Capítulo IX


Índice


PRIMERA PARTE

Alemania 1922

El desencadenamiento de la inflación de precios

1.- En Alemania, la situación en 1922 estuvo signada por dos factores que tendrán una influencia decisiva en el curso de los acontecimientos de 1923: la inflación galopante de precios y el pago de las reparaciones de guerra.

Presente ya desde el inicio de la guerra, la inflación de precios y la devaluación del marco se aceleraron fuertemente a partir de 1922. Si a inicios de la guerra el dólar se cambiaba contra 4,20 marcos, en enero 1920 la divisa americana cotizaba 42 marcos. Tras una relativa estabilización de la tasa de cambio de marzo 1920 a marzo 1921 (70 marcos por dólar), su valor se derrumbó pasando a 270 marcos, para alcanzar 1.000 marcos en enero 1922, 2.000 en octubre, 6.000 en noviembre y 8.000 a fin de ese año. A partir de 1923 la devaluación del marco se volvió exponencial: 56.000 a mediados de enero, 96.000 a mediados de mayo, 200.000 el 10-7, 1 millón el 23-7, 2 millones el 7-8, 20 millones el 5-9 y 325 millones el 20-9.

Los precios al consumidor siguieron una curva de mismo signo. En los años 1914-1918 los precios aumentaron un 100%, y un 42% entre noviembre 1918 y julio 1919. En febrero de 1920 el nivel general de precios era 8,5 veces superior al de 19141/2. La inflación tendió a acelerarse. En un mes, entre fines de octubre y fines de noviembre 1922, los precios de la carne, de los huevos y de la margarina subieron un 100%, y los de la manteca y el pan un 200%3. Desde entonces, y como consecuencia directa de la invasión del Ruhr por Francia en enero de 1923 y como resultado de la política de “resistencia pasiva” del Reich, la inflación de precios no hará más que desbocarse exponencialmente.

Incluso antes de la invasión del Ruhr, la devaluación del marco y la inflación de precios eran la consecuencia mecánica de una política fiscal que respondía directamente a los intereses de la gran burguesía alemana, y muy especialmente a los trust industriales más concentrados. El esfuerzo de guerra había hecho que el Estado alemán se financie con empréstitos colosales que pensaba reembolsar con las reparaciones que los vencidos hubieran debido pagar tras la esperada victoria militar. Luego de la derrota alemana, el Estado hizo frente a sus compromisos financieros internos y a los gastos públicos haciendo funcionar la “plancha de billetes”, generadora mecánica de la inflación de precios y de la devaluación del marco. La inflación continua de precios permitió a la gran burguesía (quien tenía un acceso ilimitado al crédito bancario) efectuar con moneda devaluada4 el reembolso de los préstamos obtenidos para la adquisición de empresas y el pago de insumos, de impuestos y de salarios. En la práctica, la inflación hacía que la burguesía casi no tributara impuestos y que el Estado pagase sus propios gastos con moneda devaluada. “La parte de las recetas (fiscales) en el total de gastos (fiscales), que de 30% en enero de 1923 había subido a 57,5% en mayo, se desbarrancó al 8,7% en junio, a 2,9% en lo primeros días de septiembre y a 0,1% en los últimos días de octubre5.

Por motivos de clase, el Estado alemán tenía ante sí una encrucijada casi insuperable. En ausencia de una política fiscal que hiciese tributar de manera significativa a la clase capitalista, cosa que John Keynes no planteaba en absoluto, este último afirmó:

« Un intento serio del gobierno del Reich de cumplir las cláusulas de reparación causaría tal exceso de gastos sobre los ingresos que la inflación monetaria y el nivel de precios internos seguirían inmediatamente el movimiento de la depreciación del marco en los mercados mundiales. (…)

« [Toda] mejora en el valor del marco aumenta la deuda de Alemania frente a los tenedores de marcos en el extranjero, y también la carga impuesta al Tesoro por la deuda pública. [La devaluación del marco] tiene al menos la ventaja de reducir estas dos cargas a un nivel razonable.

« En cualquiera de estas dos alternativas, el futuro de Alemania es sombrío. Si la depreciación actual del tipo de cambio continúa y arrastra con ella a los precios internos, la nueva distribución de la riqueza entre las distintas clases de la sociedad provocará una catástrofe social. Pero si el marco vuelve a subir la eliminación del actual estímulo a la industria y a los negocios bursátiles resultante de la caída del marco podría causar una catástrofe financiera. Los responsables de la política financiera de Alemania se enfrentan a un problema de un nivel de dificultad sin precedentes ».6

Mientras la gran burguesía conducía un poderoso proceso de concentración y acumulación, y se oponía a todo intento de cambio de la política impositiva, todos aquellos cuyo sustento resultaba de ingresos personales o fijos caían en una pauperización vertiginosa (los obreros, los empleados, los intelectuales, el personal del Estado y la pequeña burguesía autónoma). La inflación provocó además la ruina de los pequeños ahorristas.

Mientras la inflación no se desbocó de manera exponencial, las luchas sindicales lograron dentro de ciertos límites amortiguar los efectos de la misma (pues los aumentos salariales corrían detrás de la inflación), pero su aceleración sumió a las más extensas masas proletarias en un estado de pobreza jamás vista en el pasado. En 1913, entre los asalariados, los ingresos más altos eran 7 veces superiores a los de un obrero medio, pero en febrero de 1922 sólo eran 2 veces superiores7. Como resultado del proceso acelerado de la inflación de precios, los fundamentos materiales de las aristocracias obreras (bases sociales estables del reformismo socialdemócrata) se dislocaron aceleradamente.

Las reparaciones de guerra

2.- Por sus dramáticas consecuencias, el pago de las reparaciones de guerra constituyó el problema externo más álgido que debió enfrentar el Estado alemán. Dejando de lado las pérdidas territoriales y coloniales, el desarme y la limitación de sus fuerzas militares, en abril 1921 los aliados de la Entente (tras ocupar militarmente en marzo Düsseldorf, Duisburg y el puerto de Ruhrot en la Cuenta del Ruhr) impusieron como monto de las reparaciones la suma colosal de 138 mil millones de marcos-oro (de los cuales 69 mil millones hubiesen correspondido a Francia)8.

A la espera de la fijación definitiva del monto total y de las modalidades del cobro de las reparaciones, el Tratado de 1919 había estipulado que durante los años 1919, 1920 y los cuatro primeros meses de 1921 Alemania debía entregar a cuenta de la cifra final el equivalente de 20 mil millones de marcos-oro. Una parte esencial de la industria alemana debía trabajar directa y prioritariamente para los países aliados, proveyéndolos en particular de carbón (2 millones de toneladas mensuales según el “acuerdo” de la Conferencia internacional de Spa de julio 1920), productos químicos y colorantes. Los aliados decidieron además la confiscación de toda la flota marítima alemana que superase 1600 toneladas, el 50% de la flota entre 1000 y 1600 toneladas, y 25% del resto de la flota.

En el trabajo citado más arriba, John Keynes describió las vicisitudes de las “negociaciones” entre las potencias vencedoras y la Alemania derrotada con el propósito de fijar los términos precisos y las modalidades de pago de las reparaciones exigidas, e hizo además el análisis exhaustivo de las consecuencias de las imposiciones de los aliados, demostrando rigurosamente, con ayuda de datos estadísticos de la economía alemana, la imposibilidad material de cumplir con esas exigencias (a menos de provocar una catástrofe económica y social).

Tras numerosas vicisitudes diplomáticas y las amenazas reiteradas de ocupar militarmente territorio alemán, el gobierno del Reich aceptó el ultimátum de los aliados del 5 de mayo 1922 (cuyo rechazo hubiese provocado la ocupación de toda la Cuenca industrial del Ruhr). El diktat aliado exigía la aceptación de las condiciones siguientes detalladas por Keynes:

« Alemania debe remitir 12.000 millones de marcos de oro en bonos A, 38.000 millones en bonos B y el resto de su deuda, estimada provisionalmente en 82.000 millones de marcos-oro, en bonos C. Todos estos bonos dan un interés del 5%, más un 1% adicional por amortización. El servicio de cada una de las series A, B y C será efectuado mediante pagos de Alemania ».

« Llegamos al punto central del acuerdo, las disposiciones de pago. Alemania debe pagar anualmente, hasta su liberación completa: (1) Dos mil millones de marcos-oro [y] (2) Una suma equivalente al 26% del valor de sus exportaciones (…) Según el nuevo plan, el valor anual de las exportaciones alemanas tendría que alcanzar el monto improbable de 24 mil millones de marcos-oro para que Alemania pueda hacer frente a semejante compromiso ».

« La mayoría de las importaciones alemanas se utilizan para la industria o para alimentar a la población. Por lo tanto, es seguro que con exportaciones de 6.000 millones [estimación avanzada para 1921], Alemania no puede reducir sus Importaciones al punto de tener el superávit de 3.500 millones que necesitaría para cumplir con sus obligaciones. (…) Para cumplir con sus obligaciones, Alemania tendría que duplicar el valor-oro de sus exportaciones sin aumentar en modo alguno sus importaciones ».

Para tener una idea del carácter irrealista de las exigencias aliadas en las condiciones políticas de entonces, basta con señalar que, en 1920, el monto de las exportaciones alemanas fue de 5.000 millones de marcos-oro, en tanto que las importaciones de ese año se elevaron a 5.400 millones de marcos-oro (dando lugar a un saldo deficitario de 400 millones de marcos-oro).

No era pues con el superávit del comercio exterior que Alemania podía hacer frente al pago de las reparaciones. Ello hubiese exigido poner a contribución a la gran burguesía alemana, cosa que ésta rehusaba, en tanto que el gobierno alemán no estaba dispuesto a exigírselo.

Keynes pronosticó las repercusiones que tendrían todas estas demandas en el terreno de la lucha de clases:

«En cuanto se les pida a los ciudadanos que paguen, la lucha dejará de enfrentar a los Aliados y al gobierno alemán; en su lugar, las diferentes clases sociales de Alemania se opondrán entre sí. El conflicto será violento y duro, pues para los involucrados en la lucha aparecerá como una cuestión de vida o muerte. Las más poderosas influencias egoístas intervendrán. Las concepciones sociales más opuestas aparecerán a la luz del día. Cualquier gobierno que intente seriamente pagar sus deudas estará inevitablemente obligado a abandonar el poder».

El gobierno alemán pidió una primera moratoria de seis meses en octubre 1921. En julio 1922 solicitó una segunda moratoria, contra la cual reaccionará el gobierno francés ocupando militarmente toda Cuenca del Ruhr en enero 1923.

La organización e influencia del KPD en 1922

3.- Hemos dejado al Partido comunista alemán tras el III Congreso de la IC con sus tensiones internas generadas por los enfrentamientos entre la corriente mayoritaria (Brandler, Clara Zetkin, Thalheimer, …) y su extrema izquierda berlinesa (Ruth Fisher, Maslow, Rosemberg), tensiones exacerbadas por las propuestas tácticas preconizadas por el VKPD del FU con la socialdemocracia y la del Gobierno Obrero, tácticas retomadas y generalizadas por la Internacional para todos los partidos comunistas a partir del I Ejecutivo Ampliado de diciembre 1921. La Dirección del Partido alemán se convirtió en el más ardiente promotor y defensor de estas orientaciones tácticas.

La Acción de Marzo 1921 había provocado una deserción masiva en el VKPD9 y su consiguiente marginación en las filas obreras. En 1922, el Partido remontaba lentamente la pendiente logrando incrementar en 100.000 el número de sus afiliados.

Ello fue el resultado de la reanudación de los movimientos reivindicativos como consecuencia de la deterioración de la situación material de las grandes masas trabajadoras, del pujante renacimiento del movimiento de los consejos de fábrica y de la enérgica puesta en obra de la táctica a favor del frente único de las organizaciones y “partidos obreros”.

Fue gracias al esfuerzo y a la influencia determinante de los militantes obreros comunistas que numerosos consejos de fábrica lograron emanciparse de la tutela de las burocracias sindicales y transformarse en los canales privilegiados de los impulsos de lucha de los trabajadores de fábrica10.

El KPD logró también una fuerte influencia en los comités de desocupados (que en numerosos casos mantuvieron una estrecha relación con los consejos de fábrica).

4.- El KPD logró ya entonces, no sólo atraer a sus raleadas filas a nuevas vanguardias obreras, sino también forjar una sólida organización a la altura de la tradición del movimiento obrero de este país.

Broué suministra información sobre su arriago hacia fines de 192211. Su descripción habla de un partido caracterizado por una sólida organización, por su altísima composición obrera (más del 90% de sus afiliados) que organizaba sobre todo a un proletariado joven impulsado a la lucha revolucionaria por la guerra, y con una implantación variable según las regiones.

« A finales de 1922, la situación (del Partido) estaba en proceso de recuperación (…) Su implantación seguía siendo muy desigual de una región a otra. Por ejemplo, en Baviera, no sobrepasa los 6.000 militantes (…), y no ha superado los golpes recibidos en 1919. En cambio, cuenta con unos 50.000 miembros en Renania-Westfalia, casi 30.000 en el distrito de Berlín-Brandemburgo, casi 20.000 en Erzgebirge-Vogtland, 23.000 en el distrito de Halle y Wasserkante, lo que es una gran proporción de la población total, pero aún más en relación con la población obrera: un militante comunista cada 46 habitantes en Halle, uno cada 55 en Erzgebirge-Vogtland, uno cada 138 en Wasserkante, uno cada 144 en Berlín-Brandemburgo y, en relación con la población obrera, incluidas las mujeres y los niños, uno cada 30 en Halle, 45 en Erzgebirge, 50 en Wasserkante, 60 en Berlín-Brandemburgo.

« (…) Por su composición, el Partido comunista alemán es ante todo un partido obrero e incluso un partido de la juventud obrera. Las estimaciones de los autores más diversos nunca están por debajo del 90% de los trabajadores en sus filas. Salvo excepciones, Espartaco y el ex KPD(S) no habían penetrado profundamente en el proletariado industrial, pero los independientes de izquierda trajeron a decenas de miles de obreros industriales al partido unificado. (…) [Los] militantes comunistas son jóvenes: la inmensa mayoría son hombres de la generación del final de la guerra y de la posguerra, es decir, de la Revolución rusa y de la Revolución de noviembre, encuadrados por hombres de la generación anterior. (…) En 1922, se estaba produciendo una renovación y se notaba una oleada de directivos muy jóvenes, sobre todo en las tareas clandestinas y en la prensa.

« (…) [En] 1920 la Zentrale tomó conciencia de otras necesidades: busca mejorar su eficiencia dotándose de una organización más racional y sobre todo de un verdadero aparato profesional. (…) En 1921, el KPD tenía 223 miembros permanentes, 96 de los cuales eran “políticos” y 127 “técnicos”.

« (…) La Juventud Comunista ocupaba un lugar particularmente importante (…). A finales de 1922 contaba con 30.000 miembros de entre catorce y veinticinco años, organizados en grupos locales, y a partir de noviembre, lo más a menudo posible en grupos de empresas (…). Pretende ser una organización juvenil y una organización de masas, (…) que se esfuerza por reunir a los jóvenes trabajadores o desempleados disponibles y convertirlos en militantes y cuadros del partido.

« (…) La influencia y la proyección del Partido no son fáciles de medir. El número de votos obtenidos en las elecciones sólo indica una relación entre el número de militantes y el número de votantes, que en algunas regiones supera el de uno a veinte, o incluso cuarenta. (…) La prensa es uno de los principales vehículos de la influencia del Partido y su difusión proporciona información valiosa. (…) [En] 1922 el Partido tenía un total de treinta y ocho diarios -diecisiete de los cuales eran de hecho sólo ediciones regionales- con un total de 338.626 suscriptores. (…) La revista teórica del partido, Die Internationale, tiene sólo 3.000 suscriptores; el órgano destinado a los grupos sindicales, Die Kommunistische Gewerkschafter, 38.000 suscriptores; el semanario femenino Die Kommunistin, 29.000; el diario campesino, Der Pflug, 5.000 – éste será suspendido en 1922-; y el boletín de asuntos municipales, Kommune, 4.500. Las revistas para niños – Das proletarische Kind – y para adolescentes – Der junge Genosse, que publica 30.000 ejemplares, no tienen el mismo objetivo que Die Junge Garde, un periódico de combate y órgano del KJD. (…) Otro instrumento de la influencia del Partido está constituido por sus representantes electos. En el Reichstag sólo le quedan catorce diputados, doce lo dejaron al mismo tiempo que Leví y como él se negaron a devolver sus mandatos. (…) Tiene setenta y seis diputados en los distintos Landtag, 12.014 concejales en cuatrocientas veinte ciudades, tiene la mayoría absoluta en ochenta concejos municipales, la mayoría relativa en ciento setenta más. Todos los funcionarios electos (…) son a la vez propagandistas y agitadores a través de sus intervenciones en las asambleas electas, e incansables cabilderos que se esfuerzan por ganar la adhesión de los sectores obreros de los cuales actúan como portavoces.

« En cuanto al peso del KPD en los sindicatos, éste no deja de crecer. Sigue desempeñando un papel en los sindicatos que no son miembros de la A.D.G.B., como el Sindicato de Trabajadores Manuales e Intelectuales (…) y la pequeña “Unión de Trabajadores Manuales e Intelectuales”: en esa época contaba con unos 80.000 miembros (…). Mucho más significativo es el progreso realizado por los comunistas dentro de los sindicatos reformistas. A pesar del sistema de nombramiento de delegados que otorga una prima al sector mayoritario, todas las corporaciones han visto la organización y la acción de importantes minorías revolucionarias impulsadas por los comunistas, lo que se traduce en la presencia de delegados en todos los congresos. En el Congreso Nacional de la A.D.G.B. de 1922, de un total de 694 delegados, hay 90 comunistas, 48 de los cuales eran metalúrgicos. (…) A pesar de la ola de exclusiones que siguió a la campaña por la Carta Abierta de enero 1921, y luego a la Acción de Marzo, los comunistas están fuertemente presentes en todos los grandes sindicatos. Tienen 46 militantes de los 216 delegados al Congreso de trabajadores ferroviarios, 33 de los 305 al Congreso de los transportistas, 41 de los 305 al Congreso de los municipales. Los comunistas tienen la mayoría absoluta en sesenta comisiones sindicales locales, incluidas varias de las principales centrales obreras, como Remscheid, Solingen, Hanau, entre otras. Cuatrocientos de ellos tienen responsabilidades sindicales, al menos a nivel de empresa, y su control se extiende a 997 organizaciones sindicales, entre las cuales están las organizaciones sindicales metalúrgicas de Stuttgart, Hanau y Friedrichshafen. Aún siendo una clara minoría, ya son candidatos para el liderazgo político de los sindicatos, liderazgo que están peleando a los líderes reformistas. Su acción militante no se limita a los trabajadores manuales: entre los maestros, ellos militan, dependiendo de las condiciones locales, ya sea en el sindicato oficial o en las secciones de una “unión” independiente, reclutando maestros, profesores de liceo e incluso profesores universitarios (…). Después de mucho esfuerzo, finalmente han logrado desarrollar el trabajo político dentro del medio estudiantil y están construyendo allí núcleos, la Kostufra (fracciones estudiantiles comunistas), que también proveen cuadros para la Juventud y el Partido. (…) Si bien el Partido comunista alemán es en términos numéricos el mayor Partido comunista del mundo fuera de Rusia, sus militantes parecen relativamente aislados en la clase obrera: una minoría coherente y activa, ciertamente, pero cuya influencia parece multiplicarse entre los trabajadores organizados políticamente sólo allí donde los comunistas han podido convertirse en organizadores o líderes de luchas sindicales ».

5.- 1922 fue el teatro de un movimiento ascendente de luchas obreras contra las ofensivas patronales y del Estado. Los acreedores aliados del Estado alemán exigían de éste un superávit fiscal y medidas impositivas drásticas para intentar asegurarse el pago de las reparaciones. El despido de 20.000 ferroviarios y el aumento de las horas de trabajo sin compensación salarial de los otros desencadenó en febrero 1922 un movimiento de lucha generalizado, desautorizado histéricamente por los sindicatos socialdemócratas y reprimido por el Gobierno (con participación socialista) con la supresión del derecho de huelga, la detención del Comité de huelga y la confiscación de las cajas sindicales de los ferroviarios. En la metalurgia, en marzo 1922, la reacción contra los intentos de aumentar las horas de trabajo provocó la huelga de dos meses de 150.000 trabajadores. La intensa participación comunista en los movimientos de resistencia reforzó su influencia en los sindicatos a pesar de la fuerte oposición de sus burocracias. En el Congreso nacional de la Central Sindical ADGB del mes de junio, los comunistas lograron hacer adoptar la reorganización de la misma sobre una base industrial, abriendo la vía al desmantelamiento de los sindicatos por corporaciones que eran los bastiones de las burocracias reformistas.

El KPD ante el auge de los movimientos nacionalistas

6.- Las sucesivas crisis parlamentarias estaban alimentadas por las reticencias de los partidos burgueses a asumir los costos de la aceptación pública de las imposiciones aliadas resultantes del Tratado de Versalles. Tras la renuncia en mayo de 1921 del gobierno presidido por el liberal Fehrenbach (con participación de ministros socialistas), el Presidente Ebert (ex-presidente del SPD, Jefe del Gobierno que aplastó los levantamientos obreros de 1919, Presidente de la República de Weimar desde febrero 1919), nombró Canciller al centrista Joseph Wirth, quien obtuvo la aceptación parlamentaria del ultimátum de los aliados y los plenos poderes con el apoyo del partido del Centro, del SPD, del USPD y del DDP (partido liberal). El SPD tenía tres ministros en el gobierno12. La crisis política sucesiva a la partición de la Alta Silesia provocó el 2-10-1921 la renuncia del Gabinete y la formación del segundo gobierno Wirth que durará hasta noviembre 1922, con la participación de cuatro ministros socialistas13.

Los aliados impusieron a Alemania la reducción de sus efectivos militares a 100.000 hombres. Para evitar el encuadramiento militar de oficiales y suboficiales bajo formas solapadas, los aliados exigieron en marzo 1921, además de la disolución de las Guardias Civiles locales que poseían una estructura militar similar a la del Ejército, la disolución de los Freikorps (los cuerpos francos compuestos por militares, oficiales, suboficiales y lúmpenes desmovilizados) que en la posguerra surgieron por toda Alemania. Estas milicias irregulares ultranacionalistas suministraron a la burguesía y al Estado (amén de la socialdemocracia) las fuerzas necesarias para aplastar en 1919 a los movimientos revolucionarios del proletariado alemán.

Las numerosas formaciones irregulares que pululaban en toda Alemania asumieron todo tipo de formas y coberturas, y tomaron renovados impulsos en marzo 1921 tras la ocupación de una parte de la Cuenca del Ruhr y de la aceptación por parte del Gobierno de los diktats de los aliados, de la partición de la Alta Silesia14, y como consecuencia de la inflación galopante y de la pauperización creciente de las clases medias.

Tras mucho tergiversar, el gobierno de Wirth promulgó el 24 de mayo 1921 la prohibición de la formación de los Freikorps que no tuviesen autorización oficial. En el Land de Baviera, cuyo Gobierno estaba dominado por el Partido Popular (BVP, centrista y católico) este decreto permaneció letra muerta, pues la burguesía los necesitaba como reserva contrarrevolucionaria. Según Winkler: « La disolución formal de las formaciones paramilitares no significó por cierto el fin de la política paramilitar. La “célula de orden bávara” siguió siendo el Eldorado de numerosas “asociaciones patrióticas”, que superaban a las milicias civiles por su radicalismo, y ninguna organización después de la disolución de estos grupos creció numéricamente tanto como el ejército privado del más extremista de todos los agitadores de derecha: las SA (Sturmabteilungen) de Hitler »15.

Conjuntamente con la prensa y todos partidos nacionalistas de derecha, las organizaciones paramilitares y « patrióticas » atribuían al movimiento obrero la entera responsabilidad de la derrota militar, y reprochaban a la República de Weimar y a sus pilares políticos la aceptación de las consecuencias diplomáticas, políticas, económicas y sociales del Tratado de Versalles.

Las organizaciones ultranacionalistas pusieron en marcha una serie de atentados contra representantes de todo signo político de la República de Weimar y del movimiento obrero. El 9-6-1921, Karl Gareis, dirigente del USPD de Baviera, fue abatido por desconocidos. El 26-8-1921 Matthias Erzberger, político liberal que dirigió la delegación alemana que firmó la capitulación el 11-11-1918, fue asesinado por miembros de la ultranacionalista y secreta “Organización Cónsul”. En junio de 1922 el socialdemócrata Scheidemann (Jefe del Gobierno del Reich responsable de la represión de la marea revolucionaria de 1919) fue objeto de un atentado. El dirigente comunista Thaelmann lo fue a su vez el 18-6. Tras la firma del Tratado de Rapallo16 entre la Unión Soviética y Alemania, el Ministro de Relaciones Exteriores, Walther Rathenau, gran capitalista objeto de una campaña furiosamente anti-bolchevique y antisemita de la extrema derecha nacionalista, fue abatido por dos militares pertenecientes a la “Organización Cónsul”.

Los atentados revivieron en las masas al recuerdo del Putsch de Kapp contra la legalidad republicana y el movimiento obrero. Con seguro instinto, y por experiencia, las masas obreras veían en las organizaciones paramilitares y políticas de extrema derecha un peligro directo contra ellas, y en la burocracia estatal, en las fuerzas armadas y represivas, y en el poder judicial, todos ellos heredados del Antiguo Régimen, baluartes seguros de la reacción (no necesariamente monárquica).17

El KPD, partidario convencido e incansable promotor del frente único con los partidos socialdemócratas (SPD y USPD), les propuso inmediatamente un acuerdo para luchar por un conjunto de consignas que apuntaban a defender la República burguesa (algo así como la defensa proletaria y revolucionaria de la legalidad republicana): • Interdicción de toda reunión nacionalista • Disolución de todas las organizaciones nacionalistas y monárquicas • Revocación de todos los oficiales monárquicos del Ejército y de la policía • Revocación de los altos funcionarios y magistrados conocidos por sus opiniones nacionalistas • Dimisión del Ministro de la Guerra (Otto Gessler) • Revocación del general Hans von Seeckt (organizador del Ejército alemán de la posguerra), encarcelamiento de Erich Ludendorff (ex General en Jefe del Ejército alemán durante la guerra, ultranacionalista declarado, partidario de Hitler), Escherich y otros dirigentes de la organización ultranacionalista Orgesch • Amnistía para todos los trabajadores revolucionarios encarcelados tras las jornadas de Marzo 1921 • Prohibición de la prensa pro-monárquica que apela a los asesinatos y a la lucha contra la República • Creación de tribunales especiales, formadas por obreros, empleados y funcionarios sindicalizados encargados de detener y condenar los actos graves inspirados por los monárquicos y los enemigos de los trabajadores • Formación de milicias obreras de defensa • Levantamiento del Estado de excepción • Adopción de un decreto promulgando los puntos anteriores • Constitución de organismos de control con obreros, empleados y funcionarios elegidos por asambleas de Consejos de fábrica • Declaración de una huelga general nacional hasta satisfacción integral de las precedentes reivindicaciones.

Este conjunto de reivindicaciones mezclaba consignas válidas relativas a la organización de masas para la lucha contra la reacción (amnistía, formación de milicias obreras de auto-defensa, levantamiento del Estado de excepción, auto-organización de masas, huelga general), con consignas de neto corte reformista de “purificación” y de defensa institucional del Estado burgués.

Una reunión entre el KPD, el USPD, el SPD, la Central Sindical de Empleados (AfA) y la Comisión General de los sindicatos de Berlín llamó a una manifestación callejera para el 25 de junio (la que será multitudinaria). En una reunión ulterior, con la presencia de la Central Sindical Obrera (ADGB), los socialdemócratas y los sindicatos se pronunciaron contra una huelga general ilimitada, contra la constitución de los comités de control y contra la perspectiva de un “gobierno obrero”. En las reuniones ulteriores la lista de las reivindicaciones planteadas por el KPD, y en un principio aceptada por los otros participantes, encogió inexorablemente. Finalmente, horas antes del inicio de la huelga y de las manifestaciones previstas para el día 27 de junio (huelgas y manifestaciones que hubieran debido presionar al Gobierno y al Parlamento para que adopten las consignas propuestas), las 5 organizaciones firmaron el “Acuerdo de Berlín” precisando los objetivos definitivos de ese frente único (el KPD emitió en esta ocasión algunas “reservas” al respecto): • Amnistía • Prohibición de las ligas nacionalistas, reuniones, desfiles, emblemas y colores monárquicos • Disolución de los grupos armados anti-republicanos • Depuración del aparato del Estado y del Ejército.

Las manifestaciones congregaron a millones de participantes en todo el país. A la rastra de los partidos y sindicatos socialdemócratas, el KPD se encontró embarcado en una multitudinaria movilización de masas por la defensa y la depuración de la República burguesa, que hubiera debido culminar, según el KPD, en la formación de un “gobierno obrero” socialdemócrata sin ministros burgueses.

Desde el punto de vista de la táctica del frente único planteado por la Internacional, el KPD hubiera debido llamar a las manifestaciones haciendo valer las posiciones de clase que él y las otras organizaciones obreras hubieran podido compartir, denunciando las capitulaciones resultantes del abandono de ellas por parte de las direcciones reformistas.

La ironía de la historia fue que, salvo en casos puntuales que fueron la excepción, el KPD quedó aislado como único partidario consecuente del encogido Acuerdo de Berlín (y único propagandista compulsivo de un “gobierno obrero” que los llamados “partidos obreros” rechazaban obstinadamente).

Broué describe el desarrollo de los acontecimientos que desembocaron en la adopción de una Ley de Defensa de la República que atribuyó a la policía y a los tribunales del Estado la responsabilidad exclusiva de defenderla; y que, según W.Pieck (dirigente del KPD), “se convirtió en realidad en una ley contrarrevolucionaria y sobre todo anticomunista18:

«Comenzó entonces una carrera contra el tiempo entre el KPD, que quería empujar a las otras organizaciones a la acción aprovechando la emoción y el impulso para construir simultáneamente lo que llamaba los órganos del frente único, y el SPD, que buscaba consolidar la coalición en el Reichstag arrastrando a los populistas en el voto de una “Ley de Defensa de la República”, mientras culpaba a los comunistas de la ruptura del frente único. En muchas localidades, a pesar de las decisiones formales de las autoridades nacionales del SPD y de los sindicatos, por iniciativa de los comunistas se crean comités de control o de acción, especialmente en Sajonia y Turingia, pero también en Renania-Westfalia y Alemania Central. (…) Por su parte, la SPD consiguió que la convocatoria de la gigantesca manifestación prevista para el 4 de julio incluyera una advertencia contra los discursos de oradores y provocadores “incontrolados”; los representantes de la KPD se negaron a firmar un texto de este tipo y los otros cuatro convocantes lo publicaron sin su firma. El Partido comunista protestó enérgicamente y, por su lado, hizo un llamamiento especial a la manifestación conjunta, que la organización sindical se negó a publicar. Al mismo tiempo, intentó reavivar la discusión o, al menos, superar las diferencias, y para ello hizo públicas nuevas propuestas: por una huelga general como medio para obtener las reivindicaciones inscriptas en el Acuerdo de Berlín, por la disolución del Reichstag y la celebración de nuevas elecciones que los partidos obreros abordarían con el propósito de obtener una mayoría obrera en el Reichstag y la formación de un gobierno obrero. El KPD obtuvo el voto de muchas resoluciones en ese sentido dentro de las secciones sindicales o consejos de fábrica.

«Habiendo entablado negociaciones con los populistas del Reichstag para votar una “Ley para la Defensa de la República” (que para estos últimos no podía incluir una amnistía a favor de los comunistas convictos por la Acción de Marzo de 1921), el Partido socialdemócrata rechazó las propuestas comunistas. El KPD entonces acusó públicamente al SPD de traicionar los acuerdos de Berlín y comenzó a publicar las actas de las discusiones entre las organizaciones. El 4 de julio, la ADGB exigió del KPD que se atuviese a las reivindicaciones establecidas conjuntamente. La Zentrale del KPD le respondió señalando que las dificultades provenían del hecho que los líderes socialdemócratas hacían concesiones a sus aliados derechistas en el Reichstag, y que el frente único podría sellarse a un nivel más alto si los cinco reclamasen la disolución y nuevas elecciones que hicieran posible una mayoría y un gobierno obrero. El mismo día, las cuatro organizaciones, reunidas en ausencia del KPD, le informaron que éste ya estaba excluido “de la unidad de acción”. La KPD respondió con un llamamiento titulado “¡Frente Unido a pesar de todo!”, reclamó la creación de comités conjuntos de supervisión y la organización de la lucha por la aplicación del Acuerdo de Berlín. Se crearon efectivamente nuevas comisiones en Essen, Düsseldorf, Reinickendorf, pero en general la situación había cambiado a favor de los líderes reformistas, que ya no temían ser desbordados y pudieron dedicarse a una solución satisfactoria de la cuestión a nivel parlamentario.

«De concesión en concesión, de enmienda en enmienda durante la discusión en el Reichstag, la Ley de Defensa de la República encomendó finalmente esta tarea a la policía y a los tribunales. El KPD denunció su carácter de clase, demostró que en realidad sólo sería utilizable contra la clase obrera y sus organizaciones. En la votación del 18 de julio los diputados comunistas votaron en contra con la extrema derecha, los diputados socialdemócratas de ambos partidos votando a favor con el resto de los partidos burgueses. Un acuerdo entre los Independientes y los Mayoritarios creó un “colectivo de trabajo parlamentario”, preámbulo de una próxima fusión (entre el SPD y el USPD). La decisión de los Independientes de revertir la negativa de principio a participar en cualquier gobierno de coalición, decisión tomada en nombre de la “defensa de la república”, hará posible la reunificación».19

La ley de Defensa de la República se aplicará rápidamente contra el Partido comunista. A partir de un ataque organizado el 15 de octubre 1922 en Berlín por militantes de la izquierda del KPD contra un mitin de extrema derecha, ataque que dio lugar a enfrentamientos entre los comunistas y la policía (con el resultado de un comunista muerto y otros 50 heridos), el Gobierno del Reich ordenó la detención de más de 50 comunistas (entre los cuales Brandler, Thalheimer, Pfeiffer) que serán procesados por “atentado a la paz civil”.


El KPD había exagerado el peligro de un golpe de Estado monárquico contra la República de Weimar que hubiera significado, como fue el caso del Putch de Kapp, un tiro por elevación contra el movimiento obrero alemán. Con el fracaso del Putsch de Kapp, las fuerzas burguesas dominantes constataron prácticamente la imposibilidad de una restauración monárquica o conservadora sin la derrota previa del movimiento obrero; y a la espera de esa derrota tenían necesidad de la socialdemocracia para hacer frente al peligro de una revolución comunista. Durante un decenio aún, la gran burguesía, a través de la República de Weimar, tuvo suficientes resortes institucionales y represivos como para no adherir a una solución abiertamente anti-republicana. Y se requerirán 11 años más para que un movimiento ultranacionalista (el Partido nazi), se ampare legalmente del poder e inicie el proceso de liquidación de la democracia alemana. Mientras tanto, todas las baterías de la República de Weimar estuvieron dirigidas contra la clase obrera revolucionaria.

La actitud del KPD ante el atentado contra Rathenau fue el resultado de tres factores diferentes: • Mala apreciación de la situación (exageración del peligro de restauración monárquica o de golpe de Estado ultranacionalista) • Defensa de la democracia parlamentaria en cuanto marco institucional de su preconizado “gobierno obrero” • Aprovechamiento de la movilización de masas para tratar de concretar un frente único con la socialdemocracia en defensa de la legalidad republicana.

Desde mediados de 1921, toda la acción del KPD estuvo centrada en la búsqueda y la promoción, por todos los medios posibles, de un frente común con la socialdemocracia (en sus versiones políticas y sindicales). La democracia burguesa aparecía entonces como un objetivo a defender como condición de sus planteos estratégicos y tácticos. En el Congreso de Leipzig del KPD (enero 1923), la izquierda alemana denunciará vigorosamente este deslizamiento oportunista de la corriente mayoritaria del Partido.

El planteamiento político del KPD fue claramente oportunista por hacer creer al proletariado que éste debía situarse como defensor de la República democrática y depurar revolucionariamente su aparato estatal. Su propaganda durante las jornadas de movilización a favor de la disolución del parlamento, con la mira puesta en la formación de un “gobierno obrero”, estaba tirada por los pelos.20

La acción del KPD durante las jornadas de junio 1922 agudizó una vez más el conflicto entre la Dirección del KPD y la izquierda del partido.

SEGUNDA PARTE

El IV Congreso de la Internacional Comunista

7.- El IV Congreso de la Internacional tuvo lugar entre el 5-11 y el 5-12 de 1922, y constituyó un jalón crítico en la historia de la Comintern.

Su contexto estuvo signado por: (a) una situación económica de estabilidad y de relativo auge internacional de la producción capitalista, junto a una crisis mundial del Orden imperialista; (b) la ofensiva burguesa internacional tras el reflujo de la marea revolucionaria de la posguerra; (c) el retroceso y las derrotas del movimiento obrero en Europa (cuya expresión más elocuente fue la victoria del fascismo en Italia), junto al potencial revolucionario de la situación en Alemania; (d) el intento de precisar las tácticas del FU y del Gobierno Obrero lanzadas por la Internacional y adoptadas por el I Ejecutivo Ampliado de diciembre 1921; (e) la presencia de tendencias federalistas y una situación de crisis interna aguda en numerosos partidos comunistas (en primer lugar, el francés).

8.- La “Resolución sobre la táctica de la Internacional Comunista”21 se inicia detallando la visión del CEIC sobre la situación mundial luego del III Congreso. En el terreno de la economía capitalista, sostiene fundamentalmente que, a pesar de los vaivenes de sus tendencias a corto plazo, el capitalismo mundial ha entrado en una agonía imposible de superar en el largo plazo. Esta descripción del curso de la economía internacional anunciaba en sus grandes líneas la trayectoria del imperialismo con la crisis de los años 30 y la II Guerra Mundial.

En el terreno de la política internacional, la Resolución señala la situación crítica de Alemania y de toda Europa Central; el papel objetivamente revolucionario contra el Orden imperialista de los movimientos de liberación nacional en India, Egipto, Irlanda y Turquía; y los antagonismos nacionales en Europa como consecuencia del Tratado de Versalles.

Retomando los análisis de los dos Ejecutivos Ampliados precedentes, la Resolución describe la ofensiva internacional de la burguesía contra la clase obrera, caracterizando la situación, a pesar de ello, como “objetivamente revolucionaria”.

El documento ve en el fascismo la consecuencia de la ofensiva burguesa allí donde las clases dominantes no confiaban en que el reformismo fuese capaz de mantener al proletariado en estado de sumisión, y afirma que “una de las tareas más importantes de los partidos comunistas consiste en organizar la resistencia al fascismo internacional, en colocarse al frente de todo el proletariado en la lucha contra las bandas fascistas y aplicar enérgicamente también en este terreno la táctica del frente único”.

En su discurso, y “desde un punto de vista histórico”, Zinóviev calificó de comedia la conquista del poder por el fascismo italiano en Octubre 1922, afirmando que “dentro de algunos meses la situación cambiará en provecho de la clase obrera”, aunque “por el momento, es un golpe de Estado serio, una verdadera contrarrevolución”. La “comedia” durará 21 años, y cesará como consecuencia de la II Guerra Mundial. El optimismo de Zinóviev, quien también sostuvo que, “a pesar de todo, Italia está cerca de la Revolución”, estaba fuera de lugar.

Al abordar la situación del movimiento obrero, la Resolución considera que la fusión de las Internacionales II y II½ favorecía la posibilidad de esclarecimiento de las masas al eliminar la ficción de una alternativa revolucionaria a la de la Internacional Comunista.

El documento subraya a continuación el esfuerzo antiproletario y anticomunista de la socialdemocracia ya fusionada por la expulsión de los comunistas de los sindicatos y, en casos limites, por la escisión de los mismos en un supremo intento para minar la influencia revolucionaria dentro de los mismos. Esta cuestión dio lugar a Tesis ad hoc sobre la acción comunista en el movimiento sindical.

Tras reafirmar la actualidad de la consigna del III Congreso de la conquista de la mayoría de la clase obrera y conducir al combate al sector decisivo da la misma, y que ese objetivo seguía siendo en los EE.UU. y en Europa la tarea esencial de la Internacional, la Resolución abordó sucintamente sus dos tareas fundamentales en Oriente: “(1) crear un embrión de Partido comunista que defienda los intereses generales del proletariado, y (2) apoyar con todas sus fuerzas al movimiento nacional revolucionario dirigido contra el imperialismo, convertirse en la vanguardia de ese movimiento y fortalecer el movimiento social en el seno del movimiento nacional”. También este tema fue el objeto de Tesis a las que nos referiremos más adelante.

La consigna del gobierno obrero

9.- Sin lugar a dudas, el tema abordado en la Resolución correspondiente a la consigna y a la táctica del Gobierno Obrero constituyó el punto crucial del IV Congreso. Éste tendrá una influencia decisiva en el desarrollo de los acontecimientos en Alemania que desembocarán en el fiasco de Octubre 1923.

Antes analizar las indicaciones y precisiones sobre este tema contenidas en el documento, retomemos el hilo de las discusiones que, desde 1920, se refirieron a esta cuestión.

En ocasión del Putsch de Kapp (marzo 1920), el Partido alemán había sostenido posiciones contradictorias en relación a un posible apoyo a un “gobierno obrero” socialdemócrata [§IV-27].

En octubre 1921, el Proyecto de Programa del VKPD preveía la implementación de un programa de reformas en el marco de la democracia parlamentaria que debía ser vehiculada por un “gobierno obrero” que constituiría una etapa de transición entre el Estado burgués y la dictadura del proletariado. Casi simultáneamente, el CEIC planteó al Partido alemán la necesidad de una campaña política por la constitución de un “gobierno obrero” con representantes de los partidos socialdemócratas y de los sindicatos, y el apoyo – bajo ciertas condiciones – del Partido comunista a tal gobierno22 [§VII-2].

En noviembre 1921, las Tesis del Comité Central del VKPD excluían aún la participación de ministros comunistas en este tipo de “gobierno obrero”. Pero Radek, en nombre del CEIC, combatió esta posición afirmando que “El partido comunista puede formar parte de cualquier [!] gobierno dispuesto [?] a luchar contra el capitalismo23.

En diciembre 1921, la Dirección del VKPD se declaró favorable no sólo a apoyar por todos los medios a un gobierno SPD-USPD, sino también a entrar en él “si se [tuviese] la garantía que, en la lucha contra la burguesía, ese gobierno defenderá los intereses y las reivindicaciones de los trabajadores”. Las Tesis de la Internacional sobre la unidad del frente proletario de diciembre 1921 aprobaron sin reservas la declaración precedente.

Tras el II Ejecutivo Ampliado de junio 1922, la carta del CEIC a la Dirección del Partido italiano afirmó que la “idea del gobierno obrero no debe ser considerada para nada como una combinación parlamentaria, sino como la movilización revolucionaria de todos los obreros para el derrocamiento del poder burgués”, sugiriendo así que la consigna del “gobierno obrero” implicaba la lucha directa por la dictadura del proletariado [§VIII-8].

Inmediatamente después del II Ejecutivo Ampliado, la discusión sobre el Programa de la Internacional Comunista que tuvo lugar el 29-6-192224 [en la cual participaron, entre otros, Radek, Zinóviev, Bujarin, Clara Zetkin y Sméral] fue muy elocuente de la confusión e indeterminación existentes en las más altas esferas de la Internacional en torno del contenido, la significación real y el alcance de la consigna del “gobierno obrero”.

En esa ocasión, Zinóviev afirmó: “¿Qué significa gobierno obrero? Esto significa: “Comunistas y socialdemócratas que quieren crear un gobierno porque las fuerzas reaccionarias los rodean. (…) El gobierno obrero es una palanca diseñada para canalizar, en un país y en una situación dada, las fuerzas a nuestro favor. Pero no es de ninguna manera una manera de derrotar a la burguesía [subrayado nuestro, ndr] (…). Yo no creo que alguna vez la socialdemocracia nos ayude a instaurar el comunismo. Todo lo contrario”.

Por su parte, Radek declaró: “Cuando se planteó la cuestión del gobierno obrero en Alemania, en Sajonia y en Turingia, circuló en la prensa del Partido [alemán] un argumento único, a saber, que los comunistas sólo podían participar en un gobierno soviético. Esto significa una falta total de preparación del método por el cual podríamos movilizar a las masas”.

Radek señaló a continuación una contradicción en las posiciones enunciadas con anterioridad por Zinóviev: “[Zinóviev] dice que [el gobierno obrero] es el puente entre la dictadura [del proletariado] y la situación actual, que es una vía para salir de esta situación [subrayado nuestro, ndr.], de manera que si llegamos al gobierno obrero, éste trabajará para la dictadura del proletariado. En segundo lugar, dijo que era un seudónimo de la dictadura del proletariado. Él tiene razón y a la vez está equivocado. Hay países en los que no pasaremos por el gobierno obrero. En otros países (…) llegan las elecciones, los partidos obreros tienen la mayoría, deciden elegir un gobierno obrero por medios parlamentarios. Esto es muy posible en Alemania o Checoslovaquia”.

Simultáneamente, Thalheimer, vocero y teórico del ala mayoritaria del Partido alemán, publicó un extenso artículo titulado “Qu’est-ce qu’un Gouvernement Ouvrier?25, cuyo interés residió en detallar el pensamiento de su Dirección. Thalheimer pretendía rebatir la argumentación de un comunista francés (Duret) que decía no entender el sentido y el contenido de dicha consigna.

“El «gobierno obrero» – escribió Thalheimer – considerado como una reivindicación, es precisamente un medio para poner a las masas en movimiento [subrayado nuestro, ndr.], y sólo puede convertirse en realidad en la medida en que sea el resultado de un movimiento revolucionario de las masas. El problema del «gobierno obrero» se planteó por primera vez en Alemania en relación con la lucha por la expropiación de los valores reales (confiscación efectiva de las empresas capitalistas), por el desarme de la guardia blanca burguesa, por la transformación de la policía de protección en una fuerza armada proletaria, por la destrucción de la justicia burguesa, por la destitución de funcionarios reaccionarios, etc.”.

Por consiguiente, para Thalheimer la consigna del « gobierno obrero » hubiera debido ser el factor que tendría la propiedad milagrosa de desencadenar la movilización revolucionaria de las masas, y su concreción sería a su vez el resultado de esa misma movilización (sería, pues, causa y efecto de la misma).

“¿Hay alguien (…) que crea que un gobierno que acepte estas afirmaciones (…) pueda apoyarse únicamente en una mayoría parlamentaria -continúa Thalheimer-? Pero se nos dice que tal gobierno carece de Consejos Obreros. Los Consejos Obreros perecieron después de la primera ola de la revolución en Alemania. La cuestión es de saber cómo pueden renacer. ¿Simplemente gracias a la propaganda a favor de los Consejos, de los Soviets? Por cierto que no, pero sólo gracias a una acción amplia y profunda de las masas, como resultado no sólo de la propaganda teórica, sino también de las necesidades prácticas inmediatas. Es la lucha por el Gobierno Obrero la que da a luz, de cualquier forma [?!], a los Consejos Obreros [subrayado nuestro, ndr.] y exige una presión particular y organizada de las masas proletarias. Por eso, en Sajonia, establecemos como condición absoluta para la formación de un gobierno obrero el principio de que cualquier ley, antes de ser aprobada, debe ser sometida a la discusión y aprobación de los Consejos de fábrica del país. Es evidente que estos últimos constituyen los embriones de los Consejos políticos obreros y que estos embriones se convertirán necesariamente en Consejos Obreros completos en la lucha por la realización de las medidas revolucionarias tomadas por el gobierno obrero”.

Según el teórico del KPD, pues, el surgimiento de los Soviets debía ser el resultado necesario de la lucha por la formación de un “gobierno obrero” parlamentario que hiciera suya una serie de consignas antiburguesas.

Thalheimer no ignoraba que la eventual coexistencia del sistema parlamentario y del soviético (o de su embrión) era la base misma de una situación de “doble poder”, como en Rusia entre febrero y octubre 1917. Thalheimer preconizaba así la formación de una situación de doble poder con ayuda de la socialdemocracia, y la soldadura (transitoria) del sistema parlamentario con el soviético (lo que podría ser calificado de versión “de derecha” – o desviación de tipo centrista – del comunismo)26.

En las condiciones de la Europa Occidental y Central, Thalheimer atribuía a la socialdemocracia la capacidad de transitar un trecho del camino revolucionario: “Nadie espera que los reformistas sociales dirijan y completen una revolución. Sin embargo, bajo la presión de los acontecimientos, bajo la presión de sus propios partidarios, se verán obligados a transitar un tramo con nosotros; y, por la lógica misma de los hechos (¡sic!), irá más lejos. Ellos se detendrán en un momento dado. En cuanto al movimiento que han ayudado, a pesar de ellos mismos, a desencadenar, los superará, si es lo suficientemente pujante, o lo detendrán, si es débil”.

Para “ejemplificar” la validez de su visión del proceso revolucionario, Thalheimer cita de manera sorprendente la situación alemana de noviembre 191827. Así, la transformación institucional del Estado alemán de monárquico en republicano en noviembre de 1918 como último intento para contener dentro del Orden burgués el levantamiento de las masas insurrectas [§III-8], fue dado por Thalheimer como ejemplo de la posibilidad de marchar un trecho en el terreno gubernamental junto a la socialdemocracia contrarrevolucionaria.

Thalheimer se sintió obligado de justificar la alianza propuesta a la socialdemocracia por la necesidad de “desencadenar el movimiento de masas”:

“¿Por qué no nos limitamos a ejercer nuestra influencia sobre las masas mismas? La razón es simple. Las masas están organizadas o están sujetas a la influencia de las organizaciones. Para desencadenar el movimiento [subrayado nuestro, ndr.], necesitamos a los líderes de las organizaciones. Esto es particulièrement necesario en períodos en los que la tensión en las masas es todavía baja. Esto es tanto más necesario cuanto que las masas están mejor organizadas. Cuando, una vez desencadenado, el movimiento continúa, se hace más amplio y profundo, rechaza a aquellos que quieren detenerlo. Esta es la marcha de cualquier movimiento revolucionario en crecimiento. Basta con mirar la historia de la Revolución rusa de marzo a noviembre 1917 para encontrar una confirmación de este hecho”.

La argumentación precedente carece de validez histórica general. Las masas trabajadoras alemanas desencadenaron los movimientos revolucionarios de 1918 contra la voluntad de todas sus direcciones políticas y sindicales socialdemócratas (en cuanto a los Espartaquistas, éstos tenían una influencia organizativa muy débil en el seno del proletariado alemán). A su vez, la Revolución de febrero 1917 se inició espontáneamente. Lo mismo ocurrió durante la revolución húngara de 1918-1919.

El planteo táctico de Thalheimer además dejaba de lado el hecho primario y fundamental que, tras la formación de los partidos comunistas, ninguna corriente de la socialdemocracia en Europa Occidental había demostrado tener un potencial revolucionario.

Thalheimer sostuvo luego que “el «gobierno obrero» estará forzado a recurrir a las medidas de una dictadura proletaria y a crear sus órganos [subrayado nuestro, ndr.], y entonces está claro que las instituciones parlamentarias no sólo no ganarán con ello, sino que perderán prestigio y, en cierto momento de la guerra civil, serán tiradas por la borda”.

El “gobierno obrero” de coalición con fuerzas contrarrevolucionarias (SPD) y antirrevolucionarias (USPD) hubiera debido ser “inexorablemente” el puente, el vector “necesario”, el órgano que generaría la situación revolucionaria y daría lugar a la instauración de la dictadura proletaria como resultado de la “lógica misma de la lucha” (¡sic!):

“[Si un gobierno obrero] es creado, sólo puede serlo con un programa revolucionario de transición, apoyado por las masas proletarias que son capaces de realizarlo. Un gobierno obrero no significa para nada el comienzo de un idilio parlamentario, sino el comienzo de la guerra civil, la exasperación de la lucha. La primera medida fundamental tomada por un gobierno obrero será el desarme de la burguesía y el armamento de la clase obrera. Un gobierno obrero estará obligado a tomar medidas inmediatas para someter a las empresas capitalistas al control del gobierno obrero, etc. Es obvio que ante estas medidas destinadas a asegurar una posición dominante para la clase obrera, la burguesía no podrá permanecer inmóvil (…). Huelga decir que, en la guerra civil, las armas de la tribuna parlamentaria no pueden ser abandonadas al enemigo. A este adversario no se le puede dejar ningún lugar en la administración y en la justicia. La lógica misma de la lucha nos obligará a marchar, paso a paso, hacia la destrucción del aparato estatal democrático y burgués, desde el Parlamento a la justicia, etc., y a construir un Estado proletario”.

El “libreto” del desastre alemán ya estaba listo en noviembre 1922.

10.- Las intervenciones de los oradores en las sesiones plenarias del IV Congreso sobre este tema expresaron la diversidad de tendencias dentro de la Internacional, así como de las dificultades del CEIC por precisar el alcance y el significado de esta consigna (principalmente porque en su seno no había unanimidad al respecto).

En su Informe del 10-11-1922 en nombre del CEIC, Zinóviev sostuvo que la consigna del “gobierno obrero” resultaba de la táctica del FU en ciertas condiciones excepcionales (sin precisar mínimamente esas condiciones)28.

Inmediatamente después, Ernest Meyer, Director de Die Rote Fahne, ex-presidente del Partido alemán y “comunista de derecha”, negó que la consigna del gobierno obrero fuese un seudónimo de “dictadura del proletariado”, sin ofrecer ninguna precisión en cuanto a su contenido ni a su naturaleza (salvo afirmar vagamente que el “gobierno obrero” debería “practicar verdaderamente el socialismo comunista” y ser “creado por las masas”), y puso el dedo en la llaga afirmando que “Los debates no han aclarado suficientemente esta cuestión:

“El Informe de una de las sesiones del Ejecutivo Ampliado [de junio 1922], página 123, da en los siguientes términos las ideas expresadas por el camarada Zinóviev sobre este tema: “El gobierno obrero es lo mismo que la dictadura del proletariado. Es sólo un seudónimo para el poder de los Soviets. Este nombre es más conveniente para los trabajadores, así que comúnmente lo usamos”. En nuestra opinión, esto es un error. El gobierno obrero no es la dictadura del proletariado (¡Muy cierto!, exclamaciones en los bancos alemanes.)”.

Radek, en la reunión plenaria del 11-11, volvió sobre el tema (retomando esencialmente la argumentación del artículo que hemos citado de Thalheimer), sin excluir ninguna vía para su constitución:

El gobierno obrero no es la dictadura del proletariado, eso está claro. Es una posible transición a la dictadura del proletariado [subrayado nuestro, ndr.]. Esta posición de transición consiste en el hecho de que las masas obreras de Occidente no son políticamente amorfas como lo fueron las de Oriente. Están organizados en Partidos y dependen de esos Partidos. (…) Los trabajadores alemanes, noruegos, checoslovacos, se pronunciarán mucho más fácilmente (por las siguientes consignas): ninguna coalición con la burguesía, sino más bien una coalición de los partidos obreros que nos asegurará la jornada de ocho horas, nos dará un trozo de pan extra, etc. Entonces aparecerá un gobierno obrero, ya sea durante la lucha o basado en una combinación parlamentaria [subrayado nuestro, ndr.]. Sería una estupidez excluir la posibilidad de tal situación. (…) [Si detrás de él] hay obreros armados organizados en Consejos de fábrica que empujarán a este gobierno hacia adelante y le prohibirán concluir compromisos con la derecha, entonces el gobierno obrero será el punto de partida de la lucha por la dictadura del proletariado, dará paso a un gobierno soviético y, lejos de ser una cama de descanso, marcará el comienzo de la lucha por el poder con medios revolucionarios”.

En la 13° reunión plenaria (17-11), hablando en nombre del CEIC sobre la ofensiva capitalista, Radek insistió en este tema, considerando la posibilidad de una ruptura entre la socialdemocracia y la burguesía que llevase la primera a situarse en el terreno de la Revolución (y para ello retomó el mismo ejemplo que el artículo de Thalheimer mencionado más arriba)29.

La Internacional había considerado con anterioridad que la idiosincrasia del centrismo era oscilar sin pausa entre la democracia burguesa y la Revolución, entre la socialdemocracia y el comunismo, y que la tarea de los partidos comunistas era conquistar e integrar el ala de izquierda de los partidos centristas en la órbita de la Internacional Comunista (con la perspectiva de ganar sus bases obreras y socavar la influencia de sus dirigencias sobre las masas atraídas por el faro incandescente de la Revolución de Octubre). Esta posición tenía sus justificaciones históricas y materiales. Pero ahora Radek hacía un descubrimiento que no tenía ninguna justificación, ni histórica ni material: considerar y propiciar la posibilidad de que la socialdemocracia contrarrevolucionaria diese un salto al terreno de la Revolución, incluso contra su propia idiosincrasia, aunque sea por un cierto lapso limitado de tiempo. Para Radek la acción de la socialdemocracia mayoritaria en noviembre de 1918 sería la prueba de esa posibilidad histórica.

Recordemos, una vez más, que el derrumbe de la Monarquía alemana fue la consecuencia inmediata de la acción de las masas obreras, de soldados y marinos, ya organizados en Soviets [§III-8], y que la socialdemocracia no jugó ningún papel motor en ese proceso revolucionario; y, en segundo lugar, que la democracia republicana estaba inscripta en el programa de la socialdemocracia alemana. No fue gracias a la “unidad (por otra parte inexistente) de los partidos obreros” (SPD, USPD, Espartaquistas) que las masas se lanzaron a la lucha contra la guerra, contra el Estado alemán y la Monarquía. El “salto” que dio la socialdemocracia desde el vagón de la Monarquía en noviembre de 1918 fue a parar en el vagón de la democracia burguesa (que no tenía nada de revolucionaria). El SPD no cumplirá en toda la historia alemana ningún papel revolucionario, ni siquiera de resistencia seria en los años 30 contra el peligro inminente que pesaba sobre ella misma representado por el ascenso del nazismo al poder. Lo mismo sucedió con la socialdemocracia italiana, incapaz de movilizarse contra el fascismo, pero que sí fue capaz de contrarrestar activamente la lucha de masas contra él.


Independientemente de sus otras posiciones generales y de la catastrófica situación política interna del Partido francés, la intervención del J. Duret, representante de la corriente opuesta a la táctica del FU, le permitió al orador poner en evidencia la ambigüedad de la consigna del “gobierno obrero”.

“Se nos dice que [el gobierno obrero] no es la dictadura del proletariado y que es una cosa intermedia entre la dictadura del proletariado y la situación actual. Al mismo tiempo, se nos dice que el gobierno obrero no se apoya en el Parlamento. Entonces me pregunto: ¿en qué se basa? Probablemente me explicarán que se apoya en las masas. Pero «masas» es un término vago y habría que saber qué es. Si se entiende la organización de las masas, si son los Consejos obreros y se dice que el gobierno obrero debe apoyarse en los Consejos obreros y los Comités de fábrica, estamos totalmente de acuerdo. Pero, en este caso, la consigna del gobierno obrero simplemente quiere decir todo el poder para los Soviets, todo poder para los Consejos obreros. No veo cuál es la diferencia esencial en este caso entre el gobierno obrero y la dictadura del proletariado. Si, por el contrario, este gobierno obrero debe apoyarse en una mayoría parlamentaria, (entonces) se trata absolutamente de otra cosa. En este caso, la consigna del gobierno obrero asume un aspecto político completamente diferente. El camarada Zinóviev nos dice: “La consigna del gobierno obrero no es universal. No es para todos los países. Es una posibilidad histórica”. Creo que también dijo que el gobierno obrero está vinculado a la existencia de los Consejos obreros. ¿Cómo podemos explicar en Francia la consigna del gobierno obrero de Blum-Frossard30? Nadie ignora que en Francia no existen todavía los Consejos obreros (…)”.31

La intervención de Bordiga en la Sesión plenaria del 11-11 abordó, en particular, la cuestión del Gobierno Obrero, rechazando toda versión que no la interpretase como el resultado de la lucha armada por la conquista del poder y el ejercicio de la dictadura32.

Inmediatamente después, Graziadei (representante de la corriente minoritaria de derecha del Partido italiano) tomó la palabra con la intención de rebatir el discurso de Bordiga, en particular sobre el “gobierno obrero”, defendiendo sin tapujos una versión de signo meramente parlamentario de la misma (sin ser mínimamente rebatido por los oradores bolcheviques ulteriores)33.

Domski, representante de la izquierda del Partido polaco opuesta a la consigna del Gobierno Obrero, terminó su intervención del 12-11 afirmando:

“Pero muchos camaradas le dan a la consigna del gobierno obrero una interpretación completamente diferente: (según ellos) luchamos por la dictadura del proletariado, pero no podemos decirlo. (…) La lucha no se puede librar bajo seudónimos. De esta manera, sólo podríamos crear ilusiones. Debemos encontrar consignas revolucionarias claras. Esto no significa que no debamos plantear ninguna reivindicación parcial, al contrario, lo hemos hecho en todas nuestras campañas en la medida en que era necesario a la lucha de las masas proletarias para mejorar su situación y aliviar sus cadenas. Debemos encontrar, formular y defender estas consignas, pero no debemos forjar consignas en las que no creemos nosotros mismos, y que sólo sirven para maniobrar o disfrazarnos. Debemos tener reivindicaciones, parciales o totales, en las que nosotros mismos creemos y por las que estamos decididos a luchar. (…) Considerar a la clase obrera como un ejército que se puede maniobrar hoy a la derecha, mañana a la izquierda, sin que ella comprenda de qué se trata, es ignorar las condiciones de la lucha de la clase obrera. Esta lucha sólo puede librarse victoriosamente si cada soldado nos entiende, si cada una de nuestras consignas, si toda nuestra ideología es absolutamente clara. Sólo entonces la clase obrera podrá luchar con constancia y método”.34

Cerrando el debate sobre el Informe del Ejecutivo, Zinóviev volvió sobre el tema, afirmando ya sin medias tintas que la consigna del Gobierno Obrero no era un sinónimo “cómodo” de la dictadura del proletariado:

“Camaradas, permítanme, en primer lugar, tratar con más detalle el capítulo del gobierno obrero. (…) Para mí, no se trata en absoluto del “seudónimo” que se ha mencionado aquí. Con mucho gusto yo haré mi duelo (de él). (…) Me parece que se pueden concebir varios tipos de gobiernos obreros y, en este sentido, la lista de posibles modalidades está lejos de poder agotarse”.35

Con este espíritu de clasificación, la “Resolución sobre la táctica” votada por el Congreso trató de precisar y dar contenido a esta consigna que debía ser lanzada “en todas partes como una consigna de propaganda general”. Sin embargo, como consigna de política actual, ella era considerada de gran importancia “en los países donde (…) la relación de fuerzas entre los partidos obreros y la burguesía coloca la solución del problema del gobierno obrero al orden del día como una necesidad política.” En estos países, esta consigna era “una consecuencia inevitable de toda la táctica del Frente Único.”

La Resolución • denuncia a “[los] partidos de la II Internacional [que] tratan de “salvar” la situación en esos países predicando y llevando a la práctica la coalición de los burgueses y los socialdemócratas”; • preconiza al mismo tiempo “el frente único de todos los obreros y la coalición política y económica de todos los partidos obreros contra el poder burgués para la derrota definitiva de este último” [subrayado nuestro, ndr.]; y • afirma que “en la lucha común de los obreros contra la burguesía, todo el aparato de Estado deberá pasar a [¡y no ser destruido en!, ndr.] manos del Gobierno Obrero y las posiciones de la clase obrera serán de ese modo fortalecidas”.

Luego pasa a detallar lo que hubiera debido ser el “programa más elementa (¡sic!)l” de ese “gobierno de coalición política y económica de todos los partidos obreros”: • armar al proletariado; • desarmar a las organizaciones burguesas contrarrevolucionarias; • instaurar el control de la producción; • hacer recaer sobre los ricos el mayor peso de los impuestos; y • destruir la resistencia de la burguesía contrarrevolucionaria … y todo ello en alianza con la socialdemocracia, que desde 1914 había estado al servicio del Orden establecido.

Buscando las “garantías” para no caer de manera involuntaria en las redes e ilusiones de la democracia burguesa y de la socialdemocracia misma, y lograr que semejante “gobierno obrero” permita ser la causa y el efecto de la lucha revolucionaria, la Resolución sostiene que “un gobierno de este tipo sólo es posible si surge de la lucha de masas, si se apoya en organismos obreros aptos para el combate y creados por los más vastos sectores de las masas obreras oprimidas”.

Pero, al mismo tiempo, la Resolución deja abiertas otras vías de acceso a tal milagro histórico, afirmando que [un] gobierno obrero surgido de una combinación parlamentaria también puede proporcionar la ocasión de revitalizar al movimiento obrero revolucionario”.

Cayendo en un optimismo mecanicista, sostiene que “la tentativa misma del proletariado de formar un gobierno obrero se enfrentará desde un comienzo con la resistencia más violenta de la burguesía” y que, “[por] lo tanto, la consigna del gobierno obrero es susceptible de concentrar y desencadenar luchas revolucionarias”.

La participación comunista en un gobierno junto a partidos y organizaciones obreras no comunistas sería admisible si contasen “con las suficientes garantías de que esos gobiernos obreros llevarán a cabo realmente la lucha contra la burguesía en el sentido indicado [más arriba]”.

Para evitar derivas oportunistas por parte de los partidos comunistas, la Resolución creyó encontrar sus antídotos en reglas organizativas y en una vaga declaración de “independencia política”: “1) La participación en el Gobierno Obrero sólo podrá concretarse previa aprobación de la Internacional Comunista. 2) Los miembros comunistas del Gobierno Obrero seguirán sometidos al control más estricto de su partido. 3) Los miembros comunistas del gobierno obrero seguirán manteniendo un estrecho contacto con las organizaciones revolucionarias de masas. 4) El Partido comunista conservará absolutamente su fisonomía y la total independencia en su labor de agitación”.

Después de señalar que, “[pese] a sus grandes ventajas, la consigna del Gobierno Obrero también tiene sus peligros, así como toda la táctica del Frente Único”, el documento no duda en clasificar los diferentes tipos de “gobiernos obreros” previsibles, yendo desde los “gobiernos obreros liberales” a los “gobiernos obreros puros”:

“1º Un gobierno obrero liberal. Ya existe un gobierno de ese tipo en Australia, y también es posible, en un plazo bastante breve, en Inglaterra.

“2º Un gobierno obrero socialdemócrata (Alemania).

“3º Un gobierno de obreros y campesinos. Esta eventualidad puede darse en los Balcanes, en Checoeslovaquia, etc.…

“4º Un gobierno obrero con la participación de los comunistas.

“5º Un verdadero gobierno obrero proletariado que, en su forma más pura, sólo puede ser personificado por un Partido comunista.”

Para los comunistas, hubiera debido estar claro que “[los] dos primeros tipos de gobierno obrero no son gobiernos obreros revolucionarios, sino gobiernos camuflados de coalición entre la burguesía y los líderes obreros contrarrevolucionarios”. Ante esos casos, los comunistas deberían desenmascararlos ante las masas por ser “falsos gobiernos obreros”.

En medio de una total indeterminación, y sin precisar mínimamente de qué tipo de “gobierno obrero” se trataba (aunque probablemente se tratase de los dos primeros, según las discusiones del I y II Ejecutivos Ampliados), la Resolución afirma que: “[los] comunistas también están dispuestos a marchar con los obreros socialdemócratas, cristianos, sin partido, sindicalistas, etc., que aún no han reconocido la necesidad de la dictadura del proletariado. Los comunistas podrán en ciertas condiciones [?!] y con determinadas garantías [?!], apoyar [?!] a un gobierno obrero no comunista. Pero los comunistas deberán explicar a la clase obrera que su liberación sólo podrá ser asegurada por la dictadura del proletariado”.

Refiriéndose explícitamente a los gobiernos de tipo (3) y (4) [resultantes de alianzas con partidos socialdemócratas y/o campesinos], el documento abre la puerta a la participación comunista en gobiernos de coalición que serían una etapa posible (aunque no forzosamente necesaria) en la vía de la dictadura del proletariado36.

El último escalón de esa lista de “gobiernos obreros” era la dictadura proletaria propiamente dicha, compuesta exclusivamente por comunistas.

11.- Este tópico no dio lugar a discordancias entre los discursos de los delegados bolcheviques37 (Radek, Bujarin, Zinóviev, Trotsky). Las Tesis adoptadas reflejaron las posiciones defendidas abiertamente por la Dirección del Partido alemán y por Radek desde hacía por lo menos un año. Toda la ambigüedad sostenida por Zinóviev entre “gobierno obrero” y “dictadura del proletariado” fue entonces disipada. Incluso Trotsky se alineó públicamente sobre las Tesis adoptadas.

En su artículo “Le Gouvernement Ouvrier en France” del 30-11-192238, Trotsky defendió la consigna del Gobierno Obrero en línea con las posiciones de los otros delegados bolcheviques:

“El gobierno obrero es una fórmula algebraica, es decir, una fórmula en la cual no hay valores numéricos fijos. (…) Nosotros [les diremos a los trabajadores socialdemócratas]: “Ustedes están a favor de la democracia y de una mayoría parlamentaria. No les impediremos que formen una mayoría obrera en el Parlamento. Por el contrario, les ayudaremos por todos los medios. Pero para que esto suceda toda la clase obrera debe ponerse de pie. Pero para eso hay que interesarla; se le debe dar una consigna capaz de unificarla y fortalecerla. Esa consigna sólo puede ser la del gobierno obrero, opuesto a todas las combinaciones y coaliciones burguesas. De esta manera, para crear una mayoría obrera en el Parlamento, se debe levantar en la clase obrera y en las masas campesinas un movimiento vigoroso bajo la consigna del gobierno obrero. (…) Pero, ¿es factible un gobierno obrero en Francia bajo una forma que no sea la de la dictadura comunista y, en caso afirmativo, de qué forma? En ciertas circunstancias políticas, es perfectamente factible, y constituye incluso un paso inevitable en el desarrollo de la revolución [subrayado nuestro, ndr.]. En efecto, si asumimos que un poderoso movimiento obrero en el país, durante una violenta crisis política, provoca elecciones que dan la mayoría a disidentes y comunistas, así como a grupos intermedios y simpatizantes, y que el estado de las masas obreras no permite que los disidentes formen un bloque con la burguesía contra nosotros, será posible, en estas condiciones, formar un gobierno obrero de coaliciónque constituya una transición necesaria hacia la dictadura revolucionaria del proletariado [subrayado nuestro, ndr.]. Es muy posible, e incluso probable, que ese movimiento, desarrollándose bajo la consigna del gobierno obrero, no tenga tiempo de encontrar su expresión en una mayoría parlamentaria, ya sea porque no habrá tiempo para nuevas elecciones, o porque el gobierno burgués tratará de evitar este peligro utilizando los métodos de Mussolini. Sobre la base de la resistencia al ataque fascista, la porción reformista de la clase obrera podrá ser arrastrada por la fracción comunista en la vía de la formación de un gobierno obrero por medios extraparlamentarios. En este caso, la situación revolucionaria sería aún más clara que en el primero. ¿Aceptaremos, en este último caso, un gobierno de coalición con los disidentes? Lo aceptaremos: resulta que todavía tienen influencia sobre una parte considerable de la clase obrera, lo que los obligará a separarse de la burguesía. ¿Estaremos entonces asegurados contra cualquier traición por parte de nuestros aliados en el gobierno? Ni en lo más mínimo. Mientras realizamos con ellos, en el gobierno, el trabajo revolucionario inicial, tendremos que vigilarlos tan atentamente como vigilaríamos a un enemigo, tendremos que consolidar constantemente nuestras posiciones políticas y nuestra organización, preservar nuestra libertad de crítica hacia nuestros aliados y debilitarlos presentando constantemente nuevas propuestas que los desintegren (…) Estas son algunas de las posibilidades para la realización efectiva de la idea del gobierno obrero durante el desarrollo de la revolución. Pero, en este momento, es precisamente por su naturaleza algebraica que esta fórmula es políticamente importante para nosotros. En este momento, ella generaliza toda la lucha por las reivindicaciones inmediatas, la generaliza no sólo para los obreros comunistas, sino también para las grandes masas que aún no han adherido al comunismo, vinculándolas y uniéndolas a los comunistas a través de la unidad de una tarea común. Esta fórmula corona la política del frente único [subrayado nuestro, ndr.]. En cada huelga que se enfrente a la resistencia del gobierno y de la policía, nosotros diremos: «Este no sería el caso si, en lugar de la burguesía, estuvieran en el poder representantes de los trabajadores». Con ocasión de cada medida legislativa dirigida contra los trabajadores, nosotros diremos: «No habría sido así si todos los trabajadores se hubieran unido contra toda la burguesía, si hubieran creado su gobierno obrero».”

Fue con esta visión de la marcha de la Revolución, y de la preparación revolucionaria, que el Partido alemán había planteado desde fines de 1921 su actividad política, y fue con esa misma perspectiva que intervendrá en la crisis revolucionaria que se abrirá con la ocupación del Ruhr en 1923.

12.- Aunque el planteamiento de los bolcheviques en el tema del Gobierno Obrero fue radicalmente rechazado por la Izquierda italiana, se puede señalar que aquél tenía un fondo común con el planteo del frente único sindical del PCdI.

La argumentación de los bolcheviques, como la de la Dirección del Partido alemán, estuvo basada en la hipótesis que la presión de las masas haría posible que las direcciones socialdemócratas estuviesen obligadas, a pesar de ellas, a cumplir un papel revolucionario y a romper con la burguesía. Ello implicaba que si se llegase a concretar un frente único con los partidos socialdemócratas a nivel gubernamental, dentro y -en la medida de lo posible- fuera de la órbita del Estado burgués y del parlamentarismo, eso haría que -gracias a la presión de las masas obreras- un trecho más o menos largo del camino revolucionario podría ser efectuado junto a la socialdemocracia (sin dejar de añadir, por cierto, que se trataba de un enemigo y que ello exigía un combate continuo y la independencia política absoluta del Partido comunista).

Por su parte, el frente único sindical preconizado por el PCdI apuntaba a constituir una dirección colegiada del sindicalismo italiano (con representantes de todas sus organizaciones y tendencias), basada en el principio de proporcionalidad. Esta propuesta estaba fundada en la hipótesis que gracias a la presión de las masas sindicalizadas era posible obligar a las direcciones sindicales no revolucionarias a generar el marco organizativo de la lucha contra la ofensiva burguesa y la contrarrevolución fascista (y, en caso de rehusarse a ello, poder desenmascararlas ante los ojos de aquéllas).

Haciendo de este frente sindical (del que la Alianza del Trabajo era el germen) el eje su acción político-sindical, el Partido italiano quedó entrampado en los límites políticos y organizativos impuestos por el reformismo sindical dominante. Y ello a pesar de toda su violenta e ininterrumpida propaganda anti-reformista y anti-maximalista. Para la Dirección del PCdI, la propaganda por el frente único sindical, su concreción, y la huelga general que debía ser su arma de lucha decisiva, hubieran debido tener la propiedad de ser el desencadenante y el efecto de la lucha revolucionaria, sacando a las masas de una situación de retroceso.

El desenlace de la Huelga general de agosto 1922 fue la prueba irrefutable de que el proletariado no podía contar con el reformismo sindical, no digamos ya para recorrer seriamente un corto tramo del camino revolucionario, pero ni siquiera para defenderse seriamente de los ataques del fascismo, y que, por el contrario, era siempre -incluso en situaciones críticas extremas- un factor decisivo de parálisis, de sabotaje y de desmoralización.

El planteo táctico de la Internacional también atribuía a la dialéctica de la relación entre las masas y los jefes reformistas, y a la acción de los partidos comunistas, la posibilidad de un “gobierno obrero” de coalición que haría posible sacar a las masas trabajadoras de un relativo letargo y trastocar revolucionariamente la situación imperante.

Amén de eludir la cuestión crucial referida a la posibilidad de utilizar desde adentro el aparato gubernamental burgués para socavar al Estado capitalista (tesis jamás defendida por la Internacional hasta ese momento), este planteamiento no tenía en cuenta la influencia que la propaganda y la acción del Partido con ese objetivo tendría sobresí mismo y sobre las grandes masas en cuanto a la posibilidad real de romper esa coalición en los momentos críticos de la lucha revolucionaria. En otras palabras, sobre la posibilidad de tener una verdadera (y no ficticia) independencia política y de acción.

El impasse que la Alianza del Trabajo, en cuanto eje de su táctica, significó para la acción del PCdI, la táctica del “gobierno obrero” lo será para el KPD, quien en una situación objetivamente revolucionaria terminará embretado en una alianza paralizante con la socialdemocracia.

En ambos casos, la Historia echará por tierra los planteamientos y escenarios “evidentes” imaginados por sus promotores, y pondrá de relieve que, del mismo modo que la validez histórica de toda estrategia revolucionaria supone una clara visión materialista de los intereses de las distintas clases sociales y de la dinámica de la lucha de clases que resulta de ellos, la validez de la táctica del proletariado revolucionario supone una precisa caracterización materialista de las fuerzas políticas en presencia, de su naturaleza y de su función en cuanto expresión histórica de los intereses de las clases que representan.

La posibilidad de éxito de las acciones de la vanguardia revolucionaria con el propósito de cambiar las relaciones de fuerzas entre las clases y en el seno del proletariado en detrimento de las otras corrientes obreras, depende en gran parte de la clara visión y de la toma en consideración de esos factores. Necesaria como parte integrante del arte de la guerra, la capacidad de maniobra del Partido comunista no puede ejercerse de manera arbitraria. Como en el terreno militar, la lucha política tiene condicionamientos que deben ser respetados so pena de derrotas ineluctables. Cuando en el curso de los meses siguientes madurará rápidamente una situación revolucionaria en Alemania, el KPD estará situado en una trayectoria política, delineada por el “script” del IV Congreso, que lo volverá incapaz de catalizarla.

La consigna del Frente Único

13.- El IV Congreso ratificó las “Tesis sobre la unidad del frente proletario” del I Ejecutivo Ampliado de diciembre 1921. Las intervenciones de los delegados del Ejecutivo y de los distintos partidos y corrientes no hicieron más que reafirmar los argumentos ya esgrimidos anteriormente.

En un contexto caracterizado – según las palabras de Radek en su Informe sobre la ofensiva capitalista – por el hecho de que “el mundo actual no ha superado su crisis [de la posguerra], y la cuestión del poder es aún objetivamente el meollo de todas las cuestiones, las más amplias masas del proletariado han perdido confianza en la posibilidad de conquistar el poder en un futuro previsible”, y “han sido obligados [por la ofensiva burguesa] a ponerse a la defensiva”, para el CEIC las propuestas de la táctica del frente único y del gobierno obrero constituían el encadenamiento necesario para sacar al proletariado de su situación de inferioridad, revertir las relaciones de fuerza entre las clases y en el seno del proletariado mismo, y pasar a la ofensiva para la conquista del poder.

Las resistencias contra estas tácticas que emergieron particularmente en los partidos italiano, francés y alemán, obligaron al Ejecutivo, por boca de Zinóviev y Radek, a insistir largamente, una vez más, en las justificaciones de su propuesta de frente único dirigido a los partidos y jefes de la socialdemocracia internacional.

En la vereda de enfrente, Bordiga (sin efectuar la mínima crítica a la acción pasada del PCdI) defendió su oposición a la fórmula de la “conquista de la mayoría de la clase obrera”, su rechazo permanente a los acuerdos entre partidos, la propuesta de frente único sindical y su visión del proceso revolucionario que hemos expuesto y analizado en otras ocasiones. Se puede destacar, en particular, su puesta en guardia contra el peligro de un revisionismo comunista en ciernes resultante de las propuestas del frente único y del gobierno obrero patrocinados por el CEIC.39

Su alarma estaba justificada por la visión y la propuesta del Ejecutivo de una vía revolucionaria que pasaría por la participación en las estructuras gubernamentales del Estado burgués como etapa intermedia entre la dictadura de la burguesía y la del proletariado, lo que cuestionaba pilares fundamentales del programa y de los principios de la misma Internacional. Pero no podía decirse lo mismo de la táctica del frente único, cuya pertinencia debía aún ser validada -o no- por la experiencia de la lucha de clases.

A pesar de las lagunas y deformaciones sectarias y de corte sindicalista de su visión de la preparación revolucionaria y de la conquista de las masas propia de la Izquierda italiana, Bordiga con toda razón señaló en su intervención la influencia que la táctica ejerce, no sólo sobre las masas, sino también sobre el Partido mismo:

“Hemos dicho que concebimos límites en los medios de aplicación de esta táctica [del frente único, ndr.], límites que conciernen la necesidad de no comprometer los otros factores de la influencia del partido sobre las masas y de la preparación revolucionaria de sus militantes; pues no debemos olvidar nunca que nuestro partido no es un mecanismo rígido que maniobramos, sino que es una cosa real sobre la que actúan los factores externos y que es susceptible de ser modificado por la misma dirección que imprimimos en nuestra táctica [subrayado nuestro, ndr.]”.

Particularmente interesante fue la intervención de Ruth Fisher, representante de la corriente de izquierda del KPD, no necesariamente por su argumentación sobre las cuestiones de táctica, sino porque aportó información sobre el estado de ánimo presente en el Partido alemán y en su área de influencia (factor que no será para nada desdeñable en el curso de los acontecimientos sucesivos), a saber, la idea de que la coalición con la socialdemocracia era una condición indispensable de la lucha revolucionaria. Ruth Fisher no era una opositora irreductible de la táctica del frente único (según ella, “la cuestión tan discutida de las negociaciones con los líderes [reformistas] depende únicamente de las circunstancias; se trata de una cuestión de táctica”), pero sí denunció “el carácter sacrosanto de las negociaciones con los representantes socialdemócratas” anclado en la Dirección del Partido alemán.40

14.- La Resolución insistió luego en la importancia fundamental de desarrollar los consejos de fábrica y de extender la influencia comunista en su seno.

La cuestión de la disciplina internacional en la Comintern y la necesidad de hacer de ésta un verdadero partido mundial fueron los temas conclusivos de la Resolución. Ello era la expresión de deseos del Congreso y de la voluntad del CEIC de imponer una centralización real ante la gravedad de la situación internacional de la Comintern. En su Informe, Zinóviev había declarado que • la Internacional estaba muy lejos de ser un verdadero Partido mundial (y que lograrlo llevaría años y años); • las secciones nacionales eran muy heterogéneas y a veces “insuficientemente comunistas y aún demasiado socialdemócratas”, y que ciertos grupos se aplicaron en transportar en ellas muchas costumbres de la II Internacional; • la aplicación de las orientaciones dadas por sus órganos centrales encontraban muchos obstáculos, en particular en la campaña internacional por el frente único (especialmente en Francia e Italia); • cuantos más elementos socialdemócratas de los viejos partidos socialistas habían adherido a los partidos comunistas, más dificultades de todo tipo había que superar para forjar un verdadero Partido comunista, como en el caso de Noruega donde hasta los órganos de prensa continuaban llamándose socialdemócratas y publicaban artículos contra los comunistas; • en Francia había que buscar en los rangos de los sindicalistas que estaban fuera del Partido a los militantes necesarios para hacer de él un verdadero Partido comunista, ya que ese Partido era de elementos que se dedicaban a politiquear y que no había llevado a cabo aún ni una sola campaña de masas.

A la vez que reclamó la máxima centralización y concentración del poder en manos de los órganos directivos de la Internacional (CEIC y Congreso), el discurso de Bordiga inició un cuestionamiento general no sólo de la táctica propuesta a partir de diciembre 1921, sino del método de constitución de las secciones nacionales de la Internacional y de los métodos de dirección del CEIC.

La crítica de Bordiga se refería a la aceptación en el seno de la Internacional de tendencias centristas (cuyo accionar había sido denunciado por Zinóviev mismo), a los intentos de fusión de estas corrientes con los partidos comunistas ya constituídos (como en el caso de Italia), a la integración de corrientes sindicalistas dentro de los partidos comunistas, a los esfuerzos del Ejecutivo por maniobrar dirigentes y fracciones dentro de las secciones nacionales contra sus propias direcciones (como será rápidamente el caso en el Partido italiano).

Bordiga buscará la resolución de las cuestiones de indisciplina y de federalismo en la precisión de los programas, en la delimitación precisa de la táctica, de las medidas y métodos de organización, criticando las imposiciones organizativas y tácticas (“demasiado elásticas y eclécticas”) del CEIC, sin que haya habido previamente una elaboración verdaderamente colectiva de estas cuestiones. Esta recriminación se refería, en particular, a la indeterminación que presidió la elaboración de las tácticas del frente único y del gobierno obrero.41

Esta crítica, que se volverá un leitmotiv en las intervenciones de Bordiga y de la Izquierda italiana en los años venideros, estaba claramente motivada por las deficiencias de la Internacional que él denunció en su discurso. Pero la heterogeneidad de políticas, de tácticas y organizativas en la Internacional resultaban de la heterogeneidad de las fuerzas y tendencias que convergieron en la fundación de sus secciones nacionales. La Izquierda misma dirá más tarde que “los partidos no se crean, sino que se los dirige”, dando a entender de que se trata de canalizar fuerzas sociales que se sitúan en el terreno revolucionario. Si bien se puede apreciar a posteriori que la Internacional aceptó en sus filas fuerzas políticas que no fueron un factor positivo para su accionar, sino un verdadero lastre, no se puede dejar de señalar que ningún partido (y ninguna tendencia) supo aportar a la Dirección bolchevique una contribución positiva que le permitiese evitar los peligros ínsitos en la táctica del gobierno obrero (táctica que le fue sugerida y defendida previamente por el Partido alemán en diapasón con Radek).

Por sus desviaciones no marxistas, los planteamientos de táctica por parte de la Izquierda italiana no podían ser una alternativa a los ojos de los bolcheviques. Bordiga identificó bien los síntomas del disfuncionamiento de la Internacional, pero no pudo contribuir a la erradicación de sus causas. Él mismo, y con él toda la Dirección del PCdI, en un intento federalista por evitar lo que ellos consideraban decisiones tácticas erradas, violaron durante un año el espíritu y la letra las decisiones adoptadas en el I y II Ejecutivo Alargado.

Las Tesis sobre la acción sindical

15.- En el terreno sindical, la situación a fines de 1922 estaba caracterizada por una fuerte caída del número de afiliados a los sindicatos como consecuencia de la política desmovilizadora, colaboracionista e impotente de sus direcciones reformistas ante las ofensivas burguesas. Las burocracias sindicales adherentes a la Internacional de Ámsterdam (favorecidas por la fusión entre las Internacionales II y II½), desarrollaban simultáneamente una ofensiva sistemática contra los afiliados, grupos, tendencias e incluso sindicatos enteros favorables a la Internacional Sindical Roja (ISR), no dudando en llegar hasta la expulsión de aquéllos y las escisiones sindicales (como fue el caso en Francia, Checoslovaquia y Alemania). En Italia, Alemania, Francia, Holanda y Suecia, en nombre de la “autonomía sindical”, en numerosos casos (aunque no en todos) las organizaciones sindicales anarquistas procedían de la misma manera contra los comunistas y partidarios de la ISR.

Tras denunciar ambas políticas como contrarrevolucionarias, las Tesis adoptadas por el Congreso afirmaron la necesidad de que los comunistas se den su propia organización “en el seno de los sindicatos de cualquier tendencia”, y luego aliarse con todos los elementos sindicales revolucionarios “que apoyan el derrocamiento del capitalismo y la dictadura del proletariado” para “coordinar su acción en la lucha práctica contra el reformismo y el verbalismo anarco-sindicalista”.

Los comunistas jamás debían desertar los sindicatos reformistas y tenían que luchar, pese a todo y a cualquier precio, contra las escisiones sindicales (las que representaban una real amenaza no sólo para las conquistas inmediatas de las masas, sino también para la lucha revolucionaria) y por la fusión de las organizaciones sindicales allí donde existiese más de una (Francia, España, Checoeslovaquia). Asimismo, los comunistas debían desarrollar una lucha enérgica contra la expulsión de los sindicatos revolucionarios del seno de las federaciones internacionales por industria.

Otras Tesis y Resoluciones aprobadas en el IV Congreso

16.- El Congreso adoptó las Tesis sobre la cuestión de Oriente, tratando de precisar las orientaciones sobre la cuestión nacional y colonial del II Congreso de la IC [§V-9]. En esta ocasión, la Internacional lanzó la estrategia y la consigna (tan vaga la primera como la segunda, y gérmenes de graves desviaciones) del Frente Único Antiimperialista. Estas Tesis establecieron un paralelo entre el Frente Único Antiimperialista en Oriente con el Frente Único proletario en las metrópolis imperialistas. Seis meses más tarde (mayo 1923), el Ejecutivo impondrá al joven Partido comunista chino entrar a formar parte del Kuomintang (exponente de la burguesía nacionalista), iniciando la trayectoria política que desembocará en 1926-1927 en el aplastamiento de la Revolución China y de las masas proletarias y campesinas insurrectas en manos del Kuomintang42.

El Programa de Acción Agraria (Indicaciones para la aplicación de las Tesis del II Congreso sobre la Cuestión Agraria) hace un esfuerzo por dar precisiones prácticas en esta área.

Las Tesis sobre la Cuestión Negra identifica en ella un problema mayor de la lucha contra el capitalismo y el imperialismo en las Américas y en África43.

La larga Resolución sobre la cuestión francesa y El Programa de trabajo y de acción del Partido comunista francés fueron un intento para superar la situación de crisis general que sumergía al PCF desde su fundación en 1920.

En el ámbito organizativo, el CEIC ya no estaría más compuesto con delegados de las distintas secciones nacionales, sino por 25 miembros elegidos por el Congreso. Esta forma de organización dio a la CEIC una mayor homogeneidad y una capacidad de centralización política y organizativa aún más fuerte que en el pasado.

La Resolución sobre la cuestión italiana fijó la posición del Congreso exigiendo la fusión del PCdI y del PSI (quien había expulsado a su ala abiertamente reformista en octubre de ese año); y fue, al mismo tiempo, un ultimátum contra la resistencia a esa decisión por parte del PCdI.

La cuestión italiana en el IV Congreso (la fusión PSI–PCdI)

17.- La Resolución sobre la cuestión italiana impuso a los comunistas la fusión con el Partido socialista, previa exclusión del diputado Vella y de sus partidarios opuestos a las 21 Condiciones de Admisión.

A pesar de afirmar que toda la historia del socialismo italiano permitía extraer las siguientes lecciones:

“1° El reformismo [Turati & Cía, ndr.]: éste es el enemigo; 2° Las vacilaciones de los centristas [Serrati & Cía., ndr.] constituyen un peligro mortal para un partido obrero; y 3° La condición más importante para la victoria del proletariado es la existencia de un Partido comunista consciente y homogéneo”, la Resolución califica al maximalismo socialista de “fuerza revolucionaria”, cuya fusión con el comunismo hubiera sido necesaria como consecuencia de la situación italiana44.

En cuanto a la calificación de “consciente y homogéneo” del Partido comunista que resultaría de la esperada fusión, ello era más que cuestionable.

Para presidir la fusión, el Congreso designó un Comité de organización, presidido por Zinóviev, en el cual el ala mayoritaria del Partido comunista estaría en minoría (representada solamente por Bordiga), a igualdad con la derecha minoritaria del partido (Tasca), mientras que el Partido socialista debía tener dos representantes (Serrati y el “terzini” Maffi). Este Comité debía elaborar las condiciones de la fusión. Este mismo procedimiento debía ponerse en marcha en todas las regiones y grandes ciudades de Italia (con el nombramiento de un representante comunista de la mayoría, uno de la minoría, un maximalista y un “terzini”), y debía estar presidido por un representante del CEIC. Toda falta de disciplina en relación con estas directivas sería “un crimen contra el proletariado italiano y la Internacional Comunista”.

La Resolución fue el producto de intensos intercambios y reuniones entre los representantes italianos y los bolcheviques. Estos últimos estaban decididos a imponer la fusión. La Comisión para el tratamiento de la “cuestión italiana” estaba compuesta por Zinóviev, Radek, Trotsky, Rakosi, Clara Zetkin y el búlgaro Kabakchiev, con la participación de la mayoría del PCdI (Bordiga, Gramsci, …) y de la minoría (Graziadei, Bombacci, Tasca, …).

La posición bolchevique resultaba de una cierta visión de la influencia del comunismo entre las masas obreras que seguían al Partido socialista (lo que explicaría que sus dirigentes debían efectuar regularmente el peregrinaje a Moscú y declararse partidarios de la III Internacional) y de la naturaleza centrista de sus dirigentes. Esta visión había sido explicitada por Trotsky en su intervención en el III Congreso de junio de 192145.

El método decidido por los bolcheviques concordaba con el practicado en el Congreso de Halle [§V-19]. Trotsky atribuía a los dirigentes centristas, a diferencia de los jefes abiertamente reformistas, una total ausencia de independencia e iniciativa políticas, de allí que se podría aceptar en la Internacional a los primeros (captando al mismo tiempo a sus bases obreras), y no a estos últimos. Esta misma línea de argumentación fue expuesta por Trotsky durante el IV Congreso en las reuniones de la Comisión italiana : “Nosotros proponemos aceptar primero la adhesión colectiva [de todo el PSI, ndr.], después harán la selección individual. (…) Si no tendrán la simpatía de las grandes masas, no podrán actuar ilegalmente. Se quieren restringir vuestra base, permanecerán sin base y serán considerados una secta46.

El problema con la argumentación de Trotsky era que no resultaba de un balance de los resultados concretos de ese método de formación de los partidos comunistas, método que permitía la integración de las corrientes centristas que postularon su adhesión a la Internacional y aceptaron nominalmente las 21 Condiciones, sin tener en cuenta su trayectoria política. En 1922, el Informe de Zinóviev sobre el estado de los partidos comunistas y de la Comintern, dos años y medio después del II Congreso, no era un alegato a favor de la aceptación sin más de dicha argumentación, y merecía ser reconsiderada, sino en su principio, sí en sus modalidades concretas. Si la situación interna del Partido comunista alemán había sido crítica entre 1920 y 1922, en los otros países (Francia, Checoeslovaquia, Noruega) la situación era mucho peor.47

Si en julio de 1920 la aceptación de las 21 Condiciones podía parecer suficiente para que fuesen aceptadas en la Internacional las corrientes que acudían a Moscú como consecuencia del entusiasmo generalizado de las grandes masas obreras por la victoria de la Revolución de Octubre, en noviembre 1922 esa aceptación verbal no podía bastar para ello, haciendo abstracción de la acción de esos partidos en la lucha de clases y en relación con los partidos comunistas ya existentes.

Es cierto que un partido revolucionario puede integrar otras fuerzas políticas con las que pudo tener en el pasado importantes divergencias tácticas (pero no programáticas o de principios), siempre y cuando sus trayectorias las sitúen en el terreno revolucionario. Trotsky mismo, y sus allegados internacionalistas, se incorporaron en el Partido bolchevique en el verano de 1917, situándose en la misma línea táctica y estratégica que aquél. Éste no era para nada el caso del PSI.

Estaba claro que en 1922 se planteaba el problema de la conquista de las masas influenciadas (y de los sinceros militantes revolucionarios confundidos) por los partidos socialistas que no habían adherido a los partidos comunistas recientemente fundados. Para ello la Internacional había fijado los lineamientos tácticos del III Congreso y el I Ejecutivo Ampliado había establecido la táctica (buena o mala) del frente único. La conquista de las masas socialistas hubiera debido ser el resultado de la justeza de la línea política de los partidos comunistas y de su participación en la lucha de clases. Pero la fusión “en igualdad de derechos” del Partido socialista italiano con el Partido comunista con el “simple” propósito de ampliar numéricamente las bases militantes del comunismo aparecía como una mera maniobra organizativa que, lejos de aumentar la capacidad revolucionaria del Partido y de las masas, podía convertirse en un verdadero lastre. La “garantía” ofrecida por Trotsky, basada en el poder de decisión del CEIC para impedir toda deriva oportunista no tenía en cuenta la reconocida capacidad disolvente de las tendencias neo-socialdemócratas dentro de la Internacional misma, y atribuía al CEIC un “poder salvador” que la historia pasada y futura de la Internacional desmentirá en los hechos.

Gramsci, opuesto a la fusión, afirmó que el PSI se había volatilizado después de la Marcha fascista sobre Roma, y cuando la Comisión preguntó a los maximalistas cuáles eran sus fuerzas en Italia, éstos no pudieron dar ninguna precisión.

En un aparte, los bolcheviques ofrecieron a Gramsci sustituir a Bordiga en la Dirección del Partido italiano (anunciándole además la posibilidad de que Bordiga fuese expulsado de la Comintern si perseverase en su política de oposición a sus decisiones). Gramsci rehusó la propuesta por la imposibilidad de sustituir a Bordiga “sin un trabajo preventivo de orientación del Partido”.

Spriano describe los dramáticos acontecimientos en torno de “la cuestión italiana”.

“En los primeros días Gramsci apoya totalmente a Bordiga. Los días 13 y 15 de noviembre, el enfrentamiento con el Ejecutivo de la Internacional Comunista parecía irremediable, y no había grietas en la mayoría de la delegación italiana, absolutamente hostil a la fusión con el PSI, mientras que Tasca insistía calurosamente en defenderla: según él, era urgente hacer la fusión rápidamente. Clara Zetkin, Bujarin y Kabakčiev también se expresan en este sentido. Trotsky llega a decir: “Este es el punto máximo de la divergencia entre el PCdI y la Internacional Comunista. Más allá está la ruptura (…)“.

“Fue el 24 de noviembre que la resistencia del PCdI se desintegra, que su mayoría se rompe provisoriamente. Los italianos se encontraron con una carta del Comité Central del Partido comunista Ruso, firmada por Lenin, Trotski, Zinóviev, Radek y Bujarin. Una carta que impone al PCdI una elección, al mismo tiempo que comunica una decisión ya adoptada. La fusión con el PSI fue decidida unánimemente por la comisión del Congreso: ¿quieren los comunistas italianos manifestar, quizás, una oposición pública? « El PCdI [dice la carta] estará completamente aislado, el daño político será enorme. El error será irreparable. Nuestro consejo: Ustedes pueden hacer una breve declaración al Congreso (diciendo) que la mayoría de vuestra delegación estaba en contra de la fusión y que ya ha dado sus razones, pero al mismo tiempo deben declarar que, puesto que la Comisión ha decidido lo contrario, aceptan esta decisión y la aplicarán conscientemente».

“La delegación, o más bien la mayoría (porque, para la minoría, el problema no se plantea) acepta. Bordiga en primer lugar. Y es él quien redacta una amarga respuesta así concebida: «Nuestra convicción no se ha visto afectada en absoluto. Lo declaramos abiertamente. Pero un paso de nuestro Partido hermano de Rusia no es sin valor para nosotros, los comunistas italianos. Entendemos que se trata de presionarnos y de que rompamos nosotros mismos la línea legítima de nuestra contribución a la lucha de la Internacional, llevada a cabo hasta ahora con un impulso entusiasta, que por otro lado no sabría y no querría ser confundida con una vulgar terquedad. Asumimos la responsabilidad frente a nuestro Partido de volver sobre la Resolución ya aprobada. Después de vuestra invitación, de vuestro consejo fraterno, declaramos que la representación de la mayoría del PCdI callará. No defenderá las opiniones que vosotros conocéis, y de cuya validez sigue estando convencida»”.48

La presión ejercida por los bolcheviques provocó una fisura entre los representantes de la tendencia mayoritaria. Un sector se alineó con Gramsci (Scoccimarro, Ravera, Longo, Marabini, …). Este sector pretendía negociar los términos de la fusión, imponiendo condiciones organizativas drásticas [rechazo de la corriente de Vella; dos tercios de los miembros del Comité Central del nuevo partido debían provenir del PCdI; el PCdI debía tener derecho a veto en la elección de los integrantes de los órganos dirigentes a nivel nacional, federal y local; los redactores de los periódicos debían ser elegidos entre los comunistas]. Otro sector se alineó con Bordiga, rehusando entablar tratativas sobre ella.

Aunque los delegados de la mayoría del PCdI dijeron plegarse “por disciplina”, un sector de ella, con Bordiga a la cabeza, no podía aceptar participar en lo que ella consideraba una política liquidadora del Partido nacido en Livorno contra el maximalismo, contra quien había librado a continuación, durante 23 meses, una lucha sin cuartel, en plena guerra civil, por la política claudicante y desmoralizante de ese representante italiano del centrismo socialdemócrata. Máxime cuando la imposición de la fusión organizativa venía a coronar más de un año de divergencias tácticas, que iban in crescendo, entre la Dirección “bordiguista” y el CEIC (Arditi del Popolo, Frente Único, Gobierno Obrero). Bordiga rehusó formar parte de la Comisión de fusión, iniciando desde entonces una oposición abierta a la Dirección de la Internacional.

La Resolución sobre la cuestión italiana pretendió imponer la fusión de los periódicos comunistas y socialistas antes del primero de enero de 1923; fijó el 1 de marzo como fecha límite para el Congreso constitutivo del Partido Comunista Unificado. Hasta esa fecha, los Comités centrales de ambos partidos hubieran debido subordinarse a la Comisión de fusión.

En el curso de los meses sucesivos, las ilusiones de los bolcheviques en realizar la fusión de ambos partidos se disiparon rápidamente. La firme oposición de la mayoría del PSI echó por tierra esa posibilidad, aunque no la idea fija del CEIC de lograrla a mediano o largo plazo. Lo único que conseguirá, tras múltiples vicisitudes, será la integración de un sector de los “terzini” en el PCdI.

El IV Congreso, la cuestión del programa y las consignas transitorias

18.- Las cuestiones de la redacción de un Programa detallado de la Internacional y de las llamadas consignas transitorias fueron tratadas una primera vez en una reunión del 28-6-1922 al margen del II Ejecutivo Ampliado, y más tarde, durante el IV Congreso, en la Comisión ad hoc y en las sesiones plenarias del 18-11-1922. Los principales participantes en la discusión internacional fueron Bujarin, Radek, Thalheimer y Kabakchiev. Este tema dio lugar, desde el inicio, a un fuerte enfrentamiento entre Radek y Thalheimer, por una parte, y Bujarin, por otra. Estas diferencias concernían tanto cuestiones teóricas como políticas. Hasta ese momento estas cuestiones no habían sido discutidas en los partidos comunistas, y el Partido ruso mismo no había fijado posición al respecto49.

Por su interés teórico-político, el tratamiento pormenorizado de estas discusiones merecería un importante desarrollo, pero supera por su amplitud los limites de nuestro trabajo. Por este motivo nos limitaremos aquí a abordar el tema de las consignas transitorias que cristalizó el enfrentamiento entre Bujarin y Radek, y dará lugar a una Resolución del Congreso.

Las Tesis sobre la táctica del III Congreso no hicieron ninguna referencia a una etapa gubernamental transitoria (constituida por un tildado “gobierno obrero”) correspondiente a la realización de un conjunto de consignas llamadas transitorias, etapa previa a la conquista revolucionaria del poder50.

Por el contrario, Radek hizo de las consignas transitorias el eje de la lucha por el “gobierno obrero” de coalición con la socialdemocracia51. Radek vinculó estrechamente las consignas transitorias a la lucha por el “gobierno obrero” (y no a la dictadura del proletariado) como vía privilegiada (si no única) de la conquista revolucionaria del poder.

Para él, se trataba de saber “si debemos lanzar reivindicaciones transitorias que no concretizan para nada la dictadura del proletariado (…) pero deben conducir a la clase obrera a la lucha, la que no tendrá por objetivo directo la Dictadura sino después de haber sido profundizada y generalizada”. Y, añadió más lejos:

“[Se] tendrá que establecer aún las principales consignas que constituyen, en este período de transición, los medios de la movilización de las masas obreras con miras a la lucha por la dictadura. Éstas son, en el terreno económico, las consignas de capitalismo de Estado y de control de la producción; en el terreno político, en los países agrícolas, los del gobierno de coalición con los partidos campesinos de oposición para la victoria sobre la burguesía; en los países industriales, las del gobierno obrero, es decir, de coalición con los partidos socialdemócratas y los otros partidos y organizaciones obreras. (…) [Las] reivindicaciones económicas de transición conducen a la cuestión del poder del Estado (…) [Es] muy verosímil que las grandes luchas sociales que se produzcan en torno a [estas cuestiones] llevarán en no pocos países a gobiernos obreros de coalición como etapa en la vía de la Dictadura y del gobierno de los Soviets. Sin llegar a afirmar abstractamente que el desarrollo en Occidente deba necesariamente atravesar en todas partes esta etapa de los gobiernos obreros, nosotros tenemos muchas razones para orientar la lucha en esta dirección [subrayado nuestro, ndr.], pues ella nos facilita al máximo la táctica del frente general. En estos marcos, es también fácil resolver las cuestiones de la actitud frente a la república burguesa y su defensa [en cuanto marco institucional del gobierno obrero, ndr.] (…)”.

Bujarin rechazó la integración en el Programa de la Internacional de las cuestiones como el Frente Unico, el Gobierno Obrero y las consignas transitorias, por ser temas estrictamente de táctica, ya que – según él- la táctica podría cambiar “cada 15 días”52.

La discusión sobre la integración de cuestiones tácticas en el Programa de la Internacional ilustra de manera elocuente la diferencia de planteamiento entre una tendencia (que podemos calificar “de derecha”) del movimiento comunista, representada en ese momento por Radek y el ala mayoritaria del Partido alemán, quienes hacían de la táctica del FU y del Gobierno Obrero el eje estratégico, central y a largo plazo de la acción de los partidos comunistas, y la de otro sector bolchevique (Zinóviev, Bujarin, Trotsky) que adhería a las mismas tesis adoptadas por el IV Congreso, y veía en ellas una cuestión estrictamente de táctica. Ello no obsta que ambas tendencias, haciéndose las promotoras de las mismas orientaciones tácticas, contribuirán a crear las condiciones políticas del desastre del Octubre alemán.

Finalmente, a propuesta de la Dirección del Partido comunista ruso (incluida la firma de Lenin), el IV Congreso adoptó una Resolución sobre el Programa de la Internacional Comunista. Esta Resolución descartaba tanto la propuesta de Radek de integrar las tácticas mencionadas en el Programa de la Comintern como el rechazo de Bujarin de detallar consignas transitorias en los programas nacionales:

« • El Congreso confirma que las secciones nacionales de la Internacional Comunista que aún no tienen un programa nacional deben comenzar inmediatamente a elaborar uno para poder presentarlo al Comité Ejecutivo, a más tardar tres meses antes del V Congreso, para su ratificación. • En el programa de las secciones nacionales debe estar justificada en forma precisa y clara la necesidad de luchar por las reivindicaciones transitorias; deben mencionarse las reservas sobre la relación de estas reivindicaciones con las condiciones concretas de tiempo y lugar. • Los fundamentos teóricos de todas las reivindicaciones transitorias y parciales deben formularse en el programa general. El IV Congreso se pronuncia decididamente tanto contra el intento de presentar como oportunismo la introducción de reivindicaciones transitorias en el programa, como contra todo intento de atenuar o sustituir los objetivos revolucionarios fundamentales por reivindicaciones parciales. • En el programa general, los tipos históricos fundamentales entre los que se dividen las reivindicaciones transitorias de las secciones nacionales deben estar enunciados claramente, de acuerdo con las diferencias esenciales en la estructura económica y política de los distintos países, como Inglaterra, por una parte, y la India, por otra, etc. »


Notas

1 Chris Harman, “La révolution perdue”. [www.marxists.org/francais/harman/1982/lrp/harmanrevolutionperdue.pdf, p.121]

2 H.A.Winkler, La Repubblica di Weimar (1918-1933), Donzelli Editore, p.157.

3 Pierre Broué, “Révolution en Allemagne (1917-1923)”, 1971, Les Éditions de Minuit, §XXXI, p.597. [https://www.marxists.org/francais/broue/works/1971/00/broue_all.htm]

4 Fue así como Stinnes (el “rey del Ruhr”) desarrolló a partir de la guerra su inmenso conglomerado industrial minero, siderúrgico, eléctrico, papelero, editorial, naval, de transporte, hotelero e inmobiliario, con un total de 4000 empresas, amén de adquirir 572 empresas en el extranjero gracias a las divisas fuertes obtenidas con la exportación de productos y servicios. [Harman, op.cit. pp.121-122].

5 J.C.Favez, « Le Reich devant l’occupation franco-belge de la Ruhr en 1923 », 1969, Librairie Droz, p.213.

6 John M. Keynes, “Nouvelles considérations sur les conséquences économiques de la paix”, 1921. [http://classiques.uqac.ca/classiques/keynes_john_maynard/consequences_paix_2/paix_2.html]

7 Winkler, op.cit. p.159.

8 Esa monto representaba 47.312 toneladas de oro fino (que en noviembre 2015 equivalen a 1.540 mil millones de euros). Dicho monto era 3,1 veces superior al PIB alemán de 1913 (43.000 millones de marcos-oro, según Keynes), antes de que Alemania sufriese la amputación de 15% de su territorio. Si se disminuía el PIB en 15%, el monto exigido era 3,8 veces superior a aquél.

9 Su nombre de adherentes cayó, de 450.000 tras el Congreso de Halle a 157.000 en el verano de 1921. En el distrito de Halle-Merseburg, de 66.000 a inicios de 1921 cayó a 23.000 a mediados de 1922; en la Baja Renania (Düsseldorf) de 52.000 a 16.000; en Turingia de 23.000 a 10.000; en el Distrito de Bremen de 17.000 a 4.000 [Broué, op.cit., §XXXI, pp.598-599]

10 “A finales de 1922, [los comunistas] contaban con una red muy bien implantada en varios miles de consejos de fábrica, suficiente en cualquier caso para poder convocar, en noviembre de este año, un Congreso nacional de los consejos de fábrica que ellos controlaban e inspiraban totalmente”. [Ibidem, p.582]

11 Ibidem, §XXXII.

12 Gustav Bauer (Vice-canciller y ministro del Tesoro) • Georg Gradnauer (Ministro del Interior) • Robert Schmidt (ministro de Economía).

13 Gustav Bauer (Vice-canciller y ministro del Tesoro) • Adolf Köster (Ministro del Interior) • Robert Schmidt (ministro de Economía) • Gustav Radbruch (ministro de Justicia).

14 La Alta Silesia, habitada por polacos y alemanes, era una de las regiones industriales más importantes de Alemania (minas de carbón, acerías y metalurgia). La partición de región, decidida por el Tratado de Versalles, dio lugar, entre 1919 y 1921, antes y después del plebiscito, a levantamientos y enfrentamientos armados entre las poblaciones y fuerzas polacas y alemanas (con la participación milicias paramilitares y de voluntarios venidos de afuera). El plebiscito de marzo 1921 dio como resultado un 60% a favor de su integración en la República de Weimar, y un 40% a favor de su anexión a Polonia. Las ciudades votaron mayoritariamente por Alemania y la población rural por Polonia. La Sociedad de las Naciones decidió finalmente atribuir a Polonia 29% del territorio y 49% de la población. Más de 80% del potencial industrial de la región fue anexada a la República polaca.

15 Winkler, op.cit., p.175.

16 El Tratado de Rapallo del 16-4-1922 acordó la renuncia a toda reparación de guerra entre Alemania y la Unión Soviética, y restableció las relaciones diplomáticas y comerciales entre las dos naciones.

17 P. Broué describe la situación luego del atentado contra Rathenau: «El papel desempeñado en este caso, como en muchos otros, por los cómplices militares y policiales, las protecciones con las que pudieron contar los asesinos antes y después del atentado, los gritos de triunfo de los nacionalistas, provocan una ola de indignación no sólo en todo el movimiento obrero sino, más allá de él, en la opinión democrática. El Canciller Josef Wirth proclama en un discurso ante el Reichstag que “el enemigo está a la derecha”. En ese momento existía el temor generalizado de que el ataque fuese el preludio de un nuevo putsch. Todos los resentimientos se elevan contra el Reichswehr, la policía y el poder judicial, heredados del régimen imperial: las demandas expresadas tras el Putsch de Kapp vuelven a surgir, tanto más cuanto que la pasividad de los sucesivos gobiernos parece más llamativa. Ernst von Salomon, un hombre del bando de los asesinos, testifica: “Una atmósfera abrumadora pesaba sobre las multitudes, esta atmósfera llena de temblores precursores del pánico, en medio de la cual hace falta solo un gesto, una palabra, para romper todas las barreras de las pasiones” ». [Broué, op.cit., §XXXI, pp.587-588]

18 Bulletin Communiste, 19-26/10/1922. [https://gallica.bnf.fr/ark:/12148/cb34429127h/date&rk=321890;0]

19 Broué, §XXXI, op.cit. p.591.

20 El Ejecutivo de la Internacional no dejará de dirigirle una crítica ríspida: «No se debía gritar “¡República! ¡República!” en una situación como la que existía en ese momento. (…) En ese momento de excitación era necesario mostrar a las amplias masas obreras (…) que la República burguesa no sólo no ofrece ninguna garantía a los intereses de la clase proletaria, sino que, por el contrario, especialmente en esas circunstancias, ofrece la mejor forma para la opresión de las masas obreras. No había que hacer sonar la misma trompeta que los socialdemócratas o el USPD. El frente único no debe jamás comprometer la independencia de nuestra agitación. Para nosotros esto es una condición sine qua non. Estamos dispuestos a entrar en negociaciones con la gente del USPD y del SPD, pero no como parientes pobres, sino como fuerza autónoma que siempre mantiene su propia fisonomía, y siempre expresa frente a las masas, de A a Z, la opinión del Partido». [Carta del 18-6-1922 a la Zentrale, en Proceeding of the Fourth Congress of the Communist International, 1922, Haymarket Books, 2011, p.273].

21 https://www.marxists.org/espanol/comintern/eis/4-Primeros3-Inter-2-edic.pdf

22 Broué, op.cit., §XXXIII, p.621.

23 Ibidem, p.624.

24 Archives de Jules Humbert-Droz, tomo 1, 1970, pp.215-231, en: https://www.marxists.org/francais/inter_com/1922/06/programme.htm

25 Bulletin Communiste, 29-6-1922.

26 “El Parlamento y los Soviets que coexisten, por cierto, es una contradicción; pero es una contradicción necesaria e inevitable en una situación en la que la mayoría de la clase obrera es lo suficientemente fuerte como para tomar el poder en sus manos, pero aún no se ha librado completamente de las ilusiones de la democracia burguesa”. [Thalheimer]

27 “El 9 de noviembre de 1918, a las 9 de la mañana, el Sr. Fritz Ebert fue nombrado por el Príncipe Max de Baden como el último canciller del Káiser. El 10 de noviembre ya era “comisario del pueblo” de la República Federal de Alemania. En 24 horas, millones de burgueses se transformaron de realistas en republicanos.”

28 “La consigna del gobierno obrero no es tan general como la táctica del frente único. El gobierno obrero es la aplicación concreta de la táctica del frente único en determinadas condiciones. Es fácil cometer muchos errores en este terreno. Camaradas, debemos advertir contra aquellos que sugieren que debemos pasar absolutamente por un gobierno obrero. En la medida en que es permisible profetizar, se podría decir más bien que el gobierno obrero sólo se convertirá en un hecho en casos excepcionales, bajo condiciones concretas muy especiales para un país en particular. El gobierno obrero será sólo una excepción. (…) El gobierno obrero se basará exclusivamente en posiciones parlamentarias: pero éstas no valen nada, sólo serán un pequeño episodio de la lucha y no retrasarán la guerra civil. ¿Significa esto que la consigna del gobierno obrero no debería aplicarse en determinadas circunstancias? No, pero la clase obrera debe entender que el gobierno obrero sólo puede ser una fase de transición. Debe quedar claro que (el gobierno obrero) no impedirá para nada los combates ni la guerra civil”.

29 “El camarada Urbahns [líder comunista de Hamburgo perteneciente a la izquierda alemana, ndr.] dice que sería la mayor de las ilusiones pensar que los socialdemócratas puedan luchar, imaginarse que los jefes socialdemócratas, que desde 1914 hemos tratado de agentes de la burguesía, puedan de repente estar obligados a luchar. (…) Por lo que se refiere a la masa de la dirigencia socialdemócrata, no hay duda que ellos se oponen conscientemente a la Revolución. En Alemania, esta dirigencia está basada en un partido de millones [de adherentes, ndr.], con millones más [de trabajadores, ndr.] que la siguen. Y esta dirigencia puede o bien estar abierta y claramente del lado de la burguesía, o tratar de abandonar el vagón [de la burguesía]. Permítanos recordar un hecho muy importante. El 5 de noviembre de 1918, Scheidemann y Ebert estaban negociando con el Alto Mando [del Ejército alemán, ndr.] la posible abdicación del Emperador con la intención de salvar a la corona y a la monarquía. Y el 9 de noviembre Scheidemann se puso de pie de un salto en el pórtico del Reichstag y gritó: «¡Larga vida a la República!». Se podría objetar que lo hizo con el propósito de traicionarnos. Pero, entre tanto, ocurrió una nimiedad que el camarada Urbahns no tuvo en cuenta: el colapso de los Hohenzollerns y la revolución y la contrarrevolución. Los Scheidemann nos traicionaron. Pero también ayudaron a derrocar al Emperador. Esto puede ser negado sólo por quienes no quieren ver y entender hechos desagradables. Zinóviev usó una feliz expresión en su discurso sobre la táctica en el Ejecutivo Ampliado: «Los socialdemócratas traicionan al proletariado. Pero esto depende. Cuando es necesario para su salvación, también pueden traicionar a la burguesía». (…) La cuestión aquí es la del período en el cual nosotros los destruiremos. Es posible que esta gente se alíe con la burguesía de manera tan estrecha que no puedan desligarse, y entonces a través de una lucha incansable y la rebelión de las masas, ellos y la burguesía serán derrotadas conjuntamente. Pero también es posible que entremos en un período en el cual su alianza con la burguesía se vuelva imposible y ellos estén obligados a aliarse con nosotros. En esta coalición, ellos tratarán una vez más de traicionarnos, y nosotros debemos entonces sólo ser capaces de derrotarlos, en el curso de esta alianza, cuando sus políticas hayan revelado su bancarrota y las masas hayan sido conquistadas por nosotros”. [Traducido del inglés, “Proceedings of the Fourth Congress of the Communist International, 1922”, Edited and translated by John Ridell, Haymarket Books]

30 Léon Blum era uno de los máximos dirigentes del Partido socialista francés, y André Frossard el Secretario General del Partido comunista.

31 Bulletin Communiste, 14-11-1922.

32 “En cuanto a la consigna del Gobierno Obrero, si se afirma, como en el Ejecutivo Ampliado del mes de junio, que es exactamente la “movilización revolucionaria de la clase obrera para el derrocamiento de la dominación burguesa“, consideramos que en ciertos casos puede convenir usar esta expresión como sustituto terminológico de la dictadura del proletariado. En todo caso, no nos oponemos a ello a menos que se quiera de manera oportunista enmascarar nuestro verdadero programa. Pero si esta consigna del Gobierno Obrero debe dar a la masa obrera la impresión de que (…) el problema esencial de las relaciones entre la clase proletaria y el Estado (un problema sobre el cual hemos fundado la razón de ser del programa y de la organización de la Internacional) puede ser resuelto de otra manera que no sea la lucha armada por la conquista del poder y por su ejercicio en la forma de la dictadura proletaria, entonces nosotros rechazamos este medio táctico, ya que, por el dudoso resultado de la popularidad inmediata, compromete una condición fundamental de la preparación del proletariado y del Partido para las tareas revolucionarias. Se podrá decir que el Gobierno Obrero no es lo que suponemos; pero debo señalar que he escuchado explicar lo que el Gobierno Obrero no es, pero todavía debo escuchar de la boca de Zinóviev o de otros lo que es el Gobierno Obrero es.” [Bulletin Communiste, 14-11-1922; http://www.international-communist-party.org/Italiano/Document/Interv4C.htm]

33 “Nunca compartí la opinión del camarada Zinóviev que (…) parecía creer que el gobierno obrero era sinónimo de la dictadura del proletariado. Me complace ver que este concepto ha sido modificado por él mismo y por el Comité Ejecutivo de la III Internacional. El problema, en nuestra opinión, se plantea de la siguiente manera: en los países donde existe la posibilidad de que la clase obrera conquiste el poder, el gobierno obrero se presenta como el resultado del frente único. De hecho, y por el momento, esa parte de la clase obrera que todavía está bajo la influencia de la socialdemocracia no cree en la dictadura del proletariado. Para impulsar la conquista del poder, es necesario conformarse pues con la fórmula del gobierno obrero. Se puede considerar la posibilidad histórica de que el gobierno obrero sea una etapa real entre el Gobierno burgués, o incluso socialdemócrata, y la dictadura del proletariado. En este caso, también puede ocurrir que el gobierno obrero tenga aún una forma parlamentaria. (…) Puede suceder que en un país con una gran parte de la clase obrera impregnada todavía de ideas democráticas burguesas y semiburguesas, un gobierno obrero pueda por un tiempo estar asentado, por un lado, en una organización sindical a la que hay que tratar de dar un valor político cada vez mayor, pero, por otro lado, en una forma que todavía es parlamentaria. No podemos rechazar al gobierno obrero sólo porque pueda tener, durante algún tiempo, una forma parlamentaria. Eso sería un gran error”. [Bulletin Communiste, 14-11-1922]

34 Ibidem, 21-12-1922.

35 Ibidem.

36 “Los otros dos tipos de gobierno obrero en los que pueden participar los comunistas tampoco son la dictadura del proletariado ni constituyen una forma de transición necesaria hacia la dictadura, pero pueden ser un punto de partida para la conquista de esa dictadura.”

37 Lenin no se expidió sobre el tema de las Tesis, ni durante ni después del Congreso, en el que sólo intervino con un “Informe sobre la Revolución rusa y las perspectivas de la revolución mundial”.

38 Publicado en Bulletin Communiste, 15-2-1923. [https://www.marxists.org/francais/trotsky/oeuvres/1922/11/lt19221130.htm]

39 http://www.international-communist-party.org/Italiano/Document/Interv4C.htm y “Storia della Sinistra Comunista”, vol. V, 2017, pp.456-461 [https://www.partitocomunistainternazionale.org/images/pdf/testi/SdSV.pdf].

40 “[En el partido alemán] estamos convencidos de que sólo podemos luchar eficazmente contra la contrarrevolución si tenemos con nosotros a una gran parte de los socialdemócratas; por lo tanto, ya no se trata de negociaciones con los líderes, sino que representamos al Partido comunista como siendo siempre demasiado débil para avanzar sin una coalición con los socialdemócratas; es una idea muy peligrosa. (…) Pero ustedes se preguntan: ¿dónde se esconde esta idea? Se los diré francamente: se esconde en las mentes de muchos obreros comunistas alemanes que han sido golpeados en la lucha contra el capitalismo y la burguesía. Quien quiera ilusionarse, se ilusiona tranquilamente. [Y] nosotros, Partido de masas, no estamos libres de las ilusiones de la masa en cuyo seno vivimos. Las ilusiones actúan sobre nosotros y encuentran su eco en el Partido”. [Bulletin Communiste, 7-11-1922]

41 http://www.international-communist-party.org/Italiano/Document/Interv4C.htm

42 Cf. Harold Isaacs, “La tragédie de la Révolution chinoise, 1925-1927”, ed. Gallimard, 1967.

43 « La Internacional Comunista, que representa a los obreros y campesinos revolucionarios de todo el mundo en su lucha por derrotar al imperialismo, la Internacional Comunista, que no es solamente la organización de los obreros blancos de Europa y América, sino también la de los pueblos de color oprimidos, considera que su deber es alentar y ayudar a la organización internacional del pueblo negro en su lucha contra el enemigo común. El problema negro se ha convertido en una cuestión vital de la revolución mundial. La III Internacional, que ha reconocido la valiosa ayuda que podían aportar a la revolución proletaria las poblaciones asiáticas en los países semicapitalistas, considera a la cooperación de nuestros camaradas negros oprimidos como esencial para la revolución proletaria que destruirá el poder capitalista. Por eso el 4º Congreso declara que todos los comunistas deben aplicar especialmente al problema negro las “tesis sobre la cuestión colonial”.

« El 4º Congreso reconoce la necesidad de apoyar toda forma del movimiento negro que tenga por objetivo socavar y debilitar el capitalismo o el imperialismo, o detener su penetración. La Internacional Comunista luchará para asegurar a los negros la igualdad de raza, la igualdad política y social. La Internacional Comunista utilizará todos los medios a su alcance para lograr que los sindicatos admitan a los trabajadores negros en sus filas. En los lugares donde estos últimos tienen el derecho nominal a afiliarse a los sindicatos, realizará una propaganda especial para atraerlos. Si no lo logra, organizará a los negros en sindicatos especiales y aplicará particularmente la táctica del frente único para forzar a los sindicatos a admitirlos en su seno. La Internacional Comunista preparará inmediatamente un Congreso o una Conferencia de negros en Moscú ».

44 “La situación general en Italia, especialmente después de la victoria de la reacción fascista, exige imperiosamente la rápida fusión de todas las fuerzas revolucionarias del proletariado. Después de las derrotas y escisiones, los obreros italianos recobrarán coraje si ven concretada una nueva concentración de todas las fuerzas revolucionarias. (…) Considerando que, según los estatutos de la Internacional Comunista, no puede haber más de una sección de la IC. por país, el IV Congreso Mundial decide fusionar inmediatamente el Partido comunista y el Partido socialista italiano”.

45 “Los elementos centristas han demostrado no tener una línea política determinada. Ellos pueden ser instrumentalizados, ya sea por los comunistas como por los reformistas. Su principal característica es la falta de carácter. Esto es típico de Italia en particular, donde el movimiento revolucionario tiene una naturaleza muy espontaneísta. Cuando los partidos expulsados de la III Internacional se acercan a nosotros y nos dicen: “Queremos volver con ustedes“, les respondemos: “Si están dispuestos a aceptar nuestra plataforma y a eliminar internamente a los saboteadores políticos, no nos negaremos a acogerlos entre nosotros“. ¿Es esto lo que realmente les preocupa, camaradas? Denme un ejemplo, cítenme un método diferente con el que podamos conquistar a los trabajadores que todavía siguen a estos dirigentes. (…) Es una característica de la clase obrera en general, y del Partido socialista italiano en particular, que un trabajador tenga confianza en la organización que le hizo tomar consciencia y lo formó. (…) Si rechazamos a un obrero, reforzaremos el aspecto negativo de su conservadurismo organizativo. No, con una línea política semejante, nunca conquistarán a la mayoría del proletariado italiano. ¡Nunca! Ustedes están hablando aquí con el espíritu del sectarismo, no con el de la revolución. (…) Serrati y Lazzari, quienes han roto con los reformistas, no tendrán ninguna influencia personal ni partidaria, y entrarán en el Partido comunista con las masas que los han obligado a venir con nosotros. Y si llegasen a mostrar tendencias anticomunistas, ustedes podrán expulsarlos del Partido. (…) Ustedes [los delegados italianos, ndr.] insisten en que no hay nada en común entre vosotros y ellos. Pero nunca nos hubiéramos convertido en un Partido comunista si hubiésemos contado sólo con los trabajadores que querían seguirnos individualmente. No, con semejantes métodos nunca conquistarán a la mayoría de la clase obrera de Italia”. [Lev. Trotsky, “Scritti sull’Italia”, ed. Controcorrente, pp.43-48]

46 Spriano, op.cit., p.241.

47 Aclaremos que lo dicho aquí no significa cuestionar la validez del intento bolchevique de 1920 para lograr la fusión de los Espartaquistas con los Independientes de izquierda. La Revolución golpeaba a la puerta y grandes masas proletarias estaban irrefrenablemente atraídas por el faro de la Revolución rusa. El problema que se planteó entonces a la Internacional fue abrirles sus puertas y encontrar la manera de impedir que sus líderes no suficientemente comunistas contaminasen políticamente al Partido unificado. En 1920, la fusión de los Espartaquistas con los Independientes de izquierda significó ganar amplias bases militantes del proletariado alemán, pero no dejó de fogonear la situación de crisis permanente en el Partido Comunista Unificado (crisis que no era la consecuencia mecánica de esta unificación, pero que ésta no dejó de alimentar).

48 Spriano, op.cit., p.250. Los documentos originales que relatan las vicisitudes en torno de la “cuestión italiana” durante el IV Congreso se encuentran en “Storia della Sinistra Comunista”, vol. V, op.cit., pp.486-530.

49 El V Congreso de 1924 volverá sobre este tema. Será la Internacional en vías de degeneración quien, en su VI Congreso de 1928, adoptará su primer programa oficial.

50 Lo que las Tesis del III Congreso afirman es que “[los] partidos comunistas deben plantear reivindicaciones cuya realización constituya una necesidad inmediata y urgente para la clase obrera, y deben defender esas reivindicaciones en la lucha de masas, sin preocuparse por saber si son compatibles o no con la explotación usuraria de la clase capitalista. (…) En la medida en que la lucha por esas reivindicaciones abarque y movilice a masas cada vez más grandes, en la medida en que esta lucha oponga las necesidades vitales de las masas a las necesidades vitales de la sociedad capitalista, la clase obrera tomará conciencia de que si quiere vivir el capitalismo debe morir. Esta comprobación hará surgir en ella la voluntad de combatir por la dictadura”.

51 Las posiciones de Radek están detalladas en sus notas: “La question du Programme de l’Internationale Communiste (Remarques préliminaires]”. [Bulletin Communiste del 5-4-1923]

52 En su Informe en el IV Congreso, Bujarin afirmó: “En cuanto a la concepción de conjunto del programa, y sobre todo de su estructura, pienso que el programa de los partidos nacionales debe tener por lo menos dos partes: en primer lugar, una parte general válida para todos los países. (…) En segundo lugar, el programa debe tener una parte nacional, poniendo de relieve las reivindicaciones específicas del movimiento obrero del país en cuestión. En tercer lugar, y de manera facultativa, una parte que no se refiere necesariamente al programa, un programa de acción que aclare las cuestiones de táctica y que requiera ser revisado cada quince días. Ciertos camaradas estiman que las cuestiones de táctica, como por ejemplo el Frente Único y el Gobierno Obrero, deberían igualmente estar integrados en el programa. (…) Para mí, el querer introducir estas cuestiones en el programa no es más que una influencia de la concepción oportunista de estos camaradas. Todas estas cuestiones y todas estas consignas, como la del Frente Único y la del Gobierno Obrero, están basadas en un terreno muy móvil. Este terreno es el de una cierta depresión que sufre actualmente el movimiento obrero. El proletariado está reducido a la defensiva, y se quiere fijar esta defensiva en nuestro programa, que de hecho no podrá ser [entonces, ndr.] un programa de ofensiva. Nosotros nos opondremos a ello por todos los medios”. [Ibidem, 4-1-1923]


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