad se expresa del modo siguiente: la revolución es imposible sin una crisis nacional general (que afecte a explotados y explotadores). Por consiguiente, para la revolución hay que lograr, primero, que la mayoría de los obreros (o en todo caso, la mayoría de los obreros conscientes, reflexivos, políticamente activos) comprenda profundamente la necesidad de la revolución y esté dispuesta a sacrificar la vida por ella; en segundo lugar, es preciso que las clases gobernantes atraviesen una crisis gubernamental que arrastre a la política hasta las masas más atrasadas (el síntoma de toda revolución verdadera es la decuplicación o centuplicación del número de hombres aptos para la lucha política, representantes de la masa trabajadora y oprimida, antes apática), que reduzca a la impotencia al gobierno y haga posible su derrumbamiento rápido por los revolucionarios». [«El “extremismo”, enfermedad infantil del comunismo»]

2 La invasión se prolongó de enero 1923 a agosto 1925. Por las cláusulas del Tratado de Versalles, Francia ya ocupaba anteriormente la orilla occidental del Rhin donde residían 2,6 millones de habitantes, con importantes industrias y minas de lignito (además de las ciudades de Colonia, Coblenza, Mayence y Kehl).

3 J.C.Favez, « Le Reich devant l’occupation franco-belge de la Ruhr en 1923 », Librairie Droz, Genève, 1969, p.9.

4 Hugo Stinnes declaró: “Yo debo insistir sobre el hecho de que considero el peligro de una extensión de la ocupación del territorio alemán como un mal menor. Semejante extensión mostraría a los franceses que no obtendrán nada más que el aumento de sus gastos y que no recibirán el dinero [de las reparaciones]”. [Ibidem, pp.29-30].

5 Ibidem, p.38.

6 Las entregas diarias de 60.000 toneladas de carbón a Francia fueron interrumpidas inmediatamente. Y desde el 11 de enero a finales de febrero la industria pesada francesa recibió un total de 4.800 vagones de coque en lugar de los 2.800 que hubiera debido recibir diariamente.

7 Al inicio de la invasión, los ferroviarios lograron alejar de la región 1.000 locomotoras y 30.000 vagones, amén de darse al sabotaje de las instalaciones. [Favez, op.cit., p.170]

8 Ibidem, pp.162-165.

9 La ocupación franco-belga de la Ruhr prefiguró en “pequeña escala” la política alemana durante la ocupación de Francia en la Segunda Guerra Mundial.

10 « En el territorio ocupado, casi toda la cuestión financiera de la lucha está en manos de los organismos que son (…) la emanación de los medios económicos patronales. (…) No es sin motivo que se teme el efecto de una política de créditos generosamente acordados en marco-papel sobre la devaluación del marco, haciendo caso omiso de las condiciones inflacionistas que reinan en Alemania » [Favez, op.cit., p.150]. El financiamiento estatal de la resistencia pasiva del empresariado fue una fuente de enriquecimiento privado mayúsculo, de estafa al Estado y de empobrecimiento generalizado de la población. Todo ello en nombre de la “unidad nacional” contra el invasor.

11 « [Las] empresas de los territorios ocupados, haciendo caso omiso de las directivas de resistencia pasiva, retoman gradualmente su libertad de acción (…). La flexibilización ulterior de las directivas oficiales [alemanas] confirman el fracaso del boicot de las exportaciones ». [Favez, op.cit., p.142].

12 « Al final de la primavera, ya sea en Renania, en Colonia o en el Ruhr, amplios sectores del comercio y de la industria desean un fin del conflicto tan rápido como fuese posible, cuando ellos mismos no le pusieron directamente un punto final ». [Ibidem, p.177].

13 Pierre Broué, “Révolution en Allemagne (1917-1923)”, 1971, Les Éditions de Minuit, §XXXV, p.659. [https://www.marxists.org/francais/broue/works/1971/00/broue_all.htm]

14 Winkler, op.cit., p.210.

15 “Desde todas partes de Alemania, una vez más afiebrada por las pasiones nacionalistas, voluntarios de grupos paramilitares y antiguos miembros de los Freikorps acudieron a la zona. Los jefes del Reichswehr coordinan todo con el acuerdo del Gobierno. El 30 de enero, el Canciller Cuno y el General von Seeckt discutieron sobre el armamento y la movilización, y acordaron las relaciones con la Orgesch [§234]. (…) El día 20, en la casa del Director General de Stinnes, von Seeckt y Ludendorff se reunieron para discutir las condiciones de colaboración entre el Reichswehr y los activistas de extrema derecha”. [Broué, op.cit., §XXXV, p.659]

16 Citado en Broué, op.cit., §XXXV, p.661.

17 Bulletin Communiste, 8-2-1923. [https://gallica.bnf.fr/ark:/12148/cb34429127h/date&rk=321890;0]

18 Aldo Agosti, “La Terza Internazionale, Storia documentaria”, 1919-1923, pp.698-699, ed. Riuniti. El 7-9-1922 el Ejecutivo de la Internacional había publicado un Manifiesto dirigido al proletariado francés y al alemán que concluía así: “¡Trabajadores franceses! Os convocamos a la lucha revolucionaria contra la política de vuestro gobierno, contra el imperialismo francés, no para ayudar al imperialismo alemán a levantarse, sino para hacer sí que la eliminación de la presión militar del imperialismo francés pueda liberar la fuerza del proletariado alemán para la Revolución alemana. ¡Trabajadores alemanes! Os convocamos a la lucha contra el gobierno socialdemócrata burgués alemán, por un gobierno obrero proletario, que quite a las masas trabajadoras francesas el miedo al renacimiento del militarismo alemán y lo ayude a liberarse de la atracción del nacionalismo”. [Jane Degras, “Storia dell’Internazionale comunista attraverso i documenti ufficiali”, vol.I, (1919-1922), Feltrinelli Editore, 1975, p.391.

19 Favez, op.cit., pp.90-91.

20 “Algunas cuestiones tácticas de la guerra del Ruhr”, Die Internationale , n°4, febrero 1923, del cual un extracto ha sido publicado en italiano en la Introducción de Corrado Basile a “Germania 1923: la mancata rivoluzione”, Ed. Graphos, p.109.

21 Broué, op.cit., §XXXV, p.662.

22 « El hecho sin precedente de que después de la guerra más tremenda de los tiempos modernos, el ejército vencedor y el vencido confraternicen en la matanza común del proletariado, no representa, como cree Bismarck, el aplastamiento definitivo de la nueva sociedad que avanza, sino el desmoronamiento completo de la sociedad burguesa. La empresa más heroica que aún puede acometer la vieja sociedad es la guerra nacional. Y ahora viene a demostrarse que esto no es más que una añagaza de los gobiernos destinada a aplazar la lucha de clases, y de la que se prescinde tan pronto como esta lucha estalla en forma de guerra civil. La dominación de clase ya no se puede disfrazar bajo el uniforme nacional; todos los gobiernos nacionales son uno solo contra el proletariado ».

23 “La revolución proletaria en Alemania realizará la unidad de la nación (que Bismarck ha dejado incompleta con la exclusión de la Austria alemana) y lo hará a través de la autodeterminación democrática (…). La burguesía alemana ha entendido esto mejor de lo que lo pudo entender hasta ahora cualquier comunista alemán, y por ello ella abandona este candente [!!!???] problema y se resigna a su bancarrota desde el punto de vista nacional. (…) Pero, y esto no es algo secundario, hay amplias capas de la pequeña burguesía que aún hoy sueñan sinceramente con la renovación de la vieja grandeza imperialista. Al término de un largo camino equivocado, de horribles desilusiones y de enormes oscilaciones, [estas capas de la pequeña burguesía] pueden encontrarse de parte de la revolución proletaria, que dará el golpe mortal a la perspectiva de la revitalización del imperialismo en Alemania, pero que salvará a la nación sobre una nueva base. El temor de que el nacionalismo nos lleve del lado de la burguesía se apoya en una incomprensión completa de la situación y de sus posibilidades. Si ello nos atrajera a la pequeña burguesía y al semiproletariado, será un claro éxito para la revolución proletaria; incluso si este éxito consiste únicamente en el hecho que, en el momento decisivo de la toma del poder, la pequeña burguesía sea neutralizada aunque más no sea parcialmente, y que una pequeña minoría de ella luche activamente con nosotros”. [Die Internationale, n°8, 18-4-1923; traducción italiana en Corrado Basile, op.cit. pp.195-196]

24 Humbert-Droz era un delegado del Ejecutivo de la Comintern ante los partidos europeos de lengua latina. Cf. sus Informes al CEIC del 6-9 y 20-9-1923 en Humbert-Droz, “Dix ans au service de l’Internationale Communiste (1921-1931)”, Editions de la Baconnière, Neuchatel, 1971, pp.148-149.

25 “De todas las clases que hoy se enfrentan con la burguesía sólo hay una verdaderamente revolucionaria: el proletariado.  Las demás perecen y desaparecen con la gran industria; el proletariado, en cambio, es su producto genuino y peculiar”. “Los elementos de las clases medias, el pequeño industrial, el pequeño comerciante, el artesano, el labriego, todos luchan contra la burguesía para salvar su existencia de clases medias de la decadencia que los amenazan. No son, pues, revolucionarios, sino conservadores; más aún, son reaccionarios, pues pretenden hacer girar para atrás la rueda de la historia.  Si son revolucionarios es en consideración de su tránsito inminente al proletariado; entonces ellos no defienden sus intereses actuales, sino los futuros; ellos abandonan su propio punto de vista para abrazar el del proletariado”.

26 Lenin, « Balance de una discusión sobre el derecho de las naciones a la autodeterminación», de 1916.

27 Lenin, “Sobre el folleto de Junius”, 1916.

28 Víctor Serge, “Mémoires d’un révolutionnaire”, ed. Robert Laffont, p.632.

29 “A fines de 1922, el Partido Nacional Socialista contaba con 15.000 miembros y sus tropas de choque, las S.A., con 6.000. A principios de 1923, gracias a los esfuerzos de un antiguo miembro de los Freikorps, un oficial del Reichswehr, el capitán Rœhm, que le dio el apoyo del Reichswehr en Baviera, pudo firmar un pacto con las demás organizaciones nacionalistas bávaras. (…) El progreso de la organización fue fulminante en el sur, donde contó con el apoyo de las autoridades y abundantes subsidios. El 1 de mayo, 10.000 hombres armados desfilaron cerca de Munich. El 1 de septiembre, había 40.000 de ellos en Nuremberg, revistados por Hitler y Ludendorff (…). El 25 de septiembre, Adolf Hitler se convirtió en el jefe de la “Liga de combate”: su partido, miembro de esta coalición de grupos de extrema derecha, contaba con 20.000 miembros y S.A. armados hasta los dientes.” [Broué, op.cit. §XXXVII, p.687]

30 “La contrarrevolución en Baviera se apoyaba en la mayoría burguesa de la Dieta y pudo asumir una cierta apariencia de legalidad. El particular desarrollo [de la contrarrevolución] en Baviera se manifestaba en una opresión sin miramientos del movimiento obrero, en asesinatos impunes, en sentencias terroristas de los tribunales contra los así llamados traidores a la patria, en un desarrollo completamente libre de todas las asociaciones militares legales e ilegales. El Reichswehr de Baviera mantenía las relaciones más estrechas con las ligas de defensa y los nacional-socialistas (…) En Baviera, las demostraciones nacionalistas y militares se sucedían continuamente, una tras otra. La contrarrevolución en Baviera no podía por cierto hacer alguna oposición al gobierno nacional de Cuno durante la lucha en el Ruhr, pero estaba decidida a seguir su propia vía en caso de que en Berlín ocurriese un giro cualquiera hacia la izquierda”. [Arthur Rosenberg, Storia della Repubblica Tedesca, ed. Leonardo, 1945, p.163]

31 Chris Harman, “La révolution perdue”, [www.marxists.org/francais/harman/1982/lrp/harmanrevolutionperdue.pdf, p.125]

32 Bulletin Communiste, 15-2-1923.

33 Ibidem.

34 “Tesis sobre la táctica del frente único y del gobierno obrero” adoptadas por el Congreso de Leipzig. [Broué, op.cit., §XXXIV, pp.644-647]

35 “Le front unique au Congrès de Leipzig”, Bulletin Communiste, 5-4-1923.

36 Citado en Harman, op.cit. p.138.

37 En una carta del 9-2-1924, Gramsci se refiere a un Informe presentado por Radek en Moscú donde afirmaba que “la minoría [de izquierda] (…) tenía consigo a la mayoría del Partido y hubiera podido, en el Congreso de Leipzig, obtener la mayoría, si el centralismo y el apoyo de la Comintern no lo hubiesen impedido” [P. Togliatti, “La formazione del grupo dirigente del partito comunista italiano”, Ed. Riuniti, 1962, p.188]

38 “Le point de vue de la minorité du PC allemand”, Bulletin Communiste, 12-4-1923.

39 Ibidem. En su intervención en el Congreso de Leipzig, un representante de la mayoría (Stœcker) puso de relieve la evolución de la Izquierda alemana frente al problema del “gobierno obrero”: “El camarada Stœcker piensa que la Izquierda ha cambiado considerablemente sus puntos de vista en el último año. La Izquierda luchó primero contra la consigna del gobierno obrero y luego la aceptó sólo como una maniobra táctica. Algunos camaradas de la oposición querían que el gobierno obrero fuera sólo otra expresión de la dictadura del proletariado; otros dijeron que el gobierno obrero sólo podría formarse después del armamento de la clase obrera. Todo esto ya no está en la moción presentada por la izquierda; por lo tanto, ha hecho progresos significativos”. [Ibidem, 22-2-1923]

40 Dos meses antes ella había reafirmado las posiciones de siempre de esa Izquierda infantilmente extremista que desechaba las enseñanzas del III Congreso de la Comintern: “[El Partido comunista] debe ser activo, debe moverse. No sólo debe entrar con todas sus fuerzas en los actuales movimientos de masas, sino que debe siempre y continuamente intentar ponerlas en movimiento. [Die Internationale, 1-2-1923, pp.90-91, citado en E.H.Carr, “Historia de la Rusia Soviética, El Interregno (1923-1924)”, ed. Alianza Universidad, 1987, p.166]

41 Kate Pohl, « L’occupation de la Ruhr et la lutte du prolétariat allemand », Bulletin Communiste, 8-3-1923.

42 Harman, op.cit., pp.131-133.

43 En las elecciones a la Asamblea Constituyente de enero 1919, la socialdemocracia en su conjunto había obtenido 45,5% de los votos (37,9% para el SPD y 7,6% para el USPD).

44 Les efectivos de los sindicatos “libres” se derrumbaron de 9 millones en 1922 a cuatro millones en 1924.

45 Broué, op.cit. §XXXVII, pp.679-685.

46 “Storia della Repubblica Tedesca”, ed. Leonardo, 1945.

47 Broué, op.cit., §XXXVI, p.673.

48 Proceedings of th Fourth Congress of the Communist International, 1922, op.cit. p.392

49 Broué, op.cit. §XXXVI, pp.666-667.

50 Este choque entre la Zentrale y la Izquierda alemana fue la resultante de las diferentes actitudes de ambas corrientes frente a los movimientos espontáneos de desocupados y desorganizados que, en marzo y abril de 1923, atacaron municipalidades, cortaron calles, asaltaron depósitos de carbón, una Prefectura de policía y comisarías, se las agarraron con mercados y enfrentaron con armas a las fuerzas policiales. La prensa del KPD se desolidarizó de estos movimientos condenando a los « elementos irresponsables » que estarían en el origen de esos motines [Favez, op.cit., pp.236-237].

51 Broué, op.cit., §XXXVI, pp.667-670.

52 Risoluzione del Comitato esecutivo in merito alle divergenze tattiche in seno al KPD (aprile 1923), en Aldo Agosti, “La Terza Internazionale (1919-1923)”, Libro I, vol.2, Editori Riuniti, pp.703-710.

53 « La Zentrale ha tenido razón de luchar contra tales desviaciones de izquierda cuando, como en la cuestión del Ruhr, esas desviaciones hubieran podido llevarnos a batallas aisladas (por ejemplo, la exigencia por parte de la minoría [de izquierda] de ocupar en aquella circunstancia las fábricas) en las cuales el Partido hubiera sufrido una grave derrota; o cuando, como en la cuestión de Sajonia, [la posición de la Izquierda, de no apoyar al gobierno socialdemócrata, ndr.] hubiera aislado al KPD de las masas proletarias que estaban acercándose a nosotros ».

54 « Aplicando correctamente la táctica del frente único, el KPD ha logrado convencer a la masa de trabajadores socialdemócratas del daño que resultaría de una coalición con la burguesía. Pero por desgracia no ha sabido conducir desde el principio la lucha por el gobierno obrero en Sajonia en el marco de la lucha por el gobierno obrero en todo el Reich. No ha sido suficientemente vigorosa su agitación en la clase trabajadora de Sajonia al punto de dar lugar, a partir de su lucha revolucionaria, a un gobierno revolucionario de coalición de los trabajadores socialdemócratas y comunistas que mereciese el nombre de gobierno obrero. El apoyo al gobierno socialdemócrata en base a condiciones concretas que significan un paso adelante constituía pues la única manera: 1) de garantizar el contacto con las masas socialdemócratas que estaban agitadas; y 2) de no asumir al mismo tiempo la plena responsabilidad por el gobierno socialdemócrata ».

55 “El CEIC llama la atención del KPD sobre el hecho que la cuestión del gobierno obrero en el marco de los Land individuales no ha sido resuelta satisfactoriamente, y que de hecho implica el peligro que la solución de un gobierno obrero de cada Land en particular pueda quedar comprometida. Es pues tarea esencial del Partido aprovechar desde ya la amenaza del Ejecutivo del Reich contra el gobierno socialdemócrata de Sajonia y agitar el peligro del fascismo para suscitar una amplia y enérgica campaña por el gobierno obrero en todo el Estado. Sólo aunándose para la constitución del gobierno obrero, las amplias masas de los trabajadores del Reich encontrarán incluso la voluntad de rechazar los ataques de la contrarrevolución contra las posiciones ya conquistadas de los trabajadores en los distintos Land.”

56 “La burguesía alemana, derrotada en la guerra, está obligada a llevar a cabo una lucha contra el capital victorioso de la Entente, y obligada desprenderse y sacarse de encima las obligaciones de la paz de Versalles. Preocupada por mantener su propia posición de dominación sobre la clase obrera, desarrollando con esta intención una política incluso contrarrevolucionaria, gracias a su posición ella cumple un papel revolucionario desintegrador en relación con el capital de la Entente [subrayado en el documento original, ndr.]. Lista para actuar en cualquier momento de perro de guardia del capital internacional en cuanto la burguesía de la Entente esté dispuesta a conceder al capital alemán las condiciones necesarias para su renacimiento, la burguesía alemana está obligada, a causa de la inutilidad de sus intento de compromiso, a continuar la política revolucionaria más arriba indicada”.

57 Broué, op.cit. §XXXVII, p.689.

58 Ibidem.

59 Bulletin Communiste, 28-6-1923.

60 Ver la crítica de Lenin de esta afirmación en [§X-3].

61 Ibidem.

62 Cf. [§X-3].

63 Bulletin Communiste, 12-7-1923.

64 Bulletin Communiste, 12-7-1923.

65 Es por ello que Lenin y los bolcheviques sostuvieron durante toda la primera guerra mundial que el resultado más favorable para el proletariado de cada uno de los países beligerantes era la derrota de su propia burguesía. Fue manteniendo férreamente ese principio que los bolcheviques pudieron vencer en Octubre 1917.

66 Pues no preconizaba (como fue el caso de Lauffenberg y Wolffheim en 1919) un apoyo al Estado burgués ni a la burguesía alemana.

67 Tal como ocurrió efectivamente 16 años más tarde.

68 «[Yo casi no he podido seguir el discurso de Clara Zetkin sobre el fascismo] pues ante mis ojos se erguía el cadáver del fascista alemán, nuestro enemigo de clase, condenado y fusilado por los lacayos del imperialismo francés, esta poderosa organización de otra parte de nos enemigos de clase. (…) Schlageter, el valiente soldado de la contrarrevolución, merece de nosotros, soldados de la Revolución, un homenaje sincero. (…) Si aquellos fascistas alemanes que quieren servir lealmente a su pueblo no comprenden el sentido del destino de Schlageter, éste ha muerto ciertamente en vano, y pueden escribir sobre su tumba: El Peregrino de la Nada. (…) Schlageter fue del Báltico al Ruhr. No solamente en 1923, pero a partir de 1920. Sabéis lo que eso significa. El participó en el aplastamiento de los obreros por el capital; él combatió en las filas de las tropas que debían someter los mineros del Ruhr a los reyes del hiero y del carbón. Las tropas de Water, en cuyos rangos él estaba, disparaban las mismas balas con las cuales el general Degoutte calma a los obreros del Ruhr. Nosotros no tenemos ninguna razón para suponer que fue por razones egoístas que Schlageter ayudó a aplastar a los mineros hambrientos [¡como si el problema fuese una cuestión de egoísmo o de altruismo!, ndr.]. La ruta peligrosa que él eligió muestra que él estaba convencido de servir al pueblo alemán [entelequia hueca de la democracia y de la mitología nacionalista, ndr.]. Pero Schlageter creía que la mejor manera de hacerlo era ayudar a restaurar la dominación de las clases que lo habían dirigido hasta entonces y lo habían llevado a este desastre innombrable. El veía en la clase obrera una plebe que había que aplastar. Y con seguridad tenía la misma opinión que el conde Reventlov, quien decía tranquilamente: “Es imposible luchar contra la Entente mientras el enemigo interior no haya sido vencido”. Para Schlageter el enemigo interior era la clase obrera revolucionaria. (…) Ahora que la resistencia alemana no es más que una ironía, como resultado (…) de la política económica de las clases poseyentes, nosotros preguntamos a las masas patriotas que quieren luchar contra la invasión imperialista de los franceses: “¿Cómo quieren Uds. luchar; en quiénes quieren Uds. apoyarse?”. (…) No se puede luchar en el frente cuando la retaguardia está en efervescencia; en la retaguardia se puede controlar a una minoría, pero no a la mayoría. La mayoría del pueblo alemán se compone de trabajadores que deben luchar contra la miseria que le impone la burguesía alemana. Si los patriotas alemanes no se deciden a adoptar la causa de esta mayoría de la nación y a enfrentar así al capital de la Entente y de Alemania, el viaje de Schlageter no habrá sido más que un peregrinaje en la nada. Alemania estará en presencia de la invasión extranjera, de un peligro permanente del lado de los vencedores y de sangrientos combates internos, y será fácil para el enemigo abatirlo y dividirlo. (…) Sólo con la clase obrera alemana y no contra ella se podrá liberar a Alemania de las cadenas de la esclavitud. Sobre su tumba, los camaradas de Schlageter han hablado de luchar. Han jurado continuar la lucha. Esta lucha está dirigida contra un enemigo armado hasta los dientes, mientras que Alemania está desarmada y desgastada. (…) [Esta lucha] ella exige una serie de condiciones: ella exige que el pueblo alemán rompa con quienes, no solamente lo han llevado a la derrota, sino que eternizan esta impotencia del pueblo alemán, tratando como enemigos a la mayoría de ese pueblo. (…) Sólo si la causa de Alemania [¿causa de Alemania, qué es eso?, ndr.] es la del pueblo alemán, sólo si la causa de Alemania consiste en luchar por los derechos del pueblo alemán [¿derechos del pueblo alemán a qué?, ndr.], ella atraerá a ese pueblo amigos devotos. (…) Unida a un pueblo trabajador y victorioso, Alemania [¡¿?!] descubrirá nuevas reservas de energía que superarán todos los obstáculos. La causa del pueblo, al volverse la causa de la nación, hace que la causa de la nación se vuelva la del pueblo [¡pura verborragia populista demagógica!, ndr.]. (…) Esto es lo que el Partido comunista de Alemania, lo que la Internacional Comunista tiene que decir sobre la tumba de Schlageter. Ellos no tienen nada que ocultar pues sólo la verdad total permite encontrar la ruta de las masas nacionales [¿?] de Alemania profundamente sufrientes, íntimamente desgarradas e inquietas. El Partido comunista de Alemania debe decir abiertamente a las masas nacionalistas pequeño-burguesas: Quien trate – siguiendo a los especuladores, a los reyes del hierro y del carbón – de reducir el pueblo alemán a la esclavitud, precipitarlo en aventuras, chocará con la resistencia de los obreros comunistas. Ellos responderán a la violencia con la violencia. Nosotros combatiremos por todos los medios a quienes, por incomprensión, se aliarán con los mercenarios del capital. Pero nosotros creemos que la gran mayoría de las masas agitadas por sentimientos nacionales pertenecen no al campo del capital, sino al campo del trabajo. Nosotros queremos buscar y encontrar el camino para acercarnos a estas masas y lo lograremos. Nosotros haremos todo [¿?] para que hombres que estaban listos como Schlageter a dar sus vidas por una causa común no se vuelvan peregrinos de la nada, sino peregrinos de un futuro mejor para toda la humanidad, para que no derramen su sangre generosa en beneficio de los barones del hierro y del carbón, sino por la causa del gran pueblo trabajador alemán que es un miembro de la familia de los pueblos que luchan por su liberación. El Partido comunista dirá esta verdad a las masas del pueblo alemán, pues él no lucha solamente por un bocado de pan, no es solamente el Partido de los obreros de la industria: él es el Partido del proletariado que combate por su liberación, por una liberación que es idéntica a la libertad del pueblo entero, a la libertad de todos los que trabajan y sufren en Alemania. Schlageter ya no puede escuchar esta verdad. Pero estamos seguros que cientos de Schlageter la escucharán y la comprenderán”. [Bulletin Communiste, 26-7-1923]

69 Humbert-Droz, delegado del Ejecutivo ante los partidos latinos de Europa (Francia, Italia, Suiza, España, Portugal), describió en una carta del 6-9-1923 al CEIC las graves repercusiones sobre el proletariado y el Partido comunista francés de esta táctica nacional-bolchevique actualizada: “En la masa de los simpatizantes esta actitud es incomprendida y esta incomprensión puede tener consecuencias graves. La conquista de los elementos pequeño-burgueses nacionalistas alemanes no tendría que ser hecha con la pérdida del apoyo que la Revolución alemana tiene en la clase obrera francesa. No hay ninguna duda que la táctica del Partido alemán respecto a los nacionalistas hace infinitamente más difícil la tarea del Partido comunista francés y disminuye las simpatías de las masas obreras por la Revolución alemana. Hay una vacilación, una indecisión que podría volverse hostilidad si la Revolución alemana apareciera integrando o reclutando a elementos nacionalistas vengativos. Así como una revolución proletaria provocará el apoyo de las masas obreras francesas, un movimiento que incluya a los nacionalistas encontrará su oposición. (…) Repito que es absolutamente necesario que el Partido alemán se preocupe de las repercusiones graves que puede tener su táctica y que ella ya tiene en la clase obrera francesa e internacional, pues yo he notado esta inquietud de los comunistas en Suiza, en España, en Portugal, y ella existe también sin duda en otras partes”. [Jules Humbert-Droz, “Dix ans au service de l’Internationale Communiste, 1921-1931”, ed. De la Baconnière-Neuchatel, 1971, p.148-149]

70 Bulletin Communiste, 2-8-1923.

71 Cf. Amadeo Bordiga, « La questione agraria », serie de artículos en Il Comunista de junio-julio 1921.

Se lo puede consultar en: http://www.quinterna.org/archivio/1921_1923/questione_agraria.htm. Una traducción en español fue publicada en El Programa Comunista n°32 y 33 (octubre 1979 y enero 1980).

72 E.H.Carr, en su libro “Historia de la Rusia Soviética – El Interregno (1923-1926)”, ed. Alianza Universidad, pp.201-2015, detalla el intento abortado de la Comintern por crear la “Primera Internacional Campesina”, la que se reunió por única vez el 10-10-1293, y cuya escasa actividad se extinguió en 1924.

73 El 2 de agosto Hermann Remmele, diputado comunista y futuro presidente del KPD, intervino en Stuttgart en un mitin nazi. El 10, también en Stuttgart, un orador nazi habló ante un auditorio comunista [Broué, op.cit., §XXXVII, p.694].

74 Según el Vorwärts del 22 de agosto, Ruth Fischer habría afirmado ante un auditorio nacionalista de extrema derecha: “Aunque no lo sepa, quien exhorta contra el capital judío es ya un combatiente de la lucha de clase”, y “Pisoteen a los capitalistas judíos, cuélguenlos de los faroles, aplástenlos. ¿Pero qué hacemos con los grandes capitalistas, los Stinnes y los Klöckner?” [Heinrich Winkler, op.cit., p.219]. Ruth Fischer no desmintió en ese momento la denuncia del Vorwärts. Y en sus notas de actualidad sobre Alemania, Víctor Serge escribió que el dirigente comunista Hermann Remmele se dirigió a un público fascista de la Alemania meridional afirmando: “Ustedes combaten la finanza judía (…) ¡Bien! ¡Pero debéis luchar también contra la otra, contra la de los Thyssen, los Krupp, los Stinnes, los Klöckner!”. Y añadió: “[Remmele] hizo aplaudir la lucha de clase de esos antisemitas” [“Fascistas y comunistas”, 26-9-1923, en Germania 1923, op.cit., p.288]. En su libro “Stillborn Revolution, The Communist Bid for power in Germany, 1921-1923” (Princeton University Press, 1963), W.T. Angress ilustra una serie de sutiles derivas antisemitas de la prensa del KPD. Esta propaganda demagógica de algunos dirigentes del KPD dejaba de lado, e ignoraba voluntariamente, una característica esencial del antisemitismo fascista: éste estaba dirigido no sólo contra la finanza judía, sino contra todas las componentes de la población judía. Recordemos aquí la caracterización de Engels del antisemitismo europeo de fines del Siglo XIX: “El antisemitismo no es más que la reacción de los estratos medievales y decadentes de la sociedad contra la sociedad moderna (…); bajo una máscara de socialismo aparente sólo sirven intereses reaccionarios. (…) En suma, el antisemitismo es el socialismo de los imbéciles” [Carta de Engels del 21-3-1890 publicada el 9-5-1890 en Arbeiterzeitung].

Radek no cayó en la demagogia filo-antisemita de Fischer y Remmele. En polémica con los nacionalistas, Radek escribió: “La demagogia antisemita es una instrumento para separar a la pequeña burguesía de los obreros. (…) La masa pequeño-burguesa que hoy se deja influenciar por la estúpida propaganda de los antisemitas, que no distinguen entre los capitalistas judíos y los trabajadores judíos, entre el revolucionario de origen judío que combate al capitalismo y el capitalista judío, con el tiempo entenderán que han sido engañados. Pero nosotros los combatiremos hasta que esta propaganda antisemita los mantenga alejados de la lucha contra el capital junto al proletariado” (“Comunismo y movimiento nacionalista en Alemania”, Die Rote Fahne, 16, 17 y 18 septiembre 1923). De más está decir que pocos pequeños burgueses llegaron a esta conclusión, la inmensa mayoría fue captada por el nacional-socialismo hitlerista.

75 Radek llegó a escribir: “No creo que los elementos del fascismo alemán estén orientados a servir conscientemente los intereses de la reacción y del capitalismo alemán. Creo más bien que se esfuerzan por encontrar una vía hacia lo nuevo [?!], sin lo cual la desagregación y la decadencia del pueblo alemán serán irresistibles” [“En respuesta a Gewissen”, Die Rote Fahne del 10-7-1923]. Ello estaba en línea con el reconocer tendencias inconscientemente revolucionarias en el movimiento fascista.

76 Radek, “El fascismo, nosotros y los socialdemócratas alemanes”, Die Rote Fahne, 7-6-1923.

77 Paul Frölich, “Cuestión nacional y revolución”, Die Rote Fahne, 3-8-1923.

78 Radek, “Comunismo y movimiento nacionalista en Alemania”, Die Rote Fahne, 16 y 17 de agosto y 18 de setiembre 1923.

79 “Una respuesta al conde Reventlow”, en Schlageter, una discusión, opúsculo publicado por el KPD en 1923 con escritos de Radek, Frölich, Moller van den Bruck y el conde Reventlow. Existe una traducción italiana en Basile, op.cit.

80 Winkler, op.cit., p.224.

81 La alianza entre la Alemania revolucionaria y la Rusia soviética preconizada por la Internacional Comunista, basada en el internacionalismo proletario, no tenía para nada los presupuestos y los objetivos de la alianza entre la Alemania y la Rusia soviética prospectada por ciertas corrientes nacionalistas. Esta última se concretó en el Pacto Molotov-Ribbentrop de agosto de 1939, en la víspera del inicio de la II Guerra Mundial, dando lugar al reparto de Polonia entre la Alemania nazi y la Rusia de Stalin, y al apoyo (incluso político) de Rusia al esfuerzo de guerra alemán. Este pacto caducó en junio 1941 con la invasión de Rusia por los ejércitos del III Reich.

82 Broué, op.cit. §XXXVIII, pp.699-700.

83 Esto estaba en la proclama que Hermann Grothe, el presidente del Comité de Dirección de los Consejos de fábrica del Reich, lanzó el 16 de junio a los trabajadores, funcionarios, empleados e intelectuales.

84 « Deseosos de hacer de las Centurias proletarias “órganos del frente único”, los comunistas trataron de arrastrar con ellos a militantes socialdemócratas o sindicalistas sin partido. Naturalmente, deben enfrentarse con los líderes socialdemócratas, e incluso con la oposición de algunos de los suyos que quisieran ver en ellas, según palabras de Böttcher, “tropas armadas para la conquista del poder“. La oposición del KPD a la creación de “Centurias de Partido” se repite una y otra vez en la prensa y en los congresos. Paul Böttcher, en junio, los presentó en estos términos: “Esto no es un juego militar. Nuestras Centurias no tienen un objetivo militar. (…) En caso de provocación o de ataque terrorista reaccionario, deben estar preparados para reaccionar inmediatamente. (…) La cuestión de su armamento no se plantea todavía: su solución depende de la resolución y de la fuerza del movimiento. (…) Lo contrario sería querer armar al proletariado antes de que haya entrado efectivamente en la lucha por el poder. Las Centurias no pueden tener ninguna tarea militar hasta que las condiciones básicas en las fábricas se encuentren reunidas.” ». [Broué, §XXXVII, op.cit., p.685]

85 Broué, op.cit., §XXXVIII, p.700.

86 El primero sin la presencia de Lenin, gravemente enfermo, y en medio de las ya fuertes tensiones internas en el Partido bolchevique, las que no harán más que agravarse en el curso de los meses y años sucesivos.

87 Secretario general de la Comintern a partir del 5-12-1921.

88 Broué, op.cit., §XXXVIII, p.704.

89 Ibidem, p.705.

90 200 mil en Berlín, 50 a 60 mil en Chemnitz, 30 mil en Leipzig, 25 mil en Gotha, 20 mil en Dresde, 100 mil en Wurtemberg [Ibidem].

91 E.H. Carr, op.cit., p.194.

92 Con la participación del Partido popular de Baviera, del Bauernbund de Baviera, y del Partido democrático alemán (DDP).

93 Según Víctor Serge, « Con el pretexto tan falaz como patriótico de financiar la resistencia pasiva se drenaron todas las reservas del país y se vaciaron las arcas del Estado; quinientos millones de marcos-oro pasaron así, a partir del inicio de la ocupación, de la Reichsbank a las cajas de seguridad y a los bolsillos de la gran especulación, y centenas de millones fueron engullidos en los cofres de los industriales del Ruhr, mientras la población obrera, cuya resistencia pasiva es la única verdadera, y que soporta además todo el peso porque defiende a conciencia el futuro del proletariado alemán, moría de hambre » [« Los aprovechadores del Ruhr », 11-9-1923, en Germania 1923, op.cit., p.275].

94 Winkler, op.cit., pp.222-223.

95 Broué, op.cit., §XXXVIII, p.706.

96 Citado en Favez, op.cit. p.284.

97 Resolución de una Conferencia del 29-7 con la participación de Paul Leví y dirigentes sindicales socialistas.

98 Esta afirmación era una crítica implícita a la iniciativa de la « Jornada Antifascista » que hacía en ese momento del fascismo el enemigo central del proletariado (exagerando en ese entonces el papel de esta fuerza de reserva y de apoyo de la contrarrevolución), cuando en realidad los pilares fundamentales de la defensa burguesa seguían siendo el Estado democrático-burgués con sus fuerzas armadas legales (policía y Ejército) e ilegales (el “Reichswehr negro”). En ese momento, el peligro directo para el proletariado era la instauración de una dictadura cívico-militar, la que será actuada en septiembre de 1923 para hacer frente al peligro de una insurrección obrera. Recién 10 años más tarde el fascismo alemán estará en condiciones de conquistar el poder.

99 Broué, op.cit., §XXXVIII, p.708.

100 Harman, op.cit.,pp.142-145. Cf. también Favez, op.cit., pp.291-295.

101 Guttman et Meehan, The Great Inflation, p.31.

102 Favez, op.cit. p.291.

103 Ibidem.

104 Ibidem, p.295.

105 Ibidem, p.293.

106 Ibidem, pp.293-294.

107 Erich Hochler, cité in W. Ersil, Aktionseinheit stürtzt Cuno (Berlin 1961) p.245.

108 Favez, op.cit., p.294.

109 Ersil, op.cit., p.109.

110 Entre las reivindicaciones proclamadas también estaban: el reconocimiento oficial inmediato de los comités de control obrero; la incorporación en la producción de todos los desocupados; la anulación del estado de urgencia y de la prohibición de las manifestaciones; la liberación inmediata de los detenidos políticos obreros [Broué, op.cit., §XXXVIII, p.713].

111 Favez, op.cit., p.295.

112 Ersil, op.cit., pp.290-295.

113 Michaelis et Schlapper, Ursachen und Folgen vom deutschen Zusammenbruch 1918 bis 1945, zurstaatlichen Neuordnung Deutschlands in der Gegenwart, 5. Das kritische Jahr 1923, p.476. Traducido del inglés.

114 Broué, op.cit., §XXXVIII, p.714.

115 Viscount d’Abernon, cité in Michaelis et Schlapper, op.cit., p.172.

116 Broué, op.cit., §XXXVIII, p.710. Una de dos: o esto significaba la conquista del poder por afuera del Estado burgués y su Parlamento (pese a que el KPD no dio la consigna de la formación de Consejos obreros), o un gobierno de tipo parlamentario « sin ministros burgueses » (lo que hubiera exigido la intervención del Parlamento).

117 Ibidem, p.713.

118 Su renuncia ya era reclamada con anterioridad por la gran burguesía, los empresarios y la prensa conservadora, favorables a una “Gran Coalición” con la participación del SPD [Winkler, op.cit., p.227]. Para la burguesía, la incorporación gubernamental del SPD tenía un doble propósito: reavivar esperanzas reformistas en la clase obrera y comprometerla políticamente con una medida tan impopular como la liquidación de la política de resistencia pasiva. El fracaso de Cuno en llegar a renegociar con la Entente los términos de las reparaciones fue otro de los factores fundamentales de su caída. Este fracaso fue el resultado de la oposición francesa y de las luchas e intereses contrapuestos de las fracciones sociales, económicas y políticas del espectro que le habían dado inicialmente su apoyo. [Favez, op.cit., pp.251-254].

119 Fue la fracción parlamentaria del SPD quien decidió por amplia mayoría la participación en la Gran Coalición. En una reunión del grupo parlamentario socialista, 83 diputados votaron a favor y 39 en contra (la mayor parte de ellos fueron los diputados sajones y ex-Independientes). Salvo 2 diputados socialistas que votaron en contra durante el voto de investidura, 37 otros calmaron sus conciencias no participando en la votación [Winkler, op.cit., p.229]. La tradición unitaria de la socialdemocracia estaba por encima de cosas tan insignificantes.

120 Winkler, op.cit., p.226. Algunos de estos compromisos políticos y sociales asumidos por Stresemann justifican el dicho de un político francés (Jacques Chirac): « Las promesas de los políticos sólo comprometen a quienes las escuchan ».

121 Broué, op.cit., §XXXVIII, pp.715-716.

122 Ibidem, p.716. La izquierda alemana (Ruth Fischer y Maslow) aprobó también el llamado de la Central a terminar con el movimiento huelguístico, lo que era un claro índice del impasse en que se encontraba el movimiento obrero [Ibidem, p.717].

123 Se trataba de la posibilidad de recorrer un tramo revolucionario en alianza con la socialdemocracia, y poder utilizar desde un Gobierno parlamentario los instrumentos del Estado burgués en beneficio de la Revolución.

124 Cuando en septiembre de 1923 se discutirá en Moscú la preparación de la insurrección en Alemania, Brandler propondrá que sea Trotsky quien asuma in situ la responsabilidad de su dirección. Brandler reconocía así que la Zentrale no estaba a la altura de esa responsabilidad.

125 Esa posibilidad no se verificará en 1933 en ocasión de la subida del nazismo al poder.

126 En marzo de 1923, la Izquierda socialdemócrata de Sajonia había rechazado decididamente la exigencia comunista del armamento de las Centurias proletarias como condición del apoyo parlamentario del KPD a la formación del “gobierno obrero” del Land [§X-10].

127 Broué, op.cit., §XXXIX, pp.718-719.

128 De la cual no existe ningún informe escrito y que pudo ser reconstituido en base al testimonio de Boris Bajanov, secretario del Politburó del Partido bolchevique [B.Bajanov, “Avec Stalin dans le Kremlin”, Paris 1930].

129 Broué, op.cit., §XXXIX, pp.720-721.

130 Ibidem, p.722.

131 Ibidem, p.725.

132 Die Rote Fahne del 1-9-1923.

133 Correspondence internationale, 31-8-1923.

134 Ramón de Campoamor, Las dos linternas.

135 Según un testimonio tardío de Brandler, él tampoco era optimista al respecto. En una carta del 12-1-1959 dirigida a Isaac Deutscher, él escribió: « [No] me opuse a los preparativos para la insurrección de 1923. Simplemente no consideraba la situación como agudamente revolucionaria, y contaba más bien con su agudización ulterior ». Su convencimiento íntimo estaba en diapasón con lo escrito por Thalheimer en el párrafo citado más arriba. Según Deutscher, para explicar su alineamiento con la decisión de los bolcheviques, Brandler le declaró lo siguiente: « Me dije a mí mismo que esta gente [los bolcheviques, ndr.] había hecho tres revoluciones. Sus decisiones me parecían extravagantes. Sin embargo, yo no, pero ellos sí eran considerados expertos revolucionarios que habían logrado una victoria. Ellos habían hecho tres revoluciones, mientras que yo apenas estaba a punto de tratar de hacer una. Debí seguir sus instrucciones ». Pero la autoridad moral y política y el entusiasmo de los bolcheviques terminó por arrastrarlo tanto a él como al resto del KPD en la preparación de la insurrección. [Isaac.Deutscher, « Record of a Discussion with Heinrich Brandler », New Left Review, n°105, septiembre-octubre 1977]. Según Broué [op.cit., §XXXIX, p.726], en su escrito « De la Révolution » Trotsky confirma este testimonio afirmando que Brandler estimaba « demasiado optimista » la apreciación de la mayoría de sus camaradas rusos.

136 Reproducido en francés en Correspondance Internationale del 13 octobre 1923 y en la prensa del Partido alemán. [https://www.marxists.org/espanol/trotsky/1923/septiembre/23.htm]

137 Lenin, “Los bolcheviques deben tomar el poder˝ (14-9-1917) y ˝El marxismo y la insurrección˝ (14-9-1917).

138 Broué, op.cit., §XXXIX, p.728.

139 A propósito de este conflicto (que irá in crescendo) en el Partido bolchevique, cf. E.H.Carr, op.cit., Capítulo 11: « El triunvirato se impone ».

140 La posición de Trotsky fue explicada por él mismo en una Carta del 2-3-1926 dirigida a Amadeo Bordiga: «Es cierto que personalmente me opuse a que Ruth Fischer fuera enviada a trabajar con Brandler, porque pensaba que, en ese período, la batalla interna en el CC podría conducir a una derrota completa, porque en lo esencial, es decir, en vista de la Revolución y sus etapas, la posición de Ruth Fischer estaba llena del mismo fatalismo socialdemócrata: no se podía entender que en ese período unas pocas semanas resultan ser decisivas por años, incluso décadas. Pensé que era necesario apoyar al CC existente, ejercer presión sobre él, reforzar la tendencia revolucionaria enviando camaradas para que asistieran, etc. Nadie pensó en ese momento que era necesario sustituir a Brandler, y yo no hice tal propuesta». Aunque bajo formas diferentes, el fatalismo era común a la corriente mayoritaria del KPD y a la oposición de izquierda partidaria de la “teoría de la ofensiva”. Si la primera esperaba la conquista del poder como el resultado (¿mágico?) de la propaganda y del proselitismo (en este caso en aras de un “gobierno obrero y campesino”), sin plantearse mínimamente la preparación política e incluso técnica de la insurrección, la segunda tampoco se lo planteó jamás, reemplazando simplemente la propaganda y el proselitismo de la primera por la agitación continua de las masas.

141 Hubiese sido difícil explicar al Partido alemán que los dos dirigentes más notorios de una de sus corrientes más importantes – si no la mayoritaria [cf. §X-6, nota 37) – no participasen en la preparación política de la insurrección.

142 http://www.ceip.org.ar/Los-problemas-de-la-guerra-civil

143 Dirigido por August Kleine (Samuel Haifiz, alias Guralski), representante del CEIC ante el KPD desde 1922 y miembro de la Zentrale a partir del Congreso de Leipzig.

144 Broué, op.cit., §XXXIX, pp.730-732.

145 Ibidem, p.733.

146 Estimación cuestionada en E.H. Carr, op.cit., p.215. Luego del fiasco del Octubre alemán, las cifras suministradas y las afirmaciones emitidas por los protagonistas y por los críticos de la Dirección alemana son muy cuestionables por querer unos y otros justificar o criticar la acción del KPD con la intención de desligarse de sus propias responsabilidades políticas.

147 Broué, op.cit., §XXXIX, p.733.

148 La estimaciones, completamente disparates, van de un número muy optimista de 50.000 a otro de 11.000 (correspondiente al solo KPD) [Ibidem, p.734].

149 No faltaron los intentos de compra ilegal de armas del Reichswehr que a menudo terminaron en fiascos (los militares comunicaban a la policía el lugar de depósito de las armas vendidas y ya entregadas).

150 Broué, op.cit, §XXXIX, pp.735-736.

151 El Reichswehr contaba con 3.000 oficiales, unos 50.000 suboficiales y el resto eran en su mayoría de origen campesino.

152 “Rapport au 3ème congrès provincial de Moscou du Syndicat pan-Union de Métaux” (19-10-1923); “Rapport au Congrès du Syndicat des Travailleurs des Transports” (20-10-1923); “Guerre et Révolution, nos tâches” (21-10-1923), Informe ante la 3° Conferencia Pan-Unión de los trabajadores políticos del Ejército y de la Marina, en Cahiers Léon Trotsky n°55, marzo 1995. [https://www.marxists.org/francais/clt/1991-1995/CLT55-Mar-1995.pdf]

153 En Alemania las fuerzas policiales estaban financiadas mayoritariamente por el Reich, pero dependían jerárquica y organizativamente de los Lander.

154Nuestra conclusión es que la historia ha preparado plenamente las condiciones para una insurrección armada en Alemania (…). [Quince] millones de obreros industriales, y entre dos y tres millones de obreros agrícolas, son capaces de producir suficientes unidades armadas en sus filas para hacer frente al enemigo. En general, los augurios son favorables, aunque, obviamente, como en las guerras, no se pueden hacer pronósticos precisos. La guerra no es un ejercicio de aritmética. Esto es aún más cierto en el caso de la Revolución. La historia requiere que ambos bandos beligerantes experimenten la fuerza de sus respectivos frentes, y sólo en el conflicto mismo se encuentra el resultado del conflicto en cuestión, y no en un proceso de cálculo contable. Por eso, aunque es posible estimar el curso del desarrollo y sopesar las chances a favor y en contra, nunca es posible profetizar el resultado del conflicto con certeza matemática”. En la serie de artículos « Los problemas de la Revolución alemana », publicados en Bulletin Communiste del 1 al 29 de octubre de 1923, Zinóviev estimaba en 7,2 millones el número de obreros agrícolas, en 11,8 millones los de la industria y en 2,5 millones los empleados del comercio.

155 Ibidem.

156 Víctor Serge (alias R. Albert), Bulletin Communiste, 11-10-1923.

157 Ibidem, 13-9-1923.

158 Broué, op.cit., §XLI, p.753.

159 Harman, op.cit., pp.148-149.

160 Favez, op.cit., pp.309-310.

161 A pesar de ser favorable a terminar con la resistencia pasiva, el SPD estaba aterrorizado ante la perspectiva de ser acusado por los movimientos nacionalistas de haber « apuñalado a Alemania por la espalda », letanía que la extrema derecha repetía contra el movimiento obrero desde noviembre 1918. A inicios de septiembre 1923, el SPD impidió la publicación de una resolución de la ADGB (la central sindical socialdemócrata) donde se declaraba a favor de la « reanudación la más rápida posible del trabajo productivo en los territorios ocupados » [Winkler, op.cit., p.231].

162 El Ministro prusiano del Interior Severing, presente en la reunón del Gabinete del 23-8, declaró que « no se podía más hablar de resistencia pasiva; la policía se había puesto a disposición de las fuerzas de ocupación, el mundo de los negocios había vuelto a entenderse con los franceses, y entre los trabajadores del territorio ocupado la depresión moral había aumentado tanto que se necesitarían años para reconstuir la disciplina sindical » [Winkler, op.cit., p.234]. Cf. también Favez, op.cit., pp.321-324.

163 Favez, op.cit. p.326.

164 Máxime cuando Hilferding era de origen judío, como la esposa del Canciller Stresemann, lo que había provocado, como en la época de Rathenau, una campaña antisemita desaforada de la prensa nacionalista.

165 El 21 de setiembre Stinnes (el mismo que inspiró la formación de la Gran Coalición del Gobierno Stresemann) informó al Embajador de los EEUU de la inminencia del golpe de Estado en Baviera apoyado por todos los partidos de derecha y por partidos del centro parlamentario, y que esa dictadura estaba apoyada por los industriales para combatir a los comunistas y quebrar por la fuerza una futura huelga general [Broué, §XXXIX, op.cit., p.739]. La burguesía alemana necesitaba al Gobierno de Gran Coalición para contar a nivel del Reich con la colaboración activa de la socialdemocracia, y a la dictadura de von Kahr como fuerza de reserva contrarrevolucionaria en un Land dominado casi sin contraste por una alianza abierta entre los políticos conservadores, el Ejército y el fascismo.

166 Favez, op.cit., p.338.

167 “No solamente los empresarios, los militares y los personajes políticos de la extrema derecha andaban meditando en el otoño de 1923 en una solución dictatorial de la crisis. A fines de septiembre, incluso los más altos representantes de la República pensaban en una amplia – aunque temporaria – transferencia de los poderes a los militares como último recurso para la salvaguardia de la unidad del Reich. El 22 de setiembre, Ebert y Stresemann, en presencia del ministro del Interior Sollmann [socialdemócrata, ndr.] y del Ministro de la Defensa del Reich Gessler, discutieron con Seeckt de la posibilidad de que el Canciller fuese investido con el poder ejecutivo y que éste lo transfiriese luego al Jefe del Comando del Ejército. Seeckt se declaró de acuerdo, incluso si esta modalidad de la transferencia del poder no le parecía la mejor. (…) Rudolf Hilferding [socialdemócrata, ndr.] pensaba en otro tipo de dictadura. Para impedir que la Gran Coalición se rompiese a causa de la cuestión de la Baviera, el Ministro de Finanza propuso el 30 de setiembre que el gobierno pidiese al Parlamento los plenos poderes “para disponer de lo que sea necesario en el terreno financiero y político y reenviar el resto al Reichstag”. (…) Incluso el Ministro del Interior, Sollman, en la misma reunión de Gabinete, afirmó que la situación era tan peligrosa que no se podía evitar un alejamiento parcial de las reglas del juego de la democracia parlamentaria. [Y añadió:] «Las señales de tempestad de derecha y de izquierda continúan creciendo y es de temer que, si se llegase a situaciones violentas, las consecuencias serían tales de hacer retroceder por años al pueblo alemán. La tarea de la Gran Coalición es por el contrario salvar al Reich y al pueblo (…) Ahora se admite generalmente la necesidad de medidas dictatoriales, y habrá que buscar la manera de no provocar nuevas y graves convulsiones»”. [Winkler, op.cit., pp.237-238]

168 Ibidem, pp.242-243.

169 Ibidem, pp.245-246.

170 De este Gabinete de Stresemann participaron tres de los cuatro ministros socialistas del Gabinete anterior, con la excepción de Hilferding (quien era cuestionado por el mismo SPD).

171 Winkler, op.cit., p.248.

172 El 2 de septiembre, unos 100 mil paramilitares y extremistas de derecha desfilaron en Baviera ante Ludendorff, algunos militares retirados de alta graduación y jefes ultranacionalistas (entre los cuales estaba Hitler). [Favez, op.cit., p.239]

173 Bulletin Communiste, 11-10-1923.

174 La publicación de Die Rote Fahne fue suspendida del 4 al 11-9, del 24-9 al 9-10 y del 11 al 20-10, siendo reemplazado por Rote Stumfahne.

175 Angress, op.cit., pp.406-411.

176 Ibidem.

177 Citado por Broué, op.cit., §XXXIX, pp.740-741.

178 Heinz Neumann, redactor de Die Rote Fahne, publicó una nota ilustrando este fenómeno recurrente [“La gauche de la socialdémocratie”, Bulletin Communiste, 11-10-1923]:

“El Partido comunista no se hace ilusiones sobre los líderes de la oposición de izquierda bien intencionados – como los Zeigner [Jefe del “gobierno obrero” de Sajonia, ndr.] – pero tan irresolutos que no superan en nada los límites de la vieja política socialdemócrata. (…) Su papel histórico está más bien determinado por las masas obreras bajo cuya presión los Crispien y los Leví han debido, poco a poco, decidirse a formar una oposición. Esta oposición acaba de tener grandes éxitos en todo el Reich. Es dominante en la mayoría de los distritos de Alemania central. Su influencia penetra incluso en las viejas organizaciones de derecha en Colonia y Hamburgo. La dirección del distrito de Braslau a debido pronunciarse, con el presidente del Reichstag Loebe, por la dictadura de la clase obrera [¡ni más ni menos!, ndr.]. El 9 de septiembre, la oposición ha conquistado una mayoría aplastante en la asamblea general del distrito de Berlín. En los distritos socialdemócratas del centro, se percibe también una evolución a la izquierda. (…) Paul Leví ha declarado en Leipzig, recibiendo en esta ocasión los aplausos de una asistencia numerosa:

«Cobijados por el Gobierno de coalición, el capital afila su puñal contra el trabajo. La cuestión se plantea inevitablemente ante la socialdemocracia alemana: dictadura del proletariado o dictadura de los otros. Los socialdemócratas han consentido, bajo las apariencias de un Gobierno de coalición, a la de los otros … La dictadura del proletariado es necesaria. El poder político no consiste en la posesión de butacas y de votos en el Parlamento, sino más bien en la actividad de las masas populares. Los comunistas constituyen un elemento de los más activos en las masas obreras. Por consiguiente, nosotros somos favorables a la colaboración con los comunistas».

“(…) Las desideratas políticas de los obreros socialdemócratas de la oposición están bien traducidas en una resolución de los funcionarios socialdemócratas de la imprenta del Reich (Berlín), quienes demandan:

1° La salida del SPD de la Gran Coalición; 2° El abandono definitivo de la política de coalición, la renuncia de todos los líderes partidarios de la Gran Coalición que ocupan puestos dirigentes en el Partido; 3° La constitución de una nueva redacción del Vorwärts; 4° La formación de un gobierno socialista por el Partido y los sindicatos con el programa siguiente:

  1. acabar con la aventura del Ruhr por medio de negociaciones con Francia y Bélgica;
  2. confiscación de los valores reales;
  3. disolución del Reichswehr.”

No está de más señalar que dicho programa era una mezcla ecléctica de parlamentarismo banal, de “intransigencia” serratiana y de reivindicaciones extremistas.

179 Favez, op.cit. pp.273-274.

180 Broué, op.cit., §XLI, p.755. Según Ruth Fischer, la Izquierda del KPD requirió a la Zentrale que el Partido (quien sostenía parlamentariamente al Gobierno de Zeigner) exigiese sanciones contra los oficiales de policía que habían ordenado balear manifestaciones de obreros y desocupados, así como la revocación del Prefecto de policía de Leipzig, el socialdemócrata Fleissner, lo que fue rechazado por la Zentrale [esta información está en un artículo de Maslow en Bulletin Communiste del 18-4-1924]. Una de dos: si la policía del Land escapaba en parte al poder político, eso significaba que el poder real del Gobierno sajón era una ficción; si esa misma policía respondía jerárquicamente a las autoridades, ese Gobierno mostraba así su hilacha represora y contrarrevolucionaria.

181 Chris Harman compara muy pertinazmente Zeigner con Salvador Allende.

182 Favez, op.cit., pp.273-275.

183 Die Lehren der deutschen Ereignisse, enero 1924 (citado en E.H.Carr, op.cit., p.211). [http://ciml.250x.com/archive/events/german/hamburger_aufstand_1923/die_lehren_der_deutschen_ereignisse.pdf]

184 Broué, op.cit., §XLI, p.757.

185 Ello equivalía a tratar de conformar una especie de Frente Popular como en España en el momento del amotinamiento del Ejército contra la República española en julio de 1936.

186 Curioso razonamiento el del CEIC. En agosto-septiembre desechó preconizar la formación de soviets para no provocar ipso facto el desencadenamiento de la ofensiva contrarrevolucionaria antes de que el Partido y las masas estuviesen preparados para afrontarla; pero sí preconizó en octubre (antes de haber fijado la fecha de la insurrección) la entrada en los gobiernos de Sajonia y Turingia, que el Gobierno del Reich tomó como motivo para desencadenarla. En ambos casos se dejaba al Gobierno del Reich la iniciativa de las hostilidades.

187 E.H. Carr, op.cit., p.212.

188 Este acuerdo gubernamental, obtenido luego de largas peripecias parlamentarias que enfrentaron durante meses a los socialdemócratas de Turingia y a los comunistas del Land, resultó de la incapacidad de los primeros para obtener una mayoría parlamentaria, y por las crecientes fricciones entre el Gobierno del Estado y el Comando militar del distrito (quien gozaba oficialmente de los plenos poderes obtenidos por el Reichswehr a partir del 26-9). [Angress, op.cit., pp.381-382]

189 Ibidem, p.430.

190 Declaración de Brandler en la la 8ª Sesión del V Congreso de la Comintern (23-6-1924).

191 Esta carta fue publicada en Corrado Basile, L’«Ottobre tedesco» del 1923 e il suo fallimento, Edizioni Colibri, 2016.

192 Ibidem.

193 Broué, op.cit., §XLI, p.760.

194 Harman, op.cit., p.153.

195 Broué, op.cit., §XLI, p.760.

196 Harman, op.cit., p.153.

197 Angress, op.cit. p.436.

198 Ibidem, pp.434-435.

199 Ibidem, pp.437-438.

200 Citado en Broué, op.cit., §XLI, p.761.

201 J. Degras, « Storia dell’Internazionale Comunista attraverso i documenti ufficiali », tomo II, Feltrinelli Editore , 1975, p.77.

202 Es de señalar la increíble falta de clarividencia del Comité Revolucionario al querer hacer de esa Conferencia de organizaciones obreras, con una fuerte participación de representantes socialdemócratas y compuesta por un conjunto heteróclito de organizaciones de distinto carácter (con un número minoritario de delegados de Consejos de fábrica), el árbitro del desencadenamiento de la huelga general y de la guerra civil. La mayoría de la que disponía el Partido comunista residía en los Consejos de fábrica, y era en ellos que el KPD hubiera podido apoyarse para tener la seguridad de que su propuesta sería aceptada [ndr.].

203 Broué, op.cit., §XLI, pp.765-768.

204 Broué, op.cit., §XLI, p.769.

205 Ibidem, pp.765-770.

206 Recordemos que 4/5 de las Centurias estaban compuestas por militantes comunistas, socialdemócratas y sindicalistas, y que su dirección estaba compartida por un delegado comunista y otro socialdemócrata [§X-26].

207 En el V Congreso de la Internacional, Thaelmann denunció que el Partido ni siquiera lanzó un llamado a los trabajadores ferroviarios para sabotear el transporte de tropas por esa vía.

208 Según Radek, él dio su acuerdo como resultado de la falta de armamento de las Centurias proletarias (que disponían de sólo 11.000 fusiles en Sajonia, en tanto que el Partido sólo poseía 800 en el Land), y de la defección de los socialdemócratas de izquierda [Broué, op.cit., §XLI, p.770].

209 Ibidem, op.cit., p.771.

210 Angress detalla diferentres versiones de las causas de esta insurrección aislada [op.cit., pp.444-446].

211 Ibidem, p.450.

212 Harman, op.cit., p.156.

213 Según Clara Zetkin, el alzamiento tampoco involucró al grueso de los 14.000 comunistas de Hamburgo (por falta de armas según Thaelmann) [Actas del V Congreso de la Internacional Comunista, 11ª Sesión del 24-6-1924]. Las fuerzas combatientes en Hamburgo sumaron unos centenares de militantes.

214 Winkler, op.cit., p.253. Broué menciona además 175 heridos y 102 comunistas detenidos [op.cit., §XLI, p.772].

215 Ibidem.

216 Inicialmente prevista por 72 horas, pero finalmente terminada en 24 horas.

217 Broué, op.cit., §XLI, pp.774-775. En cuanto a la situación en Turingia, el Reichswehr invadió el Land el 8-11 y los ministros comunistas tuvieron que renunciar el 12-11 tras la ruptura de la coalición por parte de los socialdemócratas de izquierda, quienes de esta manera se plagaron al diktat del Gobierno Central.

218 El comunista francés Víctor Serge, hombre de confianza del CEIC y comentarista de los acontecimientos alemanes de 1922-1923, describió en un párrafo muy citado el clima que se vivía en Alemania en los días sucesivos a la debacle: «En Alemania, en septiembre, octubre y noviembre, acabamos de vivir una profunda experiencia revolucionaria, todavía poco conocida y a menudo poco comprendida. Estábamos en el umbral de una revolución. La vigilia armada fue larga, la hora H no sonó … Drama silencioso, casi inverosímil. Un millón de revolucionarios, listos, esperando la señal para atacar: detrás de ellos, millones de desempleados, hambrientos, magullados, desesperados, todo un pueblo dolorido, susurrando: “¡Nosotros también!, ¡Nosotros también!”. Los músculos de esta multitud ya están listos, los puños ya firmes sobre los máuser para oponer a los coches blindados del Reichswehr… Y no pasó nada, excepto la bufonada sangrienta de Dresde, donde un cabo seguido de unos pocos mercenarios expulsó de sus ministerios a los ministros obreros que hicieron temblar a la Alemania burguesa; unos pocos charcos de sangre – sesenta muertos en total – en el pavimento de las ciudades industriales de Sajonia; el júbilo de una socialdemocracia en bancarrota que emergió de la aventura masiva y pasiva, pesadamente fiel a sus antiguos renegamientos». [Albert, “Cinquante jours de veillée d’armes », Clarté, 1-2-1924].

219 Winkler, op.cit., pp.271 y 277.

220 Winkler, op.cit., p.263. La liquidación, gracias a una simple intervención policial, del patético intento putschista del nazismo demostró una vez más, y a las claras, que el fascismo alemán no era en aquel entonces el enemigo central y decisivo del proletariado revolucionario (como sí lo será a inicios de la década del 30), sino fuerzas paramilitares de apoyo (no desdeñables por cierto) de la columna vertebral represiva de la dictadura burguesa, a saber: el Reichswehr y la policía al servicio de la República de Weimar.

221 Winkler, op.cit., pp.266-268.

222 Ibidem, p.283.

223 Como ya era habitual, durante la votación que otorgó los plenos poderes al Gobierno para “decretar las medidas consideradas como necesarias y urgentes en vista de las necesidades del pueblo y del Reich” (adoptado por 313 votos contra 18 y una abstención), los 39 socialdemócratas de izquierda se ausentaron del recinto [Ibidem, p.279].

224 Ibidem, pp.279-280.

225 Ibidem, pp.265-266.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s