Capítulo III: La socialdemocracia alemana de agosto 1914 al I Congreso de la III Internacional1


Índice


1.- Tras el voto unánime del grupo parlamentario socialdemócrata a favor de los créditos de guerra del 4 de agosto 19142, la Dirección del SPD y los sindicatos se movilizaron en apoyo del esfuerzo bélico, proclamando la “Unión Sagrada” y la “interrupción de la lucha de clases”.

A pesar de que la izquierda radical había representado un tercio de los delegados en el Congreso de Iena de 1913, la capitulación del Partido no suscitó inmediatamente reacciones significativas en su seno ni en el proletariado (desarmado por sus dirigentes y por el aparato partidario en el momento mismo de la mayor crisis imperialista de la Historia).3

La represión estatal y el aparato del Partido actuaron conjuntamente para aplastar toda expresión de descontento en el SPD. Los militantes y los periódicos de la oposición de izquierda fueron amordazados por la represión y por el aparato partidario.4

Karl Liebknecht, en nombre de la “disciplina partidaria”, y a pesar de todo su combate antimilitarista precedente y su oposición a la guerra, había votado el 4 de agosto junto al bloque parlamentario, cosa que inmediatamente después él mismo lamentará amargamente. Pero el 3 de diciembre Liebknecht votó en contra de los créditos de guerra, debiendo enfrentar la oposición del conjunto del bloque socialdemócrata5. Su voto fue desautorizado y combatido por “irresponsable”, incluso por aquellos diputados que luego formarán parte de la corriente Independiente de la socialdemocracia alemana (los Ledebour, Hasse, Crispien y Dittmann)6.

Las oposiciones a la guerra en Alemania

2.- 1915 fue el año en que tomó impulso la oposición social y política a la guerra y a la acción oficial del SPD. Con ella aparecen los primeros signos del descontento y de reacción de las masas y de militantes socialistas contra la guerra y las privaciones que resultaban de ella, tanto más cuanto que las ilusiones sobre una rápida victoria militar ya se habían desvanecido7/8.

Desde el primer momento, la principal oposición política a la guerra se canalizó a través de los Espartaquistas, congregados en torno de Rosa Luxemburgo, Karl Liebknecht, Franz Mehring, Clara Zetkin y Leo Jogiches. Continuando su combate contra el oportunismo de la preguerra, los Espartaquistas proclamaron, contra la “Unión Sagrada”, que el “enemigo principal está en nuestro propio país9, reivindicaron la lucha de clases contra la burguesía y la guerra imperialista. A pesar de las debilidades teóricas y políticas puestas en evidencia por Lenin en su trabajo «Sobre el folleto de Junius» de julio de 1915 (texto que Rosa Luxemburgo escribió en la cárcel), los Espartaquistas se situaron claramente en el terreno clasista y revolucionario, antiimperialista, antichovinista y anti-oportunista, con una abnegación y radicalismo ejemplares y admirables. El trabajo organizativo de los Espartaquistas hizo que, hacia mediados de 1915, ya tuviesen contactos en más de 300 localidades, dando inicio a una oposición aún marginal, pero no desdeñable dentro del Partido10.

Otras oposiciones, entre las cuales estaban aquellas que darán lugar a los “extremistas de izquierda”, aparecen diseminadas localmente en distintas regiones de Alemania. Algunas de ellas reclamaron la escisión y la formación de un nuevo Partido11.

Pero a diferencia de los Bolcheviques (para quienes la guerra fue la ocasión de la reafirmación de su propia organización política), y que lanzaron internacionalmente un llamado a la formación de una nueva Internacional y de partidos desembarazados del oportunismo socialdemócrata, los Espartaquistas se opusieron por mucho tiempo, después de la bancarrota de agosto 1914, a la formación en Alemania de un nuevo partido político fuera del SPD. Más aún, si en enero de 1918 ellos constituyeron la principal corriente fundadora del Partido comunista de Alemania [KPD(S)], en plena crisis social y política, ello no ocurrió como consecuencia de una voluntad propia y de una estrategia política que apuntase a ello, sino como resultado de situaciones en el que el oportunismo socialdemócrata, en todos sus matices, tuvo siempre la iniciativa12.

En la visión de los Espartaquistas, cuyos prolegómenos están ya teorizados por Rosa Luxemburgo en su texto “Huelga de masas, partido y sindicato” (texto brillante, atravesado de punta a cabo por una energía y voluntad revolucionarias incandescentes, inspirado en el combate acérrimo contra el reformismo y oportunismo en la socialdemocracia alemana), la espontaneidad de las masas obreras en los períodos revolucionarios permitirá contrarrestar, desbordar y superar las barreras y tendencias conservadoras supuestamente “inevitables” en los partidos políticos y en las organizaciones sindicales, y purificar y reconquistar para sí, y para la causa de la Revolución, sus organizaciones políticas confiscadas por los traidores al socialismo. De allí la defensa espartaquista de la necesidad de no organizarse fuera del SPD, partido al que adhería la gran masa de los obreros que se reivindicaban del socialismo. Para los Espartaquistas, la posibilidad misma de la fundación de un nuevo Partido socialista revolucionario hubiera debido estar directamente ligada a un auge revolucionario de las masas, y sólo hubiera podido ser la consecuencia de ese auge, y no una condición previa para que ese auge encuentre ya preparado el órgano de dirección, encuadramiento y centralización necesario para la conquista del poder. Por esta misma razón, los Espartaquistas se opondrán en un primer momento, por considerarla prematura, a la fundación en 1919 de la III Internacional.13

El 14 de diciembre de 1918, Rosa Luxemburgo publicará, en Die Rote Fahne, el Proyecto de Programa “¿Qué quiere la Liga Espartaco?”14. Este documento, junto a la denuncia sin concesiones de la socialdemocracia contrarrevolucionaria, es la reivindicación plena y entera de la Revolución comunista, del internacionalismo proletario, de la destrucción del aparato estatal burgués y de la democracia burguesa, de la necesidad e ineluctabilidad de la guerra civil, de la exclusión de las clases no proletarias del aparato estatal revolucionario, de la expropiación de la clase capitalista, de un conjunto de medidas que abrirán la vía a la dominación política del proletariado y a las transformaciones comunistas. Un soplo revolucionario abrasador recorre todo el Proyecto de Programa, así como lo fue el combate de los Espartaquistas contra la traición socialdemócrata y la guerra imperialista.

Pero lo notable de este escrito, lo que salta inmediatamente a la vista de los comunistas que hoy leemos una vez más este documento de hace un siglo, es, en primer lugar, lo que no está dicho ni desarrollado en él, a saber, la necesidad del Partido comunista en cuanto vanguardia y organización de dirección del proletariado revolucionario, de Estado Mayor de la guerra de clase, del ejercicio de la dictadura proletaria, Partido que concentra la conciencia y la voluntad revolucionaria de la clase, o – para retomar la imagen potente de Trotsky – la visión del Partido como el instrumento de concentración y dirección de la energía revolucionaria del proletariado, sin el cual esta energía no puede dejar de dispersarse sin alcanzar sus objetivos históricos.

Falta también en él la concepción del Estado de la dictadura proletaria como instrumento centralizado del poder revolucionario, de las transformaciones sociales como resultado de las intervenciones despóticas centralizadas en el modo de producción. En su lugar, la visión espartaquista era la de una revolución resultante de la acción consciente de las masas mismas. Las masas serían pues las depositarias de la conciencia revolucionaria y las que habrían de fijar los objetivos y la orientación de la Revolución. En esta visión, la dictadura del proletariado no sería – como para los Bolcheviques – un poder dirigido por el Partido revolucionario, siendo los soviets los órganos que se da el proletariado para instaurar su propio poder y lograr efectivizarlo y, al mismo tiempo, las correas de transmisión del Partido para poder dirigirlo. Para los Espartaquistas, el Partido sólo representaría la fracción más consciente del proletariado que indica a las masas obreras sus tareas históricas. Los Espartaquistas rehusaban la perspectiva de la conquista del poder por el mero hecho de que los socialdemócratas en todas sus variantes estuviesen desprestigiados ante las masas, y sólo deberían conquistar el poder como resultado de la voluntad expresada claramente y sin equívoco por la gran mayoría de las masas obreras del país, y sólo en el caso de que estas masas llegasen a adherir conscientemente a sus puntos de vista, a sus objetivos y a sus métodos de lucha. Esto equivalía a hacer de la Revolución el resultado de la iluminación de conciencias en lo que hace al conjunto de las tareas históricas de la clase obrera, y del camino de Gólgota del proletariado (la expresión es del último escrito de Liebknecht antes de ser asesinado) un factor de esta iluminación (mientras que para el materialismo marxista la extirpación de la ideología burguesa de la conciencia de los individuos y de las masas sometidas a la esclavitud asalariada será el resultado de la conquista previa del poder y de la posibilidad para el Estado revolucionario de desplegar ingentes medios de educación y de transformación en beneficio de las masas explotadas).

La visión espartaquista del curso de la lucha revolucionaria, y de la función de “educación de conciencias” del Partido de clase, hizo que los Espartaquistas hayan visto en la propaganda, el proselitismo, la agitación de masas y las huelgas generales los aspectos centrales – y casi exclusivos – de su actividad política. Esta visión restrictiva del rol de la vanguardia política explica la constante preocupación de Rosa Luxemburgo y de Karl Liebknecht por no romper organizativamente con el SPD primero, y con el USPD después, para no cortar los puentes organizativos con sus bases militantes que se reclamaban del socialismo, y lo tardío de su decisión de organizarse de manera clara y
decidida, en primer lugar, como Liga Espartaco dentro del USPD, y, más tarde, como Partido fuera de toda organización socialdemócrata15/16.

La segunda corriente radical en el seno de la socialdemocracia que se batió contra la guerra y la política de la Dirección y del aparato del SPD fue la ultra izquierda, criticada más tarde por Lenin en su trabajo “El Extremismo, enfermedad infantil del comunismo”. Con núcleos importantes en Hamburgo, Dresde, Bremen y Berlín, esta corriente estaba teóricamente vinculada (sobre todo en las dos últimas ciudades) con las posiciones que defenderán Pannekoek y Gorter contra la III Internacional17.

De la bancarrota y de la acción contrarrevolucionaria de los partidos socialdemócratas y de los sindicatos controlados por los reformistas, la corriente de la ultra izquierda concluyó que el “Mal” residía en la “forma partido”, en la “forma sindicato”, y en todas las organizaciones en que se expresaría la “dictadura de los jefes”, quienes impedirían – por su propia naturaleza centralizadora – que las masas expresaran su potencial revolucionario. La ultra izquierda vio en las formas inmediatas de organización obrera (los consejos obreros de todo tipo, y sobre todo en las organizaciones económicas de fábrica), que por su propia naturaleza organizaban a las masas sin “intermediarios”, y que por ello mismo les permitirían expresar su “verdadera” conciencia y voluntad, la piedra angular de la lucha contra el oportunismo. La ultra izquierda teorizaba una oposición “intrínseca” entre las masas y los “jefes”. Cuando reconocía formalmente la necesidad de un Partido, como fue el caso de Pannekoek, la ultra izquierda reducía su papel al de transmisor de conocimientos para que las masas, por ellas mismas, “sin intermediarios”, fuesen capaces de juzgar qué convenía hacer en los momentos cruciales de la lucha de clases, rechazando por principio su papel de guía y centralizador de la lucha revolucionaria, y más aún el de dirección ejecutiva de la dictadura del proletariado.

El rechazo por parte de la ultra izquierda de los sindicatos abiertos a todos los proletarios resultaba de la supuesta imposibilidad para las masas de hacer valer su voluntad por medio de estas organizaciones, a las que convendría oponer organizaciones inmediatas que, por su propio modo de funcionamiento (“sin burocracia”), serían la expresión misma de la “auto organización” de la clase.

La táctica antiparlamentaria de esta corriente no resultaba de la necesidad de la forja de un partido apto a la preparación y dirección del combate revolucionario, sino de la pregonada oposición entre la acción de las masas y la de los diputados (enésima encarnación de los “jefes” que mantendrían la ilusión de que otros pudiesen librar el combate en su nombre).

Más allá de su real voluntad de lucha anti-oportunista y antirreformista, esta corriente, en sus múltiples variantes, representaba no sólo una reacción contra la acción abiertamente contrarrevolucionaria de la socialdemocracia alemana, sino también el resurgimiento en el movimiento obrero de las viejas tendencias anarquizantes y anarco-sindicalistas que rechazaban por principio la acción política centralizadora del Partido de clase.

En la práctica, las corrientes de ultra izquierda sólo serán capaces de crear organizaciones inmediatas de lucha sectarias, sólo permeables o abiertas a trabajadores que adherían a los principios y objetivos políticos de estas corrientes.

3.- Las tendencias de izquierda contra la guerra y la capitulación, surgidas del interior mismo de la socialdemocracia, vieron su audiencia e influencia crecer a medida que esta oposición lograba estructurarse clandestinamente dentro del SPD y que los rigores de la guerra hacían pesar sus consecuencias sobre las amplias masas proletarias y los soldados. A partir de marzo de 1915 se delineó una flaca oposicióna la Dirección del Partido. En junio de 1915, Kautsky, Benstein y Hasse proclamaron la “oposición leal” a la política patriótica (sin la mínima referencia a la lucha de clases). Esta “oposición leal” se hizo aceptar por la Dirección del SPD, quien consintió a que los diputados que no desearan votar los créditos de guerra se ausentasen del recinto en el momento del voto, lo que unos treinta diputados harán el 20 de marzo de 1915 (en esta votación, Otto Rühle adoptó la posición de Liebknecht y votó en contra)18. El 29-12-1915 22 diputados socialistas se ausentaron del recinto parlamentario en el momento del voto de nuevos créditos de guerra, y otros 20 se abstendrán en nombre de su oposición a la política de anexiones (pero no a la guerra).

La “oposición leal” fue sensible a los cambios de estado de ánimo de las masas y en las bases del Partido, pero ante todo fue consciente del “riesgo” de ver crecer la influencia de los Espartaquistas19. Esta corriente, directamente vinculada a los antiguos radicales tipo Kautsky que habían roto en 1911 con la izquierda radical [§I-36], constituirá lo que se llamará la corriente de los Independientes, la forma más acabada del centrismo socialdemócrata.

Hermanos gemelos de los Intransigentes italianos al estilo de Lazzari, los Independientes aspiraban a una democracia burguesa “más perfecta”, un retorno al viejo Programa socialista de Erfurt, a las “libertades públicas” y a la “paz” prebélica, a que la guerra se terminase sin anexiones, a mil leguas de considerar que el desarrollo del capitalismo lo había llevado al estadio imperialista, cuyo producto más genuino era la guerra mundial. Querían volver al statu quo anterior, hacer girar hacia atrás la rueda de la Historia. Podían denunciar como Ledebour la opresión de las minorías nacionales en las regiones ocupadas por el Ejército alemán, poner en guardia contra las anexiones, pero no rechazaban la necesidad de la “defensa de la Patria” (altamente reivindicada), ni la guerra misma. Denunciaban como Hasse la política del gobierno por “profundizar la fosa entre las clases” como resultado del Estado de sitio, de la censura y de la política antiobrera. Para ellos se trataba de «mejorar» la política del Estado alemán en el marco del esfuerzo bélico, de corregir los “excesos” represivos y antiproletarios que corrían el riesgo de repercutir desfavorablemente en el estado de ánimo de los soldados y de la clase obrera.20

La política de los jefes de los Independientes estuvo dirigida no tanto a calmar sus (malas) conciencias y sus propias aspiraciones consistentes en armonizar su visión pequeño burguesa de la política imperialista con la realidad de la política de guerra, como a generar una cortina de humo entre las masas (y los militantes de base), cada vez más descontentos con la política de la Dirección Mayoritaria, y los Espartaquistas y otros radicales de izquierda. Los Espartaquistas rechazaron lúcidamente la política de “oposición leal” como cobertura de izquierda de la política de los Mayoritarios, y durante todo el el año 1916 la polémica de los Espartaquistas contra los Independientes fue violentísima y sin concesiones21.

En el contexto de guerra, incluso esa tibia oposición centrista terminó por ser inadmisible para los Mayoritarios que controlaban el aparato del Partido. Los diputados “rebeldes” fueron expulsados del Grupo parlamentario en marzo de 1916, sin que todo ello se tradujese en una movilización de los Independientes en el terreno de la acción extra parlamentaria ni que éstos dejaran de criticar la acción de los Espartaquistas22.

Paralelamente a la represión estatal, los Mayoritarios condujeron una política férrea de represión contra toda oposición interna, desalojándola sistemáticamente de sus posiciones y concentrando en sus manos la mayor parte de sus órganos de prensa, su estructura organizativa, financiera y la burocracia partidaria, contando para ello con el apoyo de las organizaciones sindicales23.

Los Independientesy los Espartaquistas no se habían propuesto separarse del SPD, sino desplazar a la corriente mayoritaria de sus posiciones dirigentes. El 16-1-1917 fue la Dirección Mayoritaria la que los expulsó del SPD. Allí donde éstos eran minoría, fueron radiados de la organización; allí donde eran mayoría, las organizaciones mismas fueron radiadas del Partido24. La escisión dio lugar a dos organizaciones con un número relativamente parejo de afiliados (170.000 en el SPD, 120.000 en el USPD).

Sin haberlo buscado ni deseado (mientras que los Bolcheviques lo planteaban como una necesidad primordial de la preparación del partido revolucionario y, a continuación, el de las masas25), los Espartaquistas se encontraron envueltos en una escisión y embarcados junto a los Independientes en la fundación de un nuevo Partido, el USPD (Partido Socialdemócrata Unificado de Alemania) al cual adhirieron, junto a Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo, los socialpatriotas Kautsky, Hilferding, Hasse y Bernstein, y la cobertura “de izquierda” del centrismo (los Ledebour y otros Däumig, no menos furiosamente anti-Espartaquistas), todos ellos versiones germanizadas del abanico italiano que iba del reformismo de Turati y congéneres a los Intransigentes tipo Lazzari y Serrati. Los Espartaquistas se encontraron encorsetados en un partido cuya corriente mayoritaria era tanto más peligrosa cuanto que ésta buscaba rehacerse -y lo logró falazmente- una nueva virginidad política valiéndose del prestigio y de la cercanía organizativa con los Espartaquistas26, y de una oposición formal, bien tardía, impotente y estéril, a la guerra.

El USPD fue el intento de los Independientes de revivir el viejo SPD de la preguerra, conciliar el programa mínimo y las reformas (para hoy) con el programa máximo socialista (postergado para el día del Juicio Final). Concretamente, las reformas preconizadas por los Independientes significaban más democracia burguesa y algunas migajas para la clase obrera, en el preciso momento en que el capitalismo mundial había entrado en una crisis global.

Los núcleos de extrema izquierda de Bremen, Hamburgo, Hanover, Rüistringen, Berlín, Francfort-sur-Maine, Moers y Neustadt, e incluso los Espartaquistas de Dresde y Duisbourg, rehusaron la entrada en el USPD y comenzaron a prepararse para la formación de una nueva organización revolucionaria27.

Las movilizaciones contra la guerra de abril 1917

4.- 1917 fue un año bisagra en el curso de la guerra. 1916 provocó centenares de miles de muertos en los campos de batalla. La escasez de abastecimiento, el mercado negro y la especulación golpeaban terriblemente a las amplias masas trabajadoras. El esfuerzo de guerra en la retaguardia dependía de la colaboración de la socialdemocracia y de los sindicatos pasados al enemigo.

En ese contexto, la Revolución rusa de febrero y la caída del zarismo provocaron un terremoto social y político. La Revolución se volvía posible, y podía ser la vía obligada para terminar con la guerra. A la propaganda revolucionaria se le abrió entonces un vasto campo de acción.

El 16-4-1917, casi simultáneamente con las movilizaciones que comenzarán en el mes de mayo en Italia por exactamente las mismas causas, las mismas reivindicaciones (por el pan, por el fin de la guerra, contra el Estado de sitio, por la Revolución) y bajo las mismas formas, se desencadenaron espontáneamente grandes movimientos de masas en las calles y grandes huelgas en las fábricas de Berlín, Hamburgo, Bremen, Leipzig, Halle, Nuremberg, Magdeburgo y otras ciudades, movilizando a centenares de miles de trabajadores28.

Los huelguistas y los militantes opuestos a la política del SPD (organizados en las fábricas en torno de los delegados revolucionarios que estaban mayoritariamente influenciados por la corriente independiente de izquierda), levantaron reivindicaciones contra las restricciones de racionamiento y contra la política bélica y represiva del Estado: por la supresión de la censura, por la paz sin anexiones, por la anulación del Estado de sitio, por la abolición de la legislación sobre la militarización de la mano de obra, por la liberación de los presos políticos29.

Mientras los Mayoritarios hacían ingentes esfuerzos para sabotear y terminar con el movimiento, y mientras los jefes de los Independientes cabalgaban sobre éste ganando prestigio, Hasse (dirigente de la derecha de los Independientes), puso en guardia al gobierno alemán contra una radicalización de las masas.

Sin dejar de colaborar en la Unión Sagrada, sintiendo el “cambio del “clima” social, los Mayoritarios mismos comenzaron a levantar la cortina de humo de la reivindicación de la “paz sin anexiones”, mientras que los Espartaquistas agitaban la consigna de la Revolución como única manera de terminar con la guerra30.

El inicio de la revuelta de los marinos del báltico en el verano de 1917

5.- Tras la Revolución rusa de febrero, en el Báltico, marineros de barcos de guerra, suboficiales y maquinistas, comenzaron a organizarse clandestinamente para desarrollar una agitación contra la guerra. Sus dirigentes apuntaban a desencadenar un movimiento de huelga en la flota báltica por la paz y la formación de soviets de marineros. Estos entraron en contacto con los jefes del USPD (Hasse y Dittmann), quienes se lavaron las manos (esta actividad no entraba en el marco de la rutina socialdemócrata y parlamentaria), les desaconsejaron la formación de círculos clandestinos y una actividad revolucionaria en la flota, y rehusaron una relación (y, por lo tanto, una responsabilidad) directa con ellos, y terminaron por invitarlos… a adherir individualmente, pública y legalmente, a las organizaciones portuarias locales del USPD, e incluso a tomar la iniciativa de su creación. No sin dejarles entrever que su acción podría dar mayor fuerza a la propaganda socialista por la paz.

El movimiento de revuelta de los marinos del Báltico se intensificó con actos de desobediencia, y en agosto 1917 la represión descabezó al movimiento. Cinco de sus dirigentes fueron pasados por las armas. Y mientras los diputados Independientes se despegaban de toda responsabilidad y solidaridad en relación a estos acontecimientos, los Espartaquistas llamaron a seguir el ejemplo de los marinos (tratados de héroes “que han arriesgado sus vidas por su clase y por el socialismo”)31.

Noviembre 1917 – Enero 1918. La Revolución de Octubre, Brest-Litovsk y las huelgas de enero 1918

6.- En Rusia, el proletariado conquistó el poder al grito de “¡Paz, Pan y Tierra!”, y propuso el fin de la guerra a las potencias centrales.

Mientras los Mayoritarios denunciaban el “golpe de Estado” de los bolcheviques, los Independientes estaban divididos ante la Revolución de Octubre: mientras su Dirección la saluda por estar a la vanguardia de la paz, Kautsky y Bernstein se opusieron decididamente a ella32.

El primer paso dado por el gobierno soviético fue la propuesta de paz al conjunto de las naciones en guerra. Los gobiernos de la Entente la ignoraron, pero los Imperios Centrales aceptaron iniciar negociaciones, las que fueron precedidas por una tregua de 10 días en el frente oriental, iniciada el 22-12. La tregua suscitó una enorme expectativa en las masas como preludio a una paz general. Las tratativas fueron iniciadas el 22-12 en Brest-Litovsk y el 18-1-1918 la delegación alemana fijó condiciones leoninas con reclamos territoriales. Los Bolcheviques hicieron de las negociaciones una tribuna internacional de denuncia de la política imperialista. Sus repercusiones en Alemania y en Europa Central fueron inmensas.

La propaganda socialdemócrata que presentaba a la guerra como “guerra de defensa” ante el peligro ruso (y no como una guerra de rapiña por la satisfacción de aspiraciones imperialistas y anexionistas) estaba claramente desmentida. Los Mayoritarios habían hecho suyos y apoyado concretamente cada uno de los pasos dados por el Gobierno a lo largo de la guerra. Los Independientes habían acompañado este accionar como una necesidad de la “defensa de la Patria”, exigiendo al mismo tiempo una “paz sin anexiones”. Los Espartaquistas afirmaban que sólo la Revolución era capaz de poner fin a la guerra y establecer una paz sin anexiones ni indemnizaciones.

El anhelo de las masas para poner fin a la guerra, la propuesta soviética de paz y el explícito reclamo anexionista del Gobierno alemán creaba un amplio espacio para grandes movilizaciones con el propósito de hacerlo retroceder y obligarlo a firmar la paz; o, en caso contrario, para crear las condiciones de la Revolución para imponerla.

Del 14 al 20 de enero de 1918 se desató una ola de huelgas en el Imperio Austro-Húngaro a favor de la paz sin anexiones. En Alemania, mientras que los Espartaquistas llamaban a una huelga general para oponerse a los reclamos anexionistas del Gobierno, tuvo lugar una reunión conjunta de los delegados revolucionarios de Berlín, de la Dirección del USPD, y de los diputados Independientes del Reichstag y del Landtag de Prusia. En ella, Richard Müller33 presentó un informe afirmando que existían condiciones favorables para iniciar una huelga general con reivindicaciones políticas, siempre y cuando fuese el USPD quien la convocase.

Los dirigentes de los Independientes estaban divididos entre los que se oponían abiertamente, los que estaban dispuestos a llamar a la huelga incluso contra la decisión del Partido (Ledebour), y los que – como Hasse – se oponían a que sea el Partido quien llamase a la huelga, y proponían que fuese el Grupo parlamentario quien lo haga (con el argumento de “evitar la interdicción de la organización”, siguiendo así la permanente tradición legalista de la socialdemocracia alemana). Finalmente fue decidido un llamamiento a una huelga de tres días proclamada por el Grupo Independiente de diputados, que fue publicado… sin precisar que se trataba de una huelga ni de la duración de la misma34. A pesar de su falta de estructuración como movimiento, los Espartaquistas participaron activamente en la propaganda y la agitación preparatorias de la movilización.

Dirigidos por los “delegados revolucionarios”, el 28 de enero 300.000 huelguistas pararon en Berlín. A propuesta de Richard Müller, los 414 delegados de las asambleas de las empresas en huelga adoptaron un programa de reivindicaciones muy próximo al de abril de 191735, y eligieron un Comité de acción compuesto por 11 delgados revolucionarios, los Independientes Hasse, Ledebour y Dittman, y los Mayoritarios Ebert36, Scheidemann y Braun. El 29 de enero el movimiento se extendió por la Cuenca del Ruhr, a Kiel, Bremen, Hamburgo, Dresde, Breslau, Dantzig, Munich, Nuremberg, Magdebourg, Halle, Gotha. El total de huelguistas alcanzó el millón de trabajadores (500.000 en Berlín).

El primero de febrero las autoridades militares proclamaron el “Estado de sitio agravado” y ocuparon 7 grandes empresas de Berlín. La policía y el Ejército recibieron orden de abrir fuego para dispersar a los manifestantes. En Berlín los transportes fueron saboteados por los huelguistas, y cuando circulaban era con militares armados a bordo. La circulación debió ser interrumpida en dos suburbios de Berlín. A partir del 3-2 los tribunales militares extraordinarios juzgaron a tandas de huelguistas, y cantidad de obreros recibieron la orden de movilización.

La organización del movimiento fue totalmente embrionaria, sin boletín de información permanente, con sus mítines dispersados por la policía. Los Independientes no tenían ni siquiera una mínima organización ilegal. A pesar de sus esfuerzos, la de los Espartaquistas (cuyos militantes estaban sumergidos en la masa y sin coordinación político-organizativa) no pudo llenar ese vacío.37

El movimiento fue saboteado por las maniobras de los Mayoritarios y dejado sin perspectiva ninguna por parte de los Independientes que no supieron qué hacer con ese gigantesco movimiento de masas que planteaba no sólo reivindicaciones económicas, sino también político-revolucionarias. Las inútiles tratativas iniciadas con el Gobierno por los Mayoritarios y los dirigentes Independientes sólo podían terminar en un rotundo fracaso. La propuesta de Scheidemann y Hasse de que sean dirigentes sindicales aceptados por el Gobierno quienes entablen las negociaciones fue rechazada por los delegados revolucionarios. Habiendo planteado al movimiento en el terreno limitado de la protesta, y no de una lucha que pudiese trascenderse por objetivos revolucionarios, sin perspectiva de desemboque político previsible por el sabotaje de los Mayoritarios, por la deserción de los Independientes y por la escasa influencia espartaquista, sus dirigentes naturales decretaron el 3-2 el fin a la huelga. Los dirigentes sindicales condenaron formalmente al movimiento. La represión se abatió sobre la clase obrera y 50.000 obreros berlineses fueron movilizados.38

La derrota llevó a plantear a los militantes obreros la necesidad de armarse para la Revolución, y los Espartaquistas desarrollaron entre los trabajadores de Berlín y en las casernas una activa propaganda y agitación a favor de la formación de consejos de obreros y soldados”.39

El 3 de marzo la delegación soviética firmó el Tratado de Brest-Litovsk plegándose al diktat de los Imperios Centrales. Sólo los diputados del USPD votaron en contra de los términos del Tratado (los Mayoritarios se abstuvieron en el momento del voto).

El sabotaje de los Mayoritarios y la incapacidad y falta de voluntad de los Independientes para combatir al Estado hizo que el poder soviético tuviese que capitular ante el diktat del imperialismo alemán, e impidió simultáneamente que la lucha por la paz de las masas trabajadoras alemanas paralice su brazo armado. Estos acontecimientos fueron las dos caras de una misma medalla.

Febrero – Octubre 1918

7.- La interminable carnicería bélica (la guerra duraba ya 4 años), la inmensa repercusión de la Revolución rusa y de la propaganda espartaquista en las trincheras, y la situación militar del frente occidental llevaron el Ejército al borde del colapso. Mientras que las tropas del frente ruso eran inutilizables como resultado de la propaganda bolchevique, a partir del mes de agosto la situación en el frente occidental, y en el oriental en el mes de septiembre, así como la situación social explosiva en el Reich, hizo que, consciente de la imposibilidad de continuar la guerra y de la necesidad de terminarla para evitar la Revolución, el Estado Mayor (Hindemburg y Ludendorff) apremió al Gobierno y al Emperador para negociar un armisticio (propuesta que fue transmitida en la noche del 4 al 5 de octubre).40/41

Simultáneamente, el Estado Mayor y el Gobierno convencieron al Emperador de efectuar una reforma constitucional y proponer a los Mayoritarios su participación en un gobierno de Unión Nacional con la intención de diluir -y comprometerlos con- el costo político del armisticio, descargando al Ejército de semejante responsabilidad.

A insistencia de Ebert, y con la doble intención de evitar una dictadura militar y el “peligro” de una Revolución bolchevique42, los Mayoritarios delegaron a Scheidemann y a Bauer en el Gobierno del príncipe Max de Baden que se formó el 4 de octubre, apoyando de esta manera el intento de una reforma institucional “desde arriba” (la Monarquía constitucional con un régimen parlamentario) para tratar de evitar la revolución “desde abajo” a la manera de los bolcheviques43.

Mientras tanto, durante todo el mes de septiembre, los jefes Independientes (Hasse, Dittman, Hilferding, Kautsky, …) se movilizaron para combatir la propaganda y la agitación de los Espartaquistas a favor de la dictadura del proletariado y de la República de los consejos obreros.

La Entente rechazó la propuesta de armisticio en ausencia de una capitulación sin condiciones. Esto hizo que el Comando Supremo del Ejército alemán ordenase continuar la guerra, y el 26 de octubre el Reichstag aprobó la reforma de la Constitución alemana para transformar el Régimen en una monarquía parlamentaria.


El 7-10, en Berlín, tuvo lugar una Conferencia de los Espartaquistas con la participación de delegados de la ultra izquierda. La Conferencia afirmó la solidaridad de los comunistas alemanes con la Revolución rusa y levantó un programa inmediato: la amnistía para todos los adversarios de la guerra (tanto civiles como militares); el levantamiento del Estado de sitio y la abolición de la legislación sobre la militarización de la mano de obra; la abolición de los tribunales militares y la liberación inmediata de todos los presos políticos; la abolición de la pena de muerte y de trabajos forzados por delitos políticos o militares; el derecho de organización y reunión para los soldados; la abolición del código militar; la reducción del tiempo de trabajo y el aumento de los bajos salarios; la entrega de los medios de aprovisionamiento a los delegados de los trabajadores; la eliminación de la aristocracia y la nobleza; la anulación de todos los empréstitos de guerra; la expropiación de los bancos, las minas y las fábricas; la expropiación de las grandes y medianas propiedades rurales. Y para la realización de este programa se lanzó un llamamiento a la constitución por doquier de consejos de obreros y de soldados (soviets).44

A pesar de todo, la tibia y tardía oposición del USPD a la guerra contribuyó a redorar el blasón de este partido mayoritariamente antirrevolucionario. Los Espartaquistas, duramente perseguidos por la represión (Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht estaban en prisión) y fuertemente golpeados por el Estado luego de la huelga de enero 1918, no lograron crear siquiera una fracción fuertemente estructurada dentro del USPD, y tampoco había aún visos de una acción enérgica para constituirse en un Partido distinto. Los límites entre los Espartaquistas y los Independientes tendían a esfumarse a medida que se iba hacia las bases y a la periferia de la organización.

A pesar de no tener un Partido revolucionario aguerrido y centralizado, claramente identificable por las masas obreras combatientes, capaz de unificarlas y dirigirlas hacia sus propios objetivos anticapitalistas, los Espartaquistas levantaron banderas y reivindicaciones que sólo podían ser obtenidas por medio de la lucha y victoria revolucionarias, y llamaron al proletariado a formar ya órganos (soviets) concebidos como la materialización del poder proletario. Este trágico gap entre una estrategia ofensiva y la ausencia de una de las fundamentales condiciones subjetivas de la victoria revolucionaria resultaba de condicionamientos históricos y de concepciones políticas que, tres meses más tarde, en el Congreso constitutivo del KPD(S) que tuvo lugar del 30 de diciembre al 1 de enero de 1919, Rosa Luxemburgo explicitará en detalle, refiriéndose al Programa del nuevo partido y a la visión espartaquista de la Revolución y de la función de la vanguardia proletaria [§III-18].

El derrumbe del régimen imperial alemán y la socialdemocracia como baluarte del orden burgués

8.- Noviembre 191845. La agitación social y política se intensificaba cada vez más. El régimen imperial crujía por todas las costuras. Dada la aspiración de las masas a una paz inmediata y los rumores acerca de una leva de 600.000 soldados, el rechazo de la Entente de la propuesta alemana de armisticio generó una situación explosiva.

El 23-10 Karl Liebknecht fue liberado y, junto a otros dirigentes espartaquistas, entró en contacto con los dirigentes de los delegados revolucionarios en las fábricas con miras a la movilización de las masas contra la guerra, pero recibió un firme rechazo por parte de éstos [encabezados por Emil Barth (independiente de derecha) y por los independientes de izquierda Ernest Däumig y Richard Müller]46.

En Berlín, el 2-11 tuvo lugar una reunión con la participación de los delegados revolucionarios, en presencia de los Independientes Richard Mülller, Barth, Franke, Wegman, Ledebour, Däumig, Hasse, Dittmann, y de los Espartaquistas Liebknecht y Pieck. Ante una oferta insurreccional de un batallón militar, la propuesta espartaquista a favor de la movilización de masas como condición de la insurrección contra el Régimen Imperial (con las reivindicaciones de la paz inmediata, la abolición del Estado de sitio y la proclamación de la República socialista y del gobierno de consejos obreros y de soldados) fue rechazada por 21 votos contra 19. En esta reunión Ledebour propuso desencadenar la insurrección en frío, sin previa huelga general ni manifestaciones. Los dirigentes Independientes no confiaban en la capacidad de lucha de las masas, y ninguna fecha fue fijada para la insurrección.

Creyendo que la insurrección había sido fijada para el 4-11 en la reunión de Berlín del día 2, la huelga general política impulsada y organizada por los Espartaquistas se inició ese día en Stuttgart, dando lugar a la elección de consejos obreros en las fábricas. Aislado, el movimiento fue rápidamente reprimido.

Contra la orden de zarpar para enfrentar a la flota inglesa, simultáneamente hizo eclosión la revuelta de 20.000 marinos del Báltico, con la formación de consejos de soldados. El 4-11 las banderas rojas flameaban sobre los barcos de guerra y Kiel estaba en sus manos. La revuelta de los marinos se extendió como un reguero de pólvora. Dos días después, y a pesar del intento del Mayoritario Gustav Noske para circunscribir la revuelta), los marinos habían tomado el poder en Lubeck, Brunsbütel, Bremen y Cuxhaven.47

El 6-11 Hamburgo fue arrastrada por la marea insurgente de 70 mil obreros y soldados con la participación de militantes Independientes y de la extrema izquierda (y a pesar del intento personal e infructuoso de Hasse por limitar su alcance). Ese mismo día fue el turno de Bremen, Halle, Düsseldorf, Munich y Brunswick. El día 7 fue el turno de Wilhelmshaven, Schwerin y Hanovre. El día 8 el de Chemnitz, Leipzig (cuyas casernas fueron tomadas por asalto), Colonia48, Magdebourg, Hall, Dresde, Düsseldorf, Frankfurt, Stuttgart, Darmstadt, Nuremberg. El ejemplo de la Revolución rusa y la propaganda espartaquista hicieron que por todo el Reich se eligieran consejos de obreros, marinos y soldados.49

Aunque en numerosos casos eran militantes Espartaquistas e Independientes quienes participaban o tomaban la iniciativa de la revuelta, el aparato del USPD y sus dirigentes frenaban con todas sus fuerzas. En Berlín, los dirigentes de los Independientes rechazaron los días 4 y 6 de noviembre la propuesta de Liebknecht de insurrección para el 8 y 9 de noviembre (¡con la justificación de que eran días de pago!), y la postergaron teóricamente para el 11. La dirección del USPD (Hasse, Dittmann, …) se opuso incluso a esta decisión afirmando que la situación “no está aún madura”, que comprometería la unidad con los Mayoritarios, y que las revueltas en curso sólo eran una “explosión impulsiva”. Aunque finalmente la decisión de iniciar la insurrección en Berlín fue mantenida para el 11 de noviembre, y contra la posición de los Espartaquistas, se decidió que ninguna acción tendría lugar en Berlín antes de ese día.50

Las maniobras dilatorias de la dirección del USPD posibilitó las tratativas de los Mayoritarios con el fin de lograr la abdicación del Káiser (pero no la declaración de la República) como único modo de detener al movimiento insurreccional que no dejaba de extenderse51.

Pero el 8 de noviembre, ante la voluntad decidida de los obreros de Berlín de unirse a la marea revolucionaria que ya sumergía a toda Alemania, los dirigentes del USPD y los representantes Independientes de los delegados revolucionarios de Berlín decidieron tomar el tren en marcha y lanzaron una proclama llamando al derrocamiento del Régimen Imperial y al establecimiento de una República de Consejos.

Los Espartaquistas, por su parte, ante la indecisión y la oposición de los Independientes, ya habían decidido lanzar un llamamiento por el poder de los consejos y la confluencia de la lucha del proletariado alemán con el proletariado ruso, por la Revolución Mundial.

El 9 de noviembre, una marejada obrera sumergió Berlín, dispuesta a destruir todos los diques de contención, y venció todo intento de resistencia armada. Sabiendo que ya era imposible detenerla, los Mayoritarios del SPD decidieron cabalgar sobre la misma y convencieron a las autoridades militares y policiales para que no intentasen reprimirla, para así evitar el asalto a los cuarteles y la radicalización de las masas que por propia iniciativa tomaron por asalto las prisiones y liberaron a los presos políticos52. A su vez, los Mayoritarios lanzaron un llamado a la huelga general (ya en curso) y a la insurrección (también ella en curso) para la instauración de una… “República social”, autoproclamándose “dirección del movimiento” junto con el USPD53/54. Ante las masas en ebullición, y en la imposibilidad de retenerlas, Scheidemann terminó por proclamar la República y el fin del Régimen Imperial55.

En Berlín, los delegados revolucionarios y los obreros se prepararon para la constitución inmediata de los consejos obreros. En las concentraciones de masas Liebknecht hizo aclamar a la “República Socialista alemana”.

El día 8 de noviembre, los Espartaquistas hicieron distribuir una octavilla firmada por Liebknecht y Ernest Meyer poniendo en guardia a los obreros y soldados contra los socialistas que intentaban ahogar al movimiento por todos los medios, y proclamaron un programa en seis puntos que preveía la República Socialista; la entrega del poder legislativo, ejecutivo y judicial a los representantes elegidos de los obreros y de los soldados; la exclusión de todo ministro burgués; y que los ministerios técnicos dependiesen de un Gabinete puramente político.56

Los dirigentes del SPD propusieron inmediatamente a los del USPD la formación de un gobierno de coalición en el intento de dar una mayor base de sustentación obrera a un gobierno de restauración del Orden burgués57. La decisión de dar por terminada la guerra e instaurar un Régimen republicano de tipo parlamentario aunaba a ambos Partidos, que veían así desaparecer toda diferencia programática entre ellos. La burguesía misma adhería ahora a ese programa. Fue lógica y naturalmente que el 10 de noviembre se constituyese un gobierno de coalición con la participación de Ebert (Canciller), Scheidemann y Landsberg por el SPD, y Dittmann, Hasse y Barth58 por el USPD. La farsa “revolucionaria” de este Gobierno “socialista” fue hasta el punto que sus ministros, pretendiendo imitar a los revolucionarios rusos, se autodenominaron “comisarios del pueblo”. La decisión sobre el Régimen institucional sería decidida por una futura Asamblea Constituyente. La condición indispensable para semejante objetivo era la liquidación programada de los consejos de obreros y soldados, o su supeditación al sufragio universal.

Las delegaciones de obreros y soldados reclamaban a menudo la unidad de la “familia socialista”59 y la participación de Liebknecht en un gobierno revolucionario como garantía de la voluntad de obrar para poner fin a la guerra. Los dirigentes Independientes estuvieron divididos ante la perspectiva de un gobierno unitario con los Mayoritarios60. Liebknecht (a quien los Independientes le propusieron entrar en el Gobierno con el visto bueno de los Mayoritarios) puso las condiciones arriba citadas a su participación en un gobierno de “unidad socialista”61. Estas condiciones fueron rechazadas por los Mayoritarios con el argumento de que sólo una Asamblea Constituyente (elegida por sufragio universal) estaría habilitada para elegir al futuro régimen institucional62.

Las primeras decisiones políticas del nuevo Gabinete fueron la aceptación de los términos de la capitulación incondicional del Ejército alemán según el diktat de la Entente (la que fue firmada el 11 de noviembre), el llamado a todas las autoridades y funcionarios del país (e incluso a los secretarios de Estado del gobierno anterior) a permanecer en sus puestos, y a la población a “dejar la calle y velar para que el reinen el orden y la calma63. Al día siguiente, 10 de noviembre, el Gobierno dirigió un llamado al Ejército para ordenar que la formación de consejos de soldados (ya espontáneamente en curso) tenga como “meta principal colaborar con las instituciones del servicio de orden y de seguridad y establecer el acuerdo más estrecho entre la tropa y los mandos”, no excluyendo que el Ejército participe de tareas de represión social al añadir que “el uso de las armas contra los ciudadanos está admitido sólo en casos de emergencia”.

Previamente, en la noche del 9 al 10 de noviembre, Ebert había pactado con el Estado Mayor del Ejército la lucha sin cuartel contra el “peligro bolchevique”, la defensa del Orden capitalista y el fin del “caos”; es decir, la lucha a muerte contra los Espartaquistas y la Revolución64.

En un intento por evitar un enfrentamiento generalizado entre las masas aún insurgentes y las estructuras fundamentales del Estado, todas las fuerzas del Orden establecido se entregaron en manos de la socialdemocracia65.

El punto de inflexión de los acontecimientos de noviembre 1918 estuvo representado en la noche del 10 al 11 de noviembre por la Asamblea general de los delegados de los consejos de obreros y soldados de Berlín. En un clima febril, con la presencia de 1500 obreros y soldados, Ebert y Hasse anunciaron el acuerdo de la formación del gobierno paritario sin ministros burgueses (pero sí lo eran los Secretarios de Estado bajo su control jerárquico).

Liebknecht tomó la palabra para denunciar la ilusión de la unidad con los Mayoritarios (“que dicen hoy estar con la Revolución, pero que en el día de ayer eran sus enemigos, junto al Estado Mayor”), denunció las maniobras que apuntaban a utilizar a los soldados contra los obreros66, y exclamó: “¡La contrarrevolución ya está en marcha, ya está actuando, está en medio de nosotros!”67. En un clima dominante de tipo “unitario”, los soldados que respondían a los Mayoritarios amenazaron a Liebknecht con las armas.

Richard Müller propuso que la Comisión Ejecutiva de los Consejos de obreros y soldados de Berlín estuviese compuesta por el núcleo de delegados revolucionarios que prepararon la insurrección, y por Barth, Ledebour, Liebknecht y Rosa Luxemburgo. Los Mayoritarios propusieron que la Comisión estuviese conformada en paridad por delegados del SPD y del USPD. Un sector activo y amenazante de los delegados de los soldados exigieron “la paridad”. Los Independientes terminaron capitulando en toda la línea, otorgando la mayoría de la Comisión Ejecutiva a los Mayoritarios al aceptar que estuviese compuesta por 12 delegados de los soldados (que respondían en su mayoría a los Mayoritarios) y 12 delegados de los obreros (6 Mayoritarios y 6 Independientes). Levándose contra tamaña estafa, Liebknecht se negó a formar parte de la Comisión, de la cual participarán los independientes de izquierda Richard Müller – como presidente -, Ledebour y Däumig. Los Independientes dieron así su caución a los Mayoritarios dentro del movimiento revolucionario, a la vez que participaban en el intento de fundar el nuevo régimen burgués republicano. A continuación, Richard Müller hizo ratificar por la Asamblea el reconocimiento del Gobierno “paritario” presidido por el Mayoritario Ebert.

La primera Asamblea de los consejos de obreros y soldados de Berlín terminó cediendo su Dirección a un Partido contrarrevolucionario (el SPD), y su poder a un Gobierno socialdemócrata cuyo Canciller había sido nombrado por un representante de la Monarquía moribunda, Gobierno que resultó de un acuerdo entre un Partido que había hecho lo imposible para evitar la caída del Régimen Imperial (el SPD), y otro cuyos dirigentes entraron en la vorágine revolucionaria a contracorriente y en puntas de pie (el USPD). El primer acto de la Revolución alemana terminó con una derrota política de los Espartaquistas, con la capitulación en toda la línea de los Independientes68 y con una victoria de los Mayoritarios69.

La debilidad organizativa de los Espartaquistas y el hecho de que en esa etapa de la Revolución alemana las movilizaciones de las masas estuvieron casi exclusivamente centradas en el problema de la paz y en poner fin a las legislaciones y políticas de guerra (en lo cual los Independientes habían estado previamente de acuerdo, y que finalmente los Mayoritarios estuvieron obligados de aceptar para tratar de evitar el espectro de una Revolución bolchevique), hizo que los Espartaquistas no pudiesen frustrar las maniobras contrarrevolucionarias de los Mayoritarios y de los dirigentes Independientes70.

La espontaneidad combativa de las masas obreras, el inmenso prestigio personal de Karl Liebknecht, y la constante propaganda y agitación por la formación de la República de los consejos obreros, no bastaron – ni podían bastar – para superar el hándicap representado por aquellos factores. Las masas sólo llegarían a diferenciar políticamente las corrientes “obreras” como resultado del desarrollo ulterior de la lucha de clases. El Espartaquismo había sido un factor importante de la lucha contra la guerra y por la caída del Régimen Imperial; la situación política debía aún evolucionar y decantarse para poder convertirlo en el factor central de la lucha por la dictadura del proletariado71. Recién acababa el primer acto de la Revolución alemana. El segundo estaba por comenzar.

9.- En toda Alemania los consejos de obreros y soldados asumieron formas y contenidos políticos de los más variados, a imagen de las fuerzas y de las circunstancias que las hicieron emerger. En ciertos casos los consejos surgieron de la lucha insurreccional antes de la caída de la Monarquía; en otros, después de esa caída, cuando las fuerzas estatales habían decidido no oponerse a lo que parecía ya como ineluctable72. En algunas ciudades los consejos surgieron durante la movilización insurreccional por iniciativa directa de las corrientes revolucionarias (Espartaquistas, ultra izquierda, Independientes de izquierda); en otras, con la participación de los Mayoritarios, particularmente después de la proclamación de la República. En algunas localidades los revolucionarios asumieron directamente la dirección de los consejos; en otras, esas direcciones resultaron de negociaciones entre corrientes antirrevolucionarias, como en Berlín.

  • En Munich, Kurt Eisner (viejo revisionista radicalizado por la lucha contra la guerra) impulsó el 7/11 la huelga general y la insurrección contra la Monarquía bávara, y fue elegido presidente del consejo;
  • en Stuttgart, el primer consejo de obreros estuvo presidido por el Espartaquista Fritz Rück (9-10/11);
  • en Chemnitz, por el Espartaquista Fritz Heckert (7-8/11);
  • en Leipzig por el independiente Richard Lipinski (7-8/11);
  • en Brunschwick por el Espartaquista August Merges (9-10/11);
  • en Hamburgo por Heinrich Laufenberg (extrema izquierda) (7-8/11);
  • en Hanau por el Espartaquista Schnelbacher (7-11);
  • en Halle como resultado de la acción conjunta de militantes obreros Independientes y de marinos de Kiel (Otto Kilian, independiente, fue nombrado presidente) (9-10/11);
  • en Cassel como resultado de la convocatoria conjunta SPD-USPD-sindicatos (9-11);
  • en Breslau fueron el SPD y el Centro católico quienes tomaron la iniciativa de invitar al USPD para la formación de los consejos (9/11); idem en Duisburg, Recklinghausen y Bielefeld.

Allí donde los Mayoritarios pudieron imponerlo, las elecciones a los consejos fueron organizadas por distritos y por sufragio universal con la participación de todas las clases, como fue el caso de Dresde73. Pero en su mayoría las elecciones se hicieron en los lugares de trabajo y con diferentes criterios: en Berlín se eligió un delegado por 1000 obreros, en Frankfurt sur Main 1 por 400, en Hamburgo y Leipzig 1 por 600, en Stuttgart 1 por 300, en Bremen 1 por 180.

En muchos casos los Mayoritarios impusieron la “paridad” SPD-USPD (y no la proporcionalidad según el número de delegados de cada partido) como resultado de la capitulación de los delegados USPD en nombre de la “unidad” de los “partidos obreros” (como en Berlín, Frankfurt sur Maine, Dortmund, Erfurt y en otras ciudades industriales). Es de señalar que esa actitud capituladora no fue correspondida por la otra parte (como en Stuttgart en ocasión de la segunda elección del Comité de Dirección de los consejos obreros). Todo ello hizo que en numerosos consejos regionales los Mayoritarios obtuvieran el control de los mismos como resultado mecánico del hecho que a nivel local ellos tenían o la paridad con el USPD o la mayoría.


El derrumbe del Régimen Imperial abrió amplios espacios para la creación de organizaciones sociales que respondían a intereses de clase bien diferentes. Mientras los obreros y soldados trataban de organizarse como factores de poder, otros sectores también lo hicieron.

En Breslau el 10-11 se creó un “comité popular” que agrupaba a diputados burgueses, asesores y consejeros comunales, funcionarios, profesores, curas, personal permanente de partidos y sindicatos, artesanos, con un sector de soldados y obreros. En Colonia se formó un “Comité de Salud Pública” dirigido por el Mayoritario W. Sollman y por el burgomaestre Conrad Adenauer, con la participación del magnate de la industria pesada J.B. Becker, presidente del distrito. El primer acto de este Comité fue la constitución de una milicia cívica contrarrevolucionaria de 6.000 hombres seleccionados por el Partido Nacional-Liberal y el Partido del Progreso. Comités análogos hicieron su aparición en Karlsruhe, Mannheim y en otras localidades del Ruhr.74

En las regiones agrícolas fue el gobierno SPD-USPD quien tomó el 12-11 la iniciativa de la formación de supuestos “comités de campesinos”, con la participación “de todos los ciudadanos, sin distinción política” para “garantizar el aprovisionamiento alimentario, el orden y la paz, así como la continuidad serena del trabajo en el campo”. El acuerdo fue aprobado por el subsecretario de Estado de la Oficina para la alimentación, Emanuel Wurm (USPD), y suscrito por la Unión de agricultores, el Consejo alemán para la agricultura, la Comisión del Reich para la agricultura alemana, la Federación de los distritos rurales prusianos, las diversas asociaciones campesinas, y la Unión de Trabajadores agrícolas. Este acuerdo establecía que los consejos de campesinos debían estar formados de manera paritaria por los junkers, los campesinos, los asalariados agrícolas y por miembros de diversas profesiones. Todo ello equivalía al reconocimiento del sistema vigente de propiedad de la tierra, y en especial el de los junkers prusianos. Sólo tiempo después surgirán verdaderos consejos de trabajadores agrícolas.75

10.- Uno de los graves problemas del inicio de la Revolución alemana en noviembre 1918 fue la formación de los consejos de soldados. Consejos de soldados revolucionarios surgieron espontáneamente allí donde tuvieron participación activa en las jornadas insurreccionales hasta el 9 de noviembre.

En el frente oriental, el Ejército estaba completamente desintegrado. Grupos de soldados se dedicaban al pillaje; otros se volvieron mercenarios y guardias blancos que actuaron contrarrevolucionariamente en Finlandia y Rusia; y otro sector, permeable a agitación revolucionaria, participó activamente en la propaganda de los bolcheviques en dirección de Alemania.

En el frente occidental, verdaderos consejos de soldados revolucionarios surgieron allí donde los revolucionarios habían previamente trabajado el terreno. Pero en el primer momento, y en numerosos casos, los consejos de soldados resultaron de la iniciativa misma de la oficialidad. Reafirmando el decreto gubernamental del 13-1, el 16-11 el Alto Mando del Ejército emitió un comunicado donde se decía: “Hay que intervenir con celeridad para la constitución de consejos de soldados en cuanto órganos consultativos que canalicen el descontento, lo que hará que el Ejército sea menos permeable a las tendencias extremistas”. Para contrarrestar la propaganda revolucionaria, la reacción podía contar con la gran heterogeneidad social de la tropa alemana76.

El 2-12 Liebknecht escribió en Die Rote Fahne: “En su mayoría [las tropas que regresan del frente] no han tomado hasta hoy parte activa en la revolución; en su mayoría, estas últimas semanas se encontraron bajo influencias que desarrollan el chovinismo, este agua rejuvenecedora del militarismo (…) En el ejército del frente, en el primer día de la revolución, el militarismo estuvo debilitado, pero no aplastado; la revolución no lo ha aniquilado y, después, parece renacer: es sobre ello que cuenta la contrarrevolución”77.

Los incesantes intentos Espartaquistas en Berlín a favor de la formación de Guardias Rojas constituidas con obreros armados fueron sistemáticamente saboteados por los Mayoritarios, quienes movilizaron a los comités de soldados en su contra. En su inmensa mayoría, los consejos de soldados permanecerán en el primer período bajo influencia de la oficialidad, de la prensa burguesa y de los Mayoritarios. Pero la llegada de contingentes de soldados y marinos a Berlín, y el contacto con el clima revolucionario de la ciudad, dificultará la posibilidad de recurrir sistemáticamente a ellos como punta de lanza de la contrarrevolución78. Y con el pasar de las semanas, comenzó a tener efecto entre la tropa la propaganda de los Espartaquistas a favor de medidas que minaban la dominación de la oficialidad79.

El problema del “doble poder”

11.- Sólo en ciertas ciudades, sobre todo en aquellas con predominio de los Espartaquistas e Independientes de izquierda, los consejos se propusieron la construcción de un poder local (con guardias rojas, administración de suministros, finanzas, seguridad pública, cuestiones laborales, …) en reemplazo de los órganos estatales burgueses. En esas ciudades tendió a establecerse un rudimento de “doble poder”.

“Algunos consejos – escribe Broué – llegan a abolir las instituciones existentes: en Chemnitz, Leipzig, Gotha, se declaran disueltos los consejos municipales; en Hamburgo, Bremen, Koenigsberg, las instituciones tradicionales, Senado y Burguesía. Otros consejos lo hacen sin anunciarlo, se contentan con expulsar de su despacho a altos funcionarios o elegidos tradicionalmente. El consejo de Bremen va más lejos y prohíbe toda reunión o manifestación a favor del restablecimiento del Senado o de la elección de la Asamblea nacional. El consejo de Neukolln dominado por los Espartakistas ha prohibido toda actividad de los antiguos organismos, disuelve las fuerzas de policía, por ello este barrio de Berlín es denunciado en la prensa como el ensayo de la dictadura del proletariado. La situación es la misma en Britz, Mariendorf, Tempelhof. El 18 de noviembre una conferencia de consejos de obreros y soldados de la circunscripción de Niederbarnim se pronuncia por la generalización de este tipo de medidas para la organización del poder. En el Ruhr se celebra el 20 de noviembre una conferencia de los consejos de Baja-Renania y de Westphalia occidental que adopta una resolución, propuesta por el independiente Otto Brass, de disolver todos los antiguos organismos del Estado y pasar todo el poder a los consejos. Un programa de acción determina las tareas de los consejos: desarme de la policía, organización de una fuerza de seguridad, construcción de una guardia roja, control de la justicia, del abastecimiento, etc. Se realiza o al menos se emprende seriamente en todas las ciudades en las que Independientes, revolucionarios y Espartaquistas tienen la mayoría en el consejo, como en Düsseldorf, Gelsenkirchen, Hamborn, Mülheim, Solingen, Essen… El consejo de obreros y soldados de Gotha disuelve el Landtag y se constituye en gobierno de Land. Lo que es tal vez más importante – más significativo de la voluntad de crear un segundo poder – es que los consejos forman su propia fuerza armada o su propia policía: guardia obrera en Frankfurt y Hildenburghausen, voluntarios obreros en Düsseldorf, fuerza de seguridad en Hamburgo, y más a menudo guardias rojas, cuyo núcleo está constituido por los marinos amotinados, en Bremen, bajo la dirección del suboficial Lunsmann, en Halle el ”regimiento de seguridad” que dirige el antiguo oficial Fritz Ferchlandt y el “marino rojo” Meseberg, en Brunswick se forma una milicia de mil miembros.

“En fin, en los consejos impulsados por los revolucionarios, el ejecutivo se da estructuras adaptadas a las tareas gubernamentales, con responsables o comisiones, encargados de finanzas, seguridad pública, abastecimiento, problemas del trabajo, etc. Los poderes atribuidos son de todo tipo, tanto judiciales como legislativos o ejecutivos, según la misma característica del poder ”soviético”: incautación y prohibición del Rheinisch-WestfälischerZeitung, el 3 de diciembre, algo después el Essener Allgemeine Zeitung por el consejo de obreros y soldados de Essen, prohibición de cualquier despido y jornada de ocho horas impuesta a los industriales por el de Hanau, aumento del 80 % de los salarios decretado por el de Mülheim, incautación del departamento de prensa y propaganda militar por el de Leipzig. Los políticos más conscientes no se equivocan, y Hermann Müller escribirá que la República de Neukölln está buscando la realización de “una dictadura de clase a la manera de la Rusia soviética”. En toda Alemania, los revolucionarios que participan en la actividad de los consejos están al frente del combate por el segundo poder”.80

Pero a nivel nacional la alianza SPD-USPD actuó sistemática y decididamente para consolidar los resortes esenciales del Estado. Ya mencionamos que el 9-11 Ebert confirmó en sus puestos a todos los funcionarios estatales, incluyendo a los altos funcionarios del Régimen Imperial. El 13-11 el Gobierno “revolucionario” decidió el mantenimiento de la Bundesrat (la Cámara legislativa compuesta por la aristocracia del Reich) y de todas sus prerrogativas. Todos los ministros burgueses conservaron sus puestos – supuestamente “técnicos” – bajo la responsabilidad teórica de los “comisarios del pueblo”81. La administración estatal, histórico coto de caza de los junkers prusianos, permaneció inalterada. Las instituciones judiciales y su personal no fueron tocadas por el poder ejecutivo, y el 16-11 el gobierno prusiano publicó un decreto firmado por Mayoritarios e Independientes afirmando que “[la] independencia de los tribunales no puede ser cuestionada. En consecuencia, es inadmisible que un consejo de obreros y soldados proclame, tal como ya ha ocurrido, que las sentencias de los tribunales deban ser sometidas a su ratificación82. El 11-11 el Gobierno “revolucionario” envió un telegrama al Comando Supremo de las Fuerzas Armadas ordenando que, “en todos los casos, la disciplina, la tranquilidad y el rígido orden militar deben ser conservados en la tropa; y, por consiguiente, es necesario obedecer las órdenes de los superiores hasta el momento de la baja”. En esa misma ocasión el Gobierno decretó que los oficiales y suboficiales debían conservar sus armas y los signos distintivos de su grado, y que allí donde se hubieren constituido consejos de soldados, éstos debían colaborar “sin reserva alguna” con los oficiales en el mantenimiento de la disciplina y el orden83. El día 13 el Gobierno decretó “la obediencia incondicionada” de la tropa a la oficialidad, que “la disciplina y el orden deben ser mantenidos en el ejército” y que “la mayor misión de los consejos de soldados es el impedir cualquier desorden o amotinamiento”84.

El respeto servil de los socialdemócratas hacia la legalidad imperial (sin el Emperador, claro está) sólo tenía parangón en su odio hacia la Revolución proletaria. Su miedo a la Revolución selló su alianza con esas instituciones y ese ordenamiento político que durante décadas habían sido sus más acérrimos enemigos. Cuando tuvieron la ocasión de barrerlos para instaurar esa “democracia pura” que tanto habían dicho anhelar como supuesta condición sine qua non del socialismo, en lugar de hacerlo retrocedieron espantados ante el espectro de esa Revolución que – según las palabras mismas de Ebert ante von Baden – odiaban “más que al pecado”.

12.- Los Mayoritarios veían en los consejos de obreros y soldados organizaciones que debían desaparecer rápidamente en provecho de la democracia constitucional. De allí la reivindicación de una Asamblea Constituyente, pretendidamente representante de todo “el pueblo”, opuesta a los consejos obreros que, en principio, eran los representantes de la clase obrera exclusivamente, y reclamaron la convocación rápida de la Constituyente, a lo que los independientes de derecha no se opondrán.

A partir de la caída del Régimen Imperial, los Mayoritarios tenían consigo no solamente a las burocracias de los sindicatos y del SPD, no solamente a nuevos sectores de trabajadores que despertaban a la vida política, sino también a gran parte de los soldados desmovilizados y a sectores de la pequeña burguesía golpeada por la guerra, quienes ponían sus esperanzas en una reforma democrática de las instituciones estatales. Por un reflejo de instinto de conservación, detrás de los Mayoritarios se alinearon al unísono todas las fuerzas más reaccionarias del Reich, los representantes de las clases dominantes y los poderes del antiguo Régimen Imperial (burocracia, ejército, policía). La burguesía, sus partidos políticos y todas las fuerzas estatales ya se habían rendido a la evidencia que para evitar que la Revolución derribe sus plazas fuertes era necesaria la abdicación del Káiser y la formación de un gobierno socialdemócrata, y aspiraban a que la socialdemocracia cargase con los costos de la capitulación y de la posguerra. Se cumplía así la profecía de Engels previendo la alineación de todas las fuerzas reaccionarias en torno del sector “más avanzado” de la democracia burguesa como último dique de contención contra la Revolución proletaria85.

El USPD, con sus ministros en el Gobierno “socialista”, estaba fundamentalmente de acuerdo con los Mayoritarios en la reivindicación y gestión de la democracia parlamentaria. Sólo sectores de izquierda de los Independientes (en Berlín y entre los delegados revolucionarios) disentían con esa política86.

La situación era trágicamente paradojal. Los partidos que controlaban mayoritariamente a los consejos de obreros y soldados eran los que tenían como objetivo la liquidación de los mismos; mientras que aquellos que radicalmente estaban a favor del régimen de los consejos (los Espartaquistas, la ultra izquierda y sectores de los independientes de izquierda) no tenían un partido propio ni una organización centralizada. En Alemania no existía un Partido bolchevique que, como fue el caso de abril a octubre de 1917 en Rusia, pudo hacer ingentes esfuerzos para que la energía proletaria que creó el sistema de los consejos pudiese no solamente resistir a los intentos de la democracia burguesa de liquidarlos, sino también canalizarla hacia los objetivos de la conquista del poder por sobre el cadáver de la democracia parlamentaria y de sus agentes en las filas obreras.

13.- Al mismo tiempo que el Gobierno “socialista” soltaba lastre para tratar de apaciguar a las masas (levantamiento del Estado de sitio, fin de la censura, amnistía para los presos políticos), los sindicatos controlados por los Mayoritarios y la patronal llegaron a acuerdos que apuntaban a ganar tiempo y amainar la insurgencia obrera, dando espacio y aire a la propuesta política del reformismo. Fueron proclamadas las reformas de las cuales la socialdemocracia había hecho su razón de ser: derecho de voto para las mujeres (como manera de compensar de alguna manera el despido masivo de la mano de obra femenina para posibilitar la reintegración de la mano de obra masculina luego de la demovilización del Ejército), elegibilidad a partir de los 20 años, reglamentación y protección del trabajo, promesa teórica de la jornada de 8 horas (para cuando todos los países más desarrollados la adoptasen conjuntamente; es decir, nunca), fijación del salario y condiciones de trabajo por medio de convenciones colectivas, representatividad de los sindicatos dentro de las empresas, creación de comités de empresa encargados de la aplicación de las convenciones colectivas, extensión del sistema de seguro de salud, creación del sistema de jubilaciones, programa de construcción de alojamientos obreros87. Ello no fue un impedimento para que, en noviembre y diciembre de 1918, las masas trabajadoras desaten de manera espontánea un vasto movimiento reivindicativo que englobó desde los metalúrgicos de Berlín a los mineros de la Alta Silesia y de la Cuenta del Ruhr88. Por su parte, mientras los Mayoritarios, por boca de Ebert, sostenían contra las huelgas que “Socialismo quiere decir trabajar mucho”, los Independientes afirmaban por boca del ministro Dittmann que “Quien tiene la posibilidad de trabajar y no lo hace se vuelve gravemente culpable para con el pueblo y su futuro socialista”.

14.- El Consejo de obreros y soldados de Berlín, dirigido por Mayoritarios e Independientes, osciló entre la impotencia, el compromiso y la capitulación ante la política del Gobierno SPD-USPD89; renunció a toda medida revolucionaria (en particular, a la creación de una Guardia Roja), en el preciso momento en que el Gobierno hacía denodados esfuerzos para reforzar y crear nuevas fuerzas paramilitares de represión90; y fue hasta delegar en los sindicatos dominados por los Mayoritarios (quienes habían traicionado a la clase obrera y la habían subordinado al esfuerzo bélico) la defensa de los intereses inmediatos de los trabajadores91.

Conscientes de que la convocatoria a la Asamblea Constituyente (defendida a rajatabla por la dirección y el ala derecha del USPD) significaba el intento de liquidar los consejos de obreros y soldados, los independientes de izquierda intentaron el 18 de noviembre una tibia resistencia verbal, sin plantear siquiera una ruptura con el Gobierno “socialista”92. Por el contrario, ese mismo día, tras una reunión conjunta entre la dirección del “soviet” de Berlín y las del SPD y del USPD, se acordó que las decisiones del Gobierno debían ser directamente aplicables en caso de unanimidad entre “comisarios del pueblo”, y que – en caso de desacuerdo – el Ejecutivo del “soviet” tendría derecho a intervenir. Los independientes de izquierda se entregaban así a las decisiones de los independientes de derecha (los Hasse y los Dittmann, abiertamente alineados con los Mayoritarios)93. El 23 de noviembre, el suicidio del Consejo de obreros y soldados de Berlín fue proclamado por Mayoritarios e Independientes, dado que el Ejecutivo del “soviet” delegó todo el poder ejecutivo en el Gobierno SPD-USPD94.

Mientras Karl Liebknecht denunciaba la contrarrevolución en marcha en las páginas de Die Rote Fahne, Rosa Luxemburgo calificó al “soviet” de Berlín de “sarcófago de la revolución” y de “quinta rueda del carro de la pandilla gubernamental”.

Los primeros pasos de la contrarrevolución (diciembre de 1918)95

15.- A inicios de diciembre, con la participación activa de los Mayoritarios, los preparativos contrarrevolucionarios estaban ya en marcha.

A partir de la firma del armisticio, la oficialidad más retrógrada (con Hindemburg a la cabeza) buscó oponer los militares del frente a los Espartaquistas y a los consejos de obreros y soldados (COS). El 2 de diciembre las primeras unidades entraron en Berlín con las armas cargadas al son de marchas militares y con las banderas imperiales desplegadas. El día 3 fue convocada una Conferencia de los mandos militares de Berlín, con la participación del Mayoritario Otto Wels (nombrado comandante de la ciudad y futuro presidente del SPD) y del jefe del Estado Mayor del Gardekorps, donde se decidió la constitución de equipos de militares seleccionados para intervenir contra un supuesto “intento contrarrevolucionario espartaquista”. Ese mismo día, en Essen, los revolucionarios bloquearon maniobras preparatorias de militares y de la gran burguesía. El día 4 en Munich se constituyó un consejo de ciudadanos con la participación de Mayoritarios. El día 5 la Unión de suboficiales convocó a una reunión en el Circo Busch de Berlín, afirmando ser un cuerpo de voluntarios en defensa del Gobierno, jurando fidelidad incondicional a Ebert y amenazando a Liebknecht y a Rosa Luxemburgo. El día 6 el COS de Hamburgo descubrió otro complot orquestado por la gran burguesía local con la participación de la tropa y del Mayoritario Emil Krause (director del periódico socialdemócrata local), complot que proyectaba la disolución del COS, y la detención y ejecución, en caso de resistencia, de los jefes revolucionarios Heinrich Laufenberg, Fritz Wolfheim, Paul Frölich, Rudolf Lindau, Erna Halbe.

En Berlín, el día 6, a las 2h de la madrugada, la guarnición recibió la orden de ponerse en estado de alerta. Wels y el comandante Wolff-Metternich decidieron una manifestación de unidades militares, previendo la proclamación de Ebert como presidente del Reich y la detención del Consejo Ejecutivo del COS. La Manifestación se realizó frente a la Cancillería con la participación del regimiento Káiser Franz, de las unidades de comunicaciones y de lanza llamas, de una división de la marina popular y una banda armada de estudiantes, reclamando la disolución del COS y la nominación de Ebert a la presidencia de la República. Haciendo su aparición, y en vez de acusar de alta traición a los participantes a la manifestación, Ebert declaró que semejante decisión incumbía al Gobierno del Reich.

Un comando de 300 militares se dirigió al Landtag de Berlín (donde se reunía el Ejecutivo del COS) anunciando que el Gobierno Ebert-Hasse había ordenado la detención de los miembros del Ejecutivo. La firme reacción del Ejecutivo y el desmentido de Hasse bastó para hacer retroceder a los soldados.

En ese mismo momento, 200 militares ocuparon la sede de Die Rote Fahne, de la que se retiraron ulteriormente por orden de Hasse. Esa misma tarde, una manifestación de soldados dados de baja y de ex desertores organizada por los Espartaquistas fue ametrallada provocando 18 muertes y 30 heridos.96

El 7 de diciembre fue descubierta la existencia de un grupo contrarrevolucionario de 400 oficiales y estudiantes, con ramificaciones en el Ministerio de Relaciones Exteriores y el de la Guerra, y a sabiendas y con el apoyo de Wels.

En reacción contra estos acontecimientos anunciadores de la contrarrevolución, el 8 de diciembre 150.000 obreros desfilaron en Berlín, obligando al frente único movilizado en defensa del Orden a retrasar su desencadenamiento. El desarrollo de aquellos hechos demostró que, para tener posibilidades de éxito, la contrarrevolución debía aún superar cierto amateurismo y desorden. Bastará un mes para que la socialdemocracia mayoritaria subsane esa debilidad apoyándose en la formación de los Freikorps (formaciones paramilitares contrarrevolucionarias).

Por el momento, todos los órganos de la burguesía y de la socialdemocracia mayoritaria (con el Vorwärts a la cabeza) desataron una campaña enfurecida contra los Espartaquistas. El día 7 Liebknecht fue detenido en la sede de Die Rote Fahne por un grupo de militares en contacto con Wels, siendo liberado in extremis por la Prefectura dirigida por el independiente de izquierda Eichorn. El día 9 la sede de la Liga Espartaco fue allanada por soldados enviados por Wels “en búsqueda de ametralladoras”. El día 8, los húsares de la guarnición de Chemnitz hicieron irrupción en el Consejo de obreros de la ciudad, deteniendo a Fritz Heckert y a otros delegados. Fue gracias a la movilización obrera que cercó la guarnición, amenazando con bombardearla, que los prisioneros fueron liberados y los húsares desarmados. Ese mismo día, en Bremen, una campaña de propaganda contra el COS reclamó la intervención de la Entente para ocupar la Alemania septentrional. Y a la espera de poder desatar una ofensiva contrarrevolucionaria en Berlín, el 10 de diciembre el Gobierno acordó con el Estado Mayor la entrada en Berlín de 10 divisiones armadas con municiones provenientes del frente, aparentemente bien controladas por la oficialidad, bajo el mando del General Lequis97. El 12-12 el Gobierno decretó la formación de una “milicia popular” de voluntarios dependiente del Gobierno y no del Ejército. El 14-12 el Gobierno ordenó la entrega de las armas so pena de 5 años de cárcel. Ese mismo día el general Maercker lanzó el llamado a la formación del primer Freikorps de mercenarios bajo el mando de la oficialidad98.

El Congreso de los Consejos de Obreros y Soldados de Alemania99

16.- El 16 de diciembre se reunió en Berlín el Congreso de los Consejos de obreros y soldados de Alemania. De los 489 delegados (405 de los consejos obreros y 84 de los soldados), los Mayoritarios tenían 288 representantes (mayoría absoluta), los Independientes 80, los Espartaquistas 10, los radicales de izquierda 11, los demócratas 10, y 75 eran sin partido. Del total, había 71 intelectuales, 31 Independientes y 164 (sobre el total de 288) Mayoritarios eran periodistas, diputados, funcionarios del partido o sindicales, y sólo 179 obreros y empleados100. Las corrientes antirrevolucionarias dominaban ampliamente en el Congreso.

Los Espartaquistas, junto a los delegados revolucionarios, organizaron una manifestación de 250.000 trabajadores para exigir del Congreso la proclamación de la República Socialista unitaria, que todo el poder fuera a los Consejos de obreros y soldados, que el ejercicio del poder gubernamental estuviese en manos de un Ejecutivo elegido por el Consejo General de obreros y soldados, y para reclamar la destitución del gobierno SPD-USPD, el desarme de los contrarrevolucionarios, el armamento del proletariado y la formación de una Guardia Roja, y para que lance un llamamiento a los proletarios del mundo para la constitución de sus consejos con miras a la realización de la Revolución mundial. Las manifestaciones Espartaquistas se sucedieron en los días siguientes frente al Congreso.

El independiente de izquierda Richard Müller, interrumpido en su Informe por la delegación de manifestantes, continuó más tarde como si nada hubiese pasado. Y el 18-12 el Congreso acogió en un ambiente francamente hostil a una delegación de soldados que representaban 17 unidades y que – a iniciativa de los Espartaquistas – presentó al Congreso sus reivindicaciones relativas al Ejército y a la disciplina militar.

Los Mayoritarios impusieron por 400 votos a favor la reivindicación de la Asamblea Constituyente contra el régimen de consejos y el llamado a elecciones constituyentes. Los independientes de izquierda (Ledebour, Däumig, Richard Müller) reivindicaron el sistema de consejos y opusieron al “socialismo desde arriba” (sic), supuestamente preconizado por los Mayoritarios, el “socialismo desde abajo”, y pretendieron tranquilizar a los tibios (y a sí mismos) asegurando que este sistema no sería el del régimen de los de soviets rusos, la dictadura del proletariado, pues “en Alemania la clase obrera representa la mayoría de la población”

La moción de Däumig proponiendo que los consejos fuesen la base de la autoridad legislativa y ejecutiva suprema fue rechazada por 344 votos, y el Congreso votó la delegación de todo el poder ejecutivo en el gobierno de Ebert, atribuyéndose a sí mismo el rol decorativo de “supervisión parlamentaria” sobre los gobiernos del Reich y de Prusia, pudiendo dar su “opinión” sobre los nombramientos de sus miembros, proclamando así su propio suicidio y su rechazo del esfuerzo incipiente de las masas trabajadoras por darse organizaciones políticas de masa contra el Orden burgués101.

El único traspié de la socialdemocracia fue en el tema militar, al no lograr impedir la adopción de los “7 puntos de Hamburgo”102 (que serán “cajoneados” por el Gobierno, lo que suscitará fricciones y descontentos por parte de la tropa103). Este conflicto será “resuelto” cuando la contrarrevolución terminará por liquidar a los consejos de soldados.

La repartición de roles entre los Mayoritarios y los Independientes de derecha hizo que la socialdemocracia en su conjunto apuntalase al edificio estatal heredado del régimen imperial. Y no será la impotente y estéril oposición de los independientes de izquierda, partidarios de la unidad del USPD, la que modificará en lo más mínimo esa dinámica política.

El equilibrio inestable entre revolución y contrarrevolución104

17.- La victoria de la socialdemocracia en el Congreso nacional de los COS hizo inclinar decididamente la balanza a favor de la contrarrevolución. Pero en Berlín el Gobierno SPD-USPD no tenía aún las manos totalmente libres para iniciar una ofensiva generalizada contra los revolucionarios.

En octubre-noviembre, la acción de los Espartaquistas había generado un desplazamiento de fuerzas en el proletariado de Berlín (lo que le había permitido organizar imponentes manifestaciones y concentraciones multitudinarias durante el Congreso nacional de los COS). Todo ello tuvo repercusiones en el estado de ánimo de la tropa de soldados y marinos estacionados en el Gran Berlín. Esa situación provocó el intento del Gobierno de desplazar y reducir el efectivo de la división de la marina popular de 3.000 a 600 miembros, y cuyo Comité Central, después de la participación de la unidad a la intentona contrarrevolucionaria del 6-12, había destituido a su comandante y lo había reemplazado por un marino (Fritz Radtke), y había participado el 21 de diciembre al desfile de los Espartaquistas y de la Liga de los soldados rojos directamente influenciada por ellos.

La intransigencia del Gobierno y de la autoridad militar de Berlín llevó la situación al punto de ruptura luego de que los marinos fueran atacados por las fuerzas de Wels con un saldo de 3 muertos y numerosos heridos. Los marinos recibieron de fuente gubernamental un ultimátum exigiendo una rendición incondicional, amenazándolos con hacer intervenir la artillería, lo que ocurrió el 24-12 hacia las 7h00, aún antes del fin de la hora fijada por el ultimátum. El enfrentamiento opuso durante dos horas a un centenar de marinos presentes en ese momento a los soldados de las tropas del General Lequis que disponían de un efectivo y de un armamento muy superiores. Tras un corto intervalo,

“Los enfrentamientos recomenzaron a las 10h30. La situación [de los marinos] parecía desesperada, pero los marinos no cedían. (…) Masas de obreros, de militantes de la Liga Espartaco y otros trabajadores organizados, alertados por el bombardeo de la artillería, afluyeron hacia el centro de la ciudad y participaron en el enfrentamiento. Algunas unidades del cuerpo de seguridad y de la milicia republicana se unieron a los marinos. Las mujeres de los obreros, desafiando el peligro, se inmiscuyeron en los rangos de la tropa para explicar a los soldados qué acción infame les hacían hacer. Pocos instantes después, la posición de los agresores se quebró. Los soldados arrojaron los fusiles y desarmaron a los oficiales. Hacia el mediodía, los marinos pudieron cantar victoria. Se contaron 11 muertos entre los marinos y 56 entre los asaltantes”.105

La alianza entre los trabajadores y los marinos hizo retroceder al Gobierno, quien estuvo obligado a retirar de Berlín las divisiones del General Lequis. Este acontecimiento fue la prueba tangible de que la tropa era permeable al clima revolucionario de la ciudad106. La división de la marina popular aceptó ser integrada en la milicia republicana. Wels debió dimitir de sus funciones de comandante militar de Berlín. Un mes más tarde, la contrarrevolución deberá apoyarse en formaciones militares de mercenarios (los Freikorps).

18.- El alineamiento de la dirección del USPD a favor de la Asamblea Constituyente provocó una polarización extrema dentro de este Partido, a favor o en contra del régimen de los consejos. Los Espartaquistas reclamaron un Congreso nacional para zanjar la cuestión, reclamo que la Dirección rechazó. El 14 de diciembre Rosa Luxemburgo publicó en Die Rote Fahne el Proyecto de Programa “¿Qué quiere la Liga Espartaco?” [§III-2].

El 15 de diciembre se reunió la Conferencia del USPD de Berlín. La Moción de Rosa Luxemburgo rechazó la convocación de la Asamblea Constituyente y reclamó la dimisión inmediata de los Independientes del Gobierno Ebert-Scheidemann, el inmediato ejercicio del poder por parte del Consejo de los obreros y soldados, el desarme de la contrarrevolución, el armamento de la población obrera, la formación de una Guardia Roja, la disolución del Consejo de los Comisarios del pueblo y la delegación de los poderes estatales al Comité Ejecutivo de los COS, y la convocación inmediata del Congreso del USPD.

La Moción de Hilferding (independiente de derecha) se declaró por las elecciones y la convocación de la Constituyente, por la colaboración gubernamental con los Mayoritarios, y rechazó la convocatoria a un Congreso Extraordinario del Partido porque para ellos la tarea fundamental de la hora era la preparación de las elecciones fijadas para el 19 de enero.

La Moción de Hilferding obtuvo 485 votos contra 185 a la de Rosa Luxemburgo. La derecha de los Independientes (Hasse, Hilferding, Dittmann, …) reclamó la expulsión de los Espartaquistas. El Partido Independiente estaba prácticamente escindido107. Una parte de los independientes de izquierda, sensibles al humor de las masas, se alineó con las posiciones Espartaquistas de rechazo de la Constituyente108.

Hasta ese momento, el trabajo de los Espartaquistas no estaba centrado en la formación de un Partido comunista diferenciado. Sólo a partir del 11 de noviembre tuvieron un órgano de prensa cotidiano y un incipiente aparato organizativo109, basado en una red laxa de núcleos partidarios en torno de un grupo de dirigentes políticos. Hasta ese momento, los Espartaquistas no constituían una fracción ni tenían un trabajo sistemático con miras a ese objetivo (ni en el USPD ni en el seno de los consejos de obreros y de soldados). Su trabajo político reposaba exclusivamente en la propaganda de Die Rote Fahne y en el prestigio y actividad de sus militantes, y estaba enteramente centrado en una infatigable agitación revolucionaria, multiplicando constantemente manifestaciones, concentraciones de masas y reuniones donde se exigía el derrocamiento del gobierno SPD-USPD. Estas acciones encontraban un eco creciente entre sectores del proletariado en vías de radicalización. Pero existía una enorme distancia entre el prestigio que los Espartaquistas habían ganado durante la guerra y su capacidad organizativa como tendencia política.

Se requirió la conjunción de la situación de crisis dentro del USPD, el clima general de radicalización extrema de la situación en Alemania, y la intervención de Radek como delegado del Partido bolchevique, para que los dirigentes Espartaquistas se decidiesen a provocar la escisión y confluir, junto con los radicales de izquierda de la I.K.D., en la formación del Partido comunista alemán110/111.

Broué describe la situación compleja de la corriente revolucionaria en general, y la espartaquista en particular, durante los meses de noviembre-diciembre de 1918, con su falta de homogeneidad política interna entre quienes, independientemente de una evaluación realista de las relaciones de fuerzas a escala del Reich112, empujaban a un enfrentamiento general que apuntase al derrocamiento del Gobierno Ebert a favor de los COS (por otra parte mayoritariamente en manos de las tendencias antirrevolucionarias), y quienes – como Rosa Luxemburgo – tenían conciencia de la necesidad de conquistar previamente a las grandes masas proletarias; y con el tremendo gap existente entre la capacidad de movilización del espartaquismo y la ausencia de estructura partidaria:

“Tanto en los consejos obreros, como en el seno del Partido Socialdemócrata Independiente, [el trabajo de los Espartaquistas] descansa a la vez en la propaganda de Die Rote Fahne y en el prestigio y la actividad de sus militantes más conocidos. En cambio, fiel a su concepción de la agitación revolucionaria y la puesta en movimiento de las masas, la Liga se esfuerza por movilizar amplias capas de trabajadores a las que quiere clarificar e inspirar la acción espontánea, para la cual multiplica mítines y manifestaciones de masas.

“Para compensar la influencia casi exclusiva de los Mayoritarios sobre los soldados y sus consejos, ha fundado el 15 de noviembre la Liga de Soldados Rojos (…). Liebknecht, agitador infatigable, toma la palabra allí donde las ideas revolucionarias pueden encontrar eco. Columnas enteras del pequeño Die Rote Fahne están dedicadas a convocatorias, llamadas para reuniones, mítines, manifestaciones, desfiles de soldados, de parados, desertores o soldados con permiso. Pero estas manifestaciones, de las que el núcleo Espartaquista no tiene la fuerza, ni el deseo de controlar, son a menudo ocasión, para elementos dudosos que arrastran consigo, de incidentes inútiles e incluso perjudiciales. Los responsables comprenden el peligro que constituye, para la imagen que quieren dar de su movimiento, la acción intempestiva de estos elementos, a menudo extraños al proletariado industrial vinculado a los Espartaquistas. En Die Rote Fahne Rosa Luxemburgo admite el peligro que crean las iniciativas de los desclasados, que son legiones en la capital:

“Desfiguran conscientemente, y sabiendo muy bien lo que hacen, nuestros fines socialistas, y buscan desviarlos hacia una aventura de lumpenproletarios, desorientando a las masas”.113

“Los comunistas del I.K.D. manifiestan igualmente su inquietud frente a las iniciativas que impulsan, por “impaciencia revolucionaria”, y afirman que no es cuestión de pensar en reemplazar al gobierno Ebert por un gobierno de revolucionarios que no descansaría sólidamente en una mayoría de los consejos.

“(…) [El] eco que encuentran las manifestaciones espartaquistas y el gran número de hombres que arrastran dan a los dirigentes, como a los participantes, el sentimiento erróneo de su potencia. Liebknecht puede tener la impresión de que es, por la gente que lo aclama, el dueño de la calle, mientras que, por falta de una auténtica organización, no es ni dueño de sus propias tropas, sobre todo cuando se embriagan con las masas y sus gritos. A estos hombres impacientes y duros que salen de la guerra no es cuestión de darles conferencias, ni cursos de “teoría”, sino consignas claras, precisas, enardecedoras. Falta acción. También en todos los mítines espartaquistas los oradores enjuician al Gobierno Ebert, denuncian su colusión con la burguesía, llaman a su derrocamiento. Las masas que los escuchan se radicalizan, de alguna manera, dentro de un recipiente cerrado, y su voluntad de acción crece a medida que declina la influencia de los revolucionarios en los consejos, a los que están dispuestos a barrer si no las siguen.

“(…) Las octavillas espartaquistas y Die Rote Fahne se desatan sobre “Wels el sanguinario”, los manifestantes son cada vez más numerosos y aparentemente más decididos; ciento cincuenta mil el ocho de diciembre, más de doscientas cincuenta mil el dieciséis, día de la apertura del Congreso de los consejos. Ese día, el discurso de Paul Leví es una llamada a la determinación, a la sangre fría y a la calma. Si el Congreso renunciaba a su misión histórica y convocaba la Asamblea Constituyente, los trabajadores ligados al poder de los consejos sabrían derrocar este régimen como han sabido hacerlo con el anterior. Pero Liebknecht después desata una salva de aplausos cuando llama a la depuración de los “nidos de contrarrevolucionarios”, y en primer plano está el “Gobierno Ebert-Scheidemann”.

“Cuando estallan los incidentes de la “Navidad sangrienta” entre el Ejército y los trabajadores berlineses, serán elementos Espartaquistas quienes, por propia iniciativa, asaltarán el edificio del Vorwärts, y editarán con el nombre de Vorwärts rojo octavillas llamando al derrocamiento de Ebert y a su sustitución por “verdaderos socialistas, es decir, comunistas”. Luego, con la firma de “obreros y soldados revolucionarios del gran Berlín”, dirigen al Gobierno un verdadero ultimátum. De hecho, durante estas jornadas de diciembre en las que la capital conoce una sucesión ininterrumpida de manifestaciones, combates y revueltas, dos líneas políticas distintas se desprenden de la acción de los Espartaquistas. Por una parte, Rosa Luxemburgo desarrolla en Die Rote Fahne las posturas de la Central, según la cual las clases dirigentes agrupadas detrás de Ebert dominan provisoriamente, lo que significa que los trabajadores tendrán que librar la batalla de la campaña electoral, utilizándola como una tribuna para movilizar a las masas. Por otra parte, la Liga de Soldados Rojos, después de las decisiones del Congreso de los COS, llama a una lucha que sólo puede significar una acción preventiva contra las elecciones, y por consiguiente una lucha para derribar al Gobierno.

“Rosa Luxemburgo, con Leo Jogiches y Paul Leví, quienes comparten su punto de vista sobre la cuestión de la Constituyente, son netamente minoritarios en el seno de la Liga Espartaco, donde la corriente izquierdista en favor del boicot de las elecciones es por lejos dominante, incluso si ningún voto puede dar aún idea de la fuerza de cada tendencia. La situación es idéntica en el seno de los I.K.D., donde Johann Knief se pronuncia por la participación en la campaña, por otro lado inevitable, en el marco de las elecciones, y está a punto de ser desbordado por los partidarios del boicot, a la cabeza de los cuales están Paul Frölich y Félix Schmidt. Y las mismas divergencias existen en el círculo de delegados revolucionarios. Sólo por veintiséis votos contra dieciséis se pronunciará, algunos días más tarde, por la aceptación del hecho consumado y, en consecuencia, por la participación en las elecciones bajo la forma de una lucha electoral antielectoralista.

“Entre los representantes de las fábricas aparece más netamente la preocupación de evitar las aventuras y las iniciativas izquierdistas. El 26 de diciembre una asamblea general de delegados revolucionarios y de hombres de confianza de las grandes empresas hace el balance de (los acontecimientos de) la Navidad. Afirmando que comprende el rencor de los obreros revolucionarios, que han querido recuperar el Vorwärts robado a los proletariados por los jefes militares en 1916, la resolución adoptada declara inoportuna la iniciativa de los ocupantes del Vorwärts y se pronuncia por la evacuación del edificio. Firmada por Scholze, Nowakowski y Paul Weyer es publicada en el Die Rote Fahne. Las divergencias son evidentes y públicas, y la cuestión de la actitud frente a las elecciones de la Constituyente, decidida por el Congreso de los consejos, provoca en el movimiento revolucionario nuevas divisiones”.114

La fundación del Partido Comunista de Alemania (Espartaco)

19.- En medio de la gran tensión revolucionaria imperante en Berlín, los días 30-31 de diciembre y 1 de enero de 1919 tuvo lugar el Congreso constitutivo del Partido comunista alemán [KPD(S)], con la participación de 83 delegados de la Liga Espartaco (provenientes de 46 localidades) y 29 del I.K.D.115. El clima general del Congreso estuvo dominado por las tendencias de ultra izquierda.

En la discusión sobre la participación o el boicot a la Asamblea Constituyente se opusieron dos posiciones. Por un lado, la de la Central espartaquista, presentada por Paul Leví, que reivindicó una posición cercana a la que será más tarde el “parlamentarismo revolucionario” de la Internacional Comunista: cuando el proletariado revolucionario no tiene aún la fuerza para derrocar al gobierno burgués ni impedir la convocatoria de la Constituyente, el deber de los revolucionarios es defender sus posiciones antiparlamentarias y en defensa del régimen de los consejos desde la tribuna ofrecida por la Asamblea Constituyente (a imagen de la actividad parlamentaria de Liebknecht durante la guerra). La Central tenía una visión mucho más realista de las relaciones de fuerza entre las clases y dentro de la clase obrera, consciente de que la mayoría del proletariado seguía estando bajo influencia socialdemócrata.

Por el otro, la posición de boicot fue defendida por la ultra izquierda sobre una base “movimentista” e insurreccionalista a corto plazo, o por razones abstencionistas de tipo anarco-sindicalista. Sus portavoces (Otto Rühle, Rosi Wolfstein) hicieron alarde de una verborragia “extremista” que pretendía reemplazar la táctica para tratar de modificar las relaciones de fuerzas entre las clases por formulaciones que, según Rosa Luxemburgo, “no (nos) hacen avanzar ni un solo paso”116. La posición del boicot predominó finalmente por amplia mayoría (62 votos contra 23).


En la cuestión sindical y las luchas económicas se enfrentaron diversas posiciones. En su gran mayoría, los delegados se definieron como antisindicalistas, alejándose así de las posiciones clásicas del marxismo.

La ultra izquierda (Paul Frölich) reclamó el boicot de los sindicatos y su reemplazo por “uniones obreras” (implantadas en las empresas) en las que estuviesen abolidas definitivamente las fronteras entre el Partido y el sindicato.

La del relator (Lange) se opuso a la organización sindical en nombre de la actualidad de los movimientos a favor de la “socialización de los medios de producción”, la que hubiera puesto a la orden del día los consejos de fábrica como base de la organización socialista. Se trataba de una posición representativa de las corrientes consejistas infantiles que oponían los objetivos finales a los objetivos inmediatos y veían en la lucha actual los pasos inmediatos de la transformación social.

La de Rosa Luxemburgo fue en el sentido de Lange, al sostener que “[los sindicatos] no son más organizaciones obreras, sino los protectores más sólidos del Estado y de la sociedad burguesa”. Por consiguiente, es evidente que la lucha por la socialización no puede avanzar sin provocar (al mismo tiempo) la lucha por la liquidación de los sindicatos. Nosotros estamos todos de acuerdo en este punto. Pero nuestras opiniones difieren en lo que hace la vía a seguir. Yo estimo errónea la proposición de los camaradas de Hamburgo (Frölich) tendiente a formar organizaciones únicas económico-políticas, pues a mi modo de ver las tareas de los sindicatos deben ser retomadas por los consejos de obreros, de soldados y de fábricas. Con la liquidación de los sindicatos otras cuestiones quedan planteadas, cuya solución debe ser estudiada a fondo y resuelta de manera decisiva”.117

La tercera posición (Heckert) se opuso al boicot de los sindicatos con argumentos próximos a los clásicos del marxismo, subrayando la adhesión de amplias masas a estas organizaciones, afirmando que los sindicatos deberían cambiar de política con el avance de la Revolución y estarían forzados a adaptarse so pena de desaparecer; que si bien una parte de sus tareas serían asumidas por los consejos de fábrica, aún le quedarían tareas por cumplir; y que la consigna del boicot tendría una influencia perjudicial sobre el trabajo de los comunistas.

El problema fue derivado a una comisión para una deliberación ulterior.


Fue finalmente el largamente aclamado discurso de Rosa Luxemburgo sobre el Programa del Partido, en línea con el documento “¿Qué quiere la Liga Espartaco?”, el que suministró la piedra basal ideológica y programática del KPD(S)118.

Nos detendremos aquí en los puntos fundamentales de su discurso, que explicitan una vez más la concepción del proceso revolucionario y de la función del partido de los fundadores del KPD(S).

Tras rechazar la distinción entre “programa mínimo” y “programa máximo”, característica de la socialdemocracia, sorprende encontrar en este discurso la afirmación de que el derrumbe del régimen imperial alemán y su reemplazo por la República parlamentaria constituyó una revolución política, y no la mera reforma institucional del poder de las clases dominantes en un intento por evitar la Revolución.

Rosa Luxemburgo ve en los consejos de obreros y soldados surgidos de la crisis revolucionaria el “principio salvador” a través del cual se puede “aspirar a la realización del socialismo”. Los errores y las insuficiencias de los resultados obtenidos hasta la fecha habrían sido la expresión de una “ley del determinismo histórico”, de las ilusiones de las masas (e incluso de los revolucionarios mismos) sobre la socialdemocracia en sus distintas variantes. En este primer acto, las insuficiencias y la falta de miras de la Revolución alemana resultarían de haber permanecido en un terreno meramente político, mientras que el objetivo principal de la Revolución estaría en los cambios fundamentales en el campo económico. Pero los obreros habrían ya perdido la ilusión en el Gobierno “socialista” (SPD-USPD), al tiempo que el Gobierno habría perdido el apoyo de las amplias masas proletarias y, cada vez más, el de los soldados (con los que ya no se podría contar como agente de la contrarrevolución). El primer acto de la Revolución habría ya concluido. El Gobierno socialdemócrata se preparaba para el despliegue de una política cada vez más contrarrevolucionaria.

El segundo acto de la Revolución sería el de una lucha de clases cada vez más acentuada. Y ello no solamente como resultado de un combate cuerpo a cuerpo entre la Revolución y la contrarrevolución. El aspecto central de la Revolución estaría constituido por las huelgas que deberían extenderse cada vez más, dando lugar a un cambio fundamental en el terreno económico. La lucha por el socialismo se tendría que librar contra el patrón en todos los lugares de trabajo. El socialismo lo deberían crear las masas, cada proletario, y ésta sería la única manera de poder implantarlo. Las huelgas serían la forma eterna de la lucha por el socialismo, y pasarían a ser el rasgo central y el factor decisivo de la Revolución. Entonces las cuestiones puramente políticas serían relegadas a un segundo plano.

No habría que caer – según Rosa Luxemburgo – en la ilusión de que para realizar la Revolución socialista bastaría con derrocar al gobierno capitalista y poner a otro en su lugar. Para garantizar el triunfo de la Revolución lo primero y principal sería extender en todas direcciones el sistema de los consejos obreros. El problema de la toma del poder se plantearía de la siguiente manera: ¿Qué puede hacer, en cada lugar de Alemania, cada consejo de obreros y soldados? Habría que minar al Estado burgués, poner fin a la separación de los poderes públicos, a la división entre los poderes ejecutivo y legislativo. Habría que construir desde abajo hacia arriba hasta que los consejos de obreros y soldados fuesen tan fuertes que la caída del gobierno fuese el último acto del drama. La conquista del poder sería un acto progresivo, no el resultado de un solo golpe. Paso a paso, en la lucha cuerpo a cuerpo, en cada provincia, en cada ciudad, en cada aldea, en cada comuna, todos los poderes estatales deberían pasar, pieza por pieza, de la burguesía a los consejos de obreros y soldados. Eso requeriría la educación y la disciplina de los militantes en particular y de los proletarios en general. La tarea de los revolucionarios sería hacer entender a las masas que el consejo de obreros y soldados debe ser el eje de la maquinaria estatal, que debe concentrar todo el poder en su seno y que debe utilizar dichos poderes con el único propósito de realizar la revolución socialista. Los obreros aprenderían en el fuego de la acción. Se debería trabajar desde abajo para transformar la estructura de la sociedad119. La característica de la revolución proletaria moderna no sería la de conquistar el poder político desde arriba, sino desde abajo. Paso a paso se debería arrancar – política y económicamente – el poder de las clases dominantes.

La visión luxemburguiana era pues una visión espontaneísta y progresiva de la acción revolucionaria y de la conquista del poder, en la que la clase obrera (iluminada por los revolucionarios) arrancaría, pedazo a pedazo, el poder a la burguesía, tanto en el terreno político como en el económico, y los consejos obreros serían los instrumentos de dicha conquista gradual. Esto explica su visión reductiva de la función del Partido a la propaganda y a la agitación en medio de las organizaciones donde se terminaría por encarnar la voluntad revolucionaria de la clase (consejos obreros y de fábrica).

Estamos aquí alejados de las posiciones de Lenin y de la futura Internacional Comunista, para quienes, si bien las transformaciones sociales y económicas serán realizadas gradualmente, siguiendo un plan central al servicio de toda la sociedad, estas transformaciones serán posteriores a la conquista del poder, es decir, de la instauración de la dictadura del proletariado tras el derrocamiento insurreccional del poder burgués y la destrucción de su Estado. Lejos de ser un proceso gradual y de a pedazos, tanto la conquista del poder político como su ejercicio serán procesos altamente centralizados, dirigidos y ejercidos por el Partido de Clase, por la vanguardia que encarna la conciencia y expresa y dirige la voluntad revolucionaria de la clase obrera.

Las “Tesis sobre el Papel de Partido comunista en la Revolución Proletaria” aprobadas en el II Congreso de la Internacional Comunista (1920) fijarán la posición cardinal del marxismo en esta cuestión fundamental.

En cuanto a la idealización espartaquista de los consejos de obreros u otras formas de organización como “principios salvadores” de la Revolución, es decir, sobre el hacer de la Revolución un problema de formas de organización, Trotsky llevará a cabo una saludable puesta a punto desmitificadora120.

Frente a las posiciones contrapuestas acerca de la organización y del modo de funcionamiento del Partido, estos temas fueron postergados para un futuro Congreso.

20.- Los Espartaquistas estaban ilusionados con la posibilidad de integrar en el KPD(S) a los independientes de izquierda, y sobre todo a los delegados revolucionarios de Berlín, con quienes Karl Liebknecht había tenido un contacto y una actividad muy estrecha desde su liberación y el inicio de la crisis revolucionaria. Sin embargo, las negociaciones (de las que participaron Ledebour, Däumig y Richard Müller) fracasaron ante la oposición intransigente de los delegados contra el boicot de la Constituyente ya decidida por el Congreso; por la exigencia de que el nuevo Partido abandonase la denominación de Espartaco; por el reclamo del abandono de la táctica continua de manifestaciones y concentraciones, tildada de “táctica putschista”, y el establecimiento en común de la “táctica callejera”121; por el requerimiento de participar sobre una base paritaria en la Comisión de elaboración del Programa del nuevo Partido; y por la pretensión de ejercer “una influencia decisiva sobre la prensa y la edición de octavillas” de la organización122/123/124.

Liebknecht concluyó su Informe afirmando que “todas las acciones que tuvieron lugar hasta el presente, lejos de ser provocadas por nosotros, resultaban de la situación. Y veremos ciertamente que, en casos concretos, ante la necesidad, los delegados revolucionarios serán nuevamente plenamente conscientes de su misión. Varios representantes de las fábricas más importantes ya se han pasado abiertamente de nuestro lado, y ello hace esperar que otros harán lo mismo como consecuencia de los acontecimientos actuales”.

Los independientes de izquierda y los dirigentes de los delegados revolucionarios, bien implantados en las empresas e influenciados por aquéllos, permanecerán en el partido de los social-pacifistas Hasse, Dittmann, Kautsky, Hilferding, y se negaron – por razones electorales (boicot de las elecciones constituyentes) y por una desconfianza profunda hacia los sectores más radicales de las masas – a entrar en el mismo Partido que la fracción comunista revolucionaria. Su oposición a la denominación Espartaco implicaba, en realidad, el rechazo de la tradición más radical del movimiento obrero alemán125.

El fracaso del intento de “captar” a la gran mayoría de los delegados revolucionarios constituyó un grave traspié para el Espartaquismo. Ello significó que un amplio sector obrero combativo y organizado de Berlín escapaba a su influencia directa (a pesar de que en los meses de noviembre y diciembre precedentes Liebknecht y Pieck habían participado activa y estrechamente en las reuniones y asambleas de esta corriente influenciada por los independientes de izquierda). Si se tiene en cuenta que otro sector mayoritario de la clase obrera alemana seguía estando influenciada por los Mayoritarios y los independientes de derecha, ese fracaso era un índice claro de que las masas trabajadoras influenciadas directamente por los Espartaquistas constituían un sector muy minoritario del proletariado alemán.

En el momento de su fundación, el KPD(S) no tenía correas de transmisión organizativas en el seno de las masas: ni en los sindicatos, ni en la mayoría de los COS, ni tampoco poseía el control de los delgados revolucionarios de Berlín. Su prestigio y su capacidad nada desdeñable de movilización de masas no tenía correlato organizativo ninguno, lo que estaba agravado por el hecho de que el Espartaquismo mismo estaba carente de una sólida estructura organizativa propia.

La unificación de la mayoría de los independientes de izquierda con el KPD(S) tendrá lugar casi dos años más tarde (en octubre 1920), cuando con el auspicio de la Internacional Comunista las bases combatientes de esa corriente la impondrán a sus dirigentes. Pero, ya para entonces, la primera marea revolucionaria del proletariado alemán habrá sido derrotada por la contrarrevolución.

La derrota del proletariado alemán entre enero y abril de 1919

21.- Dos meses después de la instauración de la República, del gobierno de SPD-USPD y del fin de la guerra, todos los problemas políticos, sociales y económicos que pesaban sobre las masas, lejos de amainar, se exacerbaron. Las ilusiones de las masas trabajadoras de que la democracia y la socialdemocracia aportarían soluciones a la crisis de la posguerra comenzaban a disiparse en amplios sectores obreros. La economía estaba en plena bancarrota, el hambre golpeaba por doquier. El mercado negro no dejaba de expandirse. El sistema estaba al borde del colapso. El militarismo estaba siempre presente y amenazaba con abatirse sobre las masas que habían entrado en la vorágine revolucionaria. La socialdemocracia mayoritaria mostraba, cada vez más, su alianza con el militarismo, sus cuerpos represivos y la patronal; en otras palabras, su papel activo y decisivo de conservación política y social. Como lo plantearon los Bolcheviques y los Espartaquistas, la guerra entre Estados tendía a transformarse en guerra abierta entre las clases.

El USPD no era ninguna alternativa para las masas insurgentes. Tampoco los independientes de izquierda, sin una organización centralizada a escala nacional, sumergidos organizativamente en la socialdemocracia y con una concepción – para decirlo de alguna manera – más que ecléctica de la Revolución. El recién fundado Partido comunista era demasiado débil para ello. Sin un partido político centralizado, con una concepción clara de los principios, objetivos y métodos de la acción revolucionaria que les comunicara la confianza y la seguridad que sólo una vanguardia aguerrida les podía transmitir, de enero a abril de 1919, sectores obreros se lanzaron a la lucha de manera instintiva queriendo modificar localmente las relaciones de fuerza con sus puños, golpeando a la puerta de los partidos y organizaciones obreras con tanta mayor violencia cuanto que los dos partidos más influyentes hacían los oídos sordos a sus aspiraciones profundas.

Mientras las masas estaban sin un Estado Mayor, la burguesía y la reacción sí tenían el suyo. A la cabeza de él estaba la socialdemocracia en el gobierno (Ebert, Scheidemann), y su brazo armado estaba comandado por el flamante ministro mayoritario de la Guerra, Gustav Noske. En tanto que el movimiento revolucionario iba al combate en orden disperso y en olas sucesivas que se expandían por todo el país, la contrarrevolución golpeaba, reprimía y desarticulaba en un baño de sangre uno a uno los intentos del proletariado por defenderse y/o recuperar la iniciativa.

Enero 1919 – Ofensiva y victoria de la contrarrevolución en Berlín

22.- Un auge de huelgas puso en movimiento a las capas más profundas del proletariado. La descomposición avanzada de amplios sectores del Ejército estacionados en Berlín lo volvió no apto para ejercer la represión proyectada por los Mayoritarios del Gobierno y el Estado Mayor.

Los Mayoritarios, por intermedio de Noske (nombrado para la ocasión Comandante supremo de las tropas del Gran Berlín), hicieron acuerdos y se pusieron a la cabeza de los cuerpos especiales de voluntarios organizados desde diciembre por oficiales del Ejército con objetivos declarados de represión del movimiento social y de defensa del gobierno socialdemócrata. El 29 de noviembre Ebert dio instrucciones a Noske de lanzar las formaciones de voluntarios contra los Espartaquistas. La urgencia de iniciar la represión del movimiento revolucionario en Berlín estaba acentuada por la necesidad de evitar grandes movilizaciones durante las sesiones de la futura Asamblea Constituyente.

El 4 de enero, en las afueras de Berlín, Ebert y Noske pasaron revista a una formación de 4.000 voluntarios “de élite” especialmente preparados para tareas contrarrevolucionarias y de contrainsurgencia (ocupación de centros claves de comunicaciones y de depósitos de materiales y municiones; función de policía portuaria; defensa de edificios públicos; combates urbanos y asalto a edificios)126. En esa fecha, el General von Lüttwitz (nombrado en reemplazo del General Lequis) disponía de un total de 80.000 soldados cerca de Berlín.

Conscientes de que la hora de un enfrentamiento ineluctable se volvía inminente entre los revolucionarios (que no se conformaban con la instauración de una República burguesa) y las fuerzas de la contrarrevolución127, el 29 de diciembre los ministros Independientes del gobierno (Hasse, Dittmann y Barth) renunciaron a sus cargos128/129. En esta decisión influyó no sólo la voluntad de no verse “manchados” por la “tarea sucia” de la contrarrevolución dejada a cargo de los Mayoritarios, sino también la perspectiva inminente de la fundación de un Partido comunista liberado del peso muerto del centrismo oportunista, partido que – si los Independientes hubiesen permanecido en el gobierno – hubiera sido entonces el único capaz de canalizar en el futuro la voluntad de lucha contra la reacción y la traición socialdemócratas.

Al mismo tiempo, los Mayoritarios, la burguesía y la oficialidad del Ejército desataron concéntricamente una furiosa e histérica campaña general y de prensa contra los Espartaquistas – acusados de ser los responsables de todos los males que se abatían sobre el pueblo y la Nación alemana -, contra el “peligro bolchevique”, el “terror rojo”, el “caos”, y convocaron el 29-11 a una manifestación masiva (con la participación de 150.000 contrarrevolucionarios) en defensa del Orden, haciendo un llamado a la guerra civil130.

Los Mayoritarios pasaron al ataque a inicios de enero con un decreto revocando al jefe de la prefectura de policía de Berlín, Eichhorn (independiente de izquierda que había sido nombrado en ese puesto por el Comité Ejecutivo del COS de Berlín, y no por el Gobierno, y cuyas tropas habían sido reforzadas con elementos que respondían a la corriente revolucionaria), nombrando en su lugar a un Mayoritario. Se trató de una provocación del Gobierno decidido a apurar un enfrentamiento directo con el proletariado revolucionario de Berlín. Se trataba de una maniobra que formaba parte de un plan general puesto a punto entre los Mayoritarios y el Alto Mando militar131.

Decididos a oponerse a esta medida que tenía objetivos claramente contrarrevolucionarios, los miembros de la Dirección del Gran Berlín del USPD, los delegados revolucionarios y el KPD(S) lanzaron en común un llamamiento convocando a una manifestación de protesta para el 5 de enero. La Central del KPD(S) había decidido que el llamado a la manifestación o a la huelga general no debía proponerse el derrocamiento del gobierno Mayoritario ni el enfrentamiento final (pues una victoria en Berlín exclusivamente hubiese significado el aislamiento del poder revolucionario respecto del resto de Alemania, y se debía evitar una situación como la de la Comuna de París). En la perspectiva de los Espartaquistas, se trataba de ir en el sentido de reclamar la anulación del decreto de destitución, el desarme de los cuerpos contrarrevolucionarios y el armamento del proletariado (lo que teóricamente no era incompatible con la permanencia en el poder de los Mayoritarios)132.

200.000 trabajadores respondieron presente y esperaron indicaciones precisas de los dirigentes convocantes de la manifestación: Ledebour, Däumig, Richard Müller, Eichorn, Dorrenbach133, Liebknecht, Pieck. Mientras las masas estaban a la espera de indicaciones precisas, los dirigentes y un total de aproximadamente 70 delegados revolucionarios (4/5 independientes de izquierda y 1/5 Espartaquistas), deliberaban interminablemente. Dorrenbach aseguró que no sólo la División de la marina popular, sino también todos los otros regimientos de Berlín estaban dispuestos a seguir a los delegados revolucionarios y derrocar por la fuerza al Gobierno Ebert-Scheidemann134 (añadiendo más tarde que tropas de Berlin-Spandau con dos mil ametralladoras y veinte piezas de artillería estaban listas para la lucha). Además de Dorrenbach, dos otros dirigentes de soldados, Stolt y Albrecht, fueron consultados. El primero no se definió, pero dijo que si bien la tropa simpatizaba con los revolucionarios estaban aún indecisas; el segundo sostuvo que en una lucha contra el Gobierno no se podía contar con el apoyo de la tropa de Berlín.

Según el testimonio de Richard Müller, Liebknecht (apoyado por Pieck) declaró que la situación imponía no sólo desbaratar la maniobra contra Eichorn, sino que hacía posible y absolutamente necesario el derrocamiento del Gobierno Ebert-Scheidemann. Däumig y Richard Müller se declararon en contra de esa propuesta por considerarla prematura en el contexto de Reich en general y de Berlín en particular. Ledebour sostuvo que, en caso de lucha, ésta debía ser por la caída del Gobierno.

Tras 24 horas de deliberación que no dejaron de repercutirse negativamente en el estado de ánimo de las masas debido a ese clima de indecisión, la asamblea de representantes terminó por proponer por aplastante mayoría (por 80 votos a favor contra sólo 6 en contra) el derrocamiento del gobierno socialdemócrata y designó a un Comité (¡compuesto de 53 delegados!) encargado de dirigir el movimiento y erigirse en gobierno revolucionario después de la victoria, a la espera de la reelección de los consejos obreros y la reunión de un nuevo Congreso de los COS. A la cabeza del Comité encargado de dirigir la insurrección se nombró a Ledebour por los independientes de izquierda, a Karl Liebknecht por el Partido comunista135 y a Paul Scholze por los delegados revolucionarios.

A menos de una semana de que los independientes de izquierda y los representantes de los delegados revolucionarios rehusaran integrar el naciente KPD(S) invocando las “tendencias putschistas” y el “aventurerismo” de los Espartaquistas y de los “radicales de izquierda”, Ledebour, y los delegados revolucionarios, conjuntamente con Liebknecht y Pieck, se embarcaron en una insurrección sin la mínima preparación ni organización previas, sin siquiera un servicio de información fiable sobre la voluntad insurreccional en los cuarteles, sin un mínimo plan a escala local y, menos aún, nacional136. Todos ellos se encontraron embretados en un intento insurreccional improvisado a último momento, dirigido por un Comité sin ninguna coherencia interna y condenado a la impotencia.

Pero ninguna iniciativa revolucionaria fue lanzada por el Comité que supuestamente debía asumir la dirección de las operaciones, desaprovechando incluso las condiciones favorables que los revolucionarios tenían localmente en Berlín137. En esas condiciones, sin una iniciativa decidida que expresase claramente la voluntad inquebrantable de lograr los objetivos proclamados públicamente, los soldados estacionados en torno de Berlín – que en un principio asumieron una posición de neutralidad – no se plegaron a un intento que de insurreccional sólo tenía el título.

El Comité revolucionario lanzó un llamado a la huelga general para el día 6 (con la intención de proclamar el Gobierno encabezado por Liebknecht, Ledebour y Scholze), huelga a la que se plegaron centenas de miles de trabajadores. Pero las masas no estaban dispuestas aún a una guerra civil. La situación estaba lejos de la madurez revolucionaria para ello. Si bien una vanguardia estaba decidida a una lucha sin cuartel contra los Mayoritarios, los revolucionarios no habían conquistado aún la adhesión – activa o pasiva – de las capas más amplias y profundas de la clase obrera, ya que tras el inicio de los enfrentamientos, en las empresas de Berlín, las asambleas de los trabajadores reclamaban, junto al fin de las hostilidades, “la unidad de todas las corrientes socialistas”, y cuando se pronunciaban por la destitución del gobierno socialdemócrata de Ebert-Scheidemann-Noske reclamaban simultáneamente un gobierno tripartito SPD-USPD-KPD(S)138. Los marinos supuestamente dispuestos a la insurrección se recusaron. Como era de esperar, el Comité Central de los consejos de obreros y soldados, y el Ejecutivo del Consejo de Berlín, apoyaron la decisión del gobierno de revocar a Eichhorn.

El Comité revolucionario estaba sin planes ni propuestas, y por 51 votos contra 10 se aferró a la iniciativa de la dirección del USPD de entrar en negociaciones con emisarios del Gobierno socialdemócrata (¡que decía querer derribar!), mientras la oficialidad del Ejército y el ministro Noske ponían en orden de marcha a las tropas y a los cuerpos francos leales al Gobierno para iniciar la represión masiva centrada en los Espartaquistas. El 8 de enero el Gobierno publicó una proclama anunciando su decisión de aplastar por las armas a la “anarquía”. En vez de tomar la cabeza de una retirada, el 9 de enero el Comité revolucionario llamó, no sólo a la huelga general, sino también a la resistencia armada139. Eso no le impidió aceptar el 9 por la noche una nueva ronda de negociaciones con el Gobierno140. Consciente del desastre que se avecinaba, el KPD(S) quedó con las manos atadas en una situación que le escapaba por completo.

A partir del 8 de enero se desencadenó en Berlín el terror blanco ejercido por los cuerpos francos, terror reclamado a gritos por la prensa burguesa y socialdemócrata. La represión se centró en los comunistas. Los comunistas y revolucionarios hechos prisioneros – aún levantando bandera blanca – fueron abatidos por la soldadesca embriagada de odio. El 15 de enero Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, quienes se negaron a alejarse de Berlín, fueron secuestrados y ejecutados por los guardias blancos. Cientos de miles de trabajadores participaron más tarde en los funerales de estos dos gigantes de la Revolución comunista y los más importantes dirigentes del proletariado revolucionario alemán del Siglo XX141.

23.- Los acontecimientos de Berlín en la primera quincena de enero fueron la prueba de que la situación no había madurado aún suficientemente como para encarar una ofensiva revolucionaria contra el Gobierno Mayoritario con la mira puesta en la conquista del poder y la instauración de la dictadura proletaria. Y ello no sólo porque una victoria en Berlín no habría sido necesariamente acompañada por insurrecciones en otras ciudades claves del país, sino fundamentalmente porque en ese intento la vanguardia revolucionaria no estaba aún apoyada por las grandes masas trabajadoras. En el enfrentamiento entre el Comité revolucionario y el Gobierno Mayoritario las masas obreras berlinesas y la mayoría de los soldados adoptaron una posición de neutralidad y de exigencia de “unidad” de las “fuerzas socialistas”. Es importante detenerse en esta cuestión capital que es la clave de los desarrollos ocurridos en los meses sucesivos.

Las insurrecciones obreras que provocaron la caída del Régimen Imperial y la constitución de los consejos de obreros y soldados estuvieron motivadas principalmente para imponer el fin de la guerra. El ímpetu revolucionario provocó una fuerte sacudida y descalabro del Orden burgués, y generó en las masas la conciencia de la posibilidad de ir más allá del fin de la Monarquía y de la guerra. Quien lo impidió fue la acción conjunta de Mayoritarios e Independientes.

La propaganda y la agitación de los Espartaquistas a favor de la República de los Consejos contra la República parlamentaria y la Asamblea Constituyente estaba a contramano de cuatro décadas de educación y propaganda socialistas. Durante 40 años la socialdemocracia alemana había centrado toda su acción política – y educado a la clase obrera – en la perspectiva de la “socialización de los medios de producción”, de la democratización del Estado, y de la conquista de las mayorías electorales como condición sine qua non del socialismo. Esta perspectiva formaba parte de la conciencia política y objetivos generales de las grandes masas trabajadoras. Y todo ello exigía la “unidad” de todos los socialistas (cuyo primer paso– en la conciencia de las masas – habría sido la formación del Gobierno SPD-USPD). La consigna de la lucha contra el Gobierno SPD-USPD era a su vez una ruptura tajante y completa para con esa “unidad” de corrientes obreras divergentes que había sido una constante de la socialdemocracia alemana. Al inicio de la Revolución, los Espartaquistas estaban completamente desfasados respecto a las tendencias profundas y mayoritarias de la clase obrera, y aparecían como divisores del proletariado.

Aunque desde un inicio estuvieron en contra de los consejos obreros y de soldados, y para no cortar los puentes con las masas en ebullición, los Mayoritarios tuvieron que hacer malabarismos entre su participación en los COS y su defensa del Orden. Los independientes de derecha resolvieron ese dilema propugnando la integración de los COS en las estructuras político-institucionales de la democracia burguesa. Con el pasar de los meses, los Independientes acrecentaron de este modo su influencia en detrimento de los Mayoritarios, a medida que éstos demostraron abiertamente su posicionamiento contrarrevolucionario a través de la movilización de los Freikorps en contra de las luchas obreras y de los COS.

En los meses de noviembre y diciembre, las movilizaciones de la clase obrera de Berlín y de los soldados apuntaban menos a derrocar al Gobierno “socialista” que a desbaratar intentos contrarrevolucionarios y a hacer presión sobre el SPD y el USPD para que vayan en el sentido de esas transformaciones democráticas y socialistas pregonadas durante tantos años.

Así como lo hicieron los bolcheviques entre abril y octubre de 1917, antes de poder plantear como objetivo inmediato el derrocamiento del Gobierno y lanzar la consigna de “todo el poder a los soviets”, los revolucionarios alemanes hubieran debido acompañar a las masas en los altos y bajos de sus luchas, organizar su defensa, demostrar paso a paso las maniobras contrarrevolucionarias de los Mayoritarios e Independientes, conquistar palmo a palmo una influencia decisiva sobre ellas, y tratar de hacer converger centrípetamente sus luchas hacia objetivos comunes, evitando en lo posible intentos insurreccionales inconexos. La dificultad para los comunistas alemanes era aún mayor que la de los bolcheviques, a más no ser porque en Alemania la subida al poder de la socialdemocracia coincidió con el fin de la guerra (mientras que los bolcheviques hicieron de ese objetivo una palanca central para la conquista del poder)142. Aún debían emerger materialmente los ejes estratégicos que permitirían la convergencia de las luchas del proletariado alemán. Ello recién ocurrirá en 1922-1923 como consecuencia de la gravísima situación generada por el Tratado de Versalles.

Los acontecimientos de los meses sucesivos en toda Alemania verán sí un desplazamiento de las relaciones de fuerzas en el seno del proletariado (cuyo mayor beneficiario será el USPD), pero ello ocurrirá en medio de combates secuencialmente desarticulados entre ellos, sin un vector político-organizativo que los unificara, facilitando así a la contrarrevolución el aplastamiento de las masas combatientes y la disolución de los consejos de obreros y soldados143.


En la sesión de la Dirección del KPD(S) del 6-1 y en una dramática carta del 9-1 Radek sostuvo la imposibilidad de lanzarse a la conquista del poder sin contar con el apoyo de las organizaciones de masas del proletariado que, en ese momento, estaban en manos de los Mayoritarios y de los Independientes. Radek señaló que la iniciativa insurreccional era el resultado de la inexperiencia de la vanguardia obrera; que su eventual victoria en Berlín sería barrida en horas por la contrarrevolución; y que ese intento permitía al Gobierno asestar un golpe al movimiento berlinés que podía debilitar al movimiento revolucionario en su conjunto. Refiriéndose a las jornadas de julio de 1917 en Rusia, Radek puso de relieve la necesidad de retener a las masas ante un enemigo que contaba con fuerzas muy superiores; y, en caso de no poder lograrlo, debería conducirlas en la necesaria retirada a fin de evitar una batalla desesperada. En esa misiva se expresaba la voz de un bolchevique con real experiencia de la lucha de clases.

A pesar de que el objetivo original del movimiento en Berlín había sido puramente defensivo (impedir la revocación de Eichorn), Liebknecht se había embarcado, contra la directiva de la Central del KPD(S), en la intentona de los independientes de izquierda y de los delegados revolucionarios para tratar de provocar la caída del Gobierno Ebert-Scheidemann. Pero, a su vez, la decisión del Comité revolucionario hizo que la Dirección del KPD(S) se encontrase entrampada en una situación que le escapó por completo y a la que no supo ni pudo remediar. En lugar de insistir en la necesidad de defenderse contra las maniobras contrarrevolucionarias del Gobierno y de los militares144, los Espartaquistas se sintieron obligados a situarse en el mismo terreno que el Comité revolucionario, terminando por atacarlo por su falta de iniciativa y por haber iniciado negociaciones con el Gobierno145.


En su último escrito publicado146, cuando la derrota del proletariado de Berlín era ya patente, Rosa Luxemburgo extrajo sus lecciones de aquellos acontecimientos. Ella afirmó muy lúcidamente que no se podía esperar “una victoria definitiva del proletariado revolucionario en el presente enfrentamiento, (ni) la caída de los Ebert-Scheidemann y la instauración de la dictadura socialista”. En primer lugar, a causa de la inmadurez política de la masa de los soldados, que todavía se dejaban manipular por sus oficiales con fines contrarrevolucionarios, lo que era una prueba de que en aquel choque no era posible esperar una victoria duradera de la Revolución. Además, la inmadurez del elemento militar no era sino un síntoma de la inmadurez general de la revolución alemana, lo que se expresaba en el hecho de que la onda revolucionaria apenas había llegado a la campaña (de donde provenía un gran porcentaje de la tropa), y en el hecho de que las luchas económicas estaban aún en su estadio inicial. En segundo lugar, por el aislamiento del proletariado de Berlín respecto al resto del país, lo que era principalmente el resultado de la ausencia de coordinación en la marcha hacia delante de las luchas obreras.

Estaba claro que la vanguardia obrera y revolucionaria de Berlín no podía dejar de responder a la provocación gubernamental. Rosa Luxemburgo misma afirmó en su artículo que «la inmediata resistencia que opusieron las masas berlinesas (a la descarada provocación gubernamental) fue tan espontánea y llena de una energía tan evidente que la victoria moral estuvo desde el primer momento de parte de la “calle“». También estuvo claro que los comunistas debían participar en esa resistencia tratando de evitar plantearla en términos que implicasen un enfrentamiento final claramente desesperado. Eso fue lo que había propuesto la Central comunista. Incluso así, nada hubiese podido asegurar que la contrarrevolución no hubiese desencadenado el terror blanco.

Pero luego de señalar que el enfrentamiento entre el proletariado de Berlín y la contrarrevolución en marcha había resultado de une provocación gubernamental, Rosa Luxemburgo se sintió obligada a justificar la táctica de Ledebour y Liebknecht planteada en términos de ofensiva, no en base a consideraciones basadas en una apreciación realista y objetiva de las relaciones de fuerzas en presencia y de sus posibles consecuencias, sino recurriendo a supuestas leyes generales válidas para toda revolución, leyes que obligarían a las masas a no retroceder jamás, sino a avanzar sin interrupción ni respiro:

“Frente a la provocación violenta de los Ebert-Scheidemann, los obreros revolucionarios estaban forzados a tomar las armas. Para la revolución era una cuestión de honor rechazar el ataque inmediatamente, con toda la energía, si no se quería que la contrarrevolución se envalentonase, si no se quería ver quebrantadas las filas del proletariado revolucionario y el crédito de la revolución alemana en el seno de la Internacional.

“Pero hay una ley vital interna de la revolución que dice que nunca hay que pararse, sumirse en la inacción, en la pasividad después de haber dado un primer paso adelante. La mejor defensa es el ataque. Esta regla elemental de toda lucha rige en todos los pasos de la revolución. Era evidente – y haberlo comprendido así testimonia el sano instinto, la fuerza interior siempre dispuesta del proletariado berlinés – que no podía darse por satisfecho con reponer a Eichhorn en su puesto. Espontáneamente se lanzó a la ocupación de otros centros de poder de la contrarrevolución: la prensa burguesa, las agencias oficiosas de prensa, el Vorwärts. Todas estas medidas surgieron entre las masas a partir del convencimiento de que la contrarrevolución, por su parte, no se iba a conformar con la derrota sufrida, sino que iba a buscar una prueba de fuerza general.“Aquí también nos encontramos ante una de las grandes leyes históricas de la revolución frente a la que se estrellan todas las habilidades y sabidurías de los pequeños “revolucionarios” al estilo de los del USPD, que en cada lucha sólo se afanan en buscar una cosa, pretextos para la retirada. Una vez que el problema fundamental de una revolución ha sido planteado con total claridad – y ese problema es en esta revolución el derrocamiento del gobierno Ebert-Scheidemann, en tanto que primer obstáculo para la victoria del socialismo – entonces ese problema no deja de aparecer una y otra vez en toda su actualidad y con la fatalidad de una ley natural; todo episodio aislado de la lucha hace aparecer el problema con todas sus dimensiones por poco preparada que esté la revolución para darle solución, por poco madura que sea todavía la situación. “¡Abajo Ebert-Scheidemann!”, es la consigna que aparece inevitablemente en cada crisis revolucionaria en tanto que única fórmula que agota todos los conflictos parciales y que, por su lógica interna, se quiera o no, empuja todo episodio de lucha a sus más extremas consecuencias.”

Rosa Luxemburgo no veía pues la posibilidad de maniobrar tácticamente en un período revolucionario para conseguir victorias por objetivos parciales (como podría haber sido imponer la anulación del decreto de revocación de Eichorn) que permitiesen consolidar las posiciones de los revolucionarios antes del asalto final. Ella era consciente que, con el planteamiento estratégico de tipo “ofensivista” de su artículo, la lucha revolucionaria no podría estar más que jalonada de derrotas.

“De esta contradicción entre el carácter extremo de las tareas a realizar y la inmadurez de las condiciones previas para su solución en la fase inicial del desarrollo revolucionario resulta que cada lucha se salda formalmente con una derrota. ¡Pero la revolución es la única forma de “guerra” – también es ésta una ley muy peculiar de ella – en la que la victoria final sólo puede ser preparada a través de una serie de “derrotas”!”.

Que las derrotas parciales puedan ocurrir en el curso de una guerra revolucionaria (como es el caso de cualquier guerra), nadie podrá negarlo. Pero teorizar que la victoria sólo puede estar jalonada de derrotas, en base a las consideraciones avanzadas por Rosa Luxemburgo, sería negar que – como en toda guerra – la victoria final sólo puede ser el resultado de la acumulación de fuerzas, de la consolidación de posiciones y del debilitamiento del enemigo. Ninguna guerra victoriosa resulta de una serie ininterrumpida de derrotas.

La ofensiva contrarrevolucionaria en el Reich

24.- Haciendo eco a la movilización del proletariado de Berlín de enero de 1919, los temblores se replicaron:

  • en Brunswick, Dortmund y Düsseldorf el 7 de enero hubo huelgas de solidaridad con los revolucionarios de Berlín y los manifestantes invadieron los locales de los periódicos burgueses;
  • en Dresde, el 9 de enero, una manifestación revolucionaria fue reprimida con un saldo de 15 muertos y la interdicción de toda actividad del KPD(S); demostraciones de masa en Hamburgo;
  • el día 10, en Stuttgart una manifestación armada terminó con un saldo de 5 muertes y la detención de los dirigentes comunistas; Düsseldorf estba en ese momento en manos de los obreros;
  • en Halle violentos enfrentamientos armados opusieron los soldados a la Guardia Roja;
  • en Düsseldorf, el 9 y 10 de enero la milicia obrera tomó el control de la ciudad (el Comité ejecutivo de cinco miembros estuvo presidido por un independiente, en tanto que un comunista dirigía la policía local);
  • en Bremen, una alianza entre Independientes y Comunistas proclamó el día 10 de enero la República de los Consejos; tras sangrientos enfrentamientos que duraron del 3 al 5 de febrero y provocaron un centenar de víctimas, una división de Freikorps con Noske a la cabeza retomó el control de la ciudad; el día 9 de febrero cayó Bremershaven.147

La marea social se amplificó y se extendió sucesivamente: A) en la Cuenca del Ruhr; B) en la Alemania Central; C) nuevamente en Berlín; y, finalmente, D) en Baviera.

A.- La Cuenca del Ruhr148

Esta región constituía el corazón de la industria minera y siderúrgica, y de los conglomerados capitalistas de Krupp, Thyssen y Stinnes. La feroz explotación crónica de los mineros, así como la represión sistemática de sus luchas, empeoraron durante el conflicto bélico149. Los prisioneros de guerra (rusos, rumanos, italianos, franceses), y hombres y mujeres deportados de Bélgica, estaban obligados a trabajar en las minas y maltratados como bestias. El hambre, la escasez de alimentos, los bajos salarios y las jornadas de trabajo de 12 horas como mínimo provocaron las luchas de los años 1916-1917-1918, superando los niveles de la preguerra e involucrando a decenas de miles de trabajadores.

La Revolución de noviembre no encontró una oposición firme en la región. En sus inicios, los consejos obreros estaban mayoritariamente controlados por el SPD. El espectro de la Revolución hizo que la patronal concediese rápidamente la jornada de 8 horas, pero no el aumento de salarios. Los mineros reclamaron la jornada de 6 horas, aumentos salariales y mejores condiciones de trabajo. Los burócratas sindicales se opusieron a las “huelgas salvajes” y a estas reivindicaciones “insostenibles”.

El conflicto entre los mineros y la patronal se radicalizó150. Haciendo suya la histórica reivindicación clasista de la socialización de los medios de producción por parte de un gobierno socialista, y con la ilusión de que el Gobierno de Ebert-Scheidemann-Hasse lo fuese, los mineros del Ruhr exigieron la expropiación inmediata de las minas y su control en manos de los consejos obreros. En un primer momento, el Gobierno jugó la comedia. No satisfecho con las promesas gubernamentales “a futuro”, y con el propósito de hacer presión sobre el Gobierno “socialista”, el 10-1-1919 el consejo de obreros y soldados de Essen decidió ocupar los locales de la Unión Minera, instalar una Comisión de control de 9 miembros e iniciar inmediatamente los trámites de la socialización151.

En medio de la represión de los Freikorps contra los “extremistas” del Reich, y ante el movimiento huelguístico en la Cuenca del Ruhr, el Gobierno buscó entretener a los mineros nombrando “comisarios del Reich” a un sindicalista minero, a un delegado de los consejos obreros del Ruhr y a un Director General de las compañías mineras. Creyendo en las promesas gubernamentales en torno de la “socialización”, los consejos obreros decidieron terminar con las huelgas en curso152. Lo que no impidió que los trabajadores iniciasen los primeros pasos de la “socialización”, realizando elecciones de los delegados a los consejos de los pozos y de las minas. Poco después, a inicios de febrero, la Comisión de control dio un ultimátum al gobierno amenazando con una huelga general si ella misma no era investida con plenos poderes para proceder a la socialización.

Tras violentos enfrentamientos con la resistencia obrera, el Freikorps Lichtzschlag ocupó Hervest-Dorsten el 15 de febrero. El presidente del consejo de obreros y soldados, el comunista Fest y 37 otros trabajadores fueron ejecutados. En represalia, el día 16 fue declarada la huelga general que durará semanas, enfrentando una activa propaganda en su contra de los Mayoritarios y de los sindicatos. Los enfrentamientos armados recomenzaron el día 18. Durante toda la segunda quincena de febrero y todo el mes de marzo, las huelgas153 y los choques armados entre las milicias obreras y los consejos ganados por los revolucionarios, por una parte, y las fuerzas de choque de la socialdemocracia mayoritaria154, las milicias patronales y los Freikorps, por otra, fueron recurrentes y constantes, provocando cientos de muertos y la ejecución a sangre fría de numerosos militantes y trabajadores revolucionarios que participaron en una lucha defensiva y sin cuartel – en medio de lo que puede llamarse propiamente una guerra civil –, durante la cual los obreros se batieron con un coraje, voluntad e iniciativa admirables155.

Índice de la radicalización de la lucha y de las masas, el 30 de marzo 475 delegados en representación de 195 pozos se reunieron en Essen para fundar un nuevo sindicato (la Allgemeine Bergarbeiter-Union, o Unión General de Mineros), adoptando una plataforma de neto corte revolucionario, nombrando una Comisión directiva paritaria de 4 Espartaquistas y 4 Independientes, y declaró a partir del 1 de abril la huelga general hasta obtener la satisfacción de sus reivindicaciones políticas y sindicales156.

El Gobierno declaró inmediatamente el Estado de sitio en toda la región y ordenó la ocupación militar de las minas. A pesar de la represión sangrienta del 31 de marzo, el 1 de abril la huelga se había extendido por la mayoría de los pozos. El número de huelguistas pasó de 159.000 el día 1 de abril a 307.000 el día 10157. El día 4 de abril el movimiento se extendió a la siderurgia. Ese mismo día una Conferencia de 500 delegados en representación de 211 pozos llamó a sumarse a la lucha en curso de los mineros de la Alemania Central y de Silesia. En ese mismo momento las huelgas también concernían a las masas de otras regiones de Alemania (Wurtemberg, Brunswick, Berlín, Frankfurt). El Gobierno decidió acentuar la ofensiva en el Ruhr. El Mayoritario Severing fue nombrado comisario con poderes extraordinarios. El KPD(S), el USPD de la región y el nuevo Sindicato fueron oficialmente disueltos; fueron prohibidas las reuniones convocadas fuera del sindicalismo oficial; el Estado de sitio y la represión fueron reforzados.

Las negociaciones entre el Gobierno, el sindicalismo oficial y la patronal acordaron el 9 de abril la reducción de la jornada de trabajo a 7 horas y la requisición forzada de los mineros. Los Freikorps entraron el 8 de abril en Essen a sangre y fuego y el 9 detuvieron a los 9 miembros de la Comisión de control. El día 15 la Comisión directiva de la huelga fue capturada por los soldados. A pesar de todo ello, la decisión de continuar la huelga fue reafirmada los días 17 y 24 de abril. Incluso en esa situación, ese mismo día 24 el número de huelguistas era aún de 129.000.

Atenazados por el hambre, la violencia de la represión, la detención de sus dirigentes y la dificultad para reunirse, el movimiento declinó progresivamente. El fin de la huelga dio lugar a una verdadera cacería de obreros revolucionarios en toda la Cuenca del Ruhr, con condenas de reclusión y de trabajos forzados. El 6 de febrero de 1920 Severing y las autoridades militares impusieron la obligación del trabajo excepcional. Pero la “paz” impuesta por la contrarrevolución será de corta duración.

B.- La Alemania Central158

Para evitar que estuviese asediada por el proletariado de Berlín, la Asamblea Nacional fue convocada en la pequeña ciudad de Weimar (Turingia, Alemania Central) donde tuvo su sesión inaugural el 6 de febrero. Fue en ese momento que el incendio social involucró a toda la región.

En los centros industriales de Turingia (en particular en Halle y Leipzig) la influencia de los Independientes era predominante. Un cierto número de guarniciones de la región se habían declarado por los “7 puntos de Hamburgo” y contra el decreto del 19 de enero. En numerosas localidades la clase obrera estaba armada y los consejos obreros tenían un fuerte peso político.

Ignorando la oposición del Consejo de soldados de Turingia (que sin embargo no era opuesto a la Constituyente), Noske envió el Freikorps del general Maercker – que había intervenido activamente en Berlín durante los acontecimientos de enero – para disolverlo e imponer el terror contrarrevolucionario. Luego de Weimar, el 18 de febrero fue el turno de Gotha, con enfrentamientos, muertos y heridos y la disolución y desarme de las tropas no “seguras”, y de los consejos de obreros y soldados de la ciudad y de otras localidades vecinas. La huelga general contra la ocupación fue proclamada en Gotha y en otras ciudades. Esta huelga pudo confluir con la huelga general de toda la Alemania Central159 iniciada el 24 de febrero.

El movimiento de la Alemania Central siguió un curso semejante al del Ruhr, centrado en la “socialización” de las empresas. En el mes de enero, los independientes de izquierda habían logrado organizar un Consejo obrero regional provisorio que decidió el día 17 controlar la explotación de las minas de la región de Halle. El día 27 tuvieron lugar en los pozos las elecciones de los delegados a los consejos. La huelga del 24 de febrero fue decidida por una Conferencia de delegados de todas las empresas de la Alemania Central, compuesta por mitad de Independientes y por un cuarto de comunistas, con la participación de delegados mineros, de los consejos de obreros y soldados de los distritos de Erfurt y Merseburg, de las centrales eléctricas, de la industria química y de los ferrocarriles. Sus objetivos eran la “socialización”, la “democratización de las empresas” y la creación de una “base constitucional para los consejos”, consignas caras a los Independientes que dejaban de lado el problema fundamental de saber en qué manos estaba el poder del Estado.

La huelga tuvo un éxito masivo en toda la Alemania Central, paralizando el tráfico ferroviario y decretando la suspensión parcial del suministro de energía eléctrica a Berlín y a otras ciudades. El Comité de dirección de la huelga hizo ocupar por las milicias obreras los puntos estratégicos de Halle.

Mientras que el Gobierno y la Asamblea Nacional jugaban adrede la farsa de la “socialización” con la intención de evitar la convergencia de este movimiento con el del Ruhr, por orden de Noske el Freikorps del general Maercker marchaba sobre Halle, donde entró a sangre y fuego el 1 de marzo. Los obreros opusieron una violenta resistencia a un ataque con morteros, con un saldo de 55 muertos y 170 heridos (los guardias blancos tuvieron 7 muertos y 20 heridos). La huelga fue levantada el día 7. El Estado de sitio impuesto estuvo en vigor hasta el 30 de marzo. Las nuevas “autoridades” pusieron en pie y armaron una “milicia cívica” de burgueses y estudiantes (Freikorps Halle) para el mantenimiento del “orden”. El día 8 de marzo fue el turno de Magdeburgo, con su lote de muertos, heridos y ejecuciones de revolucionarios y la constitución de una “milicia cívica” con un Mayoritario al mando de la policía.

La ocupación militar de Brunswick fue más reñida. Los Espartaquistas tenían ya en el mes de noviembre una fuerte influencia en la región. A iniciativa del comité revolucionario de agitación, el 8 de abril la ciudad fue paralizada por una huelga general de solidaridad con los obreros del Ruhr, de Magdeburgo y de otras ciudades. Una manifestación de masa adoptó un programa inmediato y radical muy parecido al del Comité revolucionario de Berlín del mes de enero160, lo que expresaba la extrema radicalización de la vanguardia obrera, pero también una falta de apreciación realista de las relaciones de fuerzas a nivel nacional, e incluso regional. El poder local pasó a manos del comité revolucionario de agitación quien cerró los locales públicos, organizó la distribución de alimentos, impuso el toque de queda y bloqueó las transferencias bancarias. Los defensores de la ciudad disponían de armas, municiones, cañones y aviones. La huelga de los ferroviarios bloqueaba la movilidad de los Freikorps, y las estaciones vecinas estaban ocupadas por grupos de obreros. El general Maercker avanzó hacia la ciudad con una tropa de 10.000 hombres. Los enfrentamientos comenzaron el día 11 con ataques y contraataques, y con grandes pérdidas en ambos bandos, sin que los Freikorps pudiesen avanzar. Fue en esa situación que el jefe del Gobierno local (el independiente Örter) y el jefe de las milicias populares (el independiente Eckhardt) tomaron la iniciativa de negociar con el general Maercker, pero éste exigió la rendición incondicional de la ciudad. Ni corto ni perezoso, el Gobierno de Brunswick llamó inmediatamente a parar toda resistencia, a entregar todas las armas y a terminar con la huelga. Los Freikorps pudieron entrar en Brunswick el día 17 sin tirar un solo tiro, instaurando el Estado de sitio. El gobierno local fue modificado con la entrada en él de dos representantes del SPD y otros dos del USPD debidamente escogidos.

Desde inicios de noviembre el Gobierno de Sajonia estuvo en manos de los Mayoritarios, particularmente influyentes en Dresde y en Chemnitz. En Dresde, el consejo de soldados, dirigido por un Mayoritario, no dudó en dar la caza a los comunistas y en tirar sobre las manifestaciones de trabajadores desarmados (15 muertos y 55 heridos el 10 de enero). Pero en Leipzig eran los Independientes quienes predominaban en los consejos de obreros y soldados, y éstos participaron en la huelga general de la Alemania Central. A partir del 12 de abril el Estado de sitio fue impuesto en todo el Land, pero el Consejo de obreros y soldados de Leipzig rehusó su aplicación. Tras una primera declaración proclamando la huelga general en caso de ataque de los Freikorps, los Independientes dieron marcha atrás, y el 11 de mayo 20.000 guardias blancos pudieron entrar en la ciudad sin disparar un solo tiro, imponiendo el Estado de sitio, perquisiciones y detenciones en masa.

C.- Berlín, marzo de 1919161

La derrota de los destacamentos de vanguardia del proletariado de Berlín en enero 1919 no significó la desaparición del potencial de lucha de las masas obreras de la región, ni de la imposibilidad de un desplazamiento de fuerzas a corto plazo en su seno. Un índice de ello era el hecho mismo que el entierro de Rosa Luxemburgo y de Liebknecht haya dado lugar a la mayor manifestación de repudio que Berlín haya conocido jamás162. Esa derrota había sido el resultado de una mala evaluación de la situación y de las relaciones de fuerza en el seno del proletariado, y de la dificultad política e imposibilidad organizativa del recién fundado KPD(S) para dar a las masas una orientación firme y homogénea.

Pero las réplicas sísmicas en el Ruhr y la Alemania Central, amén de la agravación de la situación económica y social163, se repitieron una vez más en Berlín. El 28 de febrero la Asamblea general de los consejos obreros de Berlín eligió un nuevo Consejo directivo que representó al desplazamiento de fuerzas hacia la izquierda. Los Independientes obtuvieron 305 votos, los Mayoritarios 271, el KPD(S) 99 y los Demócratas (pertenecientes a un partido burgués “de izquierda”) 95. El Consejo Ejecutivo quedó compuesto con 7 Independientes, 7 Mayoritarios, 2 Comunistas y 1 Demócrata.

A partir del 3 de marzo, Die Rote Fahne hizo campaña por la huelga general agitando las consignas siguientes: reelección de los consejos en todas las empresas, desarme de las bandas contrarrevolucionarias, establecimiento del derecho de reunión, constitución de una Guardia Roja, retiro de las tropas de todas las zonas industriales, liberación de los presos políticos, detención de los asesinos de Liebknecht y Rosa Luxemburgo, enjuiciamiento de los jefes militares y de los dirigentes mayoritarios “traidores a la revolución” y cómplices de los asesinatos de enero, paz inmediata y reanudación de las relaciones diplomáticas con la República de los soviets. Dada la situación general en el Reich, todas estas consignas eran pertinentes, pero no estaba claro si la huelga general sería convocada por la Dirección de los consejos obreros una vez que la renovación de los mismos fuese realizada, o antes de que ello ocurriese; en otras palabras, si la huelga general sería convocada y dirigida por una dirección revolucionaria, o por una dirección con la participación de los Mayoritarios. Tampoco estaba claro si ello debía resultar de la acción en Berlín únicamente, o si debía involucrar a todas las regiones de Alemania. Pero el hecho de que el llamamiento de Die Rote Fahne estaba firmado solamente por la Central del Partido, por su fracción en los consejos de obreros y soldados del Gran Berlín, por los delegados comunistas de las grandes empresas y de la dirección del distrito del Gran Berlín, hace pensar que su perspectiva estaba circunscripta a esta región. Detrás de ese llamamiento no parecía haber una evaluación general de las relaciones de fuerzas a nivel del Reich164, y su alcance iba mucho más allá del necesario llamado a un movimiento de solidaridad para con las luchas en curso en el Ruhr y la Alemania Central, y de oposición a las intervenciones de los Freikorps165.

Ese mismo 3 de marzo, varias asambleas generales de los obreros de grandes empresas votaron resoluciones similares. Bajo la presión de las delegaciones de grandes empresas, el Consejo ejecutivo del Gran Berlín votó por gran mayoría – incluyendo a numerosos delegados Mayoritarios que no quisieron perder toda credibilidad – la huelga general con reivindicaciones que retomaban en gran parte las agitadas por los comunistas166. Los comunistas se negaron a participar del Comité de dirección de la huelga argumentando que había en él delegados Mayoritarios cuya presencia fue impuesta – en nombre de una formal democracia obrera – por el independiente de izquierda Richard Müller (a pesar de que ese mismo día los representantes de los Mayoritarios en los consejos obreros habían publicado una declaración en el Vorwärts disociándose de todo llamado a la huelga)167.

El Gobierno prusiano decretó inmediatamente el Estado de sitio, otorgando a Noske los poderes civiles y militares. Este prohibió toda reunión pública, manifestación y desfile, amenazando con reprimir con las armas y los tribunales militares, y emitió orden de captura contra los miembros de la Central comunista y contra los redactores de Die Rote Fahne. El día 4, los Freikorps recibieron la orden de marchar sobre Berlín. Sus objetivos eran quebrar la huelga, eliminar revolucionarios y desarmar o hacer plegar (por la violencia o la corrupción) a los regimientos de soldados no directamente controlados por el cuerpo de oficiales. Durante los días 5 y 6 de marzo tuvieron lugar enfrentamientos violentos (con granadas, armas pesadas, bombas y aviones) entre los Freikorps y la milicia republicana, en la cual estaba integrada la de los marinos que se habían declarado neutrales durante los acontecimientos de enero, terminando con la disolución de la milicia y la ulterior ejecución de un cierto número de marinos. Algunos milicianos y marinos se unieron a los grupos de obreros que aún resistían. Después de haber sido bombardeados con artillería y morteros, el suburbio obrero de Lichtenberg, donde el KPD(S) tenía una importante presencia, terminó por ser ocupado militarmente el día 12.

La previsible traición de los representantes Mayoritarios en el Comité de huelga ocurrió el día 6 cuando desertaron el movimiento y lanzaron un llamado a terminar la huelga. Lo mismo hizo la Comisión de los sindicatos de Berlín controlado por los Mayoritarios (Richard Müller mismo ya se había retirado del Comité directivo). Ante la ofensiva militar y la deserción de los Mayoritarios, el día 8 de marzo el Comité de huelga declaró el fin del movimiento.

En medio de una campaña de desinformación histérica de la prensa burguesa y del Vorwärts, atribuyendo a los comunistas todo tipo de atrocidades, a partir del día 9 el terror blanco pudo desplegarse en el Gran Berlín, provocando miles de ejecuciones sumarias168. Entre sus víctimas mortales estuvo Leo Jogiches, revolucionario internacionalista ejemplar y pilar del Espartaquismo.

D.- La Baviera169

El reino de Baviera, con una población de 8 millones de habitantes, era una región predominantemente rural y una de las menos industrializas de Alemania. Su población estaba mayoritariamente constituida por un campesinado con pequeñas explotaciones bajo influencia del clero católico. En Munich, la implantación por Krupp de una fábrica de municiones durante la guerra había generado la formación de un proletariado de 6.000 asalariados (sobre una población total de 600.000 habitantes). Muchos de ellos, provenientes del norte de Alemania, trajeron consigo las tradiciones del socialismo. La Revolución de noviembre y la desmovilización hicieron que hacia mediados de diciembre había en Munich 50.000 soldados y marinos establecidos temporalmente de regreso del frente.

La socialdemocracia de la región había sido siempre un reducto del revisionismo y la expresión de la corriente más de derecha del SPD, y la Revolución de noviembre la cogió por sorpresa. El independiente Kurt Eisner170 tuvo un papel descollante en el derrocamiento pacífico de la Monarquía local. Durante la huelga general iniciada el 7 de noviembre, fue él quien, en medio de un mitin, arrastró consigo al proletariado y luego a los soldados de los cuarteles (mientras el SPD miraba los hechos desde lejos). Eisner proclamó el día 8 la “República Independiente de Baviera” y el fin de la guerra. Ese día se formó un “Consejo Nacional Provisorio” representante de consejos de obreros, de soldados y de campesinos, de los grupos parlamentarios del SPD y del USPD del Landtag, del Partido demócrata y de la Liga de campesinos (que agrupaba a pequeños campesinos, colonos y arrendatarios agrícolas), y con representantes de asociaciones económicas y profesionales burguesas171.

Presidido por Eisner, el nuevo poder estuvo configurado por un Gobierno SPD-USPD (con 4 ministros Mayoritarios, 3 Independientes y 1 “técnico” en Finanzas), totalmente alineado sobre posiciones no revolucionarias172. Ni los bancos ni las grandes empresas industriales y financieras fueron afectadas por el Gobierno; los funcionarios de la justicia y de la burocracia fueron confirmados en sus cargos. El Gobierno socialdemócrata promulgó tres reformas: la ley de la jornada de trabajo de 8 horas, el voto femenino y la eliminación de la tutela religiosa en las escuelas públicas.

En los meses siguientes, en presencia del aumento de la desocupación y la inflación de precios, la radicalización del proletariado alemán tuvo su correlato en Baviera. El 7 de enero de 1919 unos 4.000 desocupados intentaron ocupar el Ministerio de Asuntos Sociales de Munich, y la represión policial, bajo la autoridad del Ministro del Interior, el Mayoritario Erhard Auer, dejó un saldo de 3 muertos y 8 heridos. El Gobierno hizo detener a 12 miembros del Consejo revolucionario [entre los cuales Max Levien, dirigente del KPD(S), y a Erich Mühsam (anarquista)], acusados de estar detrás de los disturbios, pero los tendrá que liberar posteriormente bajo la presión de manifestantes. En el mes de febrero, en una masiva manifestación de trabajadores aparecieron las banderolas: “Todo el poder a los consejos”, “Recordad a Liebknecht y a Luxemburgo”, “¡Viva Lenin y Trotsky!”.

El 12 de enero, la elección al Lantag de Baviera demostró la ausencia de base social de los Independientes en general y de Eisner en particular. El USPD sólo obtuvo 2,5% de votos, contra el 33% del SPD y el 35% del conservador y antisemita Bayerische Volkspartei (BVP) que hizo campaña contra la “revolución judeo-bolchevique”173.

El 16 de febrero, justo antes de la primera convocación del Lantag, una multitudinaria manifestación con la participación de los comunistas dio su apoyo a los consejos contra la democracia burguesa. El 21 de febrero, en camino para presentar su dimisión, Eisner fue abatido por un aristócrata y oficial de reserva174. El asesinato de Eisner provocó inmediatamente una huelga general en Munich y en Nuremberg, la huida de la ciudad de los diputados electos y el control de la ciudad por parte de un nuevo Consejo Central de Baviera175 presidido por el Mayoritario de izquierda Niekisch, quien junto con los sindicatos, el SPD y el USPD, se propusieron volver a convocar al Landtag tan pronto como las condiciones lo permitiesen, decretaron la desmovilización de los soldados (que participaron en la Revolución) y la creación simultánea de una milicia republicana de “seguridad pública”176. El 17 de marzo, el Landtag eligió al Mayoritario Hoffmann como jefe del Gobierno con la participación de Niekisch y el apoyo del BVP, de la Confederación campesina de Baviera y del USPD.

Este Gobierno debía hacer frente a la hostilidad de los 40.000 desocupados de Munich, a la radicalización de los soldados y de la clase obrera, y a las disensiones internas entre el SPD y el USPD. El SPD era favorable a una rápida “normalización” de la situación, pero sin influencia sobre la tropa y en la imposibilidad de llamar en su ayuda a los Freikorps de Noske por la presumible oposición del USPD y el rechazo del BVP a toda intervención prusiana. El USPD era favorable a la “socialización” de las grandes empresas, a lo que se oponían el SPD y el BVP. El desabastecimiento de carbón y carburante, junto a la bancarrota financiera de la ciudad, procaron la parálisis del Gobierno.

Mayoritarios, Independientes y Anarquistas pretendieron salir del paso promoviendo la fundación de una fantasmagórica “República de los Consejos” conformada por el SPD, el USPD y el KPD(S), cuya única función hubiera sido confundir a las masas y comprometer y desprestigiar a los comunistas ante los ojos de éstas. Al rechazar esa propuesta, el comunista Leviné177 denunció por demagógica y como una provocación deliberada la propuesta de la constitución de una supuesta República soviética que no resultase de una lucha victoriosa del proletariado, propuesta que era hecha por Mayoritarios que habían combatido con todas sus fuerzas al sistema de los consejos, afirmando que se trataba de provocar así acciones prematuras fácilmente sofocables; que en la primera ocasión los Mayoritarios desertarían, y que los Independientes, luego de colaborar en un primer momento, comenzarían a vacilar, a negociar con la contrarrevolución, y terminarían por traicionar, y que serían los comunistas quienes deberían pagar con sangre el costo de esas iniciativas ajenas. Leviné añadió que la situación en Baviera no estaba aún madura para la proclamación de una República de consejos, y que los comunistas no serían cómplices de una maniobra artificial de una camarilla de políticos.

La farsa de la formación de esa supuesta República de los Consejos, negociada en el escritorio de Schneppenhorst, el Ministro de la Guerra del Gobierno de Hoffmann178, fue proclamada burocráticamente por Mayoritarios e Independientes el 7 de abril, nombrando a Niekisch como a su no menos fantasmagórico primer presidente. Durante una semana, este “Gobierno” decretó sobre el papel la “socialización” de la prensa y de las minas, la reorganización de la banca, el reemplazo de las cortes de justicia por tribunales revolucionarios, la creación de un Ejército Rojo, la confiscación de stocks de alimentos… sin las mínimas correas de transmisión para efectivizarlos.

Tal como lo había previsto Leviné, Niekisch y Schneppenhorst179 huyeron inmediatamente después a Nuremberg, dejando al frente de la flamante “República” a un conjunto improbable de “dirigentes” [el independiente Toller, los anarquistas Müsham y Landauer (sin base organizativa alguna), y un “ministro de relaciones exteriores” en pleno delirio]. Mientras tanto, en la ciudad de Bamberg, Hoffmann formaba muy seriamente un Freikorps de 8.000 hombres para marchar sobre Munich. Pero antes de hacerlo, la milicia republicana (comprada con fondos de la burguesía local) intentó un golpe de mano que fracasó por la fuerte movilización de obreros y soldados, y con la participación activa de los comunistas, con un saldo de 20 muertos y 100 heridos.

Los comunistas estaban en una situación que, para decirlo de alguna manera, era políticamente y organizativamente desesperada. En una situación de guerra civil, con los Freikorps y la socialdemocracia listos para llevar adelante el aniquilamiento físico del proletariado y de los soldados revolucionarios de Baviera, del cual los comunistas serían inevitablemente las primeras víctimas, el Partido comunista debía decidir cómo actuar, habiendo ya conquistado la mayoría de los consejos de fábrica, y sabiendo claramente que era ínfima la probabilidad de salir vencedor de ese enfrentamiento a muerte con las solas fuerzas locales. En esas condiciones, los comunistas podían esperar a lo sumo colaborar y participar en una resistencia lo más eficaz posible, esperando que la movilización del proletariado de otras regiones del Reich viniese en su ayuda180.

El 12 de abril, el periódico comunista “Münchner Rote Fahne” escribió:

“La República de los consejos es un organismo prematuro que ningún acto de heroísmo puede lograr mantener en vida. No se puede escapar a las consecuencias de lo que fue hecho. La reacción se ha puesto en movimiento contra la República de los consejos para golpear a través de ella al proletariado revolucionario, para voltearlo. Entrando en el Consejo Central181 para contribuir a la defensa del proletariado, para participar en la lucha de los soldados de la Revolución, los comunistas indican a las masas obreras cuál es la cuestión crucial: hay que abandonar las ilusiones suscitadas por esta República de consejos, hay que concentrar todas las energías, todas las voluntades en la defensa de la clase obrera. Si las masas lo comprenden, eso querrá decir que habremos transformado una situación desfavorable en una fuerza, en promesa de victoria del proletariado”.

Fue inevitable que las fuerzas revolucionarias de Baviera recurriesen a los comunistas para dirigir su defensa. Cuando aún no habían finalizado los enfrentamientos entre los soldados revolucionarios y la milicia republicana, los consejos de fábrica y de soldados tomaron la decisión de licenciar al pseudo-Gobierno de la pseudo-República soviética, transfiriendo el poder a un Comité de acción de 15 miembros. Al estilo del Gobierno húngaro presidido por Bela Kun, y del Comité revolucionario de Berlín del mes de enero [§III-21], los comunistas aceptaron participar en este Comité, bajo la dirección de Eugen Leviné, y con la participación de Independientes y Mayoritarios que se comprometieron a aceptar las directivas de los comunistas. Una trampa mortal se cerraba en torno de los comunistas. Sin la participación de los Independientes y Mayoritarios, era inconcebible una defensa que involucrase a la mayor parte del proletariado y de los soldados; con la participación de aquéllos, era inconcebible la unidad de voluntad y de acción que son indispensables en una guerra civil.

Los comunistas182 formaron comisiones encargadas de la cuestión militar, de la lucha contra los contrarrevolucionarios, de la propaganda y de la economía. Los obreros fueron armados (se distribuyeron entre 10 y 20 mil fusiles) y se organizó un embrión de Ejército Rojo (comandada por el marino Egelhofer). Se inició el desarme de la burguesía. Los consejos de fábrica asumieron la administración de la ciudad. Ante el desabastecimiento de la localidad, se requisaron los productos de alimentación. Se estableció un control severo de los movimientos bancarios y de las comunicaciones telefónicas y telegráficas, así como el control obrero en las empresas, y se prohibió la publicación de la prensa burguesa.

Los soldados de Baviera rehusaron unirse a los Freikorps para reprimir a la República de los consejos de Munich. Como Noske estaba “ocupado” en otras latitudes, Hoffmann prosiguió el reclutamiento de mercenarios puestos bajo el mando del capitán Röhm (el futuro jefe de los SA del Partido nazi), dedicándose a arrestar y ejecutar a comunistas de la Baviera septentrional.

Los días 15 y 16 de abril las milicias rojas repelieron un ataque de 800 guardias blancos, infligiéndoles una dura derrota en Dachau. En el sur de Munich, la ciudad de Rosenheim fue conquistada tras violentos combates. El 22 de abril entre 12 y 15 mil milicianos revolucionarios desfilaron en Munich.

En Baviera se tendrá una repetición general de lo que ocurrirá con el Gobierno soviético en Hungría.

“Para hacer aplicar la mínima medida, incluso las más urgentes, los comunistas debían agotarse en interminables discusiones en el Comité Ejecutivo. El reglamento electoral para las asambleas plenarias de los consejos de fábrica daba un peso desproporcionado a las pequeñas empresas, y los consejos, que no habían sido renovados, incluían también a redactores de la prensa burguesa y a miembros de la milicia republicana disuelta. Los comunistas estaban obligados a defender su política en este foro, enfrentando cotidianamente a Toller, un día para rechazar fantásticos planes militares ofensivos, al día siguiente para estigmatizar las negociaciones que él había iniciado por su propia iniciativa con los guardias blancos. Toller podía estar obligado a callar, pero cuanto más se acercaba el enfrentamiento decisivo, más reinaba una atmósfera de capitulación”.

El 26 de abril Ernst Toller (USPD), Gustav Klingelhöfer (SPD) y Emil Männer (USPD) atacaron a los comunistas por ser “extranjeros en Baviera”183, oponiendo “la dictadura del amor” a la dictadura del proletariado, y reclamando la apertura de negociaciones con el Gobierno de Hoffmann. Los comunistas se retiraron del Comité de acción luego de que éste votara la constitución de un “gobierno de autóctonos”.

Hoffmann rehusó toda negociación. Noske congregó un Ejército con decenas de miles de guardias blancos para dar el asalto final184. El 30 de abril los Independientes hicieron correr el rumor de que Egelhofer había ordenado la retirada y desertaron masivamente el frente, dejando abierta la brecha que permitió, prácticamente sin lucha, la entrada de los Freikorps en Munich, generando la desagregación de las milicias rojas. En ciertos barrios de la ciudad, la lucha duró hasta el 3 de mayo.

De una violencia y salvajismo inauditos, el terror blanco que se abatió sobre el proletariado, los soldados revolucionarios, los comunistas y los barrios obreros no le quedó atrás al de los meses de enero y marzo en Berlín. Mientras que el “terror rojo” había llevado a la ejecución de 10 conspiradores contrarrevolucionarios y a la detención preventiva como rehenes de varios centenares de notables de la ciudad, los esbirros de Noske asesinaron indiscriminadamente entre 600 y 1.000 víctimas185. Los tribunales de Hoffman emitieron 2.209 condenas con cantidad de ejecuciones “legales” (pero todos los socialdemócratas que habían participado de la segunda República de los consejos fueron absueltos).

Eugen Leviné fue juzgado el 4 de junio, condenado a muerte y fusilado. Su valerosa defensa en el tribunal fue una acusación sin concesiones de la socialdemocracia mayoritaria y de los Independientes, poniendo en guardia al proletariado contra el accionar de unos y otros:

“Los socialistas mayoritarios aprovecharán del primer pretexto para retirarse, traicionando deliberadamente a los trabajadores. Los Independientes colaborarán, luego comenzarán por vacilar, a negociar y a transformarse inconscientemente en traidores. Y nosotros, los comunistas, deberemos pagar por vuestras iniciativas con la sangre de los mejores de los nuestros”.186

La derrota del proletariado en Baviera tendrá consecuencias a muy largo alcance. La Baviera se volverá uno de los centros más importantes de la reacción alemana y en la cuna del nazismo.

El fin de la farsa de la “República Socialista”

Durante los meses de noviembre 1918 a enero 1919, el Gobierno “socialista” había mantenido la ficción de que sus atribuciones ejecutivas emanaban de los Consejos de obreros y soldados (primero de Berlín, luego de todo el Reich), lo que había dado lugar a discusiones interminables y ociosas entre Mayoritarios e Independientes y entre el Gobierno y los consejos centrales de Berlín y del Reich. Con el avance de la contrarrevolución, con la marginalización de los Independientes tras su salida del Gobierno y su no participación en el Consejo Ejecutivo del Reich, este último se había transformado en una simple marioneta del Gobierno. Fue pues sin el menor inconveniente que el 4 de febrero de 1919 el Consejo Central de los comités de obreros y soldados transfirió formalmente sus “poderes” (que desde hacía rato eran puramente ficticios) a la Asamblea Constituyente controlada mayoritariamente por partidos abiertamente burgueses187.

25.- Siguiendo un plan sistemático de desarme de las organizaciones de obreros y soldados que habían participado en la Revolución de noviembre, y de eliminación de los consejos obreros que no estaban alineados con la política de los Mayoritarios, el Estado Mayor de la contrarrevolución logró evitar la conjunción de los movimientos de enero en Berlín con el del Ruhr del mes de febrero, y el de éste con el de Alemania Central y de Berlín en marzo, y el de este último con el sobresalto del Ruhr del mes de abril, y por último con el de la Baviera. La división del proletariado en tres corrientes políticas, la influencia dominante que sobre él ejercía la socialdemocracia en su encarnación contrarrevolucionaria de los Mayoritarios y en la antirrevolucionaria de los Independientes, hicieron que la insurgencia del proletariado alemán (que generó materia ígnea suficiente como para hacer tambalear al Orden burgués), se diluyese en una sucesión de combates locales, inconexos, desarticulados, sin poder converger raudamente en un torrente incontenible. La débil influencia política y organizativa del comunismo alemán fue la otra faz de esa dramática situación histórica.

El primer capítulo de la revolución alemana se termina con una sucesión de derrotas sangrientas, una interminable serie batallas locales sin coordinación alguna, el asesinato de los mejores representantes del proletariado en manos de la alianza sellada entre el Ejército y la socialdemocracia, y un golpe terrible a la estructuración de la vanguardia comunista que daba sus primeros pasos como partido autónomo. En los años sucesivos, ninguna de las dirigencias sucesivas del comunismo alemán podrá reemplazar el vacío dejado por dirigentes revolucionarios de la talla de Rosa Luxemburgo, Liebknecht y Leo Jogiches.

El período que va de enero a abril 1919 fue la prueba tangible e irrefutable de que, para tener una posibilidad de victoria, las masas tienen necesidad de un Estado Mayor para llevar adelante su lucha contra la burguesía y sus cómplices en el seno del proletariado mismo; que no basta la siempre necesaria voluntad de las masas para enfrentar al enemigo de clase; en otras palabras, que una revolución victoriosa necesita de un Partido centralizado, aguerrido, consciente de las tareas que la Historia le impone, con una influencia decisiva sobre la mayoría del proletariado, y capaz de dirigirlo tanto en los períodos de alza como de reflujo. Tal será la tarea que se fijará la Internacional Comunista.

El Primer Congreso de la Internacional Comunista (Marzo 1919)188

26.- En medio del bloqueo internacional, de la guerra civil y de agresión de las potencias occidentales contra la Rusia Soviética, el Partido bolchevique reunió el 4-3-1919 en Moscú a representantes de partidos y corrientes y grupos comunistas y socialistas189, dando lugar a la fundación de la III Internacional (Comintern).

Este Primer Congreso apuntó a comunicar al proletariado mundial la existencia y la voluntad de una vanguardia que procuraba poner en pie una nueva organización internacional, exenta de toda corriente reformista, oportunista y social-imperialista, que se proponía ponerse a la cabeza de la marea revolucionaria de la posguerra, comenzando por enunciar sus principios fundamentales.

Las Tesis sobre “Democracia burguesa y dictadura proletaria”, la “Plataforma de la Internacional Comunista” y el “Manifiesto” final del Congreso estaban directamente inspirados en las directrices leninistas del “Estado y la Revolución”, del “Imperialismo, fase superior del imperialismo” y de las Tesis de la Izquierda de Zimmerwald190:

  • La primera guerra mundial, la Revolución de Octubre y las insurrecciones del proletariado en Europa abrían el período histórico de la crisis general del capitalismo mundial:

“El período actual es el de la descomposición y el hundimiento de todo el sistema capitalista mundial (…). La tarea del proletariado consiste en la actualidad en apoderarse del poder del Estado. La [destrucción] del poder del Estado de la burguesía y la organización de un nuevo aparato del poder proletario. (…) El período revolucionario exige que el proletariado recurra a un método de lucha que concentre toda su energía, a saber, la acción directa de las masas hasta su consecuencia lógica, el choque directo, la guerra declarada con la máquina gubernamental burguesa. A este objetivo deben estar subordinados todos los otros medios (…)”.

La Revolución rusa de 1917, los levantamientos y luchas obreras en Alemania de octubre 1918 a abril de 1919, y la efímera victoria de la Revolución Húngara (marzo-agosto 1919), eran las primeras oleadas incandescentes del auge revolucionario en la Europa de la posguerra.

  • En este período la tarea del proletariado era la conquista del poder del Estado, lo que significaba la destrucción del aparato estatal de la burguesía y la organización de un nuevo poder proletario. El nuevo aparato estatal debía representar la dictadura de la clase obrera y ser el instrumento del derrocamiento sistemático de la burguesía y de su expropiación. El nuevo poder estatal revolucionario era incompatible con la democracia burguesa y el parlamentarismo, y estaba basado en el poder de los soviets (consejos) obreros.
  • La dictadura del proletariado era el instrumento de la abolición de la propiedad privada de los medios de producción y de distribución, y de su transformación en propiedad colectiva, entregada al Estado proletario y a la administración socialista. Las tareas esenciales inmediatas (al orden del día) eran: la expropiación de la gran industria y de los bancos y sus centros de gestión y organización; la confiscación de las tierras de los grandes terratenientes y la socialización de la producción agrícola capitalista; la instauración del monopolio del comercio; la socialización de los grandes inmuebles en las ciudades y de las grandes propiedades en el campo; la administración y centralización de las funciones económicas entre las manos de los organismos que emanaban de la dictadura del proletariado, realizando la mayor centralización de los medios de producción y de distribución según un plan único.
  • El método fundamental de la lucha era la acción directa de las masas hasta su conclusión lógica, el choque directo, la guerra declarada contra la máquina gubernamental de la burguesía. Todos los otros medios de acción (inclusive la participación revolucionaria al parlamentarismo burgués), debían estar subordinados a este objetivo supremo.
  • Condición previa de la lucha revolucionaria victoriosa eran las rupturas contra el reformismo socialdemócrata (los Noske, Scheidemann y Ebert en Alemania; los Turati en Italia, …) y contra el “centrismo” socialdemócrata (los Kautsky, Hasse, Ledebour en Alemania, y más tarde la Internacional comprenderá que de esta corriente también formaba parte la dirección “maximalista” del PSI), es decir, con aquellos que pretendían conciliar revolución y reforma, soviets y parlamentarismo, dictadura del proletariado y democracia burguesa, y rehusaban – por eso mismo – romper con la derecha abiertamente contrarrevolucionaria.

Todos estos temas serán ampliamente desarrollados en julio-agosto de 1920 durante el Segundo Congreso de la Comintern, donde se tratará de pasar de los enunciados programáticos generales a las cuestiones de principios, de estrategia, de táctica y de organización, amén del establecimiento de los criterios que darán lugar a la selección de las fuerzas que deberían integrarse en la III Internacional.


Notas

1 El lector encontrará en Pierre Broué, Revolución en Alemania (1917-1923), capítulos IV al XII, un excelente tratamiento detallado de los temas aquí esbozados. [http://www.marxistarkiv.se/espanol/clasicos/broue/revolucion_en_alemania.pdf]. También podrá consultar Gilbert Badia, “Le Spartakisme (1914-1919)”, ed. L’Arche, 1967. Una importante recopilación de documentación original (traducida al italiano) se encuentra en G.A. Ritter & S. Miller, “La rivoluzione tedesca (1918-1919)”, ed. Feltrinelli, 1969.

2 En la reunión previa al voto, 14 diputados socialistas se declararon en contra de la propuesta mayoritaria y a favor de la abstención (entre ellos Liebknecht, Ledebour, Hasse y Otto Rühle). Colmo de la humillación, fue Hasse quien motivó en el Parlamento el voto favorable del bloque socialista: “Necesitamos salvaguardar la cultura y la independencia de nuestro país (…) No abandonaremos a nuestra Patria en esta hora de peligro”. [A. Joseph Berlau, “The German Social Democratic Party, 1914-1921”, Columbia Universituy Press, 1949, p.75]

3 La convocación a reunirse para discutir de la situación, enviada el 4 de agosto a centenares de simpatizantes de la izquierda radical por Rosa Luxemburgo, Franz Mehring, Ernest Meyer, Käthe y Hermann Dunker, Hugo Eberlein, Wilhem Pieck y Julian Kaarski-Marchlewski, sólo recibió la respuesta favorable de Clara Zetkin. [Badia, op.cit., p.15]

4 Broué, op.cit., §IV, pp.33-36, 40 y 43.

5 Ibidem, p 37.

6 En la declaración de fundamentación de su voto, Liebknecht declaró: “Esta guerra (…) es una guerra imperialista, una guerra por la dominación del mercado mundial (…) La consigna alemana «Contra el zarismo» sirve – al igual que la consigna lanzada en Francia e Inglaterra «Contra el militarismo» – a movilizar al servicio del odio chovinista los instintos más nobles, las tradiciones revolucionarias y las esperanzas del pueblo (…) La liberación del pueblo ruso como la del pueblo alemán deben ser obra propia. Lo que importa es exigir una paz rápida, una paz sin anexiones, que no sea humillante para nadie. Sólo puede ser sólida una paz que esté basada en la solidaridad internacional de la clase obrera y en la libertad de todos los pueblos”. [Badia, op.cit., pp. 42-43]

7 «La inflación financia los gastos públicos. Los precios de los productos alimenticios aumentan en un cincuenta por ciento en los dos primeros años, mientras que los salarios permanecen congelados. El dirigente sindicalista Winnig llega incluso a afirmar: “Por encima de los intereses momentáneos de los asalariados, está la independencia nacional y el espíritu de economía de todo el pueblo”. Pronto el conjunto de los salarios, incluso los de los obreros cualificados, tiende hacia un mínimo alimenticio, e incluso está seriamente comprometido por el racionamiento y sobre todo por la penuria. El pan está racionado desde el 1 de febrero de 1915; después le toca a la grasa, la carne, las patatas. El invierno de 1915-1916 es el terrible “invierno de los colinabos”: las cartillas de racionamiento dan “derecho” – si los almacenes están aprovisionados – a 1,5 kg de pan, 2,5 kg de patatas, 80 gm de mantequilla, 250 gm de carne, 180 gm de azúcar y 1/2 huevo por semana, un total que cubre la tercera parte de las calorías necesarias». [Broué, op.cit., §IV, p.40]. Incluso antes del inicio de la guerra, el 2-8-1914, los sindicatos y la patronal firmaron un acuerdo prohibiendo las huelgas y los lock-out, y en 1916 los Socialistas Mayoritarios no se opusieron a la ley estableciendo la militarización de la mano de obra asalariada. [Ibidem, pp.33 y 53]

8 En una carta del 11-2-1915, Rosa Luxemburgo menciona una reunión del SPD en un sector de Berlín con la participación de aproximadamente 600 adherentes, de los cuales la casi totalidad condenaban la política de Unión Sagrada, añadiendo que no era para nada un acto aislado. [Badia, op.cit., pp.341-342]

9 Contenido del panfleto de Liebknecht (ya movilizado) en ocasión de la declaración de guerra de Italia contra Alemania (mayo de 1915). [Ibidem, p.40]

10 Ibidem, pp.43-44.

11 Ibidem, pp.45-47.

12 Ello fue la consecuencia de una cierta visión de la función del Partido que la diferenciaba radicalmente de la visión leninista. En marzo de 1917, Rosa Luxemburgo afirmó que “La Liga Espartaco no es una tendencia histórica de más en el conjunto del movimiento proletario alemán. La Liga se caracteriza por una actitud diferente en todas las cuestiones de táctica y de organización. Pero pensar que sea necesario formar dos partidos bien distintos correspondientes a estas dos tendencias de la oposición socialista [los Independientes y los Espartaquistas] sería una interpretación puramente dogmática de la función de los partidos”. [Der Kampf, 31-3-1917, citado en Chris Harman, “La révolution perdue”, www.marxists.org/francais/harman/1982/lrp/harmanrevolutionperdue.pdf (p.51)].

13 Ibidem, pp.48-49. Entre los críticos de Rosa Luxemburgo que señalaban la necesidad imperiosa de separarse organizativamente del social-imperialismo reformista, como también del centrismo de los Kautsky y congéneres, estaba no solamente Lenin, sino también Karl Radek, quien tenía influencia entre los socialistas de Bremen. [Broué, op.cit. §IV, pp.80-82]

14 www.marxists.org/francais/luxembur/spartakus/programme.htm

15 Badia, op.cit., p.92-93. Aunque no se pueda dejar de lado, entre los factores que estuvieron a la base de este retraso, la constante presión represiva del Estado burgués y de la socialdemocracia contra los militantes y contra toda la actividad de los Espartaquistas.

16 No nos es posible seguir aquí la evolución de las posiciones teóricas de Rosa Luxemburgo, desde “Reforma o Revolución” de 1899 a su discurso en el Congreso de fundación del KPD(S) de diciembre 1918, pasando por “Huelga de masa, partido y sindicato” después de la Revolución de 1905, el “Folleto de Junius” de 1915 y sus escritos ulteriores sobre la Revolución rusa, y sus importantes polémicas con Lenin sobre los problemas de organización en la socialdemocracia rusa (cuestión que remite directamente a la concepción de uno y otro sobre el papel del partido político y su vínculo con la clase).

17 Para una presentación de la ultra izquierda holando-germana, cf. Philippe Bourrinet, “La gauche communiste germano – hollandaise, des origines à 1968” [https://www.bataillesocialiste.files.wordpress.com/2015/01/gch-bourrinet-rev-2sansremerciements.pdf]; o la versión inglesa actualizada: “The Dutch and German Communist Left (1900–68)” [www.left-dis.nl/uk/dutchleft.pdf].

18 Broué, op.cit. §V, pp.50-51.

19 En una carta a Victor Adler del 7-8-1916, Kautsky explicó la razón de la constitución de esa “oposición leal”: “El peligro que nos amenaza del lado de Espartaco es grande. Su extremismo corresponde a las necesidades actuales de las amplias capas ignorantes (¡sic!) (…) Si la izquierda del grupo parlamentario [los centristas, ndr.] se hubiesen manifestado hace un año afirmando su autonomía, como yo lo deseaba, el grupo Espartaco no hubiera adquirido ninguna importancia (…) Nosotros somos el centro; de su fuerza depende que sean superadas las fuerzas centrífugas de derecha y de izquierda, o que no lo sean” [Badia, op.cit., p.70]. En esa misma carta, Kautsky señaló que Liebknecht se había vuelto en las trincheras el personaje político más apreciado por los soldados como consecuencia de su voto de diciembre de 1914 contra los créditos de guerra [Ibidem, p.109].

20 Broué, op.cit., §V, p.51.

21 Badia, op.cit., p.87-91.

22 Los Espartaquistas no se hicieron ilusiones sobre la voluntad de lucha de los Independientes, quienes rechazaron sistemáticamente cualquier unidad de acción con ellos. En un artículo sobre los diputados socialistas que se abstuvieron en la votación de los créditos de guerra en diciembre de 1915 (titulado “Los decembristas de 1915”), Liebknecht constataba que la oposición parlamentaria de éstos tenía el sello “de espíritus ponderados” que “se comportan gentilmente y con distinción, como corresponde a socialdemócratas bien educados, en estos tiempos de guerra mundial y de estado de sitio; ¡sigue así la Unión Sagrada!”. En una carta a su marido, la Espartaquista Käthe Duncker escribió: “Me temo que estemos obligados a romper [con Ledebour y Joseph Herzfeld]. Son frenos para cualquier, verdaderamente cualquier actividad”. En un opúsculo titulado “Una de dos” de inicios de 1916, Rosa Luxemburgo señaló que “[en los Independientes] no hay la menor traza de lógica, de voluntad de acción, de rigor teórico; sólo semi-medidas, debilidades e ilusiones”. [Ibidem, p.85-86]

23 Los “opositores leales” tampoco se salvaron de la represión de los Mayoritarios, llevada a cabo hasta con el apoyo directo del Estado. En octubre de 1916 las autoridades expulsaron manu militari a la dirección centrista del Vorwärts, y luego entregaron el periódico al Comité Ejecutivo del SPD. [Broué, op.cit. §IV, p.69]

24 Ibidem, p.53.

25 Lenin, “¿Qué hacer ahora?”, 9-2-1915. En “Las tareas de la oposición en Francia (carta al camarada Safarov)” del 10-11-1916, Lenin se declara por la escisión en Alemania entre los Espartaquistas y centristas. Radek y un número minoritario de Espartaquistas también estaban por la formación de un partido revolucionario sin los centristas. [Broué, op.cit., §IV, p.55; Badia, op.cit., p.120]

26 El 28-6-1916, con ocasión de la condena de Liebknecht por un tribunal militar a 30 meses de cárcel, 55.000 trabajadores se declararon en huelga y manifiestaron en Berlín, Brunswick, Bremen, Stuttgart y Leipzig. En apelación, la condena fue llevada a 4 años de cárcel y a 6 años de privación de derechos cívicos. Según un informe del Ministerio de la Guerra con fecha del 6-12-1916, “la agitación de la socialdemocracia revolucionaria no deja de ganar terreno: es el caso en todo el Reino de Sajonia, pero también en Baviera, en Colonia, en la Cuenta del Ruhr, en Halle, Magdeburgo, Kiel, Stettin, Pforzheim y Stuttgart”. [Badia, op.cit., pp.106-110]

27 Broué, op.cit. §IV, pp.55-59.

28 Sólo en Berlín, el 16-4 300.000 trabajadores de 319 empresas se declararon en huelga. [Badia, op.cit., pp.125-126]

29 Broué, op.cit., §VI, pp.61-65.

30 Badia, op.cit., p.129.

31 Broué, op.cit., §VI, pp.65-67; Badia, op.cit., pp.130-132.

32 Broué, op.cit., §VI, pp.67-68.

33 Dirigente sindicalista metalúrgico opuesto desde el inicio a la política de Unión Sagrada. Richard Müller ya había jugado un papel de primer orden durante el movimiento huelguístico de abril 1917. Independiente de izquierda muy cercano a Ledebour.

34 “Si la población trabajadora no expresa su voluntad, podría parecer que las masas del pueblo alemán aprueban los actos de la clase dirigente. (…) Ha sonado la hora para que vosotros elevéis la voz por una paz sin anexiones ni indemnizaciones sobre la base del derecho de los pueblos a disponer de sí mismos. Vosotros tenéis la palabra”. [Broué, op.cit., §VI, pp.69-72]

35 Paz sin anexiones ni indemnizaciones; derecho a la autodeterminación de las naciones según el planteo bolchevique en Brest-Litovsk; representación de los trabajadores en las negociaciones de paz; mejora del abastecimiento; derogación del Estado de sitio; restablecimiento de la libertad de expresión y de reunión; leyes protectoras del trabajo de mujeres uy niños; desmilitarización de las empresas; liberación de los detenidos políticos; democratización del Estado y sufragio universal.

36 Ebert declaró en 1924: “La huelga estalló sin que nosotros supiésemos nada. (…) [Entré] en el comité de huelga con la intención deliberada de terminar la huelga lo más rápido posible e impedir que llegase a provocar cualquier perjuicio para el país”. [Badia, op.cit., p.140]

37 Informe Espartaquista (probablemente de Leo Jogiches). [Ibidem, pp.363-367]

38 Broué, op.cit., §VI, pp.69-72; Badia, op.cit., pp.141-143.

39 Broué, op.cit., §VI, pp.72-74.

40 “Notas del diario del coronel von Thaer del 1-10-1918”, en Ritter&Miller, op.cit. pp.13-15.

41 El 2 se septiembre Bulgaria había aceptado las condiciones de los aliados para firmar un armisticio, y por iniciativa propia el 14 de septiembre el Gobierno austro-húngaro había ofrecido a la Entente iniciar negociaciones de paz.

42 Heinrich August Winkler, “La Republica di Weimar”, Donzelli Editore, 1993, p.16.

43 Ibidem, pp.19-20. En su discurso en el Reichstag del 24-10, el Mayoritario Noske declaró: “En las circunstancias actuales nosotros consideramos la colaboración de los socialdemócratas en el Gobierno como un hecho necesario. El pueblo y el Imperio (!) están en gran peligro. Gracias a esta concertación, nosotros queremos con todas nuestras fuerzas impedir su derrumbe”. [André et Dori Prudhommeaux, “Spartacus et la Commune de Berlin (1918-1919)”, ed. Spartacus., p.18]

44 Broué, op.cit., §VIII, p.87; Badia, op.cit., pp.149-151.

45 Una cronología resumida de los acontecimientos ocurridos entre enero de 1918 y diciembre de 1919 se encuentra en Prudhommeaux, op.cit., pp.17-37.

46 La Dirección del USPD le ofreció a Liebknecht la co-presidencia del Partido, a lo cual éste respondió exigiendo la convocación de un Congreso para dirimir las diferencias y cuestiones fundamentales. Ante el rechazo de la dirigencia de los Independientes, Liebknecht declinó la propuesta (pero aceptó participar de las deliberaciones de su Comité Ejecutivo en caso de decisiones importantes). [Broué, op.cit., §VIII, pp.88-89]

47 Ritter&Miller, op.cit. pp.35-44

48 Donde 200 marineros de Kiel ocuparon la ciudad [Ritter&Miller, op.cit. pp.59-61 y Winkler, op.cit., pp.20-21]. El burgomaestre de la ciudad, el burgués Conrad Adenauer, con gran olfato político e instinto de supervivencia de clase (y futuro jefe de Estado de la República Federal Alemana de la segunda posguerra) puso el ayuntamiento a disposición del soviet recién constituido [Ritter&Miller, op.cit. pp.59-61 y Winkler, op.cit., pp.20-21].

49 Broué, op.cit., §VIII, pp.90-95; Badia, op.cit., pp.171-178.

50 Broué, op.cit., §VIII, p.95.

51 “Informe del coronel Hans von Haeften de la reunión del general Groener con los representantes de la fracción socialdemócrata del Reichstag y de la Comisión general de los sindicatos, 6-11-1918”, en Ritter&Miller, op.cit. pp.48-50.

52 En Berlín, sólo algunos oficiales ultramontanos abrieron el fuego provocando 15 muertes. [Winkler, op.cit., p.34]

53 El 4-11 la Dirección del SPD había lanzado un llamamiento al proletariado para que no participase en manifestaciones o insurrecciones, haciendo valer las “conquistas” ya conseguidas gracias a la participación de ministros mayoritarios en el gobierno de Max de Baden, y haciendo mención de la demanda hecha por Scheidemann al Canciller para que le aconseje abdicar al Emperador. [Ritter&Miller, op.cit. pp.46-48]

54 Ese mismo día, el Canciller von Baden delegó todos sus poderes de Canciller a Ebert en una entrevista donde se trató de proceder de la mejor manera de poner coto al movimiento revolucionario en curso. En ese momento, Ebert le propuso a von Baden permanecer como Regente de la Monarquía. [Ibidem, pp. 68-74]

55 Ritter&Miller, op.cit. pp.74-77.

56 Broué, op.cit., §VIII, pp.96-99.

57 Bernstein hizo un informe detallado de los acontecimientos relativos a esta propuesta [Ritter&Miller, op.cit. pp.83-87].

58 Dirigente de los delegados revolucionarios de Berlín.

59 El testimonio de Richard Müller al respecto se encuentra en Ritter&Miller, op.cit. pp.89-91.

60 Ledebour estuvo directamente en contra de participar en un gobierno junto a Ebert y Scheidemann por considerar que éstos eran traidores al socialismo.

61 Rosa Luxemburgo estuvo de acuerdo con esta posición de Liebknecht (cuya efectivización hubiese prefigurado la situación de la Revolución Húngara de 1918 y que provocó su catastrófico desenlace; a saber, la participación de los comunistas en un gobierno junto a los socialdemócratas, y todos ellos organizados dentro del mismo Partido). [Badia, op.cit., p.179]

62 El acuerdo de Gobierno entre el SPD y el USPD se realizó finalmente en base a las siguientes condiciones: a) el Gabinete debía estar compuesto paritariamente de 3 socialistas de ambos partidos; b) los ministros “técnicos” podían no serlo, pero estarían controlados por dos socialdemócratas, uno de cada partido; c) el poder político residiría en el Consejo de los obreros y de los soldados que debían ser convocados lo más rápido posible en una Asamblea general de todo el Reich; d) la convocación de la Asamblea Constituyente estaría postergada hasta la consolidación de la situación post-revolucionaria. [Ritter&Miller, op.cit. pp.88-89]

63 Ibidem, pp.77-79 y 104.

64 Este acuerdo fue públicamente reconocido en 1925 por el General Wilhelm Groener, sucesor desde 1918 de Ludendorff como Comandante Supremo del Ejército alemán. [Paul Frölich, Rudolf Lindau, Alberto Schreiner, Jacob Walcher, “Révolution et contre-révolution en Allemagne (1918-1920)”, ed. Science Marxiste, 2013, p.37; Ritter&Miller, op.cit. pp.101-102]

65 Un historiador burgués lo atestó francamente: «El llamado de Ebert a los funcionarios para que permanezcan en sus puestos no dejaba duda acerca de su objetivo que, frente al derrumbe del viejo ordenamiento estatal y a la derrota militar, tenía para él la máxima prioridad: “La disolución de las organizaciones en esta hora grave sumergiría a Alemania en la anarquía y en la miseria más espantosa”. Con este propósito todo lo que importaba era mantener en pie la capacidad de funcionamiento de las instituciones públicas o, como lo había expresado el predecesor de Ebert, Max von Baden, “impedir a toda cosa el derrumbe de la máquina gubernamental” y “salvar lo que pudiese ser salvado de la legalidad y de la continuidad (estatal)”». [Winkler, op.cit., pp.28-29]

66 Liebknecht se refería a la acción de los Mayoritarios en general. Pero también hubiera podido referirse a la actividad de éstos en las casernas con el propósito de movilizar a los soldados en contra de los “extremistas divisores del socialismo” (los Espartaquistas en general y Liebknecht en particular). Las maniobras de los Mayoritarios pudieron aprovechar condiciones particularmente favorables a la reacción. Mientras que los bolcheviques tenían consigo a los soldados revolucionarios de Petrogrado, en Berlín los soldados presentes en ese momento no eran favorables a la tendencia revolucionaria. Según Winkler (op.cit., p.24), “[para] el SPD fue una doble suerte que el 9 de noviembre, en Berlín, con la excepción de tres batallones de cazadores, no había tropas combatientes y que los cazadores de Naumburg –un batallón que sólo pocos días antes había sido transferido a la capital y era considerado particularmente favorable al Emperador– por iniciativa propia expresaran el deseo de que un miembro de la dirección del SPD fuera a explicarles la situación. Otto Wels (responsable Mayoritario de Berlín) respondió a esta invitación con un éxito resonante. Su llamado a los soldados para que se alineen con el pueblo y con el partido socialdemócrata (Mayoritario) fue acogido con entusiasmo”. Fueron ellos quienes amenazaron a Liebknecht y exigieron la “paridad” en la Asamblea del 10-11 de noviembre. La maniobra de los Mayoritarios tuvo un éxito completo.

67 Broué, op.cit., §VIII, p.101.

68 Toda la esencia política del centrismo socialdemócrata estaba condensada en ese pretender tender un puente permanente entre la democracia parlamentaria y los Mayoritarios, por una parte, y la revolución socialista, por otra. El llamamiento del 10-11 de la Asamblea de los Consejos de Berlín a los obreros y soldados es de antología: afirma que “la vieja Alemania y el militarismo germano dejaron de existir” (como si los pilares fundamentales del poder burgués ya hubieren desaparecido por la llegada de la “República social” gracias al nombramiento de un Gobierno “socialista” en el marco del Estado existente); considera a los Consejos de obreros y soldados como los depositarios del poder político… que rápidamente transmitirá por entero a ese Gobierno dirigido por partidos no revolucionarios. Ya el 12-11 el Consejo Ejecutivo lanzó una proclama decretando que “Todas las autoridades comunales y militares del país y del Reich prosiguen su actividad. Todas las disposiciones de esta autoridad emanan del Comité Ejecutivo de Consejo de los obreros y soldados. Todos deben acatar las disposiciones de estas autoridades”. [Ritter&Miller, op.cit. pp.99-101 y 104]

69 El lector encontrará en el libro de Broué una descripción vívida y elocuente de las maniobras de los Mayoritarios y de los dirigentes de los Independientes para expropiar a las masas insurrectas del fruto de su victoria. [Broué, op.cit., §VIII, pp.100-102; cf. también Badia, op.cit., pp.180-183].

70 Los Espartaquistas eran plenamente conscientes de ello. Liebknecht escribió el 21-11 en Die Rote Fahne: “La victoria de las masas de obreros y soldados fue debida menos a su fuerza ofensiva que al derrumbe del sistema anterior; la forma política de la revolución no ha sido solamente el resultado de la acción del proletariado, sino el de la huida de las clases dominantes, deseosas de sustraerse a toda responsabilidad; huida de las clases dominantes que, con un suspiro de alivio, dejaba a cargo del proletariado [Liebknecht se refería aquí a la socialdemocracia, ndr.] la liquidación de su (propia) bancarrota, esperando así escapar a la revolución social, cuyos relámpagos anunciadores les provocaba sudores de angustia”. [Badia, op.cit., p.187]

71 La amplitud de esta tarea fue señalada por Liebknecht cuando, el 20-11, escribió en Die Rote Fahne: “A menudo los trabajadores (elegidos en los consejos) no están suficientemente esclarecidos, no tienen más que una débil conciencia de clase, son incluso vacilantes, irresolutos, sin energía, de modo que (los consejos) no tienen casi carácter revolucionario, o que su lucha política contra los factores del viejo régimen es apenas visible”. [Broué, op.cit., §X, p.126]

72 Antes del 7 de noviembre los consejos habían surgido y conquistado el poder en Kiel, Bremen, Lübeck, Cuxhaven, Wilhelmshaven; entre el 7 y el 8 de noviembre en Hamburgo, Rostock, Bremerhaven, Munster, Hanovre, Bielefeld, Essen, Düsseldorf, Colonia, Frankfurt, Nuremberg, Munich, Chemnitz, Leipzig; entre el 9 y 10 de noviembre en Berlín, Schwerin, Cassel, Erfurt, Magdebourg, Halle, Dresde, Erfurt, Mannheim, Karlsruhe, Stuttgart.

73 En Breslau, de los 100 delegados en el consejo 34 pertenecían a partidos burgueses. [Broué, op.cit., §IX, p.107]

74 Frölich, op.cit., pp.8-9.

75 Ibidem, p.10.

76 Esta fue una característica que la diferenció de la situación rusa – donde la inmensa mayoría de la tropa era de origen campesino. Al ser el campesinado ruso una clase revolucionaria contra el régimen semi-feudal imperante, los soviets de soldados fueron muy permeables a la propaganda bolchevique contra la burguesía y contra el Gobierno Provisional, quienes quisieron continuar la guerra y posponer para más adelante el tratamiento de la cuestión agraria.

77 Badia, op.cit., p.189.

78 Frölich, op.cit., pp.40-41.

79 La acción de los Espartaquistas logró que la guarnición de Berlín adoptase un programa que preveía la supresión de las insignias de grado, la prohibición de portar armas fuera de servicio, la elección de los oficiales, la creación de una milicia, el mantenimiento de la disciplina militar en manos de los consejos de soldados (y no de la jerarquía militar). [Badia, op.cit., pp.190-192]

80 Broué, op.cit., §IX, pp.105-106.

81 El general von Scheüch en el Ministerio de la Guerra, el Vice-almiral Ernst von Mann en el de la Marina, y los burgueses Wilhelm Solf en relaciones exteriores, Eugen Shiffer del Partido del Centro en Finanzas, P.G.C. Krause en Justicia, y el demócrata Hugo Preuss en el Interior.

82 Frölich, op.cit., p.18. Los firmantes del decreto fueron: Paul Hirsch (SPD, Ministro-Presidente de Prusia), y los ministros Heinrich Ströbel (USPD), Otto Braun (SPD), Eugen Ernst (SPD), Adolph Hoffmann (USPD) y Kurt Rosenfeld (USPD).

83 Winkler, op.cit., p.40.

84 Ritter&Miller, op.cit. pp.80-81 y 105-106.

85 “[La democracia pura tendrá] una importancia temporaria en el momento de la revolución bajo la forma de un partido burgués extremo, (…) volviéndose el último salvavidas de toda la economía burguesa e incluso feudal. En ese momento ella tendrá consigo a toda la masa reaccionaria, lo que la reforzará: todo lo que existe de reaccionario adoptará entonces la máscara democrática. (…) Así ocurrió en cada revolución: el partido más conciliador entre los que son capaces de formar un gobierno es invitado a tomar el poder precisamente porque los que han sido derrotados ven en él su última tabla de salvación”. [Carta de Engels a Bebel del 11-12-1884]

86 En el Comité Ejecutivo de los COS de Berlín del 16-11, Däumig se reclamó del sistema de los consejos y se opuso a la convocación de la Constituyente, mientras que Ledebour sólo se opuso a su rápida convocación. [Ritter&Miller, op.cit. pp.114-117]

87 Broué, op.cit., §IX, p.111; Ritter&Miller, op.cit. pp.107-108.

88 Rosa Luxemburgo no dejó de señalar la importancia de esa ola huelguística que ponía en movimiento a sectores profundos de la clase obrera (aunque ella la consideraba como el preludio a un “enfrentamiento supremo” entre el Capital y el Trabajo): “Estas huelgas asumen el carácter de una respuesta espontánea de las masas al profundo trastrocamiento de las condiciones de existencia del capital, debido al derrumbe del imperialismo alemán y al comienzo de la revolución política de los trabajadores y de los soldados. Estas huelgas son el preludio de un enfrentamiento general entre el capital y el trabajo; ellas anuncian el comienzo de una lucha abierta y violenta entre las clases que tendrá como desemboque la abolición del trabajo asalariado y el comienzo de la economía socialista”. [Frölich, op.cit., pp.59-60]

89 Broué, op.cit., §IX, pp.112-114.

90 Ibidem, pp.114-116. En Berlín, el Gobierno decidió ya el 17-11 la puesta en pie de “tropas de defensa republicana” compuesta de 15.000 miembros, financiada por los burgueses y formada por voluntarios contrarrevolucionarios.

91 Ibidem, p.118.

92 Ritter&Miller, op.cit., pp.117-122.

93 Broué, op.cit., §IX, p.119.

94 Ibidem.

95 Frölich, op.cit., pp.51-61.

96 Ritter&Miller, op.cit., pp.130-136.

97 Según declaraciones del general Groener, “Para esta marcha había sido elaborado un proyecto militar. Este programa contemplaba lo que debía ocurrir día a día: desarme de Berlín, eliminación de los Espartaquistas, etc. Todo había sido previsto para cada división. Todo había sido discutido con el Sr. Ebert a través de un trámite oficial que había enviado a Berlín. (…) Este programa fue establecido en perfecto acuerdo con el Sr. Ebert”. [Ritter&Miller, op.cit., pp.142-143]

98 Ibidem, pp.149-150.

99 Broué, op.cit., §IX, pp.120-123; Prudhommeaux, op.cit., p.25.

100 Ni Liebknecht ni Rosa Luxemburgo participaron en él porque en Berlín los delegados debían trabajar en empresa o ser soldados.

101 La Comisión Central nacional elegida por el Congreso estuvo constituida únicamente por Mayoritarios. Los Independientes rehusaron formar parte de ella con el argumento de que la Comisión se había transformado en un simple apéndice del Gobierno.[Ritter&Miller, op.cit., pp.163]

102 Los puntos que suscitaron el firme rechazo del Gobierno y de la oficialidad fueron los siguientes: 2- Eliminación de toda distinción de grado y de portación de armas fuera de servicio; 3- La disciplina debe ser de la incumbencia de los consejos de soldados; 5- Los soldados deben elegir a los comandantes; 6- Aceleración de la disolución del Ejército permanente y la constitución de una milicia popular. [Ritter&Miller, op.cit., pp.165-166; Frölich, op.cit., pp.67-69]

103 En la reunión conjunta del Gabinete y del Consejo Central con el general Groener y el Secretario de Estado del Ministerio de la Marina de Guerra del 20-12-1918, el independiente Hasse declaró: “La declaración que mañana será cuidadosamente redactada debe tranquilizar al cuerpo de oficiales y afirmar que las normas ejecutivas seguirán como en el pasado”. [Ritter&Miller, op.cit., p.171]

104 Broué, op.cit., §XII, pp.149-151.

105 Frölich, op.cit., pp.71-77.

106 En contacto con el clima revolucionario de Berlín, según testimonio del general Groener, “En la tropa se despertó tal deseo de retornar a sus casas que volvió inutilizable estas diez divisiones (del general Lequis) y de este (fue) modo imposible la realización del programa (previsto), es decir, la limpieza de Berlín de los elementos bolcheviques, el desarme de la población, etc. (…) En todo caso, el plan que yo me había fijado de acuerdo con el Sr. Ebert no pudo ser realizado”. [Ritter&Miller, op.cit., p.143]

107 Broué, op.cit., §X, pp.129-131.

108 «El 21 de diciembre los delegados revolucionarios se reunieron con los hombres de confianza (de los Independientes) de las grandes empresas de Berlín. La Asamblea, casi por unanimidad, reclama la celebración de un Congreso extraordinario antes del final de diciembre, la dimisión de Hasse y de sus colegas del gobierno, y la organización de una campaña electoral antiparlamentaria. Condena expresamente la política de Barth en el seno del gabinete, declara que le retira su confianza y le niega en adelante el derecho a representarlos. Durante esta reunión los delegados revolucionarios eligen un comité de acción de cinco miembros bajo la presidencia de Paul Scholze, donde coexisten los independientes de izquierda, Ledebour y Däumig, y los Espartaquistas Liebknecht y Pieck. El problema más actual es evidentemente el nacimiento de un nuevo partido, apoyándose a la vez en la Liga Espartaco y en los delegados revolucionarios, arrastrando (consigo) a numerosos elementos de los Independientes. Ya en la manifestación del 16 de diciembre frente al Reichstag, el metalúrgico Richard Nowakowski, uno de los más influyentes delegados revolucionarios, había saludado a los manifestantes “en nombre del Partido Socialdemócrata Independiente y de la Liga Espartaco”. En el momento que se plantea para ellos el problema de dejar definitivamente el Partido independiente, y fundar un nuevo partido, los Espartaquistas pueden esperar con razón arrastrar al núcleo dirigente de delegados revolucionarios, y a través de él a la vanguardia del proletariado berlinés, los dirigentes y organizadores de la clase obrera en las fábricas». [Broué, op.cit., §X, p.131]

109 Recién ese día la Liga Espartaco se dio un Comité Central constituida por Liebknecht, Rosa Luxemburgo, Paul Leví, August Thalheimer, Paul Lange (responsables de Die Rote Fahne); Franz Mehring; Leo Jogiches (responsable de la organización); Ernest Meyer (responsable de la comunicación); Hugo Eberlein, Herman y Käthe Duncker (responsables de la juventud); Wilhelm Pieck (responsable de la Liga en Berlín). Karl Schulz fue nombrado responsable del trabajo entre los soldados. [Broué, op.cit., §X, p.125]

110 Broué, op.cit., §XI, pp.136-138; Prudhommeaux, op.cit., p.28.

111 I.K.D.: Comunistas Internacionales de Alemania, organización fundada el 23-11 con grupos de militantes en Bremen, Hamburgo, Berlín, Renania, Sajonia, Baviera, Wurtemberg y Wasserkante.

112 Esta tendencia, en aquel momento espontánea, prefigura ya la que será una corriente permanente en el comunismo de izquierda alemán, la que más tarde dará a luz la “teoría de la ofensiva” que será vigorosamente combatida por los bolcheviques en el III Congreso de la Internacional Comunista.

113 Esta desconfianza de Rosa Luxemburgo hacia el lumpen proletariado de Berlín podía resultar de una visión de la Revolución hecha por proletarios plenamente conscientes de sus objetivos, y encuadrados por organizaciones dirigidas por el Partido de clase; pero también podía ser la consecuencia de la consciencia de la debilidad de los Espartaquistas para canalizar la revuelta de las masas proletarizadas y semiproletarizadas que se rebelaban espontáneamente, insurgencia que es lo propio de toda Revolución (Lenin dixit).

114 Broué, op.cit., §X, pp.132-135.

115 Para entrar en los detalles, los entretelones y el clima general del Congreso, cf. Broué, op.cit., §XI, pp.136-146. Las actas del Congreso se encuentran en Prudhommeaux, op.cit., pp.37-98.

116 Otto Rühle sostuvo que las masas no comprenderían la consigna espartaquista de la participación en las elecciones de la Constituyente habida cuenta de su propaganda por los consejos de obreros y soldados. Wolfstein preconizó impedir la realización de las elecciones recurriendo a la huelga general. Rosa Luxemburgo les respondió: “Nosotros nos encontramos al comienzo de la Revolución (…) Debemos plantearnos la cuestión: ¿cuál es la vía más segura para educar a las masas? (…) Lo que yo veo hasta aquí es la inmadurez de las masas llamadas a derrocar a la Asamblea Nacional. El arma con la cual el enemigo piensa combatirnos debemos retornarla contra él. Por un lado, vosotros os creéis capaces de impedir la convocación de la Asamblea Nacional en un lapso de quince días; y, por otro, teméis las consecuencias de las elecciones. Por mi parte, yo no temo educar a las masas para que ellas estimen en su justo valor los motivos de nuestra participación en las elecciones. Vuestra acción directa es con seguridad más simple y más cómoda, pero nuestra táctica es justa porque tiene en cuenta que el camino a recorrer es más largo que lo que vosotros suponéis”. [Prudhommeaux, op.cit., p.47-48]

117 Esta posición será decididamente combativa por los bolcheviques en el II Congreso de la Internacional Comunista y por Lenin en “El ‘Extremismo’, enfermedad infantil del comunismo”.

118 www.marxists.org/espanol/luxem/13Discursoanteelcongresodefundaciondelpartidocomunistaaleman_0.pdf

119 En su discurso, Rosa Luxemburgo habló de la necesidad de llevar la lucha de clases al campo para oponer el proletariado agrícola y el campesino pobre contra el campesinado rico (cosa que los revolucionarios alemanes no habían comenzado a hacer hasta entonces) como condición esencial de las transformaciones socialistas y para evitar que el campesinado se volviese la masa de maniobra de la contrarrevolución burguesa.

120 “Lecciones de Octubre” (Capítulo: “Nuevamente sobre los soviets y el partido en la Revolución Proletaria”), 1924. [www.marxists.org/espanol/trotsky/ceip/permanente/leccionesdeoctubre.htm]

121 Lo que era tanto más sorprendente que – según las palabras de Liebknecht – “en todas las acciones emprendidas por la Liga Espartaco hasta el presente, la decisión y la dirección de las operaciones había sido tanto obra de los delegados revolucionarios como de la nuestra”.

122 Liebknecht detalló en el Congreso fundacional del KPD(S) las vicisitudes de estas tratativas [Prudhommeaux, op.cit., pp.60-63]. Cf. también Broué, op.cit., §XI, pp.144-145.

123 Todo ello era un claro índice de la reticencia de este sector obrero y de sus dirigentes hacia el Espartaquismo (que en el caso de Ledebour rayaba el fanatismo). Las exigencias de los representantes de los delegados revolucionarios parecían desproporcionadas teniendo en cuenta que su implantación estaba fundamentalmente limitada al Gran Berlín, mientras que el Congreso del Partido representaba a una red organizativa a escala de todo el Reich.

124 Luego de la ruptura de las negociaciones entre los Espartaquistas y los delegados revolucionarios, el debate interno entre estos últimos dio como resultado una mayoría a favor de la permanencia en el USPD, una minoría por su integración en el KPD(S), y una tercera posición (defendida por Ledebour, Eckert y Däumig) por la fundación de otro partido revolucionario.

125 La denuncia del radicalismo de masas (que daba lugar a manifestaciones callejeras con decenas y hasta centenares de miles de participantes) como “putschismo” o “aventurerismo”, por una parte, y una tendencia profunda a la pasividad, por otra, tuvieron desde muy temprano efectos desastrosos en el movimiento revolucionario alemán, y su inercia pesará grandemente sobre el futuro Partido comunista que resultará más tarde de la unificación del KPD(S) con un sector de los Intransigentes de izquierda.

126 Broué, op.cit., §XII, p.153.

127 En los meses de enero y febrero de 1919 estuvo en su apogeo la campaña pública para la formación de unidades contrarrevolucionarias de todo tipo (y no sólo de los Freikorps), con la publicación de anuncios de reclutamiento de mercenarios no solamente en los periódicos burgueses, sino también en el Vorwärts, donde cada día aparecían decenas de ellos, dando así una coloración “socialista” a esa campaña. La necesidad de reclutar mercenarios encuadrados por la oficialidad y suboficialidad militar, y compuesta de aventureros, desclasados, lúmpenes y soldados en perdición dejados en la vera del camino, era un indicio de la dificultad de obtener espontáneamente la adhesión de grandes masas de voluntarios para las bajas obras contrarrevolucionarias. [Rudolf Lindau, “L’ère Noske” (in Paul Frölich & al., op.cit.), pp.201-202; Ritter & Miller, op.cit., pp.214-215]

128 Ritter&Miller, op.cit., pp.179-183.

129 La renuncia de Hasse fue acompañada del augurio dirigido a Ebert y a Scheidemann del mayor éxito en las tareas que debían asumir, en tanto que los miembros Independientes del Gobierno de Prusia (Ströbel, Hoffmann y Rosenfeld), justo antes de renunciar a sus cargos el 2 de diciembre, firmaron un decreto contra las huelgas y las reivindicaciones salariales “demasiado elevadas” que obligaban a las autoridades a intervenir “con mano dura”. [Frölich, op.cit., pp.96-97]

130 Frölich, op.cit., pp.97-98. La violencia y el salvajismo inauditos de esta campaña iniciada en el mes de noviembre es hoy difícilmente concebible. La montaña de odios y mentiras blandidas por sus protagonistas, así como sus invocaciones explícitas a la eliminación física de los Espartaquistas en general, y de Liebknecht y Rosa Luxemburgo en particular, no tenían nada que envidiar a las futuras campañas del régimen nazi contra los comunistas y los judíos (campañas basadas en el principio proclamado por Goebbels: “Miente, miente, miente, que algo quedará, cuanto más grande sea una mentira más gente la creerá”. [Cf. Badia, op.cit., pp. 235-245]

131 Frölich, op.cit., pp.99-102.

132 Broué, op.cit., §XII, pp.155.

133 Comandante de la División de la marina popular.

134 El testimonio de los acontecimientos de esta jornada de uno de sus protagonistas, Richard Müller, se encuentra en Ritter&Miller, op.cit., pp.190-194.

135 Liebknecht no respetó la decisión del KPD(S) de no apuntar al derrocamiento del Gobierno socialdemócrata. Él pensaba que era viable un Gobierno con Ledebour a la cabeza y apoyado por los delegados revolucionarios. [Ibidem]

136 Frölich, op.cit., pp.102-107; Broué, op.cit., §XII, pp.154-157.

137 Las únicas acciones realizadas fueron espontáneas y sin un plan de conjunto, dando lugar a la ocupación de los ferrocarriles; así como del Vorwärts, de la imprenta nacional y de otros órganos de prensa (en estos últimos casos es probable que la iniciativa haya sido obra de provocadores policiales). En sus Memorias, Noske escribió: “Contra toda (esta situación) no se podía hacer nada en aquel momento. No era naturalmente posible disponer de las escuadras de seguridad de Eichorn. La Kommandatur declaró no estar en grado de suministrar una ayuda con soldados de la guardia republicana. Esta gente no quería colaborar; de los soldados en los cuarteles ni siquiera se los mencionaba. (…) Grandes masas habían seguido el llamado a la lucha. (…) Los (manifestantes) armados eran numerosos, algunos carros con ametralladoras estaban apostados en (el centro de Berlín). (…) Si esa multitud hubiese tenido al frente comandantes decididos y conscientes de los objetivos (…) al mediodía Berlín hubiese estado en sus manos”. [Ritter&Miller, op.cit., p.198].

138 Broué, op.cit., §XII, p.162.

139 Broué, op.cit., §XII, pp.160.

140 Ledebour participó en esas tratativas (y en esa ocasión fue detenido en la noche del 10 al 11). [Ibidem, p.161]

141 Toda la ardiente pasión revolucionaria de Karl Liebknecht y de Rosa Luxemburgo está expresada en sus artículos escritos en vísperas de sus asesinatos, “A pesar de todo!” y “El orden reina en Berlín …”. [www.marxists.org/espanol/liebknecht/1919/enero/15.htm; www.marxists.org/espanol/luxem/01_19.htm]

142 La campaña antibolchevique del SPD poniendo de relieve los sufrimientos de las masas rusas (que eran el producto de esa guerra civil e invasiones extranjeras apoyadas por el Gobierno de Ebert) era un factor suplementario para arraigar en el proletariado alemán la idea de que la presumida vía democrática y supuestamente “pacífica” al socialismo era preferible a la dictadura del proletariado preconizada por los Espartaquistas.

143 La disolución oficial de los consejos de soldados fue decretada por Noske el 19-1-1919, aunque en la práctica esta decisión sólo podrá ser impuesta por las armas.

144 Trotsky hablará en una ocasión de la ventaja que en ciertas circunstancias se puede obtener al plantear la lucha revolucionaria en términos de defensa.

145 Pieck fundamentó con estos argumentos su renuncia del 10 de enero al Comité revolucionario.

146 “El orden reina en Berlín …”, Die Rote Fahne, 14-1-1919.

147 En el mes de abril de 1919 Bremen fue nuevamente paralizada por una huelga general política por la liberación de los prisioneros del mes de febrero, lo que dio lugar a una nueva intervención militar con combates callejeros, detenciones en masa y condenas de hasta 15 años de cárcel. [Pierre Broué, “Révolution en Allemagne (1917-1923)”, Les Editions de minuit, https://www.marxists.org/francais/broue/works/1971/00/broue_all.htm (§XIII, pp.261-263); Harman, op.cit., pp.53-55; Lindau, op.cit., pp.172-188]

148 Lindau, op.cit., pp.145-171.

149 A los habituales medios represivos vino a añadirse la amenaza y el castigo de ser enviados a las trincheras.

150 El 17-12-1918 la milicia patronal reprimió una manifestación de mineros con un saldo de tres muertos y cuatro heridos. El 13-1-1919 fue el turno de otra manifestación con dos muertos y cinco heridos. A partir del mes de enero, la presión obrera impuso la elección de delegados Independientes y Comunistas en los consejos obreros de Oberhausen, Hamborn, Duisbourg, Ickern, Hervest-Dorsten. Las elecciones a la proporcional en Duisbourg, Mülheim, Hamborn, Oberhausen y Nelsum dieron la mayoría a Independientes y Comunistas. En Bauer, ello provocó la reacción de la soldadesca con un saldo de cinco muertos y varios heridos. El 9 de enero los enfrentamientos entre mineros y soldados opuestos a los Freikorps, por una parte, y los Freikorps por otra, provocaron la retirada de éstos últimos con muertos y heridos en los dos bandos.

151 Las ilusiones de los mineros en torno de la posibilidad de expropiar “democráticamente” a la burguesía e ir “pacíficamente” al socialismo por obra y gracia de un gobierno socialdemócrata en régimen burgués, todo ello como alternativa al “bolchevismo”, estuvieron expresadas en la Resolución de la Conferencia de los consejos de obreros y soldados de la Cuenca del Ruhr que tuvo lugar en Essen el 13-1-1919: “Se ha decidido fundar la socialización (de las minas) sobre el sistema de los consejos. Este término no debe asustar, no debe hacer pensar en el bolchevismo u otras cosas terribles (sic). Las decisiones tomadas sólo representan la realización de lo que los mineros reivindican desde hace decenios para sus camaradas que trabajan en los pozos”. Se trataba de constituir una organización de representación obrera que asegurase la “cogestión” de las minas; en otras palabras, un control obrero de la producción con las minas expropiadas y nacionalizadas. [Lindau, op.cit., p.152]

152 El KPD(S) y los delegados comunistas también firmaron, junto al SPD y al USPD, la declaración que llamaba a terminar con las huelgas. Es de señalar que, al adherir al objetivo de la “socialización”, los delegados comunistas confundían la necesaria lucha por la constitución de organizaciones obreras para la defensa de los intereses de la clase trabajadora (e incluso la de un control obrero sobre las condiciones laborales y salariales) con la participación a la “socialización” de las fuentes de trabajo bajo el régimen capitalista: ello pudo resultar de la idea espartaquista de que “la lucha por el socialismo se tendría que librar contra el patrón en todos los lugares de trabajo”.

153 El 20 de febrero, 183.000 trabajadores estaban en huelga.

154 Un responsable local del SPD, Limbertz, declaró ante una Comisión de investigación de la Asamblea Regional de Prusia: “[En Essen] nosotros habíamos reunido un ejército completo y 200 marinos. Todos ellos eran hombres absolutamente fiables y comprometidos con los socialistas mayoritarios. Toda persona sospechosa de tener relaciones con los Espartaquistas o de simpatía con los Independientes o los Comunistas fueron alejados. La tropa estaba constituida por 1.200 hombres. Nosotros los inscribimos a todos en el Partido y no permitimos a nadie hacer propaganda política”. [Lindau, op.cit., p.139]

155 “El 19 de febrero, las fuerzas de la izquierda estaban en su apogeo. Ellas controlaban toda la región occidental con la excepción de Duisburg. Además de Düseldorf, Remscheid, Mülheim y Hamborn, los consejos de obreros y soldados radicales controlaban Obershausen, las ciudades de la Wuper, Dinslaken y Sterkrade. Su potencial militar era suficiente para detener a las tropas de Freikorps sobre la orilla Boye, entre Gladbach y Bottrop”. [Harman, op.cit., p.57]

156 1.- Introducción inmediata de la jornada de trabajo de 6 horas, incluidos los tiempos de descenso y subida de los pozos, sin reducción de salarios. / 2.- Aumento salarial de un 25%. / 3.- Encuadramiento de los obreros de las minas. / 4.- Reconocimiento del sistema de los consejos. / 5.- Aplicación inmediata de la plataforma de Hamburgo (relativa a las 7 reivindicaciones en torno del Código militar) / 6.- Liberación inmediata de todos los prisioneros políticos. / 7.- Constitución rápida de las milicias obreras revolucionarias. / 8.- Disolución de todos los Freikorps. / 9.- Reanudación inmediata de las relaciones políticas y económicas con el Gobierno ruso de los soviets. / 10.- Desmilitarización de la policía en la zona industrial y en el país. / 11.- Pago de los días de huelga.

157 El número total de huelguistas habría alcanzado los 800.000. [Harman, op.cit., p.63]

158 Lindau, op.cit., pp.224-239.

159 Región que comprendía los Lander de Sajonia, Turingia y la Sajonia prusiana, y las ciudades de Leipzig, Dresde, Chemnitz, Weimar, Gotha, Erfurt, Halle, Magdeburgo.

160 Todo el poder a los consejos, inicio del proceso de socialización, dimisión del Gobierno Ebert-Scheidemann-Noske, disolución de los Freikorps, acercamiento a la República rusa de los soviets, disolución de la Asamblea Nacional y de todas las asambleas regionales, armamento del proletariado.

161 Lindau, op.cit., pp.201-223; Broué, op.cit., §XIII, pp.268-273.

162 Harman, op.cit., p.59.

163 De 150.000 desocupados en enero en Berlín, la cifra subió a 500.000 en marzo 1919.

164 Ello parece confirmado por la afirmación: “La hora ha vuelto. ¡Los muertos se levantan nuevamente!

165 Más realistas habían sido el llamado de la Central del KPD(S) del 21 de febrero invitando a los obreros a movilizarse para expresar su oposición a las intervenciones de los Freikorps en el Ruhr, y el llamado del 27 de febrero de los obreros de la empresa Spandau a una huelga general de solidaridad con los obreros de la Alemania Central, reclamando al mismo tiempo aumentos de salarios, la institución de tribunales revolucionarios para juzgar a los jefes militares, y la elección inmediata de consejos de fábrica.

166 Reconocimiento de los consejos, aceptación de los “7 puntos de Hamburgo”, liberación de todos los prisioneros políticos (entre los cuales estaba Ledebour, encarcelado desde enero), levantamiento del Estado de sitio, detención de todas las personas responsables de asesinatos políticos, organización de una guardia obrera, disolución de los Freikorps, reanudación de las relaciones diplomáticas con la República de los soviets.

167 Richard Müller expresó claramente el objetivo pacificador de los Independientes: “El caos es total. Sin orden y sin reanudación económica, la ruina del pueblo alemán es inevitable. (…) Nosotros debemos hacer todo lo posible para contener ese desastre. Debemos convocar al Congreso de los consejos para tranquilizar a los mineros y a los obreros alemanes”.

168 Noske mismo reconocerá la cifra de 1.200 civiles muertos; otras estimaciones avanzan el número de 3.000 [Lindau, op.cit., p.201; Broué, op.cit., §XIII, pp.273-274]. En una resolución del 28-9-1919 emitida por los cuadros del SPD del Gran Berlín, los Mayoritarios no dejaron de reivindicar la obra contrarrevolucionaria de la socialdemocracia y de rendir un vibrante homenaje a la “obra” de Noske: “Noske, y todo lo que él es, es la expresión del Partido. El jamás dejó de ser un socialista y un demócrata”.

169 Lindau, op.cit., pp.240-257; Harman, op.cit., pp.68-77. Para una descripción interesante y detallada de un contemporáneo de la situación en Baviera durante el período noviembre 1918-enero 1919, cf. Paul Gentizon, “La révolution allemande”, 1919 [https://archive.org/stream/larvolutionall00gentuoft#page/24/mode/2up].

170 Kurt Eisner era en ese momento el dirigente del pequeño USPD de Munich, kautskiano pacifista (después de haber sido en el pasado revisionista e intervencionista al comienzo de la guerra). Eisner había sido condenado a 81/2 meses de cárcel por su participación en la huelga de la empresa de municiones en enero de 1918.

171 Ritter&Miller, op.cit. pp.53-58.

172 Ninguna atribución a los consejos de un poder legislativo o ejecutivo; convocación de las elecciones al Lantag regional con la participación de todos los sectores sociales “trabajadores” (en la acepción más amplia del término); futura integración de los consejos en el régimen institucional democrático; rechazo de toda “socialización” de los medios de producción (por causa de “crisis económica”); reivindicación del separatismo histórico de la región; formación de una “fuerza de seguridad regular” para el mantenimiento del Orden.

173 En estas elecciones, el Partido Popular de Baviera (BVP) obtuvo 66 bancas, el SPD 62, el Partido Popular alemán 25, la Liga campesina 15, los nacional-liberales 9 y el USPD 3.

174 En represalia, un miembro del Consejo Revolucionario Obrero ejecutó inmediatamente después a dos diputados conservadores e hirió al Ministo Bauer.

175 Organo regional de coordinación de los consejos de obreros y de soldados, con la participación de delegados del SPD y de los sindicatos.

176 La naturaleza contrarrevolucionaria de la milicia republicana se ilustró el 28 de febrero con la detención del comunista Levien y de los anarquistas Mühsam y Landauer.

177 Eugen Leviné había sido enviado por la Central del KPD(S) para dirigir y reorganizar al Partido en Baviera.

178 Mayoritario de derecha, este personaje había sido delegado de un consejo de soldados. Como Ministro había hecho lanzar una octavilla desde un avión sobre Munich amenazando – en nombre del III Cuerpo de Ejército – con bombardear la ciudad si el Lantag no era nuevamente convocado. [Lindau, op.cit., p.246]

179 El 10 de abril Schneppenhorst entró con el Freikorps del coronel von Epp en la ciudad de Ingolstadt en el norte de Munich. [Lindau, op.cit., p.249]

180 En ese mismo momento, los obreros del Ruhr estaban en plena batalla, en tanto que en Hungría acababa de formarse la República de los Consejos presidida por el comunista Bela Kun.

181 Consejo Central de los consejos de obreros y soldados del que los comunistas se retiraron luego de que éste participara en la decisión de crear la fantasmagórica República soviética.

182 En Munich, el Partido contaba con 3.000 militantes.

183 Leviné y Levien habían nacido en Rusia.

184 Harman da la cifra de 30 mil; Lindau habla de 70 a 100 mil.

185 Egelhofer y el anarquista Landauer estuvieron entre ellos.

186 Citado en Harman, op.cit., p.76.

187 Mientras que el SPD obtuvo el 37,9% de los votos, y el USPD el 7,6%, el DDP (Partido Democrático Alemán) el 18,5%, los dos partidos católicos (Centro y BVP) el 19,7%, el Nacional Tedesco el 10,3% y el Nacional Liberal el 4,4%.

188 Las Actas del Congreso con las intervenciones de los participantes, las Tesis sobre “Democracia burguesa y dictadura del proletariado”, la “Plataforma de la III Internacional”) y el “Manifiesto del Congreso” fueron publicados, bajo la dirección de Pierre Broué, en “Premier Congrès de l’Internationale Communiste”, ed. EDI, 1974. Cf. en castellano: www.marxists.org/espanol/comintern/index.htm

189 Partidos comunistas de Alemania, Rusia, Austria, Polonia, Finlandia, Ucrania, Letonia, Lituania, Estonia, Armenia de la Volga alemana; Partidos socialistas de Suecia, Noruega, Suiza, Holanda, Socialist Labor Party de EE.UU.; Federación Balcánica revolucionaria (Tesnjaki búlgaros y Partido comunista rumano); Grupo francés de Zimmerwald; Grupos comunistas checos, búlgaros, eslavos del sur, inglés, francés, suizos; Liga de propaganda socialista americana; Grupo unificado de los pueblos de la Rusia oriental; Secciones del Bureau central de los países orientales de Turkestán, Turco, Georgiano, Azerbaijano, Persa; Partido obrero socialista chino; Comisión de Zimmerwald.

190 Las Tesis sobre “Democracia burguesa y dictadura del proletariado” fueron redactadas por Lenin, la “Plataforma de la III Internacional” lo fue por Radek y Platten (representante del Partido socialdemócrata suizo) y el Manifiesto final del Congreso por Trotsky.


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